7. Bestia
— ¿Sabes lo que eres, chaval?— pregunta el carnicero con algo de curiosidad.
La plaza que se extiende frente al palacio del emperador se halla poblada en su centro por cuatro vampiros y un no-muerto de extraña mirada.
— Claro que lo sabe, no es imbécil— contesta Blake mordaz.
— Soy un vas-ta-go y eso significa que no voy a crecer nunca y que soy más fuerte que antes—, explica Abel casi de carrerilla e intentando proyectar su voz más allá de sus labios, con el tono dubitativo que caracteriza todas sus afirmaciones.
El hombre de ojos de pez muerto frunce ligeramente el ceño al escuchar una explicación tan simplista de algo tan grandioso.
— No parece tenerlo muy claro— declara.
Abel siente la necesidad de enumerar otras de sus habilidades, pero su determinación se ha visto mermada ante tal sentencia. Solo un hilillo de voz le sale de entre sus labios:
— También sé convertirme en una rata— susurra.
El Carnicero frunce aún más el ceño y se inclina hacia él.
— Habla más alto, chaval, el cuello de la camisa no es el único que debe oírlo.
Al escuchar tal demanda, Abel fija su vista en un punto del suelo. Pese a que algunos habitantes de la Necrópolis ya lo conocen por haber interactuado con él, Abel se siente aun inseguro en la ciudad. No quiere repetir lo que ha dicho por vergüenza y miedo, y reza para que el necropolita se olvide de ese comentario.
— Dilo, Abel— ordena entonces Hécuba, que observa el intercambio de palabras con los labios fruncidos y la mirada neutra. Abel le sigue teniendo miedo.
— Exacto. Repite lo que has dicho, Abel— inquiere Blake en un tono peligrosamente sereno, amortiguado tras la máscara. Abel le sigue teniendo miedo.
Ante tales órdenes, el niño hace un inútil gesto de tomar aire para armarse de valor y repetirlo, pero Blake se adelanta con un grito que hace saltar su corazón muerto.
— ¡SE CONVERTIRME EN UNA MALDITA RATA!— el bocinazo es tal que le ronquea la voz— . ¡¡Que se escuche cuando hablas, diablos!!
El semblante de Abel se vuelve el más triste del lugar en un instante. La impresión por el berrido hace mella en su ánimo... durante un segundo. Luego, sin saber por qué ni ser consciente de ello, arruga las cejas, aprieta la mandíbula y por primera vez desde que descubrió que sus padres habían muerto y Brynhildr le dio un bofetón, grita:
— ¡¡SÍ, HE DICHO QUE PUEDO CONVERTIRME EN UNA MALDITA RATA!!
Al darse cuenta de su exclamación, el niño se tapa la boca con ambas manos.
— No os avergoncéis— Hecuba reprueba su gesto con mirada de decisión—. ¡Tenéis el don tenebroso!
Ante esas palabras, Abel deja escapar lo que queda de su frustración contenida por el avasallamiento:
— ¡Y... y también puedo levantar rocas muy grandes! ¡¡Y puedo asustar a la gente con solo mirarlos a los ojos!!— exclama.
Parece que todo el mundo queda satisfecho con su pequeña e impetuosa muestra de decisión. El carnicero le da un par de golpes en la cabeza con su enorme mano.
— Ahora tengo que irme, chaval, pero si necesitas saber más cosas búscame en el templo de allí— señala.
Abel sigue con la mirada el índice del carnicero y asiente quedamente, intentando poner su mejor cada de decisión mientras, el hombre se aleja.
— Abel— lo llama Blake.
El niño se gira y se percata de que el terrorífico vampiro adulto está alejándose. Y sin saber muy bien porqué, lo sigue.
Cuando están a medio camino, Blake desenfunda una espada y la tira hacia atrás con la intención de que Abel la coja, pero sin ni siquiera mirarlo. Una vez más, las nuevas habilidades del niño relucen. Atrapa el arma tal y como le llega, cogiéndola firmemente por la empuñadura.
— Da gracias que no tienes que acostumbrarte a su peso— dice el hombre.
Abel se mantiene en silencio expectante.
— Da gracias de que no se te salga la muñeca entrenando. Ni dolor, agujetas... solo tendrás que acostumbrarte a su manejo— gruñe.
Con gesto grave, el niño asiente, aunque se encuentre a espaldas de su interlocutor y este no lo vea. Alterna el arma de la mano izquierda a la derecha, y vuelve a empezar hasta que llegan al templo.
