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Efímero

Eyla

Receta de Noctis
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1. Génesis

— Buenas noches mi amor.
— Buenas noches mamá.

La letanía se repite tres veces. Luego, el silencio se mantiene hasta que la puerta se cierra y quedan rodeados por una ambigua oscuridad invadida por los resplandores del brasero.

— Mañana tienes que descargar carros, ¿Adam?
— Sí, pero solo unas horas. Luego podremos jugar.
— Qué bien.

Abel sonríe en silencio y tanto él como Adam y Ana se duermen.
Dentro de unas horas, un grito interrumpirá su sueño. Dos de los hermanos no tendrán tiempo de darse cuenta siquiera si están o no despiertos; por suerte, la muerte les alcanzará en ese confuso estado entre el sueño y la vigilia. Al tercero también lo alcanzará la muerte, pero, después de notar su caricia, tendrá que esforzarse por comprender porqué todo ha cambiado.

La frialdad del suelo lo abraza con fuerza. En el fondo de su cabeza suena una desagradable exigencia que no es capaz de comprender y le produce una sensación angustiosa. Está débil, tan débil...

Sus oídos captan algo. ¿Es lluvia? Sí, es lluvia... no. Son pasos.

Abel abre los ojos y se incorpora. La oscuridad absoluta le rodea durante los primeros instantes y luego, como si alguien hubiese encendido una pequeña llama sobre su cabeza, las líneas y los colores empiezan a emerger a su alrededor, cada vez más nítidos, cada vez más reales, hasta que la imagen de la cueva se forma alrededor de su pequeño cuerpo.

— Parece que despierta...— dice la mujer que se dibuja ante él. Bella, hermosísima, pálida como la luna—. ¿Cómo te encuentras, pequeño?

Hay un niño al lado de la mujer, un niño que ríe. Es de aspecto extraño, de la misma altura que Abel, tal vez diez años... pero que despierta en él el instinto de huir. Un instinto cuya efectividad solo se demuestra poniéndolo en pie.

— Vas a estar bien. Solo es un cambio— se pausa ella, camina dos pasos, acaricia el oscuro cabello de Abel— primero estabas muy débil, apenas respirabas, hasta que dejaste de hacerlo. No volverás a estar vivo, pero aun puedes morir.

De entre los paralizados labios del pequeño se escucha un gemido inconsciente. ¿Le está hablando a él?

— Estarás débil un tiempo más, pero luego notarás el hambre, muchísima hambre. Y pedirás sangre. Tus sentidos te ayudarán y quizá te pidan que huyas o que corras. Hazles caso, siempre.

Abel la mira como en un sueño, aun sin ser pesadilla. No entiende qué le dicen.

— ¿Quieres dormir más?

Una astilla de comprensión se clava en su cerebro. Por fin una frase inteligible, aunque extraña. ¿Dónde está su casa? ¿Y su familia?
Separa algo los labios, pero solo se escapa de su garganta el reflejo de una leve exhalación. Su cara es toda ojos asustados.

— ¿Me has oído pequeño?

La exigencia de su cabeza, la necesidad constante y desconocida, le confunde. Se esfuerza en emitir algún sonido:

— Yo... ¿dónde...?— articula, y solo porque los seres que le rodean tienen ciertas habilidades, es escuchado.
— En un sitio seguro. Pero tendremos que salir cuando venga el hambre.
— Yo no pienso esperar a que ese pueda moverse— dice una nueva voz, proveniente de la garganta de un hombre que se halla un poco apartado, acompañado de otro, que también habla:
— Es mejor esperar un poco. Lo hecho, hecho está.

Abel da un respingo al oír esas voces, y lo primero que pronuncia y es audible a nivel humano resulta también puramente inconsciente:

— ¿Dó-dónde está A-adam?

El silencio precede a la respuesta:

— ¿Quién es Adam, criatura?
— Mi... mi hermano.

La mujer se acerca aún más y sonríe levemente, dejando ver dos colmillos que Abel no puede ubicar todavía en su conocimiento ni su imaginación. Le coge la cabeza y, como si fuese un muñeco, le obliga a girarla, apuntando su mirada hacia un túnel de la cueva.

— ¿Tu hermano es alguno de esos dos?— dice, señalando dos cadáveres tendidos en el suelo.

El niño produce un gemido que perfectamente podría haber emitido un animal, y vuelve rápido la mirada, apartándola de las huellas de la muerte y fijándola en los ojos rojizos de la mujer. La incomprensible exigencia que se encuentra en su cabeza reverbera en su cerebro, cansándolo, pidiéndole a gritos algo que no conoce.

— ¿Donde... es-estoy?— dice, y la voz le empieza a temblar. Terminará de temblar dentro de muchas semanas.
— Por ahora estás en casa, criatura.

Abel niega por instinto. Primero una vez. Luego mira a su alrededor, asegurándose de su convencimiento, y vuelve a negar con los ojos cerrados.

— N-no, no, esto no es casa, no es casa...— repite, intentando por todos los medios vencer a la confusión que le rodea.
— Sí. Esto es casa, y nosotros somos tu nueva familia.

Abel da un paso atrás, acercándose hacia los cadáveres para apartarse de las cuatro figuras que, a sus ojos, están vivas. Ese grito en su cabeza insiste, imperativo, aumentando su incomodidad.

— No, no, no, no... no, no...— parece que solo recuerda esa palabra cuando un sollozo le devuelve las demás a su cabeza—. Quiero marcharme y volver con Adam y con Ana y con mis padres.

Es entonces cuando el siniestro niño que está al lado de la mujer emite las primeras palabras. Habla en un tono de voz extraño que desagrada y asusta aún más a Abel.

— Ellos ya no te querrán más— se acerca un par de pasos—. Pero podemos jugar juntos. ¿Quieres ser mi amigo?

Abel da dos pasos atrás para mantener la distancia con ese siniestro niño. Suelta otro sollozo y se agarra sus manos estrujándolas con ansiedad.

— Quiero marcharme...
— Déjalo— dice la mujer al niño— lo vas a asustar aún más, Leonard.
— Se acabará haciendo daño— condesciende uno de los dos hombres, aun alejado.
— Por favor— sigue Abel, sin escuchar nada más que ese grito en su cabeza— quiero irme... quiero marcharme a mi casa, por favor...
— Si vuelves morirás— sentencia entonces la mujer—. Tú ya no eres uno de ellos. Eres de los nuestros.

Abel la mira aterrorizado, más por incomprensión de esas palabras que por su significado.

— Te gustará, seremos amigos— susurra Leonard.

Abel niega, y los reflejos de dos lágrimas ruedan por sus mejillas. No es capaz de entender nada.

— Está débil, necesita alimentarse— vuelve a decir la mujer.

El niño extraño la mira a ella y luego a Abel.

— ¿Quieres que te lleve a por comida? ¿Tienes hambre?

Es con esta pregunta con la que Abel entiende por fin esa exigencia del fondo de su cabeza. El grito insoportable. Es hambre. Un hambre terrible que nunca había sentido.

— Quiero ir a comer a mi casa— solloza.

El niño extraño le tiende la mano.

— Vamos a por algo de comer.
— No— gime Abel, ya completamente desconsolado—. No, por favor, quiero irme a mi casa, por favor...— solloza fuerte y su voz se embota.
— ¡¡Pues vete!!— truena entonces uno de los hombres, haciendo que los sollozos de Abel paren en seco— ¡Vete de una maldita vez y deja de lloriquear¡ ¡Ya volverás!!
— Cálmate, es una criatura— le exige la mujer.
— Es innecesario, eso es lo que es— sigue el hombre con evidente mal humor—. Es lo último que nos faltaba. ¡Vete!

Dispuesto a seguir las órdenes del hombre, Abel se gira para enfrentarse a la cueva. La oscuridad no existe para él, pero sí el miedo a lo desconocido. El hambre suena en el fondo de su cabeza, y por algún motivo que desconoce le viene a la mente la imagen del cordero que su padre sacrificó en una boda a la que acudieron hace dos meses. El animal sangraba abundantemente.

Abel se lleva las manos de los ojos al estómago.
La imagen del cordero degollado es sustituida por la de Adam. Adam cuando se cortó con un clavo de la silla rota. Sangraba mucho, porque se lo clavó en la palma de la mano. Sacude la cabeza y mira al niño raro.

— Tengo mucha hambre.

El niño sonríe de lado a lado.

— Claro, ¡vamos!
— Pero... ¿luego podré volver a mi casa?—suplica.
— No. O sí. Tú mismo. Si vas, te matarán, te rebozarán en agua bendita y morirás. Eres un vampiro.

Algo hace saltar el corazón muerto de Abel. La confusión le satura el rostro. ¿Un vampiro? ¿Ha dicho eso, que él es un vampiro?

— No... no— dice, intentando hallar las palabras para explicarse—. Yo no soy un vampiro. Soy un niño, vivo en Crimmor, de verdad...- balbucea, deseando que le entiendan.

Uno de los dos hombres suelta una exclamación exasperada.

— Llévatelo a comer y haz lo que te dé la gana.
— ¿No nos acompañáis?— pregunta el niño.
— Es tu problema, encárgate tú.
— Id despacio y con cuidado. Pronto va a atardecer— aconseja la mujer.
— Y llévatelo a Crimmor para que lo vea todo. Así lo entenderá más rápido.

Abel se siente aliviado ante esas palabras dado que solo entiende la primera frase.

— Por favor, sí— musita, dejando de llorar.

El niño siniestro le indica el camino, y Abel le sigue muy de cerca. Las tres figuras adultas observan cómo se alejan en el interior de la roca.

Caminan por la cueva durante poco menos de una silenciosa hora. Abel anda como en un sueño, como si estuviese drogado o hipnotizado por la pena, el miedo y a confusión.
Leonard le exige trepar y dar algún salto para sortear los obstáculos que le impone la naturaleza, y Abel cumple con éxito esas exigencias, cosa que lo llena de aún más confusión. Abel Walls, el niño enfermizo y enclenque que era, habría sido incapaz de realizar tales proezas. Pero el sueño continúa, silencioso. Sus pies descalzos caminan ligeros y de vez en cuando lloriquea, sin dejar de andar, hasta que llegan frente a una puerta.

Los rayos del sol poniente se cuelan a través de las rendijas de la madera. Solo con mirar esa luz, los ojos de Abel duelen. El chico se los frota con los puñitos cerrados mientras Leonard observa ese gesto con complacencia.

— Ahora te demostraré que eres un vampiro— le dice el niño, con una sonrisa cruel que enseña todos sus dientes— La luz te hace daño.
— N-no...- contesta dudoso Abel-. Ya verás, no lo soy...

El niño se esfuerza por mirar el rayo de luz que incide sobre la roca. Parpadea varias veces para intentar en vano eliminar la molestia de sus ojos, que al final debe entrecerrar. Avanza unos pasitos hasta el primer rayo de luz y, quedándose en el límite, estira el índice de la mano derecha para que la luz lo ilumine.

— ¡¡Ahhhhhhhhhhh!!— chilla Abel, cuando su pequeño dedo se enciende como una vela. La impresión hace que se caiga de culo. Se agarra la mano y empieza a llorar—. No, no, no, no por favor, no, no, no, no.

Leonard suelta una carcajada.
— Sí, sí, sí. ¿Lo ves? Eres un vampiro- vuelve a reír.
— No, no por favor, quiero ser el de siempre. El de siempre. No soy un vampiro, no, no, no por favor...

Solloza durante una parte de la eternidad que ocupa mucho tiempo a los ojos de un niño. Minutos, horas... el sol se pone y la oscuridad empieza a esculpir sobre el paisaje exterior. Abel sigue llorando y Leonard espera paciente. Los sonidos de las alimañas acompañan a veces los gritos, que son contestados por el silencio. Sus hombros se sacuden en incontrolables temblores y las manos cubren su rostro deformado por la desolación. El niño siniestro aguarda hasta que esos estridentes sollozos se convierten en lamentos, hasta que los lamentos se convierten en quejidos, y los quejidos en débiles estertores.

Cuando las yemas de la oscuridad están cerca de acariciar la medianoche, Leonard le hace un gesto a Abel y este, cegado por el miedo, la tristeza y el hambre, obedece.
Salen de la cueva al fresco de la noche y Abel camina sin ver, cual fantasma, siguiendo a su pequeño guía y al hambre. Cree flotar en un sueño.

— Detente y abre bien los ojos— escucha él. Y obedece.

Por algún motivo, la noche tampoco está oscura. Abel ve perfectamente todo lo que le rodea: las rocas, los árboles, los matojos, y el hombre armado que hay frente a ellos y que cree estar resguardado en las sombras.

Leonard lo mata al primer movimiento hostil y, como en una pesadilla de la que es imposible despertar, Abel se lanza sobre las heridas del hombre y bebe como un infante amorrado al pezón de su madre durante lo que le parecen días. La imperativa exigencia que atenazaba su cuerpo afloja lentamente, despejando su mente y templando su ánimo tanto como las circunstancias lo permiten.

