west1178
Apilador de Muros de Fuego
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VOLUMEN I
Dos figuras caminan durante la noche, a varias horas de Athkatla. Cerca de el Desfiladero de la Muerte.
Debo decirte, amigo mío, que estoy realmente sorprendida por la destreza que mostraste durante la batalla en el Desfiladero de la Muerte. Inquirió la mujer.

Se requería matar y eso hice. Contestó el planeudo, parco en palabras. Jamás había visto tal destreza.
Del rrakkma del que vengo, yo no era el más habilidoso. Volvió a replicar el githzerai quitándole importancia. La sacerdotisa no perdió oportunidad para promulgar su fe y le preguntó si encomienda su alma a algún dios antes de una batalla. Pero el githzerai ladeó la cabeza de un lado a otro de forma vaga, negando con ella. A nadie, nosotros no adoramos a ninguna deidad, pero las cosas son muy diferentes aquí, en el material.
Aunque creáis que sois poderoso, amigo mío, la única verdad que reina en este “plano material” como tu lo llamas, es la vedad de la fe. Es la única constante eterna que se repite y repite. ¿La fe? La muerte es la única constante de la cosmología. La interrumpió el gith mientras la clérigo asentía con la cabeza, casi complacida.
¿Sabes por que es tan importante nuestra misión, amigo mío? Preguntó Julieth. Lo desconozco, para mí los exánimes son otra forma de opresión hacia los vivos y hacia ellos mismos. Os sucede algo similar a lo que hicieron los ilícidos con mi pueblo hace eones. Se nos enseña desde que nacemos a combatir a los ilícidos como hizo Zhertimoon, pero también se nos enseña a luchar contra cualquier fuente de esclavitud y esta situación que tenéis aquí, en esta ciudad, evocada por los exánimes, para mí, tiene cierto paralelismo con lo que nos pasó a nosotros. Contestó Z’arenthil explayándose en su respuesta y dando la oportunidad perfecta a la clériga a replicar quien no tardó en ver la oportunidad perfecta.
Sin duda, tiene un sorprendente parecido, más hay algo detrás. Cuando un mortal muere, su alma sale de su cuerpo y se encamina hacia el plano de la fuga, donde mi señor Kélemvor lo espera para juzgarlo. Kélemvor, en su eterna sabiduría, los juzga a todos por igual. A los creyentes les permite reunirse con sus deidades. A los Falsos, los condena a formar parte del Muro de los Lamentos. La clériga no cedió un ápice ante posible réplica y continuó con su explicación. El muro de los lamentos es un inmenso muro que rodea la Ciudad del Juicio y es el destino agónico para todas las almas que no creen en el poder de los dioses y no les rinde culto alguno. Negar el poder de los dioses, es una estupidez y la prueba del poder de Kélemvor, la tienes ante ti. Yo misma, no soy más que un instrumento en las manos de “El que sujeta la balanza”.
De ahí a que la muerte sea la única verdad reiterativa y tangible. Al final todos pasaremos por el juicio de tu dios.
Es nuestro deber liberar el alma atormentada destruyendo al no-muerto para que pueda volver ante Kélemvor y ser juzgado definitivamente. Añadió Julieth y continuó. Nosotros no somos más que libertadores.
Tras un largo silencio inacabable Z’arenthil reprochó a la sacerdotisa, aunque bien se podría estar reprochando a si mismo.
Por esa misma razón es por la que no he emprendido mi viaje al a infraoscuridad a buscar a los míos. Cuando llegué aquí tu raza me era algo distante, pero veo que os azotan males muy similares a los que azotaron a mi pueblo. Y este tipo de cosas, como hizo el Zhertimoon, se han de combatir.
Lo que quiero que entiendas, amigo mío, cuando hacemos este trabajo, es que la muerte no es el final, sino un comienzo, no es un castigo que nosotros aplicamos, es una necesidad de vital importancia. Un proceso metódico, medido y sin engaño. Ayudar a los demás a que mueran con dignidad en su hora señalada, y no antes… Es posiblemente la tarea más importante que se puede realizar en este mundo. Dijo la sacerdotisa sin titubeo alguno en su voz. Y cuando actuáis en nombre del Juez, con tan sagrado propósito, el os concederá una certeza implacable. Vuestro juicio, será su voluntad y no habrá error, exánime o poder que pueda quebrar vuestra templanza.
Yo no dudo. Estoy tan convencido como tú que hay que poner fin a esta esclavitud. No imagináis cuanto me alegra oír esas palabras. Sentenció la sacerdotisa del Juez y prosiguió.