La visión del cristal rezumando sangre es suficiente para que Abel se olvide de la espada. Por un instante adelanta los pasos de Blake con reprimida prisa pero, cuando está subiendo los escalones hacia la pila, Blake ya está bebiendo del cáliz una, dos, tres veces. El niño espera en un segundo plano, como lo hacen las crías de león que tienen que aguantar sin acercarse a la presa hasta que los miembros más fuertes de la manada terminan de llenar sus estómagos.
— Esto no sabe a nada— gruñe Blake, dejando la copa sobre el borde de la pila.
Abel se lanza hacia adelante y la coge con ansia, llenándola de sangre y bebiendo de ella como un bebé amorrado al biberón.
Cuando termina, Blake ya no está a su lado. Con pasos ligeros, el niño se dirige al otro extremo del templo, donde se halla el altar de Kanchelsis y donde el vampiro adulto dirige su mirada. Las dos mitades del mismo rostro, el elfo sereno y el desaliñado ser enfadado, los miran.
— Ah, Padre— murmura Blake, y sus ojos, tras la máscara, parecen apagarse levemente—. ¿Te has fijado en la estatua, Abel?
El niño asiente.
— La mayoría del tiempo estoy aquí. En esa esquina— señala el pequeño rincón bajo las escaleras en el que suele quedarse cuando no tiene nada que hacer—. A veces lo miro durante mucho tiempo.
— Yo también...
El niño vuelve a asentir.
— Siempre te veo. Desde ese rincón veo todo lo que pasa en el templo y nadie se da cuenta— confiesa algo temeroso.
— ¿Qué sabes de Padre, Abel?
— No mucho. Sé que es el Padre de todos los vampiros.
— ¿Sabes lo que ha sido ese grito furioso, frustrado, que te he arrancado antes con lo de la rata?
Abel niega temiendo entender la verdad.
— Como ves, en esta estatua se representa a Padre con dos rostros. ¿Nunca te has preguntado por qué?
— Pensaba que es porqué a veces está enfadado y a veces está contento...— se rasca la mejilla mirando la estatua, a la que hace mucho tiempo que perdió el miedo pero que sigue infundiéndole el máximo respeto.
— Padre es un hombre que gusta de lujos, de los placeres de la vida. Es un ser libertino.
— ¿Libertino?— Abel ladea la cabeza.
— Así es — afirma el adulto sin dejar de mirarlo—. Hace lo que quiere, despreocupadamente, gastando una fortuna en mujeres, joyas... es un ser que parece amable e inocente.
El niño asiente sin creer haberlo entendido todo.
— Pero al igual que todo el mundo, dentro tiene a la Bestia.
En ese momento, Blake echa su capucha hacia atrás y se desencaja la máscara. Abel lo mira sin entender muy bien lo que ocurre. Al principio cree que bajo esa máscara hay otra, hasta que se da cuenta que lo que está viendo es un rostro de alguien más parecido a un animal que a un humano. Tiene unas marcadas ojeras llena de rabia y un fulgor rojizo en sus ojos que ni siquiera deja ver sus pupilas. Su rostro está arrugado, fruncido por el odio, y su boca son unas fauces alargadas. El vampiro se gira y mira al niño emitiendo un gruñido que dista de ser humano.
Abel se aparta un paso
— Yo... no te voy a suavizar... como Aerion o Brynhildr— gruñe Blake. El pelo enmarañado le rodea el rostro—. Somos depredadores. Cazadores. La bestia que hay en nosotros trata de salir y tomar el control. Eso debes evitarlo, sí. Aunque algunos somos más afines a la Bestia que a otros.
Abel tiembla. Si en algún momento había conseguido mantener la calma, no es en este instante.
— La Bestia es lo que nos da fuerza, lo que nos permite cazar, lo que nos permite destruir a nuestros enemigos. En un ser glorioso, pero es peligroso.
— ¿Tu eres a-afín a la B-Bestia?— susurra Abel intentando dejar de temblar.
— Así es. La bestia es grande en mí. Por eso me enfado muy pronto. La Bestia también es lo que te ha hecho gritar cuando todos te han abrumado hace un rato. Ahí fuera, es lo que te dio fuerza para enfrentarte a aquellos que querían reírse de ti.
"Es aquello que te hizo apretar los huesos de aquella rata hasta hacerla chillar", le dice algo en el fondo de su cabeza, cuando Abel recuerda el momento en el que Aerion y Brynhildr le ordenaron sujetar una rata para observarla y finalmente transformarse en ella.
