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Llegada a Amn
Llegué a Amn con el polvo del Camino de la Costa todavía pegado a las botas y una idea fija en la cabeza: Athkatla, la Ciudad de la Moneda, y mi primo hermano Kemper. Fácil, ¿no? Pues no. Athkatla no te recibe; te calcula. Te pesa. Te cambia a calderilla si te descuidas.

Entré por la puerta oeste con cara de “no rompo un plato” y la bolsa bien atada. Pregunté por Kemper a todo ser con pulso y a alguno sin él. Un mercader me vendió una dirección falsa por el precio de una sonrisa. Un prestamista me explicó que “Kemper” era un nombre muy común… justo después de intentar prestarme dinero que no pedí. Todo normal.
El primero en responder con algo parecido a sinceridad fue un enano. Mascara en el rostro, olor nauseabundo, bastón sobre el hombre y una mirada tierna que no cuadraba con el resto del conjunto. La razón apareció cuando vi el tronco. Un tronco, sí. Lo acariciaba como quien consuela a un viejo amor.
—Es complicado —me dijo, antes de que yo preguntara nada—. Ella me entiende.
No entendía a Kemper, pero me explicó la diferencia entre roble y fresno como si fuera poesía. De pronto reparó en un mediano que está en la guardia, “La pequeña furia” lo llamó, aseguró que se llamaba Kemper. Le di las gracias y seguí mi camino, convencido de que Athkatla estaba jugando conmigo.
Más adelante di con un corro de mujeres bajo la luna. Selunitas, dijeron. Ojos plateados, sonrisas tranquilas. Les pregunté por mi primo. Me hablaron nuevamente de la guardia, es un soldado dijeron, ¿Kemper soldado?… su madre es gorda asique todo puede ser.
Pasaron días. Días de preguntar, de perderme, de no perder la bolsa por pura terquedad. Y entonces apareció Kath.
Estaba apoyada en una barandilla, relajada, como si Athkatla fuese su sala de estar. De esas mujeres que están “para entrar a vivir”, ya me entiendes, “de toma pan y moja”. El uniforme le sentaba como un juramento bien hecho. Sargento de las Fuerzas Armadas, nada menos. Yo no sabía que aceptaban mujeres tan bellas en filas; ella se rió como quien oye llover.
Un tipo se le acercó, muy digno, pidiéndole un besito porque, según él, le había robado el corazón. Kath lo miró, sonrió y se lo devolvió… el corazón, digo. Entero y con instrucciones. Luego me miró a mí.
—Buscas a alguien —dijo.
Le dije el nombre.
—Claro que sí. Kemper. Es compañero en las Fuerzas Armadas —y me dio la dirección—. Y ya que estás, te vienes de recluta.
Antes de que pudiera protestar, ya tenía un papel y una historia nueva. Athkatla otra vez.
Pocos días después lo vi desde lejos. Por un segundo pensé que era mi reflejo caminando hacia mí. Siempre nos confunden. Crecimos juntos, nos metíamos en líos juntos, y luego los caminos se separaron. Hacía meses que no sabía de él.
Nos abrazamos. Nos insultamos. Nos fuimos a beber. Todo en orden.

Y entonces empecé.
—¿Sabes? He pensado mucho en tu madre últimamente.
Ahí vamos otra vez.
Tengo esta obsesión enfermiza con recordarle que su madre es “la gorda” y la mía “la de huesos normales”. Son mellizas. MELLIZAS. Pero no se parecen en nada. Kemper insiste en que tienen la misma puta cara.
—Es de huesos grandes —me dice, como siempre.
—Huesos que desayunan, comen, meriendan y cenan —le respondo.
Es agotador. Pero también es Kemper. Y por mucho que me joda admitirlo, me alegra verlo. Athkatla de repente parece menos hostil con alguien de casa aquí.
—Seguro que tu madre tiene la culpa —dije.
—¿Cómo coño va a ser culpa de mi madre?
—No sé. Pero si hay forma, lo es.
Vamos a liarla juntos otra vez, seguro. Como en los viejos tiempos. Solo espero que esta vez no acabe con ambos huyendo de la ciudad. Aunque, conociéndonos… no descarto nada.


















