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Diario de Bertrat Banji

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Llegada a Amn

Llegué a Amn con el polvo del Camino de la Costa todavía pegado a las botas y una idea fija en la cabeza: Athkatla, la Ciudad de la Moneda, y mi primo hermano Kemper. Fácil, ¿no? Pues no. Athkatla no te recibe; te calcula. Te pesa. Te cambia a calderilla si te descuidas.

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Entré por la puerta oeste con cara de “no rompo un plato” y la bolsa bien atada. Pregunté por Kemper a todo ser con pulso y a alguno sin él. Un mercader me vendió una dirección falsa por el precio de una sonrisa. Un prestamista me explicó que “Kemper” era un nombre muy común… justo después de intentar prestarme dinero que no pedí. Todo normal.

El primero en responder con algo parecido a sinceridad fue un enano. Mascara en el rostro, olor nauseabundo, bastón sobre el hombre y una mirada tierna que no cuadraba con el resto del conjunto. La razón apareció cuando vi el tronco. Un tronco, sí. Lo acariciaba como quien consuela a un viejo amor.

—Es complicado —me dijo, antes de que yo preguntara nada—. Ella me entiende.

No entendía a Kemper, pero me explicó la diferencia entre roble y fresno como si fuera poesía. De pronto reparó en un mediano que está en la guardia, “La pequeña furia” lo llamó, aseguró que se llamaba Kemper. Le di las gracias y seguí mi camino, convencido de que Athkatla estaba jugando conmigo.

Más adelante di con un corro de mujeres bajo la luna. Selunitas, dijeron. Ojos plateados, sonrisas tranquilas. Les pregunté por mi primo. Me hablaron nuevamente de la guardia, es un soldado dijeron, ¿Kemper soldado?… su madre es gorda asique todo puede ser.

Pasaron días. Días de preguntar, de perderme, de no perder la bolsa por pura terquedad. Y entonces apareció Kath.

Estaba apoyada en una barandilla, relajada, como si Athkatla fuese su sala de estar. De esas mujeres que están “para entrar a vivir”, ya me entiendes, “de toma pan y moja”. El uniforme le sentaba como un juramento bien hecho. Sargento de las Fuerzas Armadas, nada menos. Yo no sabía que aceptaban mujeres tan bellas en filas; ella se rió como quien oye llover.

Un tipo se le acercó, muy digno, pidiéndole un besito porque, según él, le había robado el corazón. Kath lo miró, sonrió y se lo devolvió… el corazón, digo. Entero y con instrucciones. Luego me miró a mí.

—Buscas a alguien —dijo.

Le dije el nombre.

—Claro que sí. Kemper. Es compañero en las Fuerzas Armadas —y me dio la dirección—. Y ya que estás, te vienes de recluta.

Antes de que pudiera protestar, ya tenía un papel y una historia nueva. Athkatla otra vez.

Pocos días después lo vi desde lejos. Por un segundo pensé que era mi reflejo caminando hacia mí. Siempre nos confunden. Crecimos juntos, nos metíamos en líos juntos, y luego los caminos se separaron. Hacía meses que no sabía de él.

Nos abrazamos. Nos insultamos. Nos fuimos a beber. Todo en orden.

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Y entonces empecé.

—¿Sabes? He pensado mucho en tu madre últimamente.

Ahí vamos otra vez.

Tengo esta obsesión enfermiza con recordarle que su madre es “la gorda” y la mía “la de huesos normales”. Son mellizas. MELLIZAS. Pero no se parecen en nada. Kemper insiste en que tienen la misma puta cara.

—Es de huesos grandes —me dice, como siempre.

—Huesos que desayunan, comen, meriendan y cenan —le respondo.

Es agotador. Pero también es Kemper. Y por mucho que me joda admitirlo, me alegra verlo. Athkatla de repente parece menos hostil con alguien de casa aquí.

—Seguro que tu madre tiene la culpa —dije.

—¿Cómo coño va a ser culpa de mi madre?

—No sé. Pero si hay forma, lo es.

Vamos a liarla juntos otra vez, seguro. Como en los viejos tiempos. Solo espero que esta vez no acabe con ambos huyendo de la ciudad. Aunque, conociéndonos… no descarto nada.
 

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Primeras aventuras

Es normal que tenga que ir a incursiones…, por Brandobaris, probablemente soy el mejor tirador con ballesta ligera que ha pisado una cueva húmeda en cien leguas a la redonda. Aquella vez no íbamos en acto de servicio, no señor… pero la Sargento Kath, elfa de mirada afilada y de esas que están de toman pan y moja, para entrar a vivir, quería ver mis habilidades. Y vaya si iba a alucinar.

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El encargo venía del señor Vesper, para una casa noble con más dinero que sentido común: bajar a unas cuevas a por materiales raros, brillantes y peligrosos, como todo lo que les gusta a los nobles. Kath me acompañaba “por supervisar”, decía ella. Yo sabía la verdad: quería verme en acción.

El grupo era… pintoresco. Estaba Maeve, o algo así, que nunca supe muy bien si era druida, exploradora o simplemente misteriosa por afición. Baldrak, un enano con alas —sí, alas—, que volaba peor de lo que bebía, y eso ya es decir. Un tipo pesado, Atticus o algo así, que hablaba sin parar de un dios llamado “El Quebrado”; pensé que, si su dios estaba tan mal, malamente nos iba a ayudar a nosotros. Una moza llamada Madeleine, debe ser estudiosa… no paraba de mirar un libreto que portaba en su diestra y un tal Tark, un hombre con una espada más grande que yo… y eso que soy el más alto de los más bajo de los Banji.

Había también una chica de color azul, con un trabuco tan grande que juraría que necesitaba permiso de obras para dispararlo, y una tiefling roja que decía que quería meterme en su bolsa. Yo creo que le gusté. No me extraña.

Por Brandobaris… ¡en Amn hay gente de todos los colores! Aunque amarillo aún no he visto. Tiempo al tiempo.

Seguro que había más gente. Pero si no recuerdo sus nombres es porque, francamente, no eran importantes para Bertrat.

Entramos en las cuevas y, como era de esperar, empezaron a salir cosas feas:
Tan de repente, tan mal encajado en el mundo, que no pude evitar acordarme de mi tía la Fea.

Que no era fea…

Era… molesta de mirar. Difícil de ver. De esas personas que cuando las miras fijamente te duele un poco la cabeza, como si los ojos pidieran tregua. Aquella cosa de piedra tenía exactamente la misma sensación: no sabías dónde acabar de mirarla, y cuanto más lo intentabas, peor iba la cosa. Clac. Un virote bien puesto y, por respeto a mi tía, miré a otro lado cuando cayó.

Entonces apareció una de esas criaturas flotantes, como mantas rayas que no son peces, que se nos echó encima con todo su peso. Fue entonces cuando pensé en la madre de Kemper.

La gorda.

La Banji más gorda de todas.

No es que fuera mala mujer, que conste, pero cuando se sentaba parecía que el mundo se ajustaba a su alrededor. Aquella criatura descendió sobre nosotros igual: lenta, enorme, con una presencia imposible de ignorar. Por un momento dudé… luego apunté, disparé, y cayó con un ruido que me recordó a cuando la madre de Kemper se dejaba caer en el banco de la taberna. Silencio. Polvo. Respeto.

Ahí fue cuando brilló el héroe.

Mis virotes volaban como si Brandobaris mismo los guiara: clac, enemigo al suelo; clac, otro más. Mientras los demás gritaban, rezaban o apuntaban con cosas desproporcionadas, yo hacía lo mío: limpiar la cueva con elegancia y precisión mediana. Kath me miraba de reojo. Yo sonreía. Profesional, pero humilde.

Avanzamos casi hasta la infraoscuridad, donde aparecieron drañas. Feas, muchas patas, muy antipáticas. Mientras el resto se organizaba, yo ya tenía dos en el suelo. Extrajeron el material que buscaban —yo vigilando, claro— y emprendimos la retirada.

Salimos de allí enteros, cargados de éxito y sin una sola baja.

¿Fue un trabajo en equipo? Claro que sí.

¿Fue una victoria gracias a mí? También.


Para Bertrat, fue una incursión legendaria.

Para Kath… sospecho que fue solo el principio.
 
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Tiro con arco… soy ballestero.

Gunna convocó su clase en Purskull.

Empezo sus enseñanzas con la calma de quien sabe que las flechas obedecen más al ánimo que al músculo, y allí nos apiñamos como si regalara cerveza.

Yo observaba el panorama.

Los asistentes éramos:

Kath, la sargento de belleza ofensiva, en su gloriosa etapa de toma pan y moja según mi criterio experto; Vaask, siempre pegado a ella como sombra útil; Helios, hombre del cual no se nada; Tark Miller, el hombre de la espada más grande que yo he visto y probablemente más grande que su paciencia; Zyon, siempre pegadito a Vaask como luna fiel; algún otro ser anónimo; y, cómo no, mi primo Kemper, hijo de la Banji gorda, destinado por nacimiento a ganar cualquier cosa que implique puntería o presumir.

Gunna nos hizo cerrar los ojos y respirar, lo cual me pareció una trampa, porque relajarse rodeado de tanta gente peligrosa es deporte extremo. Luego vino el posicionamiento, pies firmes, equilibrio digno y brazos formando un ángulo perfecto que a mí me dejó pensando en lo poco que mis codos respetan la geometría. También habló de las debilidades de los arqueros y de la importancia de los aliados, y yo asentí con fervor, especialmente mirando a Tark, que parecía un aliado ideal para ponerse delante de cualquier flecha enemiga por pura superficie corporal.

Las lecciones eran maravillosas… para un arquero, pero un servidor usa ballesta, ¡BA LLES TA! Maldita sea… ¿quien en su sano juicio usaría arco? ¡ÑA DI E!

Durante toda la lección, Kemper y yo nos dedicamos a susurrarnos maldades con la devoción tradicional de los Banji, que nos odiamos y nos amamos con la misma intensidad y sin descanso, hasta que Kath decidió que yo rendiría mejor a su lado, lo cual fue correcto, perturbador y sexy a partes iguales. Al final, disparamos a la diana y, como dicta la ley no escrita del universo, ganó un Banji ¿cuál? Eso no importa, porque siempre debe ganar un Banji, aunque sea el equivocado. Yo me quedé con el orgullo herido, los brazos cansados y la certeza de que, con aliados así y una ballesta decente, algún día quizá deje de ser el blanco.​
 

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Reuniones… reuniones… y más reuniones.

Llevo ya semanas aquí, por fin soy un recluta más que competente…. Hasta me encargue de un borracho en los llanos. Prueba de ello es que ahora acudo a reuniones de gente importante. Ya saben… gente limpia y aseada que no huele a culo de mono, o si… pero lo disimulan. Además, soy el futuro mejor soldado de las Fuerzas Armadas, todos lo saben… por eso Kath me instruye a mí. Ja! ¿Dónde está Kemper ahora? Escaqueado como siempre…

Me acomodé el uniforme por quinta vez aquella mañana, no porque hiciera falta, sino porque cuando uno sabe que le espera una reunión necesita agarrarse a algo para no huir campo a través como un conejo asustado.

Ese día no tocaba gloria ni batalla. Tocaba acompañar a Kath, la sargento, (que se me casa y tengo que preparar el bodorrio del siglo)… y la mujer más paciente que ha pisado Faerûn, porque aguantarme a mí tiene mérito de balada épica.

Bertrat, intenta no hablar más de la cuenta —me dijo antes de entrar a la primera reunión. ¡¡Pero si nunca hablo de más!! Solo hablo… pues cuando hablo…

Yo asentí con solemnidad militar.

Por supuesto, mentí. Y ella… lo intuía.

