Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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I.
Habían pasado un par de días desde que había retornado del cónclave celebrado en Amnagua. Un asunto menor, pero que requería de su presencia alejada de la Ciudad de la Moneda por unos días. Era el primero de muchos pasos que darían, con el objetivo de fortalecer la fe en los próximos años. Pero como todo en Amn, requería tejer cuidadosamente esfuerzos, equilibrios, compromisos.
Las promesas eran sencillas de hacer, pero cuando debían acompañarse con roldones… Ah, ahí cambiaba mucho la cosa.
Era una lección que le había costado aprender. Pero Gwenaëlle se adaptó al juego amniano. Y participaba en él. Eso implicaba reuniones con mercaderes a los que la religión les interesaba poco, sino en qué les podía ayudar para quedar bien ante sus pares. Ante autoridades indiferentes que veían en los cultos un censor ingrato, o en peor de los casos, competencia directa. Ante sátrapas que preferían no tener cerca a meapilas que no se dejaban comprar fácilmente.
Y así, reunión tras reunión, encuentro tras encuentro, la Oráculo fue haciéndose un hueco en el tablero.
Así que, por el momento, jugaba.
El carruaje se detuvo a las afueras de Athkatla, justo frente a la Luz del Alandor. Era una apetencia que había desarrollado: merendar. Pasaba muchas tardes así. Era una especie de capricho mundano que se había permitido y que le había otorgado la posibilidad de encontrar a todo tipo de personas con las que no compartiría espacio de otra forma.
Bajó por los escalones y se encaminó hacia la posada. Sin embargo, notó una extraña ausencia. La mesa de terraza en la que siempre se sentaba sobre esa hora estaba vacía.
Probablemente se habría entretenido. Llegaría pronto, pensó.
Esperó allí sentada. Pasó una hora. Luego otra. Cuando el sol empezó a esconderse entre los ramajes de los árboles, rasgando su vista, Gwenaëlle cerró el libro con el que se había quedado absorta y vió a una figura acercarse a su mesa. Un jovenzuelo del templo. Venía con prisa.
- Señora, señora. Una carta.
- Oh, gracias.
Le dio unas monedas de plata y el muchacho se marchó con una sonrisa satisfecha.
Abrió el sobre, lacrado con la insignia del Quebrado. Leyó el contenido con detenimiento. Su tez broncínea empezó a palidecer a medida que sus ojos recorrían las líneas.
Y su voz se quebró.
- N-no puede ser…
Se levantó de inmediato. No pagó. No había consumido nada. Caminó entonces a paso rápido, dirigiéndose directamente hacia el Hospicio.
Y la mesa volvió a quedarse vacía.
Habían pasado un par de días desde que había retornado del cónclave celebrado en Amnagua. Un asunto menor, pero que requería de su presencia alejada de la Ciudad de la Moneda por unos días. Era el primero de muchos pasos que darían, con el objetivo de fortalecer la fe en los próximos años. Pero como todo en Amn, requería tejer cuidadosamente esfuerzos, equilibrios, compromisos.
Las promesas eran sencillas de hacer, pero cuando debían acompañarse con roldones… Ah, ahí cambiaba mucho la cosa.
Era una lección que le había costado aprender. Pero Gwenaëlle se adaptó al juego amniano. Y participaba en él. Eso implicaba reuniones con mercaderes a los que la religión les interesaba poco, sino en qué les podía ayudar para quedar bien ante sus pares. Ante autoridades indiferentes que veían en los cultos un censor ingrato, o en peor de los casos, competencia directa. Ante sátrapas que preferían no tener cerca a meapilas que no se dejaban comprar fácilmente.
Y así, reunión tras reunión, encuentro tras encuentro, la Oráculo fue haciéndose un hueco en el tablero.
Así que, por el momento, jugaba.
El carruaje se detuvo a las afueras de Athkatla, justo frente a la Luz del Alandor. Era una apetencia que había desarrollado: merendar. Pasaba muchas tardes así. Era una especie de capricho mundano que se había permitido y que le había otorgado la posibilidad de encontrar a todo tipo de personas con las que no compartiría espacio de otra forma.
Bajó por los escalones y se encaminó hacia la posada. Sin embargo, notó una extraña ausencia. La mesa de terraza en la que siempre se sentaba sobre esa hora estaba vacía.
Probablemente se habría entretenido. Llegaría pronto, pensó.
Esperó allí sentada. Pasó una hora. Luego otra. Cuando el sol empezó a esconderse entre los ramajes de los árboles, rasgando su vista, Gwenaëlle cerró el libro con el que se había quedado absorta y vió a una figura acercarse a su mesa. Un jovenzuelo del templo. Venía con prisa.
- Señora, señora. Una carta.
- Oh, gracias.
Le dio unas monedas de plata y el muchacho se marchó con una sonrisa satisfecha.
Abrió el sobre, lacrado con la insignia del Quebrado. Leyó el contenido con detenimiento. Su tez broncínea empezó a palidecer a medida que sus ojos recorrían las líneas.
Y su voz se quebró.
- N-no puede ser…
Se levantó de inmediato. No pagó. No había consumido nada. Caminó entonces a paso rápido, dirigiéndose directamente hacia el Hospicio.
Y la mesa volvió a quedarse vacía.
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