Su festín es interrumpido por un ruido que dispara sus alertas. Como lobos, los dos niños alzan sus cabezas e identifican el origen del murmullo. El instinto de Abel le obliga a seguir a Leonard, incluso a adelantarse a él, a subir a un árbol y a mantener silencio junto a su siniestro compañero de caza. De entre la espesura del bosque aparece un numeroso y diverso grupo. Hablan sobre rastros, sobre magia y sobre criaturas no muertas, mientras Abel se esfuerza por mantenerse petrificado, ayudado por el miedo constante más allá de cualquier circunstancia.

Cuando el grupo se aleja lo suficiente, Leonard suspira una onomatopeya de disgusto:

— Maldita sea, van hacia casa— dice, pero Abel solo escucha cuando le interpelan—. Oye, tengo que ir hacia allá, pero tú no puedes venir conmigo. ¿Conoces la cueva de las arañas?

Abel asiente en un silencio aterrado. Está cerca de Crimmor pero sus padres le prohíben acercarse.

— Tienes que guarecerte allí. Está en línea recta, siguiendo por este camino. No puedes perderte, pero tienes que ir rápido.

Vuelve a afirmar. El terror empieza a desvelarlo de ese estado de ensoñación fantasmal, aunque no lo suficientemente rápido.

Salta del árbol y corre. Y corre. Y llega a la cueva. Y entra. Solo, con el dedo quemado. Solo, con la ropa manchada de sangre del bandido. Solo, con los pies descalzos.
Se sienta en un rincón y llora.
Llora.
Y llora.
 

Eyla

Receta de Noctis
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— ¿Qué haces aquí? ¿Estás perdido?

Abel da un salto y alza los ojos. Ante él, un cuerpo femenino embutido en acero, capa roja y cabello rubio.
El miedo a lo desconocido aprieta su pequeño cuerpo contra la roca.

— No me hagas daño por favor— suplica a la figura.
— No... no te voy a hacer daño. Dime, ¿cómo te llamas?
— A-Abel Walls. Soy de Crimmor— susurra.
— Hola Abel— saluda la figura, esbozando una leve sonrisa tranquilizadora—. Yo me llamo Brynhildr. No voy a hacerte daño. Dime ¿te has perdido? ¿Estás herido?

El tono de voz de la mujer le resulta menos agresivo, así que, tras un momento de hesitación, Abel decide mostrarle la quemadura del dedo índice. Parece que hace eones que se quemó, pero apenas han pasado seis horas, aunque suficientes para que el hambre vuelva a cernirse poco a poco sobre su ánimo.
Con una delicadeza sorprendente teniendo en cuenta su imponente aspecto, la mujer toma la pequeña mano del niño entre las suyas. Con ojo crítico, examina la herida antes de hablar:

— No te muevas, voy a curarte eso— dice, manteniendo la pequeña mano infantil en su palma.

Abel, aunque reticente, decide confiar en ella y observa el procedimiento aun absorbido por su tristeza y la desorientación. Un rayo de luz blanca incide sobre la yema de su dedo como una aguja empapada en vinagre.

— ¡Ahhh!— el grito de dolor que Abel profiere arranca nuevos sollozos de su garganta. En seguida es consciente de su ingenuidad; no debería haber confiado en esa cruel desconocida, se dice a sí mismo mientras se agarra el dedo y lo aprieta fuerte contra su pecho, llorando sin consuelo alguno.

Estando con los ojos cerrados, no puede percatarse de la mirada de asombro de la mujer que, en un gesto rápido y conciso, exento de violencia aunque urgente, agarra la mandíbula del niño y exige con voz firme:

— Abre los ojos, Abel.
— ¡No, por favor!— grita el niño, retorciéndose en vano para liberarse del potente agarre.
— No te haré daño, abre los ojos.

El terror por el castigo a la desobediencia es lo que motiva al niño a dejar de retorcerse y separar sus párpados. Los rojizos ojos de la mujer penetran en los suyos, que se mueven frenéticos en su rostro inmovilizado.

— Por el Creador... ¿pero qué?— bisbisea la mujer.
La potente garra suelta el rostro de Abel, que instintivamente se hace un ovillo tembloroso contra la roca, casi queriendo traspasar la pared de su espalda. Lo único que desea en ese momento es desaparecer.

— Abel....— la mujer lo llama en un susurro y el niño le contesta con lágrimas y sollozos—. Abel— insiste—, ¿quién te ha hecho esto?

El niño comprende al acto la pregunta que le plantean.

— No... no lo sé— contesta desconsolado, sus palabras sacudidas aun por el llanto y la cara escondida entre sus brazos.
— ¿De dónde vienes?
— Me desperté en una cueva— explica, sin mirarla—. Había gente... u—una mujer y un niño... me dijeron que yo era... que yo era...—se atraganta en su propia miseria.

La actitud de la mujer cambia de forma súbita. Si Abel estuviese más atento, menos desorientado, vería y oiría la compasión que llena los ojos y la voz de su interlocutora.

— Escúchame, Abel, no pasa nada. Ahora estás a salvo. Yo— duda un instante— yo también soy como tú— dice, como si le resultase urgente consolar al niño.
Distan mucho esas palabras de confortar a Abel, que aumenta el volumen de sus lloros.

— ¡No!— exclama desesperado, su rostro aun oculto por sus brazos—. ¿Eres un mo-monstruo? ¿Cómo ellos?

De nuevo, el gesto es rápido. Tan preciso, tan fugaz, que Abel tiene las muñecas atrapadas entre los fuertes dedos de la mujer. Sus brazos quedan apartados de su rostro para asegurar el contacto visual directo con ella.

— Escúchame bien— dice Brynhildr, severa—. Monstruos son quienes te han hecho esto. Yo solo quiero ayudarte— su tono se vuelve más conciliador, le suelta los brazos—. Si te quedas aquí, morirás. Si te encuentra alguien que no sea como tu y como yo, probablemente te mate— la última frase la pronuncia en un susurro—. No podrás sobrevivir si no es a mi lado—. Sus palabras desploman las defensas de niño en menos de diez segundos—. ¿Lo entiendes, Abel?

La mujer se levanta y le tiende una mano sin dejar de mirarlo. El niño asiente débilmente y la toma, levantándose del suelo.

— ¿Y mi familia?— pregunta, casi sin atreverse.
— Iremos a buscarlos en cuanto estés a salvo. No sabemos qué les puede haber ocurrido, así qué...

Se interrumpe de golpe. En un gesto aún más veloz y agresivo que el de antes se da la vuelta, dejando a Abel cubierto por su intimidante figura. Adopta una posición defensiva durante medio segundo.

— Ah— dice después de este instante de tiempo, relajando el gesto—. Eres tú. Eterna noche.
— Eterna noche. ¿Qué ocurre?— dice una voz fría y masculina.

Se acerca hacia ellos, desde el fondo de la cueva, un hombre joven de piel y cabello blanco. Si no fuese por las circunstancias, el niño se daría cuenta de lo extrañas que son sus ropas a ojos contemporáneos.
Es Brynhildr quién contesta, con un tono cordial.

— Aerion, este es Abel. Acabo de encontrármelo. Lo han... convertido y... ha sido abandonado aquí. Solo.

El hombre llamado Aerion termina de acercarse a la pareja hasta quedar a un par de metros. Alza las cejas en un gesto de sorpresa, manteniendo los labios rectos.

— ¿Quién ha podido hacer algo así?— pregunta, acercándose un poco más.
— Habla de una cueva y una mujer con otro niño...
— ¿Más vástagos?
— Eso creo— contesta Brynhildr, que vuelve a agacharse a la altura de Abel para facilitar la comunicación entre ellos— ¿Esa mujer y ese niño de los que hablas... cómo eran?
— Como vosotros.

La respuesta no se hace esperar y es clara y firme, exenta de llanto esta vez. La siguen dos chasquidos de lengua que transmiten disgusto y desagrado por parte de los adultos.

— Una mujer que no es capaz contener su instinto maternal— conjetura Aerion, en un susurro. Brynhildr contesta con un asentimiento:
— Es posible... tendremos que investigar. Pero sea como sea, no podemos quedarnos aquí— dirige su voz de nuevo hacia el niño, cambiándola a un tono más amable—. Tenemos que irnos por ahora, Abel. Este lugar no es seguro para ti. Investigaremos dónde está tu familia, pero pueden haberse ido lejos si les han atacado— explica pacientemente, en un tono que amortigua la realidad a Abel—. Les encontraremos, pero por el momento tenemos que ir a otro lugar. ¿De acuerdo?

Abel sorbe fuertemente por la nariz y asiente.

— Va—vale— murmura.

Bynhildr asiente satisfecha.

— Sígueme.

El niño emprende el camino tras los pasos de Brynhildr. Aerion, tras él, le cubre las espaldas. Abel nota la mirada del adulto clavada en su nuca. Sus pies descalzos que, por motivos que no conoce, no han sangrado en todas esas horas, repiquetean suavemente contra la roca.

— ¿De dónde eres, Abel?— pregunta Aerion, en un tono neutro pero cortés.
— De Crimmor— contesta el aludido.
— ¿Y cuántos años tienes?

Ah. La pregunta del mal. De nuevo. Ni siquiera en esas extrañas circunstancias Abel es capaz de evitarla. Se arma de valor, pero el temblor de su voz le traiciona por primera vez en muchos años.

— O—once— contesta dubitativo, y por primera vez en mucho tiempo, probablemente por el miedo y la tristeza, la mentira es reconocida.

Brynhildr se para en seco y se gira para mirarlo con ojos reprobatorios.

— ¿No nos quieres decir la verdad?
— A esta edad suelen aumentar en un par de años la cifra— dice a su vez Aerion, colocándose al lado del muchacho para observar su rostro directamente—. ¿Cuántos años tienes de verdad, Abel?

De pronto, como en un pequeño paréntesis de tiempo y espacio, la preocupación de Abel vuelve a ser la de siempre: el juicio. El juicio por su aspecto. El juicio por su edad, por su estatura, por su inexistente corpulencia. El juicio por su escualidez.

— Si os lo digo, ¿no os reiréis de mí?— pregunta, mirando a los dos vampiros con los ojos bien abiertos, casi rogando.

Ambos cruzan miradas unos instantes, compartiendo con su expresión algo que el niño es incapaz de entender. Luego vuelven la vista hacia él.

— No nos reiremos, Abel, de verdad— promete Aerion.

El niño lanza un suspiro y mira hacia otro lado.

— Tengo catorce años— confiesa, y se niega a observar, de nuevo, las caras de sorpresa y extrañeza que aparecen a su alrededor cuando hace tal declaración. La incomprensión ronda unos segundos por el rostro de ambos vampiros. ¿Catorce? Se preguntan. Pero si parece que tenga diez—. Cuando nací estuve muy enfermo y débil y me quedé pequeño y raro, y hasta los tres años no aprendí a caminar ni a decir cosas y por eso soy enclenque y feo y no soy fuerte como Adam y sus amigos— explica el niño tan bien como puede.

Los dos adultos se miran entre ellos nuevamente, en un instante silencioso en el que Abel mantiene los ojos clavados en el suelo, invadido por la vergüenza.

— Bueno— la voz de Brynhildr parece algo contenta—. Pues ya no volverás a estar enfermo nunca.

Esa información despierta la curiosidad de Abel, que alza el rostro con curiosidad.

— ¿Nunca?— Aerion contesta negando y sonríe brevemente:
— Ahora eres un vástago, Abel, y los vástagos nunca enferman.
— Además, ahora eres muy fuerte— explica Brynhildr y, tras una pausa, señala una gran roca que hay junto a ellos—. Intenta levantarla.

Abel mira la roca, luego a la mujer.

— ¿Yo? ¿Esa roca?

Ambos asienten con expresión convencida.
Ante tal incoherencia, el rostro de Abel se entristece.

— Os burláis de mi...— murmura en un hilo de voz, sintiéndose ridiculizado.
— De verdad, Abel— dice Brynhildr, poniendo una mano en su espalda y empujándolo hacia el pedrusco— inténtalo.

Abatido, pero de nuevo temeroso de un castigo por desobedecer, Abel se acerca a la piedra. Pone todos los dedos en la base de esta y, apretando los dientes, empuja hacia arriba.
Con un fuerte ruido sordo, la piedra se despega por un lado obedeciendo a los deseos de Abel, cuyo rostro se transforma en una mueca de asombro e incomprensión.
Deja caer la roca y se gira hacia sus dos protectores con la boca abierta pero incapaz de hablar por el asombro.

— ¿Lo ves?— le dice Aerion, con una sonrisa levísima—. Ahora eres mucho más fuerte que cualquier niño de Crimmor.

Abel asiente mientras intenta recuperar el habla, intentando ignorar el hambre que ha vuelto a su cuerpo tras el esfuerzo.

— Adam se pondrá muy contento cuando se lo enseñe— dice, y una pequeña y fugaz sonrisa cruza su rostro por un instante. Será la única expresión de alegría que invada su rostro en las próximas semanas.

El camino sigue en silencio entre ellos. La clara oscuridad que les rodea no esconde nada para los ojos del niño, que mira a su alrededor con los párpados bien separados. El hambre restalla en su estómago, pero Abel intenta ignorarla. Sigue caminando hasta que choca con la armadura de Brynhildr, que se ha quedado parada frente a él.

— Ahora no debes tener miedo— le dice a modo de advertencia, antes de apartarse y dejarle otear una enorme bóveda de piedra, donde unas lentas y gimoteantes figuras caminan sin rumbo de un lado para otro.

