Finnereg
Discípulo comegemas
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Durante días Acala estuvo preguntando entre los suyos, intentaba ayudar al Enclave Esmeralda y a Aravae, a localizar el posible origen de esa sangre élfica que se había encontrado en los árboles enfermos.
Pero quizás debería resumir un poco desde el principio. Por el bosque, fueron apareciendo árboles que sangraban y morían poco a poco, siendo inevitable su pérdida, fuera como fuera.
Se investigó si era un veneno, si una maldición, pero se llegó a la conclusión que se usaban unas pequeñas lombrices, transmitiendo una enfermedad a las raíces de ese árbol elegido. Más tarde pudimos averiguar que no por azar, ni capricho, sino que ese árbol debía morir.
Nadie había desaparecido en la Ciudadela, ningún elfo había sido raptado, o se encontraba desaparecido contra su voluntad… así pues, Acala fue a las murallas, a los puestos de vigilancia y a las atalayas más alejadas, y habló con los guardianes, con la posibilidad de que hubieran visto a algún druida errante, haciendo algo fuera de lo común o comportándose de manera extraña.
Y tras mucho indagar, mucho recorrer y mucho preguntar, fue cuando encontró un nombre, la anciana Ludwhan. Según se decía, fue vista recogiendo aparentemente hierbas con una cesta, pero su actitud era curiosa por lo que pudo comentar uno de los Arqueros de Su Majestad.
Así pues, tras hablar con Zentakord y Rigel, Acala decidió acompañarles internándose en el bosque. Era momento de poner en uso la alianza que habían firmado días atrás, y trabajar en conjunto para averiguar la enfermedad que hacía que el bosque muriera lentamente.
Durante varios días viajaron juntos, internándose más y más en la espesura hacia el norte. Llegó un punto en el que seguir avanzando era difícil, si no fuera porque los tres estaban acostumbrados a éste tipo de travesías, esquivando zarzas, e intentando localizar un leve sendero oculto a ojos ajenos a ese entorno.
De pronto, se toparon con otro árbol caído, con las mismas marcas rojas y raíces negras, pero éste ya había muerto… en cambio, algo ocurría a su alrededor, algo muy extraño. La propia naturaleza parecía fortalecida ante la muerte de dicho ejemplar. Los árboles de alrededor parecían rebosar vida y palpitaba belleza en su entorno. Un mullido manto de musgo comenzaba a extenderse, brindando pequeñas flores blancas las cuales cubrían las raíces ya muertas. Fue algo que impactó a los tres, y justo cuando estaban observándolo pudieron oir una voz femenina, una dulce canción élfica, alegre y lejana, que armoniosamente sonaba con los susurros del viento entre las ramas de la foresta.
Decidieron seguir la voz, y llegaron a una cabaña desvencijada, con una pequeña chimenea de la cual emanaba una discreta estela de humo. El entorno alrededor de la casa, era inusualmente bello. Parecía un lugar mágico, protegido, donde libélulas, mariposas, flores y arbustos convivían en plena belleza y equilibrio. Pisar ese musgo, era notar vida propia bajo los pies, las copas rebosantes de aves y frutos, amenizaban con sus trinos y aromas dulces por igual. Y entre todo eso, aquella voz melodiosa, seguía sonando al otro lado de la vivienda. Tras un instante de estupor ante semejante hallazgo, continuaron un arroyo cantarín, bordeando la cabaña. Así fue como acabaron por divisarla. Se diría que llamarla anciana, tal y como un humano pudiera usar, distaba mucho de lo que tenían delante.
Por un momento, Acala enmudeció, pese a estar acostumbrada a hacer uso de la palabra. Aquellos ojos verdes y brillantes como no recordara, parecián amagar una serenidad y sabiduría propia de una edad no correspondida por ese rostro. Inmersa estaba en esas cavilaciones, durante las cuales Zentakord comenzó a hablar con ella. Fue entonces, cuando la joven elfa advirtió que su llegada a ese lugar no parecía perturbar a la llamada anciana, pues su recibimiento resultó extrañamente cálido, casi amagando lo que podría parecer alegría al ver a viejos amigos.
-Decidme anciana, ¿ser usted la mujer conocida como Ludwham?.- Habló Zentakord. La pregunta del druida acabó finalmente por centrar a Acala.
