Aeron
Campero de tiendas
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—Póker... esta ronda es mía —decía Kaelen mientras su diestra jugaba con una espada corta y afilaba una sonrisa.
—Tsk, condenado niño, no debí enseñarte mis trucos —el viejo gruñía, pero su cara demostraba algo distinto; solo se divertía, barajando con desgana el mazo grasiento de naipes sobre los tablones carcomidos.
Kaelen tomó su espada, lanzándola al costado de un cuerpo inerte atado de manos y pies por grilletes, aunque yacía muerto ya. El acero vibró al hundirse tres dedos en la tarima húmeda, salpicando astillas junto a la oreja amoratada del noble. Hacía menos de una hora que el pulso de aquel noble menor se había apagado en el corazón de la cripta; un encargo metódico, sellado con el rigor implacable de la cábala y ejecutado con la frialdad aséptica que los maestros exigían en cada contrato.
—Paga lo que debes —añadió Kaelen, recostándose en el respaldo de la silla con esa calma engañosa que siempre antecede a la emboscada—. O la próxima mano la jugamos con los dedos de tu zurda.
El viejo soltó un bufido ronco y empujó un puñado de monedas de plata gastada hacia el centro del tablero. En la guarida subterránea de Neverwinter, oculta bajo bóvedas de piedra olvidada, el ambiente era denso: cera negra derretida en los candelabros de hierro, el olor acre a hierbas venenosas maceradas en alambiques y el cobre penetrante de la sangre fresca que aún no terminaba de cuajar en el suelo. Para la cábala, era otra ejecución consumada con éxito, otro nombre purgado del tablero político antes de que las campanas del alba despertaran a la Joya de la Costa de la Espada.
Fue entonces cuando el aire cambió.
No fue un ruido lo primero que alertó a Kaelen. Fue el olor.
Un rastro seco a brea de antorcha militar y aceite rancio para cotas de malla se filtró por las rendijas de los respiraderos de piedra, sofocando el aroma de los venenos. Un segundo después, sus sentidos captaron el rumor amortiguado pero implacable de decenas de botas herradas tomando posiciones en los accesos superiores. Demasiadas para una simple patrulla de la Guardia de Neverwinter; demasiado coordinadas para no contar con planos exactos de los pasajes secretos de la orden.
La sonrisa de Kaelen murió en seco. La mirada burlona del espadachín dio paso a la fijeza gélida y dilatada del depredador.
—Nos han vendido —murmuró.
El maestro ni siquiera tuvo tiempo de maldecir. Los portalones reforzados de la entrada superior reventaron con un estruendo ensordecedor bajo el golpe de arietes pesados y detonaciones arcanas. Órdenes secas rasgaron el aire: escudos monumentales, capas distintivas de la guarnición y destellos de acero templado descendiendo por las escaleras en formación de cuña. No venían a dispersar criminales comunes; venían con mandato explícito para descabezar a la cábala tras el magnicidio.
—¡A los sellos de escape! —bramó el viejo, volcando la mesa para improvisar cobertura y desenfundando una hoja impregnada en ponzoña.
El santuario subterráneo se convirtió en una trampa sofocante. Los acólitos que intentaron desplegarse en abanico fueron contenidos por un muro impenetrable de paveses y alabardas. Kaelen arrancó su espada del suelo con un giro fluido de muñeca, fundiéndose con las sombras de las columnas laterales. Sus reflejos sobrehumanos le permitieron esquivar una estocada al vuelo, deslizarse por el flanco ciego de un oficial y abrirle la garganta desprotegida con una incisión milimétrica antes de pivotar hacia la salida secreta.
Pero el cerco era asfixiante.
—¡Kaelen, vete! —rugió la voz quebrada del viejo desde el centro de la cámara.
Kaelen miró atrás apenas una fracción de segundo. El viejo y los altos mandos del cónclave estaban cercados, desarmados a golpes de maza y reducidos contra las losas por grilletes pesados con cerraduras de supresión. No los ejecutarían allí; los querían con vida para someterlos a juicio público, quebrar sus juramentos bajo tortura y exhibir las cabezas de la cábala en las picas de la ciudadela.
La bestia bajo su piel rugió con violencia, exigiendo desgarrar gargantas, ignorar el acero y saciarse en una carnicería desesperada. Pero la disciplina del asesino se impuso como un dique de hielo: cargar de frente contra una falange acorazada no era honor, era un despropósito estúpido. El depredador que perdura es el que sobrevive para cobrar la deuda.
Envainó la hoja corta con un chasquido mudo, se deslizó entre las fauces oscuras de la galería de desagüe y se disolvió en las sombras húmedas de la red subterránea mucho antes de que el siguiente destacamento pudiera cerrar el perímetro.
Ganar los muelles de Neverwinter antes del amanecer fue solo el primer paso. En cuestión de días, las torturas a sus superiores empezarían a arrancar nombres, escondites y descripciones; quedarse en el Norte era aguardar una soga inevitable. Cortar los lazos no bastaba.
Oculto en las bodegas de un mercante costero que navegaba hacia el sur, Kaelen vio desvanecerse la costa de Neverwinter en la niebla marina. Su rumbo final estaba marcado hacia Amn, la Tierra de la Moneda. Un territorio dominado por la codicia de los oligarcas y las intrigas de Athkatla; un nido de víboras donde el oro lo compra todo, donde un asesino meticuloso con el don de la bestia siempre encuentra gargantas que cortar, y donde nadie haría preguntas sobre la sangre que dejó atrás en el Norte.