Asiente un par de veces, empezando a comprender algunas cosas que hasta ese momento no tenían respuesta.
— Y luego, también está en nosotros la parte libertina de padre. Sirve para engatusar, para engañar, para que crean que eres alguien dulce y bueno. Para infiltrarse en la multitud, para manejar a los demás como marionetas. Esa parte es grande en ti, Abel. Algún día serás tan fuerte o más fuerte que nosotros— . Se gira de nuevo para mirarlo—. Eres un lobo con piel de cordero.
Abel cree entenderlo, pero no sabe si eso es algo bueno o no.
— ¿Un lobo?— pregunta quedamente.
— Creerán que eres un niño desamparado. Creerán que eres una inofensiva criatura. Y esa será tu arma para cazar. Para engatusar y engañar Y cuando bajen la guardia...— baja la voz un instante—. ¡Los devorarás!
Abel da un paso hacia atrás empujado por el grito.
— No tengas miedo, Abel. Estamos ante Padre. Aquí no debes tener miedo.
El niño mira la estatua de reojo y habla con voz firme.
— No tengo miedo— sentencia—, pero no quiero matar a nadie bueno. Solo a quienes quieren hacerme daño— explica de forma simple e infantil, como solo un niño puede hacer.
El adulto frunce el ceño un poco más, de forma tan leve que Abel cree que solo lo ha imaginado.
— ¿Sabes cuál es la realidad, Abel? No hay nadie bueno. Nadie. Los mortales son vivos, son gente codiciosa y orgullosa. Tu matarás por alimentarte, pero ellos lo hacen por un puñado de monedas. Hacen daño a quien es más débil por placer o por envidia...
Abel lo mira de forma interrogativa. Si su corazón estuviese vivo, estaría también encogido.
— No tienes que matar para alimentarte de alguien— dice entonces, después de una pausa— . De hecho, no deberías imitarme al alimentarte. Cuando más bebes, más necesitas. Si arrebatas la vida a alguien por hacerlo, la próxima vez te sabrá a poco. Y la próxima a menos.
— Entonces... ¿no hay que matar a una persona para beber su sangre?— pregunta extrañada la criatura ignorante, temiendo ser otra vez víctima de una broma cruel.
— No. Pero te dará mucha más fuerza.
El niño se queda un instante mirándolo sin decir nada, sin ni siquiera verlo, solo meditando la información que acaba de recibir sobre su ser y su nueva naturaleza.
Durante esos segundos, Blake saca de su zurrón un vial con una sangre particularmente rojiza: de color claro y puro. Al verla, Abel sale de su ensimismamiento y la sigue con la mirada, como un perro a un trozo de carne. Traga su inexistente saliva en un acto reflejo.
— Yo te enseñaré a defenderte, Abel. Yo te enseñaré a alimentarte, a escapar. Yo te protegeré hasta que sea extinguido... pues soy un segador de la sangre —dice, antes de desenroscar el tapón del contenedor.
Por un momento, Abel parpadea y Blake desaparece. En su lugar, un muchacho alto de piel clara y cabello castaño, con algunas pecas como las suyas en el rostro, lo mira con una mezcla de simpatía y severidad.
— ¿Sabes cuál es mi problema, Abel? — dice Blake, devolviéndolo a la realidad—. Yo siempre tengo sed. Siempre es un ardor constante.
— ¿Por qué?— pregunta el niño, algo horrorizado por la idea de estar siempre sediento.
— Porque cuando fui convertido me pasó como a ti. No sabía quién era y fui abandonado. Tenía... miedo— frunce el ceño aún más, esta vez significativamente, dándole un aspecto aún más furioso, si es posible.
— ¿Tu tenías miedo?— pregunta nuevamente el niño, intentando imaginarse, en vano, al vampiro asustado.
Él asiente colocando el vial delante de sus ojos enfurecidos.
— Me alimenté de alimañas, al principio. Y luego de animales más grandes. Perdí un brazo por el sol y tardó días en crecer. No sabía que podía dormir en un ataúd para recuperarme y sufrí un infernal dolor durante días hasta que me recuperé.
Abel abre la boca, mirando de reojo los ataúdes que se encuentran a su lado, acechándolo. Aun considera que es mejor el dolor que meterse en uno de esos cofres.
