Zhay
Guerrero puro pero feliz
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Prólogo
El manto de la noche caía oscuro y silencioso en el bosque de Weldath. Las luces de las luciernagas y los fuegos fatuos parpadeaban ante el frío viento invernal. Las ramas parecían susurrar secretos nunca oídos, los animales buscaban refugio en sus madrigueras. Todo era silencio.
Una extraña quietud se apoderaba del bosque como si la esperanza y la vida se hubieran extinguido. Como si la pérdida fuera el único destino. Las hojas que se arremolinaban entorno a la alada y solitaria figura que hacía guardia en el campamento. Parecían susurrar un quedo mensaje.
- Trescientas espadas, trescientos elfos... Trescientas.
Hacía tan solo unos días que la crueta batalla había acontecido y el bosque entero estaba sumido en la tristeza. Los elfos miraban al cielo casi sin esperanza alguna, sin estrellas que brillaran en el firmamento para darles aliento y seguir luchando.
A unos metros de la figura un guardia se apoyó en su lanza, bostezando. La joven sacerdotisa se acercó a el con paso quedo, preocupada por si algún tipo de magia afectaba al joven, por si enemigo había jugado una nueva carta.
- ¿Dimeth? -Preguntó la elfa, viendo al elfo bostezar aún mas, algo insólito en su raza, que por norma, era inmune al sueño, pues ellos solo meditaban. Parpadeó un par de veces y palmeó el rostro del elfo al ver, atónita como el joven guardián caía dormido.
- ¿Como sabremos si la espada nos ha elegido? -Susurró una voz cercana, un eco fantasmal del pasado.
El viento helado se levantó y agitó las ramas de los árboles. Auril gritaba con furia. Una maraña de hojas se levantaban, volando con suaves deslizamientos hacia la profundidad del bosque.
- Ven... ven... -Le susurraban.
Ella les siguió, casi hipnotizada por el misterio de esa voz, mas sus pasos pararon, e incluso retrocedieron al ver aparecer una sombra, vestida con una antigua armadura élfica. Sus ojos eran siniestros y le miraban con dureza.
- El juramento... El Honor del pasado. La espada hacedora de reyes.
- ¿Quien eres? -La elfa puso una mano en la empuñadura de su milenaria espada Vel'Daoine, la hoja de estrellas, no con intención de atacar, sino porque aquel gesto le hacía sentir mas segura.
- Ehtlando... Ehtlando...
Estaba tan nerviosa que ni siquiera reaccionó al nombre del Gran Sabio Ehtlando, portador del regalo de Corellon, el conjuro que creaba un Filo Lunar. Parpadeó un par de veces, estupefacta mientras la figura parpadeaba y desaparecía. Le costó buscar de nuevo con la mirada a la figura fantasmal que se había desplazado en un abrir y cerrar de ojos a la izquierda.
- Petición, no permitais que caigan mas de dos elfos de un mismo clan este día... Starym.
La sombra volvió a desaparecer. La elfa le seguía a trompicones, usando toda su concentración para no perder de vista al misterioso ser. Cada vez se movía mas rapido hacia el este.
- ¿El conocimiento os ha hecho cambiar de aprecer? ¿Hay algún clan que queira probar una tercera vez? -El eco de su voz parecía golpear los arboles y se arrastrado por las hojas. - Yo reclamo...-Lo siguiente le fué imposible de entender.- ... en nombre del clan Durothil.
La elfa fué a decir algo pero se cayó al oír el nombre del Clan Durothil, aquel de cuya sangre era Sével, su amigo y guardián.
- Trescientas espadas, trescientos elfos. No olvideis la gloria del pasado. No la olvideis... Pues ahí siguen aguardiando a que sean llamados de nuevo. Llamadnos... Llamadnos. Honor entre hermanos, el pueblo defendemos...
- Aillesel Seldarie [Seldarine Bendito]. -Suspiró la elfa.
- Llamadnos y acuideros.
