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Ecos de Horizontes Perdidos

Yaeko

El que aplaude en los discursos Zhent
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Ecos horizontes perdidos.png
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I.-

Mis primeros pasos han sido más certeros y livianos de lo que quizás cabría esperar. No me he de quejar, pero no puedo negar la sorpresa. Sin duda los inicios son los propios de cualquier teatro de variedades, no exento de mofa y de una carcajada silenciosa de los mismos dioses. ¿Estarían acaso apostando con Tymora?

Cansada y atribulada por el camino y los remordimientos propios de mi situación como únicos compañeros, encontré la ciudad de la moneda en todo su esplendor. Promesa de triunfo, taifa de avaricia, un artificio a gran escala donde la vida, la muerte, la esperanza o los pequeños placeres tan solo tienen un precio. Al alcance de quien pueda.

Fue una semiorca, enorme y, de forma incomprensible, razonablemente bella. Su condición de fervorosa seguidora de Sune no hizo más que ampliar lo que eran mis expectativas de que todo era posible en este lugar. De haber apostado en mi Petrasenda natal, habría perdido. ¿Acaso eso sería posible?

Fue ella no obstante la que resolvería mi principal inquietud, el leitmotiv de mi éxodo hacia nuevas tierras. O quizás la solución, porque los motivos hoy son solo lágrimas en la lluvia. Su rápida y certera intervención me pondrían en manos de un soldado, que tras unas preguntas de rigor me concedió la condición de recluta y mi inclusión en las fuerzas armadas de la nación.

Respondería al nombre de “El Gris”.

Su verbo fue rápido, aséptico y fácil. Tenía interés en enrolarme y yo en hacer lo propio por mi parte. Solo las preguntas y la extraña presencia de la Magistrada podrían poner cierta tensión sobre lo que merecía ser un mero trámite. ¿Fue casualidad? ¿Acaso despertaría cierto interés en conocer mi versión? Creo que no debería darle más importancia, pero desde luego, la falta de certeza flotaría todavía sobre mí pasadas unas lunas.

Quizás, debiera aproximarme y salir de dudas.

Sea como fuere, y paseo con el recluta Rhyden mediante, heme aquí. Recluta. Dispuesta. Preparada.
 

Yaeko

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III.-

Noche fría, gargantas calientes.

Cuanta sabiduría en tan pocas palabras. O al menos así lo pensaban en la Petrasenda natal. Como buenos gentiles solo conocían su trabajo o la taberna. ¿Quién pastoreará a nuestros pastores? Recogidos e indefensos. Pobres de bolsillo y de espíritu. Resignados a su suerte.

En esta Athkatla que me ha tocado vivir es bien diferente. Las noches frías esconden comerciantes arañando los beneficios esperados. Prostitutas agazapadas y bien arropadas al acecho de desichados que quieran un poco de calor. Ladrones, carteristas, camorristas y demás chusma parasitaria esperando al próximo primo con el que hacer negocio, divertirse o hacerle pagar las desdichas del día a día. Monstruos, de apariencia literal o bajo máscaras de bondad o patriciado. Auntenticos depredadores de almas, esperanzas y anhelos.

Y en ese mismo momento, de esta fría noche, me dirijo al cuartel general.
Esperando órdenes.
Anhelando conocer más, descubrir quien es quién en este nuevo grupo.
Esperando mi momento.

Llego y la sala está concurrida. Dos jóvenes, o al menos de apariencia jovial y deseable están dispuesta para una reunión. Minutos más tardes un elfo de puntiagudas orejas entra con confianza y sin estar preso.

Habían quedado.

Mantienen con el cabo Ewan una reunión acerca de los refugiados. Gran cantidad de reclutas forman junto al cabo, en una suerte de cordón de seguridad con mayor carga protocolaria que por una amenaza real. La conversación discurre como arroyo sobre acueducto. Conducida, laminar, correcta y con pocas alteraciones. Pompa, posicionamiento y una gran ansiedad por la notoriedad de ser el primero en ayudar.

