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El Índice Mortuorio

Slardarr

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I - Compromiso
II - Desvelos
III - Laberinto

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I - COMPROMISO
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Varias estaciones habían concluido ya desde que Narsai atravesara el Mar de las Espadas y arribara a las Tierras de la Intriga, un periplo que habría comenzado bajo el influjo de un cometa azul. A pesar de que sus primeros pasos en Amn hubieron de transcurrir entre el ajetreo y el desaliento, la erudita no solo había regularizado su condición de ciudadana, sino que también había logrado establecer lazos notables con aventureros y personalidades locales. Las costumbres en la Ciudad de la Moneda eran bien distintas a la idiosincrasia de su lejana patria austral, pues allá donde en Samargol las élites se medían entre sí en función de su estatura arcana, pareciere que en la nación amniana tan solo importaba la profundidad del bolsillo. La magia no era en Amn trofeo ni razón de privilegio, sino un mal trastorno que las autoridades nativas se preocupaban de corregir, empleando para tal fin drásticos remedios. A razón de ello, sostenían la corona y el cetro de Amn las boyantes élites mercantiles, poderosas dinastías cuyos caprichos marcaban el devenir de los acontecimientos para todos los demás. Las conjuras estaban pues a la orden del día.

También en la lejana Samargol eran comunes el complot y la argucia, oscuro patrimonio del Pueblo de la Serpiente, que trabajaba sin descanso para desmantelar las jerarquías bajo el Sumo Fantasmago. Para lograrlo, se ayudaban los yuan-ti de toda clase de artimañas, incluidas las de naturaleza arcana. Desde engañosos disfraces mágicos hasta el alzamiento de los muertos, un recurso que empleaban cuando sus siniestros planes precisaban de músculo o grandes números. Para combatir esto último, los Fantasmagos de Samargol dedicaron considerables recursos a descifrar los secretos de la nigromancia con ánimo de combatirla. Desde ese mismo ángulo se habría propuesto la erudita Narsai afrontar lo que, a todas luces, suponía una epidemia en la nación amniana: la proliferación de cultos nigrománticos y de muertos vivientes. La disposición de este particular estudio no habría de responder a fuertes creencias o dogmas, como así era el caso de la Alta Sacerdotisa Julieth Noylen, que hubo de solicitar sus servicios; sino más bien a la confluencia de dos factores tan sencillos como fundamentales. Por un lado, sus estudios arcanos demandaban grandes dispendios, y la Orden de la Balanza se haría cargo de ellos. Por el otro, el carácter de Narsai estaba profundamente marcado por un hambre voraz por el conocimiento. La investigación de los mausoleos de la nación amniana, y así de los impíos habitantes que los ocupaban, suponía una válvula eficaz para regular y contener su desmesurado apetito.

Sería en tales circunstancias que quedaba inaugurada esta serie de manuscritos, denominados de forma sumaria como El Índice Mortuorio. En ellos quedarían reflejados sus pensares y experiencias tanto sobre los muertos vivientes como las artes que los sustentaban, textos irremediablemente permeados de su particular enfoque experimental, donde lo excéntrico y lo riguroso buscaban una comunión singular.
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II - DESVELOS​





La erudita de Samargol dio comienzo a sus investigaciones de inmediato. El sueño le era a menudo esquivo, merced de los terrores nocturnos que comenzaron en sus años formativos, de modo que las horas lunares se fueron llenando de polvorientos manuales y tratados sobre la Nigromancia, ciencia progenitora de los males a los que hacía frente la Orden de la Balanza. La bibliografía al respecto era tan abundante como abrumadora, un hecho que no tardaría en revelarse como obstáculo en su obstinada persecución de resultados. Corría la quinta noche de desvelo en la habitación que había arrendado en un antro en el puerto de Athkatla. Encontróse Narsai acorralada por una colección interminable de volúmenes y manuscritos, y fue en ese momento de hartazgo cuando comprendió que aquello no iba a funcionar. Demasiada literatura sobre la materia, marcada por la censura, la hipérbole y el sesgo natural de autor. El aprendizaje a través de la experiencia de otros se le antojó peor que un tronco sin ramas, árbol desprovisto de unos frutos que, a buen seguro, aguardaban solo en el estudio de campo.

Quienes se hospedaban como ella en el Regalo del Mar aquella noche bien podrían haber escuchado gritos e improperios en una lengua extranjera, así como una ventana romperse al ser atravesada por un tomo que acabaría sumergiéndose en el mar junto con toda esperanza de aprender por el método tradicional. Unas cuantas monedas bastaron para calmar el disgusto del beodo bribón que regentaba el establecimiento. Narsai salió de allí con prisa y se encontró con la hermana Liib, cuyas labores de caridad la habían alejado también del reposo. Abandonaron juntas los Barrios Bajos, no sin pagar el oportuno peaje de quienes velaban por el orden en el suburbio, y pronto alcanzaron los extramuros de la Ciudad de la Moneda. A las puertas del hospicio, la ilmatári ofreció consuelo y recomendó paciencia, una virtud por la que nunca se había destacado la arcana. Poco después se apareció frente a ellas la figura acorazada de la Alta Sacerdotisa de Kélemvor, Julieth Noylen, que se dirigía hacia el interior del camposanto para cumplir con sus labores de vigilancia. La acompañaba un joven nigromante, también hermanado por la causa de la Balanza, el adusto Alexander Fray. Narsai decidió entonces unirse a la patrulla, para así poder hacer partícipe a la Heraldo de sus sentires y pareceres. Liib se unió a ellos de buen grado, benévola como lo era siempre.

