Khadija Jassan
Cuenta secreta evidente
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- 6/7/23
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La noche se estaba cerniendo por sobre las dunas desérticas y dos muchachas iban de un lado para otro, encendiendo velas aromáticas e inciensos, colgando telas translúcidas de todos los colores, y llenando cuencos de arcilla de frutas exóticas y flores de colores sobrenaturalmente vívidos.
Pocas formas había de diferenciarlas, las dos eran altas —algo que no sucedía demasiado en sus tierras, quizás producto de algún ancestro desconocido y extranjero—, delgadas y curvilíneas. La piel era marrón y el cabello del color del kohl, brilloso por el aceite de coco y adornado con delicadas mariposas doradas les rozaba las caderas. Compartían también la nariz ligeramente prominente y los ojos oscuros, e incluso a sus respectivos catorce y dieciséis años, ya mucho se hablaba por sus tierras de la belleza y gracia que haría a muchos murmurar que estaban benditas por algún dios piadoso.
Su espectáculo atraía no sólo a locales, sino también a viajeros, comerciantes que viajaban incómodos bajo un sol implacable al que no estaban acostumbrados, diplomáticos que intentaban extender las raíces de sus conexiones, charlatanes, pregoneros, incluso religiosos. Nadie era capaz de resistirse a la curiosidad, y aunque fuesen con toda la intención de sólo echar un vistazo, les era imposible levantarse de sus asientos hasta que todo el escándalo hubiese terminado.
Las hermanas acumulaban regalos de todos los rincones de la región, bártulos traídos por viajeros enamorados que creían que una vez hallado un tributo lo suficientemente interesante, conseguirían atrapar a una de las dos muchachas, cuando la pura verdad es que ninguna de las dos estaba interesada en el amor, vivían por la música, y por la sensación de absoluta euforia cuando los aplausos no se detenían después de verlas bailar.
—Hoy será la noche, Khadija, estoy segura —murmuró la mayor, usando el pulgar para limpiar una manchita de kohl en el mentón de su hermana —. Tú y yo estamos destinadas a ser famosas, estoy segura de ello.
Khadija escuchaba las palabras de su hermana con tanta atención y reverencia que parecía que estuviese hablando cara a cara con una deidad. Amira lo era todo para ella, su ejemplo a seguir, su mejor amiga, su madre, su hermana, su corazón. La había instruido en las artes de la música y le había enseñado a bailar de tal forma que su público no podía apartar la mirada de ella, y le había transmitido también su fe.
Muchos se extrañaban al ver que aquellas dos hermanas, calishitas que nunca habían abandonado los confines de su reino, creían en una diosa como Selune. Pero a Amira no le importaba demasiado la opinión general. Sus padres, ya muertos, le habían enseñado a adorar a aquella diosa esquiva, y le habían rogado que lo transmitiese todo a la pequeña Khadija. Su hermana escuchaba y asentía, pero no estaba tan interesada en la deidad misma como lo estaba en el hecho de que las palabras salían de la boca de su hermana.
—Creo que vamos a necesitar más flores, ¿puedes ir a buscar? —le pidió la mayor, mientras se equilibraba como podía en un banco de madera demasiado pequeño para sostenerla, intentando colgar una última vela del techo de la tienda de tela que refugiaría el espectáculo en tan sólo treinta minutos.
—¡Sí! —Khadija salió corriendo de la tienda y recorrió el camino que separaba su hogar del descampado donde se habían instalado lo más rápido que pudo, no quería separarse más de lo necesario de su hermana —Flores, flores, flores…
Rebuscó por la casa hasta que finalmente dio con el cesto tejido en el que todavía quedaban algunas flores anaranjadas y sonrió contenta. Cerró con extremo cuidado la puerta de entrada, y se devolvió por donde vino.
Pero entonces, algo llamó su atención. Una humareda negra subía hacia el cielo desde el punto exacto en el que la estaba esperando su hermana, y el olor a carne y tela quemadas le llegó a las fosas nasales poco después, mareándola tanto que el cesto se le cayó de las manos. Echó a correr tan rápido que las piernas le dolían, sentía como el humo le iba cerrando los pulmones a medida que se acercaba, pero nada de eso importaba.
