Guty
Corona de la reina de Aitana
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DONDE MUERE LA PIEDAD
El Orgullo
El Orgullo
Hay verdades universales que solo se revelan cuando la penuria despoja a los hombres de su vano artificio. En los muelles grises de Murann, donde el mar escupe una bruma salina sobre los desposeídos, la multitud congregada no era más que un mar de andrajos, miradas vacías y estómagos consumidos por la inanición. Para quien vive al abrigo de los palacios o en el retiro solemne de las torres arcanas, la miseria parece una abstracción lejana; sin embargo, en aquel rincón del mundo, el hambre era una criatura tangible, un peso que doblegaba espaldas y extinguía cualquier destello de dignidad. Hacia aquel abismo de necesidad caminaron figuras cuyos pasos parecían marcados por hilos mucho más severos: el Barón Mortuus, heraldo del Sempiterno y siervo devoto de Velsharún; Kurozaku, el colosal oni erguido como un peñasco de voluntades inmemoriales; la etérea Velaxa, cuya gracia feérica flotaba con soberbio desdén sobre el fango terrenal; el juicioso Rhylron Faergitz, siempre atento al filo de las sombras; y el joven Ephrias, buscando hallar un propósito entre los escombros de la existencia terrena.
El Barón Mortuus avanzaba con la fría convicción de los iluminados por la nigromancia. Conducía ante la muchedumbre un buey rollizo, cargado con recipientes de caldos y viandas calientes, mas su verdadera ofrenda no era la efímera pitanza del cuerpo, sino una promesa de hielo y mármol: la liberación definitiva del sufrimiento terrenal a través de la muerte consciente. Al golpear el empedrado con el regatón de su báculo, el liche alzó la voz para proclamar que el dolor, el frío y el quebranto no eran más que cadenas ilusorias de la carne, invitando a los miserables a entregar sus nombres a la eternidad y a saciarse de la bestia que ponía a su disposición. A su lado, Kurozaku permanecía como una fortaleza viviente de tres metros de altura. Con los brazos cruzados sobre su pecho hercúleo y pasando una cuenta de sándalo entre sus dedos callosos, contemplaba a la masa con el desapego propio de un depredador ancestral. Bien sabía el oni que entre los pliegues de la necesidad siempre duerme el puñal invisible de la traición, y su sola presencia —impenetrable, pétrea y terrible— bastaba para que los más osados vacilaran antes de dar un paso en falso.
Mas el hambre viva es una fuerza ciega que no entiende de sermones teológicos ni de promesas cósmicas. El aroma del guiso y la vista de la carne desataron la desesperación incontenible de la turba. Olvidando las reverencias y el temor reverencial, decenas de hombres famélicos se arrojaron sobre el buey en una vorágine de empujones, rapiña y gritos desgarradores. Mientras la masa devoraba en un frenesí salvaje, Velaxa descendía entre ellos como un lirio blanco en medio de un cenagal, buscando con mirada inquisitiva algún rostro que la miseria no hubiese logrado marchitar, mientras susurros de encanto brotaban de sus labios para hechizar las voluntades más vulnerables. Entretanto, voces disidentes se alzaron desde la penumbra: fanáticas de Talona que clamaban que las palabras del liche no eran más que ponzoña, y plañideras de Shar que invitaban a entregarse a la dulce nada de la pérdida.
Sintiéndose desafiado ante la incomprensión de las masas, Mortuus dispersó sobre el gentío un polvo ceniciento y tiró de los hilos invisibles de la muerte. La tierra se agrietó y criaturas descarnadas brotaron del suelo para cercar a la multitud, mientras muros de fuego místico se levantaban para forzar la sumisión de los presentes. Pero el miedo, una vez desatado, no conoce riendas ni señor. Lo que pretendía ser un cerco disciplinario se transformó de inmediato en una estampida aterradora. Cientos de cuerpos chocaron en un torrente caótico donde la fragilidad humana quedó sepultada bajo los talones. En medio del tumulto, Ephrias fue derribado, sufriendo la fractura de una pierna y cayendo sumido en la inconsciencia, mientras que Kurozaku y Rhylron eran arrastrados inexorablemente varias decenas de metros hacia un callejón por el aluvión de almas enloquecidas.
Haber sido empujado y hollado por el lodo despertó en Kurozaku una cólera que ningún honor guerrero podía tolerar. Alzándose como una montaña que despierta de su letargo, el oni desató una tormenta de violencia implacable. Rompió el cerco aplastando cráneos, desgarrando carnes y asestando golpes imbuidos de ki que hundieron el pecho de los agresores en el fango, recordándoles de manera sangrienta la distancia irreconciliable que media entre una bestia colosal y los mortales desvalidos. A su alrededor el aire se tornó espeso: los mercenarios desenvainaron espadas, silbaron flechas de los artesanos locales y la guarnición del distrito acudió al galope con lanzas y ballestas para aplacar la rebelión.
