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Receta de Noctis
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El Thayno y la Mentira
A esa hora el puerto, ya había sido consumido por la natural oscuridad nocturna que había expulsado hacía poco a las últimas briznas de luz tardía. Dos hombres ataviados de negros y gruesos ropajes y embozados acompañaron al temido arcano de Thay hasta la entrada de la capilla. Ahí, ellos no se atrevieron a entrar, pero se ocuparon de que él, no fuera a otra parte y entrase.
Le aguardaban dentro, una oscuridad ahora no tan natural y un silencio sepulcral y absoluto. Solo se escuchaba el golpeo de las herramientas que estaba desplegando sobre el altar un sacerdote. Tres paños blancos de fino hilo y varias dagas de filos muescados. Simplemente le asintió e invitó a que se acercase a una muy corta distancia del altar. No había ya escapatoria y solamente un camino podría seguirse, el sendero era hacia el embuste y la traición o hacia una muerte insalvable.
El sacerdote, nunca humilde y sin embargo temeroso, hizo un pequeño corte sobre su mano izquierda y derramó su propia sangre sobre un cuenco metálico que ya sostenía uno de los tres paños blancos. Mientras tanto, dos mujeres vestidas con túnicas negras y un cinturón que sostenía la vaina de una daga únicamente, se acercaban al thayno y le despojaban con tramposa amabilidad, de su bastón, su escudo y la capa.
El clérigo lanzó una leve oración sobre el paño ensangrentado y del cuenco nacieron las llamas negras de su sortilegio. Se acercó y con fuerza, sopló y apagó las mismas. Ahí resurgió un humo denso y oscuro, con olor a sanguíneo incienso, a metal y a metal y a óxido, que parecía dibujar calaveras pequeñas y circulantes en el aire. Con fuerza, apretó el diafragma e inhaló cuanto pudo, llenando sus pulmones con el denso humo generado por lo consumido de las llamas de su oración. Esto, logró distorsionar la imagen de su rostro que pudiera parecer que se alteraba y su voz, de la que podrían ahora distinguirse distintas voces de distintas criaturas.
No me atrevo a repetir las palabras que le dijo el sacerdote al arcano, ahora arrodillado frente al altar, ya que ni siquiera me atreví en ese momento a mirar directamente a la escena. Al menos ahora puedo contároslo, pero sí, sí hubo algo que todos y cada uno repitieron tras el sacerdote de las distintas voces. También yo, que solo quise sobrevivir.
“¡Que todas las bendiciones y la fuerza recaigan sobre su Iglesia y sus servidores, que serán los únicos que gobiernen el reino de los mortales y que morarán por siempre en el Palacio de la Eternidad en los tiempos que sobrevengan al Año de la Matanza!”
Ambos se perdieron entre las sombras que conducían a esa galería en la que al resto no nos dejan adentrarnos. Hay un nuevo hermano entre nosotros y mis temores acaban de crecer una vez más.
¡Oh Cyric… protégenos incluso de tu propia iglesia!