La tienda ya no estaba allí. Era una brutal masa de llamas y humo, ¿cómo había podido encenderse todo tan rápido? ¿Cuánto había tardado en ir y volver? ¿Veinte minutos? ¿Treinta? Sacudió la cabeza, Amira tenía que estar por ahí. Selune la protegería. Tomó algo de distancia.
—¡Amira! ¡Amira! —empezó a gritar su nombre, y su voz, normalmente aterciopelada y atractiva, sonaba ronca, desagradable de oír. No había perdido la esperanza. Se lo repetía una y otra vez, Amira tenía que haber escapado, Selune jamás dejaría que algo tan horroroso le pasara a alguien que no había sido tan creyente como su hermana, ¿verdad? —¡Amira!
Le pareció ver una figura femenina y corrió hacia ella, el cerebro ya no le funcionaba del todo bien, pensaba de forma lenta y angustiosa. No era una figura, era un escombro, las maderas que estructuraban la tienda desmoronándose. La desesperación le subió por la garganta y cayó de rodillas, las arcadas eran tan fuertes que ya no podía levantarse. Pero no importaba, Amira estaba por ahí, Amira la sacaría de ahí…
Actualidad
—Janna, encantado —un hombre alto y de mirada afectada extendió su mano hacia la de la muchacha, y ella, asqueada por su obvia debilidad, dejó que la estrechara, ofreciéndole una sonrisa engañosa.
Estaba cansada y se le estaba acabando el dinero, las diversiones banales, los vestidos caros, las joyas y las apuestas habían hecho mella en sus finanzas. Y ella, que normalmente se rodeaba de hombres y mujeres mucho más atractivos que ese, se había impacientado en su búsqueda de alguien que cumpliese con sus requisitos en estándares de belleza y había seleccionado al desprevenido muchacho que compensaba su falta de gracia con los sacos de oro que guardaba en el banco. Lo conquistaría, lo aguantaría por algunas semanas, sacaría el dinero que necesitaba y continuaría su viaje en búsqueda de algo o alguien que realmente la emocionara.
Pero era difícil, no conocía la verdadera felicidad desde esa última noche, en el desierto de Calimshan. Las diversiones que se encontraba por el camino eran adrenalínicas e inmediatas, pero nada parecía hacerla feliz. Tal vez nunca lo estaría.
Toqueteó el brazalete de oro que siempre llevaba en la muñeca izquierda. Había pertenecido a su hermana, cuyo nombre ya no pronunciaba, regalado por un diplomático que había caído mortalmente enamorado de ella durante uno de sus espectáculos. Apoyó la mano llena de anillos en el hombro del joven y se acercó a su rostro.
—El gusto es mío —contestó por fin, en un acento entre neutro y propio de la capital. Aunque sus rasgos eran distintivos de su región, su belleza era tal que quien preguntara terminaba creyéndole su elaborada mentira sobre sus ancestros, y comprendía que ella —Janna—, era exactamente quien decía ser, una bailarina natal de Athkatla, encantadora y divertida, que buscaba el éxito en su profesión —¿Por qué no nos traes una copa?
El hombre asintió, estaba como hipnotizado. Se levantó para acercarse a la barra y ¿Janna? quedó perdida en sus propios pensamientos. Concluyó que tenía que hacerse un tiempo para visitar el falso templo de su verdadera diosa, Shar, hacía demasiado que no lo hacía.
Porque cuando Selune, la supuesta diosa bondadosa a la que su hermana le había enseñado a adorar, había dejado que perdiese absolutamente todo en una muerte casual y sin sentido, se había volcado en busca de respuestas y refugio hacia la diosa de la oscuridad.
Había transformado su arte—la única costumbre que no había abandonado cuando abandonó su región natal para siempre— en una danza mortal, que a falta de un instrumento guiaba sus movimientos gráciles y desangraba a sus enemigos con la afilada hoja de un chakram, el arma predilecta de la propia diosa, y se había propuesto convertirse en una figura que, eventualmente, el mundo aprendería a amar y temer al mismo tiempo.
A los ojos del público, quería ser una artista renombrada, una bailarina cuyo nombre y belleza traspasaban fronteras. Quería tener tanto dinero que no tendría que preocuparse de malgastarlo en las emociones fáciles con las que buscaba darle algo de sentido a su vida, vivir el lujo y la vida fácil de los artistas bien renombrados.
