Zai
Karonte está escribiendo...
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Una joven Alejandra zarandeó vigorosa su arma, haciéndola bailar varias veces en el aire antes de ponerse en guardia, desafiante. Un sencillo golpe de su madre y mentora, la desarmó por completo.
- Recoja voacé su arma, vamos- La maestra se puso en guardia y la discípula la imitó. Tras ello, continuó -No se acelere, vaya despacio… Despacio… Ahora.
La joven lanzó una fiera estocada que su mentora desvió sin dificultad, haciendo que la muchacha perdiese el equilibrio y cayese al suelo.
- Le dije que no se acelerase, no hay ninguna prisa. Levante anda. Siempre en contacto con mi acero, luego se desliza por el círculo exterior buscando la flaqueza y observa la reacción. Si duda, que a buen seguro muchos lo harán, dais un medio compás trasversal y curvo, hacéis presión sobre la hoja y resolvéis haciendo la conclusión. El desarme es sencillo.
El acero restalló un par de veces en el aire. Mientras ambas figuras empezaban a trazar un círculo.
- Recuerde Alejandra, la esgrima es un juego de paciencia. Su espada revela de voacé todo cuanto es necesario para vencerla. Si voacé da golpes demasiado fiera, demuestra la ira y la inquietud, denota pasión, arrogancia… Imprudencia. Si es demasiado suave, muestra cobardía, timidez, inexperiencia…
De nuevo los aceros brindaron en el aire y empezaron a seguir un patrón, lento pero firme, como si tratasen de marcar el tempo de una canción.
- Su filosa no puede flaquear. No olvide que, por hermosa que sea la floritura, cada vez que desenvaina su acero está dispuesta a segar una vida y esto es algo que no deba hacerse sin pensar. Por supuesto, no es el objetivo de la Destreza. Si un noble os reta a un duelo, segar su vida significa que voacé acabaría muerta también y huir significaría el deshonor. No, su objetivo es desarmarlo, dejarlo indefenso y esperar una rendición por su parte. Poder elegir cuando arrebatar una vida y cuando no hacerlo, es lo que separa a un verdadero espadachín de todos esos bellacos pisaverdes cuya bolsa siempre anda escasa de sonante.
Al oír lo de segar una vida, la expresión de Alejandra cambió, arqueando las cejas. Con un leve temblor en la voz, respondió -Mamá, yo… -No terminó la frase.
Un destello rápido como un relámpago cortó el viento con precisión y pronto, una fina línea de sangre se vio dibujada en el suelo. La joven cristalizó sus ojos, tratando de contener las lágrimas mientras su rival la observaba seria.
- Mientras voacé y yo estemos aquí abajo -Continuó la lección - dentro de esta iglesia, Alex, yo no soy tu madre. Soy su oponente y en mí no esperes más piedad que la que le ofrecería un diablo que entrase por la puerta.
-¡Arrgg! -Alzó la voz la joven, cargada de frustración y con renovadas fuerzas se abalanzó sobre su madre. Eleonor se limitó a desarmarla con un movimiento elegante y a derribarla, de nuevo, con un sencillo empujón. Los sollozos de una niña tirada en el suelo consiguieron desarmar por completo a la madre que terminó cediendo con una sonrisa cálida dibujada en los labios. Clavó la espada en el suelo y se acercó a su hija, acariciándole el rostro y dándole un beso en la frente.
-¿Qué haría yo sin ti, cielo? - dijo en un tono maternal.
-Mamá, yo… No sé si seré capaz. Yo... No estoy preparada -admitió tragando saliva, en voz baja.
- Lo estás - sentención con vehemencia - Te trato con tal dureza porque en el mundo al que te enfrentarás en un par de años no tiene piedad, ni la quiere ni la busca. El honor debe guiar cada acto que hagas. No puedes permitir que la ley te derrote, pues suele estar emponzoñada por quienes abusan de ella. Cuando alguien te busque, tú te pones a su vez en guardia, pues si a esta hija de su madre le buscan las cosquillas a fuer que se las deben encontrar. Pláceme de buen grado prometerme esto.
Eleonor le acercó el meñique y la miró a los ojos. Alejandra cerró aquella promesa.
-Te lo prometo.
-Bien, ¿alguna duda? -Murmuró la madre.
- Dices que la espada demuestra lo que necesitan para vencernos… ¿Por qué la tuya no demuestra eso, mamá?
Una carcajada jovial resonó por la estancia.
-Porque yo tengo un trato con ella- le confesó, confidente. - Ella es como una amante que me protege, yo la respeto y la trato con todo mi cariño, le dedico tiempo, le hago regalos, la cuido… Aunque como toda persona que se precie tengo secretos, y cuando el baile se pone intenso sabe Deneir no me dejo vencer, y a veces para ello ese amor que por mi espada tengo lo comparto con la daga que acompaña. No importa lo grande que sea el rival o lo grande que sea su arma, no importa lo fuerte que sea su magia… Al final, todos encuentran por pago mi compasión o mi acero. Pues si soy peligrosa con una, imagínate con dos.
-De mi compasión, o de mi acero… De mi compasi…- La voz de tabernero le cortó el hilo de pensamiento, recuperándola de donde sea que se hubiese ido.
-¿Te pongo otra o no? Llevas casi una hora murmurando eso.-Dijo el hombre, sonriente mientras le acercaba un Negro Amargo.
-Póngala, póngala, que hoy tengo sonante en la bolsa y puedo comer de caliente y beber de aquello que alegra las noches más frías -Alejandra cogió la bebida y empezó a caminar hacia las habitaciones. - Estaré arriba, tenga voacé buena noche.
