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Dos almas y un mismo destino.

Alexander901

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Sivilan y él descansaban apoyados bajo un árbol. Los dedos de Athaen recorrían los suaves y negruzcos cabellos de su acompañante. Ambos se miraban y parecían sonreír. Por un momento la mirada de Athaen se veía perdida. Aún estaba dolido, pero no parecía sentir nada en ese momento, más que paz y tranquilidad, mientras sus ojos miraban al frente sin mirar nada en verdad, pensativo, recordando todo lo acontecido.

Ojos de Athaen":y7o0kb6c dijo:
Y allí estaba la elfa, sollozando sobre la ladera. El trío de hombres se acercó, curiosos, a preguntar el por qué de sus lágrimas. Ella les miraba, ellos a ella también, hasta que se dispuso a hablar. Era la elfa más hermosa que jamás había visto Athaen, su voz era suave como si sus palabras fuesen una canción, sus cabellos eran blancos como la luna en su máximo esplendor, sus ojos verdes como la misma naturaleza y su cuerpo como una escultura a la que le había sido concedida la vida. La elfa explicó lo ocurrido.

Mi pueblo está débil. Ha perdido algo muy importante y necesita ayuda. - La elfa hablaba entre sollozos.

Llévanos hasta tu pueblo, quizás podamos ayudarte. - Dijo Athaen mientras sonreía.

Ofreció la mano a la elfa para ayudarla a levantar y ésta la aceptó. Sonrió y se alejó para que los hombres la siguieran. Arkiam y Athaen lo hicieron, pero Ander tuvo que seguir hacia Crimmor, parecía que tenía algo que hacer allí.

Se acercaron hasta el río, y allí hasta un árbol que había a pocos metros. La elfa tocó la corteza mientras pronunciaba unas melodiosas palabras y la madera se abrió en dos, dejando ver un portal. Con un gesto indicó a los dos hombres que debían pasar. Athaen lo hizo sin vacilar y Arkiam, al ver a Athaen, hizo lo mismo.



Llegaron a una esplendorosa ciudad élfica, dentro de la misma naturaleza. Ambos estaban mareados y tuvieron que apoyarse en unos pilares cercanos, estando incluso a punto de echar lo que habían comido horas atrás. Mientras se masajeaban las sienes, la elfa apareció tras ellos y sonrió al ver que eran los únicos humanos que no habían llegado a vomitar. Con un gesto, la elfa comenzó a caminar y ambos hombres la siguieron, llegando hasta alguien que parecía ser el rey de esa ciudad.

La ciudad era una auténtica obra de arte. Dos elfas guardias, también muy hermosas, portaban armaduras grandiosas. Y el rey no era menos, llevaba una armadura dorada y una capa que le llegaba hasta las rodillas. La elfa hizo una reverencia y ambos hombres imitaron el gesto. El rey observó a los que serían salvadores de su ciudad y asintió, sintiendo que eran gentes de bondad. Un aire ponzoñoso cubría el lugar. El rey explicó todo cuanto debían saber a Arkiam y a Athaen, contándoles las posibilidades de muerte, diciéndoles que tan sólo tenían tres días o jamás podrían volver de lo que era un ritual que les llevaría a la cripta del ladrón que había robado la esfera protectora. Ese ladrón era una criatura medio pájaro y medio león. Tras aceptar, ambos compañeros se tumbaron sobre un símbolo que había pintado el rey y cerraron los ojos.



El rey comenzó a entonar unos cánticos gloriosos y divinos. La elfa le acompañó con su preciosa y melodiosa voz que tan buena era para los oídos de Athaen. Tumbados cerraron los ojos. Escuchaban tambores a lo lejos. Sus corazones se aceleraban constantemente. Su respiración cada vez era más rápida. Los golpes más fuertes. El sonido más alto. Ambos se movían un poco por el suelo, inquietos.

Por un momento parecía que sus corazones iban a salir del pecho. Todo pasaba muy rápido. Los tambores retumbaban cada vez más cerca. Las voces penetraban en sus mentes. Pero todo paró. El ruido, las voces, los latidos, la respiración... Todo. Parecían estar muertos, no, no lo parecían, estaban muertos realmente. Se hundieron en la misma nada. El tiempo pasaba... minutos, días, años... No sabían cuánto, pero se hacía eterno. No veían nada. No sentían nada. No oían nada. Todo era nada, y en la nada es donde estaban, en medio de un lugar que no existe. No escuchaban ni sus propios pensamientos. Sus cuerpos no respondían cuando ellos pedían que se movieran.