La dama miró al Pastor y sonrió con tal delicadeza que hasta pareció por un momento que un suave aroma a menta mezclado con hierbas aromáticas emanara de ella.
-Sí, lo soy, ¿Y vosotros?– Pasó a señalarlos uno a uno invitándoles a presentarse y tomar asiento en la hierba.
Así pudieron explicar relajadamente los motivos que les habían traído a ese lugar tan remoto.
-Mi nombre ser Zentakord, ser Enviado del Enclave Esmeralda. ¿Ser usted la que estar usando esas lombrices para purgar los árboles débiles y renovar la naturaleza?– Preguntó sin rodeos fiel a su forma de ser.
-Directo al grano –sonrió respondiendo la anciana, mirando directamente al druida por un momento antes de explicarse. -Hace un tiempo encontré un elfo de las tribus más profundas del bosque muy malherido, no pude hacer nada por él, y lo enterré aquí, junto a uno de los árboles tristes.
-¿Arboles tristes?- Interrumpió Acala, lanzando una mirada que rebosaba curiosidad e inquietud, al tiempo que Rigel lanzaba una mirada cauta a su alrededor.
La mujer inspiró hondo, tomándose un segundo de reflexión antes de comenzar una narración más detallada.
-Hay un mal que afecta desde hace mucho- dijo con un suspiro apesadumbrado- No sé.. siglos o milenios al bosque, de norte a sur, una profunda tristeza que hace que algunos de los árboles ni muera ni crezca, ni deja que el entorno a su alrededor prospere, y vaya pereciendo poco a poco – sus palabras alcanzaron al trío de viajeros impregnadas de una profunda tristeza.- Es un mal muy profundo que afecta a algunos de ellos, y no encuentro forma de tratarlo. Cuando enterré al pobre elfo, su enfermedad por algún motivo, pasó a ese árbol triste, y las lombrices con la sangre del elfo, comenzaron a infectar sus raíces, y en poco tiempo, el árbol murió, pudiendo renovar y descansar la zona donde habitaba. Volviendo el equilibrio y creciendo de nuevo con fuerza la naturaleza en ese lugar.
Según hablaba, la mujer deslizó una mano por el verde y vivo manto de hierba que había a sus pies como si se tratara de una caricia a un ser querido.
-Es por ello, que se me ocurrió para frenar la enfermedad de los árboles, portar las lombrices a las raíces de cada árbol enfermo, para que pudiera morir, y así dejar espacio a que la naturaleza floreciera con más fuerza de nuevo.
Aquellas palabras no hicieron sino desatar un debate entre ambos druidas, contemplando diferentes vertientes y maneras de entender el Equilibrio. Tal era la entrega de ambos que tanto Acala como Rigel no pudieron si no guardar silencio y aguardar alguna conclusión. Así fue como finalmente Ludwham inspiró hondo y acabó por suspirar.
-Tendrías que sentir por ti mismo esa tristeza, esa ira.–dijo la druida.
- Mostradme un árbol que no hayáis tocado todavía con esas lombrices. Querer ver si yo sentir eso mismo que describir, hermana.- replicó él con contundencia.
-Esa… es muy buena idea- asintió ella -Os mostraré uno.
Con esas palabras, la elfa se alzó cuidadosamente para después encaminarse a un punto no muy lejano de ese pequeño claro en el que se hallaban.
-Éste fue el primero que intenté sanar- dijo mientras los cuatro avanzaban por la espesura -Ved como los demás están casi igual. Lo corté pero su tocón aún piensa.
Así fue como alcanzaron la sombra de lo que antaño podría haber sido un tronco vivo y hermoso, siendo ahora el centro de una zona carente de vida, como si todo lo que le envolviera hubiera marchitado, contaminado por unas raíces negras que se retorcían a través del suelo.
Zentakord se agachó y posó la mano sobre el tocón, tras lo cual se concentró, entonando la ancestral lengua secreta de los druidas en voz baja, tratando de experimentar lo que la anciana había comentado.
Al poco tiempo, en el que tanto Rigel como Acala observaron casi sin respirar, vieron como la expresión del Enviado cambiaba, frunciendo el ceño y poniendo gesto de dolor y extrañeza, apartando ambas manos rápidamente y abriendo los ojos confuso.
