Utgarda
Minsorrano sin caminos
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El vínculo indomable del norte
El principio del fin para una leyenda.
El principio del fin para una leyenda.
En lo más alto de los picos de las nubes... donde la tierra nórdica se extendía como un reino desolado y cubierto por el mando implacable de la nieve. Sigbjörn, el conocido como "El oso desencadenado" había permanecido enclaustrado en su cueva durante días interminables. Las tormentas rugían con furia, el viento aullaba como un lobo solitario y el frío penetraba hasta los huesos, igualando el gélido tormento que atormentaba su alma. Su espíritu, tan indómito como la propia naturaleza que lo rodeaba, se hallaba en un estado de agitación tempestuosa. Absorto en la contemplación de el perpetuo descenso de la nieve, su mente, como un río de memorias ancestrales, se perdía en los recuerdos de una vida ya pasada.
La tarea de afilar su hacha, una extensión de su propio ser y su fiel compañera en este exilio autoimpuesto, llenaba el silencio gélido de la montaña. El norteño, con su mirada fija en el horizonte blanco y gélido, permanecía sentado en la entrada de la cueva, cada noche sin falta, encontraba su lugar allí observando el interminable descenso de la nieve. Para Sigbjörn, esta rutina era un ritual de espera y anhelo, en su regazo descansaba su fiel hacha, una extensión de su ser, una compañera leal en las batallas y en las noches solitarias.
Pero su mirada no estaba en el arma, estaba más allá, perdida en la inmensidad del paisaje nevado, esperaba, anhelaba, deseaba que esas huellas en la nieve fueran las de su reina, la misma que había perdido y que aún ocupaba un lugar especial en su corazón. Cada noche el viento aullaba en los picos de las nubes, llevando consigo los susurros de los recuerdos y la promesa de un reencuentro que parecía inalcanzable. Estaba consternado por la pérdida de su reina y mientras veía caer la nieve, solo podía aferrarse a la esperanza de que ella regresara algún día.
El norteño mientras seguía su vigía nocturna en la entrada de la cueva, sentía el peso abrumador de la soledad y la desesperación. Aun que su corazón anhelaba el regreso de su reina, en lo más profundo de su ser, sabía que esa esperanza era efímera, que la vida se extinguiría en las gélidas montañas antes de que ella volviera.
En un susurro apenas audible, Sigbjörn, el bárbaro solitario, dejó escapar sus pensamientos al viento como una plegaria silenciosa.
- Padre de la batalla - Comenzó, sus palabras llevadas por el viento helado.
- ¿No he dado ya lo suficiente? ¿no merezco un descanso eterno? - Miró hacia el cielo estrellado, buscando algún signo, alguna señal de compasión por parte de los dioses, que sentía que lo habían abandonado.
Offtopic :
Muchas gracias a Chaos Chaos por su ayuda con todo, con la edición del vídeo y la hermosa imagen animada con el paisaje nevado, intentaré que todos los relatos que se publiquen en este hilo sean similares. 
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