Reunion refugiados.png

Las medidas propuestas me sorprenden. No solo se les dará de comer, sino que se fortificarían posiciones para protegerlos(¿De que´?) Y por si no fuera poco, se ofrece a otorgar propiedades intramuros. Ah, y por supuesto. Adelantarse a los vecinos más ilustres de nuestros más bajos barrios.

No consigo apreciar la lógica de todo esto. Si los asentamientos no interfieren en la ciudad, ¿De quién es el problema? ¿Cederemos la potestad de fortificar posiciones por una orden de terceros junto a nuestra capital?

No es momento de enarbolar la disidencia y la crítica pero percibo que mis dudas, bien formuladas y con palabras cálidas y conciliadoras despiertan reacciones en algunos de mis compañeros.

Esas reacciones que para mí tienen sentido.

Mi nombre es Moldreth. Y hoy he encontrado parte de mi camino.
 

Yaeko

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V.-

-¡Qué todos le escupan! ¡Qué salga de aquí en cueros! Nadie vendrá a robarnos la autoridad sobre estos barrios que tantos años nos ha costado conseguir.


Y es en ese preciso instante cuando emerge. Sincera. Directa. Aséptica. La pregunta que venía burbujeando en las entrañas pero que necesitaba que la tensión del momento sobrepasase la interior para poder abandonar el escondite emocional que la contenía.

¿Qué Tanar’ris estaba haciendo allí? Habitualmente la valentía está reñida con el instinto de supervivencia. Un equilibrio favorable lleva al progreso, la conquista y el mirar a los dioses a los ojos. Pero solo aquellos más fanáticos, los chiflados, los enfermos o los que ansían morir podrían estar desprovistos de aquella pequeña punzada de miedo o duda. Y la suya había llegado.

Misa Mask 1.png

Se encontraba en medio de una turba enfurecida. Enaltecida. Rabiosa. Legiones de pobreza y miseria congregadas con sus héroes locales. No sabía a ciencia cierta si la protección de aquellos era mejor que la tiranía de las leyes del comercio o las castas sociales, pero lo que si que había en el ambiente era odio. Rencor. Resentimiento. Sentimientos a flor de piel y comunes entre muchos.

El tal Mercer, como se había referido el cabo Valentino, azuzaba a una muchedumbre ansiosa de sangre y de retribuir con dolor el padecido en carnes propias. La verdad es que desconocía realmente la motivación que había podido llevar a aquel cabo a presentarse allí, con el uniforme perfectamente engalonado, en aquella suerte de exaltación del señor de los ladrones.

Parecía tener conocimiento de sus interlocutores. Esa relación surgida del antagonismo. Soldados y ladrones atrapados en los juegos de sus mayores, condenados a perseguirse a perpetuidad.

Suficientemente azuzados para mantener esa guerra fría.

Suficientemente conscientes de no poder subir el escalón de violencia para no desatar el caos.

Interesante situación.

Y hasta este momento Rhyden había tenido razón. Había sido de provecho presentarse allí, conocer de primera mano el discurso, las lealtadas, las relaciones. La realidad de aquellos barrios despreciados por las élites y gran parte de la soldadesca. Solo las advertencias y reticencias de Asqel Preguntarespuesta se habían puesto en contra.

Al menos habían sido lo suficientemente sensatos de haber dejado los uniformes de recluta tras de sí.

Su embozo a duras penas le cubría la melena y sus rasgos duros y curtidos. La muchedumbre jaleaba, empujaba y volaban pequeños objetos. El cabo se defendía con su orgullo como único escudo, conocedor de que si flaqueba, aquellas huestes famélicas lo devorarían en el tiempo de partir el pan.

Y entonces, sucede.

De entre los mendigos, surge una figura harapienta y oscura que degüella a varios y termina por quitarse la vida. Una actitud suicida que se replica por los rincones. De forma inesperada varios cuerpos caen sin vida, derramando la sangre sobre el detritus formando una mas disforme y pantanosa.

La sangre de los suicidas es anormalmente densa, y la pestilencia de la misma inunda las calles en cuestión de segundos.

El pánico se desata.

Misa Mask 2.png

Rhyden saca su espada y jalea a la multitud para que vuelva a sus casas.