Y a los ojos de su diosa, quería convertirse en una presencia letal, alguien que le causara predilección e interés.
Era una cáscara vacía, una sombra de la niña alegre que había sido antes de que le arrebataran el corazón.
Pocas formas había de diferenciarlas, las dos eran altas —algo que no sucedía demasiado en sus tierras, quizás producto de algún ancestro desconocido y extranjero—, delgadas y curvilíneas. La piel era marrón y el cabello del color del kohl, brilloso por el aceite de coco y adornado con delicadas mariposas doradas les rozaba las caderas. Compartían también la nariz ligeramente prominente y los ojos oscuros, e incluso a sus respectivos catorce y dieciséis años, ya mucho se hablaba por sus tierras de la belleza y gracia que haría a muchos murmurar que estaban benditas por algún dios piadoso.
Su espectáculo atraía no sólo a locales, sino también a viajeros, comerciantes que viajaban incómodos bajo un sol implacable al que no estaban acostumbrados, diplomáticos que intentaban extender las raíces de sus conexiones, charlatanes, pregoneros, incluso religiosos. Nadie era capaz de resistirse a la curiosidad, y aunque fuesen con toda la intención de sólo echar un vistazo, les era imposible levantarse de sus asientos hasta que todo el escándalo hubiese terminado.
Las hermanas acumulaban regalos de todos los rincones de la región, bártulos traídos por viajeros enamorados que creían que una vez hallado un tributo lo suficientemente interesante, conseguirían atrapar a una de las dos muchachas, cuando la pura verdad es que ninguna de las dos estaba interesada en el amor, vivían por la música, y por la sensación de absoluta euforia cuando los aplausos no se detenían después de verlas bailar.
—Hoy será la noche, Khadija, estoy segura —murmuró la mayor, usando el pulgar para limpiar una manchita de kohl en el mentón de su hermana —. Tú y yo estamos destinadas a ser famosas, estoy segura de ello.
Khadija escuchaba las palabras de su hermana con tanta atención y reverencia que parecía que estuviese hablando cara a cara con una deidad. Amira lo era todo para ella, su ejemplo a seguir, su mejor amiga, su madre, su hermana, su corazón. La había instruido en las artes de la música y le había enseñado a bailar de tal forma que su público no podía apartar la mirada de ella, y le había transmitido también su fe.
Muchos se extrañaban al ver que aquellas dos hermanas, calishitas que nunca habían abandonado los confines de su reino, creían en una diosa como Selune. Pero a Amira no le importaba demasiado la opinión general. Sus padres, ya muertos, le habían enseñado a adorar a aquella diosa esquiva, y le habían rogado que lo transmitiese todo a la pequeña Khadija. Su hermana escuchaba y asentía, pero no estaba tan interesada en la deidad misma como lo estaba en el hecho de que las palabras salían de la boca de su hermana.
—Creo que vamos a necesitar más flores, ¿puedes ir a buscar? —le pidió la mayor, mientras se equilibraba como podía en un banco de madera demasiado pequeño para sostenerla, intentando colgar una última vela del techo de la tienda de tela que refugiaría el espectáculo en tan sólo treinta minutos.
—¡Sí! —Khadija salió corriendo de la tienda y recorrió el camino que separaba su hogar del descampado donde se habían instalado lo más rápido que pudo, no quería separarse más de lo necesario de su hermana —Flores, flores, flores…
Rebuscó por la casa hasta que finalmente dio con el cesto tejido en el que todavía quedaban algunas flores anaranjadas y sonrió contenta. Cerró con extremo cuidado la puerta de entrada, y se devolvió por donde vino.
Pero entonces, algo llamó su atención. Una humareda negra subía hacia el cielo desde el punto exacto en el que la estaba esperando su hermana, y el olor a carne y tela quemadas le llegó a las fosas nasales poco después, mareándola tanto que el cesto se le cayó de las manos. Echó a correr tan rápido que las piernas le dolían, sentía como el humo le iba cerrando los pulmones a medida que se acercaba, pero nada de eso importaba.
La tienda ya no estaba allí. Era una brutal masa de llamas y humo, ¿cómo había podido encenderse todo tan rápido? ¿Cuánto había tardado en ir y volver? ¿Veinte minutos? ¿Treinta? Sacudió la cabeza, Amira tenía que estar por ahí. Selune la protegería. Tomó algo de distancia.