Un escalofrío recorre la espalda de Adam, que instintivamente y sin ser consciente de ello camina hacia atrás y se aferra con las dos manos a las ropas de Aerion. No puede apartar los ojos de las figuras.

— ¿Qué...?— intenta preguntar, con voz temblorosa.
— No te harán daño, Abel— le explica Aerion, que se deja agarrar elegantemente durante unos instantes, colocando una mano tranquilizadora sobre el hombro del pequeño—. No están vivos y por lo tanto siempre van a protegerte. Pasaremos a su lado y no nos harán nada, tú mismo lo comprobarás.

Abel suelta una mano de la gabardina de Aerion, pero la otra se mantiene aferrada a ella como una pequeña garra.
Pese a que la naturalidad de ambos adultos debería infundirle tranquilidad, el terror rebota en los oídos de Abel cuando pasan a través de las figuras lentas y putrefactas. El hambre hace que se sienta aún más débil e indefenso. Llega al otro lado de la bóveda totalmente paralizado por el miedo, que aumenta cuando pasan por una arcada natural y entran en una cueva que parece adoquinada. En ella, unos cuantos sarcófagos de piedra oscura se mantienen cerrados.

— ¿Qué son?— pregunta, intentando no llorar.
— Son sarcófagos, pero no debes asustarte. No hay nadie dentro. Y aunque lo hubiera, no te harían daño— insiste Brynhildr, que no aminora el paso—. Ya falta poco, Abel.

El reflejo de una lágrima aterrorizada rueda por la mejilla derecha del niño, quién intenta que sus protectores no se den cuenta de su miedo, pero cuyas piernas están paralizadas.

— Venga— apremia Aerion, pero las piernas de Abel no se mueven. De pronto se siente extraño. Se lleva ambas manos al estómago.
— Abel...— dice entonces el hombre, con un tono más suave— ¿tienes hambre?

El niño suelta un sollozo al mismo tiempo que asiente. La verdad le duele y se tapa la cara con sus pequeñas manos, pero entre sus dedos ve como frente a él aparece una especie de vial lleno de un líquido rojo.
Al instante, la cabeza de Abel se pierde en el apetito. Aparta las manos de su rostro y las proyecta hacia la sangre, que todavía tiene cogida Aerion.

— Bebe despacio— ordena el adulto, antes de soltar el vial.

Abel asiente apremiado. Como un niño que se ha olvidado del resto del mundo ante la visión de una golosina, destapa el contenedor con prisa... pero se paraliza un instante antes de verter el líquido sobre su lengua.

— ¿De quién es esta sangre?

El silencio lo contesta.

— ¿Es de animal?— insiste.
— Así es— responde Aerion, sin dudar un instante en mentir al niño quién, por su parte, decide creer sus palabras.

Tarda muy pocos segundos en beber el contenido. Los tragos lo reconfortan exponencialmente, hasta que se lo termina.

— Tienes que beber siempre que sea necesario— le reprende con suavidad Aerion, antes de retomar el camino.

Prosiguen la marcha en silencio. Llegan a una sala más espaciosa que la anterior, de piedra más clara, presidida por un espejo enorme, frente al cual se paran. Ninguno de los tres es reflejado en la lisa superficie, cosa que hace que Abel se sobresalte.

— Este espejo nos llevará a la ciudad en la que vivimos— explica Bryhildr, con un tono de voz que intenta parecer tranquilizador.

Si Abel no estuviese tan aterrorizado y triste, entendería que los dos vástagos intentan, por todos los medios, que no se asuste con la presentación de ningún nuevo concepto. Parece que el suave tono de voz empieza a funcionar cuando, de repente, una figura emerge del espejo.
Es grande, de rostro duro y cabellos claros. El intercambio de saludos entre el hombre y los dos vástagos es formal pero no está exento de cordialidad. Abel los mira a los tres desde su inferior posición, sin entender demasiado lo que dicen. Después de unas cuantas palabras entre los adultos, el hombre recién aparecido se fija en él.

— ¿Y este quién es?— pregunta, mirándolo primero a él y luego a los dos adultos.

Aunque la cuestión tenga como sujeto a su persona, Abel no cree que se le esté preguntando a él. Mira a Aerion y a Brynhildr.

— Este es Abel, Morgan. Lo acaban de convertir y está un poco desorientado.
— ¿Lo acaban de convertir? ¿Quién?— pregunta el hombre extrañado, aunque un poco más frío que los otros dos.
— No lo sabemos. Habrá que investigar y, de momento, lo estamos llevando a la Necrópolis.
— Comprendo— el hombre asiente levemente y luego dirige una mirada al niño. Una mirada pasiva pero que provoca el retroceso de Abel hasta que se queda tras las piernas de Brynhildr.— Eterna Muerte tengas, Abel— dice.

El niño no puede ver como los ojos de los dos vástagos se ponen en blanco y, aunque lo hubiese visto, no comprendería lo que significa su reacción. Ese saludo lo taladra como una maldición. ¿Eterna Muerte? El llanto es casi instantáneo.

— ¿Pero qué le pasa?— pregunta el hombre, algo extrañado y molesto ante el repentino llanto, pero las atenciones de Aerion y Brynhildr se centran, de nuevo, en calmarlo.
— No pasa nada Abel, es solo un saludo.
— Sí, es una forma de hablar, es la forma de saludarnos en la Necrópolis. Es como decir "buenos días".

Abel siente a las explicaciones, pero aun tarda un rato en calmarse. El intercambio breve de palabras que se sucede sobre su cabeza es captado pero no analizado por sus oídos. Cuando levanta la vista, Morgan ya no está y Aerion y Brynhildr hablan en susurros casi mudos.
Cuando se dan cuenta que Abel los mira, ambos cambian el gesto a uno más cordial.

— Vamos, da un paso adelante hacia el espejo— dice Aerion, y al hacerlo desaparece tras el marco.

Abel da un respingo pero, temeroso de quedarse solo si no obedece, se dispone a imitar al vampiro.
Cielo negro, callejuelas estrechas, olor a húmedo y podrido y caminantes de lo más terroríficos. La ciudad le rodea como si las fauces de un lobo se hubiesen cerrado y él estuviese sobre su lengua. Sobre el suelo adoquinado se elevan edificios oscuros y de distintas alturas, caminan criaturas extrañas, algunas humanoides, otras muy distantes a ellas.
Brynhildr, que aparece tras él, lo empuja hacia adelante con una mano protectora sobre sus hombros.

— Nadie aquí puede hacerte daño, Abel. Por muy extraños que te parezcan los habitantes de esta ciudad, la ley te protege. No pueden tocarte— le explican, pero Abel escucha esas palabras como si se pronunciasen desde muy lejos. Hay algunos ojos que lo miran. Otros lo ignoran por completo...

El resto del camino lo hacen en silencio hasta que sus pasos se agotan en la entrada de un templo.
Los techos altos y oscuros hacen todavía más terrorífica la atmósfera húmeda y fría. A la izquierda de la entrada hay un altar custodiado por altas estatuas imperturbables. A la derecha, un enorme cristal rojo suspendido a cierta altura supura sangre a una pila que la contiene.

— Mira, Abel, este es el templo de Kanchelsis y este es el cristal sangriento, un regalo del dios a la Estirpe. Nadie ha sufrido para que puedas beber esta sangre, así que toma cuanta quieras cuando lo necesites.
Abel asiente. El cristal le llama la atención por ser algo totalmente atípico, pero al fondo del templo observa unos sarcófagos. Algunos abiertos, algunos cerrados. Los mira con tal ansiedad que Aerion se percata de su observación.

— No debes preocuparte por esto— dice, invitándole a acercarse a los féretros con un gesto—. Aquí es donde descansamos.

Abel da un respingo.

— Si te pasa algo...— empieza Brynhildr, y suaviza hasta el extremo su tono de voz—. Solo estamos imaginando, ¿vale?— Abel asiente con ojos temerosos—. Imagínate si te cortan un brazo. Solo es imaginar, recuerda.

El niño vuelve a asentir y habla.

— A Cedric que trabaja en el molino le aplastó la mano y lo vi— musita.
— Pues si eso te pasase a ti y durmieses en el ataúd, el brazo te volvería a crecer y no tendrías ningún problema.
— Pero... ¿os metéis dentro?— un tembloroso hilillo de voz sale de entre sus labios.

Los dos vástagos asienten, muy conscientes de que ese temblor y esos ojos anuncian otro llanto que desean evitar con todas sus fuerzas.

— Pero si cierras los ojos es como si durmieras.
— No les tengas miedo a los sarcófagos, Abel, son solo objetos. Y los objetos están para servirnos— explica Aerion, calmado.

Abel mira esos "objetos" con el miedo subiendo por su garganta. Intenta hacer caso a sus protectores, pero la realidad está ahí, delante de él. Son tumbas y quieren meterlo en una. Los dos adultos lo miran esperanzados, deseando que sus didácticas y suaves palabras hayan sabido apartar el miedo del niño...
El llanto empieza en un gemido y termina en un sollozo angustioso.

— ¡¡Quiero irme a mi casa!!— ruega Abel, hipando de amargura en menos de dos segundos.

Todos los presentes en el templo se giran para mirar al niño lloroso. Aerion y Brynhildr tuercen el gesto y se miran entre ellos, profiriendo un suspiro artificial de desesperación.
 

Eyla

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3. Espera

Aunque la mezcla de empatía e interés haya empujado las acciones de Brynhildr y Aerion hacia un comportamiento compasivo, los dos vampiros tienen asuntos más trascendentes que atender que cuidar de un niño asustado. Hacen lo posible por calmarlo y aprovechan la constante preocupación del chaval por volver a su casa para forzar su aceptación al abandono temporal:

— Tenemos que irnos para empezar la búsqueda de tu familia— le dice Brynhildr—. Tenemos que hablar con algunas personas que nos ayudarán a averiguar qué les ha sucedido, ¿vale, Abel?

¿Cómo va a negarse a la soledad en ese terrorífico templo si es el precio necesario para que empiece la búsqueda de Adam, Ana y sus padres? Brynhildr y Aerion se despiden de él con palabras amables y tranquilizadoras que poco ayudan al niño cuando se encuentra solo en el siniestro lugar. Agarrándose las manos con fuerza, aun con los pies descalzos, se desplaza hacia un rincón que hay bajo unas escaleras de piedra y se hace un ovillo.

Se siente extraño esperando lo que acaban siendo más de veinte, treinta o cuarenta horas de soledad. No tiene sueño, tampoco dolor, o frío por estar sentado sobre la piedra. Solo hambre. O sed. O ambas. Estudia esa sensación cuando no llora su desventura. Intenta comprender esa mezcla de necesidades que lo desorienta por completo, pero siempre acaba corriendo a beber del cristal sangriento antes de que esa emoción imperativa sea lo suficiente intensa como para notar sus matices. Es un sentido distinto al hambre o la sed. No solo por su intensidad, si no por las reacciones que le provocan... pero sería incapaz de explicarlo, ni siquiera de forma ambigua, si alguien le preguntase por las distinciones entre uno y otro.
De todos modos, nadie le pregunta. Está solo mucho tiempo, aunque la percepción tampoco es la que habría sentido durante cuarenta horas de espera siendo el niño humano que salió de Crimmor. La gente entra y sale, reza tras el imponente altar, pero no repara en él. El único que lo mira es el extraño elfo de dos caras que está representado en esa enorme estatua que se alza frente al altar. Kanchelsis.

La visión de Bryhildr cuando vuelve al cabo de todo ese tiempo es como un baño de agua caliente para un hombre atrapado cuarenta días en una ventisca. Nada más verla entrar, se levanta de su rígida posición y corre hacia ella. Quiere abrazarla, pero se contiene. La mujer se preocupa por él; por su estado físico pero sobre todo por su ánimo. Hace lo posible por erguirle la moral. El intercambio de palabras dura lo suficiente como para que Abel perciba como satisfecha su necesidad de atención, socialización y afecto, y cuando la mujer se marcha con la promesa de que ya han empezado a buscar a su familia, Abel se siente algo más optimista. Pasea por el templo durante una hora, observando más de cerca la estatua de Kanchelsis y mirando los sarcófagos a una distancia prudencial. Luego, vuelve a ovillarse su rincón. Se abraza las rodillas y apoya su barbilla sobre ellas, mirando de nuevo el flujo de ciudadanos de la Necrópolis entrando y saliendo del templo, rezando y hablando.
Y llega Aerion. De nuevo, con aquella neutralidad y elegancia que lo caracterizan, con sus barrocas y graves palabras, sube también levantar el ánimo de Abel. El niño no sonríe ni es feliz; ni siquiera roza la alegría, pero su pecho queda reconfortado. El discurso del vampiro queda interrumpido ante la llegada de una mujer vestida con elegantes ropajes oscuros y rostro cubierto por un velo negro.

— Ah, Baronesa Saddira- saluda Aerion—. Eterna muerte tengáis.

La mujer le corresponde al saludo con las mismas palabras, en una voz que capta por completo la atención de Abel. El niño la mira acercarse en mutismo absoluto.

— He venido para comprobar si los rumores eran ciertos— dice con suavidad, pero nitidez.