Fue justo en el instante en que el peligro alcanzaba su punto de mayor incandescencia cuando Velaxa, batiendo sus alas luminosas con sublime agilidad, comprendió que el destino de todos pendía de un hilo y que debían reagruparse sin demora con los compañeros que resistían junto a la empalizada. Elevándose sobre la marea de sangre y humo, la hechicera conjuró la trama arcana y abrió una resplandeciente puerta dimensional en mitad del aire. Kurozaku, sintiendo la llamada de la semifata, flexionó sus poderosas piernas y dio un salto colosal hacia el firmamento. En pleno vuelo, el oni hinchó el pecho y abrió las fauces, acumulando en su interior la esencia de un invierno primordial; estaba ya a punto de desatar un devastador cono de frío, una bocanada de escarcha absoluta que habría congelado al instante a la horda que lo perseguía. Sin embargo, en una centella de lucidez y templanza, contuvo la tempestad helada en su garganta y decidió arrojarse de lleno al vórtice del portal.
El tránsito mágico quebró la distancia en un pestañeo, proyectándolos a escasos cien metros de allí, justo sobre la empalizada defensiva que delimitaba el sector: una barrera erizada de recias estacas afiladas y maderas de trinchera dispuestas para contener los embates de la guerra. Kurozaku y Velaxa cayeron con violencia sobre aquel lecho de puntas y maderos astillados; el impacto fue rudo, arrancándoles magulladuras, raspaduras sangrantes y el dolor sordo de los golpes secos contra el tronco vivo de las defensas. Mas la fortuna quiso que aquel brusco descenso los depositara exactamente junto al resto de sus aliados.
Apenas lograron incorporarse entre el crujido de la madera, una oleada de agresores enardecidos, secundada por milicianos y enemigos locales que convergían hacia la empalizada, se abalanzó sobre ellos para aniquilar al grupo reunido. Fue entonces cuando todos combatieron como un solo cuerpo y una sola voluntad. A pesar de su pierna quebrada, Ephrias se aferró al suelo protegiéndose y canalizando su entereza espiritual; el Barón Mortuus, imponente en su trono de huesos, desató llamaradas oscuras y alzó barreras nigrománticas que hicieron retroceder el acero enemigo; Rhylron Faergitz, con la elegancia letal de su estoque y sus reflejos sombríos, interceptó cada estocada con precisión quirúrgica; Velaxa, sobreponiéndose al dolor de la caída, tejió destellos feéricos que cegaron y desorientaron a la vanguardia contraria; y Kurozaku, con el ímpetu redoblado de su casta y la furia de su ki, barrió la línea frontal quebrando escudos y voluntades como si fuesen cañas secas.
Aquel combate encarnizado puso a prueba la templanza de cada uno de ellos, pero ninguna fuerza logró doblegar la cohesión de su defensa. La embestida enemiga fue repelida golpe a golpe hasta que los atacantes, diezmados y aterrados ante semejante despliegue de poder, rompieron filas y emprendieron la retirada. Milagrosamente, todos los compañeros salieron con vida de la contienda. El peligro, que instantes antes amenazaba con devorarlo todo, quedó disipado y resuelto, dejando tras de sí un silencio balsámico y el eco solemne de una supervivencia compartida en la penumbra de Murann.
El Barón Mortuus avanzaba con la fría convicción de los iluminados por la nigromancia. Conducía ante la muchedumbre un buey rollizo, cargado con recipientes de caldos y viandas calientes, mas su verdadera ofrenda no era la efímera pitanza del cuerpo, sino una promesa de hielo y mármol: la liberación definitiva del sufrimiento terrenal a través de la muerte consciente. Al golpear el empedrado con el regatón de su báculo, el liche alzó la voz para proclamar que el dolor, el frío y el quebranto no eran más que cadenas ilusorias de la carne, invitando a los miserables a entregar sus nombres a la eternidad y a saciarse de la bestia que ponía a su disposición. A su lado, Kurozaku permanecía como una fortaleza viviente de tres metros de altura. Con los brazos cruzados sobre su pecho hercúleo y pasando una cuenta de sándalo entre sus dedos callosos, contemplaba a la masa con el desapego propio de un depredador ancestral. Bien sabía el oni que entre los pliegues de la necesidad siempre duerme el puñal invisible de la traición, y su sola presencia —impenetrable, pétrea y terrible— bastaba para que los más osados vacilaran antes de dar un paso en falso.
Mas el hambre viva es una fuerza ciega que no entiende de sermones teológicos ni de promesas cósmicas. El aroma del guiso y la vista de la carne desataron la desesperación incontenible de la turba. Olvidando las reverencias y el temor reverencial, decenas de hombres famélicos se arrojaron sobre el buey en una vorágine de empujones, rapiña y gritos desgarradores. Mientras la masa devoraba en un frenesí salvaje, Velaxa descendía entre ellos como un lirio blanco en medio de un cenagal, buscando con mirada inquisitiva algún rostro que la miseria no hubiese logrado marchitar, mientras susurros de encanto brotaban de sus labios para hechizar las voluntades más vulnerables. Entretanto, voces disidentes se alzaron desde la penumbra: fanáticas de Talona que clamaban que las palabras del liche no eran más que ponzoña, y plañideras de Shar que invitaban a entregarse a la dulce nada de la pérdida.