La primerita reunión era con el líder de una casa comercial, un tal Aurelion o Aurelio o algo así…

La reunión era para tomarle declaración por unas desavenencias con un antiguo socio. Yo no entendía mucho: que si contratos, que si rutas marítimas, que si traiciones… Todo sonaba a pelea sin argumentos, que es la peor clase de pelea.

Me sentaron en una silla pequeña (¡pequeña para mí!) cerquita de Calendil, una elfa bajita de mirada afilada como daga fiscal y que conoce mucho y muy bien a los de mi altura, y seguro que también a la madre de Kemper.

Tú, calladito —me susurró.

Yo abrí la boca para protestar… y me dio un bollo.

Así empezó una de las mejores partes de la reunión.

Cada vez que veía que iba a opinar, Calendil:

Shhh —bollo.

Que si crema, que si miel, que si semillas… Aquello era interrogatorio para Aurelion pero banquete táctico para mí.

Mientras Aurelion hablaba durante horas sobre agravios comerciales, yo asentía con gravedad… masticando.

Una vez intenté intervenir:

—Yo creo que si le hubierais dado una buena

Calendil me embutió dos bollos a la vez.

Paciente, pero eficiente. Me cayó bien.

Kath, al otro lado de la mesa, me miraba con esa sonrisa suya de “si hablas te entierro en un campo de nabos”. Amable, pero con límite.

Finalmente la comida se acabó… y ante la mirada atónita de Kath, Keira y Calendil me vi obligado a intervenir. Realice preguntas certeras, que se clavaban como puñales en el ego de Aurelion. Fue diver! No solo se comer…

Cuando salimos, me ajusté el cinturón, satisfecho.

No ha estado tan mal —dije—. Ha habido comida.

Kath suspiró.

Bertrat… no puedes medir la importancia política por los bollos ingeridos.

Yo lo pensé un momento.

¿Entonces por qué han puesto bollos?

No respondió. Creo que estaba rezando a Oghma por paciencia o al dios que rece ese monumento que tenemos por sargento.
Kalanthyr

Kalantyr olía a piedra vieja, disciplina y papeleo. La sala estaba llena hasta los balcones: oficiales, escribas, consejeros… un montonazo de gente a la que no conocía y que nadie se molestó en presentarme.

Error estratégico grave. Si no sé quién eres, no sé si puedo pedirte comida.

La reunión la presidía Ewan, capitán de las Fuerzas Armadas de Amn. Había oído tanto de él que esperaba encontrarme a un héroe de leyenda: alto como torreón, mandíbula esculpida, capa al viento… Pues no.

Ni tan alto. Ni tan guapo. Ni tanto estilo. En fin… lo malo de las expectativas.

Eso sí, imponía. Cuando hablaba, todos callaban. Yo también… porque estaba ocupado mirando la mesa central. Vacía. Sin bandejas. Sin pan. Sin nada.

Miré a Kath con creciente preocupación táctica.

Sargento… —susurré—. No hay comida.

—Bertrat, concéntrate.


Pero ¿cómo concentrarse? Aquella gente hablaba sin parar: informes, despliegues, rutas, nombres que no conocía… Yo asentía cuando los demás asentían, técnica militar de infiltración social.

Entonces los vi. Alice Valdor, teniente. Y Ewan, el capitán, más de cerca.

Había oído mucho de ambos. Leyendas vivas, estrategas brillantes… y allí estaba yo, Bertrat, futuro mejor soldado de Amn, compartiendo sala con ellos. Me hinché de orgullo… Luego me rugió el estómago tan fuerte que el escriba de delante se giró.

Horas pasaron. Horas. Sin bollos. Sin queso. Sin triste galleta de protocolo. Se me juntaban las tres meriendas con las dos cenas… un horror.

Empecé a comprender que aquello era una prueba. Una iniciación. Una tortura psicológica para reclutas.

Al final, mientras discutían algo sobre Kalantyr y despliegues fronterizos, mi mente se elevó por encima de la sala, más allá del tedio… Porque yo sabía la verdad. Sí, aquello era aburrido. Sí, era el precio a pagar por ser recluta.

Pero un día… Un día yo estaría al frente. El mejor soldado de las Fuerzas Armadas.

El mejor Banji de todos.

No como Kemper… hijo de la Banji gorda.

Cuando la reunión terminó, me estire rígido como si hubiera sobrevivido a un asedio.

—¿Has aprendido algo? —
me preguntó Kath mientras salíamos.

Lo pensé seriamente.
—Sí.

—¿Ah, sí?

—Nunca confíes en una reunión sin comida.


Kath se llevó los dedos al puente de la nariz… pero estaba sonriendo.

Y yo también.

Porque si aquel era el precio de la grandeza… lo pagaría. Eso sí. La próxima vez me llevo bollos de reserva.​
 

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Soldado Banji, el mejor soldado de Amn

Si me hubieran dicho que mi glorioso ascenso a soldado de las Fuerzas Armadas de Amn empezaría en una habitación que olía a humedad, calcetín rancio y dignidad militar en decadencia, habría pedido traslado a cocina. Pero no. Allí estaba yo, Bertrat Banji —mediano ilustre donde los haya—, de pie como si me hubieran metido un palo tieso por el recto, en el cuartel de Kalantyr, mirando una pared desconchada que parecía haber sobrevivido a tres guerras y dos borracheras de Kemper.

El capitán Ewan carraspeó.

—Recluta Bertrat, tengo aquí unos informes sobre usted…

Y ahí fue cuando mi alma abandonó mi cuerpo y perdí mi presencia de espíritu…

—Eh… eh… eh… yo bueno… a ver… ese borracho ya estaba borracho… yo no llevaba uniforme… él quería… nadie le obligó… Yo solo lo dejé KO, hice lo que había que hacer… Y lo del señor Vesper… yo solo dije que claro, el, y luego yo… vamos que todos sabemos que es idiota.

El capitán alternaba la mirada entre mi persona, ejemplo de disciplina, templanza y belleza Banji, y la sargento Kath, que me observaba como quien evalúa si un barril está a punto de explotar o solo está lleno de aire.

El silencio era tan denso que podría haberse untado en pan.

Entonces Kath habló —El recluta Bertrat ha realizado estos días todo lo que se le ha pedido.

Yo respiré como si acabara de salir de la Infraoscuridad sin antorcha. Como cuando tienes un apretón y dejas que todo fluya en una letrina de los cuarteles de las que limpia Kemper.

Ewan se levantó con solemnidad. Caminó hacia mí. Yo ya estaba hinchado como un pavo en fiesta mayor. Y, con gesto sobrio, me colocó en el pecho la insignia que me identificaba como soldado de la división occidental. Soldado ¡SOLDADO!
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Yo, Bertrat Banji, el más importante mediano de todo Amn (y que nadie me mencione a Kemper en este momento).

Y por si eso no fuera suficiente, el capitán me entregó la llave de los calabozos. La llave. ¿Quién, en su sano juicio, le da a Bertrat la llave de ningún lado? Este Ewan no sabe lo que está haciendo. O sí. Tal vez ve el potencial. O tal vez quiere ver arder el cuartel.

Después sacó un paquete envuelto en un trapo viejo. Lo tomé con mis deditos, con delicadeza, como si fuera un pastel recién horneado. Lo abrí… y allí estaba. Un regalo perfecto. Hecho a mi medida. Pensado para alguien que entiende la grandeza de ser Banji sin ser… ya sabéis… hijo de la Banji más gorda que ha habido y habrá. No como Kemper.

Keira empezó a aplaudir. —¡Gloria a Amn!

Y yo casi lloro. Un soldado legendario acababa de nacer. El mejor soldado Banji que verá la historia. Y por la salud de la sargento Kath… esperemos que sea el último Banji que tenga que entrenar o le dará un apechusque.

Entre los asistentes estaba Caliope, recluta rubia de látigo ágil y mirada peligrosa. Le gusta el dolor, dicen. Yo no juzgo. Solo digo que quizá algún día tengamos que entrenar juntos. Por motivos estrictamente tácticos, claro. Pero no hubo tiempo para celebraciones… Campanas de guerra, primer día como soldado y ya tocaba repartir virotes.

Nos enviaron a un campamento que estaba siendo atacado. Orcos, criaturas de la Infraoscuridad y cosas que preferiría no describir porque todavía sueño con ellas. Habían tomado un campamento de Amn. Íbamos a rescatar a los nuestros.

El combate fue cerrado, duro y angosto. De esos en los que no sabes si estás luchando o si simplemente te están empujando con mala intención.

Ewan y yo desde la retaguardia. Disparando como si no hubiera un mañana. ¡Qué virotazos daba yo! ¡Parecía un experto tirador! Cada disparo era poesía balística. Si hubiera habido público, me habrían pedido autógrafos.

Kemper también apareció, con sus kukris, dando tajos como si estuviera picando verduras. Hay que reconocerlo: el primo sabe moverse. Pero fue noqueado antes que yo. Dato importante. Antes que Yo.

El señor Vesper luchaba cerca, coordinando con Fery, la semiorco seguidora de Sune. Piel verde, pero de toma pan y moja. Que nadie me juzgue la belleza es diversa y a veces distraída eh Kemper.

Kath se lanzó al combate cercano. Su voz era nuestra guía. Nuestra inspiración. Cuando cantaba, hasta los orcos parecían reconsiderar sus decisiones vitales.

Keira y Fery al frente repartían estopa con entusiasmo. Caliope, nuestra sanadora, azotaba con ese látigo que silbaba en el aire… y repartía sopapos que daban miedo. No sé si quiero que me cure o que me castigue.

La batalla fue feroz. Perdimos hombres. Sangre, gritos, acero contra hueso.

Y al final… solo el capitán quedó en pie. Pero cumplimos. Rescatamos a los soldados y heridos.

Para ser un soldado recién ascendido y mi primer día en activo… he sobrevivido a una escaramuza contra lo peor de la infraoscuridad.

Mientras recogíamos a los heridos, limpié mi ballesta y miré mi insignia. Brillaba. Y supe que esto era solo el principio.

Porque si algo ha aprendido Amn hoy… es que cuando un Banji dispara, más vale apartarse.

Y que alguien despierte a Kemper. 😌

Offtopic :
Gracias @DM Nazgul por la escena y las galletas
 
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Gigantes… Wyvernas… rutina de soldado

Me levanté de la litera hecho un acordeón mal plegado. Detrozadito perdido. Por culpa de gloriosas hazañas bélicas que “se repartieron tantas galletas que pilló hasta el príncipe”. Frase hecha de Bertrat. Registrada.

Salgo del cuartel, o lo que sea que tengamos en Kalanthyr, porque aquello tiene más corrientes que una cueva mal tapada, aún vendado como si fuera un regalo de cumpleaños, y masticando un bollo que el señor Vraask dejó a mi lado. Bueno… dejó uno a mi lado y otros dos también. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que, por una vez en su vida, el señor Vraask hizo algo útil. Y de provecho. Aunque no descarto que los bollos fuesen para impresionar a la sargento Kath. Ese lagarto enamorado no da puntada sin escama.

Al salir me encuentro a Kath junto a la hoguera. Qué porte. Qué presencia. Qué manera de sostener el cucharón del rancho como si fuera una espada legendaria. A su lado, Vraask, su prometido, futuro exmarido, si el destino tiene buen gusto, intentando arrimar los meaderos como quien no quiere la cosa. Y hablando con ellos, una tal Rox y un tal… ¿Chou? ¿Chon? ¿Chuf? No lo recuerdo. A él no. A ella sí. Esas piernas… largas como un día sin vino. Le llegaban hasta el suelo, nada más y nada menos. Una proeza anatómica.

Yo me disponía, humildemente, como siempre, a narrar una de mis muchas gestas, aquella vez que me enfrenté a cienes y cienes de orcos yo solo, con una ballesta y mi carisma natural, y los 320 pies de distancia a la que impacte a aquel orco horrible…, cuando aparece un soldado de tres al cuarto susurrándole a mi Kath al oído que hay un gigante en las inmediaciones.