Los acólitos del señor de los ladrones le rodean y le increpan para que se tranquilice.

Y entonces, sucede.

Una flecha aparece de la nada. Cruza silenciosa en medio del tumulto e impacta con la virulencia de un onagro sobre el hombro del recluta. En esta ocasión no está el frío metal para desviar o mitigar el impacto. La punta se hunde un palmo en el hombro de Rhyden arrancándole un grito de sorpresa y terror.

Lo agarro en acto reflejo y lo tiro al suelo, buscando la muchedumbre como cobertura. Las acciones se suceden de forma frenética. El caos reina. El miedo a nuevos ataques parece desconcertar a los gobernantes de los barrios que finalmente consiguen replegar la muchedumbre para evitar malos mayores.

El señor del asesinato es mentado en varias ocasiones y mil veces maldito. ¿Acaso también son rival para esta cofradía?

Sea como fuere, Rhyden es conducido al interior de la taberna adyacente. Será atendido para después ser interrogado. No es tiempo para heroicidades, y si creo haber comprendido bien el juego, debo de ser capaz de llegar al cuartel para poder notificarlo.

Y por qué no. No estoy dispuesta a morir allí como una perra desjarretada.

Aprovecho el conflicto, el desorden y la multitud para adoptar un perfil bajo. Me agacho a recoger e investigar el origen de la flecha. Me hago invisible de forma natural. Quieta. Muda. Escuchando y eligiendo cuidadosamente cada movimiento para no llamar la atención.

Se decreta el toque de queda. Se nombran patrullas. Se asignan hombres y mujeres a despejar los cadáveres de las calles. Y entonces veo mi ventana de oportunidad. Salgo caminando, tensa, temerosa pero con paso firme.

Y lo consigo. Abandono el lugar discretamente primero para después acabar a la carrera.

Mi nombre es Moldreth. Y hoy he aprendido varias cosas. No es buen día para morir .​
 

Yaeko

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VII.- REVELACIONES

-Hmm, pensaba que recordabas que no bebía. Puedo hacer una excepción.

- No te creí.

El levanta una ceja a modo de protesta modesta mientras da un trago corto, prudente cuasi temeroso de vulnerar su abstemia . ¿Por qué mentiría en un asunto tan trivial?

Todos mienten, Rhyden. Todos.

Le parecía mentira que después de todo lo ocurrido, tuvieran que empezar la conversación así. Después del episodio de los barrios bajos no habían vuelto a coincidir. Una parte de ella pensaba que le reprocharía no haberse quedado cuando fue capturado. La otra parte decía que se sentiría infinitamente feliz siendo un mártir con una historia que contar.

Era tremendamente testarudo.

Pero también gozaba de su mismo espíritu crítico, su aversión silenciosa a según que prácticas del status quo. De la levedad en ciertos temas o la falta de respuesta en otros. En el fondo, tenía cierta conexión.

También había una duda que la atenazaba y que rumiaba en su interior. Tenía una corazonada al respecto, pero debía realizar un control de la situación. Como bien le había dicho al recluta, todo el mundo miente. Podría ser de forma directa, por omisión, con medias verdades, en boca de otros. O sencillamente tratando de esquivar el tema con distracciones laterales.

Pensaba que podría reforzar esa alianza tácita y no verbal que tenían, pero sería algo más diplomática de su trato directo. Porque también sabía hacerlo así.

Los dedos de Delosar era un sitio poco recomendable para cometer un delito, estando como estaba repleto de miembros de las fuerzas armadas, pero precisamente para ellos era un lugar donde nadie les haría ningún caso ni levantarían sospechas.

El vino oscuro haría su efecto de suavizar las lenguas, bajar las barreras y crear el clima de confianza necesario. La luz tenue y su filiación harían el resto.

La conversación iba tomando profundidad, cruzando detalles de interés no sin cierta reticencia por ambas partes. Había todavía un punto de desconfianza por su parte y ella se esforzaba por no resultar inquisitiva en la enésima situación en la que contar lo sucedido.