-Sentí ira, un sentimiento de odio repentino y de tristeza profunda, la rabia se apoderaba de mí, unos segundos, solo unos segundos. Y durante un momento, sentí la necesidad de matar el bosque, destrozarlo todo y a todos los que me rodeaban.-comentó aún aturdido.
La anciana druida sonrió con tristeza, albergando un atisbo de esperanza en su mirada al ver que ese druida tosco y rudo acababa de sentir lo que ella llevaba tiempo viviendo.
-¿Me comprendéis ahora? Pensé que las lombrices, me darían tiempo para frenar su avance, y proteger a mis criaturas. Creo que solo he conseguido ralentizar ese mal, pero aún así veo que sigue latente allá por donde piso. Poseo el antiguo conocimiento de hablar con los árboles, les canto y apaciguo su malestar-dijo la anciana.
Rigel con gesto inseguro, intervino preguntando -¿Podría saberse que provocó la tristeza de los árboles hablando con ellos?.
En ese momento Acala dejó de escuchar, se ilusionó pensando en que hablar también con los árboles era algo que le faltaba en ésta vida por conseguir, pero luego enseguida lo descartó de su mente con una mueca divertida mientras miraba a Rigel, y éste ajeno a sus pensamientos, le devolvió la mirada desconcertado.
Los druidas siguieron con sus cavilaciones manteniendo el tocón del árbol entre ellos. –Lo extraño ser que un tocón todavía poder sentir esto…debería estar muerto, pero no parece que lo esté..-Dijo acertadamente Zentakord.
-Os lo dije, no muerto. –añadió la anciana elfa con apesadumbrada voz.
Y tras añadir esto, miró directamente a los jóvenes que seguían con sus cavilaciones cuchicheando sobre el hecho de hablar con árboles, y sonriendo con dulzura les explicó.
-Algunos, sabemos el antiguo arte de cantar a los arboles, ellos nos hablan, a su modo pero lo hacen. Quedamos muy pocos que conservemos el ancestral arte, hoy en día está casi perdido.
-Decidme hermana, ¿tener claro como haberse extendido esta tristeza y rabia entre los árboles? Estar claro que ser tú quien depositar esas lombrices... pero este sentimiento tener que desplazarse o contagiarse de algún modo....- Zentakord retomó la palabra, tras salir de sus pensamientos, preguntando directamente.
-Si lo supiera, yo misma habría ido a enfrentarme a lo que fuera que daña a mis criaturas- dijo volviendo la atención al pastor de árboles.
Tras este cruce de palabras, Zentakord volvió a tocar la madera, posando su fuerte y cuarteada mano sobre ella, y volvió a cerrar los ojos dispuesto a concentrarse. Quería en todo momento ayudar, buscar una pista que le dijera si esa tristeza que emitía, provenía de algún lugar ajeno del propio árbol en sí.
La druida observándole, se puso a cantar una canción increíblemente hermosa, que hablaba de la luz de la mañana y del rocío sobre las hojas, sobre flores que ya no existen de reinos élficos antiguos. Pudieron contemplar como la vegetación pareciera moverse con la tonada, incluso los corazones de los jóvenes por un instante se colmaron de paz y alegría. Y con ésta melodía el druida comenzó a sentir como la tristeza se mitigaba y se perdía levemente, tan solo unos momentos, mientras la canción sonaba. Poco a poco volvió a abrir los ojos y separó la mano de la superficie del tocón asintiendo levemente.
-Tu canción mitigar sin duda ese sentimiento... pero no apaciguarlo del todo me temo.- Dijo bajando la voz.
- Y es por eso, que debo usar lombrices con éste.- y diciéndolo sacó un pequeño paño de un bolsillo, con una única lombriz y la depositó con dos dedos sobre una de las raíces oscuras, desapareciendo rápidamente la pequeña en su interior. –Ahora solo debemos dejar que la naturaleza actúe.- añadió doblando el paño y guardándoselo de nuevo con calma.
-¿Creéis ahora entonces que mi forma de actuar, era tan reprochable? A veces, los arboles no nos dejan ver el cielo.–Sonrió condescendiente. -Ahora ya sabéis que hay algo peor que estas lombrices, y tan solo nos están haciendo ganar tiempo.
