Antonick
Seguidor del Podcast de Karonte
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Esta historia está basada en hechos reales.
Una brisa helada nos recibió, como por sorpresa, justo a la salida de los bosques. Allí, imponente, se alzaba ante nosotros el Pico de las Nubes.
Me encontré a Arnold Layne, viejo amigo, en los llanos a las afueras de Athkatla, y tras los oportunos intercambios de frases tícas y tópicas (¿cómo estas?, ¿dónde has estado?) decidimos salir a estirar las piernas.
"¿Por qué no salimos a dar una vuelta? Me apetece moverme un poco" le dije a Arnold.
"Vamos" espetó Arnold sin objetar nada.
Tomamos el camino del campo de batalla, a las puertas de la ciudad, y allí pude enseñarle a Arnold cómo hablaba mi arco.
Le gustó, y me pidió verlo
" Me gustaría ver ese arco más de cerca...¿te importa?
"Por supuesto, no hay problema"
Era un arco finamente trabajado, con unas llamativas muescas a lo largo del brazo, que representaban escenarios de caza y motivos florales.
Era un arco propio de exploradores.
Nos deshicimos de unos cuantos kóbolds, que apenas dieron trabajo, y Arnold quiso mostrarme el hogar de un experimentado tallador y creador de arcos.
Su manufactura era preciosa, pero, desafortunadamente, muy cara para mi maltrecho bolsillo... (nota mental: Hablaré con Tikal de esto)
Descansamos un rato, preparándonos para la presumiblemente complicada subida al Pico.
Nada
Apenas un par de culo-negros y un jabalí desorientado y agresivo, con el que no pude comunicarme, interrumpieron nuestro camino.
Y allí nos encontrábamos, al pie del Pico de las Nubes.
Siguiendo las indicaciones de Tripiyon Meyne (tío de mi mentor Hold) nos acercamos poco a poco, sin prisas.
"Cuidado, siempre detrás de mí" me advertía Arnold cada pocos pasos.
Nada demasiado complicado: unos cuantos goblins que despachamos con facilidad. Arnold con su espada (a la que tiene especial cariño) y yo haciendo uso del arco y la espada cuando la situación lo requería.
Llegamos así al campamento al pie de la torre, a la que subimos para observar mejor toda la zona... la vista era increíble, y allí nos quedamos, embobados, viendo como el día agonizaba ante nuestros ojos.
No pude sino dar gracias a Padre Roble por el maravilloso legado que nos ofrecía.
Ya noche cerrada, bajamos a comer algo. Saqué un par de trozos de pan y unas finas tiras de carne seca, a las que añadimos algo de queso.
Buena comida y buena conversación, y fuimos quedando dormidos.
Primero durmió Arnold, algo aturdido por la picadura de una araña, mientras yo hacía guardia, arco en mano y observando atentamente la oscuridad.
Y al fin llegó mi turno... aflojé mi camisote y utilicé la capa como manta, y así me acurruqué junto al fuego.
Era oscuro todavía cuando salimos camino de la cima... y un par de arañas, una de ellas enorme, se descolgaron de la copa de unos árboles cercanos.
Por sí solas no hubieran supuesto un problema serio, pero junto a ellas, no menos de 12 goblins las flanqueaban...
"Corre" me dijo Arnold, a lo que no puse ninguna pega, y es que no me duele reconocer que mis piernas me han sacado de más de un problema.
A cada pocos metros, me paraba y disparaba mi arco, pero los goblins seguían llegando a oleadas... os confieso que llegamos a sentirnos perdidos.
Cuando peor estaban las cosas, estando Arnold rodeado por varios goblins y una gran araña, afloró lo mejor de mí.
De sendos disparos certeros, perforé la gargante de uno de los goblins y atravesé de costado a costado a otro.
Libre de la persecución de las pobres criaturas, y sin pensar en posibles consecuencias, salté hacia Arnold con las vendas en la mano, taponando una profunda herida en su costado.
Pagué un alto precio, pues fuí herido de gravedad en la espalda por un par de goblins que todavía quedaban por allí.
Casi incapacitado, con apenas fuerzas para continuar, nos encargamos de los goblins que quedaban... pero la araña todavía estaba allí...
Mirándonos con sus múltiples ojos, amenazante con unas inmensas patas peludas... Arnold se encargó de ella, con ayuda de mi arco...
La verdad es que de no ser por la experiencia de Arnold, nunca hubiera podido contar esta historia... Gracias Arnold, siempre es un placer ir de aventuras contigo.
