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El camino a seguir

MotiSJL

Orco del Desolado
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8/4/26
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Volvió al claro cuando ya era noche cerrada.


No al dojo. No al santuario. Al claro donde el monje le había dejado entrenar solo por primera vez, meses atrás, diciéndole que ya no necesitaba a nadie más para seguir creciendo.


Ahora entendía esa frase de otra manera.




La sangre se le había secado en el cuello, oscura contra la piel, mezclada con la que le había salpicado la capa durante el combate. No se la había limpiado. No tenía fuerzas para eso, ni le importaba lo suficiente.


Se dejó caer de rodillas en el centro del claro.


La luna llena caía sobre él, la misma luna bajo la que había fundado su estilo, la misma que llevaba meses guiándole entre la luz y la sombra sin pedirle que eligiera entre las dos.


Esta noche no sintió nada de eso.


Solo sintió el peso exacto de lo que acababa de perder.




Había tenido delante al asesino de Valerie.


Meses buscándolo. Meses de informes, de pistas, de noches sin dormir intentando atar cabos que nunca terminaban de encajar del todo. Y cuando por fin lo tuvo enfrente, cuando por fin pudo mirarlo a los ojos y saber con certeza que era él...


Perdió.


No de cualquier manera. Perdió mientras el vampiro se reía de él. Perdió mientras esa misma sangre que ahora llevaba seca en el cuello se convertía, para su enemigo, en poco más que un trofeo que enseñar a quien quisiera verlo.




Golpeó el suelo con el puño.


Una vez.


El impacto le dolió más en el orgullo que en la mano.




Pensó en todas las veces que había elegido la paciencia. El silencio. La misericordia. La primera fase de su propio estilo, la que enseñaba a esperar antes de atacar, a leer al rival antes de decidir nada.


Pensó en el licántropo al que había ayudado a encontrar otro camino en lugar de matarlo.



Pensó en cada vez que había creído que la bondad, tarde o temprano, terminaba pesando más que la crueldad.


Y por primera vez desde que salió de Tresthaven, esa idea le pareció una mentira que se había estado contando a sí mismo durante demasiado tiempo.




"La benevolencia no sirve de nada."


Lo dijo en voz alta, para nadie, para el claro vacío y la luna que no respondió.


"No le importa a nada de lo que hay ahí fuera. No le importó a Valerie. No le importó a mí esta noche."




Entonces ocurrió.


Algo dentro de él, que llevaba semanas conteniendo sin saberlo, terminó de romperse.


Los ojos se le abrieron más de lo normal, fijos en la nada, mientras un grito le salía del pecho sin que pudiera contenerlo. No fue el grito de dolor que había soltado otras veces. Fue algo más crudo. Más animal. La rabia acumulada de meses saliendo de golpe, sin filtro, sin ningún ciclo que la ordenara.


Se llevó las manos a la boca sin darse cuenta de por qué, mordiéndose el labio hasta hacerse sangre, mezclándose con la ya seca del cuello. El dolor físico no le importó. Apenas lo sintió.


Golpeó el suelo otra vez. Y otra. Sin ningún control, sin ninguna fase, sin nada de lo que había aprendido sobre esperar el momento justo.


Solo furia.




Cuando por fin se detuvo, jadeando, con los nudillos abiertos y la respiración descontrolada, algo en su mirada ya no era el mismo de siempre.


No fue un cambio que pudiera nombrar con palabras.


Fue simplemente que, por primera vez, dejó que la rabia terminara su recorrido completo en lugar de contenerla a medio camino.




Se quedó mirando sus propias manos ensangrentadas durante un largo rato.


"Se acabó ser paciente con el mundo."


No lo dijo con la calma serena de otras veces.


Lo dijo con los dientes apretados, con la voz ronca de haber gritado, con algo nuevo y frío instalándose donde antes solo había habido determinación tranquila.




Se levantó despacio, con el cuerpo protestando por cada golpe recibido y por los que él mismo se había dado sin darse cuenta.


Miró la luna una última vez esa noche.


Y por primera vez desde que la conocía, no sintió que ella le estuviera mirando de vuelta con la misma calidez de siempre.




Caminó de vuelta a Athkatla sin prisa, con la sangre todavía seca en el cuello y fresca en los nudillos, dejando que la ciudad durmiente no se enterara de que algo, esa noche, se había roto para siempre en uno de sus guardianes silenciosos.

 
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