Finnereg
Discípulo comegemas
- Registrado
- 14/3/09
- Mensajes
- 683
Musica: (Fairytale - Ludovico Einaudi)
El camino continúa
Abrí los ojos lentamente, la luz dispersa me envolvía y todavía no podía focalizar bien la mirada. Los cerré de nuevo, sentí las cálidas caricias de los rayos de sol que se filtraban y llegaban a tocarme a través de las hojas de los árboles. Estaba cansada, muy cansada, como si aquella noche hubiera recorrido una larga distancia, sin parar de correr, entre los senderos de mis recuerdos interminables.
Había dirigido una vez mas la ensoñación hacia mi amado, mas como siempre, una oscura sombra se cernía entre nosotros. Me resisto a olvidar su recuerdo, y me repito una y otra vez, cada noche, el no traerlo a mi descanso, más… no puedo evitarlo. El dolor de su ausencia me hacen revivir constantemente nuestros momentos juntos. Aunque luego, Silmewen me reproche mi mal carácter a lo largo del día, no puedo evitar, intentar volver a su lado cada noche. -Cushna… se que sigues vivo…
A pesar de mi cansancio, y que la tristeza envolvía lo mas profundo de mi ser, me sentía tranquila y en paz. Volví a abrir los ojos, y la belleza de Suldanessalar embriagó mi razón haciéndome esbozar una sonrisa.
Reposaba en un diván que ocupaba un pequeño rincón en una biblioteca que daba a una amplia terraza. Aunque en la casa de los Lotar disponía de un pequeño cuarto, me encantaban las vistas de la biblioteca, y aún a pesar de no ser dada a la lectura, el ambiente de estudio, tan ajeno a mi propia naturaleza, llegaba a calmar mi interior y acallarlo, dejando paso a la ensoñación, disfrutando del cielo estrellado cada noche.
. El viento sopló ligeramente, haciendo que la alfombra de hojas que cubría el suelo se moviera tenuemente. Rojos, amarillos, pardos… los colores del otoño llegaban al bosque. Lo que allí se podía ver era un auténtico paraíso. Bajé la mano por un costado acariciando las sedas finamente bordadas en plata que cubrían mi cuerpo, y sostuve la tela entre mis dedos observándola pensativa. Cuanto ha cambiado todo, vuelvo a estar en una ciudad elfica por fín. Tras tantos años en los que partí de Altaluna, en Cortmanzhor, han pasado tantas cosas…. Y ahora… vuelvo a poder descansar en seguridad… pero… no puedo, no puedo descansar completamente. Sería tan fácil la vida de otra manera.
Mientras pensaba en eso, aquel cielo abierto con nubes de color vainilla comenzó a oscurecerse. Se acercaba una tormenta, y a lo lejos, ya empezaba a abrirse el cielo por medio de aquellos relámpagos.
-Se acerca una tormenta, -dijo una familiar voz, posando su mano sobre mi hombro.
-Hermana,- me incorporé al sentirla y sonreí ligeramente.
Silmewen miraba esa tormenta que se avecinaba con más anhelo que tristeza en sus ojos. Sus manos, cruzadas delante de sí, y su blanco vestido brillaba ante cada resplandor producido por los relámpagos. No pude evitar mirar su anillo en su mano diestra un instante y recordar el día de su boda.
-El invierno se acerca. Y tenemos nuevas lágrimas que preparar antes de la llegada de las nieves. Ansían unirse al escuadrón y hacer vigilancias cuanto antes. Necesito que te vistas y vuelvas a la caza, te necesito a mi lado, hermana.- Añadió.
Durante tanto tiempo ambas elfas habían compartido camino juntas, que casi no necesitaban hablar para entender lo que sufrían sus corazones. Arvandor parecía ser un buen esposo, pensó Finnereg, y observó en silencio la mirada de Silmewen hacia la tormenta. Bajó el rostro y pensó en lo que debía ser tener que unirse en vínculo con un ser al que no amas, al que no conoces, para proteger a tu pueblo y a tu gente. Pensó por un instante, en sus propios sentimientos, con su corazón roto por la pérdida, y luego en Silmewen, con un corazón ensombrecido por el deber desde el nacimiento.
Inspiró profundamente y se sujetó la capa al incorporarse.
Me vestiré y estaré lista en seguida, -dijo Finnereg intentando esbozar una leve sonrisa-
Silmewen mantuvo la mirada puesta en el cielo, contemplando la tormenta que comenzaba a acercarse cada vez más. Sin volver la vista añadió, -Nos vemos en la puerta norte, quiero acompañaros en la primera vigilancia.
Finnereg realizó una leve reverencia tras ella, y girando sobre sus propios pies, abandonó la biblioteca con paso presto. Las sedas de su vestido azul rozaban el suelo, moviéndose rítmicamente, con cada paso decidido de la elfa.