Ella le había salvado la vida, o al menos así lo consideraba, pero lejos de resultar agradecido se sentía avasallado. La conversación empezó a converger apoyada sobre unos débiles pero bien situados pilares de confianza. Revelaciones fueron emitidas e intercambiadas. Precisas, parcas en palabras pero de dimensiones aún por explorar. Sin duda el velo había mudado en ciertas partes. Y eso era un avance.

Revelaciones.png

Fue entonces, cuando se plantearon que hacer con todo lo que sobre esa mesa había sido mentado. Declarar intenciones. Brindar sobre los próximos pesos. En ese preciso instante Tymora decidió ocultar su preciosa sonrisa y dejar que Beshaba nos mirase desde la ciénaga infernal que habitaba.

No sabría decir ahora, con el tiempo como colchón entre momentos atemporales, si fue lo que dijo. Quizás el tono en el que lo dijo. Quizás fue que estaba vivo y no lo merecía.

-Solo estoy hablando yo, ¿Qué quieres, recabar toda mi información e intenciones para luego correr al barrio por unas monedas y una caricia?

Por el motivo que sea aquello sin duda hizo que su interior explotara en una mezcla de emociones. De sensaciones contrapuestas, viscerales y racionales, pugnando por el control de su ser. Y en lo que cabe en el infinitesimal instante en que Ao creo todo, ella tomo su propia decisión sobre el curso de los acontecimientos.

Se incorporó del taburete que ocupaba, apoyando ambos brazos sobre el barril que lo separaba con una actitud hostil y desafiante. Su mirada traspasó su ser, o al menos así le hubiera gustado que hubiera resultado, mientras que su rictus era de profundo desprecio.

- Eres un maldito estúpido. Y sabes como sacarme de quicio.

Y con un gesto rápido e inesperado, en previsión que formara esa estúpida sonrisa suya de suficiencia, tomó el jarro del vino oscuro que tenía a su lado y lo proyectó sobre el rostro de Rhyden. Con virulencia y esperando la consiguiente humillación de encontrarse entre camaradas y pares.

No esperó a ver la reacción, ni siquiera si sería capaz de pronunciar palabra alguna. Dejaría la taberna tras de sí esperando el abrigo de una noche fría pero confortablemente silenciosa.

Mi nombre es Moldreth. Y todo el mundo miente. Para colmo de muchos y hastío propio.
 

Yaeko

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XI.-

No se si será el sonido reconfortante del metal pesado golpeando sin piedad el pavimento de piedra, la tierra desnuda o el polvo sucio de los barrios más pobres. La singular melodía del compás de varios pares de pies descansando de forma dispar al principio, pero armonizando su cadencia después hasta formar un único y contundente ritmo que hace temblar las estructuras más débiles y el corazón de los temerosos.

La dulce sensación de escuchar el metal contra el metal, resoplidos, respiraciones orgullosas y el golpear de las vainas de las espadas contra las armaduras. El sonido seco de una lanza o alabarda que sirve a la vez como bastón y como aviso a incautos. Un chambelán acorazado y en formación que anuncia el paso de la autoridad. El orden. La ley. Y sobre todo, los que hacen que se cumpla.

El dulce olor de la tensión, el miedo, la ansiedad o la sangre. El aroma especial y singular que emanan aquellos que de forma inexorable buscan la calidez de una buena pelea, un cruce de estocadas, el sonido de varios huesos quebrándose al unísono o sencillamente la adrenalina que nuestros cerebros hacen correr por las venas.

Patrulla 2.png

Es una sensación de plenitud. De poder infinitesimal y totalmente propio. Un regalo envenenado que hace que ansíes más cuando su ausencia te devora por dentro, cual devotos de Talona.

Pero se trata solo de eso. Sutil espejismo. Ilusión de control.

Porque los que son hoy mis pares o aquellos que recientemente consiguieran su ascenso soldados son todavía opacos para mí. Lejanos.

Ha sido la Kenku la que de verdad ha logrado sorprenderme. En todos los sentidos posibles. Su habilidad para conseguir la condición de ciudadano y enrolarse en la guardia a pesar de ser una abominación de plumas, pico y otras mieles. Sus preciadas habilidades de imitación y la candidez pretendida de sus argumentos para hacernos creer que su mayor aspiración es poder servir con bondad al ciudadano. Ningún infiltrado de los Ladrones de las Sombras lo habría hecho mejor.