-Pero es que es algo demasiado importante y grande, como para que os hagáis cargo vos sola, deberíais ir al Enclave y ponerlo en común, y entre todos buscar una solución.–intervino Acala. –Así es, se podría rastrear su origen, intentar buscar la zona en la que empezó. – añadió Rigel.
Zentakord intervino alzándose y acercándose a ellos. –Creo que la labor de la anciana ser la más acertada dada las circunstancias... Aunque el método usado no tener claro que ser el más adecuado, quizás se podrían bendecir a las lombrices para que no maten a esos árboles si no que les curen. Decidme anciana, ¿poder yo bendecir el lugar de descanso del elfo para que las lombrices contar con la bendición del Padre Roble?
La elfa asintió sonriendo -¿quién soy yo para negar algo así?- Tras esto se volvió hacia los jóvenes mientras el druida se encaminó hacia la tumba y comenzó a prepararse para la sacralización del lugar.
Rigel y Acala viendo como Zentakord comenzaba sus preparativos sacando ungüentos, figuritas de madera y demás enseres, se quedaron apartados para dejarle trabajar tranquilo.
-He visto – dijo bajando la voz la druida a los jóvenes- que tenéis asuntos más acuciantes allá donde la torre. Esto aunque es preocupante no es urgente. – Acala asintió ante esas palabras con pesar de nuevo en su corazón.
-Si necesitáis algo, no dudéis en avisarnos –dijo Rigel mirando con respecto a la anciana.
-Os traeremos dulces la próxima vez de la Ciudadela, cuando volvamos a vernos- Dijo Acala en un tono cercano.
Con una sonrisa afectuosa la anciana giró y comenzó a alejarse entonando de nuevo la melodía –iré a cantar a las setas moradas, llevan días algo apagadas- sonrió girando un instante el rostro y volvió a elevar su voz mientras se alejaba.
Rigel y Acala se sentaron en silencio, disfrutando de esa melodía que reconfortaba sus almas plácidamente. Y sacando una hogaza de pan y algo de queso, se dispusieron a esperar al Druida para regresar de nuevo juntos de vuelta a las responsabilidades que les aguardaban.
Pero quizás debería resumir un poco desde el principio. Por el bosque, fueron apareciendo árboles que sangraban y morían poco a poco, siendo inevitable su pérdida, fuera como fuera.
Se investigó si era un veneno, si una maldición, pero se llegó a la conclusión que se usaban unas pequeñas lombrices, transmitiendo una enfermedad a las raíces de ese árbol elegido. Más tarde pudimos averiguar que no por azar, ni capricho, sino que ese árbol debía morir.
Nadie había desaparecido en la Ciudadela, ningún elfo había sido raptado, o se encontraba desaparecido contra su voluntad… así pues, Acala fue a las murallas, a los puestos de vigilancia y a las atalayas más alejadas, y habló con los guardianes, con la posibilidad de que hubieran visto a algún druida errante, haciendo algo fuera de lo común o comportándose de manera extraña.
Y tras mucho indagar, mucho recorrer y mucho preguntar, fue cuando encontró un nombre, la anciana Ludwhan. Según se decía, fue vista recogiendo aparentemente hierbas con una cesta, pero su actitud era curiosa por lo que pudo comentar uno de los Arqueros de Su Majestad.
Así pues, tras hablar con Zentakord y Rigel, Acala decidió acompañarles internándose en el bosque. Era momento de poner en uso la alianza que habían firmado días atrás, y trabajar en conjunto para averiguar la enfermedad que hacía que el bosque muriera lentamente.
Durante varios días viajaron juntos, internándose más y más en la espesura hacia el norte. Llegó un punto en el que seguir avanzando era difícil, si no fuera porque los tres estaban acostumbrados a éste tipo de travesías, esquivando zarzas, e intentando localizar un leve sendero oculto a ojos ajenos a ese entorno.