Entonces una llama les cegó. Después de un tiempo, que jamás podrían definir, de eterna oscuridad y nada, la luz penetró en sus ojos cual daga que se clava en el costillar. Al abrir los ojos lo vieron, estaban en la cripta de la que el rey hablaba, y seguramente no habrían pasado más que unos segundos desde que el ritual se hizo, aunque para ellos pareciesen eternidades enteras. Hablaron, ya escuchaban sus voces. Se alegraban de oírse el uno al otro y con un gran esfuerzo se levantaron. No había tiempo que perder y por ello se pusieron en marcha nada más darse cuenta que podían andar.

Cruzaron los pasadizos, hasta llegar a una puerta. Ésta estaba custodiada por dos criaturas hechas de puro hueso. Athaen iba a lanzarse contra ellos de no ser por Arkiam. Una de las criaturas reía y a la vez decía 'pregunta, pregunta'. La otra también reía, pero en cambio decía 'respuesta, respuesta'. Era de imaginar lo que iba a correr. Una de las criaturas iba a hacer una pregunta y ellos tenían que responder para pasar.

Pregunta, pregunta. ¿Qué soy si tengo prados blancos y ovejas negras que saltan de prado en prado y nunca son viejas? - Dijo una de las criaturas.

Ambos fruncieron el ceño y se quedaron pensativos. Durante varias horas e incluso llegando a gastar uno de sus tres días estuvieron desechando ideas que no eran correctas. El tiempo pasaba y el sudor recorría el rostro de ambos, hasta que Arkiam dijo algo nuevo.

Un libro. Es un libro.

Las criaturas pararon de reír y miraron a ambos serios.

Correcto. Podéis pasar.

Cruzaron la puerta ambos, armas en mano, y sin fiarse de las criaturas. Una manada de esqueletos se levantó y se abalanzó sobre ellos. Los tumbaron sin apenas problemas y siguieron. Cada vez se alzaban más y más poderosos, hasta que unos tan poderosos tumbaron a los dos héroes. Las criaturas se rieron y marcharon. La magia divina hizo que se levantaran de nuevo, aunque con fuerzas realmente bajas. Parecía que las criaturas sólo querían debilitarles. Y lo conseguían. Según avanzaban había criaturas más poderosas que conseguían reducir a los héroes.

Pero una de las veces, cuando Athaen estaba en el suelo, su cuerpo comenzó a convulsionar. Parecía estar mutando entre gruñidos mientras Arkiam luchaba. El nuevo Athaen se levantó, con forma de gato y de hombre a la vez, y combatió como nunca lo había hecho. Cuando acabaron con el grupo, Arkiam hizo lo mismo, aunque su metamorfosis era forma de lobo y de hombre a la vez. Transformados en poderosas criaturas, avanzaron por los pasillos, ganando unas veces y perdiendo otras, pero siempre consiguiendo recuperarse debido a su sed de sangre que su forma animal les pedía.

Bajaron unas escaleras y llegaron a una sala. Rápidamente la misma se llenó de decenas de momias que comenzaron a golpear a ambos. Eran muchos para ellos, por lo que Athaen decidió seguir, abriendo una puerta, y pensando que Arkiam venía detrás. Pero pasó a la otra habitación y la puerta se cerró. Arkiam no estaba con él y tras la puerta se escuchaban golpes al metal que no decían nada bueno. No podía abrir la puerta con las criaturas al otro, por lo que no pudo hacer más que dejar a Arkiam combatiendo mientras él seguía en busca del señor de la cripta.



Y tras una puerta, allí la vio. La criatura medio pájaro y medio león, en lo alto. Athaen se acercó rápidamente y gritando le ordenó que parara a sus criaturas, que dejaran a Arkiam en paz. La esfinge rió y negó.

Podemos hacer negocios...

¿A qué negocios te refieres? Explícate.

Abandona a tu diosa y te dejaré ir. Dame tu bondad y salvaré a tu amigo.

Dame tú tu garganta y verás lo que hago. - Dijo Athaen mientras gruñía y sacaba las uñas.

La esfinge rió y volvió a negar.