¿Un gigante? ¿Ahora? ¿No podía esperar a después del segundo desayuno?
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En fin. Salimos. Estrategia impecable. Coordinación perfecta. Liderazgo natural por parte de “Chou?”, no lo voy a hacer todo yo solo… Y cómo acaba la cosa… pues como no podía ser de otra manera, yo de porte compacto y puntería infinita, sosteniendo la cabeza del gigante entre mis manos. (Nadie sabe que me la dio el Chou ese) Pesaba lo suyo, no os voy a mentir. Pero la gloria no entiende de lumbalgias.

Y cuando uno cree que puede descansar, que quizá, tal vez, con suerte, podría terminar el primer desayuno… ¡otro aviso! Hay que ir a una cueva a machacarle el culo a unas wyvernas.

¿Wyvernas? ¿Eso qué es? ¿Se come? Nadie lo sabía. Pero Kath ordenó y yo… acate.

Dejé la cabezota del gigante en intendencia con una nota que decía “Propiedad de Bertrat. No tocar.” y partimos. Sin recuperarme de las heridas. Sin desayunar. Y lo que es peor… sin segundo desayuno. Esta sargento no hace más que meterme en líos. Yo, que soy un soldado humilde y discreto.

De camino a la cueva éramos un porrón. Humanos, elfos, elfas aladas de buen ver, Loreliel de piernas infinitas, Kath resplandeciente bajo el sol… y Vraask, claro, estropeando el paisaje. Caminamos por los páramos del Río Alandor, subiendo y subiendo… y entonces, como setas tras la lluvia, orcos.​
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Orcos por aquí. Orcos por allá ¡Virotes por aquí! ¡Más por allá! Mi ballesta no paraba de zumbar. Zas. Zis. Zum. Cada disparo, una obra de arte. Cada impacto, una lección de precisión. Hasta que… plan. Oscuridad.

Cuando desperté, no era un sueño glorioso. Estaba lleno de barro, sangre, y con unos dolores que ni mil demonios en procesión. Pero vivo. Porque soy duro. Compacto. Resistente. Como un buen queso curado.

Entramos en la cueva y liquidamos a las wyvernas. Gracias a mí, por supuesto. Mis disparos siempre son certeros. Preguntad a cualquiera. A cualquiera que siga vivo, claro.​
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Y entonces encontramos cinco huevos. Hermosos. Grandes. Prometedores.

Y alguien, algún insensato un tal Radix, sugirió llevárselos para criarlos como mascotitas. ¿Mascotas? ¿¡Mascotas!?

Con lo rica que habría estado una tortilla de huevos de wyverna… esponjosa, jugosa… Pero no. Zenta, o Zento, o Zumba, el druida ese que habla raro y huele a bosque húmedo, dijo que no se podían comer. Que eran criaturas de ácido que agujereaban la tripa. Que el ciclo de la vida. Que el equilibrio natural.

Equilibrio natural es desayunar, digo yo.

Y ahora regresamos. Yo necesito descansar. Horribles estos tres primeros días de soldado. Tres días. Y ya he matado un gigante, incontables orcos y unas cuantas wyvernas. Humildemente.

¿Y Kemper? Escaqueado. Seguro que está limpiando letrinas. Que le gusta.

Y mientras yo aquí, sosteniendo el peso del mundo, y de cabezas de gigante, sobre mis hombros pequeños pero firmes.

La vida del héroe no es fácil. Pero alguien tiene que hacerlo. Y ese alguien, casualmente, soy yo.

Offtopic :
Gracias @DM Tepes por la escena😊
 

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Latigazos

Era una tarde cualquiera en el glorioso distrito de la guardia de Athkatla, capital del esplendor, el orden y, sobre todo, de mi presencia. Y no, no era un día cualquiera, porque yo no soy un soldado cualquiera. Soy Bertrat Banji, mediano de metro y tres milímetros de pura perfección marcial, el mejor tirador que han visto, y verán, las Fuerzas Armadas de Amn. Guapo, aseado, carismático, humilde… bueno, lo justo. Mi madre siempre decía: “Bertrat, hijo, si vas a ser leyenda, que sea con la barbilla alta y la camisa limpia”. Y yo cumplo.

Aquella tarde tocaban latigazos. No a mí, por supuesto, sería un desperdicio artístico, sino a la sacerdotisa de Selune, una tal Gwenaelle, aunque yo la llamo “Orejitas Bonitas”. Porque las tiene. Bonitas. Y puntiagudas. No sé si es verdad que por su culpa murieron ochocientas personas. La gente habla mucho. Incluso más que yo. Y eso ya es delito capital.

La plaza estaba abarrotada. Cuando hay latigazos, el pueblo acude con más entusiasmo que a las rebajas en el mercado de especias. Sospecho que más de uno reza en secreto a Loviatar, pero luego bien que disimulan. El juez dictó que el soldado Álvaro sería el ejecutor de tan melodioso castigo. Mejor para mí. Así la sargento Kath podía quedarse a mi lado, suspirando discretamente por este portento de mediano. No quiero que se altere viendo cómo mis músculos de acero, finamente esculpidos bajo el uniforme reglamentario, se tensan al blandir un látigo sobre la espalda y… bueno… ciertas partes anatómicas de una mujer agraciada. Dicho así suena hasta poético.

Los latigazos comenzaron. ¡Zas! ¡Zas! El sonido cortaba el aire con elegancia profesional. Durante un par de segundos, la plebe quedó muda. Yo permanecía firme, erguido como una lanza, mirando a la multitud con esa expresión mía que mezcla autoridad, encanto y ligera superioridad moral. Y no se movió ni uno… bueno, salvo un encapuchado, que lanzó un tomate. Un gesto feo, impropio del protocolo. Kath lo reprendió antes de que yo tuviera que intervenir con mi temible mirada de “te estoy juzgando desde metro y tres milímetros de altura”.
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Al ver el tomate surcando el aire como proyectil indigno, me coloqué delante de Orejitas Bonitas para cubrirla con mi imponente figura. Sí, puede que no tape demasiado… pero lo importante es la intención. Y el porte. ¿Podría empezar a llamarla “Látigo”? No, no, mejor no. Podría ofenderse. Soy héroe, no imprudente.

Tras el décimo latigazo, Álvaro entregó el instrumento del arte correctivo en silencio. Es un hombre parco en palabras. Yo, en cambio, soy generoso con ellas, como podéis comprobar. La dama Sariel, una chica peliblanca “amiga” de la castigada se acercó a llevársela, una mirada, un gesto cómplice y un “cuídense” salió de mi boca. Entonces me dispuse a dispersar a la multitud.

No me gusta alardear, mentira, me encanta, pero lo hice magistralmente. Un gesto aquí, una orden firme allá, una sonrisa estratégica… y la plaza empezó a vaciarse como taberna al oír “se acabó la cerveza”. Me miraban como a un héroe. Y no los culpo. A veces, cuando paso frente a un espejo, yo mismo tengo que asentir y decir: “Bertrat, muchacho, el mundo no te merece… pero qué suerte tiene de tenerte”.
 
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LA FLECHA
DEL NORTE

En la feria del norte, en Nashkel, con un frío de tres pares de bigotes y cinco tríos de meriendas congeladas al punto de poder usarlas como proyectiles arrojadizos, tuvo lugar un torneo de tiro… ¡qué digo un torneo! EL TORNEO. El único, el irrepetible, el glorioso certamen que otorga el título de “La flecha del norte”. Un título que, humildemente, y recalco lo de humildemente, hoy descansa sobre mis nobles y bien proporcionados hombros de mediano, y no en los de Kemper.

La contienda iba a ser dura. Durísima. Feroz. Abrumadora. Había competidores capaces de partir una mosca en dos… siempre y cuando la mosca estuviera dormida y a tres pasos de distancia.

Participaron auténticas fieras del arco y la ballesta: Numina, Miria, Groob de los hins; Sariel (que decía no haber tocado un arco en su vida, cosa que ya veríamos), Thaldrakor, Zyon, que es bueno, no lo niego, Mernalyn, Shiloh el semielfo… y, por supuesto, un servidor: Bertrat Banji, o el “Señor Bertrat”, como muchos me llaman. Aunque no me gusta vacilar ni alardear. Sé que soy genial, pero hay que ser humilde. Es una carga pesada, la genialidad.
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Primera ronda lo sencillo para los elegidos

Tiro al blanco. Fácil. Básico. Casi ofensivo para alguien de mi calibre.

Todos dimos en la diana… incluso Sariel, que juraba por su diosa no haber disparado jamás. Yo, naturalmente, no solo acerté, coloqué el virote con tal elegancia que la diana pareció suspirar de satisfacción. Pero no dije nada. Me limité a asentir, como hacen los grandes.

Segunda ronda viento en contra y no precisamente suave

Aquí la cosa tenía su miga. Gwenaelle, conjuró “algo”. El viento empezó a soplar en contra con la delicadeza de un pedo mal tirado en una taberna cerrada. Directo a la cara.

Los demás tensaban, dudaban, recalculaban.

Yo no.

Chupé mi dedo índice con la solemnidad de un sabio arcano, lo alcé al aire, calculé la velocidad, la presión, la humedad, la rotación de los astros y probablemente el precio del nabo en el mercado. Ajusté un suspiro el ángulo…

¡Zas! En el blanco. Todos acertamos, sí… pero algunos acertamos con estilo.
Tercera ronda: movimiento, ilusión y caos

Aquí empezó el espectáculo de verdad. Blancos en movimiento, ilusiones o lo que fuera aquello… una especie de danza endemoniada que mareaba hasta a una cabra montesa.

Como en las rondas anteriores, yo dispararía el último. Porque el destino de los grandes se deja para el final.

Fallo tras fallo. La tensión se mascaba. La gente murmuraba. Las dianas se movían como si tuvieran vida propia.

Hasta que llegó Miria. Un tiro casi perfecto. Normal, es una hin. Como yo. La sangre no engaña.

Luego Zyon. Impactó. Es bueno, el tipo… no diré que no.

Y entonces… yo. Respiré. Sonreí apenas. Blam. En el centro. No en “casi el centro”. No en “rozando el centro”. En el centro mismo, como si la diana hubiera sido creada exclusivamente para rendirse ante mí.

El disparo final

Empate técnico. Dos hins, Miria y yo, y el señor Zyon.

Un solo disparo decidiría quién sería La flecha del norte.

Miria disparó. Buen tiro. Algo descentrado, pero habría matado a un trasgo asqueroso sin problema.

Zyon fue después. Mejor aún. Casi en el centro. A un kobold le habría dado en el ojo.

Me adelanté. El silencio cayó sobre la feria como una manta gruesa. Se podía oír el crujido del hielo… y algún estómago nervioso. Acaricié a Matilda.

—¿Que quién es Matilda? Mi ballesta. ¿Quién si no?

Cerré los ojos un instante. Los abrí de golpe. Solté el virote. ZAS. En el centro. En el mismo puntito central de la diana. De haber sido una arañita, le habría dado al piojo de su pulga. Si la pulga tuviera pulga, también.

La multitud estalló. “¡Bertrat! ¡Bertrat! ¡Bertrat!”

Yo, en silencio. Sereno. Humilde. Un señor. De los que saben estar. Acepté los vítores y aplausos con esa mezcla de modestia y magnificencia que solo los grandes sabemos manejar.

¿Qué podía hacer? Me adoran.
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Y así fue como todo Amn conoció la leyenda de Bertrat Banji, “La flecha del norte”.

Y que nadie diga que lo cuento yo… lo dice la Historia. Yo solo la protagonizo.
 