Todos tenemos una balanza interna, Z’arenthil. Esto es algo que me dijo el padre Alba en su día. Debemos mantenerla equilibrada, porque cuando no lo está, todo se viene abajo. Cometemos errores, perdemos gente que no debería morir… Saber cuando debes disparar y cuando preguntar es un don. Vos podréis equilibrarla porque el Juez os ha bendecido con el poder para cumplir su dogma. Por eso no quisiste matar a Daith y a Daraen. Añade, como si hubiera tenido una revelación, el githzerai.
Ambos dieron un largo paseo a caballo, enfilando rumbo a Athkatla y moviéndose durante la noche. La roja sangre que aún teñía la tierra del Desfiladero de la Muerte quedaba atrás mientras el anormal dúo ahora a pie se adentraba en el cementerio rumbo al altar de Kélemvor.

No sé porqué tu Juez iba a querer que yo fuese su voluntad. Dijo el gith retomando el tema tras varias horas juntos. Porque vos podéis cumplir su cometido. Oponeros a todos los que pretenden prolongar artificialmente su vida más allá de los limites naturales es nuestro mayor propósito. Y vos, con vuestra destreza y un poco de fe, podríais convertiros en aquella que decante la guerra a nuestro favor. Los muertos deben ser liberados. Contestó la mujer.
Oponerme a la esclavitud de la no-vida. Dijo Z'arenthil sopesando las palabras. Eso es algo que Zhertimoon haría. La pareja llegó para ese instante al altar de Kelemvor justo a tiempo para la teatralización de la Sacerdotisa. Y cuando nos veamos caminando en la oscuridad, la luz nos mostrará el camino de la equidad. Acuño Julieth primero señalando al cielo negro y después al Altar del Juez.
El githzerai entrelazó con suavidad los dedos de ambas manos a la altura de la cintura, relajándose y después de un silencio embriagador, lo rompió con una confesión. Siempre he creído que mis pasos estaban claros. Aunque desde que estoy aquí, quizás rodeado de tanta humanidad, empiezo a dudar. Inquirido por la curiosidad narrativa de la clériga, el gith continuó. Cada día que paso en el material me cuestiono si estoy haciendo lo correcto ayudándoos contra los exánimes, o si debería volver con los míos. Unirme a otro rrakkma y seguir cazando a los que esclavizaron a mi pueblo. Pero luego recuerdo las palabras de Zhertimoon sobre la lucha contra la esclavitud de cualquier forma y no puedo evitar pensar que os está pasando a vosotros, como raza, lo mismo que nos pasó a nosotros, y por eso cada día decido quedarme.
Aquí se os necesita Z’arenthil. Vos tenéis una visión única como libertador, vos que sabéis lo que significa la esclavitud y le dais el valor que merece la vida. Quizás muchos humanos no os merezcan, pero ellos os necesitan. Yo no puedo deciros que debéis hacer, pues es algo personal y único. Pero os aseguro, os doy mi palabra, que mientras caminéis a nuestro lado, a su lado. El día que muráis, podréis morir con una sonrisa en los labios pues no tendréis la sensación de haber desperdiciado tu vida. El githzerai siguió mirando en silencio a la clériga mientras esta continuaba con su discurso.
Yo tardé mucho en entender lo que este camino implica, Z’arenthil y ahora que lo sé, puedo enfrentarme a quien sea. Libre del miedo que me dan los no muertos. Libre de la duda. Libre del rencor, del odio, de la necesidad de venganza… Libre de la pena. Y el día que el Juez me reclame, estaré lista para ir ante él y someterme a su juicio.
Obtuviste el Zhalith. Dijo el Githzerai ante la curiosa mirada de la humana. Es lo que todos los míos buscan, no tiene traducción o no conozco la palabra, pero sería paz y libertad. Ambas cosas.
Ya está amaneciendo. Inquirió la religiosa. Os sugiero amigo mío, que reflexionéis sobre mis palabras. Pregúntate a ti mismo, pregúntale a él. Dijo señalando con el mentón a la balanza del altar para después irse caminando en silencio, sin perturbar el descanso de los muertos ahí enterrados.
Tras un prolongado rato de pie, en silencio, casi inerte, el githzerai decidió arrodillarse ante el altar. No porque le fuese un gesto natural, sino porque ya lo había visto en otros humanos. No tardó en comulgar con su yo interior. Lo que el githzerai pensó, quedará solo para él, lo que si puedo percibir, es como la balanza, se niveló levemente iluminada por el primer rayo de sol del día.