— Llegué a pesar la mitad de lo que peso ahora, Abel. Mi cabello estaba blanquecino. Yo estaba demacrado y débil, consumido por la sed y el miedo— hace una pausa—. Entonces un hombre vino a ayudarme. Creía que yo era un enfermo y pese a que me ayudó y me dio cobijo en su casa, no pude calmar la sed y terminé vaciándolo por completo. La sangre... me revitalizó por completo— acerca el vial a sus labios—. Hizo que recuperase el juicio.
Dicho esto, empieza a beber con calma.
Abel lo mira como un perro, pidiendo con los ojos un poco del plato de un desconocido, pero es ignorado por completo. El hambre empieza a ser apremiante, despertada por la visión de ese líquido tan claro. Considera ir hacia el cáliz, pero teme que Blake se enfade.
El hombre se queda mirando hacia arriba, exhalando un profundo suspiro sin aire. Abel lo mira en silencio y observa como su rostro empieza a quedarse liso. Sus cabellos se apelmazan. Su expresión es serena y sonríe de medio lado. Sus dientes ya no asoman sobre sus labios. Si no hubiese visto la transformación con sus propios ojos, Abel creería que es una persona distinta a la que tenía delante hace cinco segundos.
— Es tan deliciosa— dice con una voz increíblemente suave y calmada—. Verdad, ¿Abel?
Ahora, el niño puede ver las pupilas del hombre.
— ¿Y cómo llegaste hasta aquí?— pregunta el niño.
— Porque tuve suerte. Me encontró Saddira, pues había rumores sobre un ser que estaba causando estragos en las alcantarillas. Y me tomó como su hijo.
Abel asiente, comprendiendo.
—¿Y ya no tienes sed?— inquiere de nuevo, observando el vial vacío.
Blake acerca el dorso de la mano a los ojos de Abel. En un dedo, una sortija de color rojo reluce con cada vez menos intensidad. El niño escucha el latido de un corazón calmado. No entiende porqué le muestra eso, o no lo entiende del todo. Pero tiene curiosidad por esa mano. En un gesto infantil e inconsciente, toca el dorso con un dedo.
— ¿Fue este brazo?
— Sí— dice el hombre sin rehuir del contacto—. Este fue el brazo que perdí aquella vez. Dime, ¿has visto tu regeneración?
El niño ladea la cabeza.
— ¿Regeneración?
La respuesta es otra pregunta.
— ¿Confías en el segador de Kanchelsis? Dame tu mano.
El niño no confía en él. No. Aun le produce demasiado miedo. Pero es ese miedo el que le obliga a tender la mano hacia el adulto, del mismo modo que se la tendió a Brynhildr la primera vez que se vieron en la cueva de las arañas.
Blake toma con una mano la muñeca del niño y con la otra, sin dejarle tiempo a reaccionar, hace un rápido corte en la palma con la afilada garra de su guantelete.
El dolor es instantáneo. Abel mira el profundo corte de su mano y suelta un grito de impresión.
— ¡Ahhhhhhhh!— chilla, intentando liberarse en vano.
Blake lo sujeta mientras Abel lo mira totalmente aterrorizado, con los ojos desorbitados. De nuevo, como cuando le tendió la mano herida a Brynhildr, han vuelto a hacerle daño. En un acto reflejo, hace una inspiración. Luego otra, y otra, y varias.
— Shhh— susurra Blake—. Observa solo unos segundos más.
Abel sigue respirando con ansiedad, aunque el aire no entre en su cuerpo. Mira su herida con pánico, paralizado.
— No temáis, Abel. Observad— dice una calmada voz femenina tras él.
Pero Abel solo tiene ojos para su corte. A los pocos segundos, la profunda herida empieza a cerrarse sola. El dolor cesa y su palma vuelve a la normalidad como si no hubiese ocurrido nada.
— Esa es nuestra regeneración natural— dice Blake antes de soltarle la mano—. Eres un ser superior y perfecto, Abel. Tus miembros amputados sanarán en dias, tus huesos se soldarán en minutos y tus heridas se cerrarán en segundos. Nunca enfermarás— sentencia, y se yergue— . Madre. Qué agradable y hermosa sorpresa.
Hace una educada y ensayada reverencia cuando Saddira se acerca.
Aun mirándose la palma de la mano, ya totalmente curada, Abel se obliga a alzar la cabeza, primero para mirar a Blake y luego a Saddira.
— ¿Cómo estáis, Abel? Veo que mi hijo os está mostrando parte de nuestra naturaleza. Glorioso don.
Abel la mira con la boca semiabierta durante un segundo.
