Unairg
Cuenta secreta de Kronos
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Ver y Escuchar.
El último cuchillo de Aneirin se quebró. Las flores silvestres parecían muy esquivas, aún más cuando la mujer las cortaba del tal manera que pudieran volver a crecer. Se alzó con una pequeña bolsa de cuero confeccionada por ella misma, mientras Derdian se dedicaba a pasear la mirada alrededor, vigilante y alerta. Varios eran los lobos corrompidos por La Bestia que les habían intentado dar caza, pero ninguno lo había conseguido.
Caminaron juntos hasta un lugar cercano, idóneo para sentarse y descansar. La mujer úzhgardt observó los troncos huecos que se presentaban de manera colocada, todos enfocados hacia un centro imaginario, donde parecía haber restos de una hoguera. Todavía el Sol se alzaba por encima de sus cabezas, así que se limitaron a tomar asiento y recuperar al poco aliento que se había escapado.
- Hermana, hay algo que deseo pedirte.- dijo Derdian al cabo de un buen rato, en el que ambos se habían mantenido en silencio, a solas con sus pensamientos.
- Adelante, Derdian.- invitó su hermana, asintiendo a la vez.
- Me gustaría saber hablar con los animales de la misma manera que lo haces tú.- dijo tras un instante en el que meditó las palabras.- He visto en inumerables ocasiones cómo utilizas ese conocimiento para espantarlos o para conocer las nuevas en los bosques.
Y así era. Gracias a su habilidad para poder entender al mundo animal, los dos úzhgardt habían podido seguir el camino cuando se dirigían a las tierras de Amn. De lo contrario, seguramente se hubieran perdido hacía ya mucho tiempo. Derdian a veces pensaba cuál podría haber sido su suerte en ese caso.
Aneirin sonrió con dulzura y lanzó su vista al frente, con su habitual porte sereno y orgulloso.
- Podría enseñarte cuanto sé y seguirías sin comprenderlo.- volvió la vista hacia su hermano de sangre.- Sólo tienes que ver y escuchar, es el primer paso hacia todo.
Derdian meditó las palabras de Aneirin agachando la cabeza. Ver y escuchar empezaba a ser la solución para demasiadas cosas pero, ¿de qué otra cosa podía fiarse? Nunca había entendido a ciencia cierta a qué se refería su hermana cuando hacía alusión a eso, pero se dio cuenta de que, al fin y al cabo, la realidad era que ella sabía hacer cosas extraordinarias, y él, no.
- Si de verdad quieres aprender, te recomendaré que hagas algo.- continuó diciendo la úzhgardt. Derdian prestó atención.- Pasa una noche en el bosque sin tus armas y demás ayudas que llevas en tus viajes. Únicamente tú y tu orgullo, y vuelve al amanecer. Si has seguido mi consejo y te has dedicado a ver y escuchar, la siguiente vez que nos encontremos tendrás muchas cosas que contarme.
Ambos se levantaron y emprendieron rumbo en dirección a Athkatla. El joven bárbaro alzó la vista, rozando el Sol con sus ojos. No sabía cuánto de cierto había en las palabras de Aneirin.
Pero eso era algo que pronto comprobaría.
El camino desde Ideepton hasta Athkatla había sido largo y cansado, aunque el ruido de las aguas chocando contra la capota del barco le había resultado muy estimulante. Tuvo que caminar con extrema cautela por el sendero desde Crimmor, ya que no portaba su espada de doble hoja ni cualquier otro utensilio que le hubiera ayudado si un ogro hubiera decidido asaltarlo, y los kóbolds habían sido lo suficientemente tontos como para dejarlo pasar desapercibido. El campamento de las afueras de La Ciudad de la Moneda cobraba un aire más interesante cuando la noche encapotaba el cielo, cuando las personas que por allí demabulaban parecían sombras en pena sin rostro y sin habla.
El bárbaro recolectó algo de calor antes de adentrarse en el bosque que al Norte se encontraba, pues no sabía si el tiempo aquella noche iba a ser lo suficientemente piadoso con él como para mantenerlo mucho tiempo. Tras un instante, se encaminó con paso ligero hacia su destino, observando alrededor a las gentes de los altos muros realizar sus vidas nocturnas. A veces le resultaban curiosos.
Incluso el bosque de noche ofrecía un halo de misterio que incitaba a dejarse envolver por sus árboles y maraña. Alzó la vista hacia las invisibles copas de los troncos, y escudriñó hasta donde sus ojos le permitían. Todo estaba en silencio. Y bien sabía el úzhgardt de Villafantasma que el silencio en un bosque era algo anormal.