Los ojos de Aerion, solo los ojos, esbozan una sonrisa. Se apartan levemente de Abel para que la mujer se posicione frente a él.

— ¿Cómo os llamáis?— pregunta mirándolo a los ojos.

El niño, demasiado impresionado por la presencia de la mujer, no por su corpulencia, sino por su solemnidad y majestuosidad, solo tiene ojos para ella, pero ninguna palabra.
Tras unos segundos de silencio, la voz de Aerion interviene:

— Abel, la Baronesa te ha hecho una pregunta. Contéstale—. El tono no es el de una reprimenda, solo de exigencia.

El mentado se arma de valor e inspira artificialmente:

— M-me llamo A-Abel Walls— titubea el niño.

Como respuesta, una fría mano marmórea se alza lentamente hasta colocarse sobre la mejilla de Abel. El niño se paraliza ante el contacto y abre aún más los ojos, cuyo color rojo empieza a intensificarse. Un pulgar recorre su piel descendiendo hasta los labios. Insta a que se separen con un leve gesto que, aunque carece de fuerza o agresividad, es tan persuasivo como una amenaza. La boca de Abel obedece y se abre levemente, dejando que la mujer pase el pulgar bajo sus dientes hasta encontrar los colmillos.

— Así que es cierto— mira a Aerion y asiente pensativa—. Decidme, Abel, ¿ya sabéis lo que sois?

El niño, totalmente desacostumbrado a tal tratamiento, tarda un segundo en reaccionar. Luego se obliga a una rápida contestación. Asiente un par de veces, su gesto aun ralentizado por la impresión.

— Soy un vás-ta-go— dice reflexionando a cada sílaba, temiendo por encima de todo equivocarse al pronunciar esa palabra. La mujer asiente con satisfacción.
— Baronesa, Abel, tengo que marcharme ahora. Volveré pronto— le dice Aerion al niño, colocándole una tranquilizadora mano en el hombro, que es percibida como una pequeña llamarada de ánimo en medio de la tormenta de nieve en la que vuelve a ser abandonado.
— Abel, he oído que no sabéis quién os ha convertido. ¿No recordáis nada de ellos?— inquiere la mujer con voz calmada.

La faringe del niño se mueve como si hubiese tragado saliva.

— Yo... en la cueva... había una mujer y un niño y... un niño como yo. Como yo... ahora— balbucea de forma inconexa.

Por suerte o por desgracia, es interrumpido de nuevo. Una figura corpulenta y enmascarada, de brillantes ojos rojos, penetra en el templo como una ráfaga. Sus furiosos pasos se detienen a unos metros de Saddira y el niño.

— Madre— dice, con voz grave y masculina.
— Ah, hijo... cuánto tiempo sin verte— casi bisbisea la mujer, mirando al recién llegado.
— Sí... he estado cazando— se excusa el hombre en un tono que mezcla justificación e ira.
— Bien— asiente la mujer, aunque a Abel no le parezca que su tono es ni remotamente parecido a la complacencia—. Blake, este es Abel, acaba de ser convertido.

El hombre se acerca un par de pasos para mirar al niño. El ruido de su armadura acompaña a sus movimientos. La máscara le cubre todo el rostro y solo los ojos se perciben, que otean a Abel con mirada crítica. El niño lo observa, con miedo, la gran envergadura. La máscara lo impresiona demasiado.

— ¿Qué...?— empieza a preguntar al hombre— ¿Qué es lo que tienes en la cara?— pregunta con lo que parece ira contenida.

Abel reacciona a esa pregunta casi desorbitando los ojos, sin entender lo que le están preguntando. Después de los instantes necesarios para procesar la información, hace el gesto de pasarse la mano por el rostro para retirar cualquier mancha que pueda tener, pero su mano se queda a mitad de trayecto cuando el hombre vuelve a separar los labios.

— ¿¡Por qué hay miedo en tu cara!?— vocifera.

Abel da un salto que lo lleva un par de pasos hacia atrás, totalmente aterrorizado. El hombre deja de mirarlo y pregunta a Saddira.

— ¿¡Por qué su rostro está lleno de terror!?— inquiere, con una traza de incredulidad en todo ese reguero de ira y odio.
— Cálmate— dice su madre, casi ordena, en el mismo tono tranquilo y pausado, igualmente frío, en el que ha iniciado la conversación—. Es solo un niño que acaba de ser convertido. No tiene ni madre ni padre.

El desconcierto de Abel no es capaz de superar el miedo que siente, y la necesidad de aclarar que sí tiene padres desaparece al siguiente berrido.

— ¡Claro que tiene padre!— vocifera el hombre, y con un gesto agresivo y brusco se gira hacia el altar y se planta frente a él—. ¡¡Díselo Padre!!— chilla, y Abel se da cuenta, mortificado, que el hombre le está hablando a la estatua de dos caras—. ¡¡Dile que todos nosotros somos tus hijos!!

Las piernas del niño lo instan a salir de allí corriendo, pero el resto de su cuerpo teme hacer algún movimiento. El hombre se queda frente a la estatua en silencio, esperando una respuesta.

Durante los siguientes días de espera, y después de ellos, Abel lo verá aparecer y quedar inmóvil frente a la estatua. El niño se mantendrá bien quieto en su rincón, mirándole la nuca, rezando a Chauntea para no ser visto.
 

Eyla

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4. Zombiepulta

— Brynhildr me ha dicho que mis padres no están en Crimmor, que a lo mejor huyeron...— duda, pero añade en tono funesto—: que a lo mejor les ha ocurrido algo malo.

Desde su posición superior, Aerion asiente con el posado frío, mirando hacia abajo para poder mantener el contacto visual con el niño.

— Abel, ¿has salido del templo desde que te trajimos aquí?

El aludido niega levemente.

— Acompáñame— indica el adulto de pelo claro, dándole la espalda al pequeño y encaminándose hacia los portones del templo.

Abel lo sigue con pasos ágiles y, cuando las puertas se abren, la Necrópolis de Emnekhul se clava en los rojizos ojos de Abel como mil agujas ardiendo. Sí, la había visto al llegar, pero la confusión y el miedo le habían dejado marcado en sus retinas un sello caótico. Ahora, a medida que un pie se adelanta a otro en el camino, puede apreciar con algo más de frialdad la esencia del lugar que le rodea.

— Tienes que dejar de mirar estas calles con miedo, Abel— le dice Aerion en un tono sosegado pero firme—. Ahora eres un vampiro, tienes que comportarte como tal.

Abel es incapaz de asimilar esas palabras. Solo mira asustado a su alrededor, siguiendo a Aerion tan pegado a él como es capaz. En un punto, subiendo por una calle adoquinada, oscura y estrecha, como todas, su mirada se cruza con la de un gigantesco y fornido hombre con unos ojos que le recuerdan a los de los pescados del mercado. Abel lo mira, girando su cabeza; imposible apartar la vista de ese rostro. Se choca contra la espalda de Aerion.

— Eterna noche, Strich— dice el hombre a una figura que se halla ante ellos.

“Son bajitos, como tú, pero no te fíes” le dice la voz de Adam al oído. “Tienen la piel escamosa y la lengua larga. Unos dientes gigantescos que usan para… comerse a los niños. No debes salir de la ciudad y mucho menos adentrarte en la zona pantanosa, porqué te zamparán para merendar” le contaba su hermano gemelo, y a la vez hermano mayor, no con la intención de darle miedo, si no queriendo evitar que el niño se extraviase durante algún paseo.

El kobold que tiene delante no se está comiendo a ningún niño, solo a un melocotón. Sus grandes ojos muestran un brillo de reconocimiento al otear a Aerion y una chispa de curiosidad al ver al niño que se halla tras él. Traga sonoramente, vaciando sus llenas mejillas de fruta.

— Buenass nochess- dice a modo de saludo, acercándose con lo que parece prudencia—. ¿Y éste?— pregunta directamente, señalando con un gesto de barbilla hacia Abel.

En vez de presentarlo, Aerion mira al niño y alza ligeramente las cejas. Parece que solo es un gesto ínfimo, pero Abel enseguida entiende el requerimiento que esos ojos exigen.

— Ho-hola— dice al kobold—, me llamo Abel Walls.

El escamoso ladea la cabeza para, tal vez, observarlo desde un ángulo distinto. Entrecierra los enormes ojos, como dos esferas oscuras, y de pronto da un paso atrás.

— ¿Lo habéiss convertido?— pregunta Strich, mirando a Aerion con la sorpresa pintada en su extraño y reptiliano rostro.

El vampiro adulto niega pausadamente.

— Lo han convertido— puntualiza—. No sabemos quién lo hizo dado que fue abandonado, pero ahora ya está protegido por las leyes de la ciudad.

El kobold lo mira. A Abel le parece algo reacio a aceptar esa realidad... durante unos segundos. Luego se encoge de hombros y cambia de tema, lo que alivia en profundidad al pequeño.

— Tengo un nuevo proyecto entre manoss, tal vez podríais ayudarme a transsportarlo...— dice, dando un último mordisco al melocotón y limpiándose las manos en las perneras.
— ¿Otro proyecto?— Aerion alza una ceja.
— Yo lo llamo— el kobold cierra los ojos y extiende las manos ante él, como si leyese un letrero invisible— ¡la zombiepulta!

El nombre, tal vez por su infantilismo o por su falta de pretensiones, llama la atención de Abel de un modo favorable. Presta oídos curiosos a Strich.

— Es como una catapulta, pero lanza zombies como proyectiles— resume con una simpleza que resulta tremendamente agradable a Abel.

Una curva, lo que parece ser el inicio de una sonrisa, dibuja los labios de Aerion. Mira a Abel de reojo, que lo mira a su vez con los párpados bien separados. El adulto asiente.

— Te seguimos— dice quedamente.

El kobold parece esbozar una sonrisa que muestra gran parte de sus alargados dientes. Adam tenía razón, es una sonrisa escalofriante, pero solo el hecho de que los ojos del ser se hallen a una altura similar que los de Abel, y que este no tenga que alzar el rostro para mirarlo o hablarle, provocan una leve simpatía por parte del niño.

Las estrechas callejuelas serpentean laberínticas y los llevan hasta el extremo de la ciudad, donde viejas ruinas de casas y torres de arquitectura gótica solo son escuetas formas cadavéricas sin color. Entre estos escombros, sombras y desperdicios, una casucha apenas visible asoma entre los escombros. La chimenea desprende un hilillo de humo tan débil como la chabola. Una tela sucia hace de puerta, y las paredes son restos de madera, a excepción de un lateral, cubierto por un muro en ruinas suficiente alto como para parapetar la "edificación" del viento y el frío.
Pero el kobold no entra en su cabaña, si no que la rodea hasta llegar a la parte de atrás, donde un banco de trabajo, cientos de herramientas, cubos, tablas de madera, trozos de metal, cuerdas y más material se esparcen en aparente desorden. Tras el banco de trabajo, una carreta significativamente grande, aún más en comparación con la figura del kobold, se mantiene clavada en el suelo mediante unos toscos frenos de madera. Sobre ella, un instrumento parecido a una catapulta, pero con cierta ingeniería modificada, se mantiene atado y bien atado.

— ¿Me podéiss ayudar a transportarla, entonces?— pregunta Strich, mirando a Aerion y a Abel con enormes ojos de expresión neutra.

Es Aerion quién sujeta los dos agarres de la carreta como si fuesen dos cestos cargados de plumas. Con sorprendente gracilidad y elegancia, transporta la carga a lo largo de un estrecho camino adoquinado. Strich le sigue en silencio, y Abel hace lo propio mirando furtivamente al kobold, que lo tiene atrapado con ese nuevo aspecto.

No se da cuenta de que salen al exterior de la muralla hasta que lo han hecho. Por suerte o por desgracia para Abel, el vacío que les rodea es tan infinito que su pequeña e infantil mente es incapaz de dimensionar el lugar.

— ¿Sabes que no debes salir solo, verdad Abel?— dice Aerion, que observa como el niño intenta, en vano, encontrar un orden de magnitud para la altura del precipicio que se halla a unos metros— No todavía.

El niño se da por vencido, alza la cabeza del suelo y asiente. Durante unos instantes, en los que se mantiene prudentemente alejado de la zombieputa, observa los movimientos de Strich. El kobold se coloca unas gafas que hacen aún más grandes sus ojos saltones. Con una mano sujeta una herramienta cuyo nombre Abel desconoce, y con ella ajusta algunos mecanismos de esa incomprensible amalgama de palancas, clavijas y engranajes.
Tal vez es por la falsa sensación de estar al aire libre, o por la agradable simpleza de la situación a la que Strich les ha conducido, pero Abel se siente ligeramente relajado. Tanto lo está, tan abstraído en los movimientos del kobold, en la reconfortante cadencia de la voz de Aerion en sus breves comentarios, que no se da cuenta de los pasos que se acercan.

— Eterna noche, ciudadano Aerion— la gravedad de la nueva voz, el retumbar de las palabras en los oídos de Abel, hacen que la sensación de haber sido sacudido por una pesadilla vuelva a su pecho como una descarga.

