DM Kapillo
Sombrero perdido de Astrid
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Lohezet, el Mago de la Túnica Negra...
Antes de relatar cómo encontró su fin el Mago de la Túnica Negra, querido lector, conviene que conozcas su vida al llegar a vuestro mundo dedicando su obsesión a la búsqueda de su mayor ambición el legendario Orbe de los Dragones.
Lohezet, antaño ciudadano de Ansalon, había sobrevivido donde muchos perecieron. Su mundo natal fue reducido a cenizas por el aliento de dragones inmisericordes. Cobarde para los ojos de algunos, prudente o inteligente para otros, escapó del desastre refugiándose bajo el oscuro manto de la única entidad que le ofreció propósito: la Reina de la Oscuridad.
A su servicio juró lealtad eterna… aunque en su corazón, aquella promesa no era más que un puente hacia un poder mayor. Vestido con su inevitable túnica negra, símbolo de ambición desmedida, secretos necrománticos y a la escuela de magia a la que pertenecía, Lohezet atravesó los velos del multiverso y llegó a un nuevo mundo: Toril.
Allí continuó con el objetivo que devoró sus pensamientos durante décadas: el legendario Orbe de los Dragones.
El Nigromante era un erudito solitario un amante obsesivo de los viejos imperios, reverenciaba sus reliquias como otros veneran a los dioses.
Su personalidad tímida y antisocial contrastaba con la fría majestuosidad de sus estudios oscuros.
Encontraba consuelo en sus creaciones: esqueletos pulcramente restaurados, zombis preservados con esmero, espectros condicionados para obedecerle como perros dóciles.
Para él, aquellos no eran siervos. Eran su colección. Como un niño que acomoda con cuidado sus juguetes favoritos, Lohezet pasaba horas perfeccionando sus horrores animados.
Pero bajo cada fórmula arcanista, detrás de cada sutura cosida con magia, latía una única esperanza:
Dominar el Orbe. Comprenderlo. Y quizás… gobernar con él.
Porque Lohezet no era un héroe. Ni siquiera un villano. Era algo mucho más peligroso: Un soñador.
No irrumpió en Toril con estruendo pues sabía que todo gran imperio se construye primero en silencio.
Así, antes de comenzar su verdadera búsqueda, llevó a cabo un acto calculado con mente y sangre fría: liberó a una antigua familia de vampiros atrapada en el Plano del Terror. Los soltó como quien libera lobos en un gallinero. Mientras aquellos vampiros emergían al mundo para reconstruir su linaje, derramando sangre y promoviendo el caos, Lohezet seguía hurgando en sus planes. Ni héroes ni inquisidores repararon en un mago silencioso que caminaba con los huesos crujientes de sus siervos.
Bajo esa distracción perfecta, él y su séquito esquelético se internaron en los húmedos pantanos de Zhehorast, allí donde los mapas se disuelven en fango y superstición. Día y noche, exploró cada rincón, cada ruina semihundida, cada piedra que pudiera susurrar la pista de su obsesión. Pues tenía indicios que allí podía encontrarse.

Lohezet no se conformó con liberar una sola amenaza en la región de Amn.
Si un vampiro podía distraer a unos pocos aventureros,
una horda de horrores podía desviar a ejércitos enteros. Además de la familia vampírica, desató una entidad mucho más temible: una abominación nacida del miedo mismo, conocida entre el vulgo como "El Cazador". Esta criatura no se alimentaba de carne ni sangre, sino de pavor, creciendo con cada grito ahogado, con cada respiración entrecortada antes de su muerte para luego renacer como Bodaks.
En cuestión de tiempo, el Cazador convirtió los humedales de Zhehorast en su coto privado. Nadie osaba internarse allí sin que la niebla misma se cerrara tras ellos como una trampa viviente. Así, Lohezet protegía su territorio sin mover un solo dedo. Que el mundo creyera que aquel pantano era una maldición ancestral… cuando en realidad era su escudo y su campo de juego.
Pero el nigromante sabía que no todo podía lograrse con miedo. Para alcanzar el Orbe y desafiar algún día a la Reina de la Oscuridad, necesitaba aliados… poderosos, útiles y eficaces. Por ello, orquestó un ataque cuidadosamente ejecutado contra la Ciudad del Grano, matando a sus civiles y sembrando el caos. Un acto que si a él le preguntas te respondería que no es nada personal, sino política.
