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El ataque de los devoramentes

Caesseth

8º Nombre extraño de Onyxia
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[dropshadow=black]UNA NOCHE ESPECIAL[/dropshadow]​
[tab=50]Tan pronto como la talóntar supo de la noticia, no tardó en vincular el dolor que anteriormente había azorado su corazón con la posibilidad de un mal presagio; no dudaba, entonces, de su propia salud —los enfermos, pensaba, la Madre, aseguraba. Más a prisa que nunca, Carroña se deshacía del vestido de gala con el que había acudido a la llamada de la sacerdotisa Amon, reemplazándolo por ennegrecidas mallas adornadas con violetáceos retazos de divinidad. Desenfundaba entonces su confiable daga, ondulante y rebozante de veneno, pues quiénquiera que hubiese osado atacar los Barrios, mancillar la que reconocía como “su calle” y aquellos a los que consideraba “su gente”, pagaría el precio de Talona.

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Un alcantarillado especialmente silencioso, carente de alimañas y sumido en la penumbra, denotaba la antesala del horror que sobre su cabeza estaba siendo desatado. Según se escurría por angostos pasillos, conteniendo el reparo que estos le causaban con la férrea voluntad de reunirse con el sacro lugar de la Madre, comenzaba a escuchar cada vez más y más derrumbamientos. Explosiones y gritos anunciaban la cercanía a los Barrios Bajos, haciendo eco por el hedoroso sistema en el que se encontraba y donde pronto se reuniría con su pupilo Rata. Ataviados con los colores combativos de la Diosa, el dúo no tardaba en ascender para ser recibidos por una impactante visión —callejones cortados por enormes muros de piedra ahora derruídos, rostros conocidos repletos de sangre y con las pústulas reventadas contra las locetas, improvisadas barricadas creando un caótico circuíto por el que aventureros y guardias se desplazaban por igual. Su mente se inundaba, descontrolada, causando que su zurda decidiera aferrarse a Martirio. «Has fracasado, no has protegido lo que es tuyo porque no eres nada, no eres nadie, ni si quiera existes», le murmuraba despectiva la daga, tensando sus músculos mientras trataba de divisar a sus hermanos.


[tab=50]Descendiendo los escalones de una Corona de Cobre ahora abarrotada de paladines y almas cándidas que venían con intención de ayudar, los heterocromados ojos de Carroña no tardaban en posarse sobre su compañera Alondra. Hablaba con la agitada elfa, preguntándole que había sucedido mientras sus adentros le exigían huír en busca del altar que tanto esfuerzo le había costado alzar. «No tenemos tiempo, vamos, tenemos que ir», insistía Martirio en su cabeza. «Sectaria de las narices», enfatizaba un amargo André, en vano, pues la atención lograba centrarse sobre las voces que verdaderamente estaban allí —sobre una Alondra alterada a la que la talóntar pronto abrazaría. Hákkael estaba herido, pero aún faltaban muchos hermanos por ser divisados. «Ha muerto mucha gente», se lamentaba la elfa; «ha sido un atentado», añadía incrédula. «Tenemos que comprobar las calles», atinaba a decir Martirio a través de los ajados labios de la sacerdotisa, obsesionada con la posibilidad de ver tan devastada la Calle del Leproso como podía temerse. Los tres marchaban entonces, a penas reparando en la presencia de Silencio, centrándose en una misión de búsqueda que rápidamente zanjarían los guardias.

[tab=50]«¿¡Ahora venís!?», recriminaba Alondra a los guardias desgarrando su voz, acusadora, señalándoles mientras éstos les cortaban el paso más allá de la salida de la taberna. «¿¡Y ahora venís!?», reiteraba, alterada, mientras Pulga se acercaba al trío para preguntar desconcertado y consternado qué había sucedido en su hogar. Desesperados y amenazados, resignados, volvían a la Corona tratando de contener el coraje que la impotencia gestaba en sus corazónes ¿Cómo era posible que algo así sucediera en la Ciudad de la Moneda? ¿dónde estaba el ejército? ¿y los encapuchados? Muchos debían aprender una lección de humildad, muchos debían ser castigados para poder ordenar correctamente sus prioridades —pero la taberna se llenaba de guardias y no había tiempo que perder. Con la llegada de Dos Dedos, los miembros de la cofradía se reagrupaban para ascender al despacho, temerosos de que sus identidades fueran desveladas en el sondeo de los encapuchados. La tensión aumentaba por segundos en la habitación, sumida en absoluto caos mientras Silencio trataba de adelantar el trabajo; de asegurarse de que los suyos estaban bien en un vano intento por evitar contacto con los guaridas.

