El sol estaba en lo alto, bañando la explanada de los Llanos, mientras el campamento de aventureros bullía lleno de mercenarios. Una nueva aventura empezaría para nosotros, una oportunidad para poner a prueba nuestras habilidades antes de la partida en "El Prisma del Éter". Los recuerdos de "El Enjambre Hambriento" aún resonaban en mi mente, recordándome la importancia de la coordinación con mis otros compañeros.
Zahal y yo habíamos trazado un plan, explorar los acantilados del sur, una misión largamente postergada. La convocatoria no se hizo esperar, y pronto nos vimos arropados por un grupo heterogéneo pero prometedor. Kaelith, la elfa de ingenio chispeante; Gunna, la exploradora sagaz; Raralia, la guerrera templada; y Bardock, elgnomo de mil artilúgios. Un crisol de talentos que, esperaba, encajarían como piezas de un rompecabezas. Nos fuimos hacia el sur, e hicimos la parada obligada en el hospicio. Ya estábamos listos para emprender la aventura, pero el destino tenía otros planes.
Escuchamos al guardia que custodiaba el hospicio, decirles a unos niños, que se portasen bien o vendría el devoravacasa a por ellos. Era curioso ver, la naturaleza de los niños tan volubles ya fuera por miedo de una superstición o por el tono del guardia, los niños se fueron a otro lugar a sentarse. Con la curiosidad por bandera, fuimos a preguntar al guardia si sabía algo sobre esa leyenda.
Al principio era reacio a expandir rumores fundamentados o no, pero con la vista de una bolsita llena de monedas, ayudó a pasar el trago. Esto era Amn, donde el dinero abre puertas y bocas. Nos contó que había escuchado sobre desapariciones en granjas por la ruta hacia Crimmor. Una de ellas, era la de Willy. Agradeciéndole por la información guardé mis moneditas y nos encaminamos a investigar los sucesos.
Un hedor nauseabundo nos detuvo en seco. Una masa líquida, repulsiva y putrefacta, nos llamó la atención. La vegetación a su alrededor yacía consumida, víctima del líquido corrosivo implacable. Nos acercamos a ver lo que era. Era una especie de baba, que había consumido la vegetación y emanaba un hedor a podredumbre. Mientras se hacían averiguaciones me entraron arcadas pero pude contenerlo. Era una sustancia típica de las alcantarillas o cavernas subterráneas húmedas, algo propio de los cienos. Kaelith, con su sabiduría arcana, confirmó nuestras sospechas. La baba no era solo un producto de alcantarillas, sino una creación mágica, quizás un desecho de los experimentos arcanos de la ciudad vertidos en los desagues que acabarían llegando a las alcantarillas.
La granja de Willy era un espectáculo desolador. El anciano nos guio hasta los restos de su amada Sophia, su "Favorita", una oveja tres veces ganadora de la Fiesta de la Cosecha. La visión era tan grotesca que me obligó a apartarme para vomitar. La bestia no había dejado rastro de su paso, ni siquiera los huesos. Buscaba mercenarios o aventureros, que acabasen con la amenaza. Una nueva misión para el Gremio de Aventureros se nos abrió en el horizonte.
Con la misión clara, nos adentramos en los humedales, un laberinto de niebla y vegetación en descomposición. Gunna, nuestra guía experta, nos condujo a través de la espesura. Voces en la distancia nos alertaron de la presencia de otros que se habían perdido, un grupo de gitanos que pronto se convirtieron en víctimas de la criatura. El problema fue cuando fuimos emboscados por unas criaturas que nunca antes había visto. Seguimos algo más nerviosos aún si cabe.
Arañas gigantescas nos cerraron el paso hacia una cueva, de la que emergieron cienos aún más repugnantes. Tras dar cuenta de tales criaturas, mis compañeros, con una valentía que rayaba en la temeridad, insistieron en adentrarnos en la cueva.
En el interior, fuimos testigos de una procesión macabra. Aldeanos, presas del miedo y la superstición, ofrecían animales en sacrificio a la bestia. Un error trágico, algo empezó a rezumar por una de las paredes de la cueva, poco a poco, e iba goteando y tomando una forma grotesca y sin forma definida, la criatura no tardó en aparecer, una masa informe que engulló a los animales y a sus dueños con la misma voracidad.
Nuestros ataques, tanto mágicos como mundanos, resultaron inútiles. La cueva, sin embargo, no resistió nuestra furia, y pronto se derrumbó sobre nosotros. Conscientes de que habíamos escapado por los pelos. La criatura, aunque enterrada, seguía libre, y su apetito, seguramente, había crecido.
Con la determinación renovada, decidimos investigar antes de volver a enfrentarnos a la bestia. La próxima vez, estaríamos mejor preparados.