Aquel gesto atrajo la atención del Imperio de Murannheim, brutal y expansionista. Lohezet se presentó ante ellos como un benefactor extranjero, entregando artefactos de otros mundos que sus incansables esbirros esqueléticos recuperaban de ruinas de otros mundos. Se ganó la confianza del Murkul con regalos y con la promesa de abastecerle un gran ejército.
El siguiente paso fue asegurar su reputación como aliado militar ofreciendo a sus nuevos aliados una oportunidad aún mayor: La ubicación de una dragona verde para que pudieran negociar y tomarla como aliada y mientas sus nuevos aliados marcharon hacia aquella negociación, Lohezet trazaba un plan aún más ambicioso.
Les entregó una pista sobre los huevos de la hija de Adalon, la mítica dragona plateada. Su intención era corromperlos. Con aquellos huevos, Lohezet buscaba crear su propia estirpe de dracónidos plateados como su descendencia artificial, una genealogía antinatural que le obedecería como a un padre y a un dios.
Tal era la ambición de Lohezet que incluso los sueños le eran arrebatados. Cada vez que cerraba los ojos, veía el Orbe de los Dragones flotando ante él, resplandeciente, susurrándole promesas de dominio absoluto. Fue entonces cuando pensamientos peligrosos impropios incluso para un servidor de la Reina de la Oscuridad comenzaron a germinar en su mente.
Un simple mortal plantándose ante Takhisis, la Reina de la Oscuridad, y ante el propio Lord Soth, el Caballero de la Rosa Negra.
Porque Lohezet, en su fanática convicción, creía poseer aquello que ninguno de ellos podía reclamar: la capacidad de dominar el Orbe sin perder la cordura. Se veía a sí mismo coronado por dragones, dueño de un nuevo mundo, un soberano arcano al que incluso los dioses mirarían con cautela. Soñó con reconstruir un imperio sobre los huesos de los reinos, esta vez sin ser el cobarde que huye, sino el conquistador que avanza.
Pero la cobardía es una sombra que nunca abandona del todo...
Cuando fracasó en alcanzar el Orbe, cuando vio cómo Lord Soth extendía su mano espectral reclamándolo como a un juguete roto, Lohezet se derrumbó por dentro.
Aceptó su derrota sin pronunciar palabra. Se dejó arrastrar por el peso de su fracaso… y buscó refugio en lo único que jamás lo había juzgado: sus creaciones. Regresó a su torre. Ni durmió, ni habló, ni comió. Día y noche, como un penitente de la muerte, volvió a levantar cadáveres, reconstruir sus creaciones de hueso, perfeccionar momias como esculturas.
Tenía que demostrar su lealtad. Y halló un nuevo propósito: ofrecerles un tributo.
Un asesinato.
Un sacrificio digno.
Un sacrificio digno.
Su objetivo: El Murkul, emperador del imperio de Muranndim y convencer a la dragona verde de que la dejaria en paz si llevaba a una trampa mortal a sus aliados del imperio, dejándolos perdidos en la infraoscuridad en un laberinto de grimlocks al servicio de un contemplador. todo por demostrar que de nuevo sería leal a Lord Soth y por ende a Takhisis
La Muerte del Murkul
El Coliseo de Murannheim rugía con júbilo. Era día de celebración: gladiadores y campeones desfilaban ante la muchedumbre, arrancando vítores con cada choque de acero, con cada rugido de triunfo. En lo más alto del graderío imperial, el Murkúl, soberano del imperio, aguardaba el momento de entregar los premios a los vencedores. El tirano recibía el fervor de su imperio como un dios recibe incienso.Y entre la multitud, silencioso, invisible entre túnicas y capas, Lohezet observaba.
Solo era un invitado más, apenas una sombra entre otras. Pero bajo esa apariencia discreta, sus dedos se aferraban al báculo de obsidiana, negro como una noche sin luna. Un artefacto que no brillaba… absorbía la luz.
El Murkul se levantó, extendiendo los brazos para pronunciar su discurso ante el coliseo entero.
Fue entonces cuando Lohezet dio un paso al frente.
Y alzó su báculo.
Una vibración antinatural recorrió la arena. La multitud, confundida, miró hacia el centro buscando explicación… pero demasiado tarde comprendieron lo que ocurría para hacer nada.
