La erudita de Samargol dio comienzo a sus investigaciones de inmediato. El sueño le era a menudo esquivo, merced de los terrores nocturnos que comenzaron en sus años formativos, de modo que las horas lunares se fueron llenando de polvorientos manuales y tratados sobre la Nigromancia, ciencia progenitora de los males a los que hacía frente la Orden de la Balanza. La bibliografía al respecto era tan abundante como abrumadora, un hecho que no tardaría en revelarse como obstáculo en su obstinada persecución de resultados. Corría la quinta noche de desvelo en la habitación que había arrendado en un antro en el puerto de Athkatla. Encontróse Narsai acorralada por una colección interminable de volúmenes y manuscritos, y fue en ese momento de hartazgo cuando comprendió que aquello no iba a funcionar. Demasiada literatura sobre la materia, marcada por la censura, la hipérbole y el sesgo natural de autor. El aprendizaje a través de la experiencia de otros se le antojó peor que un tronco sin ramas, árbol desprovisto de unos frutos que, a buen seguro, aguardaban solo en el estudio de campo.
Quienes se hospedaban como ella en el Regalo del Mar aquella noche bien podrían haber escuchado gritos e improperios en una lengua extranjera, así como una ventana romperse al ser atravesada por un tomo que acabaría sumergiéndose en el mar junto con toda esperanza de aprender por el método tradicional. Unas cuantas monedas bastaron para calmar el disgusto del beodo bribón que regentaba el establecimiento. Narsai salió de allí con prisa y se encontró con la hermana Liib, cuyas labores de caridad la habían alejado también del reposo. Abandonaron juntas los Barrios Bajos, no sin pagar el oportuno peaje de quienes velaban por el orden en el suburbio, y pronto alcanzaron los extramuros de la Ciudad de la Moneda. A las puertas del hospicio, la ilmatári ofreció consuelo y recomendó paciencia, una virtud por la que nunca se había destacado la arcana. Poco después se apareció frente a ellas la figura acorazada de la Alta Sacerdotisa de Kélemvor, Julieth Noylen, que se dirigía hacia el interior del camposanto para cumplir con sus labores de vigilancia. La acompañaba un joven nigromante, también hermanado por la causa de la Balanza, el adusto Alexander Fray. Narsai decidió entonces unirse a la patrulla, para así poder hacer partícipe a la Heraldo de sus sentires y pareceres. Liib se unió a ellos de buen grado, benévola como lo era siempre.
El itinerario los llevó a recorrer en un silencio solemne el perímetro de hileras de lápidas y mausoleos donde descansaban, o al menos debían de hacerlo, los distinguidos difuntos de la capital. Merced de las altas horas nocturnas, no había allí nadie más. A razón de ello decidieron los ordenados echar un vistazo también en las criptas y su red de túneles subterráneos. La atmósfera allí abajo era totalmente distinta. No solo por la ausencia de las estrellas, sino acaso por la aterradora sospecha de que allí abajo los muertos no lo estaban del todo. A pesar de que no hubo enfrentamiento alguno, aquella sensación no abandonaría a la erudita ni siquiera tras haber concluido con la patrulla. A espaldas de la dama Julieth y de Alexander quedaban decenas de penitencias como la guardia de aquella noche, y quizá a razón de ello no bajaron la guardia en ningún momento. Sería precisamente tal revelación, la naturaleza esquiva y recurrente del mal que allí moraba, y así en tantos otros lugares de la nación de Amn, la que terminaría por dirigir sus destinos hacia un nuevo horizonte: la Abadía del Cuervo. Allí habían luchado hacía ya unas semanas contra un poderoso exánime que respondía a la nómina maldita de Thal’Zaroth. Éste había sido derrotado, no sin antes asegurar que regresaría, un juramento avalado por su naturaleza impía y los poderes que a su disposición quedaban. La Heraldo ratificó la propuesta de regresar pronto a la Abadía y encomendó a la arcana que se encargase de reunir un contingente de leales para tal fin. La erudita se retiró entonces y finalmente pudo conciliar el sueño. Tenía nuevos y prometedores deberes.
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