Se gira hacia el origen de lo que, en ausencia de palabras, no habría sido capaz de considerar una “voz”, para toparse con la imagen más terrorífica que ha visto desde el día en que nació: una armadura, gigantesca y absurdamente retorcida es el núcleo de la figura. El desconocimiento impide que el niño procese correctamente lo que ve: parece como si la carne y el metal de la armadura se fusionasen, se solapasen y absorbiesen el uno al otro, formando una grotesca imagen sobre las retinas de Abel. Alrededor de tal terrorífica figura, un aura rojiza, totalmente visible, se retuerce y ondula como una niebla siniestra.

Abel se refugia de un salto tras Aerion, asomándose solo parcialmente para mantener el contacto visual con el monstruo, tal y como le indica su instinto de supervivencia…. durante un instante. Sí, porque cuando uno de esos tentáculos incorpóreos lo alcanza, una agradable sensación, casi reconfortante, lo invade. Al mismo tiempo, la tristeza alcanza su corazón. Este cambio súbito en sus alertas y en sus emociones no hacen más que confundir al niño, que empieza a temblar como una hoja.

— Eterna noche, Vrarhe— contesta Aerion, y mira tras de sí para clavar una mirada fugaz en el niño—. Abel, no debes tener miedo, él es Vrarhe. Está aquí para protegernos.

Strich sigue atareado en los ajustes de la zombiepulta, y durante unos instantes solo se escuchan los ruidos que produce el pelele de paja que el kobold carga en el instrumento, mientras Abel evalúa, con rostro aterrorizado, la figura que supuestamente va a protegerle.

— Él es Abel, acaba de ser convertido— explica Aerion al caballero de la muerte, que observa en silencio al niño. Abel escucha esas palabras lejanas, amortiguadas por el velo del miedo que cubre todos sus sentidos.

— Abel, es un honor conocerte— dice entonces la desfigurada armadura, llenado el ambiente con esa poderosa y retumbante voz, devolviendo de luego la mirada al vampiro adulto—. Tal vez podría brindar mi ayuda en su entrenamiento, si se considera adecuado…

La conversación se pierde en la cabeza de Abel, vencida por las preguntas que lo avasallan: ¿qué es eso? ¿Por qué está vivo? ¿Por qué una criatura así le habla? ¿Qué es esa niebla roja que le rodea? ¿Por qué le hace sentir tan… raro? ¿Los va a matar? Claro, solo está engañando a Aerion, en cualquier momento saltará sobre ellos y se los comerá. No puede ser una criatura que le proteja, no ese amasijo terrorífico. Los matará. Los va a matar, los…

¡¡PAM!!

El estruendo de la zombiepulta al ser accionada hace saltar el resorte de huida de Abel. Con un grito absolutamente infantil, sale disparado de la espalda de Aerion y se pierde a una velocidad vertiginosa tras las murallas de la ciudad. A sus espaldas, una voz terrenal proclama:

— Prueba de la zombiepulta número uno. Resultado: éxito.
 

Eyla

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5. Eterno​

— ¿Qué es esto?

Abel está harto de asustarse de los habitantes de la ciudad.

— ¿Qué, es, esto?
— M-me llamo Abel Walls— contesta a la mujer de expresión cruel, ante la imperativa mirada de Aerion.
— ¡No estoy hablando contigo!— le gruñe ella, y el niño no tiene más remedio que bajar la cabeza y esperar en silencio—. ¿Qué es esto?— vuelve a preguntar.

Aerion le explica a Hécuba la situación, y Abel escucha de ella qué su existencia es un error. Que deberían haberlo eliminado nada más verlo. Qué si por ella fuese lo destruiría ahí mismo. Que espera que se vuelva algo útil o de lo contrario lo hará desaparecer...
Para evitar ponerse a llorar, tiene que pensar en la amabilidad de Aerion, de Brynhildr, de Strich y de su nueva amiga Alysse. Por suerte ellos no desean su destrucción. Abel aguanta el chaparrón, en el que ni siquiera le dirigen la palabra. Y aparece otra monstruosidad.

— Lord Castigo.

Pero Abel es solo ojos y oídos.

— He oído hablar del bisoño. Dime, Abel, ¿ya sabes lo que eres?

Pero Abel es solo ojos y oídos. No tiene boca.

— ¿Ya sabe que nunca podrá hacerse mayor?

Algo se sacude en el cuerpo muerto de Abel. La máscara de Aerion se resquebraja cuando el niño lo mira.

— ¿Sabes que nunca envejecerás?

La boca de Abel empieza a dibujarse en su rostro.

— ¿Sabes que siempre te quedarás así de pequeño?
— ¿Aerion…?

Su voz es extraña en sus oídos. Lo es desde que se transformó. Las percepciones siempre son distintas, pero ahora lo parecen aún más.

— ¿Es cierto que nunca me haré mayor?

El impertérrito rostro de su protector asiente con frustración.
Pero los ojos y los oídos de Abel han desaparecido.
En su rostro ahora solo hay una boca llena de eternos y jóvenes colmillos.
Una boca que grita. Que solloza, desesperada.
Siempre será el pequeño, enclenque y deforme chico de catorce años que estuvo demasiado enfermo en sus primeros años de vida como para hacerse fuerte como su gemelo Adam. Siempre tendrá esa enorme frente, esos enormes ojos de niño, esa caja torácica pequeña, ese aspecto ridículo y deplorable, digno de compasión. Siempre será quién odia ser.
Su boca se abre tanto que sus labios se resquebrajan, deforma su aun y para siempre infantil rostro. Corre y chilla sollozando con la cara seca. ¿Por qué no puede crecer? ¿Por qué Chauntea no le quiere? ¿Por qué hizo que naciese deforme y enfermo para luego mantenerlo eternamente con ese aspecto? Nadie le respetará nunca. Aunque fuese tres, diez, cien veces más fuerte que Adam, seguiría siendo el niño rarito de los Walls, aunque tenga doscientos años. ¿Por qué su vida tiene que ser así? ¿Por qué nunca podrá ser guapo como su hermano? ¿Y porqué no puede odiar a su hermano? A su querido Adam… que crecerá y se haría mayor, que tendrá una mujer guapa y una profesión por la que ser admirado mientras él… Mientras él se quedará con ese ridículo aspecto toda su vida.
Se halla encaramado al precipicio, desde lo alto de una torre. ¿Y si se tira? No morirás. El mismo aspecto, Abel, recuérdalo. La misma cara, el mismo cuerpo, la misma enorme frente…
Una mano se posa sobre su hombro.

— ¿Has visto la Necrópolis, Abel?

El niño se gira. Aerion sigue ahí. Lo ha seguido. Strich también está.

— ¿Sabes que no solo la Corte Inmortal ha sido quién la ha levantado?

Abel empieza a tener oídos otra vez.

— También los Hijos del Hambriento y los servidores de Syzdothyx se unieron para crear un faro de oscuridad, un refugio.

La boca de Abel empieza a hacerse pequeña. La gigantesca ciudad se extiende a sus pies. Está muerta, toda ella, pero parece igual de viva que Crimmor.

— Numerosos ataques de la superficie hicieron necesario el alzamiento de esta ciudad.

Los ojos de Abel, rojos como el sol naciente que jamás volverá a ver, se enfocan en el adulto, que mantiene una fría mano cálida sobre el hombro del pequeño eterno.

— Escúchame, te contaré la historia de esta ciudad.
 

JirenDeGeminis

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me agrada leer este relato,sigue asi mi Tuigana favorita
 

Eyla

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thomas":idndfwyl dijo:
Offtopic :
me agrada leer este relato,sigue asi mi Tuigana favorita
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¡¡¡Muchas gracias!!! Qué ilusión que los leas
 

Khaof

Minsorrano sin caminos
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Ya que te "ensucian" el post hahah aprobecho escribes de 100! me encanta! esto da mucha mas profundiad a Abel, me encanta sigue! :D
 

Eyla

Receta de Noctis
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6. Crecer

A veces está bien que sigas el consejo de Brynhildr, Abel. A veces está bien salir del templo. No te alejes demasiado; dos o tres calles a lo sumo antes de volver al refugio en el que se ha convertido ese edificio alto, negro y lúgubre. Lo bueno es que, de vez en cuando, durante esos paseos que por su durada y poco confort son más bien incursiones, te encuentras a Strich.

No sabes si es porqué ambos sois igual de bajitos, porque el kobold es tranquilo o por qué no te ha juzgado por tu condición como tantos otros, pero te cae bien.

Y precisamente por eso le has pedido ayuda.

No eres idiota, pequeño Abel. Han pasado más de treinta días desde que llegaste a la Necrópolis con el rostro lleno de polvo y los colmillos recién salidos. Treinta días te has pasado rezando a Chauntea en el templo de Kanchelsis para que encuentren a tus padres, en vano.

Estás harto de las largas, de las excusas y de las expresiones ambiguas. Brynhildr y Aerion cuidan de ti, sí, pero siempre evitan hablar de tus padres: "Estamos buscándolos, pero no están en la ciudad, así que será más difícil encontrarlos" ¿Y por qué no preguntan a los vecinos? Es imposible que tus padres se hayan marchado sin ti, sin avisar a nadie, sin dejar un mensaje a la señora Flora... Algo extraño hay en el comportamiento de los vampiros, y por desgracia ya te has planteado varias veces que tu familia esté muerta.

Odias no poder llorar. Odias sollozar sin lágrimas, te sientes ridículo, vacío. Sientes que no quieres suficiente a Adam y al resto de tu familia, pero eso no es cierto, ¿verdad? Te mueres de ganas de volver a ver a Adam, de abrazarlo y jugar con él. Te mueres de ganas de darle besos a Ana y de dejarte arropar por tu madre. Te mueres de ganas de sentarte junto a tu padre en la mesa y escucharlo hablar. Te da igual ser un vampiro, un monstruo. Incluso te da igual ser un niño para siempre. Has tenido muchas horas para reflexionar en soledad sobre este punto en concreto, y la conclusión es que puedes soportar cualquier cosa si estás con tu familia. Pero no tienes lágrimas.

Quieres encontrarlos cuanto antes y volver a Crimmor. De algún modo tus padres te ayudarán con tu nueva condición. Te querían lo suficiente como para no renegar de ti por ser un vampiro, estás seguro.

Strich ha accedido a ayudarte a cambio de nada, y ambos os encontráis en ese momento en la cueva de las arañas. El mismo sitio en el que, semanas antes, Brynhildr te encontró temblando de miedo y, junto a Aerion, te llevó a la Necrópolis. Esperáis en silencio al conocido de Strich. El kobold no ha especificado nada más, solo te ha dicho "tengo un amigo que podrá ayudarnos, ya que ni tu ni yo podemos movernos libremente por Crimmor".

Escuchas el aleteo de los murciélagos, los frenéticos pasos de las arañas y las gotas de agua repiqueteando contra la roca. Un hombre entra en la cueva con el rostro al descubierto, y sus rasgos te habrían parecido graciosos si hubieses estado en otra situación: tiene los ojos estirados, pequeñitos, como la gente de Kara-Tur, pero su tez no es blanca si no excesivamente morena. No dice su nombre en ningún momento.

— Bueno, ¿en qué puedo ayudarte, compañero?— pregunta a Strich.
— Necesito que vayas a Crimmor y preguntes por una familia.

El hombre, de expresión relajada y reflexiva, ladea la cabeza.

— Te escucho.

Pero obtiene como respuesta la rotación de los saltones ojos de Strich hacia ti.

— Mis padres— dices de forma contundente. Después haces el gesto de tomar aire, aunque no lo necesitas, y sigues hablando—. La familia Walls. Mis padres se llaman Ross y Linda, mis hermanos Adam y Ana. Nuestra casa se encuentra en la calle de la Hilandera, en la casa que hace esquina con la calle de las Flores, delante de la tienda de botones de la señora Magda.

El hombre asiente.

— Solo tiene que preguntar dónde están, qué les ha pasado— finalizas, Abel, y en esos momentos te sientes el niño más miserable de todo Toril.

— ¿Por qué no me acompañas muchacho?— pregunta amablemente el hombre de rostro extraño, que claramente no se ha percatado de tu condición de vástago—. ¿No quieres ver a tú familia? ¿Has hecho alguna trastada y te has escapado?

¿Qué puedes contestar a eso? Nada. Y por ese motivo Strich se adelanta.

— Es complicado— dice escuetamente, pero, aunque el hombre frunce el ceño, no hace más preguntas.
— Volveré en unas horas.

Y son las horas más largas de tu existencia. De lo que ha sido tu vida y lo que será tu muerte. Cada segundo que pasa es una agonía. Cada instante es una tirada de dados: si sale pares, tu familia está viva, si sale nones, están muertos… es insoportable. ¿Qué harás si no están vivos? ¿Qué será de ti? ¿Vivirás para siempre esta pesadilla? ¿Cómo aguantarás sin un abrazo de tu madre o de Adam? Miras la entrada de la cueva durante horas, sabiendo que en cualquier momento puede aparecer un mensajero con las peores noticias que alguien pueda recibir. Rezas para que llegue ya, para que te arranque esa incertidumbre que te come las entrañas, rezas a Chauntea para que tu familia siga existiendo. “Por favor, por favor, por favor, haré cualquier cosa, te daré todo lo que tengo, pero haz que sigan vivos, por favor”.

Pero Chauntea ya no te quiere.