¿Qué vas a hacer? - Preguntó la esfinge.

Athaen se apoyó en sus patas inferiores y saltó hacia la esfinge, adelantando el brazo que llevaba las garras en posición hacia los ojos del enemigo. Pero le esquivó. Volvió a reír mirando a Athaen. El híbrido comenzó a correr alrededor de la esfinge y ésta ni se inmutaba. Intentó colgarse de uno de los pilares de arriba, pero su agilidad no era suficiente, por lo que cayó al suelo.

Ya me has cansado.

La esfinge soltó un rugido de pura rabia y se abalanzó sobre Athaen. Él también saltó y se enzarzaron en una lucha bastante igualada. Pero la criatura falló, un movimiento en falso y Athaen clavó sus garras en su cuello. Cayó al instante y Athaen tras ella, con una rodilla. Una luz provenía del interior de la criatura. Las zarpas despellejaron a la criatura hasta sacar el orbe que producía la luz; sin duda era lo que buscaban. Recuperó su respiración y volvió a su cuerpo normal. Recogió la esfera y volvió corriendo a la habitación donde dejó a Arkiam.

Estaba en el suelo, sangrando. Athaen le ayudó a levantarse y Arkiam también volvió a su estado original. Entre gritos, ambos comenzaron a correr esquivando a las momias y otros no muertos que se interponían a su paso. Los esqueletos de la pregunta y la respuesta aún se reían sabiendo incluso que el templo estaba a punto de derrumbarse. El tiempo se acababa.

Llegaron hasta la primera sala en la que aparecieron y empujaron la puerta. Estaba cerrada y parecía que no iba a ceder, aún así ellos lo intentaron con todas sus fuerzas, hasta que una voz se escuchó.

Volved, volved ya.

Y un portal apareció tras ellos, que ambos cruzaron sin vacilar, regresando así a la ciudad élfica.

Allí esperaban el rey y la ninfa. Ambos héroes cayeron al suelo, Athaen inconsciente, y la esfera rodó unos centímetros por el suelo. Lo habían conseguido. El aire ponzoñoso desapareció al sentir el contacto de la esfera. El rey ordenó a la elfa que sanase a ambos y los llevara con él más tarde, mientras se retiraba bajando una cuesta. La elfa convocó los poderosos de la Madre Naturaleza, que sanó a ambos envolviéndoles en un abrazo cálido y sobreprotector, algo que muchos querrían sentir al menos una vez en su vida. Se levantaron y miraron a la elfa. Agradecieron sus sanaciones, aunque ella negó y fue la que agradeció la ayuda de ambos en esto.



Después de ésto se dirigieron a donde el rey les pidió. Era una pequeña plaza, varios haces de luz cubrían el lugar. En el centro había un animal, una pantera completamente negra que miraba a los héroes con sus grandes ojos ambarinos. El rey hizo un gesto para que se acercaran. Athaen le dio la esfera mientras el animal se acercaba.

Tengo un regalo para ti. Este animal te seguirá allá donde vayas, hasta el fin de los días. La Madre te bendice con su compañía y te ayudará siempre que lo necesites.

El animal se acercó a Athaen. Él se agachó y acercó la mano, mientras la negra criatura olisqueaba. Athaen acarició su cabeza suavemente y asintió al rey. El animal marchó hacia los bosques, esperando a que su nuevo amigo le pidiera ayuda. Después de ello, Athaen y Arkiam fueron invitados a una posada a comer y dormir, cada uno en una habitación distinta.

Athaen fue a dormir directamente. La ninfa llegó con algo de comida y se sentó junto a él en la cama.

Te traigo algo de comida, aún no has probado bocado. - Dijo la elfa mientras sonreía.

Gracias... - Respondió Athaen mientras intentaba levantarse, cosa que no pudo debido al dolor.

Shhh... Tranquilo, descansa.

La ninfa puso la mano en su pecho en señal para que se tumbara. Cogió algo de comida con la misma mano y se la acercó a la boca de Athaen. Él sonrió y aceptó lo que le daba. La hermosa elfa dejó la bandeja sobre la mesilla, se inclinó hacia Athaen y lo que ocurrió después sólo ellos lo saben.

Athaen sonrió mientras despertaba de su ensimismamiento. Sivilan se recostó sobre el hombre mientras él apoyaba la cabeza en el árbol y cerraba los ojos.
 
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