El itinerario los llevó a recorrer en un silencio solemne el perímetro de hileras de lápidas y mausoleos donde descansaban, o al menos debían de hacerlo, los distinguidos difuntos de la capital. Merced de las altas horas nocturnas, no había allí nadie más. A razón de ello decidieron los ordenados echar un vistazo también en las criptas y su red de túneles subterráneos. La atmósfera allí abajo era totalmente distinta. No solo por la ausencia de las estrellas, sino acaso por la aterradora sospecha de que allí abajo los muertos no lo estaban del todo. A pesar de que no hubo enfrentamiento alguno, aquella sensación no abandonaría a la erudita ni siquiera tras haber concluido con la patrulla. A espaldas de la dama Julieth y de Alexander quedaban decenas de penitencias como la guardia de aquella noche, y quizá a razón de ello no bajaron la guardia en ningún momento. Sería precisamente tal revelación, la naturaleza esquiva y recurrente del mal que allí moraba, y así en tantos otros lugares de la nación de Amn, la que terminaría por dirigir sus destinos hacia un nuevo horizonte: la Abadía del Cuervo. Allí habían luchado hacía ya unas semanas contra un poderoso exánime que respondía a la nómina maldita de Thal’Zaroth. Éste había sido derrotado, no sin antes asegurar que regresaría, un juramento avalado por su naturaleza impía y los poderes que a su disposición quedaban. La Heraldo ratificó la propuesta de regresar pronto a la Abadía y encomendó a la arcana que se encargase de reunir un contingente de leales para tal fin. La erudita se retiró entonces y finalmente pudo conciliar el sueño. Tenía nuevos y prometedores deberes.
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III - LABERINTO​



No hubieron de pasar más de tres noches para que Narsai de Samargol dispusiera los preparativos para el regreso a la Abadía del Cuerpo, allá donde moraba el mal imperecedero. Las prisas no permitieron que pudiera reunir un contingente numeroso, si bien logró congregar a una distinguida brigada de veteranos en sus respectivos campos. Encabezaría la marcha junto a la ella el anciano conocido como Mizerán el Rojo, erudito y adversario en todo asunto arcano, cuyos conocimientos sobre magia e historia se revelarían útiles en las jornadas venideras. La retaguardia quedó cubierta por la Alta Sacerdotisa Noylen, que naturalmente tomó partido en la expedición que ella misma financiaba, así como el experto tirador y viajero astral conocido como Z’arenthil. De forma inesperada se les uniría también una joven sacerdotisa del clero local de Waukeen, Elodie Laveau. Convencerla para que sus mayores apoyasen con sus bolsillos el Índice Mortuorio dependería del éxito de la escaramuza.

Alcanzaron la pedanía de Gambiton cuando asomaban las primeras luces en el horizonte. Aquello no fue casualidad, pues la noche favorecía a quienes encuentran amparo en su manto tenebroso, de modo que se les antojó conveniente evitarla. Pasada la hora del almuerzo llegaron por fin las ruinas de la abadía. Los árboles marchitos y las nubes se confabularon para ofrecer un panorama tenebroso, marcado por una neblina roja y oscura, un aviso de que la luz y sus emisarios no eran bien recibidos. Todavía regaban el suelo los huesos y los enseres de quienes hubieron de fallecer allí hacía ya unos meses, cuando las fuerzas del exámine Thal’Zaroth se enfrentaron a los héroes y aventureros de todo Amn. Todo estaba demasiado tranquilo, pues ninguno hablaba y apenas el viento soplaba por detrás de sus espaldas. La comitiva se detuvo frente a las puertas del ruinoso cenobio, acaso reconsiderando la moción de regresar al interior de un lugar donde solo podía esperarles algo mucho peor que la Muerte. Ya fuera por valor o por otros acuciantes anhelos, el séquito fúnebre y sus asociados cruzaron el umbral hacia el interior.

A nadie le sorprendió encontrar de nuevo a las falanges inmortales del enemigo allí abajo. Comparada con la gran hueste que fuera derrotada, aquellos soldados de hueso conformaban una modesta defensa que nada pudo hacer por evitar el avance de los intrusos. Todo parecía demasiado sencillo. Tanto que pensaron si acaso el terrible Thal’Zaroth estaría escondiendo su impío músculo para convencerles de no volver allí en mucho tiempo. Tales sospechas les acompañarían durante todo el trayecto, en tanto que Narsai y Mizerán estudiaban los restos de cada insepulto, antes y después de ser vencidos por los expertos aceros de sus acompañantes. Lo que encontraron no fue especialmente esclarecedor, pues ni siquiera el examen de las tumbas y féretros que habían dejado atrás los centinelas de la abadía ofrecían respuestas concluyentes. Las preguntas más importantes seguían sin ser contestadas: ¿Qué clase de fuerza los había despertado? ¿Cuándo había sucedido tal cosa? ¿Había puesto en movimiento su llegada aquellos viejos huesos? ¿Era aquel un influjo remoto, o acaso el titiritero se encontraba escondido allí, delante de sus propias narices?

Antes de marcharse, los eruditos sometieron a varias de las tumbas a un intensivo lavado urdímbrico, uno que pretendía amputar cualquier enlace o disparador mágico que pudiera encontrarse allí latente. Se comprometieron a regresar en varios ciclos para poner a prueba la hipótesis de que el oscuro Señor de la abadía obraba remotamente a través de tales mecanismos. La comitiva entera marchó de aquel lugar con sus cuerpos y fuerzas más o menos intactos, mas no así sus mentes, donde se asentaba poco a poco una realidad tan amarga como inapelable: la lucha contra la Muerte Viviente era un duro laberinto que el Enemigo recorría amparado por la eternidad, y que ellos, mortales, atravesaban a prisa, estrangulados por un tiempo que acaso nunca sería suficiente…

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