— Bu-buenas noches señora Saddira— dice, intentando recordar cómo hablar
— Creo que tenéis a una futura y prometedora Sombra, madre— comenta Blake, poniendo una mano sobre la cabeza del niño y despeinándolo con gesto amable.
Abel agradece tanto el contacto de esa mano sobre su cabeza que incluso lo disfruta.
— ¿Una Sombra?— pregunta Saddira—. ¿Habéis hecho algún avance digno de mención con él?
— ¿Lo dudáis?— contesta su hijo.
— Lo dudo hasta que mis propios ojos lo vean desgarrar la carne. Traedme a un esclavo. Comprobaremos si es verdad lo que estáis declarando.
— Pero... Madre, querida. ¿No es cierto que siempre tratáis de aleccionarme sobre que no debo arrancar la vida de forma tan gloriosa como la Bestia? Sabe escuchar, esconderse. Sabe transformarse en rata. He visto a medianos a vuestro servicio más descuidados.
Saddira se agacha apoyando ambas manos en las rodillas, quedando su mirada a la altura de los ojos de Abel. La belleza de la mujer impresiona tanto al niño que se queda paralizado, otra vez.
— ¿Y sabéis despojar la vida de la carne? ¿Arrancar del cuerpo cada latido mientras el corazón lucha en vano intento?— le pregunta directamente, recibiendo por respuesta el más absoluto silencio.
— Siempre me habéis dicho una y otra vez, en mi épica de vástago, que no vaciase los cuerpos, aunque los degollaba a mordiscos— replica Blake, y si Abel no estuviese tan impresionado por la mirada de la mujer, escucharía un leve cambio en su tranquilizada voz.
— Para sobrevivir hay que cazar. Alimentarse. Desatar a la Bestia para conocer el alcance de nuestra naturaleza sin que esta nos llegue a controlar— susurra Saddira.
Muy cerca, Abel escucha un ligero latido que emite la sortija de Blake.
— A mí nunca me animáis a esas cosas— declara el adulto, y de pronto Abel toma conciencia de lo que puede estar ocurriéndole, algo preocupado.
— No seréis un vástago útil hasta que seais capaz de sobrevivir— susurra Saddira, para volver a erguirse.
— ¿Le queréis más a él que a mí?— pregunta Blake en un tono que Abel conoce muy bien— . ¿Es eso? ¡Incluso quieres más a una estúpida puerta que a mí!
Después del reproche, Abel se devanea los sesos en busca de un tema que haga cambiar el discurso de Saddira.
— Yo ya sé sobrevivir, señora Saddira— exagera su afirmación.
— Es eso cierto, ¿Blake?— pregunta la mujer, mirando a su hijo, quién está ocupado colocándose de nuevo la máscara.
— ¿El qué, madre?— dice el aludido, cuando su rostro vuelve a quedar cubierto.
— Qué Abel es completamente capaz de sobrevivir sin tomar ni una gota de pilar sangriento y por sí mismo puede proveerse de alimento.
Abel se alarma al escuchar tal interpretación de sus palabras, arrepintiéndose por un instante de haber cambiado de tema.
— No ha probado una garganta todavía— explica Blake.
— No es verdad. Sí lo he hecho.
La declaración hace que los dos vampiros se vuelvan hacia él al mismo tiempo.
— Mientes— le acusa Blake en un tono que poco a poco deja de ser sereno— ¿Me estás mintiendo, Abel?— pregunta Saddira, aunque el niño escuche esas palabras como una amenaza.
— No miento— dice, y habla rápidamente para demostrar cuanto antes su inocencia—. Cuando estaba en la cueva, un niño como yo me acompañó afuera. Yo tenía mucha hambre y había un bandido que... creo que... el otro niño lo mató. Creo que nos iba a hacer daño. Y luego no recuerdo... bueno, estuve un rato...— se arma de valor para pronunciar la palabra—. Be-bebiendo.
— La Bestia— susurra Blake.
— Bien, bien— Saddira parece complacida—. De lo contrario haría que tomaran medidas. Emnekhul necesita de sus hijos, dignos del don tenebroso, y temí que siendo un niño tuviéramos que destruiros si no dieseis la talla. Sin embargo, puedo apreciar que estáis haciendo grandes avances y no será necesario.
Por un momento, una ola de miedo alcanza a Abel, pero luego recuerda ese dato al que se aferra siempre con uñas y dientes.
— No... no podéis hacerme daño— dice, aunque parece que implore más bien— La ley me protege...
— Abel— interrumpe Blake—. Mi Madre es magistrado... no le hables a ella sobre las leyes.