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ORO Y NIEBLA…
…NIEBLA Y ORO

Salimos de Kalanthyr, con paso firme y desayuno dudoso, rumbo a esa niebla rara que parecía hecha con los calcetines sudados de un nigromante deprimido. Por orden directa del grandísimo, excelentísimo, inspiradísimo Capitán Ewan. Oh capitán, mi capitán. Aunque ese día estaba más para “oh capitán, mi paciente”.

Íbamos bien surtidos, Kath, siempre con cara de que alguien va a hacer una flexión mal con Vraask a su lado, su futuro ex consorte. Caliope, que aún huele a instrucción reciente, y yo, Bertrat, ballestero, “La flecha del norte”, encanto de persona y futura estatua conmemorativa mínimo ecuestre, aunque sea bajito.

También se nos unieron personajes de variado pelaje y pluma, Fery, devota de Sune y con un brazo capaz de partir una encina y luego pedirle perdón. Baldrak, que vuela como un barril con alas pero vuela, siempre misteriosa Madeleine. Vera, la estudiosa de la Arcanum Schola, que yo juraría que le lanza más conjuros visuales al capitán que a los enemigos. Esas miraditas no son de detectar magia precisamente. Tendré que investigar. Por el bien del grupo. Y del cotilleo. Jadzia, otra profesora de la Archanum, de ted morena. Calendil, la elfina-him. Y otros tantos más que ahora mismo soy incapaz de recordar…

Total, que entramos en la niebla. Y ahí entendí a mi padre cuando se cagaba en el puntito de la i. Aquello no era niebla: era un psicoanalista etéreo con ganas de hurgar. Te metía la mano en la cabeza y te revolvía los recuerdos como si fueran calcetines desparejados.

El capitán Ewan empezó a ver a soldados muertos. Muchos. Más que orcos en día de feria. El elfo, siempre recto, firme y digno como una lanza bien plantada… empezó a tambalearse. Murmuraba que quizá sería mejor morir con ellos. Perdió la presencia, el temple, el norte y casi el sur. Menos mal que estaba yo a su lado.
—Capitán —le dije—, si se va a morir, que sea después de ascenderme.

No se rió, pero parpadeó. Claramente mi liderazgo emocional surtió efecto.

Vera, por su parte, vio una cuna. Un bebé llorando. Quizá ella misma de pequeña. Un drama digno de balada triste. Pero la arcana apretó los dientes y dijo algo así como: “Ilusión mental de tercer orden, interferencia emocional básica”. Y la rompió con su voluntad como quien cierra un libro mal escrito. Esa mujer tiene más fortaleza mental que Baldrak levantando pesas.

Fery… ay, Fery. Se encontró con su padre orco, feo como un pecado mal pronunciado, como un pie sin uñas… y con su madre. Y la madre, en vez de dar abrazos espectrales, le echó en cara que la dejó morir para salvarse. Tener madres para esto. Te dan la vida y luego te pasan factura. La pobre paladina casi cae de rodillas. Yo me acerqué, claro, apoyo moral profesional Banji.

—Si mi madre se me aparece, lo primero que le digo es que me devuelva los bollos que me escondía.

No ayudó mucho, pero oye, intención no faltó.

La cosa daba tanto miedo que por un momento pensé que aparecería la madre de Kemper, la Banji gorda. Verla devorar una bandeja de bollos sin dejar migas… eso sí que habría quebrado voluntades. Nos quedamos sin oro, sin esperanza y sin desayuno.

Con las horas, algunos flaqueaban. La niebla machacaba. Yo no. Soy un Banji. Sangre fuerte. Espíritu firme. Carácter indomable.

Aunque… bueno… sí pensé en irme. Un poco. Bueno, bastante. Quizá mucho. Muchísimo. Pero no me fui. Técnicamente porque mis piernas no dejaron de temblar lo suficiente como para coordinar la huida.

Y entonces, cuando ya creíamos que el día no podía empeorar, encontramos vetas de oro. ¡Oro! Brillante, precioso, reluciente como mi futuro.

Algunos empezaron a picar. Y claro. Ghouls y zombis. Y una colección de insepultos que olían a cripta cerrada con humedad.​
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Pero ahí entré yo. Virote por aquí. Virote por allá. Mi ballesta cantaba. Silbaba el disparo y al otro lado… ¡zas! Un zombi menos y otro que aprendía a bailar antes de besar el suelo. Cada impacto era poesía. Si los bardos tuvieran buen gusto, cantarían a mis proyectiles.

Protegimos a los mineros improvisados mientras llenaban bolsas de oro para que los arcanos lo estudiasen. Cuando las bolsas estuvieron llenas y los muertos volvieron a estar… más muertos, alguien gritó retirada.

Y fue, sin duda, la decisión más inteligente del día. Corrimos. Bueno, ellos corrieron. Yo corrí con dignidad estratégica.

Salimos de aquella niebla con oro, traumas nuevos y el capitán otra vez con mirada firme y quizá más enamorada, pero eso ya lo investigaré.

Y así fue como un mediano, ballestero, apoyo emocional de élite y héroe indiscutible, aunque humildísimo, sobrevivió a la niebla que devora mentes.

Y si algún día vuelvo… será después del desayuno.
 
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CLUB DE
LA LUCHA

Yo no iba a participar. Que conste en acta. Soy tirador, no combatiente cuerpo a cuerpo, me pregunto dónde estará la madre de Kemper… con ese cuerpo si que se puede combatir.

Había ido al torneo que organizó Durei con la sana intención de sentarme, beber cerveza y observar cómo otros hacían el ridículo. Una tradición muy respetable. Además, con el panorama en las gradas, Vraask haciendo cosas de Vraask, poniendo ojitos a Kath, que piensa que vaya a ser su futuro ex consorte…, Fery dejando ver esa belleza inusitada en una mestiza de orco… o será de orca..? No, eso es un pez. Brizaelinth observándolo todo, reconozco que esa drow… me llama la atención, una pareja de dos mujeres preciosas… ais…. la noche prometía entretenimiento sin esfuerzo por mi parte.

Y luego estaba mi primo. Kemper Banji, de los Banji, quizás y sin lugar a dudas la mejor familia hin. Ya se estaba relamiendo como si aquello fuera su cumpleaños y los demás el pastel.

Cuando Durei pidió voluntarios, el silencio fue tan profundo que creo que alguien en la última fila dejó de respirar por un momento. Nadie bajaba. Nadie quería ser el primero en quedar como un idiota delante de medio mundo.

Y entonces, por supuesto, bajó Kemper.

Mi primo tiene dos virtudes:​
  1. Es rápido.​
  2. Es incapaz de resistirse a un público. No como yo, que paso inadvertido. Mentira.​
Migajas, uno de los encapuchados del grupo de Eclipse, decidió que un hin pequeño era una presa fácil y bajó con dos dagas haciendo florituras como si estuviera en una obra de teatro.

Error de principiante, ante sí no tenía un simple hin, es un Banji, el incorrecto, pero un Banji al fin y al cabo. Duró menos que un suspiro.

Kemper lo esquivó, lo barrió y lo dejó en el suelo antes de que el pobre desgraciado entendiera lo que había pasado. Limpio. Rápido. Profesional. Años de práctica… y años de Kemper contándolo después, claro.

Cuando volvió a las gradas le di una palmada en la espalda. No diré que estaba orgulloso, aunque un poco si, pero si se lo digo se le pondrá el culo tan gordo como a su madre.

Diré que no estaba decepcionado, que para un Banji ya es bastante elogio.

Luego vino el asunto de la esmeralda.

Migajas, que ya empezaba a demostrar que el nombre le quedaba grande, la había “encontrado”. Qué casualidad. Y qué curioso que no quisiera devolverla.

Hubo revancha. Hubo sombras, abrojos, trucos baratos y una segunda derrota tan rápida que creo que algunos espectadores todavía estaban comentando la primera.

Dos veces derrotado. Por el mismo hin. En ese punto ya no era Migajas. Era pre-miguitas.

Yo estaba considerando intervenir por pura caridad. Me levanté. Yo también quiero un turno.

Migajas, que para entonces ya era claramente Miguitas en proceso, dudó. Lo vi en su cara. Esa mirada de quien empieza a sospechar que ha tomado varias malas decisiones seguidas.

Bajamos a la arena.

No tengo la espectacularidad de Kemper. Yo soy un hombre sencillo. Práctico. Metódico. Y además aproveche el consejo del capitán Ewan, “aprended a coger distancia soldado Bertrat”, no se si se refería al combate, mujeres, cervezas, hombres y mujeres de moral distraída… ¡sería al combate seguro!

Saqué mi ballesta. Miguitas avanzó con la confianza falsa de quien intenta convencer a su propio orgullo.

Primer virote. Ponk. Le atravesó el hombro.

Segundo virote. Ponk. El otro hombro.

Para el tercero ya estaba retrocediendo. Pero un Banji no desperdicia oportunidades. Cargué con calma, la multitud estaba en silencio absoluto admirando la gente de quien no combate cuerpo a cuerpo pero destroza a sus enemigos, me adoran, me admiran, me aman… no los culpo… y disparé.

Tercero. Directo al torso.

Miguitas levantó una mano temblorosa.

Vale.

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Se retiró cojeando. No literalmente a su casa, pero espiritualmente ya estaba en el camino de convertirse en polvo de pan.

Las gradas estallaron. Dos Banji. Tres derrotas seguidas del mismo tipo.

Para entonces el nombre Migajas ya no sobrevivía ni por cortesía.

Desde aquel momento fue, oficialmente: Miguitas.

Después vinieron los demás combates.

Ewan convirtió a Eclipse en un saco de entrenamiento con su mangual.

Brizaelinth dejó a Vraask haciendo el ridículo mientras intentaba impresionar a Kath, sin éxito, por supuesto. La sargento estaba más impresionada por mi hacer con la ballesta, me pone ojitos… pero no me fijo en mujeres a punto de divorciarse, bueno un poco, un poc mucho, vamos que la sargento está… como esta!

Kemper decidió enfrentarse a un gnomo ingeniero con magia que llevaba rato reclamando que alguien se enfrentara a él.

No entraré en detalles por respeto familiar, pero diré que los rayos, el fuego y el suelo participaron activamente en la escena.

Cuando mi primo despertó más tarde, chamuscado pero vivo, intentaba mantener la dignidad. Yo hice lo posible por no reírme. Lo cual, dadas las circunstancias, demuestra un autocontrol heroico.

Este incidente del gnomo y mi primo los Banji hemos decidido recordar solo de forma selectiva.

Al final Durei contó las victorias.

Kemper tenía dos. Yo una. El resto… bueno, participaciones honorables.

El Capitán entregó a Kemper el Cinturón del Titán de la Arena. Un objeto pesado, ceremonial y completamente exagerado. Perfecto para él.

Las gradas aplaudieron. Yo también.

Porque la verdad es esta:

Aquella noche la arena aprendió algo importante. Puedes enfrentarte a un Banji. Incluso puedes tener suerte contra uno. Pero enfrentarte a dos Banji seguidos… eso es exactamente cómo Migajas acaba convertido en Miguitas.

Todo Amn es testigo presencial de la grandeza familiar. Somos hubildes, no nos gusta alardear…

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Pero… ahora hay dos Banji con títulos:

Bertrat Banji “La flecha del norte”
Kemper Banji “Titan de la arena”
 
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PASITO A PASITO
SERÉ LEYENDA

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Mis primeros días, deckhanas, meses que suena más importante, en Amn están siendo de una productividad insultante. Me alisté en las Fuerzas Armadas y, sin ánimo de presumir (mentira, todo el ánimo), debo de ser el recluta que más rápido ha ascendido a soldado en la historia reciente… y probablemente futura. Mucho más rápido que mi primo Kemper… normal… ser hijo de la Banji gorda debe ser del tod decepcionante.

