Mor
Minsorrano sin caminos
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Nombre: Daphne Galanis de Erebos.
Raza: Humana.
Sexo: Mujer.
Edad: 35 Primaveras.
Altura: 180 cm.
Peso: 75 Kg.
Alineamiento: Legal-bueno.
Idiomas: Chessentano, chondathano, común.
Lugar de nacimiento: Erebos, Chessenta.
Deidad: Lathander.
Ocupación: Paladín.
Daphne es una mujer adulta, a mediados de la treintena de edad. Goza de un físico saludable, señal de su constancia y rigor en el entrenamiento diario. De tez clara, besada por el sol, manchada por escasas pecas y atributos destacables.
Su cabeza es coronada por una larga cabellera descolorida, de ondulación laxa, que antaño reflejaba el color del trigo. Su faz resulta afable, con poco marcadas arrugas que delatan su carácter risueño. Sus ojos son de un color azul pálido como el cielo y a través de ellos se pueden ver las intenciones de un alma bienintencionada, de nariz respingona y labios rosados que tienden a mostrar una confiada sonrisa.
Su cabeza es coronada por una larga cabellera descolorida, de ondulación laxa, que antaño reflejaba el color del trigo. Su faz resulta afable, con poco marcadas arrugas que delatan su carácter risueño. Sus ojos son de un color azul pálido como el cielo y a través de ellos se pueden ver las intenciones de un alma bienintencionada, de nariz respingona y labios rosados que tienden a mostrar una confiada sonrisa.
Su lenguaje corporal suele ser calmo y desenfadado, parsimonioso incluso. Se toma su tiempo para hacer sus cosas, lo que juega a su favor para disimular su torpeza.
Por antaño vivir entre excesos, moderada; por disfrutar de la gente y la compañía, gregaria; por empatía y piedad, compasiva; por guerrera y juramentada, valiente; por virtud y honor, honesta.
Tales son las virtudes de Daphne, pero no hay ser mortal perfecto, y la paladín no vive sin lacras en su moral. Siente una superioridad intrínseca hacia la gente común, pues fue en otro tiempo el centro de su propio mundo y al abandonarlo fue para proteger a aquellos en la misma condición de quienes le servían, aquellos incapaces de defenderse a sí mismos, pues no son como ella.
Confiada, pues cree que todo ser merece al menos una oportunidad, independientemente de su pasado, aunque no tan crédula como para incluir en este juicio a criaturas que por naturaleza, son desdeñosas y malignas.
Perezosa y plácida, pues en la belleza del mundo encuentra una belleza empalagosa que pocas veces se resiste a disfrutar, alimenta su alma, pero no sería extraño que se le recriminase por su inacción.
