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El Juego [La Saga del Creador]

Skotos

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I.

Habían pasado un par de días desde que había retornado del cónclave celebrado en Amnagua. Un asunto menor, pero que requería de su presencia alejada de la Ciudad de la Moneda por unos días. Era el primero de muchos pasos que darían, con el objetivo de fortalecer la fe en los próximos años. Pero como todo en Amn, requería tejer cuidadosamente esfuerzos, equilibrios, compromisos.

Las promesas eran sencillas de hacer, pero cuando debían acompañarse con roldones… Ah, ahí cambiaba mucho la cosa.

Era una lección que le había costado aprender. Pero Gwenaëlle se adaptó al juego amniano. Y participaba en él. Eso implicaba reuniones con mercaderes a los que la religión les interesaba poco, sino en qué les podía ayudar para quedar bien ante sus pares. Ante autoridades indiferentes que veían en los cultos un censor ingrato, o en peor de los casos, competencia directa. Ante sátrapas que preferían no tener cerca a meapilas que no se dejaban comprar fácilmente.

Y así, reunión tras reunión, encuentro tras encuentro, la Oráculo fue haciéndose un hueco en el tablero.

Así que, por el momento, jugaba.

El carruaje se detuvo a las afueras de Athkatla, justo frente a la Luz del Alandor. Era una apetencia que había desarrollado: merendar. Pasaba muchas tardes así. Era una especie de capricho mundano que se había permitido y que le había otorgado la posibilidad de encontrar a todo tipo de personas con las que no compartiría espacio de otra forma.

Bajó por los escalones y se encaminó hacia la posada. Sin embargo, notó una extraña ausencia. La mesa de terraza en la que siempre se sentaba sobre esa hora estaba vacía.

Probablemente se habría entretenido. Llegaría pronto, pensó.

Esperó allí sentada. Pasó una hora. Luego otra. Cuando el sol empezó a esconderse entre los ramajes de los árboles, rasgando su vista, Gwenaëlle cerró el libro con el que se había quedado absorta y vió a una figura acercarse a su mesa. Un jovenzuelo del templo. Venía con prisa.

- Señora, señora. Una carta.

- Oh, gracias.


Le dio unas monedas de plata y el muchacho se marchó con una sonrisa satisfecha.

Abrió el sobre, lacrado con la insignia del Quebrado. Leyó el contenido con detenimiento. Su tez broncínea empezó a palidecer a medida que sus ojos recorrían las líneas.

Y su voz se quebró.

- N-no puede ser…

Se levantó de inmediato. No pagó. No había consumido nada. Caminó entonces a paso rápido, dirigiéndose directamente hacia el Hospicio.

Y la mesa volvió a quedarse vacía.​
 
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II.

El taconeo de los pasos de la Oráculo repicaban contra el camino pedregoso. Pronto, la silueta del Hospicio de San Annur se atisbaba en el horizonte. Iba sola; no había tenido tiempo de llamar a nadie más. Tenía que verlo con sus propios ojos.

Sin percatarse siquiera, el papel de la carta se había estrujado en sus manos, y lo sujetaba como quien agarraba un mazo.

Y finalmente, la vió.

Pero lo que vió revolvió su estómago.

Estaba viva. Llevaba puesto su hábito monacal, el que había decidido adoptar para sus peregrinajes. Cimitarra envainada al cinto. Su cabello largo y blanco como la nieve caía como uan cascada sobre sus hombros, aunque estaba revuelto y enmarañado. Su rostro, pétreo. Sus ropas, ensangrentadas, como si se hubiese bañado en una poza de vísceras.

Y su... su mirada.

Sus ojos.

¿¡Dónde estaban sus ojos?!

¿Y por qué no habían...? ¿Por qué...?

El pesar, el dolor que sintió la semielfo pronto dió paso a otro sentimiento. Efeverscente. Bulliendo, tomando forma, concentrándose en un único punto de su garganta como una olla a presión. Entonces, y sólo entonces, reparó en las otras presencias que rodeaban a la sacerdotisa de la Luna. Arianne. La dama Eileen de la casa comercial Aurelion. Mernalyn. Nyvara.