El primer día me encargaron vigilar la puerta. El segundo, ya estaba reduciendo borrachos con halitosis volcánica. El tercero, despachando hombres de dudosa reputación, que es una forma elegante de decir “tipos que huelen peor que los borrachos”. Luego vinieron no muertos, kobolds, bandidos y diversa morralla social que, sinceramente, debería agradecerme la eficiencia con la que los pongo en su sitio. Si hubiera medallas por limpiar porquería, yo llevaría una armadura hecha de condecoraciones aunque la del letrinero oficial sería mayor. Lo siento… no he podido evitar echar una “paladita de mierda” a Kemper.

Me han otorgado el título de “La Flecha del Norte”. En mi caso, siendo mediano, y usando ballesta debería ser “El Virote del Norte”. Más compacto, igual de letal, infinitamente más elegante. Me queda como un guante… pequeño, pero firme. Desde que gane el torneo debo reconocer que muchos me paran por los caminos, mi figura empieza a ser reconocible en todo Amn, normal por otra parte.

Mis superiores me miran con admiración. Mis compañeros me miran con esa mezcla de respeto, asombro y leve esperanza de que, por proximidad, se les pegue algo de mi grandeza. Es comprensible. Yo también me miraría así.

El capitán Ewan sonríe cuando paso revista. Orgullo puro. Soy, sin discusión posible, el mejor mediano de todas las Fuerzas Armadas y el mejor soldado. No hay competencia. ¿Deberían nombrarme ya Sargento o Teniente? Es una pregunta que dejaré en el aire, que lo sopesen quienes deben hacerlo.

Kemper, mi primo… ay, Kemper. Cada vez que me ve se le iluminan los ojos. Está orgulloso de portar el apellido Banji, y no le culpo. No es fácil compartir sangre con una leyenda viva. A veces olvido el impacto que genero en las personas; otras veces lo recuerdo y me doy ánimos.

La sargento Kath… elfa, porte marcial, mirada afilada y más atractiva que untar pan con los dedos en unas alubias recién hechas por la madre de Kemper, la Banji gorda, bendita sea su cuchara. Estoy convencido de que está secretamente enamorada de mí. Lo de Vraask es una tapadera estratégica. ¿Quién se casaría con Vraask? Nadie en su sano juicio. Claramente. Además ha visto como su futuro ex consorte fue ridiculizado en el club de la lucha, donde mi persona redujo a Migajas a Miguitas… pero eso ya lo conte, y no me gusta regodearme, repetirme, ni dame bombo.

En Gambiton, mis amigos Miria y Groob planean casarse, y yo, como héroe local y referente moral, organizaré la boda. Estoy dudando entre una justa de enanos borrachos o un espectáculo de títeres protagonizado por semiorcos con poca ropa. Cultura y tradición, ante todo.

Numina, la alcaldesa, mujer de linaje imponente y carácter de acero, también me aprecia. Todos me quieren. Me respetan. Viven mis éxitos como si fueran suyos. Es una carga pesada, lo sé. Quién sabe, quizás deban nombrarme sheriff, pero no seré yo quien lo proponga aunque sería un sheriff a la altura de mi predecesor.

Calendil, ¿qué decir de mi quería Calendil? Si fuera un hin de verdad sería la futura Banji, sin duda. Me da mucho de comer y eso es una declaración de amor incondicional.

He conocido a gente muy interesante y muy interesada en mi figura. Bladrak, un enano con alas, de la orden del Guantelete. Elenya, una elfa de alas blancas… aish… esas miraditas… está claro que me admira. Talkir, un muchacho que me custodia en cada aventura, no quieren que mi figura se vea empañada por una flecha mal disparada. Las hijas de la luna, Orejitas Bonitas y la mujer Peliblanca, me caen bien y se que les caigo fenomenal.

Aish, aquí está el problema.

No puedo ser el favorito de todos… no deberían amarme como si fuera una deidad con botas. ¿Qué será de ellos el día que yo no esté para guiarlos con mi ejemplo, mi temple y mi impecable puntería? Qué difícil es ser genial. Qué complicado es ser Bertrat Banji.

Por suerte para todos, y sobre todo para mí, soy de naturaleza humilde.​
 

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NIEBLA Y…
TERROR

Llegué a Gambiton, con el paso firme de quien sabe que lo han llamado para una tarea importante… y con el estómago lleno, que también ayuda a mantener el ánimo heroico. La alcaldesa Numina había solicitado mi presencia como parte de la seguridad del gran concilio sobre la Niebla del ámbito del terror. Cuando una alcaldesa mediana pide ayuda a otro mediano, uno acude. Por solidaridad, por deber… y porque en Gambiton siempre cocinan bien.
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El ayuntamiento estaba lleno hasta los codos, y eso que algunos de los presentes ni siquiera tenían codos que yo pudiera ver con claridad desde mi altura. Había representantes de todo rincón civilizado o medio civilizado del mundo. Delegaciones élficas como Loreliel, seguidores de Selûne como Gwenaelle (orejitas bonitas) gente de la Orden del Guantelete, como Bladrakk (el enano alado) miembros del Enclave Esmeralda, estudiosos de Archanum Schola… y por supuesto medianos de Gambiton que observaban todo con la serenidad del que sabe que su despensa está bien surtida.

Entre los asistentes había nombres conocidos. Jadzia y Lufram aportaban su presencia respetable. También apareció una delegación del Imperio de las bestias, Murann, encabezada por Adrasteia, acompañada por Avakot, cuyo entusiasmo por la bebida parecía rivalizar con su entusiasmo por cualquier conflicto cercano.

Mi papel era claro, vigilar, observar y mantener la ballesta preparada y el orden… si eso era. Un mediano con una ballesta bien tensada es una pieza muy tranquilizadora en cualquier reunión diplomática.

El concilio apenas había empezado a acomodarse cuando ocurrió lo primero extraño. Una enorme águila irrumpió en el ayuntamiento como si hubiese pagado impuestos municipales toda la vida. Aquello provocó un pequeño caos ordenado, sí, los medianos somos capaces de eso. El ave traía noticias urgentes para los elfos y sus aliados, la Niebla se movía en sus tierras y exigía respuesta inmediata.

Buena parte de la delegación partió con prisa. El concilio perdió sillas, capas elegantes y bastantes miradas preocupadas.

Y entonces empezó la verdadera fiesta.
No había pasado mucho tiempo cuando el exterior de Gambiton estalló en ruido, carreras y gritos. Una horda de licántropos cayó sobre la villa, ratas gigantes con muy malas intenciones, lobos que parecían haber olvidado cualquier modales civilizados, y jabalíes terribles que claramente no habían venido a discutir política municipal.
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Ahí es donde entré yo. La ballesta pegada a un hin! Me aposté en un buen punto del ayuntamiento y comencé a trabajar. Disparo tras disparo. Repetición, carga, puntería, otro disparo. Cuando uno ha entrenado lo suficiente, la ballesta casi dispara sola… lo cual es una exageración, pero suena bien cuando se cuenta después.

Abatí a bastantes de aquellas criaturas. Más de las que me habría gustado ver juntas en una misma vida, desde luego. Las ratas licántropas resultaron particularmente insistentes. Los lobos, muy rápidos. Los jabalíes… bueno, los jabalíes eran básicamente arietes con mala leche.

La lucha fue brutal. Gambiton no es una fortaleza militar, pero los medianos sabemos defender nuestras casas, y los invitados del concilio no eran precisamente aficionados al bordado. Entre todos conseguimos resistir el ataque y expulsar a la horda.

Eso sí, pagamos un precio. Hubo muchísimos heridos. Demasiados. Y muchos desaparecidos, hins desaparecidos!

Cuando finalmente el combate terminó, la villa estaba revuelta, cansada y llena de vendas. Yo tenía la ballesta caliente, los brazos doloridos y la certeza de que había disparado más virotes en una tarde que en muchas semanas de patrulla normal.

Pero Gambiton seguía en pie.

Tras recomponernos lo mejor posible, quedó claro que aquella reunión no podía quedar interrumpida para siempre. Si algo había demostrado el ataque era que la Niebla y todo lo que la rodea no iba a esperar a que termináramos de debatir cómodamente.

Así que tocaba hacer lo que las gentes sensatas hacen en momentos difíciles.

Reunirse otra vez. Compartir lo que sabemos. Y colaborar. Y encontrar a los desaparecidos.

Mientras limpiaba mi ballesta y buscaba algo caliente que llevarme al estómago, pensé que aquello iba a ser un concilio largo.

Pero al menos tenían a la flecha del norte.

Y, modestia aparte, eso siempre mejora las probabilidades de supervivencia.
 

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NIEBLA
VIROTES
MAGIA PURA

Todo empezó cuando el capitán Ewan, con su mirada intensa y un amor apenas disimulado hacia mi persona (asexual, por supuesto, pero intenso). Nos reunió antes de partir hacia un viejo cuartel abandonado. Uno de esos sitios donde el aire huele a tragedia, las paredes susurran y los muertos… bueno, no se quedan quietos.

—Habrá insepultos —dijo Ewan, con esa voz suya de “esto es serio pero yo soy más serio aún”

Yo asentí, porque soy humilde. El mejor, pero humilde.

—He escogido a los mejores —añadió.

Normal. Estaba yo.

El grupo, eso sí, era… pintoresco:

Keira, que llevaba un arma en cada mano y cuando golpeaba parecía un molinillo de café con muy malas pulgas. Si alguna vez has querido ver a alguien convertir huesos en serrín, ella es tu mujer.

Álvaro, con su bastón, silencioso… pero con unas manos que repartían guantazos como panes en fiesta mayor. No hablaba mucho, pero cuando hablaban sus manos, se hacía el silencio.

Baldrak, el enano alado, calvo y ancho como una puerta de granero. Más ancho que alto, lo cual me resulta sospechoso, pero aceptable. Como un barril de cerveza, pero con alitas.

Talkir... Un meapilas de patas largas que rezaba a dioses claramente equivocados. Yo se lo dije:

Los dioses buenos son los que están a la altura correcta. Brandobaris. Yolanda. Gente sensata, de tamaño razonable.

No me escuchó. Error suyo.

Y luego estaba Jesyassa… dracónida o algo así. Cabeza de dragón, cuerpo de escándalo. Una criatura… peculiar.

Antes de partir, Ewan se me acercó. Solo a mí, claro.

Bertrat —dijo, con esa mirada que mezcla respeto, admiración y probablemente un poco de envidia—. Toma esto. Un anillo. Encenderá tus virotes y los hará más efectivos —

Yo lo miré. —¿Más efectivos? —pregunté.

Ewan asintió. Yo suspiré, ya lo hago todo yo, pensé.

Me miró, ojiplático. Orgulloso. Casi emocionado. Normal.

Llegamos al cuartel y allí estaba la niebla. Espesa. Densa. Traicionera.

En cuanto entramos, empezó el espectáculo, empezaron a salir los insepultos.

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Cienes y cienes. O cientos. O miles. No los conté porque estaba ocupado siendo espectacular.

Saqué la ballesta.

Primer virote ¡FOOM! en llamas. Insepulto menos.

Segundo virote… otro menos.

Tercero… tres menos. Lo se lo se… soy talento puro.

Keira giraba a mi lado como un molino homicida. Álvaro repartía hostias con precisión quirúrgica. Baldrak volaba… o lo intentaba. Talkir rezaba. Jesyassa rugía.

Pero seamos sinceros, aquello era una actuación mía con extras.

Ewan me miraba desde atrás.

Orgullo. Admiración. Amor contenido y asexual.

—¡BERTRAT! —gritó en un momento dado—. ¡BUEN TIRO!

—Lo sé —
respondí, sin girarme. Profesionalidad ante todo.

En medio de la batalla, me acordé de mi primo Kemper.

