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El jazmín de Crimmor

Orofea

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3/6/25
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I. La niña del huerto​

Jazmín nació en una casa de adobe a las afueras de Crimmor, en una madrugada de siembra, y su padre juró siempre que la tierra del huerto olía distinto aquel día. La llamaron Jazmín por la piel pálida como pétalo y el cabello rubio que ya asomaba, fino como espiga, sobre la cabeza recién nacida.

Eran gente humilde. Él, granjero de manos agrietadas; ella, costurera de dedos siempre picados por la aguja. Pero no faltaba pan en la mesa ni oración al alba.
-Madre Tierra, danos buen sol y buena lluvia -murmuraba el padre cada alba, con la gorra entre las manos-. Y gracias por lo que ya nos has dado.
Jazmín, de rodillas entre los dos, lo repetía palabra por palabra, con los ojos cerrados y una seriedad que hacía sonreír a su madre.

-Esta niña reza como si alguien la escuchara -dijo ella una vez.
-Alguien la escucha -respondió el padre, sin bromear.

Cuando Jazmín pudo caminar sola, empezó a seguirlo al campo. Se agachaba junto a él en el surco, hundía las manitas en la tierra tibia y "ayudaba" a su manera: tapaba semillas con tanto mimo que el padre tenía que repasarlas luego sin que ella lo notara. Una tarde, mientras él descansaba bajo el árbol, la encontró inmóvil, con la palma abierta sobre un brote que había salido esa misma mañana.
-¿Qué haces, pequeña?
-Nada, padre. -Frunció el ceño, buscando las palabras-. Está contento. Lo siento aquí. -Se tocó el pecho.
Él solo pudo sonreir ante lo que creía era simplemente ternura e inocencia. Esa noche se lo contó a su mujer, en voz baja, y durmieron sonriendo.

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Las otras niñas del barrio jugaban al té con tazas rotas o peinaban muñecas de trapo que la madre de Jazmín les cosía. Ella prefería su altar: un tocón cubierto con un mantel viejo, espigas, flores silvestres y una jarra de agua. Los domingos imitaba a los sacerdotes de Chauntea que pasaban por el pueblo, con los brazos abiertos y una voz grave que le salía algo ridícula.
-Hermanos, hoy damos gracias por la cosecha... -Se detuvo, miró a su auditorio de gallinas y añadió, muy digna-: ¡Y por el agua!
Los vecinos se reían, pero no con malicia. Y una vez, un anciano sacerdote que la observaba desde el camino se acercó y le puso la mano en la cabeza.
-No estás jugando, ¿verdad, hija?
Jazmín lo pensó un buen rato, como si la pregunta mereciera respeto.
-No -dijo al fin-. Es que quiero rezarle a la Madre todos los días por la tierra que nos devuelve comida. ¿Habías pensado alguna vez lo bonito que es darle a la tierra algo tan pequeño como una semilla y que ella te devuelva comida para todo un año?
El sacerdote asintió despacio y no dijo nada más.
​

II. La Madre​

El templo de Chauntea en Crimmor olía a pan recién hecho y a tierra mojada. Jazmín llegó a él a los doce años, con el manto remendado por su madre y las uñas todavía oscuras de trabajar en el huerto, y durante mucho tiempo fue la que barría el suelo, la que rellenaba las jarras de agua del altar, la que escuchaba.
Y escuchar fue lo que le enseñó la primera lección que nadie le había querido dar.

Cada mañana de domingo, el templo se llenaba de granjeros. Entraban con las botas sin limpiar, se arrodillaban a medias y movían los labios al mismo ritmo que el sacerdote, sin que la voz les llegara a salir del todo. Jazmín, desde el fondo, con la escoba en la mano, los miraba.
Un hombre de barba gris contaba con los dedos, sobre la rodilla, algo que no eran jaculatorias. Una mujer recitaba la oración entera con la mirada fija en la ventana, donde el cielo empezaba a nublarse. Un muchacho bostezaba mientras se limpiaba las uñas con una navaja. Cuando el sacerdote alzó los brazos para la bendición final, la mitad del templo ya tenía el cuerpo vuelto hacia la puerta.
-Ya está, por fin -murmuró alguien, y salieron.

Esa tarde, Jazmín se acercó al hombre de la barba gris, que desataba su mula frente al templo.
-Buen día, señor Hobb. ¿Puedo preguntarle algo?
-Si es rápido, hija. Se me va la luz.
-Cuando reza... ¿qué le dice a la Madre?
Él parpadeó, como si le hubieran preguntado en qué idioma hablaba.
-Pues lo de siempre.
-¿Y qué es lo de siempre?
Hobb abrió la boca. Volvió a cerrarla. Se rascó la barba.
-Lo que dice el sacerdote, supongo. -Montó en la mula con un gruñido-. Mi padre rezaba así, y su padre. Y la tierra da. ¿Para qué darle más vueltas?
Se alejó por el camino, y Jazmín se quedó con la escoba en las manos y una sensación extraña, como cuando uno prueba un guiso al que le falta una especia y no sabe decir cuál.

Esa noche encontró a su madre remendando a la luz de una vela.
-Madre, ¿nosotros también rezamos así? ¿Sin pensar?
-Tu padre y yo no, cariño -respondió ella, sin alzar los ojos de la aguja-. Pero puede ser que tengas razón. A veces uno se acostumbra a lo que le dan, y deja de verlo.
Jazmín tardó años en olvidar esas palabras. Se consagró a los diecinueve. Cuando el sacerdote le impuso las manos sobre la cabeza y el calor de la Madre le subió por los brazos, no pensó en poder, ni en milagros. Pensó en el señor Hobb contando con los dedos, a otra cosa.