—¡Amira! ¡Amira! —empezó a gritar su nombre, y su voz, normalmente aterciopelada y atractiva, sonaba ronca, desagradable de oír. No había perdido la esperanza. Se lo repetía una y otra vez, Amira tenía que haber escapado, Selune jamás dejaría que algo tan horroroso le pasara a alguien que no había sido tan creyente como su hermana, ¿verdad? —¡Amira!
Le pareció ver una figura femenina y corrió hacia ella, el cerebro ya no le funcionaba del todo bien, pensaba de forma lenta y angustiosa. No era una figura, era un escombro, las maderas que estructuraban la tienda desmoronándose. La desesperación le subió por la garganta y cayó de rodillas, las arcadas eran tan fuertes que ya no podía levantarse. Pero no importaba, Amira estaba por ahí, Amira la sacaría de ahí…
Actualidad
—Janna, encantado —un hombre alto y de mirada afectada extendió su mano hacia la de la muchacha, y ella, asqueada por su obvia debilidad, dejó que la estrechara, ofreciéndole una sonrisa engañosa.
Estaba cansada y se le estaba acabando el dinero, las diversiones banales, los vestidos caros, las joyas y las apuestas habían hecho mella en sus finanzas. Y ella, que normalmente se rodeaba de hombres y mujeres mucho más atractivos que ese, se había impacientado en su búsqueda de alguien que cumpliese con sus requisitos en estándares de belleza y había seleccionado al desprevenido muchacho que compensaba su falta de gracia con los sacos de oro que guardaba en el banco. Lo conquistaría, lo aguantaría por algunas semanas, sacaría el dinero que necesitaba y continuaría su viaje en búsqueda de algo o alguien que realmente la emocionara.
Pero era difícil, no conocía la verdadera felicidad desde esa última noche, en el desierto de Calimshan. Las diversiones que se encontraba por el camino eran adrenalínicas e inmediatas, pero nada parecía hacerla feliz. Tal vez nunca lo estaría.
Toqueteó el brazalete de oro que siempre llevaba en la muñeca izquierda. Había pertenecido a su hermana, cuyo nombre ya no pronunciaba, regalado por un diplomático que había caído mortalmente enamorado de ella durante uno de sus espectáculos. Apoyó la mano llena de anillos en el hombro del joven y se acercó a su rostro.
—El gusto es mío —contestó por fin, en un acento entre neutro y propio de la capital. Aunque sus rasgos eran distintivos de su región, su belleza era tal que quien preguntara terminaba creyéndole su elaborada mentira sobre sus ancestros, y comprendía que ella —Janna—, era exactamente quien decía ser, una bailarina natal de Athkatla, encantadora y divertida, que buscaba el éxito en su profesión —¿Por qué no nos traes una copa?
El hombre asintió, estaba como hipnotizado. Se levantó para acercarse a la barra y ¿Janna? quedó perdida en sus propios pensamientos. Concluyó que tenía que hacerse un tiempo para visitar el falso templo de su verdadera diosa, Shar, hacía demasiado que no lo hacía.
Porque cuando Selune, la supuesta diosa bondadosa a la que su hermana le había enseñado a adorar, había dejado que perdiese absolutamente todo en una muerte casual y sin sentido, se había volcado en busca de respuestas y refugio hacia la diosa de la oscuridad.
Había transformado su arte—la única costumbre que no había abandonado cuando abandonó su región natal para siempre— en una danza mortal, que a falta de un instrumento guiaba sus movimientos gráciles y desangraba a sus enemigos con la afilada hoja de un chakram, el arma predilecta de la propia diosa, y se había propuesto convertirse en una figura que, eventualmente, el mundo aprendería a amar y temer al mismo tiempo.
A los ojos del público, quería ser una artista renombrada, una bailarina cuyo nombre y belleza traspasaban fronteras. Quería tener tanto dinero que no tendría que preocuparse de malgastarlo en las emociones fáciles con las que buscaba darle algo de sentido a su vida, vivir el lujo y la vida fácil de los artistas bien renombrados.
Y a los ojos de su diosa, quería convertirse en una presencia letal, alguien que le causara predilección e interés.
Era una cáscara vacía, una sombra de la niña alegre que había sido antes de que le arrebataran el corazón.
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