El hombre llega después de una eternidad asfixiante. Con el ceño fruncido, se acerca a Strich y en vez de aproximarse, Abel queda paralizado mientras el tuigano se inclina sobre el kobold y le susurra:

— Compañero, eh… los padres del muchacho han muerto… y sus hermanos también. Los mataron hace…

La realidad te golpea como si la mano de un gigante te aplastase contra el suelo.
Gritas.
Gritas, chillas, berreas, aúllas. Aúllas y truenas y bramas y ruges y ruges y ladras como un perro enfurecido. Te desgañitas y sigues gritando y vociferando y gimes y lloras y sollozas y truenas.

— ¡¡MENTIROSA!!

Vociferas.

— ¡¡MENTIROSA!!

Le recriminas.

— ¿Abel?
— ¡Mis padres están muertos y tu lo sabías y no me dijiste nada!

Te lanzas contra ella, pero Brynhildr se mueve en un solo gesto impidiendo que la toques. En vez de eso te agarra de las muñecas.

— Abel, escúchame…
— ¡ME MENTISTE!
— Abel, solo quería…
— ¡¡MENTIROSA, MENTIROSA!! ¡¡LO SABÍAS DESDE EL PRINCIPIO Y ME MENTISTE!! ¡¡ERES UN MONSTRUO!!

Lo dices sin dudar, y ella te abofetea del mismo modo. Y duele… te duele. Es la primera vez desde que te convirtieron, desde que te quemaste la yema del índice en la que fue tu primera noche como no-muerto, en la que sientes dolor físico. Ya casi ni lo recordabas…

— No vuelvas a decirme que soy un monstruo.

Asientes, porqué… ¿qué te queda? Brynhildr clava una rodilla en el suelo y se pone a tu altura.

— Abel, quiero que me escuches atentamente. Mírame.

Y obedeces de nuevo porqué… ¿qué más puedes hacer?

— Tienes razón. Sabía que tus padres habían muerto junto a tus hermanos, y no te lo dije porqué quería dejar pasar más tiempo, tal vez encontrar a los que le les asesinaron, saber que en el momento preciso podrías entender la realidad… te pido perdón por ello.

Haces el gesto de tragar saliva. Los ojos rojos de la vampiresa adulta, su rostro fuerte enmarcado en la melena rubia, muestran verdadero arrepentimiento. Eres listo, lo bastante como para saber que no está mintiendo esta vez.

— ¿Me perdonas, Abel?

Asientes, queriendo hablar, pero incapaz de saber qué quieres decir. La pregunta se escapa de entre tus labios.

— ¿Qué haré ahora? Estoy solo.

Brynhildr niega, con el rostro serio pero una sonrisa en los ojos.

— No es verdad, Abel. Me tienes a mí, tienes a Aerion y a todos tus hermanos. Ahora somos tu familia, y te podremos ayudar siempre.

La mujer hace una pausa, dándote tiempo para pensar.

— Siento haberte llamado monstruo— musitas, sin dejar de mirarla.
— No pasa nada— dice ella, esbozando una sonrisa—. Abel, ahora eres un vampiro. Eres uno de los seres más fuertes de esta ciudad. Tienes el respeto de todo el mundo y mi apoyo para todo lo que necesites, pero también tienes que comportarte como un hijo digno de Kanchelsis. No debes tener miedo de esta ciudad ni de sus habitantes, ¿me entiendes?

Asientes, incapaz de comprender todavía todas las implicaciones que tienen las palabras de Brynhildr. Solo puedes pensar en una cosa, pero te da demasiada vergüenza expresarla.

— ¿Estás bien Abel? ¿Tienes alguna pregunta?— ella capta al instante tu inquietud—. Puedes contarme todo lo que quieras, ¿lo sabes?
— ¿Me das un abrazo?

La pregunta, incontrolable de nuevo, llega al entendimiento de Brynhildr en un instante y se refleja en su rostro, en forma de sorpresa.

— Te lo doy, pero tienes que prometerme algo— dice tras un segundo, con gesto serio pero amable—. Será el último que me pidas. Después de este abrazo, te comportarás como un vampiro fuerte y valiente.

Asientes, claro. Prometerías lo que fuese ahora mismo por un abrazo de quién, en tu cabeza, empieza a tomar la forma de una madre o una hermana mayor.
La mujer se abre de brazos y tu te lanzas contra ella, aferrándote a su enorme figura como si fuese lo único de este mundo que queda en pie, enterrando el rostro en la curva de su cuello, cerrando los ojos con fuerza y deseando pasar así la cruel e inabarcable eternidad que te espera.

Offtopic :
Uis mr. Khaof, que no te había contestado, muchas gracias!! :) Ya verás como el siguiente es el que más te gusta ;)
 

Eyla

Receta de Noctis
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7. Bestia

— ¿Sabes lo que eres, chaval?— pregunta el carnicero con algo de curiosidad.

La plaza que se extiende frente al palacio del emperador se halla poblada en su centro por cuatro vampiros y un no-muerto de extraña mirada.

— Claro que lo sabe, no es imbécil— contesta Blake mordaz.
— Soy un vas-ta-go y eso significa que no voy a crecer nunca y que soy más fuerte que antes—, explica Abel casi de carrerilla e intentando proyectar su voz más allá de sus labios, con el tono dubitativo que caracteriza todas sus afirmaciones.

El hombre de ojos de pez muerto frunce ligeramente el ceño al escuchar una explicación tan simplista de algo tan grandioso.

— No parece tenerlo muy claro— declara.

Abel siente la necesidad de enumerar otras de sus habilidades, pero su determinación se ha visto mermada ante tal sentencia. Solo un hilillo de voz le sale de entre sus labios:

— También sé convertirme en una rata— susurra.

El Carnicero frunce aún más el ceño y se inclina hacia él.

— Habla más alto, chaval, el cuello de la camisa no es el único que debe oírlo.

Al escuchar tal demanda, Abel fija su vista en un punto del suelo. Pese a que algunos habitantes de la Necrópolis ya lo conocen por haber interactuado con él, Abel se siente aun inseguro en la ciudad. No quiere repetir lo que ha dicho por vergüenza y miedo, y reza para que el necropolita se olvide de ese comentario.

— Dilo, Abel— ordena entonces Hécuba, que observa el intercambio de palabras con los labios fruncidos y la mirada neutra. Abel le sigue teniendo miedo.
— Exacto. Repite lo que has dicho, Abel— inquiere Blake en un tono peligrosamente sereno, amortiguado tras la máscara. Abel le sigue teniendo miedo.

Ante tales órdenes, el niño hace un inútil gesto de tomar aire para armarse de valor y repetirlo, pero Blake se adelanta con un grito que hace saltar su corazón muerto.

— ¡SE CONVERTIRME EN UNA MALDITA RATA!— el bocinazo es tal que le ronquea la voz— . ¡¡Que se escuche cuando hablas, diablos!!

El semblante de Abel se vuelve el más triste del lugar en un instante. La impresión por el berrido hace mella en su ánimo... durante un segundo. Luego, sin saber por qué ni ser consciente de ello, arruga las cejas, aprieta la mandíbula y por primera vez desde que descubrió que sus padres habían muerto y Brynhildr le dio un bofetón, grita:

— ¡¡SÍ, HE DICHO QUE PUEDO CONVERTIRME EN UNA MALDITA RATA!!

Al darse cuenta de su exclamación, el niño se tapa la boca con ambas manos.

— No os avergoncéis— Hecuba reprueba su gesto con mirada de decisión—. ¡Tenéis el don tenebroso!

Ante esas palabras, Abel deja escapar lo que queda de su frustración contenida por el avasallamiento:

— ¡Y... y también puedo levantar rocas muy grandes! ¡¡Y puedo asustar a la gente con solo mirarlos a los ojos!!— exclama.

Parece que todo el mundo queda satisfecho con su pequeña e impetuosa muestra de decisión. El carnicero le da un par de golpes en la cabeza con su enorme mano.

— Ahora tengo que irme, chaval, pero si necesitas saber más cosas búscame en el templo de allí— señala.

Abel sigue con la mirada el índice del carnicero y asiente quedamente, intentando poner su mejor cada de decisión mientras, el hombre se aleja.

— Abel— lo llama Blake.

El niño se gira y se percata de que el terrorífico vampiro adulto está alejándose. Y sin saber muy bien porqué, lo sigue.
Cuando están a medio camino, Blake desenfunda una espada y la tira hacia atrás con la intención de que Abel la coja, pero sin ni siquiera mirarlo. Una vez más, las nuevas habilidades del niño relucen. Atrapa el arma tal y como le llega, cogiéndola firmemente por la empuñadura.

— Da gracias que no tienes que acostumbrarte a su peso— dice el hombre.

Abel se mantiene en silencio expectante.

— Da gracias de que no se te salga la muñeca entrenando. Ni dolor, agujetas... solo tendrás que acostumbrarte a su manejo— gruñe.

Con gesto grave, el niño asiente, aunque se encuentre a espaldas de su interlocutor y este no lo vea. Alterna el arma de la mano izquierda a la derecha, y vuelve a empezar hasta que llegan al templo.
La visión del cristal rezumando sangre es suficiente para que Abel se olvide de la espada. Por un instante adelanta los pasos de Blake con reprimida prisa pero, cuando está subiendo los escalones hacia la pila, Blake ya está bebiendo del cáliz una, dos, tres veces. El niño espera en un segundo plano, como lo hacen las crías de león que tienen que aguantar sin acercarse a la presa hasta que los miembros más fuertes de la manada terminan de llenar sus estómagos.

— Esto no sabe a nada— gruñe Blake, dejando la copa sobre el borde de la pila.

Abel se lanza hacia adelante y la coge con ansia, llenándola de sangre y bebiendo de ella como un bebé amorrado al biberón.
Cuando termina, Blake ya no está a su lado. Con pasos ligeros, el niño se dirige al otro extremo del templo, donde se halla el altar de Kanchelsis y donde el vampiro adulto dirige su mirada. Las dos mitades del mismo rostro, el elfo sereno y el desaliñado ser enfadado, los miran.

— Ah, Padre— murmura Blake, y sus ojos, tras la máscara, parecen apagarse levemente—. ¿Te has fijado en la estatua, Abel?

El niño asiente.

— La mayoría del tiempo estoy aquí. En esa esquina— señala el pequeño rincón bajo las escaleras en el que suele quedarse cuando no tiene nada que hacer—. A veces lo miro durante mucho tiempo.
— Yo también...

El niño vuelve a asentir.

— Siempre te veo. Desde ese rincón veo todo lo que pasa en el templo y nadie se da cuenta— confiesa algo temeroso.
— ¿Qué sabes de Padre, Abel?
— No mucho. Sé que es el Padre de todos los vampiros.
— ¿Sabes lo que ha sido ese grito furioso, frustrado, que te he arrancado antes con lo de la rata?

Abel niega temiendo entender la verdad.

— Como ves, en esta estatua se representa a Padre con dos rostros. ¿Nunca te has preguntado por qué?
— Pensaba que es porqué a veces está enfadado y a veces está contento...— se rasca la mejilla mirando la estatua, a la que hace mucho tiempo que perdió el miedo pero que sigue infundiéndole el máximo respeto.
— Padre es un hombre que gusta de lujos, de los placeres de la vida. Es un ser libertino.
— ¿Libertino?— Abel ladea la cabeza.
— Así es — afirma el adulto sin dejar de mirarlo—. Hace lo que quiere, despreocupadamente, gastando una fortuna en mujeres, joyas... es un ser que parece amable e inocente.

El niño asiente sin creer haberlo entendido todo.

— Pero al igual que todo el mundo, dentro tiene a la Bestia.

En ese momento, Blake echa su capucha hacia atrás y se desencaja la máscara. Abel lo mira sin entender muy bien lo que ocurre. Al principio cree que bajo esa máscara hay otra, hasta que se da cuenta que lo que está viendo es un rostro de alguien más parecido a un animal que a un humano. Tiene unas marcadas ojeras llena de rabia y un fulgor rojizo en sus ojos que ni siquiera deja ver sus pupilas. Su rostro está arrugado, fruncido por el odio, y su boca son unas fauces alargadas. El vampiro se gira y mira al niño emitiendo un gruñido que dista de ser humano.
Abel se aparta un paso

— Yo... no te voy a suavizar... como Aerion o Brynhildr— gruñe Blake. El pelo enmarañado le rodea el rostro—. Somos depredadores. Cazadores. La bestia que hay en nosotros trata de salir y tomar el control. Eso debes evitarlo, sí. Aunque algunos somos más afines a la Bestia que a otros.

Abel tiembla. Si en algún momento había conseguido mantener la calma, no es en este instante.

— La Bestia es lo que nos da fuerza, lo que nos permite cazar, lo que nos permite destruir a nuestros enemigos. En un ser glorioso, pero es peligroso.
— ¿Tu eres a-afín a la B-Bestia?— susurra Abel intentando dejar de temblar.
— Así es. La bestia es grande en mí. Por eso me enfado muy pronto. La Bestia también es lo que te ha hecho gritar cuando todos te han abrumado hace un rato. Ahí fuera, es lo que te dio fuerza para enfrentarte a aquellos que querían reírse de ti.

