***
Creo que no debía tener más de seis años cuando perdí a mi madre, por lo que todo recuerdo que conservo de ella resulta confuso, vago, y probablemente alterado por las afirmaciones vertidas por el resto de la familia materna con la que me crié. De mi padre y su rama familiar no sé nada, solamente que debió pertenecer al Pueblo Gentil. Aquella despedida no fue voluntaria, pero tampoco queda de ella un poso de tristeza muy profundo, aquel apareció algo después, durante los años que permanecí al cuidado de mi tia y en compañía de mis insoportables primas, que dejaron bien claro desde el principio que no era más que una carga para ellas. No soportaban ver mis orejas acabadas en punta, ni mi pelo rojizo, tampoco aquellos sueños, por llamarlos de alguna manera, que me venían de vez en cuando y que les contaba con la intención de advertirles o protegerles de alguna desdicha. No me interesaban sus fiestas, sus bailes, ni su incesante cacareo sobre tal o cual apuesto pretendiente. No me interesaban los principios de Siamorfhe en absoluto.
No hubo manera de obtener su comprensión, ahora sé que lo que hablaba por ellas era el miedo, y sin embargo, he de estarles agradecida, pues por aquel desprecio fui enviada con doce años al servicio de la Dama de plata, al templo de las estrellas plateadas.
Parece que fue ayer cuando crucé las puertas del templo para iniciarme en su fe y recorrer así el camino para el que supuestamente estaba destinada.Había pasado a ser novicia, una llamada y ahora, sin embargo, no estaba segura de que aquel fuese el camino que me estaba destinado. ¿Cuantas veces podía uno dudar hasta encontrar la línea correcta? ¿Cuantos tumbos me concedería la vida hasta mostrarme mi lugar?
Mis preocupaciones y cavilaciones comenzaron hace un par de años, cuando mis premoniciones y aquellas visiones se hicieron más frecuentes, más vivas, tan reales que costaba discernir que seguía en la protección del templo. Casi al mismo tiempo comenzó mi interés por el arte y con ello las dudas, los problemas y las indecisiones. Hasta ahora había aprendido sobre el poder divino, todas las respuestas se explicaban mediante él y aquellas respuestas me complacían, sin embargo el arte existía, estaba allí, y yo lo había sentido. Conforme más aprendía, conforme más me sumergía en aquellos libros más insegura me sentía. Fue entonces cuando comprendí que la duda, la indecisión, son nuestro peor enemigo.
Una lágrima resbaló por su mejilla al pensar en el templo, en sus hermanas y en su aprendizaje. Instintivamente fijó la mirada en la punta de sus dedos haciendo vibrar una pequeña llama de color azulado, tan pequeña y tan dañina.
—Si eliges el camino del arte aquí no podemos ofrecerte nada. Nuestro guía es el poder divino, aquí aprendemos las enseñanzas de la Dama, a servirla y utilizar su favor para su causa. Si eliges el arte, me temo que estas estanterías te serán de poca ayuda. —La sacerdotisa y suma luz de luna Faedhara rozó mi mejilla con sus dedos. Seguí el camino que trazaban hacía aquella majestuosa estancia de elevados techos y pobladas estanterías.—Si decides quedarte, quizá este conocimiento te parezca insuficiente.
Seguí a Faedhara en un recorrido por toda la biblioteca, cruzamos las blanquecinas puertas hasta llegar al jardín de luna y nos sentamos junto al pequeño estanque de aguas tranquilas. —¿Qué aconsejáis Faedhara?, ¿No habéis visto mi destino en vuestras visiones? Le pregunté, casi supliqué por que así hubiese sido, por tener la respuesta inmediata y tranquilizadora.
—Mi niña, ¿Queréis la verdad?, o queréis que os suplique que no os vayáis. —Faedhara sonrió con ternura y volvió a rozar mi mejilla con sus largos dedos. Alzo mi mentón y me hizo mirar sus marinos ojos. No hizo falta una sola palabra más, supe que no sería en ese templo, en ese jardín, ni siquiera en aquella tierra que llamaban la gema del norte donde continuaría mi aprendizaje y aun así insistí.
—¿Por qué no puedo ir a la escuela de la Dama?, ¿No puedo ir al cónclave y permanecer en el templo?, ¿No puedo aprenderlo todo? —Prorrumpí en un alarde de irritable cabezonería.
—Faedhara cerró los párpados lentamente y acompañó su gesto con una ligera negación. —No está tu destino aquí, en esta tierra. Al menos, no por ahora.
—¿Lo has visto en las estrellas? —Inquirí.
—Lo he visto Eielena, no insistas. Tu aprendizaje no será fructífero en esta ciudad y sin embargo tuya será la decisión de quedarte o partir. No me equivoco si afirmo que esa decisión ya la tomaste hace tiempo.
—¿Donde iré? — Razoné sin necesidad de confirmar sus palabras, no hacía falta.
—He preparado una misiva para que te acojan nuestras hermanas de Edive, allí podrán guiarte y podrás conocer también la prestigiosa Universidad de Myrdon Salasker.— La sacerdotisa se incorporó y me tendió la mano guiándome de vuelta al interior del templo de las siete estrellas. Como siempre, antes de volver al interior del templo contemplamos la majestuosa vista del puente de la luna en aquella hora azul. —He dado orden de que te preparen los pertrechos necesarios para tan largo viaje. Puedes pasar a recogerlos a lo largo de la dekhana en Un puñado de estrellas, Sinnera te está esperando.
Asentí mientras mi mente comenzaba a pensar en aquel nombre; Edive, sonaba poético, muy propio de la Dama Luna. Mi corazón se iluminó, dividido entre el deseo de permanecer en la ciudad del puente de la luna, de ingresar en el cónclave y el por otro lado deseo de conocer otros lugares; ignorante por completo de los sucesos que acontecían en aquellas lejanas tierras en la actualidad.
—¿Cuando partiré? —Pregunté algo más animada.
— Con la primera luna llena. —Respondió Faedhara tras una breve pausa y añadió: La duda es razonable, pero no permitas que te domine, no dejes que anule tu autoestima, pues con ella ni un camino ni otro acabarás por recorrer. Quizá no recorras el camino de la fé, quizá acabes recorriendo el camino de la magia arcana, pero —¿Y si pudieras recorrer los dos?