feisimo
Pitillo desechado de Talivia
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Krognar: Oro y sangre en la costa norte de Murann
Las crónicas del guerrero de la gran espada.
La costa norte de Murann era un lugar áspero, donde el viento marino azotaba los caminos y las rocas se alzaban sobre una tierra poco acogedora. Allí, entre construcciones modestas y comercios frecuentados por viajeros, se encontraba una tienda regentada por un comerciante gnoll.
No muy lejos de aquel establecimiento se ocultaba el peligro: un enorme hormiguero, hogar de una colonia de hormigas gigantes que amenazaba a quienes se aventuraban por la zona.
Fue allí donde Krognar encontró el trabajo.
El encargo del gnoll
Krognar entró en la tienda con su habitual aspecto intimidante. Bajo la capucha y la máscara, su rostro permanecía oculto; a su espalda descansaba su enorme espadón, un arma de dos manos que pocos guerreros habrían podido manejar con semejante facilidad.
El comerciante gnoll levantó la mirada desde su mercancía. Al reconocer la espada y la corpulencia del recién llegado, sus orejas se irguieron.
—Tú pareces alguien capaz de resolver un problema —dijo el gnoll.
Krognar recorrió el establecimiento con la mirada antes de responder.
—Depende del problema. Y, sobre todo, de cuánto pagues.
El comerciante se inclinó sobre el mostrador y le explicó que, cerca de la costa, se extendía un hormiguero habitado por criaturas gigantescas. Las obreras infestaban los túneles y las soldados protegían las profundidades. Pero el verdadero peligro era la reina, responsable de mantener viva aquella colonia monstruosa.
El gnoll quería que alguien se adentrara en el hormiguero y acabara con ella.
—Te pagaré una recompensa si destruyes a la reina —le aseguró—. Pero no será un paseo. Esas criaturas no son simples insectos.
Krognar apoyó una mano sobre la empuñadura de su espadón.
—Todo lo que sangra puede morir. Y todo lo que puede morir tiene un precio.
El gnoll mostró sus colmillos en una sonrisa.
El trato estaba cerrado.
Rumbo al hormiguero.
Krognar salió de la tienda y se dirigió hacia el hormiguero, situado en aquella misma región costera. No necesitaba atravesar medio mundo ni buscar pistas en tierras lejanas: el enemigo estaba allí, a poca distancia del lugar donde acababa de aceptar el encargo.
Cuando encontró la entrada, se detuvo un instante.
De las profundidades llegaba un ruido constante, el traqueteo de miles de patas moviéndose en la oscuridad.
Krognar desenvainó su enorme espada.
—Vamos a ver cuánto vale vuestra reina.
Y descendió.
Las obreras fueron las primeras en atacarlo. Después llegaron las soldados, más grandes y resistentes, obligándolo a luchar con toda su fuerza para abrirse paso por las galerías. Pero Krognar continuó avanzando hasta alcanzar la cámara real, donde se enfrentó finalmente a la gigantesca reina hormiga.
El combate fue feroz. La criatura trató de aplastarlo con su enorme cuerpo y despedazarlo con sus mandíbulas, pero el guerrero consiguió imponerse. Cuando la reina cayó, el silencio se extendió por la cámara.
Krognar había cumplido su parte del trato.
El cobro de la recompensa.
Krognar regresó a la tienda de la costa norte con la misma tranquilidad con la que había partido, aunque su armadura y su espada daban testimonio de la batalla.
El comerciante gnoll lo observó entrar.
—¿Has acabado con ella?
Krognar se acercó al mostrador.
—La reina está muerta. He atravesado las galerías, he derrotado a sus guardianas y he terminado el trabajo. Ahora quiero mi recompensa.
El gnoll comprobó que el guerrero no estaba fanfarroneando y preparó el pago acordado.
Krognar recogió las monedas y las guardó sin dedicarles más que una mirada.
—Si vuelves a tener un problema parecido, ya sabes dónde encontrarme.
—Espero no necesitar tus servicios otra vez —respondió el comerciante.
Krognar soltó una carcajada grave.
—Entonces procura que tus negocios sean menos interesantes.
Y salió de la tienda, dejando atrás la costa, al comerciante y el hormiguero que había sido la causa de todo.
Para el gnoll, el peligro había terminado. Para Krognar, aquello no había sido una cruzada ni una hazaña en nombre de Murann.