La Dama de la Luna se percató de la Oráculo, la cual ahora se acercaba dando zancadas, más que pasos. Su expresión era la de una mujer compungida, cansada, que apenas segundos antes se había enfrentado a un peligro salido de la nada. Con un gesto decidido, Mernalyn entonces se dirigió a Gwenaëlle.

- Gwen... tenemos que irnos. Ahora.

Mernalyn había agarrado la muñeca de Sariel y más que escoltarla, la arrastraba. El grupo empezó a moverse, alejándose de la puerta de entrada del Hospicio, tomando el camino. Gwenaëlle se interpuso, su mirada ambarina clavándose en la comitiva y su mentón alzándose, en un gesto que no pocos tacharían de altivo.

- ¿Qué ha ocurrido? Quiero una explicación. ¿Por qué...? ¿Por qué va así?

- Ahora no - espetó Mernalyn, cortándola a media frase. - Ahora... no. Nos tenemos que ir. Ya. Teletranspórtanos, o lo que sea.

La presión en su garganta iba en aumento. Como si le hubiesen agarrado por la tráquea, Gwenaëlle abrió los ojos como platos y entreabrió la boca para contestar. Pero no le salían las palabras. No inmediatamente.

- ¿Cómo? ¿Pero qué...?

- ¿No me has oído? - insistió Mernalyn, apretando los labios y mirándola con seriedad. - He dicho que nos vamos.

Y de pronto, el rostro de Gwenaëlle se retorció en una mueca indescriptible. Tragó. Inspiró profundamente y cerró los ojos.

- No. No, quiero... explicadme, ¿qué hace ella aquí? ¿Por qué está fuera? Me... me avisaron.

- ¿Y eso qué más da? ¡Que me escuches!

- Habéis av...

- ¡Gwen! ¡Espabila! - le gritó la Dama, empezando a impacientarse.

Lo que surgió entonces fue una reacción visceral. Una que era impropia de ella, pero que se hizo evidente en una mezcla de angustia, ira, indignación y vergüenza partes iguales.

- MERNALYN TRAPHINE. NO OSES LEVANTARME LA VOZ - bramó, haciendo un largo aspaviento. La capa siguió el movimiento, y por un instante, Gwenaëlle pareció crecer. - ¿Quién te crees que eres para hablarme así? No os la llevaréis a ninguna parte sin que yo lo decida.

Todos miraron a Gwenaëlle, atónitos. Menos Arianne. Había algo en su mirada... un entendimiento silente. Una expectativa, colmada.

- Informad al Padre Dick de inmediato. Volverá al Salón de la Luna, conmigo.

Y tras decirlo, sin aguardar qué tenían que decir los demás, tomó su libro de salmos y empezó a orar. Entonó un salmo hacia las estrellas y los caminos que llevaban hacia ellas. La mandíbula de Mernalyn, presa de una furia indescriptible, empezó a desencajarse.

Y cuando Gwenaëlle y Sariel se deshicieron, ambas, en una nube de estrellas mágica, quienes restaron frente a las puertas del Hospicio de San Annur se miraron entre sí sin entender del todo qué acababa de ocurrir.​
 
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III.

Se sintió ligera, como si estuviese hecha de aire. La sensación duró tan sólo un instante. El paisaje amable de los patios del Hospicio, en un parpadeo, se convirtió en un interior marmóreo, bañado en un sudario de luz plateada que se filtraba por las cristaleras.

El Salón de la Luna.

Gwenaëlle parpadeó, volviendo en sí misma. Agarró a Sariel del hombro, sin darse cuenta de que empezó a clavar sus uñas en su piel. Ella miraba al suelo, a la nada.

No reaccionaba.

Parecía una muñeca viviente.