Un torrente de energía negativa, se desató desde el báculo de Lohezet. Un río espectral de almas condenadas que se arrojó desde tierra hacia lo alto, golpeando directamente el estrado del Murkul.
El estrado se partió como si una garra gigantesca lo hubiera rasgado desde abajo, y las gradas enteras se derrumbaron.
Cayeron bestias, guardias, sacerdotes… y el Murkul.
El caos reinó. Gritos, polvo, sangre y confusión.
No hallaron cadáver.
No hallaron corona.
No hallaron nada.
Ni una gota de sangre.
Ni un hueso.
Solo el trono destrozado…

La Cólera de Muranndim

El Imperio de Muranndim no era una nación común, sino una amalgama de fuerzas sobrenaturales unidas por conveniencia e interés. Bestias, no-muertos, nigromantes, piratas, organizaciones criminales, cultos oscuros y mercenarios sin escrúpulos convivían bajo una misma bandera, por ambición y poder y porque no decirlo también por honor… y esa extraña libertad que solo podía encontrarse entre los impíos y los osados.
La naturaleza de todos es un conflicto constante.
Cada consejo imperial termina en sangre.
Cada alianza es temporal, frágil, atravesada por el ego.
Líderes conspiran contra líderes, guardianes desafian a guardianes.
Pero existe una regla sagrada, compartida por todos, desde el más ruin de los piratas hasta el más oscuro de los nigromantes:
Ante la amenaza externa o la traición… el Imperio es uno.
Cuando Lohezet atacó el Coliseo y el Murkul desapareció sin dejar rastro, el mensaje fue claro: alguien había osado tocar el corazón de Muranndim.
Los Nueve Señores de la Venganza
¡Hoy el gran Destructor se me apareció en sueños! ¡Vaprak me habló de que él mismo contemplaría esta gran batalla que estamos por librar! ¡ Por lo que apretar bien los dientes y cargad con orgullo! ¡Pues en la vida o en la muerte nos espera la eternidad contada por historias que narrarán! ¡Las bestias, somos gigantes hijos de Vaprak! ¡MUERTEEEE! |
El Gran Guardián Sondakur alzó su voz sobre el campo de batalla, comandando a la guardia privada de la Reina de los Dientecillos, bárbaros que solo respetaban a quienes pudieran igualar su fuerza. La Reina de los Dientecillos ofreció una tregua temporal, y con promesas de victoria, Sondakur motivó a sus hombres: si acababan con el nigromante, el mismísimo Vaprak sería testigo de su gesta.
Los gigantes avanzaron entusiasmados por los gritos de guerra del gran guardián apisonando las líneas enemigas, cada paso un estruendo que anunciaba la destrucción de aquellos que osaran interponerse, abriendo la brecha y el paso.
¡Heraldos de Castigo! ¡Carne ser arrebatada, pero voluntad nunca ser quebrada, nuestra fuerza quedar intacta! ¡Hoy luchar por el Barón! ¡Para que historia de vuestra leyenda llegar a sus oídos! ¡Ser miedo! ¡Ser odio! ¡Que el sueño quiebre hasta el fin del mundo! ¡Muerte a los siervos del nigromante y muerte a los vivos! |
Dientes, el Tumulario aquel cuyo virote alcanzaba siempre aquello que miraba su ojo sano cabalgaba al frente como un presagio de muerte. Bajo su mando, las tropas de Barón Castigo irrumpieron entre relinchos y acero, rodeando al enemigo como una jauría hambrienta. Las cabezas rodaban al paso de su caballería, mientras los perros zombis desgarraban los flancos.
El caos se propagó como una peste; no había línea que resistiera su embestida.
Tras cumplir las tres proezas de Barón Castigo, Dientes reclamó el respeto y el derecho a comandar legiones enteras, pues demostró ante vivos y muertos que hasta la propia muerte inclina la cabeza ante su ojo vigilante.