La sombra desapareció junto al altar de Corellon pero otras tantas aparecieron rodeando el altar. La luz procedente de una única estrella que brillaba en el firmamento iluminaba el claro. En el centro apareció el espíritu del anciano elfo, que susurraba palabras que no podía oir. Los demas espíritus rodeaban al anciano haciendo un círculo mientras que a sus pies yacían trescientas espadas, clavadas en el suelo, una frente a cada familia.
Allí congregados había espíritus de todas las grandes familias, portando sus estandartes, incluidas los clanes Starym y Durothil. El anciano terminó su silenciosa letanía desvaneciendose en un estallido de miles de motas blancas. Las espectrales espadas empezaron a resplandecer con una luz intensa y plateada similar a la de la mismísima luna.
Era la ceremonia de Reivindicación de los Filos lunares.
Los elfos se acercaban y tomaban las espadas, que eran alzadas al cielo de forma gloriosa. Pero otras cien espadas cayeron al suelo, junto con los cuerpos inertes de sus portadores, carbonizados. Valanae observaba la escena estupefacta, era ver un trozo de la historia con sus propios ojos. Aquello no tenía precio.
Cien orgullosos elfos solares avanzaron de nuevo hacia las espadas caídas, y cien mas fallecieron. Finalmente, escarmentados ante la muerte de dos de sus miembros, algunas familias recogieron las espadas del suelo, sin blandirlas. La rabia de los Starym era palpable.
Todos empezaron a desaparecer, era lo que debían hacer, su lugar era Árvandor y no el plano material primaro. Un ultimo susurro salió de ellos.
- Buscandos... encontradnos. Hacednos llamar... Los reverendos acudiermos para defender al Pueblo.
Cuando el último fantasma hubo desaparecido sus ojos captaron el reflejo de algo que brillaba a la luz de la luna sobre el altar del Padre. Un fragmento de una espada, sin empuñadura, sin filo, tan solo un trozo de ella descansaba allí. Un trozo de un Filo Lunar.
El manto de la noche caía oscuro y silencioso en el bosque de Weldath. Las luces de las luciernagas y los fuegos fatuos parpadeaban ante el frío viento invernal. Las ramas parecían susurrar secretos nunca oídos, los animales buscaban refugio en sus madrigueras. Todo era silencio.
Una extraña quietud se apoderaba del bosque como si la esperanza y la vida se hubieran extinguido. Como si la pérdida fuera el único destino. Las hojas que se arremolinaban entorno a la alada y solitaria figura que hacía guardia en el campamento. Parecían susurrar un quedo mensaje.
- Trescientas espadas, trescientos elfos... Trescientas.
Hacía tan solo unos días que la crueta batalla había acontecido y el bosque entero estaba sumido en la tristeza. Los elfos miraban al cielo casi sin esperanza alguna, sin estrellas que brillaran en el firmamento para darles aliento y seguir luchando.
A unos metros de la figura un guardia se apoyó en su lanza, bostezando. La joven sacerdotisa se acercó a el con paso quedo, preocupada por si algún tipo de magia afectaba al joven, por si enemigo había jugado una nueva carta.
- ¿Dimeth? -Preguntó la elfa, viendo al elfo bostezar aún mas, algo insólito en su raza, que por norma, era inmune al sueño, pues ellos solo meditaban. Parpadeó un par de veces y palmeó el rostro del elfo al ver, atónita como el joven guardián caía dormido.
- ¿Como sabremos si la espada nos ha elegido? -Susurró una voz cercana, un eco fantasmal del pasado.
El viento helado se levantó y agitó las ramas de los árboles. Auril gritaba con furia. Una maraña de hojas se levantaban, volando con suaves deslizamientos hacia la profundidad del bosque.
- Ven... ven... -Le susurraban.
Ella les siguió, casi hipnotizada por el misterio de esa voz, mas sus pasos pararon, e incluso retrocedieron al ver aparecer una sombra, vestida con una antigua armadura élfica. Sus ojos eran siniestros y le miraban con dureza.