De pronto, se toparon con otro árbol caído, con las mismas marcas rojas y raíces negras, pero éste ya había muerto… en cambio, algo ocurría a su alrededor, algo muy extraño. La propia naturaleza parecía fortalecida ante la muerte de dicho ejemplar. Los árboles de alrededor parecían rebosar vida y palpitaba belleza en su entorno. Un mullido manto de musgo comenzaba a extenderse, brindando pequeñas flores blancas las cuales cubrían las raíces ya muertas. Fue algo que impactó a los tres, y justo cuando estaban observándolo pudieron oir una voz femenina, una dulce canción élfica, alegre y lejana, que armoniosamente sonaba con los susurros del viento entre las ramas de la foresta.
Decidieron seguir la voz, y llegaron a una cabaña desvencijada, con una pequeña chimenea de la cual emanaba una discreta estela de humo. El entorno alrededor de la casa, era inusualmente bello. Parecía un lugar mágico, protegido, donde libélulas, mariposas, flores y arbustos convivían en plena belleza y equilibrio. Pisar ese musgo, era notar vida propia bajo los pies, las copas rebosantes de aves y frutos, amenizaban con sus trinos y aromas dulces por igual. Y entre todo eso, aquella voz melodiosa, seguía sonando al otro lado de la vivienda. Tras un instante de estupor ante semejante hallazgo, continuaron un arroyo cantarín, bordeando la cabaña. Así fue como acabaron por divisarla. Se diría que llamarla anciana, tal y como un humano pudiera usar, distaba mucho de lo que tenían delante.
Por un momento, Acala enmudeció, pese a estar acostumbrada a hacer uso de la palabra. Aquellos ojos verdes y brillantes como no recordara, parecián amagar una serenidad y sabiduría propia de una edad no correspondida por ese rostro. Inmersa estaba en esas cavilaciones, durante las cuales Zentakord comenzó a hablar con ella. Fue entonces, cuando la joven elfa advirtió que su llegada a ese lugar no parecía perturbar a la llamada anciana, pues su recibimiento resultó extrañamente cálido, casi amagando lo que podría parecer alegría al ver a viejos amigos.
-Decidme anciana, ¿ser usted la mujer conocida como Ludwham?.- Habló Zentakord. La pregunta del druida acabó finalmente por centrar a Acala.
La dama miró al Pastor y sonrió con tal delicadeza que hasta pareció por un momento que un suave aroma a menta mezclado con hierbas aromáticas emanara de ella.
-Sí, lo soy, ¿Y vosotros?– Pasó a señalarlos uno a uno invitándoles a presentarse y tomar asiento en la hierba.
Así pudieron explicar relajadamente los motivos que les habían traído a ese lugar tan remoto.
-Mi nombre ser Zentakord, ser Enviado del Enclave Esmeralda. ¿Ser usted la que estar usando esas lombrices para purgar los árboles débiles y renovar la naturaleza?– Preguntó sin rodeos fiel a su forma de ser.
-Directo al grano –sonrió respondiendo la anciana, mirando directamente al druida por un momento antes de explicarse. -Hace un tiempo encontré un elfo de las tribus más profundas del bosque muy malherido, no pude hacer nada por él, y lo enterré aquí, junto a uno de los árboles tristes.
-¿Arboles tristes?- Interrumpió Acala, lanzando una mirada que rebosaba curiosidad e inquietud, al tiempo que Rigel lanzaba una mirada cauta a su alrededor.
La mujer inspiró hondo, tomándose un segundo de reflexión antes de comenzar una narración más detallada.
-Hay un mal que afecta desde hace mucho- dijo con un suspiro apesadumbrado- No sé.. siglos o milenios al bosque, de norte a sur, una profunda tristeza que hace que algunos de los árboles ni muera ni crezca, ni deja que el entorno a su alrededor prospere, y vaya pereciendo poco a poco – sus palabras alcanzaron al trío de viajeros impregnadas de una profunda tristeza.- Es un mal muy profundo que afecta a algunos de ellos, y no encuentro forma de tratarlo. Cuando enterré al pobre elfo, su enfermedad por algún motivo, pasó a ese árbol triste, y las lombrices con la sangre del elfo, comenzaron a infectar sus raíces, y en poco tiempo, el árbol murió, pudiendo renovar y descansar la zona donde habitaba. Volviendo el equilibrio y creciendo de nuevo con fuerza la naturaleza en ese lugar.
