Niennor
Pornorroleador en sequía
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La Morada del clan Rompecraneos se despertó algo ruidosa esta mañana.
Un grupo de enanas parecía decidirse a partir de allí con destino Norte, las minas de Naskel. Al parecer los guardias no disponían de suficientes efectivos para hacer frente a los ataques de algunas alimañas que por allí campaban.
la Orden estaba dada… El Thane había mandado a las Damas de Plata y a su Matriarca a esa misión. Pero algo nublaba la mente de Lizoldha rememorando la reunión con los Barbas largas. ¿Qué pudo haberles hecho venir… a esos 3 enanos… su Thane... un Sumo sacerdote del Barbargentea… y a su Diplomático? No venían solo a por Ilia eso era seguro. La enana miro entre las mujeres que allí se preparaban despidiéndose de sus familiares y encontró a la joven tirando de las correas de un ligero equipaje. Ella nada tenia allí… así que de nadie se despedía y a nadie parecía importarle su marcha
Había abandonado el clan de los Barba plateada… sin despedirse… huyendo de algo… pero ¿de que? Según el sumo sacerdote al parecer no quisieron impedírselo, entonces… ¿Por qué lo hizo?
La joven se mantenía mirando a todas sus hermanas, las cuales se despedían de sus maridos, sus prometidos, incluso de sus hijos para empezar la marcha cuanto antes… Ella de momento permanecía pacientemente esperando una orden, mantenía la cabeza gacha al considerarse culpable en parte de que muchas de las enanas debieran partir de su hogar. Evitaba las miradas esperando en un rincón… acariciando la armadura de plata que llevaba puesta.
Lizoldha frunció levemente el ceño y se encamino al centro de las sacerdotisas con paso decidido. Desenfundo su martillo a dos manos levantándolo con un brazo. La enana hablo con un potente rugido que hizo temblar las columnas que sostenían el Clan.
- Hermanas! – grito – Hoy una orden nos ha sido dada! Un castigo! Un deber!... una de las nuestras a cometido un error… un error por el que debe pagar… nada culpa tenéis la vosotras de esto así que… quien desee marcharse tiene mi permiso para hacerlo.
Las familias de cada sacerdotisa las miraban suplicantes… pidiendo a gritos que abandonaran esa peligrosa misión, que dejaran de lado todo lo ocurrido y volvieran a casa. Pero ninguna de las enanas dio ni un pequeño paso, sonrieron mientras se colocaban sus pesados cascos sobre los hombros y chocaban sus armas contra sus escudos.
Lizoldha sonrió ante el gesto y miro a la joven enana del rincón… volviendo a hablar con fuerte voz.
- Del error de una… Todas aprendemos!... Los logros de una… Todas los festejamos!... si crees que íbamos a dejarte marchar a ti sola… - sonrió la enana antes de gritar – Estabas muy equivocada!
Un coro de poderosas voces se alzo en potente asentimiento…. Los gritos no solo juraban castigo para los enemigos que iban a enfrentarse, sino apoyo a la joven que se había equivocado en una de sus acciones.
- Vamos a demostrarles a esos viejos cascarrabias como nos las gastamos las Damas de Plata! Cumpliremos la orden de nuestro Thane y regresaremos… TODAS! Sin ninguna excepción!
Las enanas gritaban con fervor… insufladas por las palabras de la sacerdotisa sus voces retumbaban por los corredores del lugar… amplificándose con cada rebote en las galerías… en el túnel enano, los viajeros, no sabían si era un simple grupo... o un verdadero ejercito.
- Y bien hermanas! – volvió a alzar la voz – Por quien lucháis!?
- POR LA REVERENDA MADRE! POR EL CLAN! Y POR NUESTRA HERMANA! – se escucho el griterío de las 15 sacerdotisas mientras la joven Ilia miraba sin comprender
- SEA ENTONCES! En marcha Hermanas! – señalo con el martillo a la puerta y todas avanzaron hacia la salida
La joven sacerdotisa se vio de pronto rodeada por todas las demás... caminaban a su lado con una sonrisa. Algunas la daban una palmadita en la espalda como animo… otras simplemente charlaban animadamente con ella durante el viaje… pero… ni una muestra de desprecio sufrió la joven… ni una mala cara, ningún reproche, ninguna burla, ninguna mirada furiosa…
El Thane había dado una orden… que las hermanas acataban. Pero su misión era mucho más distinta a la que el soberano pensaba que estaban cumpliendo.
Ellas estaban allí para asegurarse de que un error no significara el final de una historia, sino el principio… estaban allí para garantizar una oportunidad a la joven Ilia… estaban allí porque así lo deseaban.
Cuando se encontraron fuera del túnel la Matriarca se giro mirando de nuevo el que era su hogar en estos momentos… murmuro algo que solo otras dos guerreras de confianza pudieron escuchar.
- Cuidado con vuestras palabras Barbas largas… espero que vuestra sabiduría sea la de quienes mucho han vivido… y no la de viejos dementes que no recuerdan apenas su pasado
Las dos compañeras asintieron a las palabras de su superiora con miradas serias. Después, continuaron andando para ponerse a la cabeza de la marcha, guiando al resto de bravas mujeres a un honorable destino… quizás el mejor de todos… el cual ellas habían jurado por encima de todo cuidar. Poco tenían en cuenta las minas y el mineral tan necesario y enriquecedor que de ellas se extraía… poco sabían las sacerdotisas sobre pactos, acuerdos, negocios y tratos… pero si sabían porque ahora viajaban a tan peligroso lugar.