He patrullado por ciudad, extrarradio, caminos, grutas y templos abandonados. Mis grebas han pisado más terreno que muchos peregrinos, siempre vigilante, siempre atenta. Ansiosa por el mínimo desafío con el que ponerme a prueba.

He compartido la grosería irreverente y divertida de Azhar, la obstinación determinada de Rhyden, la bondad singular de Fortuna, la camaradería de Alice, la preocupación genuina de Asqel, los devastadores mandobles de Soran o la timidez enamorada de Tanya.

Y todavía no es suficiente.

Mi nombre es Moldreth, y todavía no concibo por qué sigo siendo recluta.
 
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Yaeko

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XIII.-

Hierro, ligeramente ahumado. Cuero, un penetrante olor a cuero. Adrenalina. ¿Está realmente presente o me persigue de tan solo hace unos minutos? Quizás sea el deseo. Belladona. Aromáticas y un leve deje a comida.

Todos aquellos olores llenan una amplia estancia vacía de relevancia. Solo yo. El espejo. Y un reflejo al que me quiero acostumbrar.

Junto a mí, sobre un banco de madera, descansan ceremonialmente mis pertrechos, preparados para un ansiado ritual. Algo que había perseguido toda mi vida al alcance de mi mano.

Tomo las botas primero. El cuero oscuro es firme, nuevo, y las hebillas brillaban con el trabajo de horas de pulido. Deslizo el pie derecho, ajustando las correas con cuidado, asegurándome de que todo quedara perfecto. Repito el mismo ritual con la bota izquierda. Mientras me inclino para tensar la última hebilla, una chispa de orgullo recorre mi pecho. Estas botas no eran cualquier par; Son mis botas.

Sobre ellas acoplo las grebas que, con diferentes piezas, harán de mis pies unos pilares acorazados sobre los que sostenerme sin vacilar. Robustos. Rígidos. Imponiendo con su sonido un aviso de lo que está por venir.

Compruebo el resultado en el espejo. Las botas me parecen sólidas, seguras, como si estuvieran hechas para sostener no solo mi cuerpo, sino también mis sueños.

Tomo los pantalones reforzados del banco, desenrollándolos con cuidado y calzándomelos. Siento la tela fuerte, flexible, cubriéndome las piernas. En el lateral, un escudo bordado parecía cobrar vida bajo la luz de la mañana. Ajustes, placas y todo encaja en su sitio. Perfecto.

Luego tomo un jubón. Negro, impecable, con detalles dorados que brillan con elegancia. Me la pongo con gesto calculado, sintiendo cómo se amolda a mi torso. Ajusté los botones uno a uno, notando cada pequeño clic que resonaba en la sala vacía. Cada pieza del uniforme era más que tela y cuero; era un recordatorio de las horas de entrenamiento, las caídas, los sacrificios.

La coraza de la armadura se sobrepone con delicadeza, aprovechando las flexibilidades y acolchamientos del jubón para prevenir roces, para evitar que hieran mi piel solo por su peso.

Mis manos buscan los guanteletes. Están fríos al tacto, pero en cuanto los coloco, se tornan una segunda piel. Una extensión de mi mano. parecieron volverse parte de mí. Alzo la mano frente al espejo, observando cómo reflejaban la luz. Por un instante, siento que podría sostener el mundo en mis manos.

Tomo el sobre peto. Rojo también. Un símbolo imperial bordado en el pecho que reluce y ocupa toda la visión restando protagonismo al resto de elementos. Cae hasta el cinto donde cuelga la vaina de mi espada. Respetando, sastrería mediante, los huecos y distancias necesarias para evitar atrapamientos. Precaución necesaria y suficiente para evitar una muerte absurda.