Según hablaba, la mujer deslizó una mano por el verde y vivo manto de hierba que había a sus pies como si se tratara de una caricia a un ser querido.
-Es por ello, que se me ocurrió para frenar la enfermedad de los árboles, portar las lombrices a las raíces de cada árbol enfermo, para que pudiera morir, y así dejar espacio a que la naturaleza floreciera con más fuerza de nuevo.
Aquellas palabras no hicieron sino desatar un debate entre ambos druidas, contemplando diferentes vertientes y maneras de entender el Equilibrio. Tal era la entrega de ambos que tanto Acala como Rigel no pudieron si no guardar silencio y aguardar alguna conclusión. Así fue como finalmente Ludwham inspiró hondo y acabó por suspirar.
-Tendrías que sentir por ti mismo esa tristeza, esa ira.–dijo la druida.
- Mostradme un árbol que no hayáis tocado todavía con esas lombrices. Querer ver si yo sentir eso mismo que describir, hermana.- replicó él con contundencia.
-Esa… es muy buena idea- asintió ella -Os mostraré uno.
Con esas palabras, la elfa se alzó cuidadosamente para después encaminarse a un punto no muy lejano de ese pequeño claro en el que se hallaban.
-Éste fue el primero que intenté sanar- dijo mientras los cuatro avanzaban por la espesura -Ved como los demás están casi igual. Lo corté pero su tocón aún piensa.
Así fue como alcanzaron la sombra de lo que antaño podría haber sido un tronco vivo y hermoso, siendo ahora el centro de una zona carente de vida, como si todo lo que le envolviera hubiera marchitado, contaminado por unas raíces negras que se retorcían a través del suelo.
Zentakord se agachó y posó la mano sobre el tocón, tras lo cual se concentró, entonando la ancestral lengua secreta de los druidas en voz baja, tratando de experimentar lo que la anciana había comentado.
Al poco tiempo, en el que tanto Rigel como Acala observaron casi sin respirar, vieron como la expresión del Enviado cambiaba, frunciendo el ceño y poniendo gesto de dolor y extrañeza, apartando ambas manos rápidamente y abriendo los ojos confuso.
-Sentí ira, un sentimiento de odio repentino y de tristeza profunda, la rabia se apoderaba de mí, unos segundos, solo unos segundos. Y durante un momento, sentí la necesidad de matar el bosque, destrozarlo todo y a todos los que me rodeaban.-comentó aún aturdido.
La anciana druida sonrió con tristeza, albergando un atisbo de esperanza en su mirada al ver que ese druida tosco y rudo acababa de sentir lo que ella llevaba tiempo viviendo.
-¿Me comprendéis ahora? Pensé que las lombrices, me darían tiempo para frenar su avance, y proteger a mis criaturas. Creo que solo he conseguido ralentizar ese mal, pero aún así veo que sigue latente allá por donde piso. Poseo el antiguo conocimiento de hablar con los árboles, les canto y apaciguo su malestar-dijo la anciana.
Rigel con gesto inseguro, intervino preguntando -¿Podría saberse que provocó la tristeza de los árboles hablando con ellos?.
En ese momento Acala dejó de escuchar, se ilusionó pensando en que hablar también con los árboles era algo que le faltaba en ésta vida por conseguir, pero luego enseguida lo descartó de su mente con una mueca divertida mientras miraba a Rigel, y éste ajeno a sus pensamientos, le devolvió la mirada desconcertado.
Los druidas siguieron con sus cavilaciones manteniendo el tocón del árbol entre ellos. –Lo extraño ser que un tocón todavía poder sentir esto…debería estar muerto, pero no parece que lo esté..-Dijo acertadamente Zentakord.
-Os lo dije, no muerto. –añadió la anciana elfa con apesadumbrada voz.
Y tras añadir esto, miró directamente a los jóvenes que seguían con sus cavilaciones cuchicheando sobre el hecho de hablar con árboles, y sonriendo con dulzura les explicó.
-Algunos, sabemos el antiguo arte de cantar a los arboles, ellos nos hablan, a su modo pero lo hacen. Quedamos muy pocos que conservemos el ancestral arte, hoy en día está casi perdido.
