Layna
Pelo de la barba de Faurin
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Sobre la búsqueda de un emplazamiento para la Reina Araña
Muran. Tras mi ascenso a Soldado.
Mi ascenso a Soldado de Muran ha traído consigo algo más que un nuevo título y responsabilidades. Tras la ceremonia, la Gran Guardiana Kroeln tuvo a bien preguntarme qué deseaba obtener de mi nueva posición.
No solicité riquezas, ni privilegios, ni tampoco una mayor autoridad sobre las tropas. Mi petición fue bastante más sencilla, aunque no por ello menos importante: necesitaba encontrar un lugar apropiado donde establecer un altar dedicado a Lolth.
La superficie es un territorio vasto, lleno de criaturas que desconocen el verdadero poder que se esconde bajo sus pies. Muran podría convertirse en un punto desde el que comenzar a extender la influencia de la Reina Araña. Pero para ello necesitaba un refugio, un lugar discreto y seguro donde poder realizar mis ofrendas, celebrar los ritos y, llegado el momento, recibir a aquellos que pudieran ser instruidos en la verdadera fe.
La Gran Guardiana aceptó asistirme en esta empresa y organizó una pequeña expedición.
Nos acompañaron tres duergar: Kozgrim, Gudrunn y un tercero cuyo nombre aún no he tenido ocasión de conocer. También se unió Sakiko, una ogrillona que, según parece, ha establecido su morada en una de las cuevas que pretendíamos inspeccionar. Su devoción al Dios Tuerto resulta, cuanto menos, una circunstancia que habrá que tener presente.
Así pues, bajo la supervisión de Kroeln, emprendimos la búsqueda.
Cuatro emplazamientos fueron examinados. Ninguno resultó perfecto, aunque algunos merecen una consideración más detenida.
Dejo aquí constancia de mis impresiones.
La primera de nuestras visitas nos condujo a unas cuevas conocidas como las de Dientecillos, llamadas así, supongo, por las formaciones rocosas que adornan sus paredes y accesos.
El lugar posee ciertas cualidades que podrían hacerlo apropiado. Su interior ofrece espacio suficiente y sus recovecos permitirían acondicionar una cámara para los ritos sin demasiadas dificultades.
Sin embargo, su ubicación presenta un inconveniente evidente: se encuentra relativamente cerca del tránsito hacia Carvassar. No parece un lugar especialmente apartado y cualquier viajero que conozca las rutas de la zona podría terminar descubriendo nuestra presencia.
No es que tema a los visitantes. La Telaraña no debe temer a quienes se adentran voluntariamente en ella. Pero una cosa es atraer a las presas y otra permitir que cualquiera encuentre nuestro nido por accidente.
Durante la exploración también escuchamos rumores acerca de una posible puerta secreta en el interior de la cueva. No logramos encontrarla, aunque semejante elemento podría cambiar considerablemente la valoración del lugar.
Una entrada oculta, una cámara aislada o incluso un túnel adicional serían características muy convenientes para establecer un pequeño santuario.
Valoración: emplazamiento viable, aunque demasiado expuesto. No debe descartarse hasta averiguar qué oculta realmente la cueva.
Nuestra segunda visita nos condujo a unas cuevas que, a primera vista, parecían haber sido utilizadas como una antigua explotación minera.
No tardamos demasiado en comprender que su utilidad actual era bastante menos inocente.
El lugar se encontraba ocupado por bandidos que aparentemente lo empleaban para sus actividades de contrabando. Había señales evidentes de ocupación, movimiento y vigilancia. No se trataba de una guarida abandonada que pudiéramos reclamar sin más.
El emplazamiento, pese a todo, tenía ciertas ventajas. Su estructura minera ofrecía galerías y cámaras que podrían adaptarse fácilmente a nuestras necesidades. Además, la naturaleza del terreno permitiría ocultar un altar de miradas indiscretas.
Pero el problema era evidente: el lugar ya tenía dueños.
Instalar allí un santuario implicaría enfrentarse a sus ocupantes o negociar con ellos, y ninguna de las dos alternativas parece especialmente provechosa. No deseo que el primer lugar de culto de Lolth en Muran dependa de la tolerancia de una banda de criminales.
Tampoco considero prudente iniciar una empresa religiosa en un emplazamiento cuya ubicación conocen precisamente aquellos de quienes deberíamos mantenernos ocultos.
Valoración: descartado. Un nido no debe construirse en territorio ajeno cuando existen otras posibilidades.
La tercera localización resultó ser la más desagradable de nuestras visitas.
En el interior del Bosque de las Arañas encontramos una cueva que ya había sido reclamada por los seguidores de Malar, el dios de la Caza.