Tomó asiento al pie de un árbol que le pareció robusto, y sonrió al pensar que, si su hermana estuviese allí, ya habría adivinado cómo se llamaba. A veces echaba de menos el frío del Norte, que aunque el de las tierras de Amn podía resultar como un filo en la garganta, nunca tendría nada que comparar con Bosque Alto, donde alejarse de los tuyos en una dura noche de invierno podía resultar un grave peligro.
Y fue cuando recordó su tierra natal que Derdian observó alrededor y tomó las palabras de Aneirin como único acto. Árboles... un árbol era la base de los ideales y los deberes de su tribu. Pensó en cuánto habían afectado los árboles a su vida, y en tan sólo un instante, se sorprendió: los árboles habían rodeado su vida, habían sido uno de sus métodos de diversión y los había conseguido convertir en un recurso para cuantiosas situaciones. El Abuelo Árbol era su pasado, y su presente, Andorë. Nunca había conseguido apreciar de aquella manera a esos seres que siempre observaban y nunca se movían. Eran como una mezcla de sus líderes y sus aliados.
Unas ramas crujieron cerca de él. El bárbaro miró hacia el foco del sonido y vio algo que se mantenía quieto como una estatua. Al principio pensó que se trataba de Fantasma, el lobo compañero de Aneirin, pero no era eso lo que la mirada de esa bestia denotaba: en sus ojos había una fría rabia, una sed ya incontenible que exigía saciarse antes de que el animal fuese presa de su propia ansia. Era un lobo de gran tamaño, más robusto que una cría adulta de la estirpe del Devorador, negro como el azabache y de ojos amarillos y relucientes.
Málar amenazaba nuevamente con romper la armonía del bosque.
En cuestión de instantes la bestia se agazapó y comenzó a correr hacia Derdian, el cuál unicamente pudo lazarse a un lado y evitar la embestida. Oyó crujir la madera del tronco donde se había mantenido apoyado, y confiando en que aquel lobo se hubiera hecho daño, se incorporó levantándose y corrió hasta el siguiente árbol más cercano. Saltó hacia el tronco y lo rodeoó con sus piernas, ascendiendo con rapidez hacia las ramas altas, pero el nuevo trote se escuchó, y como si ese lobo fuera una sombra que ignoraba las leyes del movimiento, le asestó un zarpazo en el muslo derecho. Pese a todo, el joven continuó ascendiendo. Era la única alternativa que tenía por ahora.
Llegó hasta una gruesa rama no muy lejana al suelo y se agazapó en ella. Echó un vistazo de reojo a la herida de su muslo, la cuál no sangraba, pero en esos segundos que había empleado para subir al árbol había adquirido un aspecto casi alarmante. Si no se la trataba, tenía la sensación de que algo malo le iba a pasar. Echó la vista al suelo y se encontró de nuevo a aquel demonio de cuatro patas: ni siquiera ladraba ni enseñaba su poderosa dentadura, sino que se mantenía observándolo, esperando un momento de flaqueza para desatar toda su rabia.
Un silbido invadió el bosque unos instantes. Derdian alzó la vista hasta llegar a un árbol que enfrente suyo se alzaba, donde un halcón se posó en una rama considerablemente alta. El gran lobo lo ignoró, pero no así el bárbaro, quien con una ceja alzada lo escudriñó en la oscuridad. Sus ojos eran como dos diamantes que le devolvían la mirada, y su plumaje negro se fundía en la noche como el veneno en el agua.
Y entonces lo comprendió.
El ave alzó el vuelo y se lanzó en picado contra la bestia, que al notar su rápida caída se giró para interceptar su ataque. El halcón fue sonreído una fracción de segundo por la mala suerte y unas cuántas plumas volaron a causa de una dentellada, pero sabía que su esfuerzo había valido la pena, pues cuando volvió a ascender veloz, se cruzó con el joven bárbaro que caía hacia el lobo distraído.
El impacto fue abrumador. Tumbado en una posición casi grotesca, el lobo negro quedó con la boca abierta, intentando respirar, cada vez con menos éxito. Derdian se levantó de encima del moribundo animal y le asestó un puñetazo en el hocico, acabando con su dolor.
El bárbaro alzó la vista con el puño lleno de sangre y observó al halcón que lo miraba, indiferente a su ala herida. Tras unos instantes, retomó el vuelo y pasó a su lado.
