MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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- 8/4/26
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Han pasado varios días desde la primera noche en el santuario.
No sé cuántos exactamente. Perdí la cuenta en algún punto entre el silencio y los golpes y las noches enteras bajo la luna sin dormir y sin que me importara no dormir.
Hoy terminó.
El monje me esperaba como siempre, en el centro del santuario, quieto entre las columnas. Pero esta noche no empezamos a pelear de inmediato. Me hizo sentarme. Frente a él. En silencio.
No dijo nada durante un buen rato. Yo tampoco. Hace unas semanas eso habría sido imposible para mí. Hoy el silencio ya no pesa como pesaba.
Cuando por fin habló, lo hizo despacio.
"Has caminado el sendero del crepúsculo durante estas noches," dijo. "Ya no entras en la sombra. La sombra te reconoce."
No supe qué responder. Así que no respondí.
Peleamos una última vez.
Distinto a todas las veces anteriores. No hubo correcciones. No hubo pausas para explicar. Solo dos cuerpos moviéndose en la oscuridad, y por primera vez sentí que el monje ya no me enseñaba — peleaba conmigo, como un igual o algo parecido a serlo.
Mis golpes salían con ese negro azulado que ya no me sorprende cuando aparece. Mis pasos no hacían ruido aunque corriera. En un momento desaparecí entre las sombras de una columna y cuando volví a aparecer, el monje ya me esperaba mirando exactamente al punto donde iba a salir.
"Bien," fue lo único que dijo.
Viniendo de él, eso vale más que cualquier discurso.
Al terminar nos quedamos los dos de pie, respirando, con la luna llena todavía alta sobre Athkatla.
"Esto no termina aquí," dijo. "Termina el entrenamiento. No el camino."
Le entendí. Hay cosas que ahora entiendo sin que me las expliquen del todo.
Antes de irse me dijo una última cosa:
"Recuerda siempre por qué caminas entre las sombras. El día que lo olvides, dejarás de ser un guardián para convertirte en lo que guardas."
Y desapareció. Literalmente. Un parpadeo y ya no estaba.
Espero poder hacer eso algún día sin que se note el esfuerzo que me cuesta todavía.
No sé cómo explicar lo que soy ahora sin sonar raro. Sigo siendo el mismo. El del sombrerito torcido. El que se pone rojo. El que quema bayas y dice BUENO para casi todo.
Pero hay una parte de mí que ahora pertenece a la noche tanto como la otra pertenece al día.
No son dos personas distintas. Es la misma persona que aprendió que la luna no compite con el sol. Lo espera. Lo acompaña. Y cuando el sol se va, ella se queda cuidando lo que él dejó atrás.
Eso es lo que voy a hacer ahora. Cuidar lo que la luz no puede alcanzar.
Athkatla duerme esta noche sin saber que algo cambió en sus calles.
Que ahora hay alguien más que camina entre sus sombras.
Y que esas sombras, por una vez, están de su lado.
No sé cuántos exactamente. Perdí la cuenta en algún punto entre el silencio y los golpes y las noches enteras bajo la luna sin dormir y sin que me importara no dormir.
Hoy terminó.
El monje me esperaba como siempre, en el centro del santuario, quieto entre las columnas. Pero esta noche no empezamos a pelear de inmediato. Me hizo sentarme. Frente a él. En silencio.
No dijo nada durante un buen rato. Yo tampoco. Hace unas semanas eso habría sido imposible para mí. Hoy el silencio ya no pesa como pesaba.
Cuando por fin habló, lo hizo despacio.
"Has caminado el sendero del crepúsculo durante estas noches," dijo. "Ya no entras en la sombra. La sombra te reconoce."
No supe qué responder. Así que no respondí.
Peleamos una última vez.
Distinto a todas las veces anteriores. No hubo correcciones. No hubo pausas para explicar. Solo dos cuerpos moviéndose en la oscuridad, y por primera vez sentí que el monje ya no me enseñaba — peleaba conmigo, como un igual o algo parecido a serlo.
Mis golpes salían con ese negro azulado que ya no me sorprende cuando aparece. Mis pasos no hacían ruido aunque corriera. En un momento desaparecí entre las sombras de una columna y cuando volví a aparecer, el monje ya me esperaba mirando exactamente al punto donde iba a salir.
"Bien," fue lo único que dijo.
Viniendo de él, eso vale más que cualquier discurso.
Al terminar nos quedamos los dos de pie, respirando, con la luna llena todavía alta sobre Athkatla.
"Esto no termina aquí," dijo. "Termina el entrenamiento. No el camino."
Le entendí. Hay cosas que ahora entiendo sin que me las expliquen del todo.
Antes de irse me dijo una última cosa:
"Recuerda siempre por qué caminas entre las sombras. El día que lo olvides, dejarás de ser un guardián para convertirte en lo que guardas."
Y desapareció. Literalmente. Un parpadeo y ya no estaba.
Espero poder hacer eso algún día sin que se note el esfuerzo que me cuesta todavía.
No sé cómo explicar lo que soy ahora sin sonar raro. Sigo siendo el mismo. El del sombrerito torcido. El que se pone rojo. El que quema bayas y dice BUENO para casi todo.
Pero hay una parte de mí que ahora pertenece a la noche tanto como la otra pertenece al día.
No son dos personas distintas. Es la misma persona que aprendió que la luna no compite con el sol. Lo espera. Lo acompaña. Y cuando el sol se va, ella se queda cuidando lo que él dejó atrás.
Eso es lo que voy a hacer ahora. Cuidar lo que la luz no puede alcanzar.
Athkatla duerme esta noche sin saber que algo cambió en sus calles.
Que ahora hay alguien más que camina entre sus sombras.
Y que esas sombras, por una vez, están de su lado.