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El evangelio del oro

DaniRTS

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Toda fe verdadera empieza con una moneda. Ni la del avaro que la esconde, ni la del necio que la malgasta.

La moneda del creyente es la que se ofrece, la que cae en el cuenco al anochecer.

Lo que sigue no es la historia de una diosa, pues los dioses no tienen historia, sino fieles que la escriben por ellos.


Aquí quedan reunidas las palabras y obras de uno de sus más devotos, Raymond Bertrand. Desde su origen y despertar hasta sus prédicas y sus parábolas, pasando por los prodigios que su fe, o su oro, obraron donde nadie los esperaba. También se muestran sus cartas a aliados y enemigos y, por supuesto, el final. Cuando las cuentas de toda una vida se pusieron, por fin, a cuadrar.

Léelas como él las vivió. Sin prisa y con las manos abiertas.


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Raymond Bertrand aún vive.​
 
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Genesis 1​
Prólogo

El sol se hundía sobre Athkatla y, como cada tarde de su vida, Raymond buscó una moneda.

La encontró donde siempre, en el bolsillo interior junto al pecho, tibia de su propio calor. No era la más rica que poseía, ni la más antigua. Era, sencillamente, la primera que su padre le había puesto en la palma de la mano cuando aún no sabía contar. "Esta moneda no es dinero", le había dicho el viejo Bertrand, cerrándole los dedos alrededor del metal. "Es una oración que te acompañará toda la vida."

Aún con las palabras de su padre resonando en su cabeza, se arrodilló junto al cuenco de bronce, lo llenó de agua limpia y esperó. Los clérigos de Waukeen no rezan al alba ni al mediodía. Rezan en el momento exacto en que el día se vende al anochecer, cuando los mercados cierran las cuentas y los honestos separan lo ganado de lo debido. Es la hora del balance. Es la hora de ella.

Cuando el último rayo alcanzó el borde del cuenco, Raymond dejó caer la moneda. El agua se abrió en círculos, el perfil dorado de la diosa se hundió mirando hacia la izquierda, y el clérigo cerró los ojos.

No rezó por riquezas. Nunca las pedía.

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Genesis, 1:1. El origen de la fe

Había nacido en una casa donde el nombre de Waukeen se pronunciaba antes que el propio. Su familia no era de las grandes dinastías del Paseo, sino de las que creyeron en la diosa del comercio cuando creer no servía de nada.

Porque Raymond creció a la sombra del silencio. Vio a los vecinos arrancar el símbolo dorado de sus puertas cuando sus negocios no prosperaban. Vio templos medio vacíos donde los pocos fieles rezaban a una diosa que no creían que respondiese cada vez que una crisis asolaba Amn. Y vio a su padre, cada atardecer, arrojar su moneda al cuenco con la misma fe con que lo haría si el cielo entero se abriese de par en par y le mostrase el plano de la diosa.

"Padre" - le preguntó una vez - "si no nos escucha, ¿por qué seguimos pagando?"

El viejo Bertrand no se enfadó. Raymond nunca había visto a ningún Betrand enfadarse, realmente. Como si no tuvieran esa capacidad. Aunque sí suspiró antes de responderle.

"Porque la fe no es un préstamo, hijo. Un préstamo espera intereses. La fe solo espera ser fiel."

Aquella respuesta hizo más por su vocación que mil sermones.

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Genesis, 1:2. Elegido de la diosa

Desde muy joven se le notó el talento. Raymond hablaba y convencía, ya a temprana edad. Arbitraba a acólitos más veteranos que él. Encontraba un reparto que dejaba a los dos contendientes creyendo que habían ganado, que es el arte más difícil del comercio y el más raro de los dones. Los sacerdotes del templo local lo vieron mediar en la pelea de dos aprendices por un saco de clavos y supieron, antes que él mismo, lo que sería.

Lo tomaron como novicio. Le enseñaron los ritos, los dogmas, el peso justo de cada palabra. Le enseñaron que Waukeen no ama el oro por el oro, sino por lo que el oro construye. Visitaron con el joven los puentes, caravanas, ciudades y observaron los tratos que unen a hombres que nunca se verán. Le enseñaron a leer un contrato como quien lee un alma.

Y un día, rezando ante el cuenco a la hora del balance, Raymond sintió por primera vez que el agua le devolvía algo. No palabras. No luz. Solo una certeza cálida, como una mano cerrándole los dedos alrededor de una moneda.

La diosa lo había elegido a él.

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Genesis, 1:3. Voz de la Riqueza

No lo retuvieron en el templo al no ser Waukeen diosa de altares quietos, sino de rutas, de caravanas, de moneda que viaja. Así que Raymond tomó el camino. De Athkatla a las Agujas de Oro, de las Agujas de Oro a cada plaza de Amn donde un trato pudiera cerrarse con justicia en vez de con sangre.