—Mira que escaquearse de esto —murmuré mientras atravesaba tres cráneos con un solo virote —Siempre igual. Cuando hay trabajo de verdad, desaparece.

Mi madre tendría algo que decir.

“Bertrat, hijo, recoge tus cosas y deja de matar muertos”, probablemente.

No siempre da en el clavo, pero lo intenta.

Cuando la niebla se disipó y el último insepulto cayó, gracias a mí, en un porcentaje muy elevado, encontramos a un grupo de saqueadores de tumbas, o eso parecían. O quizá eran árboles. Con la niebla nunca se sabe.

Mentalmente jugaba al “pito pito gorgorito quien se comerá mi virotito” pero Ewan no quiso que disparase…

Ewan los miró. Luego me miró a mí. Negó con su cabeza.

Enseguida se identificaron como muranitas. El capitán los advirtió, — No deben estar tan cerca de los caminos, márchense ahora— y los dejamos marchar… nuestra generosidad es ya legendaria, aunque todos sabemos que pronto habrá virotes para todos….​
 
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CAMPANAS DE
B O D A

Por alguna razón, que solo puede explicarse por admiración desmedida, me he visto envuelto en dos bodas a la vez. Dos. Ni una, ni media, ni “oye Bertrat, ¿puedes traer pan?”. No. DOS EVENTOS MATRIMONIALES DE ALTO CALIBRE SOCIAL Y GASTRONÓMICO.

Por un lado tenemos la boda de Kath y el señor Vraask.

Kath… ay Kath. Sargento de las Fuerzas Armadas de Amn, una mujer que está de toma pan y moja, como un queso curado dejado al sol con cariño, como una tarta de queso con frambuesas cuando llevas siete días sin comer y empiezas a ver luces. Una visión. Un espectáculo. Una obra de arte… que por desgracia no es para mí, porque la vida a veces es injusta incluso con los grandes.

Y luego está Vraask, que es… bueno… Vraask. No hay más que añadir. Ni menos.

La boda, según dicen, la organiza Fery, una paladina de Sune, mestiza de orco y humano. Y yo, que soy un estudioso de la belleza en todas sus formas, sobre todo si respiran, debo decir que… oye… la muchacha tiene lo suyo. Primera semiorca que veo que podría provocar suspiros en vez de saqueos. Interesante giro de los acontecimientos.

Ahora bien. Nadie me ha pedido oficialmente que organice esta boda. Pero me miran. Y en esas miradas hay miedo y deseo.

Y respeto.

Porque saben que si intervengo… esto pasa de ser una boda… a ser LA BODA.

Estoy pensando en usarla como campo de pruebas. Porque claro… la otra boda…

LA OTRA BODA.

Miria y Groob. Mis amigos. Mis hermanos. Mis admiradores confesos. Padres de mi futuro ahijado, Bertrat Junior, nombre excelente, aprobado por el comité de sabios que soy yo.

Ellos SÍ me han pedido que organice todo, o eso creo, no lo creo, estoy seguro. Porque saben lo que hay. Porque reconocen la grandeza cuando la tienen delante. Porque me aman, adoran y veneran a partes iguales, como es lógico.

Y ahí es donde entra mi genio.

Porque una boda normal tiene comida, música y gente llorando.

Pero una boda hin organizada por Bertrat tiene… HISTORIA. He empezado a desarrollar ideas.

Por ejemplo:

Una cabra, una pinta de miel y tres enanos semidesnudos.

No sé exactamente qué hacen, pero lo veo clarísimo. Es arte. Es cultura. Es… tradición, probablemente.

Luego está el lanzador de cuchillos ebrio, con los pantalones por los tobillos. Ese actuó en el día del nombre de mi tía, la gorda, la madre de Kemper, sí, esa institución gastronómica con piernas, y aquello fue inolvidable. Hubo sangre, risas y una sandía implicada. Éxito rotundo.

También estoy valorando una carrera de semiorcos montados en cerdos. Ahora… pequeño problema, Fery es semiorca.

No sé si lo verá como homenaje o como una ofensa... Lo dejaré como “idea flexible”.

Luego tengo una joya:

Bingo nupcial con premio gordo: la noche de bodas con la novia. Tradición ancestral… de algún sitio… seguro.

Y para equilibrar, también sorteamos al novio. Aunque sinceramente creo que ese premio tendrá más tirón entre los hombres. Vraask tiene su público, no voy a juzgar.

Otra obra maestra:

El cerdito engrasado. Siete crías de cerdo, bien embadurnadas, soltadas en mitad del convite. Los novios deben atraparlas. Si no pueden… ¿están realmente preparados para el matrimonio?

Yo creo que no.

Luego está la justa. Pero no una justa cualquiera. Una justa de gnomos montados en animales exóticos, avestruces, unicornios, pegasos, mofetas… lo que haya disponible o lo que podamos convencer con comida.

Estoy pensando en invitar a Bardock, el que le partió la cara a Kemper. Gran jinete. Mucho estilo. Poco control emocional. Perfecto para el espectáculo.

Y por supuesto… el banquete. Treinta y cinco platos mínimo. Porque una boda sin comida abundante es básicamente un entierro mal organizado.

Entre plato y plato, la novia bailará. No sé qué bailará. Pero bailará. Porque yo lo digo.

Ahora bien… todo esto lo probaré primero en la boda de Kath y Vraask.

Como ensayo. Como experimento social. Como regalo a una pareja que, claramente, necesita mi intervención para alcanzar la grandeza. Si sobreviven… perfecto. Si no… bueno…

Ajustamos detalles para Miria y Groob.

Porque cuando Bertrat Banji organiza una boda… no se celebra un matrimonio. Se crea una leyenda.

Y, siendo sinceros, lo importante no es que el amor dure. Lo importante es que la gente diga:

“¿Te acuerdas de aquella boda?”

Y alguien responda:

“Sí… la del mediano.”

Y todos asientan en silencio. Con respeto. Y un poco de miedo.
 

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Puede que hayas oído otros nombres susurrados sobre mi persona en tabernas húmedas o en relatos mal contados por soldados cansados… pero ninguno con el peso del mío, “la Flecha del Norte”. Y no, no es arrogancia. Es precisión histórica.
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Aquella patrulla hacia el norte no era una misión cualquiera. Era la misión. La bruma se había asentado en las tierras cercanas a Nashkel como un presagio antiguo, una herida abierta en el mundo. No íbamos a rescatar a nadie, y digo “todavía”. Íbamos a comprender. A medir. A dominar.

Y para eso, naturalmente, me llevaban a mí.

Alice Valdor avanzaba como una sentencia, su mirada rojiza cortando la niebla incluso antes de que esta se atreviera a cerrarse del todo. Keira, a su lado, era movimiento constante, acero en tensión, una promesa de violencia perfectamente afinada. Y en el centro de aquella formación… yo.

Matilda descansaba en mis manos con la familiaridad de lo inevitable. No era un arma. Era una extensión de mi voluntad. Donde yo miraba, el mundo se ajustaba y Blam! Algo caía… Normal, por otra parte, no falló un virote desde… ¡Bueno eso no importa!

La bruma no era natural. Eso se percibía en cómo se deslizaba, en cómo parecía observar. No ocultaba simplemente el entorno: lo reinterpretaba. Árboles que no estaban donde debían. Siluetas que respiraban sin permiso. Ecos que llegaban antes de que el sonido existiera.

Pero yo no me dejo engañar. Porque un tirador legendario no dispara a lo que ve. Dispara a lo que es.

La primera sombra emergió a nuestra derecha. Un orco, grande, deformado por algo más que la guerra. Sus ojos vacíos, su cuerpo tenso como si estuviera siendo sostenido por hilos invisibles. No hubo duda. No hubo pausa.

Matilda cantó.

El virote cruzó la bruma como si esta pidiera permiso para apartarse. Impactó justo entre los ojos del orco, que cayó sin ruido, como si el mundo hubiera decidido prescindir de él.

Otra figura surgió. Y otra. No avancé. No retrocedí. Simplemente ejecuté.

Cada disparo fue una afirmación. Cada impacto, una verdad. Orcos, criaturas deformadas, presencias que apenas tenían forma… todos cayeron con la misma elegancia con la que yo apretaba el gatillo. No había prisa. No había error. Solo una secuencia perfecta de decisiones inevitables.

Alice y Keira se movían a mi alrededor como partes de una maquinaria mayor, conteniendo lo que intentaba acercarse, canalizando el caos. Pero el centro de todo era claro, yo. Me miraban con orgullo, con cierta… pleitesía… no les culpo, se sienten pequeñas a la sombra de un Banji, les pasa a todos.

La línea invisible desde mis ojos hasta el destino. La bruma empezó a reaccionar.

Se agitó. Se retorció. Como si comprendiera que algo en nosotros, en mí, no podía ser distorsionado. Intentó cerrarse, espesarse, envolvernos en una nada sin dirección.

Entonces elevé ligeramente la mirada. Y disparé hacia donde no había nada. El virote desapareció en la niebla… y un instante después, un grito imposible desgarró el aire. No de orco. No de bestia. Algo más antiguo. Más profundo.

La bruma retrocedió. No mucho. Pero lo suficiente. Un camino. Una insinuación de verdad.

Allí había ocurrido algo. Allí seguía ocurriendo. La desaparición de Kath no era un accidente. Era una consecuencia.

Y yo ya había empezado a romper esa consecuencia. Avancé un paso, con la calma de quien sabe que el mundo, tarde o temprano, tendrá que alinearse con su puntería.

Porque cuando Bertrat Banji entra en la niebla… la niebla aprende lo que es tener un final.

Y aún no había terminado. Nos volvimos, con la cabeza alta del trabajo bien hecho. Las botas sucias y mi uniforme impoluto, Alice y Keira no podían decir lo mismo… ellas actuaron como peones para que yo, el más alto de los más bajos de los altos de los Banji, hiciera mi magia para poner en jaque a esa niebla y poder encontrar a Kath.

Volvimos a la ciudad, ellas me miraban, con admiración, lo entiendo. Han presenciado una clase magistral de cómo se dispara incluso a aquello que no se ve.
 
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PEQUEÑO
GRAN
HÉROE

Mi fama suele entrar antes que yo, y ayer asistí a una de esas reuniones importantes donde se decide el destino del mundo… o al menos del trocito que me interesa salvar.

Nos reunimos en Purskul, en casa de los Galdrim, gente elegante, limpia pero… sin sillas para alguien de mi altura. Talivia, una de las anfitrionas, fumaba como si el aire fuera gratis, que lo es, y había un semielfo… discretito, recatado, con el culete respingón. No recuerdo su nombre, pero sí su culete. Cada uno tiene sus prioridades. Se llamaba ¡Sullion! Eso es.
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Yo entré como lo que soy, un soldado de renombre. Presencia imponente. Compacta, pero imponente. Allí estaban todos.

Ewan y Álvaro, representantes de las Fuerzas Armadas. Ewan con esa mirada de “vamos a hacer algo heroico”, y Álvaro con esa cara de “lo haré sin hablar”. Buenos tipos. De los que saben que cuando yo disparo, conviene apartarse.

Baldrak, del Guantelete, hablando de cosas profundas… o eso creo. Yo estaba con un bollito en ese momento, y cuando un bollito entra en escena, el resto del mundo pasa a segundo plano.

Fery y Briz, gente competente. De fiar. Aunque no tanto como yo, claro.

Migajas… o alguno de sus secuaces, ya no sé en qué fase de desmigajamiento está ese hombre. Me miraba con respeto. O miedo. O hambre. Difícil de distinguir.

Los Reghedmen, Adrasteia y Avakot. Y aquí hay que detenerse. Avakot… sobrio. SOBRIO. Aquello era más inquietante que la propia niebla del terror. Un Avakot sin beber es como yo sin bollos, algo no cuadra. Además, sobrio es aburrido. Terrible compañía. Prefiero mil veces un orco enfadado.