- El juramento... El Honor del pasado. La espada hacedora de reyes.
- ¿Quien eres? -La elfa puso una mano en la empuñadura de su milenaria espada Vel'Daoine, la hoja de estrellas, no con intención de atacar, sino porque aquel gesto le hacía sentir mas segura.
- Ehtlando... Ehtlando...
Estaba tan nerviosa que ni siquiera reaccionó al nombre del Gran Sabio Ehtlando, portador del regalo de Corellon, el conjuro que creaba un Filo Lunar. Parpadeó un par de veces, estupefacta mientras la figura parpadeaba y desaparecía. Le costó buscar de nuevo con la mirada a la figura fantasmal que se había desplazado en un abrir y cerrar de ojos a la izquierda.
- Petición, no permitais que caigan mas de dos elfos de un mismo clan este día... Starym.
La sombra volvió a desaparecer. La elfa le seguía a trompicones, usando toda su concentración para no perder de vista al misterioso ser. Cada vez se movía mas rapido hacia el este.
- ¿El conocimiento os ha hecho cambiar de aprecer? ¿Hay algún clan que queira probar una tercera vez? -El eco de su voz parecía golpear los arboles y se arrastrado por las hojas. - Yo reclamo...-Lo siguiente le fué imposible de entender.- ... en nombre del clan Durothil.
La elfa fué a decir algo pero se cayó al oír el nombre del Clan Durothil, aquel de cuya sangre era Sével, su amigo y guardián.
- Trescientas espadas, trescientos elfos. No olvideis la gloria del pasado. No la olvideis... Pues ahí siguen aguardiando a que sean llamados de nuevo. Llamadnos... Llamadnos. Honor entre hermanos, el pueblo defendemos...
- Aillesel Seldarie [Seldarine Bendito]. -Suspiró la elfa.
- Llamadnos y acuideros.
La sombra desapareció junto al altar de Corellon pero otras tantas aparecieron rodeando el altar. La luz procedente de una única estrella que brillaba en el firmamento iluminaba el claro. En el centro apareció el espíritu del anciano elfo, que susurraba palabras que no podía oir. Los demas espíritus rodeaban al anciano haciendo un círculo mientras que a sus pies yacían trescientas espadas, clavadas en el suelo, una frente a cada familia.
Allí congregados había espíritus de todas las grandes familias, portando sus estandartes, incluidas los clanes Starym y Durothil. El anciano terminó su silenciosa letanía desvaneciendose en un estallido de miles de motas blancas. Las espectrales espadas empezaron a resplandecer con una luz intensa y plateada similar a la de la mismísima luna.
Era la ceremonia de Reivindicación de los Filos lunares.
Los elfos se acercaban y tomaban las espadas, que eran alzadas al cielo de forma gloriosa. Pero otras cien espadas cayeron al suelo, junto con los cuerpos inertes de sus portadores, carbonizados. Valanae observaba la escena estupefacta, era ver un trozo de la historia con sus propios ojos. Aquello no tenía precio.
Cien orgullosos elfos solares avanzaron de nuevo hacia las espadas caídas, y cien mas fallecieron. Finalmente, escarmentados ante la muerte de dos de sus miembros, algunas familias recogieron las espadas del suelo, sin blandirlas. La rabia de los Starym era palpable.
Todos empezaron a desaparecer, era lo que debían hacer, su lugar era Árvandor y no el plano material primaro. Un ultimo susurro salió de ellos.
- Buscandos... encontradnos. Hacednos llamar... Los reverendos acudiermos para defender al Pueblo.
Cuando el último fantasma hubo desaparecido sus ojos captaron el reflejo de algo que brillaba a la luz de la luna sobre el altar del Padre. Un fragmento de una espada, sin empuñadura, sin filo, tan solo un trozo de ella descansaba allí. Un trozo de un Filo Lunar.