Fue desatando embrollos legales que otros creían imposibles. Repartiendo lo disputado. Mediando entre casas que se odian y dejándolas en un estado de paz suficiente para hacer negocios. Allá donde llega, planta de nuevo el símbolo dorado en las puertas de los que dudaban y borra un poco más el antiguo rumor de que la diosa está muerta.

Porque esa es su misión, la que se rezó a sí mismo aquel primer atardecer: que ni una sola alma de Amn vuelva a pensar que Waukeen los abandonó. Extender su fe. Fortalecer los lazos entre ciudades. Tejer alianzas con las casas comerciales dispuestas a prosperar con justicia. Y demostrar, trato a trato, moneda a moneda, que la prosperidad y la justicia son las dos caras de una misma moneda.

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Epílogo

El sol terminó de ponerse sobre Athkatla. Raymond recogió su moneda del fondo del cuenco, la secó contra el pecho y la guardó junto al corazón.

Mañana habría otro camino. Otro trato que equilibrar.

Y en algún lugar, la diosa del comercio sonreía. Sus cuentas, por fin, volvían a cuadrar.



«La justicia sin prosperidad es frágil. La prosperidad sin justicia es vacía. Waukeen nos enseña el equilibrio.»
 
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Primera epístola a los Amnianos​
Prólogo

Raymond se encontraba en sus dependencias de Caravasar, pensativo y taciturno tras la encomienda del Waukeenar. Él sabía que su labor era la de atraer al acontecimiento del Coliseo a la mayor cantidad de interesados posible, pero también era consciente de lo complicado del esclavismo en ciertos sectores Amnianos.

Había tenido una idea, y sólo necesitaba poder plasmarla sobre el pergamino. Comenzó a escribir, mientras murmuraba una plegaria a Waukeen para que le inspirase.
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Epístola

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Epílogo

El sol ya se encontraba en sus últimos momentos luminosos del día, por lo que Raymond encendió una vela a la que le habían introducido un aceite perfumado y suspiró, releyendo su escrito.

"No sé si esto podrá convencer a los más escépticos, pero espero que por lo menos les dé algo en lo que pensar".

El hombre indicó a los acólitos del templo que mandasen a hacer copias y lo repartiesen por los tablones de anuncios de las principales ciudades. El Coliseo debía llenarse tanto de los que buscaban la sangre como de aquellos que la desean preservar.

 
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La letanía del Diezmo​
Prólogo

Raymond suspiró, colocándose sus pendientes dorados tras habérselos retirado para sus abluciones. Acto seguido, resonó por la estancia el tintineo de los adornos también dorados que culminaban su atuendo cómodo. Anillos con diferentes piedras preciosas y el pesado colgante del Waukeenar.

"Qué pesada carga es la del sacerdote que insta a sus compatriotas a pagar el diezmo que tantísima falta hace a sus benefactores. Aún se atreverán algunos a decir que nos gastamos su dinero en festejos privados y cenas opulentas... En fin, qué osada es la ignorancia."

La letanía del diezmo

Los ensayos con el coro de muchachos avanzaban a marchas aceleradas. Eran jovencitos e inocentes, justo lo que necesitaba el campesinado para reprimir sus ansias de lapidación.
"¡Una vez más, mis muchachos!" dijo el clérigo. "¡EL DIEZMO!" dijeron sus muchachos.
El sacerdote, conforme, los mandó a pegar carteles.
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Epílogo

Raymond se tumbó en su mullida cama, mirando sus anillos. Esperaba que a sus niños les fuese bien, porque el siguiente que iba a predicar era él... Y esperaba que no le lapidasen.

 

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De las oportunidades desperdiciadas​
Prólogo

Raymond ese día estaba frustrado e irascible. Los monaguillos habían recibido un trato más duro de lo habitual, las mujeres del placer que el clero tenía a su disposición no se explicaban cómo su hombre las había rechazado con tan malas formas y, lo más importante, el somelier clerical no había recibido su visita matutina.

Sin duda, Raymond iba a mostrar hoy la furia de Waukeen-

La cuelga del cartel

Raymond sabía que había sido más duro de lo habitual. Que el pueblo sufría y muchos hombres, mujeres y niños deberían dedicarse al más desagradecido de los trabajos para poder cubrir la falta de ingresos y las pérdidas que había causado el evento fallido.

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Epílogo

Raymond, ahora ya más tranquilo y sosegado por saber que había cumplido sus deberes, hizo llamar a sus más entregadas mujeres del placer. Si la violencia no hacía mover monedas, quizá lo haría el amor.

 
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