—Tsk, condenado niño, no debí enseñarte mis trucos —el viejo gruñía, pero su cara demostraba algo distinto; solo se divertía, barajando con desgana el mazo grasiento de naipes sobre los tablones carcomidos.
Kaelen tomó su espada, lanzándola al costado de un cuerpo inerte atado de manos y pies por grilletes, aunque yacía muerto ya. El acero vibró al hundirse tres dedos en la tarima húmeda, salpicando astillas junto a la oreja amoratada del noble. Hacía menos de una hora que el pulso de aquel noble menor se había apagado en el corazón de la cripta; un encargo metódico, sellado con el rigor implacable de la cábala y ejecutado con la frialdad aséptica que los maestros exigían en cada contrato.
—Paga lo que debes —añadió Kaelen, recostándose en el respaldo de la silla con esa calma engañosa que siempre antecede a la emboscada—. O la próxima mano la jugamos con los dedos de tu zurda.
El viejo soltó un bufido ronco y empujó un puñado de monedas de plata gastada hacia el centro del tablero. En la guarida subterránea de Neverwinter, oculta bajo bóvedas de piedra olvidada, el ambiente era denso: cera negra derretida en los candelabros de hierro, el olor acre a hierbas venenosas maceradas en alambiques y el cobre penetrante de la sangre fresca que aún no terminaba de cuajar en el suelo. Para la cábala, era otra ejecución consumada con éxito, otro nombre purgado del tablero político antes de que las campanas del alba despertaran a la Joya de la Costa de la Espada.
Fue entonces cuando el aire cambió.
No fue un ruido lo primero que alertó a Kaelen. Fue el olor.
Un rastro seco a brea de antorcha militar y aceite rancio para cotas de malla se filtró por las rendijas de los respiraderos de piedra, sofocando el aroma de los venenos. Un segundo después, sus sentidos captaron el rumor amortiguado pero implacable de decenas de botas herradas tomando posiciones en los accesos superiores. Demasiadas para una simple patrulla de la Guardia de Neverwinter; demasiado coordinadas para no contar con planos exactos de los pasajes secretos de la orden.
La sonrisa de Kaelen murió en seco. La mirada burlona del espadachín dio paso a la fijeza gélida y dilatada del depredador.
—Nos han vendido —murmuró.
El maestro ni siquiera tuvo tiempo de maldecir. Los portalones reforzados de la entrada superior reventaron con un estruendo ensordecedor bajo el golpe de arietes pesados y detonaciones arcanas. Órdenes secas rasgaron el aire: escudos monumentales, capas distintivas de la guarnición y destellos de acero templado descendiendo por las escaleras en formación de cuña. No venían a dispersar criminales comunes; venían con mandato explícito para descabezar a la cábala tras el magnicidio.
—¡A los sellos de escape! —bramó el viejo, volcando la mesa para improvisar cobertura y desenfundando una hoja impregnada en ponzoña.
El santuario subterráneo se convirtió en una trampa sofocante. Los acólitos que intentaron desplegarse en abanico fueron contenidos por un muro impenetrable de paveses y alabardas. Kaelen arrancó su espada del suelo con un giro fluido de muñeca, fundiéndose con las sombras de las columnas laterales. Sus reflejos sobrehumanos le permitieron esquivar una estocada al vuelo, deslizarse por el flanco ciego de un oficial y abrirle la garganta desprotegida con una incisión milimétrica antes de pivotar hacia la salida secreta.
Pero el cerco era asfixiante.
—¡Kaelen, vete! —rugió la voz quebrada del viejo desde el centro de la cámara.
Kaelen miró atrás apenas una fracción de segundo. El viejo y los altos mandos del cónclave estaban cercados, desarmados a golpes de maza y reducidos contra las losas por grilletes pesados con cerraduras de supresión. No los ejecutarían allí; los querían con vida para someterlos a juicio público, quebrar sus juramentos bajo tortura y exhibir las cabezas de la cábala en las picas de la ciudadela.
La bestia bajo su piel rugió con violencia, exigiendo desgarrar gargantas, ignorar el acero y saciarse en una carnicería desesperada. Pero la disciplina del asesino se impuso como un dique de hielo: cargar de frente contra una falange acorazada no era honor, era un despropósito estúpido. El depredador que perdura es el que sobrevive para cobrar la deuda.
Envainó la hoja corta con un chasquido mudo, se deslizó entre las fauces oscuras de la galería de desagüe y se disolvió en las sombras húmedas de la red subterránea mucho antes de que el siguiente destacamento pudiera cerrar el perímetro.
Ganar los muelles de Neverwinter antes del amanecer fue solo el primer paso. En cuestión de días, las torturas a sus superiores empezarían a arrancar nombres, escondites y descripciones; quedarse en el Norte era aguardar una soga inevitable. Cortar los lazos no bastaba.
Oculto en las bodegas de un mercante costero que navegaba hacia el sur, Kaelen vio desvanecerse la costa de Neverwinter en la niebla marina. Su rumbo final estaba marcado hacia Amn, la Tierra de la Moneda. Un territorio dominado por la codicia de los oligarcas y las intrigas de Athkatla; un nido de víboras donde el oro lo compra todo, donde un asesino meticuloso con el don de la bestia siempre encuentra gargantas que cortar, y donde nadie haría preguntas sobre la sangre que dejó atrás en el Norte.