Star Lorz
Bebedor de Galdrims
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Amn se hundía. No era la primera vez.
Amn se resquebrajaba. No era la primera vez.
Pero esta vez, no era como las otras veces.
Habiendo vivido estas espirales durante más de treinta años, el medio-elfo había conseguido con paciencia, reflexión y no sin esfuerzo, atemperar aquellos ideales con los que había crecido y templarlos en sabiduría. Sin ella, la pasión no era sino una espada mal forjada: bastaba un golpe y se quebraría para siempre.
Nunca había sido ambicioso, ni servil, pero sí ferozmente leal. A los suyos, a su thiramin, a aquellos que había jurado proteger y a la verdad que emanaba de la Historia conforme transcurría el río del tiempo; una verdad ineludible que terminaba por situar a cada uno en su lugar, para desgracia de muchos. Y sus ideales, aquello en lo que creía, seguían latiendo en su corazón, presentes y constantes, maduros.
Pero esta vez, mientras Amn se hundía y resquebrajaba, algo era distinto. No era como tantas otras veces.
Contemplar el cielo nocturno, en este tiempo, ya no le brindaba el solaz de antaño, pero aun así seguía levantando la mirada. Aunque temía ver el vuelo arrasador de un dragón, todavía tenía esperanza. Esperanza en que, si intentaba hacer lo correcto, otros también lo harían y todo volvería a encontrar su equilibrio, el Sagrado Equilibrio, aquello por lo que había luchado junto a Talivia.
Habían pasado décadas desde que llegara al reino tras ella, y mucho tiempo tardó en hacer las paces con ella. Más aún le costó hacerlas consigo mismo. Sulion Suravar había llegado a conocerse lo suficiente como para ser, por fin, un hombre tranquilo. Sin prisas desbocadas, sin odios viscerales.
Y ahora se veía en el frente, junto a quienes compartían su causa —que no eran todos los que luchaban—, en el lugar donde pocos esperarían encontrarlo, defendiendo a aquel pueblo que, tres décadas después, Sulion estaba más cerca de comprender. Ningún ideal, fe o reino —mortal o divino— había nacido jamás sin la gente. Era de ellos, o no era nada.
Con el conflicto en ciernes, algunos intentarían manipular el mundo a su antojo, otros desatarlo sin límites. Él era uno de los que había tomado la decisión de que, cuando acabase la guerra —la más absurda de ellas—, quería que hubiese un reino y un pueblo que pudiese volver a cometer errores, ojalá aprender de ellos, y no uno erigido sobre ruinas, cadáveres y promesas vacías.
Aquella noche, hasta las tiendas más apartadas de los campamentos que comenzaban a poblar el paisaje amniano, llegaban más y más noticias. Atentados, proclamas, ejecuciones. Sulion tomó su pluma y escribió en su viejo diario:
«Han confundido legitimidad con Justicia; otros libertad con Deseo;
han destrozado el país por completo.
Triste es el tiempo para quienes están en medio.»
han destrozado el país por completo.
Triste es el tiempo para quienes están en medio.»
Para él, lo importante de verdad siempre había sido hacer lo correcto, y nunca se estaba tan seguro de conseguirlo como cuando asaltaba la duda. Una vez más, como tantas otras.
¿Estaba en el lugar que debía? Sólo el tiempo lo diría.
¿Era aquella la guerra que debía luchar? Desde hacía meses, sólo pensaba en «la Amenaza Que Vendrá».
Le había costado muchos años alcanzar la paz consigo mismo para compartirla con los demás. Pero ya no más. Mientras durase la guerra, se había acabado el tiempo del hombre tranquilo. Y por la sangre que ardía en sus venas y daba fuerza a su corazón, lucharía por esa paz.
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