Y luego… la Archanum Schola. Jadzia estaba allí. Me miraba raro. Con un tic extraño cada vez que yo daba un bocado a mis bollitos. Yo al principio pensé: “Bertrat, te envidia”. Luego caí en la cuenta… no le ofrecí. Claro. Error táctico. La próxima vez comparto. Bueno… comparto un poco.

Su esposo, Helios. Creo que se llama así. Nadie me lo presentó como corresponde a mi rango, así que deduzco que no es muy relevante. Una lástima.

Total, que empieza la reunión con el tema a tratar, los desaparecidos en la niebla del llamado Plano del Terror.

Mucho hablar. MUCHO. Que si teorías, que si planos superpuestos, que si distorsiones emocionales… Yo asentía, claro. Cara de soldado que entiende. Que comprende. Que está por encima del debate.

Ewan quiere ir. Rescatar a los desaparecidos. Estudiar la niebla. Meterse dentro como quien entra en una taberna, con decisión.

Jadzia también quiere estudiar. Más calma. Más teoría. Más “analicemos antes de actuar”.

La Casa Galdrim lanzó hipótesis. Muchas. Algunas largas. Otras más largas.

Y yo… yo también ayudé.

—¿Y si usamos el antagonista del terror? —dije— Como la luz frente a la sombra. La luz crea sombras, sí… pero también las elimina.

Silencio. Todos me miraron. Yo asentí. Profundo. Certero. Filosófico. No sé si lo entendieron… pero sonó bien. Y eso ya es medio trabajo hecho.

Luego Baldrak habló de mundos espejo o algo así. Muy interesante, seguro. Pero mi bollito estaba en su punto exacto de textura y dulzor, y hay prioridades en la vida. La reunión siguió.

Más teorías. Más palabras. Más gente intentando parecer lista.

Y entonces… llegó mi momento. Me ajusté el uniforme. Miré al capitán. Y hablé como lo que soy.

—Capitán… no sé dónde estarán esos desaparecidos. No sé hasta dónde tendremos que adentrarnos ni qué nos espera ahí dentro. Pero lo que sí sé… es que no volveremos sin ellos.

Pausa dramática.

—Yo voy.

Silencio. Respeto. Admiración contenida. Alguno incluso tragó saliva.

Y pensé “Si es que cuando me pongo… cómo me pongo” Al final se decidió que habrá una expedición. No tengo muy claros los detalles. Ni falta que hace.

No soy arcano. No soy estudioso. No soy de teorías largas. Soy un hin. Un Banji. Un héroe. Y, además, humilde. Humildísimo.

Vamos, que valgo un potosí.

Y cuando llegue el momento… entraré en esa niebla, rescataré a quien haya que rescatar, dispararé lo que haya que disparar… y, si hay suerte, saldré con vida. Y con algún bollito. Que nunca se sabe.​
 
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NIEBLA vs
BERTRAT

Nos convocó, como siempre, el capitán Ewan. Y cuando digo “como siempre”, quiero decir que ya empiezo a sospechar que el hombre no sabe vivir sin verme. Nos citó casi en el linde de Amn, un sitio precioso si te gustan los paisajes desolados, el viento incómodo y la sensación constante de que algo va a intentar comerte.

Y allí fui yo. Presente. Puntual. Imponente. El grupo era nutrido, sí… pero todos sabemos quién destacaba.

Nada más llegar, empecé a repasar el panorama, como buen profesional. Vi a Fery, por Brandobaris… qué mujer… semiorca o no, yo ahí firmo donde haga falta, a Baldrak (que ya no me impresiona, lo de las alas está muy visto si no sabes lucirlas), Sulion de la casa Galdrim, con ese porte de “sé cosas”, Talivia con su cigarrito como si aquello fuera un paseo por el mercado, y Talkir… ay Talkir… ese muchacho me adora. Siempre pendiente de mí, cubriéndome, protegiéndome… demasiado, quizá. Espero que no quiera ser el futuro señor Banji, porque yo soy más de admiración a distancia.

Luego estaba Dorian, que dice ser mago rojo de Thay. Rojo porque viste de rojo, claro. Yo al principio pensé que Thay era un tipo de tarta… pero no, resulta que es un país. Uno aprende cosas cuando se junta con gente inferior intelectualmente.

Amparo, nueva recluta, claramente intentando impresionarme. Lo entiendo. No es fácil estar a la altura de un superior como yo. Keira, mi fiel compañera, un torbellino que reparte más estopa que una tormenta en cosecha. Atticus… no sé muy bien qué hacía allí ni a qué se dedica… pero llevaba faldita. Yo respeto. Y Arizima, una arcana rara… pero simpática. De esas que si te convierten en sapo al menos te piden perdón.

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Total, que nos metimos en faena, investigar esa bruma asquerosita donde se han perdido varios amigos, entre ellos Kath. Mala pinta. Muy mala pinta. Pero claro… con Ewan al mando… y conmigo a su lado… aquello era prácticamente un paseo triunfal.

Avanzamos hasta un lugar lleno de… cosas. Insepultos, necrofagos, necesarios… yo qué sé. Muertos con mala actitud. Lo importante, eran duros. Muy duros. Mis virotes volaban, eso sí. Elegantes. Certeros. Perfectos. Arte puro. Pero aquellos desgraciados no caían con uno. Ni con dos. Tres, cuatro… ¡a veces cinco virotes! Un abuso. Una falta de respeto al talento.

—Caed ya, malnacidos —murmuraba mientras recargaba—, que tengo más cosas que hacer.

El combate fue intenso. Nosotros, los no arcanos,los importantes, protegiendo a los arcanos, los frágiles, para que hicieran sus cositas de luces, humos y palabras raras. Defensa férrea, impecable, digna de canción… especialmente mi parte, claro.

Keira desatada, Fery repartiendo amor a base de golpes, Talkir vigilándome (insisto, sospechoso), y yo… bueno… yo sosteniendo la línea con una elegancia que debería estudiarse en academias.

Al final, como era de esperar…EXITAZO.

Todos vivos. Todos enteros. Todos agradecidos. Principalmente a mí, aunque algunos aún no lo verbalizan por timidez.

Los arcanos investigaron la bruma, recogieron muestras, hicieron sus cosas para llevárselas a Jadzia y a la Archanum esa. Mucho conocimiento, muchos frascos… pero si no llega a ser por nosotros, por mí, ahora mismo estarían todos criando malvas.

Así que sí. Misión cumplida. Victoria. Gloria.

Mientras volvíamos, me quedé pensativo. Hace tiempo que no veo a Kemper… mi primo… hijo de la Banji gorda.

Seguro que se está poniendo fornido. Fuertecito. Como su madre… pero en versión útil.

Tendré que encontrarlo.

Alguien tiene que enseñarle cómo se hacen las cosas de verdad.
 

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Nos mandaron a Nashkel, y ya desde el primer momento supe que aquello iba a oler raro. No por la ciudad —que huele a lo que huelen todas las ciudades cuando no hay suficientes letrinas—, sino por la historia: un muerto dentro de un armario… y luego ratas. Muchas ratas. Demasiadas ratas. Eso nunca es buena señal. Ni siquiera para alguien curtido como yo, Bertrat Banji, héroe humilde y ballestero de precisión quirúrgica.

El grupo lo componíamos gente de nivel, claro. El Capitán Ewan, con su porte de “esto se arregla con disciplina”; Keira, que reparte como si le debieran dinero; la Sargento Kath con su voz maravillosa y su saber estar, Madeleine, siempre mirando papeles como si en ellos estuviera la solución a todo; el recluta Xyem, alto, fuerte, con pinta de estatua que cobra; la recluta Jeanette, fina como un estoque… literalmente; Álvaro, que habla poco pero cuando actúa se nota; y, por supuesto, yo.

Al llegar al santuario de Selune, nos reciben la dama Gwenaelle y la alta sacerdotisa Sariel. Muy correctas, muy educadas… y muy poco prácticas.

Hemos hecho reformas —dicen.

¿Reformas? ¿REFORMAS? Encuentras un cadáver en un armario, salen ratas como si aquello fuera una fiesta de roedores… ¿y lo siguiente que haces es reformar el sitio?

Muy lógico todo. Muy bien pensado. Seguro que las pistas dijeron: “Uy, están reformando, mejor nos borramos solas”.

Yo asentía, claro, con cara de soldado profesional… pero por dentro pensaba: “Bertrat, aquí no vas a encontrar nada… porque lo han barrido, fregado y redecorado”.

Aun así, investigamos. Porque somos así. Persistentes. Y porque Ewan no acepta un “pues ya está limpio”.

Tras deambular por el lugar, mirar aquí, allá… Keira, que tiene ojo para estas cosas (y mala leche también), encuentra una trampilla en el suelo.

Interesante —digo yo, ya preparando mi ballesta.

Decidimos bajar.

Y aquí entra el momento glorioso del recluta Xyem. Sin mirar. Sin pensar. Sin una triste cuerda. Se tira. Así. Al vacío.

Como si fuera una competición de “a ver quién cae peor”.

Resultado: un tortazo de esos que hacen eco. Un costalazo histórico. De los que te recuerdan durante semanas que la gravedad existe.

Yo, desde arriba, cubriendo con la ballesta, niego con la cabeza.

Disciplina tiene —murmuro—. Pero la usa poco.

Una vez asegurada la zona, bajamos el resto. Yo con elegancia, precisión… estilo Banji. Y entonces ocurre. La cuerda. Mi descenso. Y mi brazo.

CRAC.

Dolor. Mucho dolor. Del bueno. Del que te hace replantearte decisiones vitales.

¡Mi brazo! —grité, dramático pero justificado.

(Me curaron, claro. Porque soy importante. No podemos permitir que el mejor tirador de Amn funcione a medio gas.)

Seguimos avanzando por aquel subsuelo… y entonces los encontramos.

Tres hombres. Encadenados. Llenos de ampollas… como el cadáver del armario.

Mal asunto.

Intentamos ayudarlos. Liberarlos. Curarlos. Hablar con ellos.

Error. Se tensan. Se ponen rígidos. Empiezan a gritar.

¡La niebla lo cubrirá todo!

Ahí ya supe que aquello no iba a acabar bien. Y no acabó bien. Porque los tres, con una fuerza que no era normal, doblaron los barrotes como si fueran pan blando… y se lanzaron contra nosotros. No había duda.

No eran ellos. O al menos… ya no lo eran. Y entonces hicimos lo que había que hacer.

Keira al frente, Álvaro repartiendo, Jeanette moviéndose como una danza mortal, Xyem intentando recuperar la dignidad tras su aterrizaje… y yo, desde atrás:

¡Virote va! ¡Virote viene! Uno cayó. Luego otro. Y el tercero… bueno, el tercero aprendió que enfrentarse a Bertrat Banji es una mala decisión vital.

Cuando terminó, el silencio pesaba.

Tres hombres menos. Y una verdad clara. La niebla no solo mata. La niebla cambia.

Te rompe por dentro. Te nubla. Te convierte en algo… peor.

Salimos de allí con más preguntas que respuestas. Como siempre en estas cosas. Pero con una certeza:

Esto no es un caso aislado. Esto… va a más.

Y mientras caminaba de vuelta, con el brazo aún doliendo (heroicamente), pensé:

Bertrat, muchacho… esto huele peor que la cocina de tu tía. Tendremos que tomarlo enserio.

Y eso… Eso es decir mucho.

Offtopic :
Gracias @DM Astral y @DM Caotica por la escena
 
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La niebla no huele. Eso fue lo primero que me inquietó. Porque todo debería oler a algo. El barro huele. La muerte huele. Los orcos huelen especialmente fuerte. Incluso Ewan huele a disciplina y decisiones aburridas. Pero aquella bruma… nada. Era como meter la cabeza en una tumba vacía y esperar encontrar sentido común.