Silmewen, se quedó allí, sola unos instantes, disfrutando de su silencio, de su interior, de su soledad.
El camino continúa
Abrí los ojos lentamente, la luz dispersa me envolvía y todavía no podía focalizar bien la mirada. Los cerré de nuevo, sentí las cálidas caricias de los rayos de sol que se filtraban y llegaban a tocarme a través de las hojas de los árboles. Estaba cansada, muy cansada, como si aquella noche hubiera recorrido una larga distancia, sin parar de correr, entre los senderos de mis recuerdos interminables.
Había dirigido una vez mas la ensoñación hacia mi amado, mas como siempre, una oscura sombra se cernía entre nosotros. Me resisto a olvidar su recuerdo, y me repito una y otra vez, cada noche, el no traerlo a mi descanso, más… no puedo evitarlo. El dolor de su ausencia me hacen revivir constantemente nuestros momentos juntos. Aunque luego, Silmewen me reproche mi mal carácter a lo largo del día, no puedo evitar, intentar volver a su lado cada noche. -Cushna… se que sigues vivo…
A pesar de mi cansancio, y que la tristeza envolvía lo mas profundo de mi ser, me sentía tranquila y en paz. Volví a abrir los ojos, y la belleza de Suldanessalar embriagó mi razón haciéndome esbozar una sonrisa.
Reposaba en un diván que ocupaba un pequeño rincón en una biblioteca que daba a una amplia terraza. Aunque en la casa de los Lotar disponía de un pequeño cuarto, me encantaban las vistas de la biblioteca, y aún a pesar de no ser dada a la lectura, el ambiente de estudio, tan ajeno a mi propia naturaleza, llegaba a calmar mi interior y acallarlo, dejando paso a la ensoñación, disfrutando del cielo estrellado cada noche.
. El viento sopló ligeramente, haciendo que la alfombra de hojas que cubría el suelo se moviera tenuemente. Rojos, amarillos, pardos… los colores del otoño llegaban al bosque. Lo que allí se podía ver era un auténtico paraíso. Bajé la mano por un costado acariciando las sedas finamente bordadas en plata que cubrían mi cuerpo, y sostuve la tela entre mis dedos observándola pensativa. Cuanto ha cambiado todo, vuelvo a estar en una ciudad elfica por fín. Tras tantos años en los que partí de Altaluna, en Cortmanzhor, han pasado tantas cosas…. Y ahora… vuelvo a poder descansar en seguridad… pero… no puedo, no puedo descansar completamente. Sería tan fácil la vida de otra manera.
Mientras pensaba en eso, aquel cielo abierto con nubes de color vainilla comenzó a oscurecerse. Se acercaba una tormenta, y a lo lejos, ya empezaba a abrirse el cielo por medio de aquellos relámpagos.
-Se acerca una tormenta, -dijo una familiar voz, posando su mano sobre mi hombro.
-Hermana,- me incorporé al sentirla y sonreí ligeramente.
Silmewen miraba esa tormenta que se avecinaba con más anhelo que tristeza en sus ojos. Sus manos, cruzadas delante de sí, y su blanco vestido brillaba ante cada resplandor producido por los relámpagos. No pude evitar mirar su anillo en su mano diestra un instante y recordar el día de su boda.
-El invierno se acerca. Y tenemos nuevas lágrimas que preparar antes de la llegada de las nieves. Ansían unirse al escuadrón y hacer vigilancias cuanto antes. Necesito que te vistas y vuelvas a la caza, te necesito a mi lado, hermana.- Añadió.
Durante tanto tiempo ambas elfas habían compartido camino juntas, que casi no necesitaban hablar para entender lo que sufrían sus corazones. Arvandor parecía ser un buen esposo, pensó Finnereg, y observó en silencio la mirada de Silmewen hacia la tormenta. Bajó el rostro y pensó en lo que debía ser tener que unirse en vínculo con un ser al que no amas, al que no conoces, para proteger a tu pueblo y a tu gente. Pensó por un instante, en sus propios sentimientos, con su corazón roto por la pérdida, y luego en Silmewen, con un corazón ensombrecido por el deber desde el nacimiento.
Inspiró profundamente y se sujetó la capa al incorporarse.
Me vestiré y estaré lista en seguida, -dijo Finnereg intentando esbozar una leve sonrisa-
Silmewen mantuvo la mirada puesta en el cielo, contemplando la tormenta que comenzaba a acercarse cada vez más. Sin volver la vista añadió, -Nos vemos en la puerta norte, quiero acompañaros en la primera vigilancia.
Finnereg realizó una leve reverencia tras ella, y girando sobre sus propios pies, abandonó la biblioteca con paso presto. Las sedas de su vestido azul rozaban el suelo, moviéndose rítmicamente, con cada paso decidido de la elfa.
Silmewen, se quedó allí, sola unos instantes, disfrutando de su silencio, de su interior, de su soledad.