BobM
Pomo de Puerta de Baldur
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La figura sombría avanzaba por las aguas del río Alandor
con un
silencio casi reverencial. Su mente vagaba, pero apenas regresaba al suceso que habia ocurrido hacía apenas unas noches, como si algo más se hiciera hueco, espaciándose de aquella noche en la que los Ladrones de las Sombras habían ejecutado, probablemente, el encargo más trascendental de las últimas décadas. Su objetivo había estado en la capital. Promesas recién forjadas y sombras veteranas se habían reunido bajo un mismo juramento: cumplir los designios de Cabello Rojo sin margen para el error.
Lo que se había orquestado no nació de la ambición ni de la promesa de oro. Fue una venganza fría, meticulosamente calculada, concebida por la mente de una mujer que gobernaba la organización de ladrones más próspera de todo Faerûn.
Mercer, Azzo, Cuchilla, Oráculo, Livae. Olvido. Tasador, todos allí, convocados por motivos distintos: nostalgia por los viejos tiempos, promesas de poder, la oportunidad de formar parte de algo más grande, lealtad inquebrantable o la simple y seductora promesa de riqueza. Motivaciones dispares, un único propósito: penetrar una cámara acorazada casi tan inexpugnable como el propio palacio del Consejo de los Seis. Cuando aquel recuerdo consiguió hacerse eco en su mente como una corriente silenciosa. Se permitió, apenas, un destello de orgullo.
Él, que siempre había sido una sombra obediente, un ejecutor sin rostro, una herramienta del antifaz y el estilete, comenzaba ahora a sentir algo nuevo bajo aquel manto de carne oscura. Un deseo tenue, pero persistente: no limitarse a obedecer, sino a caminar hacia algo más que su final bajo el velo de la Dama de la Pérdida. Aquel destino ansiado seguía aguardándolo, pero antes… antes quería ser testigo. Formar parte de la oscuridad prometida que se cernía sobre Faerûn. Ese futuro, sin embargo, aún estaba distante. Cuando el bote rozó la orilla, otro recuerdo emergió, más íntimo.
Desembarcó en los muelles de Crimmor con un frasco de cristal negro firmemente sujeto entre los dedos. En su interior dormía una fragancia sutil, casi imperceptible. Cómo había llegado a obtenerlo era irrelevante, incluso para él. Todo había sido teatro: un duelo de espadas durante una fastuosa celebración de una antigua familia amniana. Siempre había sido así. Una criatura vacía, deslizándose como una silueta discreta entre callejones y salones iluminados. Una existencia incompleta, nacida para una vida no deseada, condenada a perderse en los márgenes del mundo.
Cruzó el umbral de la antesala de una mansión que, durante el día, no era más que el eco marchito de su antigua grandeza, pero que al caer la noche resplandecía con la calidez de sus candiles. Allí lo aguardaba aquello que le otorgaba un propósito. Otra figura sombría, su igual, inmóvil, sosteniendo entre sus brazos el fruto de la unión de ambos. La figura se retiró la capucha y depositó el frasco de Iris Negro sobre la mesa.
Un obsequio futuro para quien había nacido del abrazo de dos sombras.
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