"Es aquello que te hizo apretar los huesos de aquella rata hasta hacerla chillar", le dice algo en el fondo de su cabeza, cuando Abel recuerda el momento en el que Aerion y Brynhildr le ordenaron sujetar una rata para observarla y finalmente transformarse en ella.
Asiente un par de veces, empezando a comprender algunas cosas que hasta ese momento no tenían respuesta.

— Y luego, también está en nosotros la parte libertina de padre. Sirve para engatusar, para engañar, para que crean que eres alguien dulce y bueno. Para infiltrarse en la multitud, para manejar a los demás como marionetas. Esa parte es grande en ti, Abel. Algún día serás tan fuerte o más fuerte que nosotros— . Se gira de nuevo para mirarlo—. Eres un lobo con piel de cordero.

Abel cree entenderlo, pero no sabe si eso es algo bueno o no.

— ¿Un lobo?— pregunta quedamente.
— Creerán que eres un niño desamparado. Creerán que eres una inofensiva criatura. Y esa será tu arma para cazar. Para engatusar y engañar Y cuando bajen la guardia...— baja la voz un instante—. ¡Los devorarás!

Abel da un paso hacia atrás empujado por el grito.

— No tengas miedo, Abel. Estamos ante Padre. Aquí no debes tener miedo.

El niño mira la estatua de reojo y habla con voz firme.

— No tengo miedo— sentencia—, pero no quiero matar a nadie bueno. Solo a quienes quieren hacerme daño— explica de forma simple e infantil, como solo un niño puede hacer.

El adulto frunce el ceño un poco más, de forma tan leve que Abel cree que solo lo ha imaginado.

— ¿Sabes cuál es la realidad, Abel? No hay nadie bueno. Nadie. Los mortales son vivos, son gente codiciosa y orgullosa. Tu matarás por alimentarte, pero ellos lo hacen por un puñado de monedas. Hacen daño a quien es más débil por placer o por envidia...

Abel lo mira de forma interrogativa. Si su corazón estuviese vivo, estaría también encogido.

— No tienes que matar para alimentarte de alguien— dice entonces, después de una pausa— . De hecho, no deberías imitarme al alimentarte. Cuando más bebes, más necesitas. Si arrebatas la vida a alguien por hacerlo, la próxima vez te sabrá a poco. Y la próxima a menos.
— Entonces... ¿no hay que matar a una persona para beber su sangre?— pregunta extrañada la criatura ignorante, temiendo ser otra vez víctima de una broma cruel.
— No. Pero te dará mucha más fuerza.

El niño se queda un instante mirándolo sin decir nada, sin ni siquiera verlo, solo meditando la información que acaba de recibir sobre su ser y su nueva naturaleza.
Durante esos segundos, Blake saca de su zurrón un vial con una sangre particularmente rojiza: de color claro y puro. Al verla, Abel sale de su ensimismamiento y la sigue con la mirada, como un perro a un trozo de carne. Traga su inexistente saliva en un acto reflejo.

— Yo te enseñaré a defenderte, Abel. Yo te enseñaré a alimentarte, a escapar. Yo te protegeré hasta que sea extinguido... pues soy un segador de la sangre —dice, antes de desenroscar el tapón del contenedor.

Por un momento, Abel parpadea y Blake desaparece. En su lugar, un muchacho alto de piel clara y cabello castaño, con algunas pecas como las suyas en el rostro, lo mira con una mezcla de simpatía y severidad.

— ¿Sabes cuál es mi problema, Abel? — dice Blake, devolviéndolo a la realidad—. Yo siempre tengo sed. Siempre es un ardor constante.
— ¿Por qué?— pregunta el niño, algo horrorizado por la idea de estar siempre sediento.
— Porque cuando fui convertido me pasó como a ti. No sabía quién era y fui abandonado. Tenía... miedo— frunce el ceño aún más, esta vez significativamente, dándole un aspecto aún más furioso, si es posible.
— ¿Tu tenías miedo?— pregunta nuevamente el niño, intentando imaginarse, en vano, al vampiro asustado.

Él asiente colocando el vial delante de sus ojos enfurecidos.

— Me alimenté de alimañas, al principio. Y luego de animales más grandes. Perdí un brazo por el sol y tardó días en crecer. No sabía que podía dormir en un ataúd para recuperarme y sufrí un infernal dolor durante días hasta que me recuperé.

Abel abre la boca, mirando de reojo los ataúdes que se encuentran a su lado, acechándolo. Aun considera que es mejor el dolor que meterse en uno de esos cofres.

— Llegué a pesar la mitad de lo que peso ahora, Abel. Mi cabello estaba blanquecino. Yo estaba demacrado y débil, consumido por la sed y el miedo— hace una pausa—. Entonces un hombre vino a ayudarme. Creía que yo era un enfermo y pese a que me ayudó y me dio cobijo en su casa, no pude calmar la sed y terminé vaciándolo por completo. La sangre... me revitalizó por completo— acerca el vial a sus labios—. Hizo que recuperase el juicio.

Dicho esto, empieza a beber con calma.
Abel lo mira como un perro, pidiendo con los ojos un poco del plato de un desconocido, pero es ignorado por completo. El hambre empieza a ser apremiante, despertada por la visión de ese líquido tan claro. Considera ir hacia el cáliz, pero teme que Blake se enfade.
El hombre se queda mirando hacia arriba, exhalando un profundo suspiro sin aire. Abel lo mira en silencio y observa como su rostro empieza a quedarse liso. Sus cabellos se apelmazan. Su expresión es serena y sonríe de medio lado. Sus dientes ya no asoman sobre sus labios. Si no hubiese visto la transformación con sus propios ojos, Abel creería que es una persona distinta a la que tenía delante hace cinco segundos.

— Es tan deliciosa— dice con una voz increíblemente suave y calmada—. Verdad, ¿Abel?

Ahora, el niño puede ver las pupilas del hombre.

— ¿Y cómo llegaste hasta aquí?— pregunta el niño.
— Porque tuve suerte. Me encontró Saddira, pues había rumores sobre un ser que estaba causando estragos en las alcantarillas. Y me tomó como su hijo.

Abel asiente, comprendiendo.

—¿Y ya no tienes sed?— inquiere de nuevo, observando el vial vacío.

Blake acerca el dorso de la mano a los ojos de Abel. En un dedo, una sortija de color rojo reluce con cada vez menos intensidad. El niño escucha el latido de un corazón calmado. No entiende porqué le muestra eso, o no lo entiende del todo. Pero tiene curiosidad por esa mano. En un gesto infantil e inconsciente, toca el dorso con un dedo.

— ¿Fue este brazo?
— Sí— dice el hombre sin rehuir del contacto—. Este fue el brazo que perdí aquella vez. Dime, ¿has visto tu regeneración?

El niño ladea la cabeza.

— ¿Regeneración?

La respuesta es otra pregunta.

— ¿Confías en el segador de Kanchelsis? Dame tu mano.

El niño no confía en él. No. Aun le produce demasiado miedo. Pero es ese miedo el que le obliga a tender la mano hacia el adulto, del mismo modo que se la tendió a Brynhildr la primera vez que se vieron en la cueva de las arañas.
Blake toma con una mano la muñeca del niño y con la otra, sin dejarle tiempo a reaccionar, hace un rápido corte en la palma con la afilada garra de su guantelete.
El dolor es instantáneo. Abel mira el profundo corte de su mano y suelta un grito de impresión.

— ¡Ahhhhhhhh!— chilla, intentando liberarse en vano.

Blake lo sujeta mientras Abel lo mira totalmente aterrorizado, con los ojos desorbitados. De nuevo, como cuando le tendió la mano herida a Brynhildr, han vuelto a hacerle daño. En un acto reflejo, hace una inspiración. Luego otra, y otra, y varias.

— Shhh— susurra Blake—. Observa solo unos segundos más.

Abel sigue respirando con ansiedad, aunque el aire no entre en su cuerpo. Mira su herida con pánico, paralizado.

— No temáis, Abel. Observad— dice una calmada voz femenina tras él.

Pero Abel solo tiene ojos para su corte. A los pocos segundos, la profunda herida empieza a cerrarse sola. El dolor cesa y su palma vuelve a la normalidad como si no hubiese ocurrido nada.

— Esa es nuestra regeneración natural— dice Blake antes de soltarle la mano—. Eres un ser superior y perfecto, Abel. Tus miembros amputados sanarán en dias, tus huesos se soldarán en minutos y tus heridas se cerrarán en segundos. Nunca enfermarás— sentencia, y se yergue— . Madre. Qué agradable y hermosa sorpresa.

Hace una educada y ensayada reverencia cuando Saddira se acerca.
Aun mirándose la palma de la mano, ya totalmente curada, Abel se obliga a alzar la cabeza, primero para mirar a Blake y luego a Saddira.

— ¿Cómo estáis, Abel? Veo que mi hijo os está mostrando parte de nuestra naturaleza. Glorioso don.

Abel la mira con la boca semiabierta durante un segundo.

— Bu-buenas noches señora Saddira— dice, intentando recordar cómo hablar
— Creo que tenéis a una futura y prometedora Sombra, madre— comenta Blake, poniendo una mano sobre la cabeza del niño y despeinándolo con gesto amable.

Abel agradece tanto el contacto de esa mano sobre su cabeza que incluso lo disfruta.

— ¿Una Sombra?— pregunta Saddira—. ¿Habéis hecho algún avance digno de mención con él?
— ¿Lo dudáis?— contesta su hijo.
— Lo dudo hasta que mis propios ojos lo vean desgarrar la carne. Traedme a un esclavo. Comprobaremos si es verdad lo que estáis declarando.
— Pero... Madre, querida. ¿No es cierto que siempre tratáis de aleccionarme sobre que no debo arrancar la vida de forma tan gloriosa como la Bestia? Sabe escuchar, esconderse. Sabe transformarse en rata. He visto a medianos a vuestro servicio más descuidados.

Saddira se agacha apoyando ambas manos en las rodillas, quedando su mirada a la altura de los ojos de Abel. La belleza de la mujer impresiona tanto al niño que se queda paralizado, otra vez.

— ¿Y sabéis despojar la vida de la carne? ¿Arrancar del cuerpo cada latido mientras el corazón lucha en vano intento?— le pregunta directamente, recibiendo por respuesta el más absoluto silencio.
— Siempre me habéis dicho una y otra vez, en mi épica de vástago, que no vaciase los cuerpos, aunque los degollaba a mordiscos— replica Blake, y si Abel no estuviese tan impresionado por la mirada de la mujer, escucharía un leve cambio en su tranquilizada voz.
— Para sobrevivir hay que cazar. Alimentarse. Desatar a la Bestia para conocer el alcance de nuestra naturaleza sin que esta nos llegue a controlar— susurra Saddira.

Muy cerca, Abel escucha un ligero latido que emite la sortija de Blake.

— A mí nunca me animáis a esas cosas— declara el adulto, y de pronto Abel toma conciencia de lo que puede estar ocurriéndole, algo preocupado.
— No seréis un vástago útil hasta que seais capaz de sobrevivir— susurra Saddira, para volver a erguirse.
— ¿Le queréis más a él que a mí?— pregunta Blake en un tono que Abel conoce muy bien— . ¿Es eso? ¡Incluso quieres más a una estúpida puerta que a mí!

Después del reproche, Abel se devanea los sesos en busca de un tema que haga cambiar el discurso de Saddira.

— Yo ya sé sobrevivir, señora Saddira— exagera su afirmación.
— Es eso cierto, ¿Blake?— pregunta la mujer, mirando a su hijo, quién está ocupado colocándose de nuevo la máscara.
— ¿El qué, madre?— dice el aludido, cuando su rostro vuelve a quedar cubierto.
— Qué Abel es completamente capaz de sobrevivir sin tomar ni una gota de pilar sangriento y por sí mismo puede proveerse de alimento.

Abel se alarma al escuchar tal interpretación de sus palabras, arrepintiéndose por un instante de haber cambiado de tema.

— No ha probado una garganta todavía— explica Blake.
— No es verdad. Sí lo he hecho.

La declaración hace que los dos vampiros se vuelvan hacia él al mismo tiempo.

— Mientes— le acusa Blake en un tono que poco a poco deja de ser sereno— ¿Me estás mintiendo, Abel?— pregunta Saddira, aunque el niño escuche esas palabras como una amenaza.
— No miento— dice, y habla rápidamente para demostrar cuanto antes su inocencia—. Cuando estaba en la cueva, un niño como yo me acompañó afuera. Yo tenía mucha hambre y había un bandido que... creo que... el otro niño lo mató. Creo que nos iba a hacer daño. Y luego no recuerdo... bueno, estuve un rato...— se arma de valor para pronunciar la palabra—. Be-bebiendo.
— La Bestia— susurra Blake.
— Bien, bien— Saddira parece complacida—. De lo contrario haría que tomaran medidas. Emnekhul necesita de sus hijos, dignos del don tenebroso, y temí que siendo un niño tuviéramos que destruiros si no dieseis la talla. Sin embargo, puedo apreciar que estáis haciendo grandes avances y no será necesario.

Por un momento, una ola de miedo alcanza a Abel, pero luego recuerda ese dato al que se aferra siempre con uñas y dientes.