La sostuvo entre sus brazos. La abrazó. Sintió, bajo su hábito ensangrentado, la tensión rígida de unos músculos agotados. El cuerpo de la iluskana estaba frío y pegajoso, impregnado de sangre seca.

- ¡Que alguien me ayude! – bramó. La voz de la Oráculo rebotó en el pasillo - ¿Dónde está Saskia?

Dos novicias que estaban atendiendo sus quehaceres en un habitáculo cercano se asomaron, sobresaltadas por el grito. Cuando doblaron la esquina y se encontraron con la estampa de la Oráculo abrazada a Sariel, abrieron los ojos de par en par.

- S-señora… ¿Qué..? – empezó a decir una de ellas.

- Traed un catre a la sala de reposo. Agua templada, vendas limpias, alcohol y paños. Y pergamino y tinta.

Una de las dos novicias asintió, mientras que la otra salió disparada hacia pasillo. La muchacha que se quedó dio un par de pasos. Sariel, de pronto, al oír otra presencia, giró instintivamente la cabeza.

Y entonces lo vio. Vacíos.

Sus chillidos retumbaron en el Salón de la Luna.

---

La sacerdotisa fue trasladada a una de las estancias interiores, alejada de los salones de rezo. Era un lugar discreto, un cuarto luminoso adornado con cortinas sencillas y de un color claro, preparado para atender convalecencias importantes.

Gwenaëlle tomó su escalpelo y cortó con cuidado la tela del hábito. Se había endurecido con la sangre. Mientras cortaba, revelando palmos de la piel de la iluskana, pudo comprobar que, para su alivio, que no presentaba heridas de importancia. Algún moratón, arañazos. Poco que contribuyese al mar de cicatrices que cubrían su cuerpo, la mayoría simplemente recuerdos de gestas previas y el precio a pagar por poseer un espíritu valiente. Gwenaëlle concluyó que aquella sangre no podía ser suya.

Suspiró, tratando de calmarse. Tomó su pulso. Era fuerte y constante. Después tomó un instrumental y escuchó su respiración con atención. Lenta, profunda, vacía. Como si cada bocanada de aire que tomaba recorría una cámara vacía.

- Sariel. ¿Puedes oírme?

Se inclinó sobre ella. Pero la mujer no se inmutó. Se mantuvo silente; su rictus inexpresivo. Estaba allí, pero al mismo tiempo, ausente. La venda que ahora cubría su mirada no parecía molestarla.

Y eso era algo que no alcanzaba a entender. ¿En qué estaban pensado, dejándola así? Para que todo el mundo la viese. Para que…

Se mordió los labios hasta el punto de hacerlos sangrar. Sacudió la cabeza.

Simplemente, prefería no pensar en ello. O más bien, le costaba hacerlo. Un zumbido insistente empezó a acumularse en la base de su cráneo, algo que era habitual tras periodos de agotamiento emocional. Era un inicio de jaqueca.

Pero no. Ahora no. No podía.

Volvió a centrarse. Cerró los ojos e inspiró con fuerza, en un acto de recolección consciente.

Siguió con el protocolo de atención que aprendió, años atrás, en el seminario. Siguió tomando sus constantes y anotó en un cuaderno todo todo lo que veía. Ciertos detalles eran triviales, y lo sabía. Alguna sacerdotisa, en ciertas ocasiones, se había burlado de Gwenaëlle por “apuntar hasta las pestañas que el paciente perdía”. Consideraban que en su celo obsesivo, enciclopédico, por acumular datos sin parar, era un detalle excéntrico parte de la personalidad controladora de la Oráculo.

Quizás fuese así, pero cada dato que anotaba ayudaba a colmar su ansiedad.

Rigidez muscular.
Reflejos.
Sudoración.
Color de piel.
Frecuencia respiratoria.


No había rastro aparente de huella necrótica. Sus venas no estaban ennegrecidas. No había indicio de necrosis.