Sintiéndose desafiado ante la incomprensión de las masas, Mortuus dispersó sobre el gentío un polvo ceniciento y tiró de los hilos invisibles de la muerte. La tierra se agrietó y criaturas descarnadas brotaron del suelo para cercar a la multitud, mientras muros de fuego místico se levantaban para forzar la sumisión de los presentes. Pero el miedo, una vez desatado, no conoce riendas ni señor. Lo que pretendía ser un cerco disciplinario se transformó de inmediato en una estampida aterradora. Cientos de cuerpos chocaron en un torrente caótico donde la fragilidad humana quedó sepultada bajo los talones. En medio del tumulto, Ephrias fue derribado, sufriendo la fractura de una pierna y cayendo sumido en la inconsciencia, mientras que Kurozaku y Rhylron eran arrastrados inexorablemente varias decenas de metros hacia un callejón por el aluvión de almas enloquecidas.
Haber sido empujado y hollado por el lodo despertó en Kurozaku una cólera que ningún honor guerrero podía tolerar. Alzándose como una montaña que despierta de su letargo, el oni desató una tormenta de violencia implacable. Rompió el cerco aplastando cráneos, desgarrando carnes y asestando golpes imbuidos de ki que hundieron el pecho de los agresores en el fango, recordándoles de manera sangrienta la distancia irreconciliable que media entre una bestia colosal y los mortales desvalidos. A su alrededor el aire se tornó espeso: los mercenarios desenvainaron espadas, silbaron flechas de los artesanos locales y la guarnición del distrito acudió al galope con lanzas y ballestas para aplacar la rebelión.
Fue justo en el instante en que el peligro alcanzaba su punto de mayor incandescencia cuando Velaxa, batiendo sus alas luminosas con sublime agilidad, comprendió que el destino de todos pendía de un hilo y que debían reagruparse sin demora con los compañeros que resistían junto a la empalizada. Elevándose sobre la marea de sangre y humo, la hechicera conjuró la trama arcana y abrió una resplandeciente puerta dimensional en mitad del aire. Kurozaku, sintiendo la llamada de la semifata, flexionó sus poderosas piernas y dio un salto colosal hacia el firmamento. En pleno vuelo, el oni hinchó el pecho y abrió las fauces, acumulando en su interior la esencia de un invierno primordial; estaba ya a punto de desatar un devastador cono de frío, una bocanada de escarcha absoluta que habría congelado al instante a la horda que lo perseguía. Sin embargo, en una centella de lucidez y templanza, contuvo la tempestad helada en su garganta y decidió arrojarse de lleno al vórtice del portal.
El tránsito mágico quebró la distancia en un pestañeo, proyectándolos a escasos cien metros de allí, justo sobre la empalizada defensiva que delimitaba el sector: una barrera erizada de recias estacas afiladas y maderas de trinchera dispuestas para contener los embates de la guerra. Kurozaku y Velaxa cayeron con violencia sobre aquel lecho de puntas y maderos astillados; el impacto fue rudo, arrancándoles magulladuras, raspaduras sangrantes y el dolor sordo de los golpes secos contra el tronco vivo de las defensas. Mas la fortuna quiso que aquel brusco descenso los depositara exactamente junto al resto de sus aliados.
Apenas lograron incorporarse entre el crujido de la madera, una oleada de agresores enardecidos, secundada por milicianos y enemigos locales que convergían hacia la empalizada, se abalanzó sobre ellos para aniquilar al grupo reunido. Fue entonces cuando todos combatieron como un solo cuerpo y una sola voluntad. A pesar de su pierna quebrada, Ephrias se aferró al suelo protegiéndose y canalizando su entereza espiritual; el Barón Mortuus, imponente en su trono de huesos, desató llamaradas oscuras y alzó barreras nigrománticas que hicieron retroceder el acero enemigo; Rhylron Faergitz, con la elegancia letal de su estoque y sus reflejos sombríos, interceptó cada estocada con precisión quirúrgica; Velaxa, sobreponiéndose al dolor de la caída, tejió destellos feéricos que cegaron y desorientaron a la vanguardia contraria; y Kurozaku, con el ímpetu redoblado de su casta y la furia de su ki, barrió la línea frontal quebrando escudos y voluntades como si fuesen cañas secas.
Aquel combate encarnizado puso a prueba la templanza de cada uno de ellos, pero ninguna fuerza logró doblegar la cohesión de su defensa. La embestida enemiga fue repelida golpe a golpe hasta que los atacantes, diezmados y aterrados ante semejante despliegue de poder, rompieron filas y emprendieron la retirada. Milagrosamente, todos los compañeros salieron con vida de la contienda. El peligro, que instantes antes amenazaba con devorarlo todo, quedó disipado y resuelto, dejando tras de sí un silencio balsámico y el eco solemne de una supervivencia compartida en la penumbra de Murann.
Offtopic :
Gracias a todos por el rol y las risas, sobre todo a Velaxa por salvarme en el ultimo minuto jaja
¡Gracias a DM Nazgul por la escena!
¡Lo he pasado a lo grande con vosotros!