Y allí íbamos nosotros. Una comitiva tan grande que parecía una invasión militar organizada por un tabernero borracho.

Ewan y Keira encabezando parte de las Fuerzas Armadas. Migajas y sus dos secuaces correteando por detrás como ratas con capa. Baldrak batiendo las alas con ese esfuerzo heroico que hace cada vez que intenta despegar sus cien arrobas de dignidad enana. Zyon caminando como si hubiera nacido para posar en cuadros épicos. Jesyassa enseñando dientes dracónicos. Tark Miller con esa espada suya absurda que probablemente necesita licencia urbanística.

Fery iba resplandeciente, como siempre. Jadzia y Helios caminaban juntos, misteriosos, oscuros, elegantes… muy umbras todo. Avakot iba bebiendo desde el desayuno, lo cual significa que iba exactamente igual que siempre. Groob, mi querido Groob, representando dignamente a los hins como Brandobaris manda. Adrasteia avanzaba seria, Talivia y Sulion discutían cosas de casas nobles y magia refinada… y Kharmin… mirando culos.

Nada nuevo bajo el sol. ¿El motivo de aquella excursión infernal?

Rescatar a otro grupo que había desaparecido dentro de aquella bruma maldita. “Perdidos”, decían algunos. ¡Y un nabo!

Aquello olía a secuestro, maldición o ambas cosas. Y cuando algo mezcla magia rara con desapariciones, normalmente acabas perseguido por muertos o casado. A veces ambas.

Entre los desaparecidos estaban Kath Mi Kath. La sargento. De las mujeres más impresionantes de Amn.

También Bardock, el gnomo que dejó a Kemper hecho una alfombra chamuscada. Lufram el tempusita. Astrid. Madeleine. Evelyn. Liam. Zahal. Lili. Y Vraask, que sinceramente… bueno… tampoco era la peor pérdida del grupo.

La niebla nos tragó durante horas.

No había cielo. No había dirección. Solo árboles retorcidos, barro y esa sensación constante de que alguien te observaba desde dentro de tus propios pensamientos.

Y entonces llegamos a la villa. Por Brandobaris…

Aquello parecía el culo del mundo.

Calles vacías. Gente apagada. Rostros grises. Y vigilándolo todo… los custodios.

Insepultos metidos dentro de armaduras completas. Ojos rojos. Quietos como estatuas hasta que se movían. Y cuando lo hacían… daban ganas de rezar incluso aunque fueras ateo.

La gente apenas hablaba. Todos parecían rotos. Como si aquella niebla les hubiese arrancado el alma a cucharadas.

Descubrimos pronto el nombre que gobernaba aquel lugar:

Sir Aldric.

Un hombre que, según decían, gobernaba con mano de hierro.

Y cuando alguien se le oponía… acababa convertido en custodio.

Muy democrático todo. Seguimos el rastro hacia su castillo mientras la niebla se hacía más espesa y el ambiente más insoportable.

Y fue entonces cuando Avakot tuvo una idea. Nunca son buenas noticias esas palabras.

—Voy a explorar un poco —dijo.

Groob, que normalmente tiene más juicio que un sacerdote viejo, decidió acompañarlo.

De noche. En aquella niebla. Solos.

Yo los vi marcharse y por primera vez en mucho tiempo no hice ninguna broma. Ni una.

Porque aquel sitio estaba cambiándome. Notaba el peso en el pecho. El cansancio. La tensión. La preocupación constante.

Me estaba volviendo más serio. Más severo. Más apagado. Más… Como Ewan.

Por Brandobaris. Eso sí daba miedo.

Partimos a buscarlos al amanecer. Y los encontramos.

Los cuerpos de Avakot y Groob estaban tirados entre los árboles, medio cubiertos de barro y sangre.

Apreté la mandíbula.

No dije nada durante todo el camino de vuelta.

Los trajeron de nuevo gracias a magia y curaciones… y cuando Groob abrió los ojos… PLASH. Le crucé la cara de un tortazo. Seco. Firme. De esos que te reorganizan las ideas.

—No vuelvas a ser imprudente.

Groob se quedó mirándome sorprendido.

Avakot abrió la boca para decir alguna estupidez. Lo señalé con el dedo.

—Ni una palabra.

Y siguió caminando en silencio.

SILENCIO. ¡Avakot!

Aquella niebla estaba maldita de verdad. Continuamos el viaje. Aullidos en la distancia. Sombras moviéndose entre árboles. Algo siguiéndonos constantemente.

Terminamos refugiándonos en una cueva.

Allí Jadzia habló con un castor. Sí. Un castor.

Y el maldito animal nos dijo que nuestros compañeros habían estado allí refugiados… pero se marcharon deprisa dejando mochilas y petates atrás.

Eso me revolvió el estómago.

Porque Kath no abandona equipo. Nunca. Cuando salimos de la cueva… allí estaba Sir Aldric. Esperándonos. Con una escolta enorme de custodios.

Caballos negros. Armaduras oscuras. Ojos rojos.

Todo muy acogedor.

Nos escoltó hasta su castillo mientras hablaba con esa voz de noble que cree que el resto somos idiotas.

Decía que nuestros compañeros no estaban retenidos.

Que habían decidido quedarse. Que eran felices allí. Yo lo miré de arriba abajo.

(Claro. Y Kemper hace dieta), pensé. — Mi señor, no creo que eso sea cierto, solo queremos llevarlos a casa y allí serán felices. — dije.

No le gusté. Normal. Los hombres inteligentes suelen incomodar a los tiranos.

Especialmente si miden un metro y poco y les sostienen la mirada sin pestañear.

Conseguimos entrar en las catacumbas del castillo.

Y allí empezó la fiesta. Pasillos interminables. Miles de insepultos.

Cienes y cienes. Puede que millones.

No los conté porque estaba ocupado siendo espectacular.


Mi ballesta, Matilda, sonaba sin parar.

CLAC. Custodio al suelo.

CLAC. Otro más.

CLAC. Tres menos.

Los virotes parecían guiados por Brandobaris mismo.

Zyon luchaba bien, claro. Pero alguien tiene que quedar segundo.

Avanzamos entre muerte, huesos y niebla hasta que por fin… los encontramos. Kath, Madeleine, lufram... Todos vivos.

El reencuentro no fue emotivo. No hubo abrazos largos. Ni discursos.

Solo un grito salió de boca:

—¡VÁMONOS DE AQUÍ CAGANDO LECHUGAS!

Y sinceramente… tenía razón.

Corrimos. Corrimos muchísimo. Pasillos. Escaleras. Barro. Puertas. Aullidos detrás. Custodios persiguiéndonos y Matilda y yo cerrando y cubriendo la retaguardia.

Y Evelyn recordando el camino mientras medio grupo parecía a punto de desplomarse.

Hasta que finalmente… los humedales.

Aire húmedo. Sin niebla. Sin castillo. Sin Sir Aldric. Nos detuvimos.

Respiramos. Seguíamos vivos.

Pero yo… yo no podía dejar de mirar atrás. Porque aunque habíamos escapado… aquella niebla seguía dentro de mi cabeza.

Y desde entonces noto algo raro. Sigo haciendo bromas, pero… no como antes Sigo disparando mejor que nadie, eso es innegable.

Sigo siendo Bertrat Banji, “La Flecha del Norte”. El mejor de los Banji.

Pero a veces me descubro callado. Pensando demasiado. Preocupado.

Y eso… eso no es normal. Por eso aún no creo que estemos a salvo.

Porque hay lugares que no terminan cuando sales de ellos. Y aquella bruma…aquella maldita bruma… todavía me sigue mirando.

Offtopic :
Muchas gracias @DM Tepes por la trama

 

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Ah… ¿quieres saber cómo conocí a Matilda?
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Ponte cómodo. Esto no es una historia cualquiera. Esto es la historia. El momento exacto en el que el mundo decidió mejorar un poco al poner en mis manos la mejor ballesta que ha existido, existe y existirá.

Y no, no exagero. Bueno… solo un poco.

Tenía yo unos trece inviernos. Una edad complicada. Ya era claramente brillante, pero aún no reconocido como tal. Una injusticia que, por suerte, el tiempo corrigió.

Mi madre me mandó al granero.

—Bertrat, no toques nada.

Claro. Una orden así es prácticamente una invitación.

Entré con paso decidido, inspeccionando como buen profesional. Sacos, herramientas, cajas… todo bajo control. Hasta que lo vi.

Un arcón. Viejo. Polvoriento. Cerrado. Sospechoso.

Y si algo he aprendido en la vida es que lo sospechoso merece ser investigado. Por el bien común.

Abrirlo no fue fácil. Bueno… para otro no lo habría sido. Yo tuve que usar una combinación de ingenio, fuerza y una patada perfectamente ejecutada que todavía hoy considero una obra de arte.

Y dentro… No había oro. No había comida. No había nada útil para una persona normal. Pero yo no soy una persona normal.

Había una ballesta. La ballesta.

La saqué con cuidado.

Madera oscura, endurecida, con un arco… precioso. Elegante. De esos que te hacen pensar “esto no es una herramienta, esto es una declaración de intenciones”.

La sostuve. Y encajó. Así, sin más.

Ligera. Equilibrada. Natural. Como si hubiera sido hecha para mí. O yo para ella, que tampoco descarto.

Bueno… tampoco es para tanto —dije, porque siempre he sido humilde. Mentí.

Encontré un virote. Lo cargué. Fácil. Demasiado fácil.

Apunté a una calabaza. Porque hay tradiciones que hay que respetar.

Disparé. Fallé. Pero fallé bien. Con intención. Con estilo.

El virote pasó rozando, lo suficiente para que yo supiera que aquello ya estaba bajo control.

He querido hacer eso —dije.

Segundo disparo. ¡Zas! Calabaza reventada. Semillas volando. Silencio absoluto.

Me quedé mirando… y asentí.

Soy el mejor tirador de Eveningstar. Pausa. —Y probablemente del mundo.

Esa noche no dormí.

Bueno, sí dormí. Pero antes limpié la ballesta. Con cuidado. Con respeto. Como se trata a algo importante.

La observé bien. La madera. Las vetas. El arco. El mecanismo suave… perfecto.

No podía llamarla “ballesta”. Eso sería como llamar “comida” a un banquete.

—Necesitas un nombre —le dije.

Pensé en nombres épicos. Guerreros. Legendarios.

Todos horribles. Hasta que lo dije sin pensar:

Matilda. Silencio. La miré. —Sí… Matilda. Perfecto.

Desde entonces no nos hemos separado.

Otros entrenaban con arcos. Pobres. Perdidos. Sin rumbo.

Yo entrenaba con Matilda. La limpiaba cada día. La cuidaba. Le hablaba.

Hoy hemos estado bien, Matilda. Ese disparo… pura poesía.

Cuando algo fallaba…

No pasa nada, Matilda. Ha sido el viento. O la diana. O el universo.

Nunca ella. Jamás. Con los años aprendí a usar otras armas. Espadas, dagas, lo que quieras.

Pero ninguna era Matilda. Ninguna cargaba como ella. Ninguna respondía igual. Ninguna entendía.

Porque eso es lo que la gente no comprende:

Matilda no es una ballesta. Es Matilda. Única. Irrepetible. Especial.

Hoy dicen por ahí que soy el mejor tirador de todo Amn. Y yo no voy a contradecir una verdad evidente.

Pero si preguntas por qué… No es solo por mí. También es por ella.

Porque cuando cargo, cuando apunto, cuando disparo… No estoy solo. Estamos los dos.

Y te aseguro una cosa:

Si oyes el clac de Matilda… Más te vale no estar delante.

P.D: Estoy muy orgulloso, en este capítulo de mi historia no he mencionado a la gorda de la madre de Kemper.
 
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