No se trataba simplemente de una presencia ocasional. El lugar albergaba un culto establecido y tuvimos que enfrentarnos a sus devotos para poder continuar nuestra exploración.
La ironía de encontrar un santuario dedicado a la caza en un bosque poblado por arañas no pasó inadvertida para mí. Quizá sus habitantes consideren que la presencia de estos seres convierte el lugar en un terreno propicio para sus ceremonias. Sin embargo, nada de aquello les otorga derecho alguno sobre él.
La cueva podría haber tenido cierto interés por su aislamiento y por el entorno que la rodea. Pero su ocupación, unida a la hostilidad de sus moradores, convierte cualquier intento de establecer allí un altar en una empresa innecesariamente peligrosa.
No deseo que nuestro futuro santuario se convierta en un campo de batalla antes siquiera de haber colocado su primera piedra.
Además, no encuentro beneficio alguno en provocar un conflicto prolongado con un culto que ya dispone de presencia en la zona, salvo que las circunstancias futuras nos obliguen a ello.
Valoración: descartado. Demasiados enemigos y un territorio que ya tiene pretendientes.
La última de nuestras visitas fue, quizás, la que más posibilidades ofreció.
Se trata de una cueva habitada por osos y que actualmente sirve de morada a Sakiko, la ogrillona que nos acompañó durante parte de la expedición.
El lugar posee unas dimensiones interesantes y varias zonas que podrían resultar útiles para acondicionar un pequeño santuario. Su relativa separación de los caminos más transitados también supone una ventaja frente a las anteriores alternativas.
No obstante, el principal elemento a considerar no es la cueva, sino su actual habitante.
Sakiko es una criatura de considerable fortaleza y parece conocer bien el entorno. Su presencia podría convertirse en una ventaja importante si llegáramos a un acuerdo. Una guardiana capaz de proteger el acceso al santuario sería una adquisición valiosa, especialmente en un territorio donde no podemos permitirnos mantener una vigilancia constante.
Hay, sin embargo, una cuestión que no debe ignorarse: Sakiko profesa devoción al Dios Tuerto.
No tengo intención de exigirle que reniegue de sus creencias por el mero hecho de que su morada pueda resultar conveniente para mis propósitos. Tampoco pienso entregar un lugar destinado a Lolth a alguien cuya lealtad no esté debidamente asegurada.
Quizá exista una solución más sencilla.
Todo tiene un precio, y si la ogrillona está dispuesta a negociar, podríamos alcanzar un acuerdo beneficioso para ambas partes. Ella conservaría una posición de importancia y obtendría una compensación adecuada por sus servicios; nosotros ganaríamos una guardiana y un emplazamiento prometedor.
Naturalmente, habrá que determinar qué entiende ella por una compensación adecuada y, sobre todo, hasta dónde llega su disposición a colaborar.
Valoración: la alternativa más prometedora hasta el momento. Requiere negociación y asegurar la lealtad de su futura guardiana.
Cuatro cuevas. Cuatro posibilidades y cuatro maneras distintas de comprender lo que significa reclamar un territorio.
Los duergar parecían interesados principalmente en las características prácticas de los emplazamientos. Kroeln, por su parte, supervisó la expedición con la prudencia que cabe esperar de alguien en su posición. No puedo negar que su asistencia ha resultado valiosa.
Sakiko también ha demostrado ser una presencia interesante. Su fuerza podría resultar útil, aunque todavía desconozco hasta qué punto sus intereses coinciden con los nuestros.
Por ahora, considero que la cueva de los osos merece una investigación más detenida. Las cuevas de Dientecillos quedan como alternativa, especialmente si logramos descubrir qué se esconde tras esa supuesta puerta secreta.
No obstante, esta búsqueda me ha recordado algo que considero importante.
La Telaraña Superior no consiste únicamente en abandonar la oscuridad y reclamar un lugar bajo el sol. Eso sería una interpretación demasiado simple de las enseñanzas de mi madre. La verdadera prueba consiste en demostrar que somos capaces de prosperar donde otros consideran que no podemos hacerlo.
No necesito levantar un templo majestuoso ni reunir a cientos de fieles. Todavía no.
Bastará con una cámara, un altar y un primer hilo bien dispuesto.
Los demás vendrán después.
Las arañas no tejen su telaraña de una sola vez. Primero encuentran un punto firme, después otro, y otro más. Cuando la presa comprende que está atrapada, ya es demasiado tarde para escapar.
Que Lolth observe nuestros pasos.
La Telaraña debe extenderse.
— Vaene Velshad
Yathrin de Lolth. Soldado de Muran.