¡Mercenarios del Consorcio Rundeen! ¡En unas dekhanas, estaré capitaneando un navío por el Mar de las Espadas! ¡ Así que imaginad donde querréis estar y se hará realidad. ¡Ahora manteneos firmes y no os separéis de mí! ¡Y si por alguna os veis recorriendo idílicos parajes con una radiante luz bañando vuestra tez...! ¡No sintáis temor alguno, pues habréis zarpado hacia la última travesía junto a los dioses! ¡Recordad que las grandes hazañas siempre encuentran su lugar en las más gloriosas crónicas! ¡Por el Consorcio Rundeen! |
No vio en ella una simple aventurera, sino una pieza destinada a escalar en la maquinaria del Consorcio. Pero los Rundeen no entregan ascensos los exigen con sangre y resultados. Y así, Adrasteia fue puesta a prueba.
Se le impuso una sola condición: si lograba convencer al Bajo Consejo de otorgarle el mando, el Cambista pondría bajo sus órdenes cien mercenarios Rundeen para la campaña bélica en curso. Si los llevaba a la victoria y regresaba con más del ochenta por ciento vivos…
Sería reconocida oficialmente como una Rundeen.
Y lo consiguió. Por el fuego que su voz encendió en los corazones de sus hombres. En lugar de cargar a ciegas, aprovechó la distancia, las ballestas y las balistas como herramientas de control absoluto del campo de batalla. Peleó como comerciante de guerra: invirtió, calculó, y cobró intereses en cadáveres enemigos.
Desde aquel día, Adrasteia ya no fue solo marinera.
Fue una Rundeen. Con todo lo que eso conlleva.
¡Hijos de la Infra-oscuridad, forjadores de la piedra y el acero! ¡Hoy estas inmediaciones temblarán bajo nuestros pasos implacables! ¡Contemplad esa maldita Torre! ¡Allí es donde Lohezet se mantiene oculto e intocable! ¡Haced derrumbar esa idea y convertid esa eternidad y mero espejismo en cenizas! ¡Sois el puño ejecutor, el martillo que aplaste a todos aquellos esbirros que se alcen contra nuestro imperio! ¡Devorad a quienes intenten detenernos y derramad su sangre en densos ríos escarlatas! ¡Qué Lohezet arda en su pútrida madriguera! |
La inmortal Miruh de la Torre Negra marchó al frente comandando medio centenar de duérgars. Se cuenta que su voz pese a provenir de una estudiosa y no de una guerrera retumbó por todo el campo de batalla como un cuerno ancestral.
Sus gritos de mando eran certezas en el campo de batalla
Inspirados por su fervor, los duérgars cargaron sin dudar, levantando sus escudos en perfecta formación para protegerla con devoción pese a no ser una de los suyos. Allí donde otros líderes gobiernan con mano firme, Miruh mandó con la palabra. Y ninguna muralla resiste a quien convence al corazón antes que al brazo.
¡Hijos e hijas de Waukeen! ¡Hoy nos enfrenamos a un mal que no perdonará... ¡Su existencia amenaza con acabar con todo, no solo Amn, no solo Murann...! ¡Hasta los mismos dioses podrían quebrarse por este mal...! ¡Pero hoy hijos de Waukeen no se quebrará nuestro espíritu! ¡Hoy no será de nuestra derrota! ¡Hoy el destino está a nuestro alcance! ¡Lohezet tiene una deuda que saldar, cobradla! ¡Waukeen provee, Waukeen prevalece! |
Arianne Brillalba era la presencia más inesperada en aquel ejército que marchaba hacia la Torre del Eterno Eclipse. No era una mercenaria, ni una exiliada, sino algo aún más sorprendente: una amniana de alta cuna, con peso dentro del clero de Waukeen y reputación en los círculos políticos Amnianos.
Y, sin embargo, allí estaba, marchando al frente de sus cuatrocientos noventa y cinco Aureos.
No lo hacía por gloria, sino por dos juramentos que pesaban más que cualquier tratado:
-Recuperar la Lágrima Caída del Cielo, ahora en manos de la Reina de los Dientecillos.
-Rescatar a cinco de sus hombres, apresados en las celdas de Karyak el Cruel, quien le había prometido devolvérselos si colaboraba con el Gran Guardián.
Cumplió ambos.
Algunos Aureos cayeron en la guerra, pero Arianne no quebrantó su palabra. No solo recuperó la reliquia sagrada, sino que regresó con los cinco cautivos. Cuentan que, al reencontrarse con su obispo tras largas dekhanas, lo primero que le dijeron fue:
"Sabíamos que volveríais, mi señora."