Para cuidar de una de las suyas.
Un grupo de enanas parecía decidirse a partir de allí con destino Norte, las minas de Naskel. Al parecer los guardias no disponían de suficientes efectivos para hacer frente a los ataques de algunas alimañas que por allí campaban.
la Orden estaba dada… El Thane había mandado a las Damas de Plata y a su Matriarca a esa misión. Pero algo nublaba la mente de Lizoldha rememorando la reunión con los Barbas largas. ¿Qué pudo haberles hecho venir… a esos 3 enanos… su Thane... un Sumo sacerdote del Barbargentea… y a su Diplomático? No venían solo a por Ilia eso era seguro. La enana miro entre las mujeres que allí se preparaban despidiéndose de sus familiares y encontró a la joven tirando de las correas de un ligero equipaje. Ella nada tenia allí… así que de nadie se despedía y a nadie parecía importarle su marcha
Había abandonado el clan de los Barba plateada… sin despedirse… huyendo de algo… pero ¿de que? Según el sumo sacerdote al parecer no quisieron impedírselo, entonces… ¿Por qué lo hizo?
La joven se mantenía mirando a todas sus hermanas, las cuales se despedían de sus maridos, sus prometidos, incluso de sus hijos para empezar la marcha cuanto antes… Ella de momento permanecía pacientemente esperando una orden, mantenía la cabeza gacha al considerarse culpable en parte de que muchas de las enanas debieran partir de su hogar. Evitaba las miradas esperando en un rincón… acariciando la armadura de plata que llevaba puesta.
Lizoldha frunció levemente el ceño y se encamino al centro de las sacerdotisas con paso decidido. Desenfundo su martillo a dos manos levantándolo con un brazo. La enana hablo con un potente rugido que hizo temblar las columnas que sostenían el Clan.
- Hermanas! – grito – Hoy una orden nos ha sido dada! Un castigo! Un deber!... una de las nuestras a cometido un error… un error por el que debe pagar… nada culpa tenéis la vosotras de esto así que… quien desee marcharse tiene mi permiso para hacerlo.
Las familias de cada sacerdotisa las miraban suplicantes… pidiendo a gritos que abandonaran esa peligrosa misión, que dejaran de lado todo lo ocurrido y volvieran a casa. Pero ninguna de las enanas dio ni un pequeño paso, sonrieron mientras se colocaban sus pesados cascos sobre los hombros y chocaban sus armas contra sus escudos.
Lizoldha sonrió ante el gesto y miro a la joven enana del rincón… volviendo a hablar con fuerte voz.
- Del error de una… Todas aprendemos!... Los logros de una… Todas los festejamos!... si crees que íbamos a dejarte marchar a ti sola… - sonrió la enana antes de gritar – Estabas muy equivocada!
Un coro de poderosas voces se alzo en potente asentimiento…. Los gritos no solo juraban castigo para los enemigos que iban a enfrentarse, sino apoyo a la joven que se había equivocado en una de sus acciones.
- Vamos a demostrarles a esos viejos cascarrabias como nos las gastamos las Damas de Plata! Cumpliremos la orden de nuestro Thane y regresaremos… TODAS! Sin ninguna excepción!
Las enanas gritaban con fervor… insufladas por las palabras de la sacerdotisa sus voces retumbaban por los corredores del lugar… amplificándose con cada rebote en las galerías… en el túnel enano, los viajeros, no sabían si era un simple grupo... o un verdadero ejercito.
- Y bien hermanas! – volvió a alzar la voz – Por quien lucháis!?
- POR LA REVERENDA MADRE! POR EL CLAN! Y POR NUESTRA HERMANA! – se escucho el griterío de las 15 sacerdotisas mientras la joven Ilia miraba sin comprender
- SEA ENTONCES! En marcha Hermanas! – señalo con el martillo a la puerta y todas avanzaron hacia la salida
La joven sacerdotisa se vio de pronto rodeada por todas las demás... caminaban a su lado con una sonrisa. Algunas la daban una palmadita en la espalda como animo… otras simplemente charlaban animadamente con ella durante el viaje… pero… ni una muestra de desprecio sufrió la joven… ni una mala cara, ningún reproche, ninguna burla, ninguna mirada furiosa…
El Thane había dado una orden… que las hermanas acataban. Pero su misión era mucho más distinta a la que el soberano pensaba que estaban cumpliendo.
Ellas estaban allí para asegurarse de que un error no significara el final de una historia, sino el principio… estaban allí para garantizar una oportunidad a la joven Ilia… estaban allí porque así lo deseaban.
Cuando se encontraron fuera del túnel la Matriarca se giro mirando de nuevo el que era su hogar en estos momentos… murmuro algo que solo otras dos guerreras de confianza pudieron escuchar.
- Cuidado con vuestras palabras Barbas largas… espero que vuestra sabiduría sea la de quienes mucho han vivido… y no la de viejos dementes que no recuerdan apenas su pasado
Las dos compañeras asintieron a las palabras de su superiora con miradas serias. Después, continuaron andando para ponerse a la cabeza de la marcha, guiando al resto de bravas mujeres a un honorable destino… quizás el mejor de todos… el cual ellas habían jurado por encima de todo cuidar. Poco tenían en cuenta las minas y el mineral tan necesario y enriquecedor que de ellas se extraía… poco sabían las sacerdotisas sobre pactos, acuerdos, negocios y tratos… pero si sabían porque ahora viajaban a tan peligroso lugar.
Para cuidar de una de las suyas.