_Miau_The_Return_
El que aplaude en los discursos Zhent
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Nací en un pequeño pueblo costero, a unos pocos kilómetros de Aguas Profundas, donde el constante murmullo del océano y el chillido lejano de las gaviotas marcaban el compás de la vida diaria. Era la menor de seis hermanos y, a pesar de la pobreza que azotaba nuestro hogar, mi infancia transcurría en medio de la alegría y el cariño familiar.
Mi padre, Theron, era un pescador de gran temple, conocido por su habilidad para leer el mar y extraer de él los más sabrosos peces. Cada mañana, antes del alba, se despedía de nosotros con voz pausada:
—"Calistia, escucha el rumor del océano, porque en cada ola se oculta un secreto que te enseñará a soñar."
Mi madre, Soraya, era una mujer de mirada profunda y voz serena. Con delicadeza y pasión, llenaba nuestro hogar de relatos y canciones que nos transportaban a mundos llenos de esperanza. En las tardes, mientras el sol se despedía en un ocaso dorado, ella me susurraba:
—"Hija, la verdadera belleza no se esconde solo en lo que ves, sino en el amor que llevas en el corazón. Cada latido es un verso que te acerca a la eternidad."
Nuestros días transcurrían entre juegos en la playa, risas compartidas y largas conversaciones al calor del fuego. Mis hermanos mayores cuidaban de mí con esmero, y juntos soñábamos con aventuras en alta mar. La vida en nuestro pequeño pueblo, aunque marcada por la humildad, rebosaba de afecto y de la seguridad que otorga el amor familiar.
Pero, como suele suceder, el destino es impredecible y a veces cruel. El fatídico día llegó, el Dia del Luto. Aquella mañana, el cielo se oscureció de forma inusual y un viento frío recorrió el pueblo. Sin aviso previo, una peste devastadora se extendió rápidamente, arrebatando la vida de numerosos habitantes del pueblo.
El pueblo, que había vibrado con la risa y el trabajo diario, se sumió en un silencio sepulcral. Aquella noche, mientras el murmullo del mar parecía lamentar la tragedia, vi con horror cómo mis padres y cada uno de los adultos, como la chispa vital de sus ojos desaparecían, dejando tras de sí un vacío que llenó de lágrimas cada rincón. En medio de aquel caos, mis hermanos mayores se abrazaron para protegernos. Con voz entrecortada, uno de ellos me dijo:
—"Calistia, ahora somos solo nosotros. Todos los adultos se han ido; debemos unirnos para seguir adelante, honrando la memoria de quienes nos cuidaron."
El dolor era indescriptible. En aquella noche oscura, el pueblo entero quedó huérfano, y el océano, antes tan vibrante, parecía lamentar la pérdida con un lamento perpetuo. Sin embargo, en medio del sufrimiento, algo en mí empezó a encenderse. Las palabras de mi madre resonaban en mi mente:
—"Cuando el dolor te abrace, hija, recuerda que en la noche más oscura siempre asoma el alba."
Aquel día marcó el fin de mi infancia inocente y el comienzo de un destino forjado en el sufrimiento. Mis hermanos, a pesar de su dolor, se comprometieron a cuidar de nosotros, pero en lo profundo de mi alma se encendió una determinación: debía buscar una cura, una forma de evitar que tal tragedia volviera a ocurrir. Aunque aún era muy joven, acepté la misión, jurando en silencio que haría todo lo posible para salvar a quienes, en el futuro, no pudieran soportar semejante pérdida.
Mi padre, Theron, era un pescador de gran temple, conocido por su habilidad para leer el mar y extraer de él los más sabrosos peces. Cada mañana, antes del alba, se despedía de nosotros con voz pausada:
—"Calistia, escucha el rumor del océano, porque en cada ola se oculta un secreto que te enseñará a soñar."
Mi madre, Soraya, era una mujer de mirada profunda y voz serena. Con delicadeza y pasión, llenaba nuestro hogar de relatos y canciones que nos transportaban a mundos llenos de esperanza. En las tardes, mientras el sol se despedía en un ocaso dorado, ella me susurraba:
—"Hija, la verdadera belleza no se esconde solo en lo que ves, sino en el amor que llevas en el corazón. Cada latido es un verso que te acerca a la eternidad."
Nuestros días transcurrían entre juegos en la playa, risas compartidas y largas conversaciones al calor del fuego. Mis hermanos mayores cuidaban de mí con esmero, y juntos soñábamos con aventuras en alta mar. La vida en nuestro pequeño pueblo, aunque marcada por la humildad, rebosaba de afecto y de la seguridad que otorga el amor familiar.
Pero, como suele suceder, el destino es impredecible y a veces cruel. El fatídico día llegó, el Dia del Luto. Aquella mañana, el cielo se oscureció de forma inusual y un viento frío recorrió el pueblo. Sin aviso previo, una peste devastadora se extendió rápidamente, arrebatando la vida de numerosos habitantes del pueblo.
El pueblo, que había vibrado con la risa y el trabajo diario, se sumió en un silencio sepulcral. Aquella noche, mientras el murmullo del mar parecía lamentar la tragedia, vi con horror cómo mis padres y cada uno de los adultos, como la chispa vital de sus ojos desaparecían, dejando tras de sí un vacío que llenó de lágrimas cada rincón. En medio de aquel caos, mis hermanos mayores se abrazaron para protegernos. Con voz entrecortada, uno de ellos me dijo:
—"Calistia, ahora somos solo nosotros. Todos los adultos se han ido; debemos unirnos para seguir adelante, honrando la memoria de quienes nos cuidaron."
El dolor era indescriptible. En aquella noche oscura, el pueblo entero quedó huérfano, y el océano, antes tan vibrante, parecía lamentar la pérdida con un lamento perpetuo. Sin embargo, en medio del sufrimiento, algo en mí empezó a encenderse. Las palabras de mi madre resonaban en mi mente:
—"Cuando el dolor te abrace, hija, recuerda que en la noche más oscura siempre asoma el alba."
Aquel día marcó el fin de mi infancia inocente y el comienzo de un destino forjado en el sufrimiento. Mis hermanos, a pesar de su dolor, se comprometieron a cuidar de nosotros, pero en lo profundo de mi alma se encendió una determinación: debía buscar una cura, una forma de evitar que tal tragedia volviera a ocurrir. Aunque aún era muy joven, acepté la misión, jurando en silencio que haría todo lo posible para salvar a quienes, en el futuro, no pudieran soportar semejante pérdida.
... continuará ...