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[Diario] - Suplicio del Muriente

Dhraax

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I. Después del juramento

La habitación daba a los muelles de Athkatla. Dakkon cerró la ventana cuando el olor de la cocina empezó a subir desde el patio. Le dolía el costado al sentarse. Buscó una postura menos incómoda, abrió el cuaderno y escribió antes de que se consumiera la vela.

Han pasado nueve noches desde el juramento. Sigo despertándome a la misma hora, el mismo ave me observa desde el otro lado de la calle y sigo teniendo que corregir el apoyo del pie izquierdo. Mi guía me lo ha señalado otra vez esta mañana. Esperaba que la consagración cambiase más cosas. Me avergüenza un poco haberlo esperado.

Hoy he pedido a Bhaal que me permitiese reconocer al más peligroso de los presentes. Éramos cuatro en el patio. Durante un instante he tenido la certeza de que era el hombre junto a la pared, aunque apenas lo conocía. Después hemos combatido y he acabado en el suelo. Sabía de dónde venía el peligro, aun así, he abierto demasiado la guardia. Mañana repetiré el ejercicio. Quiero aprender a recibir ese don sin descuidar lo que ya debería saber.

Por la tarde me han encargado observar a un recaudador de los muelles. Sospechan que vende información sobre quienes pagan a la célula. Todavía no hay sentencia. He pasado buena parte del día esperando frente a su almacén, hasta que un mozo me ha preguntado si buscaba trabajo. Llevaba demasiado tiempo en el mismo sitio. Le he dicho que esperaba a alguien y me he marchado.

Me ha molestado tener que volver sin nada. Durante el camino he pensado en el intermediario, en los días que pasé estudiándolo antes de mi primera ofrenda. Entonces seguía instrucciones precisas. Ahora empiezan a dejarme decidir y se me ven las carencias.

He rezado antes de cenar. He pedido paciencia para continuar la pesquisa y firmeza para cumplir cuando llegue la orden. No conozco a ese hombre. No le guardo rencor. Si el culto dispone su muerte, tendré que haber aprendido lo suficiente para que mi torpeza no malogre la ofrenda.
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Dhraax

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II. La segunda visita

Dakkon dejó el cuenco vacío junto a la ventana. Había cenado tarde y el caldo estaba frío, pero agradecía haber podido sentarse. Antes de abrir el cuaderno se palpó el costado. El golpe de la otra mañana empezaba a doler menos.

He vuelto al almacén dos días después. El mozo me ha reconocido y me ha preguntado si seguía buscando a mi conocido. He tenido que mantener la mentira. Me incomoda depender de una frase que dije para salir del paso, aunque esta vez la conversación me ha permitido quedarme sin que mi presencia pareciese extraña.

El recaudador ha salido a comer y hemos acabado compartiendo mesa. Se queja del precio del aceite y tiene una hija que va a casarse. Me ha hablado de ella mientras limpiaba una mancha de la manga con el pulgar. Le he escuchado sin fingir demasiado. Conozco bien esa preocupación por gastar más de lo que se tiene. Al despedirse me ha deseado suerte con el trabajo.

Después he visto al mozo entregar un papel doblado a un desconocido. He sentido ganas de seguirlos. Por fin ocurría algo que podía llevar a mi guía. Pero no he oído la conversación ni sé qué contenía el papel. He anotado lo que vi. Al releerlo he tachado la palabra pago. Sólo vi que el desconocido se llevaba una mano al cinto.

Durante el entrenamiento he estado distraído. He pedido el don de reconocer al adversario más poderoso y he vuelto a sentir aquella certeza, breve y difícil de explicar. Luego he trabajado las defensas hasta dejar de pensar en el almacén. He conseguido sostener mejor el pie izquierdo. Mi guía ha aumentado el ritmo en cuanto lo ha notado.

Le he entregado el informe al terminar. Me ha pedido que averigue quién recibió el papel. Del recaudador todavía no ha dispuesto nada. Mientras rezaba esta noche me he acordado de su hija y de la mancha de aceite. Si llega la orden, recordaré también esas cosas. Supongo que tendré que acostumbrarme a conocer así a quienes deba ofrecer a Bhaal.

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