Pero estaba fría. Muy fría. Las mediciones de temperatura daban resultados correctos, pero la sensación térmica al tocar su piel era gélida, como si hubiese pasado horas bajo la nieve. Cuando quiso darse cuenta, se percató de que su cuerpo proyectaba una sombra exageradamente alargada que parecía hundirse en el suelo como una mancha negra.

Negó para sí. Debían ser imaginaciones suyas. Estaba agotada.

Pasaron las horas. Continuó con su examen. Pidió un cambio de mudas. La lavó y la peinó. La vistió con calma.

- Ahora estás en casa – le susurró en un tono taimado, mientras pasaba el cepillo por sus cabellos níveos.

Aunque Sariel no reaccionó. Simplemente, no estaba ahí.
 
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IV.

Las horas siguientes se disolvieron en una sucesión de pequeñas tareas: limpiar, vendar, cambiar sábanas, humedecer labios resecos. Sariel no habló, no lloró, no gritó. Simplemente… existía. Un peso cálido en la cama, un cuerpo sin voluntad aparente.

Cuando Arianne, Nyvara, Mernalyn y Eileen llegaron por fin al Salón, el sol ya se había puesto.

Las recibió en una de las salas laterales, lejos de la habitación donde reposaba la Dama de la Luna. Mernalyn entró como un vendaval, con los rizos revueltos y los labios apretados.

- No tenías derecho a llevártela sin…

- Tenía todo el derecho
- espetó Gwenaëlle, en un tono sorprendentemente plano-. Es la cabeza del Capítulo. Una Alta Sacerdotisa de Selûne. Y estaba... siendo exhibida como un trofeo ensangrentado a las afueras del Hospicio, sin escolta adecuada. No hay nada que discutir, Mernalyn.

Hubo un silencio tenso.

Eileen bajó la vista. Nyvara se cruzó de brazos, incómoda. Arianne, en cambio, sostuvo la mirada de la Oráculo, y aunque silente, había comprensión. Ambas comprendían que las formas también importaban.

Mernalyn resopló, pero se contuvo.

- Al menos… cuéntanos cómo está.

Gwenaëlle apretó los dedos contra el borde de la mesa para no devolver un dardo envenenado. Pensó en la sangre seca, en las cuencas vacías, en la forma en que Sariel apenas reaccionaba al contacto.

- Viva. Físicamente estable. Pero… vacía.

Les pidió, entonces, que relatasen con calma lo ocurrido: el juego, las cartas, el Crupier. Escuchó en silencio, hilando en su mente palabras como "baraja", "llave", "salida", "castigo". Nombres que no había oído nunca: Nhyssarion. Un infierno privado al que una simple invitación podía arrastrarles.

- Nhyssarion...

Ante su mera mención, era la única reacción que producía Sariel. Vendada, casi siempre silente. Y sin embargo, ese nombre parecía despertar un anhelo en ella.

Quizás aún quedaba algo de ella en su interior. ¿Pero qué era Nhyssarion? ¿Un lugar? ¿Una persona?

Cuando el encuentro terminó, Gwenaëlle sintió como el peso de las circunstancias se agolpó en sus sienes y empezó a apretar su cabeza como si la estuviesen estrangulando con un cinto. Una presión... demoledora, angustiosa. Pronto circularían rumores sobre lo ocurrido. El que muchos descubriesen el estado de Sariel, era una mera cuestión de tiempo. No pocos en Amn se alegrarían...

No, no era el momento de entregarse a la desesperación. Era una dolencia mágica, causada por un 'juego'.

Y todos los juegos tenían sus reglas. Era un puzzle a la espera de ser descifrado, algo que no podría solucionarse mediante patadas a la puerta o soflamas incendiarias.

Quizás... quizás podría encargarse de ello. Quizás podría salvar a su amada. Pero necesitaba información.

Y esa noche, cuando por fin todos se retiraron, tomó pluma y papel y empezó a redactar un informe que luego circularía entre las selunitas de Amn.