-Decidme hermana, ¿tener claro como haberse extendido esta tristeza y rabia entre los árboles? Estar claro que ser tú quien depositar esas lombrices... pero este sentimiento tener que desplazarse o contagiarse de algún modo....- Zentakord retomó la palabra, tras salir de sus pensamientos, preguntando directamente.
-Si lo supiera, yo misma habría ido a enfrentarme a lo que fuera que daña a mis criaturas- dijo volviendo la atención al pastor de árboles.
Tras este cruce de palabras, Zentakord volvió a tocar la madera, posando su fuerte y cuarteada mano sobre ella, y volvió a cerrar los ojos dispuesto a concentrarse. Quería en todo momento ayudar, buscar una pista que le dijera si esa tristeza que emitía, provenía de algún lugar ajeno del propio árbol en sí.
La druida observándole, se puso a cantar una canción increíblemente hermosa, que hablaba de la luz de la mañana y del rocío sobre las hojas, sobre flores que ya no existen de reinos élficos antiguos. Pudieron contemplar como la vegetación pareciera moverse con la tonada, incluso los corazones de los jóvenes por un instante se colmaron de paz y alegría. Y con ésta melodía el druida comenzó a sentir como la tristeza se mitigaba y se perdía levemente, tan solo unos momentos, mientras la canción sonaba. Poco a poco volvió a abrir los ojos y separó la mano de la superficie del tocón asintiendo levemente.
-Tu canción mitigar sin duda ese sentimiento... pero no apaciguarlo del todo me temo.- Dijo bajando la voz.
- Y es por eso, que debo usar lombrices con éste.- y diciéndolo sacó un pequeño paño de un bolsillo, con una única lombriz y la depositó con dos dedos sobre una de las raíces oscuras, desapareciendo rápidamente la pequeña en su interior. –Ahora solo debemos dejar que la naturaleza actúe.- añadió doblando el paño y guardándoselo de nuevo con calma.
-¿Creéis ahora entonces que mi forma de actuar, era tan reprochable? A veces, los arboles no nos dejan ver el cielo.–Sonrió condescendiente. -Ahora ya sabéis que hay algo peor que estas lombrices, y tan solo nos están haciendo ganar tiempo.
-Pero es que es algo demasiado importante y grande, como para que os hagáis cargo vos sola, deberíais ir al Enclave y ponerlo en común, y entre todos buscar una solución.–intervino Acala. –Así es, se podría rastrear su origen, intentar buscar la zona en la que empezó. – añadió Rigel.
Zentakord intervino alzándose y acercándose a ellos. –Creo que la labor de la anciana ser la más acertada dada las circunstancias... Aunque el método usado no tener claro que ser el más adecuado, quizás se podrían bendecir a las lombrices para que no maten a esos árboles si no que les curen. Decidme anciana, ¿poder yo bendecir el lugar de descanso del elfo para que las lombrices contar con la bendición del Padre Roble?
La elfa asintió sonriendo -¿quién soy yo para negar algo así?- Tras esto se volvió hacia los jóvenes mientras el druida se encaminó hacia la tumba y comenzó a prepararse para la sacralización del lugar.
Rigel y Acala viendo como Zentakord comenzaba sus preparativos sacando ungüentos, figuritas de madera y demás enseres, se quedaron apartados para dejarle trabajar tranquilo.
-He visto – dijo bajando la voz la druida a los jóvenes- que tenéis asuntos más acuciantes allá donde la torre. Esto aunque es preocupante no es urgente. – Acala asintió ante esas palabras con pesar de nuevo en su corazón.
-Si necesitáis algo, no dudéis en avisarnos –dijo Rigel mirando con respecto a la anciana.
-Os traeremos dulces la próxima vez de la Ciudadela, cuando volvamos a vernos- Dijo Acala en un tono cercano.
Con una sonrisa afectuosa la anciana giró y comenzó a alejarse entonando de nuevo la melodía –iré a cantar a las setas moradas, llevan días algo apagadas- sonrió girando un instante el rostro y volvió a elevar su voz mientras se alejaba.
Rigel y Acala se sentaron en silencio, disfrutando de esa melodía que reconfortaba sus almas plácidamente. Y sacando una hogaza de pan y algo de queso, se dispusieron a esperar al Druida para regresar de nuevo juntos de vuelta a las responsabilidades que les aguardaban.