— No... no podéis hacerme daño— dice, aunque parece que implore más bien— La ley me protege...
— Abel— interrumpe Blake—. Mi Madre es magistrado... no le hables a ella sobre las leyes.

Abel no sabe lo que es un magistrado, pero capta enseguida que ha cometido una estupidez al hablarle de leyes a Saddira. Alza el rostro para mirarla

— Perdón.
— Lo pasaré por alto esta vez— concede la mujer— al igual que continuaré atenta a vuestros avances. Espero que no me defraudéis y continuéis avanzando como hasta ahora.

Abel asiente y escucha, de refilón, el murmuro de Blake:

— Y cuando vea tus avances te ignorará por completo.

Seguidamente carraspea y en voz clara dice:

— Aun está bajo el tutelaje de Aerion y de Brynhildr... deje...—. Guarda silencio al ver que alguien entra en el templo, pero continúa—. Dejémosles hacer un poco más. Si no, le enseñaré yo mismo a cazar— hace una pausa antes de decir en tono siniestro—. Y cazará o será cazado.

Es en ese instante en el que Abel se da cuenta que hace un rato ha dejado caer al suelo la espada de Blake. La recoge con sumo cuidado y pregunta:

— ¿Entonces me enseñarás a usarla?

Saddira mira a su hijo con ojos maternales.

— Blake, mi ángel de tinieblas, ¿qué os parece si acompañamos a Abel al exterior y así le dais unas clases prácticas?

Blake la mira algo reticente y es entonces cuando la figura que ha llegado al templo se acerca a ellos.

— Eterna muerte — saluda Sassa—. ¿Pasa algo con el pequeño?

Abel nota entonces en el hombro la mano de Blake que tira de él. El niño se deja llevar y el adulto lo deja tras su espalda, como si quisiera esconderlo

— Déjalo— gruñe a Sassa.
— ¿Puedo hacer algo para que no le destruyan?
— Sí, dejarlo en paz.
— No me has entendido — contesta Sassa en un tono neutro—. Me refiero a darle alguna enseñanza.

El silencio es lo que obtiene la mujer como contestación.

— ¿Ha pasado algo entre vosotros?— inquiere Saddira, mirando primero a uno y luego a otro.
— No— contesta Blake rápidamente.
— Dejadlo así— responde Sassa a su vez.

Desde detrás de la enorme espalda de Blake, Abel intenta observar a todos los interlocutores estirando el cuello.

— Me voy de aquí— concluye entonces Saddira, aunque su tono no parece especialmente disgustado—. No quiero tener que enfadarme.

Cuando la mujer se marcha, Blake se gira hacia Abel y lo mira a los ojos desde detrás de la máscara. El niño se siente aun realmente impresionado, pero le aguanta la mirada.

— ¿Vas a venir a cazar conmigo, Abel?
— Sí, claro, yo... me gustaría mucho— dice, aunque diría cualquier cosa por ganarse la aprobación o simplemente la neutralidad de Blake.
— ¿Y vas a hacer caso a todo lo que te diga?
— Claro, todo— asiente un par de veces.
— ¿Seguro?
— Segurísimo— afirma el niño.

Blake asiente.

— Vamos— dice entonces Sassa, que se ha mantenido en silencio.

Los dos vampiros adultos salen del templo sin perder un segundo más y, aunque Abel se muere de hambre, solo es capaz de echarle un último vistazo al cristal sangriento antes de salir del templo.
Sigue a Blake y a Sassa por las calles de la Necrópolis hasta llegar a una salida que desemboca a una cueva de techos altos.

— Aquí Brynhildr y Aerion me enseñaron a dar miedo con la mirada— dice el niño, señalándose los ojos—. Con un grupo de trasgos.
— La mente de los trasgos es débil y estúpida, Abel, pero es un comienzo— es la única frase pronunciada durante todo el recorrido de la cueva.

Al cabo de varios minutos, en los que Abel piensa seriamente en cazar alguna rata para comérsela, llegan al exterior.
Es una noche oscura, de niebla densa. El cementerio está aparentemente tranquilo, y solo sus pasos se escuchan en las tinieblas. Y entonces sus oídos perciben el silbar de una saeta. El proyectil sale de la bruma y pasa muy cerca de Sassa, que lo esquiva sin realizar ningún movimiento brusco. Otra flecha pasa cerca de Blake, que hace lo mismo.

— Embelésalos, Sassa— pronuncia Blake, con calma.

Pasan menos de tres segundos. Después de ese instante silencioso, tres hombres aparecen en medio de la bruma. Sus rostros ausentes y paralizados miran a los tres vampiros. El hambre ruge en el interior del niño y empieza a relamerse inconscientemente.

— Ahí los tienes— dice Sassa.
— ¿Qué... qué les pasa?— murmura Abel, que no entiende porqué los hombres no escapan o luchan.
— Ahora están a nuestra merced— le explica Sassa.
— ¿Quienes son?— inquiere el niño intentando en vano ignorar el hambre, que retumba en su cabeza como un martillo contra un muro de piedra.
— Comida.
— Ganado.

Abel los mira y de pronto descubre su propia lengua acariciando la comisura de sus labios. Da un paso hacia ellos pero sin previo aviso, rápido como un rayo, Blake pasa a su lado y se lanza sobre uno de ellos, desgarrando parte de su garganta y bebiendo con ansia.
La visión de la sangre y de las fauces de Blake cernirse sobre su presa golpean a Abel como un mazo helado. El adulto es como un lobo terrible que busca a húmedas dentelladas el combustible del que se alimenta. El niño avanza hacia la otra presa con ansiedad, pero Blake vuelve a adelantarse y, haciendo uso de su gran envergadura, se apodera también de la segunda presa, dejando a Abel totalmente frustrado. Con prudencia, el niño se acerca un paso al cadáver sangrante del segundo bandido, pero nota el intimidante gruñido Blake que, sin ni siquiera girarse, emite un ruido amenazador que se escucha desde lo más profundo de su pecho.

— Qué ganado más delicioso— le dice al cabo de un instante, mirando a Abel con los labios llenos de sangre—. Es tan dulce, tan cálido... nada comparado con el cáliz... tu turno, Sassa.

La indignación de Abel se muestra en su mirada de confusión cuando observa a Sassa cernirse sobre la tercera y última presa y alimentarse de ella. Mientras lo observa todo, impotente, Abel se roe dos dedos de la mano. De nuevo es el cachorro que espera a que los leones fuertes se hayan saciado para poder comer. Poco a poco va perdiendo conciencia de lo que le rodea. Solo observa los colmillos de Sassa clavarse en la tierna y cruda carne del cuello del hombre, que da un par de movimientos frenéticos antes de quedarse quieto, como el mejor manjar que jamás ha visto. La lengua de la vampiresa se mueve en una orgía de músculos y piel, empapándose de sangre y placer. Casi con gula.

— Ellos están ahí para nosotros, Abel. Es lo justo, ¿qué pasa si tienes sed? ¿Acaso el lobo pasa hambre por no comerse al conejo?

Los susurros de Blake llegan a los oídos de Abel muy lejanos, como si estuviese bajo el agua. Solo piensa en la escena que tiene delante. Solo quiere apartar a Sassa de un empujón y clavar los dientes en esa piel... tiene sed. Quiere sangre, y la quiere ya.

— De-dejadme a mí también— dice una voz, y se da cuenta unos segundos más tarde que es la suya.

Pero las tres presas están secas. Abel las mira mientras se alejan. No sabe por qué sigue a Blake y a Sassa lejos de la sangre que mancha los adoquines. Podría agacharse y lamerla. Seguro que está deliciosa...
Cuando unas palabras lo devuelven a la realidad, hay otro par de hombres frene a él. Están igualmente paralizados y ausentes.

— ¿Me oyes, Abel?— le dice Blake, y lo empuja poniendole una mano en la nuca— . Aliméntate.

Blake aún no ha terminado de pronunciar esa última palabra cuando Abel da un salto y se abalanza sobre el cuello del hombre, que cae al suelo. El niño le desgarra la garganta con sus colmillos, llevándose con los dientes piel y músculo. Cierra los labios entorno a un chorro de sangre y entierra la cara en la herida cada vez más profunda, manchándose el rostro de sangre hasta las orejas.
Como aquella vez con el pequeño Leonard, no sabe cuánto tiempo pasa. Solo sabe que nunca ha probado algo tan saciante y delicioso, algo tan maravilloso y que tanto le llena de fuerza. Su cabeza se nubla, sus ojos entrecerrados solo atisban manchas rojas, huesos partidos y músculos
Cuando vuelve en sí, otra presa lo mira totalmente abstraída.

— Quiero más— dice el niño, mirando a Blake, a Sassa y a la presa.
— Claro que sí, hermano.

El hambre y la reverberación de esa última palabra se juntan en su cerebro como dos corrientes de aire que forman un huracán. Solo quiere complacer a Blake y a la Bestia.

— Pero antes— añade el vampiro — mátalo con mi espada.

La orden se queda atascada a la entrada del cuerpo de Abel. El remolino se pausa un momento y la Bestia se enfada con el niño.

— No me gusta repetir las órdenes. Córtale la garganta, despacio.

La garganta. Sí, eso es lo que quiere. Como si no fuese su mano, ni su brazo, ni su cuerpo, se adelanta y de un salto clava la espada en el cuello de la víctima. No la clava despacio dado que sus ansias por alimentarse lo apremian a terminar de cumplir la orden de Blake.
Cuando el hombre se desploma en el suelo, Abel agarra su mandíbula y la sube para apartarla de la yugular. La dentellada es rápida.

— Arrebátale la vida. Te pertenece Abel. Es tu presa, ni siquiera yo tengo derecho de quitártela ahora mismo.

El niño no contesta. Demasiado ocupado bebiendo, desgarrando, alimentándose. La Bestia se ha apoderado de él por completo.
Un hombre llega al rescate de sus dos compañeros, creyendo que entre la niebla podrá vencer a los tres asesinos de sus amigos. Pero se equivoca.
Abel lo ve caer, derribado por un duro puñetazo. Yace inconsciente en el suelo. La Bestia puede oír los latidos de su joven corazón.

— Vamos, hermano, únete a nuestra lucha. Defiende tu hogar. Usa tu espada para acabar con él.

El niño ladea la cabeza y mira a Blake. De nuevo, ya no es el hombre corpulento y enmascarado, si no un muchacho de cabellos castaños y ojos felices que le mira con decisión.

— ¿Quieres que lo mate, Adam?— pregunta el niño en tono ausente.
— Acaba con él— contesta su hermano a modo de asentimiento.

Completamente descontrolado, Abel acaba con el hombre rajando su garganta.
El siguiente minuto, en el que la sobredosis de alimento lo desquicia por completo, las acciones pasan de forma confusa.

— No intentes dominar a la Bestia ahora— le dice Sassa desde muy lejos.

Las tres sombras atraviesan la niebla y nadie más se vuelve a cruzar en su camino. Seis cadáveres secos de sangre quedan a sus espaldas. La Bestia resopla en el interior de Abel. Su rostro es una máscara roja agujereada por sus dos ojos de pupilas dilatadas.

— Límpiate la cara.

Cuando parpadea, están de nuevo en una cueva. Ante ellos hay una pila llena de agua. Sassa moja en ella un pañuelo blanco y se limpia la cara.

— Así— le dice.

Abel se gira y mira a su alrededor. Asiente y se moja las manos en el agua para luego frotarse la cara. Las gotas empapan su camisa, también manchada de sangre. Abel la mira sin comprender del todo de donde ha salido.

— Escúchame atentamente Abel.

El niño se gira y mira a su hermano mayor con los ojos totalmente nublados. La sangre aguada resbala por su nariz y por sus pómulos.

— El éxtasis de la sangre, de la bendición de padre, recorre ahora mismo la energía negativa de tu cuerpo. Siéntete orgulloso cuando vuelvas a la normalidad. Recuerda esta fantástica sensación y desea que pronto salgamos a cazar de nuevo.

El niño asiente lentamente, sin saber muy bien qué es lo que está aceptando.

— Esta es tu última prueba, Abel. Cuando salgas del éxtasis no quiero que te sientas culpable. Este es tu derecho, ellos son ganado, tu eres un ser superior. Si haces que esto no haya sido una pérdida de tiempo, te consideraré un hermano, cazaras conmigo y te enseñare a luchar— dice, y luego su voz suena más contundente—. Pero, si te veo lloriqueando porque has matado a cuatro imbéciles.... no te consideraré un hermano. No volverás a cazar conmigo y me dará igual si Madre te destruye.

Esas tres afirmaciones se clavarán más tarde en el corazón muerto de Abel como cuatro astillas empapadas en veneno. Pero ahora asiente. Asiente lentamente con sus infantiles ojos bien abiertos. Asentiría a cualquier cosa.

— Sí lloras— incide Sassa— por mi parte te daré motivos para llorar por algo que realmente merezca la pena.

Otra astilla que se clavará más tarde en su ánimo.

— Ahora vuelve al templo y descansa. Nada de cazar solo, Abel. Aun no estás preparado. No te hemos enseñado dónde o cómo hacerlo.
— Sí Adam— contesta el niño, totalmente embotado— me portaré bien.

Una gota de sangre aguada cae por su pómulo cuando los dos vampiros adultos le dan la espalda y desaparecen.
 
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