Abel no sabe lo que es un magistrado, pero capta enseguida que ha cometido una estupidez al hablarle de leyes a Saddira. Alza el rostro para mirarla
— Perdón.
— Lo pasaré por alto esta vez— concede la mujer— al igual que continuaré atenta a vuestros avances. Espero que no me defraudéis y continuéis avanzando como hasta ahora.
Abel asiente y escucha, de refilón, el murmuro de Blake:
— Y cuando vea tus avances te ignorará por completo.
Seguidamente carraspea y en voz clara dice:
— Aun está bajo el tutelaje de Aerion y de Brynhildr... deje...—. Guarda silencio al ver que alguien entra en el templo, pero continúa—. Dejémosles hacer un poco más. Si no, le enseñaré yo mismo a cazar— hace una pausa antes de decir en tono siniestro—. Y cazará o será cazado.
Es en ese instante en el que Abel se da cuenta que hace un rato ha dejado caer al suelo la espada de Blake. La recoge con sumo cuidado y pregunta:
— ¿Entonces me enseñarás a usarla?
Saddira mira a su hijo con ojos maternales.
— Blake, mi ángel de tinieblas, ¿qué os parece si acompañamos a Abel al exterior y así le dais unas clases prácticas?
Blake la mira algo reticente y es entonces cuando la figura que ha llegado al templo se acerca a ellos.
— Eterna muerte — saluda Sassa—. ¿Pasa algo con el pequeño?
Abel nota entonces en el hombro la mano de Blake que tira de él. El niño se deja llevar y el adulto lo deja tras su espalda, como si quisiera esconderlo
— Déjalo— gruñe a Sassa.
— ¿Puedo hacer algo para que no le destruyan?
— Sí, dejarlo en paz.
— No me has entendido — contesta Sassa en un tono neutro—. Me refiero a darle alguna enseñanza.
El silencio es lo que obtiene la mujer como contestación.
— ¿Ha pasado algo entre vosotros?— inquiere Saddira, mirando primero a uno y luego a otro.
— No— contesta Blake rápidamente.
— Dejadlo así— responde Sassa a su vez.
Desde detrás de la enorme espalda de Blake, Abel intenta observar a todos los interlocutores estirando el cuello.
— Me voy de aquí— concluye entonces Saddira, aunque su tono no parece especialmente disgustado—. No quiero tener que enfadarme.
Cuando la mujer se marcha, Blake se gira hacia Abel y lo mira a los ojos desde detrás de la máscara. El niño se siente aun realmente impresionado, pero le aguanta la mirada.
— ¿Vas a venir a cazar conmigo, Abel?
— Sí, claro, yo... me gustaría mucho— dice, aunque diría cualquier cosa por ganarse la aprobación o simplemente la neutralidad de Blake.
— ¿Y vas a hacer caso a todo lo que te diga?
— Claro, todo— asiente un par de veces.
— ¿Seguro?
— Segurísimo— afirma el niño.
Blake asiente.
— Vamos— dice entonces Sassa, que se ha mantenido en silencio.
Los dos vampiros adultos salen del templo sin perder un segundo más y, aunque Abel se muere de hambre, solo es capaz de echarle un último vistazo al cristal sangriento antes de salir del templo.
Sigue a Blake y a Sassa por las calles de la Necrópolis hasta llegar a una salida que desemboca a una cueva de techos altos.
— Aquí Brynhildr y Aerion me enseñaron a dar miedo con la mirada— dice el niño, señalándose los ojos—. Con un grupo de trasgos.
— La mente de los trasgos es débil y estúpida, Abel, pero es un comienzo— es la única frase pronunciada durante todo el recorrido de la cueva.
Al cabo de varios minutos, en los que Abel piensa seriamente en cazar alguna rata para comérsela, llegan al exterior.
Es una noche oscura, de niebla densa. El cementerio está aparentemente tranquilo, y solo sus pasos se escuchan en las tinieblas. Y entonces sus oídos perciben el silbar de una saeta. El proyectil sale de la bruma y pasa muy cerca de Sassa, que lo esquiva sin realizar ningún movimiento brusco. Otra flecha pasa cerca de Blake, que hace lo mismo.
— Embelésalos, Sassa— pronuncia Blake, con calma.
Pasan menos de tres segundos. Después de ese instante silencioso, tres hombres aparecen en medio de la bruma. Sus rostros ausentes y paralizados miran a los tres vampiros. El hambre ruge en el interior del niño y empieza a relamerse inconscientemente.