Había sido un encargo. Había cumplido su palabra. Y había cobrado hasta la última moneda
Las crónicas del guerrero de la gran espada.
La costa norte de Murann era un lugar áspero, donde el viento marino azotaba los caminos y las rocas se alzaban sobre una tierra poco acogedora. Allí, entre construcciones modestas y comercios frecuentados por viajeros, se encontraba una tienda regentada por un comerciante gnoll.
No muy lejos de aquel establecimiento se ocultaba el peligro: un enorme hormiguero, hogar de una colonia de hormigas gigantes que amenazaba a quienes se aventuraban por la zona.
Fue allí donde Krognar encontró el trabajo.
El encargo del gnoll
Krognar entró en la tienda con su habitual aspecto intimidante. Bajo la capucha y la máscara, su rostro permanecía oculto; a su espalda descansaba su enorme espadón, un arma de dos manos que pocos guerreros habrían podido manejar con semejante facilidad.
El comerciante gnoll levantó la mirada desde su mercancía. Al reconocer la espada y la corpulencia del recién llegado, sus orejas se irguieron.
—Tú pareces alguien capaz de resolver un problema —dijo el gnoll.
Krognar recorrió el establecimiento con la mirada antes de responder.
—Depende del problema. Y, sobre todo, de cuánto pagues.
El comerciante se inclinó sobre el mostrador y le explicó que, cerca de la costa, se extendía un hormiguero habitado por criaturas gigantescas. Las obreras infestaban los túneles y las soldados protegían las profundidades. Pero el verdadero peligro era la reina, responsable de mantener viva aquella colonia monstruosa.
El gnoll quería que alguien se adentrara en el hormiguero y acabara con ella.
—Te pagaré una recompensa si destruyes a la reina —le aseguró—. Pero no será un paseo. Esas criaturas no son simples insectos.
Krognar apoyó una mano sobre la empuñadura de su espadón.
—Todo lo que sangra puede morir. Y todo lo que puede morir tiene un precio.
El gnoll mostró sus colmillos en una sonrisa.
El trato estaba cerrado.
Rumbo al hormiguero.
Krognar salió de la tienda y se dirigió hacia el hormiguero, situado en aquella misma región costera. No necesitaba atravesar medio mundo ni buscar pistas en tierras lejanas: el enemigo estaba allí, a poca distancia del lugar donde acababa de aceptar el encargo.
Cuando encontró la entrada, se detuvo un instante.
De las profundidades llegaba un ruido constante, el traqueteo de miles de patas moviéndose en la oscuridad.
Krognar desenvainó su enorme espada.
—Vamos a ver cuánto vale vuestra reina.
Y descendió.
Las obreras fueron las primeras en atacarlo. Después llegaron las soldados, más grandes y resistentes, obligándolo a luchar con toda su fuerza para abrirse paso por las galerías. Pero Krognar continuó avanzando hasta alcanzar la cámara real, donde se enfrentó finalmente a la gigantesca reina hormiga.
El combate fue feroz. La criatura trató de aplastarlo con su enorme cuerpo y despedazarlo con sus mandíbulas, pero el guerrero consiguió imponerse. Cuando la reina cayó, el silencio se extendió por la cámara.
Krognar había cumplido su parte del trato.
El cobro de la recompensa.
Krognar regresó a la tienda de la costa norte con la misma tranquilidad con la que había partido, aunque su armadura y su espada daban testimonio de la batalla.
El comerciante gnoll lo observó entrar.
—¿Has acabado con ella?
Krognar se acercó al mostrador.
—La reina está muerta. He atravesado las galerías, he derrotado a sus guardianas y he terminado el trabajo. Ahora quiero mi recompensa.
El gnoll comprobó que el guerrero no estaba fanfarroneando y preparó el pago acordado.
Krognar recogió las monedas y las guardó sin dedicarles más que una mirada.
—Si vuelves a tener un problema parecido, ya sabes dónde encontrarme.
—Espero no necesitar tus servicios otra vez —respondió el comerciante.
Krognar soltó una carcajada grave.
—Entonces procura que tus negocios sean menos interesantes.
Y salió de la tienda, dejando atrás la costa, al comerciante y el hormiguero que había sido la causa de todo.
Para el gnoll, el peligro había terminado. Para Krognar, aquello no había sido una cruzada ni una hazaña en nombre de Murann.
Había sido un encargo. Había cumplido su palabra. Y había cobrado hasta la última moneda