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[tab=50]Hákkael se quejaba, dolorido y gravemente herido, alimentando cada vez más el ruído que desbordaba a Carroña. «Tienen que pagar, tienen que pagar», repetía Martirio de manera insesante, enfrentándose a una sólida voluntad que hacía todo lo posible por mantener el mentón de la talóntar alzado. Temía la presencia de Silencio, temía no poder volver a casa junto a su amado Adalid, temía que todos ellos fueran descubiertos y temía —por encima de todo— que los feligreses de la Madre hubieran caído. Consciente de la fragilidad de sus carcasas, se aferraba a la convicción de que si regresaba y el altar seguía en pié, ellos también lo estarían; de que entonces no habría fracasado, de que la Madre proveería y la venganza convertiría en veneno las lágrimas que hoy derramaban. No obstante, toda divagación era interrumpida con fuertes golpes en la puerta, anunciando la entrada forzosa de numerosos guardias armados. En un intercambio escueto en el que el silencio se tornaba inaguantable, como un presagio de inevitable muerte inminente, las gargantas de los enmascarados se atrofiaban mientras Pulga trataba de aligerar la situación.

[tab=50]Un único mago encapuchado alzaba su voz, revisando a los presentes y asegurando que estos estaban “limpios”, desencandenado una inminente dispersión fruto del extraño híbrido entre pánico y alivio. La talóntar llevaba sus rodillas al suelo y unía sus manos en un gesto sincero y agradecido —segura, una vez más, de que era Talona la que había velado por todos ellos. Sin embargo, no había tiempo que perder, pues Hákkael seguía tras uno de los biombos; gravemente herido y malamente vendado, incapacitado y jadeante. A prisa, Carroña ordenaba a su pupilo que iniciara un prolongado rezo con intención de descartar posibilidad alguna de infección. Con una delgada daga de mithril, la talóntar procedía a retirar con crítica precisión los pedazos de tela que habían decidido encaramarse a la carne del elfo. Cuidadosa, abría los propios ropajes para despejar un área que ya conocía libre de padecer; procediendo a desinfectar los cortes con el lícor que Dos Dedos le facilitaba con velocidad a pesar de su agitado estado. Furioso, el hombre blasfemaba y rechistaba, aguardando a la intervención junto a su maestra Alondra —inquieto, pero sin llegar a perturbar el hacer de la sacerdotisa. Tras un segundo humedecimiento a manos de cristalina agua, las heridas de Hákkael eran cerradas con la misma precisión con la que eran sellados los trajes de Secretos de Terciopelo.

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[tab=50]A pesar de haber vendado a su hermano y de haber compeltado la parte más difícil, su rechazo por recibir un refuerzo divino le mantenían en un estado demasiado vulnerable como para poder confiarse en su retiro. Dos Dedos, acompañado de Rata y Carroña, no tardaría en iniciar la retirada de la taberna —entreteniendo él a los guardias. «No, no, a mí no me han dicho eso, veréis, yo vivo en el Puerto, así que necesitaré que me escoltéis», comenzaba, agitando las manos y permitiendo un velo por el que escurrirse a sus hermanos «¿Mi rostro? soy muy feo guardia, no queréis vérmelo.» Desplazando al elfo con éxito al inicio de la Calle de la Sombra, Carroña se apartaba a prisa para observar una calle ahora desolada; donde antes los enfermos se aglomeraban a espera de la cálida comida del Santo o de las dulces palabras que la Madre le permitía pronunciar a ella, ahora únicamente quedaban escombros y rastros de espesa sangre —enferma y viscosa, hedorosa, entremezclada en la ponzoña que allí se acumulaba. Entre lágrimas y jadeos, la talóntar apartaba con ambas manos piedras de su altar, sin importarle herir las perpétuas heridas que porta bajo sus guantes. Temblorosa, al ver que éste no había sido quebrado, se abrazaba a él incapaz de contenerse. «¡Madre, Madre! ¡querida Madre! Tu altar... somos escoria, es nuestra culpa, ¡teníamos que custodiar este lugar! ¡No somos nada!», recriminaba su mente, escapando algún que otro murmullo de sus ajados labios. «Madre, yo... lo siento, tenía que estar aquí, tenía que estar junto a tí, junto a nuestra gente», mascullaba con un hilo de voz, arrepentida, sollozando de genuino dolor. «Nuestra pobre Madre...», reforzaban las voces de su cabeza, dificultándole a Rata el lograr alzar a la mujer para regresar al alcantarillado.

A pesar de que este no había sido el primer encuentro de la talóntar con aquellas criaturas, aquella noche se convertía en el emblema de su trascender. Cruzaban una delgada línea cuyo precio Carroña pretendía asegurarse de imponer —pasaban, aquella impía velada, a ofender personalmente a la sacerdotisa a través del daño causado tanto a sus hermanos como a aquellos que su Madre amparaba...​

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