Desde entonces, quienes sobrevivieron aún la siguen. Porque Arianne Brillalba jamás abandona a los suyos, ni siquiera si debe negociar con tiranos o marchar hasta el borde del abismo.
Hoy, tras aquella guerra, su nombre es pronunciado como inspiración divina, y no son pocos los que afirman que morir en el campo de batalla bajo su estandarte sería un honor... o incluso una bendición.
¡Vosotros guerreros del mar no necesitáis discursos... sino SANGRE! ¡Alzad vuestras armas! ¡Morded yugulares con vuestros miles de colmillos! ¡Triturad, desmembrad, cercenad y ANIQUILAD AL ENEMIGO! ¡Vosotros los más letales y salvajes enemigos de la costa! ¡Os pido que tiemblen al escuchar merodear a la Escama Ímpia de la Horda de Muranheim! ¡Sangre & Muerte! |
Alaister, cambiaformas y autoproclamado caudillo de la Escama Impía, era famoso por dos cosas: sus delirios de grandeza y sus deudas impagables. Dondequiera que pisara, siempre había alguien deseando cortarle la cabeza… por oro, por venganza, o por simple deporte.
Y sin embargo, seguía con vida.
No porque fuese intocable, sino porque nadie lograba atraparlo dos veces de la misma manera. Un día era marinero, al siguiente mercader, luego bestia alada o reptil deslizándose entre rocas. Había aprendido que la mejor defensa no era el acero… sino no ser el mismo objetivo de un día para otro.
Su historial en campaña era tan irregular como impresionante, pero cada vez que la guerra exigía creatividad o brutalidad, Alaister respondía. Por ello, el alto mando le confió una tarea singular: liderar a los hombres tiburón, un “obsequio” ofrecido por la saga marina Thalindra del Coral Negro.
Ella había pagado al imperio con sangre ajena: doce marinos transformados en depredadores anfibios, tan feroces como el océano en tormenta. Bajo el mando de Alaister, se convirtieron en una fuerza indomable.
Hoy solo ocho de ellos sobreviven. No regresaron a puerto ni pidieron recompensa. Se hundieron en un arrecife de la costa norte… y esperan a su nuevo caudillo.
Los pescadores lo llaman ahora el Arrecife de la Escama Impía.
Dicen que si uno se acerca demasiado, el agua empieza a hervir…
Y que antes de ver los ojos de los hombres tiburón, escucharás la risa de Alaister flotando entre las olas.
¡Nigromantes del Cónclave! ¡Mi cuerpo no exhibe huesos como el maestro Mortus, pero mi linaje feérico largo tiempo abrazó la Muerte otro como de sus cantos! ¡Alcemos nuestros ojos vacíos y dejemos que la sombra nos bese la frente, porque no hay gloria más dulce que la que se arrastra desde la tumba! ¡Hoy solo nos enfrentamos a un simple nigromante! ¡Lohezet no es sino un reflejo agrietado de lo que somos! ¡Un eco enfermo que pretende igualarnos, un humano que osó jugar con la muerte! ¡Nosotros no tenemos su poder, porque su poder es hambre y el nuestro es saciedad! ¡Sus muertos son cadáveres torpes! ¡Los nuestros amantes obedientes que suspiran por danzar bajo nuestra voluntad! ¡Hoy... HOY NUESTRO AUGURIO DE MUERTE ACABARÁ CON TODOS ELLOS! |
Velaxa, tan cruel como bella y tan mimada como temida, cambiaba de voluntad como el humo del incienso: un suspiro bastaba para decretar muerte o perdón… aunque casi siempre elegía lo primero.En el campo de batalla se movía entre los nigromantes del Cónclave, magos veteranos bajo su mando, acompañada por una criatura abominable conocida simplemente como el Devorador, un ser sin compasión ni propósito más que consumir.
Los arcanos en comunión lanzaban proyectiles y bolas de fuego, abrasando las líneas enemigas sin distinción.
Velaxa no solo comandaba: orquestaba una danza de destrucción, y cada muerte era, para ella, solo otro paso en la coreografía de su poder.