Derdian escuchó cómo le susurraba su nombre.
El último cuchillo de Aneirin se quebró. Las flores silvestres parecían muy esquivas, aún más cuando la mujer las cortaba del tal manera que pudieran volver a crecer. Se alzó con una pequeña bolsa de cuero confeccionada por ella misma, mientras Derdian se dedicaba a pasear la mirada alrededor, vigilante y alerta. Varios eran los lobos corrompidos por La Bestia que les habían intentado dar caza, pero ninguno lo había conseguido.
Caminaron juntos hasta un lugar cercano, idóneo para sentarse y descansar. La mujer úzhgardt observó los troncos huecos que se presentaban de manera colocada, todos enfocados hacia un centro imaginario, donde parecía haber restos de una hoguera. Todavía el Sol se alzaba por encima de sus cabezas, así que se limitaron a tomar asiento y recuperar al poco aliento que se había escapado.
- Hermana, hay algo que deseo pedirte.- dijo Derdian al cabo de un buen rato, en el que ambos se habían mantenido en silencio, a solas con sus pensamientos.
- Adelante, Derdian.- invitó su hermana, asintiendo a la vez.
- Me gustaría saber hablar con los animales de la misma manera que lo haces tú.- dijo tras un instante en el que meditó las palabras.- He visto en inumerables ocasiones cómo utilizas ese conocimiento para espantarlos o para conocer las nuevas en los bosques.
Y así era. Gracias a su habilidad para poder entender al mundo animal, los dos úzhgardt habían podido seguir el camino cuando se dirigían a las tierras de Amn. De lo contrario, seguramente se hubieran perdido hacía ya mucho tiempo. Derdian a veces pensaba cuál podría haber sido su suerte en ese caso.
Aneirin sonrió con dulzura y lanzó su vista al frente, con su habitual porte sereno y orgulloso.
- Podría enseñarte cuanto sé y seguirías sin comprenderlo.- volvió la vista hacia su hermano de sangre.- Sólo tienes que ver y escuchar, es el primer paso hacia todo.
Derdian meditó las palabras de Aneirin agachando la cabeza. Ver y escuchar empezaba a ser la solución para demasiadas cosas pero, ¿de qué otra cosa podía fiarse? Nunca había entendido a ciencia cierta a qué se refería su hermana cuando hacía alusión a eso, pero se dio cuenta de que, al fin y al cabo, la realidad era que ella sabía hacer cosas extraordinarias, y él, no.
- Si de verdad quieres aprender, te recomendaré que hagas algo.- continuó diciendo la úzhgardt. Derdian prestó atención.- Pasa una noche en el bosque sin tus armas y demás ayudas que llevas en tus viajes. Únicamente tú y tu orgullo, y vuelve al amanecer. Si has seguido mi consejo y te has dedicado a ver y escuchar, la siguiente vez que nos encontremos tendrás muchas cosas que contarme.
Ambos se levantaron y emprendieron rumbo en dirección a Athkatla. El joven bárbaro alzó la vista, rozando el Sol con sus ojos. No sabía cuánto de cierto había en las palabras de Aneirin.
Pero eso era algo que pronto comprobaría.
El camino desde Ideepton hasta Athkatla había sido largo y cansado, aunque el ruido de las aguas chocando contra la capota del barco le había resultado muy estimulante. Tuvo que caminar con extrema cautela por el sendero desde Crimmor, ya que no portaba su espada de doble hoja ni cualquier otro utensilio que le hubiera ayudado si un ogro hubiera decidido asaltarlo, y los kóbolds habían sido lo suficientemente tontos como para dejarlo pasar desapercibido. El campamento de las afueras de La Ciudad de la Moneda cobraba un aire más interesante cuando la noche encapotaba el cielo, cuando las personas que por allí demabulaban parecían sombras en pena sin rostro y sin habla.
El bárbaro recolectó algo de calor antes de adentrarse en el bosque que al Norte se encontraba, pues no sabía si el tiempo aquella noche iba a ser lo suficientemente piadoso con él como para mantenerlo mucho tiempo. Tras un instante, se encaminó con paso ligero hacia su destino, observando alrededor a las gentes de los altos muros realizar sus vidas nocturnas. A veces le resultaban curiosos.
Incluso el bosque de noche ofrecía un halo de misterio que incitaba a dejarse envolver por sus árboles y maraña. Alzó la vista hacia las invisibles copas de los troncos, y escudriñó hasta donde sus ojos le permitían. Todo estaba en silencio. Y bien sabía el úzhgardt de Villafantasma que el silencio en un bosque era algo anormal.