Entonces llegó el turno del manto. Lo levanté con ambas manos, cuidando que el tejido rojo, sanguino no rozara el suelo. Me lo coloco sobre los hombros, ajustando el broche dorado con el emblema de Amn. La caída es hacia mi diestra, previendo un espacio sobre el que adaptar el escudo y dejando una de las hombreras al aire. Una protección contra tajos descendentes o cuchilladas a traición que buscaran el ángulo entre el hombro y las costillas. La caída es perfecta, casi majestuosa. Al dar un paso hacia el espejo, el manto se balancea ligeramente, como si ya estuviera preparado para marchar conmigo al campo de batalla.

Por unos segundos, permanezco inmóvil, observándome desde los pies hasta la cabeza. Esa figura en el espejo... ¿Soy realmente yo? Los años de esfuerzo, las noches de dudas y los días de entrenamiento habían forjado a esta mujer. Una mujer que ahora vestía con orgullo los colores que lucía.
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Moldred espejo.png​

Inhalo profundamente. Levanto la barbilla, y dejo que mis propios ojos se encuentren con los que atentamente me esperan en el espejo. No había lugar para la inseguridad. Este era mi momento, el comienzo de algo más grande que yo misma.

Me permito una pequeña sonrisa antes de dar media vuelta. El sonido de mis botas contra el suelo resonó en la sala mientras me dirigía hacia la puerta.

Mi nombre es Moldreth y hoy soy soldado. Por la gloria de Amn.​
 

Yaeko

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XVII.-
Dicen que hasta en las noches más oscuras, en las que Shar consigue ocultar a Selune,
en las que la lluvia no te deja ver dos pasos más allá del camino,
en las que la nieve supera la rodilla y los bueyes no tiran del carro,
en las zonas más densas y atestadas de pillos, rateros y asaltadores de caminos,

Ellos aparecen si los necesitas.



Vincent Kallanach.png


Dicen las más viejas abuelas de las madres más longevas que alguna vez los vieron. Qué generación tras generación siempre hubo alguien que pudo interactuar con ellos. Sin morada ni domicilio conocido. Sin mayores posesiones que las que pudieran caber en su petate. Dicen que ni tan siquiera consideraron en pedir nada a cambio. Que tan solo el placer de hacer los caminos un lugar donde transitar era todo el pago que requerían.

Que en su fuero interno no hay mayor orgullo ni dicha superior a la de compartir el camino con desconocidos. Al hacer, de su transitar una forma de vida. Que las experiencias de los que le acompañan enriquecen su propia alma. Que las conversaciones al paso de una caminata en compañía ejercen sobre ellos como bálsamo bendecido.

Nadie se pone de acuerdo tampoco acerca de como podría ser uno de ellos. Desde menudas figuras del tamaño de los Hin a historias que establecen, con pelos y señales, como criaturas de 3 metros y auras de gran poder habrían aparecido en los caminos cuando se deseaba con fuerza y honraba a su señor. Apoyados en humildes cayados o enarbolando artefactos maravillosos que harían crecer las flores a su paso, las noches de tormenta en armoniosas melodías y a los bandidos asaltadores como una comparsa ambulante de variedades.

Ninguna de las historias coincidiría en nada más allá de su relación con los caminos, llegando desde lo vano a lo más disparatado. Historias de otra época, contadas de viejas a niños, de generación en generación. Al abrigo de una hoguera o pasadas todas las jarras de vino de la reserva.

Pero hoy, he conocido a uno de los hijos del viento. Un auténtico hijo de Shondakûl, la mano que ayuda. Quizás fue capricho de Tymora. O quizás los hados tuvieran a ver de hacer creyente de lo más descreído, pero tuve la oportunidad de vivir aquellas historias de mi Petrasenda natal en primera persona y de forma directa.

Fueron muchas las aventuras y lances que fueron intercambiadas. Desde peligrosos pantanos donde crecen materiales exóticos y muy valorados, o la titánica batalla contra uno de los seguidores de Malar. Fuera donde fuera, el camino parecía hablarle; guiando sus pasos hacia donde quiera que su imaginación, su recuerdo o su voluntad pareciera conducirle.

Su nombre es Vincent Kallanach. Y hoy los Hijos del Viento dejaron de ser un cuento de niños para convertirse en una verdadera historia.
 
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