¡Ciudadanos y legionarios del Imperio! ¡Enfrente se extienden las hordas del traidor Lohezet! ¡Hablan mucho de su poder, pero mirad su esencia: ídolos huecos, fuerza comprada a la oscuridad. Nosotros no tememos a lo menor; sólo tememos a quien está por encima de todo: el verdadero señor PERDICIÓN! ¡Hoy haremos que el miedo se vuelva su verdugo! ¡Que nuestras lanzas, nuestras banderas y nuestras almas converjan en un solo propósito! ¡Quebrar al impostor y mostrar al mundo el peso de la Mano Negra! ¡Que caigan las legiones de Lohezet! ¡Que el Imperio se alce triunfante! ¡Gloria a Bane! |
Su influencia le permitió comandar destacamentos de las fuerzas banitas, tropas cuya sola presencia inspiraba terror incluso entre aquellos que no respiraban, pues ni la muerte parecía ofrecerles refugio ante su disciplina y crueldad.
Donde marchaba Talkorion, la devoción se convertía en miedo, y el imperio se inclinaba ante la sombra de su tiranía eterna.
| ¡Hermanos y hermanas de la Bregan D'Aerthe! ¡Lohezet ha profanado aquello que para una compañía mercenaria es sagrado: Un contrato! ¡Nos llamó, sellamos palabra por honor y nos devolvió solo el desprecio, sin excusas, sin nombre que justificar su traición! ¡Ha quebrado la ley que guía nuestros filos y mancillado nuestro nombre! ¡Pero en esa torre yace lo que nos pertenece: La deuda, la afrenta y la verdad de su desdén! ¡Como la sombra que no perdona y la mano que no olvida iremos a reclamarlo. ¡No pediremos permiso; lo tomaremos con astucia y la justicia que merecen los traidores! ¡Y haremos que el oro fluya con su sangre! ¡La sangre de un sucio rivvin cobarde y débil que se esconde en una torre como un polluelo herido esperando su sentencia! |
Velessa, la asesina, lideró medio centenar de letales agentes de la Bregan D’aerthe. Aunque algunos cayeron en combate, su impacto fue devastador: aparecían y desaparecían entre las sombras, sembrando pánico y discordia en los flancos enemigos.
El filo de sus espadas y la punta de sus virotes envenenados cobraban muertes sin misericordia, recordando a todos que el caos puede tener rostro, voz y nombre.
V. fue la encarnación silenciosa de la muerte en movimiento, y cada incursión dejaba un recuerdo imborrable en la noche de la Conquista del Eterno Eclipse.

La Élite de las fuerzas Imperiales
No menos mérito tuvieron quienes engrosaban las filas. Los Nueve Señores de la Venganza abrían camino entre las huestes de Lohezet, mientras héroes y élites como Gob, brazo armado de los Rundeen; Barón Mortus, Maestro del Conclave Negro; Krap el Berserker; Nabil del Consorcio Rundeen; Ahmad, que crujía cuellos con sus propias manos; y Cheep, escabulléndose entre las piernas de dracónidos cortando tendones, enfrentaban al impío nigromante.
Las fuerzas Zhentarim, fieles a su reputación, actuaron como equipo de choque, derribando enemigos hasta atravesar las puertas del Eterno Eclipse y encararse directamente con Lohezet.
El acero y la magia se desataron sin medida: miles de no-muertos, centenares de dracónidos e incluso cadáveres de dragones cubrieron el campo. Desesperado, Lohezet recurrió al Orbe de los Dragones, invocando sierpes aladas y ocultando las entradas secretas que Murann había descubierto.
Pero nada pudo frente a la magnitud del ejército imperial. Su lugarteniente, Muerte Plateada, cayó, y la cabeza de Lohezet fue cercenada por Sondakur, el Gran Guardián, mientras Alaister, el cambiaformas, arrebataba su báculo. Así terminó la era de maldad, manipulación e intrigas del nigromante.
Offtopic :
Hasta aquí llega el fin del Nigromante. De entre todos los villanos, elegí este personaje porque podía ofrecerme mucho juego, intriga y situaciones trambólicas. Han sido aproximadamente seis meses con el Nigromante, y espero que lo hayan disfrutado tanto como yo lo he hecho.
Quiero agradecer sinceramente a todos los que se interesaron por mi parte de la megatrama; ha sido un verdadero placer compartirla con todos vosotros pero ya merecía morir como la sucia rata que es. Y siento el mucho texto pueden ir directamente al postureo no les juzgaré.
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