-Gracias a ti por gastar aquí tu oro y no en otro lado con menos clase -se despidió con un movimiento bonachón mientras seguía limpiando la barra.
- Recoja voacé su arma, vamos- La maestra se puso en guardia y la discípula la imitó. Tras ello, continuó -No se acelere, vaya despacio… Despacio… Ahora.
La joven lanzó una fiera estocada que su mentora desvió sin dificultad, haciendo que la muchacha perdiese el equilibrio y cayese al suelo.
- Le dije que no se acelerase, no hay ninguna prisa. Levante anda. Siempre en contacto con mi acero, luego se desliza por el círculo exterior buscando la flaqueza y observa la reacción. Si duda, que a buen seguro muchos lo harán, dais un medio compás trasversal y curvo, hacéis presión sobre la hoja y resolvéis haciendo la conclusión. El desarme es sencillo.
El acero restalló un par de veces en el aire. Mientras ambas figuras empezaban a trazar un círculo.
- Recuerde Alejandra, la esgrima es un juego de paciencia. Su espada revela de voacé todo cuanto es necesario para vencerla. Si voacé da golpes demasiado fiera, demuestra la ira y la inquietud, denota pasión, arrogancia… Imprudencia. Si es demasiado suave, muestra cobardía, timidez, inexperiencia…
De nuevo los aceros brindaron en el aire y empezaron a seguir un patrón, lento pero firme, como si tratasen de marcar el tempo de una canción.
- Su filosa no puede flaquear. No olvide que, por hermosa que sea la floritura, cada vez que desenvaina su acero está dispuesta a segar una vida y esto es algo que no deba hacerse sin pensar. Por supuesto, no es el objetivo de la Destreza. Si un noble os reta a un duelo, segar su vida significa que voacé acabaría muerta también y huir significaría el deshonor. No, su objetivo es desarmarlo, dejarlo indefenso y esperar una rendición por su parte. Poder elegir cuando arrebatar una vida y cuando no hacerlo, es lo que separa a un verdadero espadachín de todos esos bellacos pisaverdes cuya bolsa siempre anda escasa de sonante.
Al oír lo de segar una vida, la expresión de Alejandra cambió, arqueando las cejas. Con un leve temblor en la voz, respondió -Mamá, yo… -No terminó la frase.
Un destello rápido como un relámpago cortó el viento con precisión y pronto, una fina línea de sangre se vio dibujada en el suelo. La joven cristalizó sus ojos, tratando de contener las lágrimas mientras su rival la observaba seria.
- Mientras voacé y yo estemos aquí abajo -Continuó la lección - dentro de esta iglesia, Alex, yo no soy tu madre. Soy su oponente y en mí no esperes más piedad que la que le ofrecería un diablo que entrase por la puerta.
-¡Arrgg! -Alzó la voz la joven, cargada de frustración y con renovadas fuerzas se abalanzó sobre su madre. Eleonor se limitó a desarmarla con un movimiento elegante y a derribarla, de nuevo, con un sencillo empujón. Los sollozos de una niña tirada en el suelo consiguieron desarmar por completo a la madre que terminó cediendo con una sonrisa cálida dibujada en los labios. Clavó la espada en el suelo y se acercó a su hija, acariciándole el rostro y dándole un beso en la frente.
-¿Qué haría yo sin ti, cielo? - dijo en un tono maternal.
-Mamá, yo… No sé si seré capaz. Yo... No estoy preparada -admitió tragando saliva, en voz baja.
- Lo estás - sentención con vehemencia - Te trato con tal dureza porque en el mundo al que te enfrentarás en un par de años no tiene piedad, ni la quiere ni la busca. El honor debe guiar cada acto que hagas. No puedes permitir que la ley te derrote, pues suele estar emponzoñada por quienes abusan de ella. Cuando alguien te busque, tú te pones a su vez en guardia, pues si a esta hija de su madre le buscan las cosquillas a fuer que se las deben encontrar. Pláceme de buen grado prometerme esto.
Eleonor le acercó el meñique y la miró a los ojos. Alejandra cerró aquella promesa.
-Te lo prometo.
-Bien, ¿alguna duda? -Murmuró la madre.
- Dices que la espada demuestra lo que necesitan para vencernos… ¿Por qué la tuya no demuestra eso, mamá?
Una carcajada jovial resonó por la estancia.
-Porque yo tengo un trato con ella- le confesó, confidente. - Ella es como una amante que me protege, yo la respeto y la trato con todo mi cariño, le dedico tiempo, le hago regalos, la cuido… Aunque como toda persona que se precie tengo secretos, y cuando el baile se pone intenso sabe Deneir no me dejo vencer, y a veces para ello ese amor que por mi espada tengo lo comparto con la daga que acompaña. No importa lo grande que sea el rival o lo grande que sea su arma, no importa lo fuerte que sea su magia… Al final, todos encuentran por pago mi compasión o mi acero. Pues si soy peligrosa con una, imagínate con dos.
-De mi compasión, o de mi acero… De mi compasi…- La voz de tabernero le cortó el hilo de pensamiento, recuperándola de donde sea que se hubiese ido.
-¿Te pongo otra o no? Llevas casi una hora murmurando eso.-Dijo el hombre, sonriente mientras le acercaba un Negro Amargo.
-Póngala, póngala, que hoy tengo sonante en la bolsa y puedo comer de caliente y beber de aquello que alegra las noches más frías -Alejandra cogió la bebida y empezó a caminar hacia las habitaciones. - Estaré arriba, tenga voacé buena noche.
-Gracias a ti por gastar aquí tu oro y no en otro lado con menos clase -se despidió con un movimiento bonachón mientras seguía limpiando la barra.
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