Una brisa helada nos recibió, como por sorpresa, justo a la salida de los bosques. Allí, imponente, se alzaba ante nosotros el Pico de las Nubes.
Me encontré a Arnold Layne, viejo amigo, en los llanos a las afueras de Athkatla, y tras los oportunos intercambios de frases tícas y tópicas (¿cómo estas?, ¿dónde has estado?) decidimos salir a estirar las piernas.
"¿Por qué no salimos a dar una vuelta? Me apetece moverme un poco" le dije a Arnold.
"Vamos" espetó Arnold sin objetar nada.
Tomamos el camino del campo de batalla, a las puertas de la ciudad, y allí pude enseñarle a Arnold cómo hablaba mi arco.
Le gustó, y me pidió verlo
" Me gustaría ver ese arco más de cerca...¿te importa?
"Por supuesto, no hay problema"
Era un arco finamente trabajado, con unas llamativas muescas a lo largo del brazo, que representaban escenarios de caza y motivos florales.
Era un arco propio de exploradores.
Nos deshicimos de unos cuantos kóbolds, que apenas dieron trabajo, y Arnold quiso mostrarme el hogar de un experimentado tallador y creador de arcos.
Su manufactura era preciosa, pero, desafortunadamente, muy cara para mi maltrecho bolsillo... (nota mental: Hablaré con Tikal de esto)
Descansamos un rato, preparándonos para la presumiblemente complicada subida al Pico.
Nada
Apenas un par de culo-negros y un jabalí desorientado y agresivo, con el que no pude comunicarme, interrumpieron nuestro camino.
Y allí nos encontrábamos, al pie del Pico de las Nubes.
Siguiendo las indicaciones de Tripiyon Meyne (tío de mi mentor Hold) nos acercamos poco a poco, sin prisas.
"Cuidado, siempre detrás de mí" me advertía Arnold cada pocos pasos.
Nada demasiado complicado: unos cuantos goblins que despachamos con facilidad. Arnold con su espada (a la que tiene especial cariño) y yo haciendo uso del arco y la espada cuando la situación lo requería.
Llegamos así al campamento al pie de la torre, a la que subimos para observar mejor toda la zona... la vista era increíble, y allí nos quedamos, embobados, viendo como el día agonizaba ante nuestros ojos.
No pude sino dar gracias a Padre Roble por el maravilloso legado que nos ofrecía.
Ya noche cerrada, bajamos a comer algo. Saqué un par de trozos de pan y unas finas tiras de carne seca, a las que añadimos algo de queso.
Buena comida y buena conversación, y fuimos quedando dormidos.
Primero durmió Arnold, algo aturdido por la picadura de una araña, mientras yo hacía guardia, arco en mano y observando atentamente la oscuridad.
Y al fin llegó mi turno... aflojé mi camisote y utilicé la capa como manta, y así me acurruqué junto al fuego.
Era oscuro todavía cuando salimos camino de la cima... y un par de arañas, una de ellas enorme, se descolgaron de la copa de unos árboles cercanos.
Por sí solas no hubieran supuesto un problema serio, pero junto a ellas, no menos de 12 goblins las flanqueaban...
"Corre" me dijo Arnold, a lo que no puse ninguna pega, y es que no me duele reconocer que mis piernas me han sacado de más de un problema.
A cada pocos metros, me paraba y disparaba mi arco, pero los goblins seguían llegando a oleadas... os confieso que llegamos a sentirnos perdidos.
Cuando peor estaban las cosas, estando Arnold rodeado por varios goblins y una gran araña, afloró lo mejor de mí.
De sendos disparos certeros, perforé la gargante de uno de los goblins y atravesé de costado a costado a otro.
Libre de la persecución de las pobres criaturas, y sin pensar en posibles consecuencias, salté hacia Arnold con las vendas en la mano, taponando una profunda herida en su costado.
Pagué un alto precio, pues fuí herido de gravedad en la espalda por un par de goblins que todavía quedaban por allí.
Casi incapacitado, con apenas fuerzas para continuar, nos encargamos de los goblins que quedaban... pero la araña todavía estaba allí...
Mirándonos con sus múltiples ojos, amenazante con unas inmensas patas peludas... Arnold se encargó de ella, con ayuda de mi arco...
La verdad es que de no ser por la experiencia de Arnold, nunca hubiera podido contar esta historia... Gracias Arnold, siempre es un placer ir de aventuras contigo.