— Ahí los tienes— dice Sassa.
— ¿Qué... qué les pasa?— murmura Abel, que no entiende porqué los hombres no escapan o luchan.
— Ahora están a nuestra merced— le explica Sassa.
— ¿Quienes son?— inquiere el niño intentando en vano ignorar el hambre, que retumba en su cabeza como un martillo contra un muro de piedra.
— Comida.
— Ganado.
Abel los mira y de pronto descubre su propia lengua acariciando la comisura de sus labios. Da un paso hacia ellos pero sin previo aviso, rápido como un rayo, Blake pasa a su lado y se lanza sobre uno de ellos, desgarrando parte de su garganta y bebiendo con ansia.
La visión de la sangre y de las fauces de Blake cernirse sobre su presa golpean a Abel como un mazo helado. El adulto es como un lobo terrible que busca a húmedas dentelladas el combustible del que se alimenta. El niño avanza hacia la otra presa con ansiedad, pero Blake vuelve a adelantarse y, haciendo uso de su gran envergadura, se apodera también de la segunda presa, dejando a Abel totalmente frustrado. Con prudencia, el niño se acerca un paso al cadáver sangrante del segundo bandido, pero nota el intimidante gruñido Blake que, sin ni siquiera girarse, emite un ruido amenazador que se escucha desde lo más profundo de su pecho.
— Qué ganado más delicioso— le dice al cabo de un instante, mirando a Abel con los labios llenos de sangre—. Es tan dulce, tan cálido... nada comparado con el cáliz... tu turno, Sassa.
La indignación de Abel se muestra en su mirada de confusión cuando observa a Sassa cernirse sobre la tercera y última presa y alimentarse de ella. Mientras lo observa todo, impotente, Abel se roe dos dedos de la mano. De nuevo es el cachorro que espera a que los leones fuertes se hayan saciado para poder comer. Poco a poco va perdiendo conciencia de lo que le rodea. Solo observa los colmillos de Sassa clavarse en la tierna y cruda carne del cuello del hombre, que da un par de movimientos frenéticos antes de quedarse quieto, como el mejor manjar que jamás ha visto. La lengua de la vampiresa se mueve en una orgía de músculos y piel, empapándose de sangre y placer. Casi con gula.
— Ellos están ahí para nosotros, Abel. Es lo justo, ¿qué pasa si tienes sed? ¿Acaso el lobo pasa hambre por no comerse al conejo?
Los susurros de Blake llegan a los oídos de Abel muy lejanos, como si estuviese bajo el agua. Solo piensa en la escena que tiene delante. Solo quiere apartar a Sassa de un empujón y clavar los dientes en esa piel... tiene sed. Quiere sangre, y la quiere ya.
— De-dejadme a mí también— dice una voz, y se da cuenta unos segundos más tarde que es la suya.
Pero las tres presas están secas. Abel las mira mientras se alejan. No sabe por qué sigue a Blake y a Sassa lejos de la sangre que mancha los adoquines. Podría agacharse y lamerla. Seguro que está deliciosa...
Cuando unas palabras lo devuelven a la realidad, hay otro par de hombres frene a él. Están igualmente paralizados y ausentes.
— ¿Me oyes, Abel?— le dice Blake, y lo empuja poniendole una mano en la nuca— . Aliméntate.
Blake aún no ha terminado de pronunciar esa última palabra cuando Abel da un salto y se abalanza sobre el cuello del hombre, que cae al suelo. El niño le desgarra la garganta con sus colmillos, llevándose con los dientes piel y músculo. Cierra los labios entorno a un chorro de sangre y entierra la cara en la herida cada vez más profunda, manchándose el rostro de sangre hasta las orejas.
Como aquella vez con el pequeño Leonard, no sabe cuánto tiempo pasa. Solo sabe que nunca ha probado algo tan saciante y delicioso, algo tan maravilloso y que tanto le llena de fuerza. Su cabeza se nubla, sus ojos entrecerrados solo atisban manchas rojas, huesos partidos y músculos
Cuando vuelve en sí, otra presa lo mira totalmente abstraída.
— Quiero más— dice el niño, mirando a Blake, a Sassa y a la presa.
— Claro que sí, hermano.
El hambre y la reverberación de esa última palabra se juntan en su cerebro como dos corrientes de aire que forman un huracán. Solo quiere complacer a Blake y a la Bestia.
— Pero antes— añade el vampiro — mátalo con mi espada.