Fue en su segundo otoño como clériga cuando el templo organizó una caravana: carros cargados de grano, manzanas y barriles de sidra de los campos vecinos, para venderlos en Athkatla y sostener con el dinero el comedor del templo. Jazmín fue en el último carro, con una sonrisa que le duró hasta que pasaron las murallas.
Athkatla era más ruidosa de lo que había imaginado, y más grande, y olía a mil cosas que no eran tierra. El mercado se extendía como un río de toldos de colores. Entre ellos, los granjeros de la caravana montaron sus puestos con las manos todavía manchadas del campo.

Ella ayudaba a descargar cuando oyó la voz.
-¿Esto es lo mejor que tienes?
Un mercader de sedas, con anillos en cada dedo y guantes de cabritilla, hurgaba en el cesto de un labrador viejo. Cogió una manzana, la miró a contraluz y la dejó caer al barro.
-Está golpeada. Te doy la mitad.
-Señor, la he cuidado desde la flor -dijo el viejo en voz baja-. Ha costado todo el año.
-Y por eso te pago. -El mercader ya contaba monedas en una bolsa-. Da gracias.
El labrador se agachó. Recogió la manzana del barro, la limpió con la manga y la guardó en el bolsillo del chaleco sin decir nada. Jazmín vio cómo le temblaba la mano al aceptar el dinero.

No dijo una palabra. Se acercó cuando el mercader se hubo marchado.Compassion in the Medieval Market.jpg
-Buen hombre, ¿cómo se llama?
-No se moleste, señora -respondió él sin mirarla-. Es por la manzana, ¿verdad? Si la hubiera traído mejor...
-No hay manzana mejor que la que usted ha traído -dijo ella, y sin saber por qué, se arrodilló a su lado y le tomó las manos, ásperas, nudosas, con la tierra metida en las grietas-. Y la Madre lo sabe.
El viejo levantó los ojos por primera vez. Eran de un azul desvaído.
-Nadie me ha preguntado el nombre en treinta años de mercado -dijo despacio-. Me llamo Tobiah.

Aquella noche, la caravana fue invitada a una casa noble para servir el pan del templo en un banquete de caridad. Jazmín entró por la puerta de servicio con una cesta de hogazas, y desde la cocina vio la sala. Las mesas estaban cargadas de manjares. Los comensales picoteaban, reían, apartaban platos a medio probar. Una dama con un collar de perlas sostuvo una rebanada entre dos dedos.
-Demasiado rústico -dijo, y la dejó en el plato-. Huele a campo.

Un criado recogió el plato. Jazmín lo siguió con la mirada hasta la cocina, donde el pan, con su corteza dorada y el vapor aún saliendo, fue a parar a un cubo junto a las cáscaras.
Se quedó quieta un buen rato, con la cesta vacía contra el pecho. Pensó en su padre, en el surco, en la semilla tapada y repasada. Pensó en Tobiah recogiendo la manzana del barro.
​

III. La misión​

Volvió a Crimmor con el ceño fruncido y la boca cerrada durante todo el camino. Dos días después, pidió audiencia con la Suma Pontífice.
La encontró en el huerto del templo, de rodillas, con las mangas recogidas hasta el codo.
-Madre -empezó Jazmín-, en Athkatla vi un pan tirado a un cubo. Y vi a un hombre recoger del barro la manzana que cultivó todo un año.
-Cuéntamelo todo -dijo la Pontífice, sin dejar de trabajar la tierra.

Jazmín se lo contó: el mercader, la dama del collar, el cubo de la cocina. Y también el señor Hobb contando con los dedos, años atrás, y su "lo de siempre".
-Los de aquí rezan por costumbre, como quien se lava las manos después de sembrar -terminó-. Los de allí comen sin saber de dónde viene lo que comen. Y entre unos y otros, nadie le da las gracias a Ella. No es maldad, Madre. Es que nadie se lo ha enseñado. Alguien tiene que ir y mostrarles el trabajo que hay detrás de cada hogaza y las gracias que debemos dar.

La Pontífice se sacudió las manos y se incorporó con un crujido de rodillas.
-Es un camino duro, hija. Allí no te recibirán con flores.
-Ella tampoco esperó a que el campo estuviera listo para sembrar -respondió Jazmín.
La anciana la miró un largo rato. Luego sonrió, y esa sonrisa tenía el color de las nubes de primavera.
-Entonces ve. Y que la Madre te acompañe.

Se despidió de sus padres en el mismo huerto donde había aprendido a rezar. Su madre le cosió un manto nuevo, blanco como el sol al amanecer, y se lo ajustó en los hombros con dedos que ya no temblaban. Su padre le puso en las manos un puñado de tierra de la finca.
-Llévala contigo. Para que no olvides de dónde vienes.
-Padre, ¿puedo llevarme a Colmillo?
-Claro, hija. Ha cuidado de nuestras tierras y gallinas durante años, ahora cuidará de lo que más quiero.
-Hablando de protección, hija -interrumpió su madre- llevarás algo más que esos hábitos, ¿no? Me da miedo que te den un navajazo en alguna calle oscura.
-Madre...estaré bien -respondió Jazmín besándole en la frente con ternura.



Jazmín cerró los dedos sobre la tierra. Estaba tibia, como la de aquel primer brote.
Y partió hacia Athkatla.​
 
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