Tomó asiento al pie de un árbol que le pareció robusto, y sonrió al pensar que, si su hermana estuviese allí, ya habría adivinado cómo se llamaba. A veces echaba de menos el frío del Norte, que aunque el de las tierras de Amn podía resultar como un filo en la garganta, nunca tendría nada que comparar con Bosque Alto, donde alejarse de los tuyos en una dura noche de invierno podía resultar un grave peligro.
Y fue cuando recordó su tierra natal que Derdian observó alrededor y tomó las palabras de Aneirin como único acto. Árboles... un árbol era la base de los ideales y los deberes de su tribu. Pensó en cuánto habían afectado los árboles a su vida, y en tan sólo un instante, se sorprendió: los árboles habían rodeado su vida, habían sido uno de sus métodos de diversión y los había conseguido convertir en un recurso para cuantiosas situaciones. El Abuelo Árbol era su pasado, y su presente, Andorë. Nunca había conseguido apreciar de aquella manera a esos seres que siempre observaban y nunca se movían. Eran como una mezcla de sus líderes y sus aliados.
Unas ramas crujieron cerca de él. El bárbaro miró hacia el foco del sonido y vio algo que se mantenía quieto como una estatua. Al principio pensó que se trataba de Fantasma, el lobo compañero de Aneirin, pero no era eso lo que la mirada de esa bestia denotaba: en sus ojos había una fría rabia, una sed ya incontenible que exigía saciarse antes de que el animal fuese presa de su propia ansia. Era un lobo de gran tamaño, más robusto que una cría adulta de la estirpe del Devorador, negro como el azabache y de ojos amarillos y relucientes.
Málar amenazaba nuevamente con romper la armonía del bosque.
En cuestión de instantes la bestia se agazapó y comenzó a correr hacia Derdian, el cuál unicamente pudo lazarse a un lado y evitar la embestida. Oyó crujir la madera del tronco donde se había mantenido apoyado, y confiando en que aquel lobo se hubiera hecho daño, se incorporó levantándose y corrió hasta el siguiente árbol más cercano. Saltó hacia el tronco y lo rodeoó con sus piernas, ascendiendo con rapidez hacia las ramas altas, pero el nuevo trote se escuchó, y como si ese lobo fuera una sombra que ignoraba las leyes del movimiento, le asestó un zarpazo en el muslo derecho. Pese a todo, el joven continuó ascendiendo. Era la única alternativa que tenía por ahora.
Llegó hasta una gruesa rama no muy lejana al suelo y se agazapó en ella. Echó un vistazo de reojo a la herida de su muslo, la cuál no sangraba, pero en esos segundos que había empleado para subir al árbol había adquirido un aspecto casi alarmante. Si no se la trataba, tenía la sensación de que algo malo le iba a pasar. Echó la vista al suelo y se encontró de nuevo a aquel demonio de cuatro patas: ni siquiera ladraba ni enseñaba su poderosa dentadura, sino que se mantenía observándolo, esperando un momento de flaqueza para desatar toda su rabia.
Un silbido invadió el bosque unos instantes. Derdian alzó la vista hasta llegar a un árbol que enfrente suyo se alzaba, donde un halcón se posó en una rama considerablemente alta. El gran lobo lo ignoró, pero no así el bárbaro, quien con una ceja alzada lo escudriñó en la oscuridad. Sus ojos eran como dos diamantes que le devolvían la mirada, y su plumaje negro se fundía en la noche como el veneno en el agua.
Y entonces lo comprendió.
El ave alzó el vuelo y se lanzó en picado contra la bestia, que al notar su rápida caída se giró para interceptar su ataque. El halcón fue sonreído una fracción de segundo por la mala suerte y unas cuántas plumas volaron a causa de una dentellada, pero sabía que su esfuerzo había valido la pena, pues cuando volvió a ascender veloz, se cruzó con el joven bárbaro que caía hacia el lobo distraído.
El impacto fue abrumador. Tumbado en una posición casi grotesca, el lobo negro quedó con la boca abierta, intentando respirar, cada vez con menos éxito. Derdian se levantó de encima del moribundo animal y le asestó un puñetazo en el hocico, acabando con su dolor.
El bárbaro alzó la vista con el puño lleno de sangre y observó al halcón que lo miraba, indiferente a su ala herida. Tras unos instantes, retomó el vuelo y pasó a su lado.
Derdian escuchó cómo le susurraba su nombre.