La orden se queda atascada a la entrada del cuerpo de Abel. El remolino se pausa un momento y la Bestia se enfada con el niño.
— No me gusta repetir las órdenes. Córtale la garganta, despacio.
La garganta. Sí, eso es lo que quiere. Como si no fuese su mano, ni su brazo, ni su cuerpo, se adelanta y de un salto clava la espada en el cuello de la víctima. No la clava despacio dado que sus ansias por alimentarse lo apremian a terminar de cumplir la orden de Blake.
Cuando el hombre se desploma en el suelo, Abel agarra su mandíbula y la sube para apartarla de la yugular. La dentellada es rápida.
— Arrebátale la vida. Te pertenece Abel. Es tu presa, ni siquiera yo tengo derecho de quitártela ahora mismo.
El niño no contesta. Demasiado ocupado bebiendo, desgarrando, alimentándose. La Bestia se ha apoderado de él por completo.
Un hombre llega al rescate de sus dos compañeros, creyendo que entre la niebla podrá vencer a los tres asesinos de sus amigos. Pero se equivoca.
Abel lo ve caer, derribado por un duro puñetazo. Yace inconsciente en el suelo. La Bestia puede oír los latidos de su joven corazón.
— Vamos, hermano, únete a nuestra lucha. Defiende tu hogar. Usa tu espada para acabar con él.
El niño ladea la cabeza y mira a Blake. De nuevo, ya no es el hombre corpulento y enmascarado, si no un muchacho de cabellos castaños y ojos felices que le mira con decisión.
— ¿Quieres que lo mate, Adam?— pregunta el niño en tono ausente.
— Acaba con él— contesta su hermano a modo de asentimiento.
Completamente descontrolado, Abel acaba con el hombre rajando su garganta.
El siguiente minuto, en el que la sobredosis de alimento lo desquicia por completo, las acciones pasan de forma confusa.
— No intentes dominar a la Bestia ahora— le dice Sassa desde muy lejos.
Las tres sombras atraviesan la niebla y nadie más se vuelve a cruzar en su camino. Seis cadáveres secos de sangre quedan a sus espaldas. La Bestia resopla en el interior de Abel. Su rostro es una máscara roja agujereada por sus dos ojos de pupilas dilatadas.
— Límpiate la cara.
Cuando parpadea, están de nuevo en una cueva. Ante ellos hay una pila llena de agua. Sassa moja en ella un pañuelo blanco y se limpia la cara.
— Así— le dice.
Abel se gira y mira a su alrededor. Asiente y se moja las manos en el agua para luego frotarse la cara. Las gotas empapan su camisa, también manchada de sangre. Abel la mira sin comprender del todo de donde ha salido.
— Escúchame atentamente Abel.
El niño se gira y mira a su hermano mayor con los ojos totalmente nublados. La sangre aguada resbala por su nariz y por sus pómulos.
— El éxtasis de la sangre, de la bendición de padre, recorre ahora mismo la energía negativa de tu cuerpo. Siéntete orgulloso cuando vuelvas a la normalidad. Recuerda esta fantástica sensación y desea que pronto salgamos a cazar de nuevo.
El niño asiente lentamente, sin saber muy bien qué es lo que está aceptando.
— Esta es tu última prueba, Abel. Cuando salgas del éxtasis no quiero que te sientas culpable. Este es tu derecho, ellos son ganado, tu eres un ser superior. Si haces que esto no haya sido una pérdida de tiempo, te consideraré un hermano, cazaras conmigo y te enseñare a luchar— dice, y luego su voz suena más contundente—. Pero, si te veo lloriqueando porque has matado a cuatro imbéciles.... no te consideraré un hermano. No volverás a cazar conmigo y me dará igual si Madre te destruye.
Esas tres afirmaciones se clavarán más tarde en el corazón muerto de Abel como cuatro astillas empapadas en veneno. Pero ahora asiente. Asiente lentamente con sus infantiles ojos bien abiertos. Asentiría a cualquier cosa.
— Sí lloras— incide Sassa— por mi parte te daré motivos para llorar por algo que realmente merezca la pena.
Otra astilla que se clavará más tarde en su ánimo.
— Ahora vuelve al templo y descansa. Nada de cazar solo, Abel. Aun no estás preparado. No te hemos enseñado dónde o cómo hacerlo.
— Sí Adam— contesta el niño, totalmente embotado— me portaré bien.
Una gota de sangre aguada cae por su pómulo cuando los dos vampiros adultos le dan la espalda y desaparecen.