--

Los días siguientes se convirtieron en un delirio ordenado.

Por la mañana, Gwenaëlle examinaba a Sariel con la precisión de una cirujana que aún no había tenido la oportunidad de ejercer. Medía, anotaba, comparaba. Buscaba signos de empeoramiento que no llegaban, y signos de mejora que tampoco aparecían. La falta de cambio, la persistencia en sus síntomas indolentes, poco a poco la arrastraban a un estado de pánico difícil de disimular.

Por la tarde, desaparecía en la biblioteca del Salón.

Recorrió, uno por uno, los anaqueles dedicados a objetos maravillosos, maleficios antiguos y artefactos singulares. Hizo apilar en su escritorio tratados sobre barajas encantadas, juegos prohibidos, reliquias de templos caídos. El nombre aparecía en distintas variantes: Baraja de Múltiples Cosas, la Baraja de las Maravillas, el Juego Maldito. La mayoría de textos coincidían en lo mismo:
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La Baraja de Múltiples Cosas es un objeto maravilloso cuyo origen se remonta a eras desconocidas. Sin embargo, participar en su 'juego' permite al jugador optar a premios extraordinarios o castigos devastadores.

La magia de una Baraja 'auténtica' habitualmente es irreversible. Tan sólo arcanistas del más alto nivel o sumos sacerdotes poseen tal capacidad.

Aparentemente, Sariel había jugado con un fin muy propio de ella: salvar de las garras del 'evento' a quienes no podían defenderse de él. O eso le relató Eileen. Se aseguró de sacar a la artista de la partida mediante el uso de una carta, mientras que su destino final resultó para otros asistentes completamente incierto.

Pero debido al resultado, era evidente que Sariel eventualmente tomó una consecuencia nefaria. Quizás la peor de todas. Aunque eso aún estaba por saber. Aún existían muchas incógnitas.

Por la noche, cuando el Salón se sumía en un silencio sagrado, cambiaba de estantería. Abría bestiarios, atlas, compilaciones de criaturas extraplanares. Buscaba referencias a "Nhyssarion" de forma obsesiva, ya fuese como criatura, lugar o incluso... un momento histórico. No halló nada remotamente parecido en sus referencias de Planos Inferiores. Ninguna referencia a un posible culto diabólico o demoníaco. Ni tan siquiera en registros históricos.

Nhyssarion no existía. O al menos, no era suficientemente conocido como para ameritar un reconocimiento histórico.

Sería comprensible quizás si no perteneciese a este mundo.

Lo poco que pudo hallar fue una referencia semántica. El nombre no era compatible con los usuales empleados por criaturas diabólicas o infernales. Era... más semejante a títulos dracónicos. "Nhys" era un prefijo que indicaba majestad o realeza en la Vieja Lengua de las sierpes.

¿Quizás tuviese relación con Takhisis? ¿Quizás era un servidor de Kansaldi, la Reina Roja?

En algún momento de la segunda noche, con la vela reducida a un charco de cera y el cuello dolorido, se levantó de golpe. Había una única solución a la que no podía seguir dándole vueltas en abstracto: necesitaba más información, de otros frentes.

Necesitaba ir al Enclave Matadragones.​
 
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V.

El Enclave Matadragones la recibió con un aroma a recuerdos de vidas pasadas. Gwenaëlle podía sentir el súbito influjo de la magia del Rothomir envolver la ciudadela sita en las copas, como si fuese un bálsamo protector que la envolvía. Le producía una sensación de paz. Sin embargo, dicha protección no le ofreció consuelo, sino inquitud, pues alguien lo bastante poderoso era capaz de burlar estos velos.

Alguien capaz de reducir a alguien como Sariel a la nada.

Aviel, la Elmanesse y Kerym del Ejército de Armas, la aguardaba en una sala de la posada local. Había desplegado sobre la mesa un gran número de mapas, cubiertos con pequeñas fichas marcando posiciones, y un gesto serio que apenas se suavizó al verla entrar.

- Oráculo - saludó, inclinando la cabeza - Lamento profundamente lo de Sariel.

- Yo también
- respondió ella, más cansada que dolida - Vengo a hablar del Crupier.

Aviel narró entonces otros incidentes. El Enclave invadido por una presencia imposible, la carta del Ladrón tomando la forma de Mernalyn. Un juego de engaños que había llevado a Sylwen, Eir y Liliana a una trampa mortal. Y la solución, si es que podía llamarse así: destruir la carta, destruir la copia.

- Si el Crupier puede replicar a alguien con una simple carta - reflexionó Gwenaëlle, apoyando dos dedos en las sienes - eso significa que podría infiltrarse entre nosotras. Es... un pensamiento inquietante, Kerym.

- Lo es. Pero hasta ahora, no tenemos más pistas que estas. Estoy intentando averiguar cómo penetra en nuestras defensas. Se mueve... con inusitada facilidad. Aunque tengo una teoría.

Gwenaëlle no pudo evitar esbozar una mueca.

- Explicaos, os lo ruego.

Hubo un breve silencio. La Elmanesse era una mujer de pocas palabras y no le gustaba explicarse más allá de lo que estimaba necesario.

- Hemos averiguado también - añadió la elfa- que el Crupier atrapa a sus presas mediante invitaciones. Parecen meros papeles, pero no lo son. Quien las porta, puede ser arrastrado a su dominio en cualquier momento.

Invitaciones.

- Necesito ver una - dijo Gwenaëlle de pronto - Estudiar su aura, sus anclajes mágicos. Si hay un hilo arcano que lo une a su guarida, quizás… podamos seguirlo.

Aviel la miró pensativa.

- Algunos de tus aliados guardan invitaciones - respondió al fin - Vesper, por ejemplo. Y Sariel llegó a portar una, según nos dijeron.

- Si reunís más, las podremos custodiar. Prepararé un recipiente para que nadie más salga herido y se vea arrastrado por este juego. Redactaré un bando.

- De acuerdo. Reuniré cuantas pueda. Creo que.. quizás algunos miembros del Ejército de Armas aún porta alguna.

Y así acordaron ambas. Los puntos empezaban a dibujar un patrón inquietante. Mientras tanto, los juegos continuaban, pero los misterios aún eran demasiados como para que fuesen capaces de trazar un plan de acción claro.


--

A su regreso a Athkatla, el cielo se había cubierto con una cúpula de nubes grisácea. El tiempo se mostraba indeciso, atrapado en una promesa de tormenta incierta.. Gwenaëlle entró al Salón con paso rápido, con su corazón acelerado por la urgencia y por un temor difuso a lo que pudiese encontrarse.

A medida que se acercó a la habitación de Sariel, un olor a incienso y a bálsamos reparadores advirtieron de que no estaría sola. Arrugó el entrecejo, confundida. No había autorizado sanaciones. Le diría algo a Saskia inmediatamente.

Encontró al Padre Dick inclinado sobre el lecho de Sariel, junto a la sacerdotisa convaleciente. Sus dedos aún brillaban con el eco de un salmo curativo recién entonado. Dos acólitas lo observaban con una expresión que entremezclaba esperanza y miedo, basculando hacia lo último cuando contemplaron la expresión grave de la semielfo.

- Padre Dick - la voz de Gwenaëlle sonó más cortante de lo que pretendía - ¿Qué está haciendo?

Él se volvió, con gesto apurado pero sereno.

- Ah, hija mía. Disculpadme, pero vengo a administrar un tratamiento que debía haberse hecho en cuanto llegó - respondió, sin hostilidad alguna, pues el ilmatari era un hombre de corazón puro - Limpiar la sombra que se le había pegado al alma. Esa cosa… se le aferraba como brea al espíritu. Ya no.

Gwenaëlle frunció el ceño, a punto de replicar. No le había avisado. No sabían aún qué clase de mácula era aquella. El uso indiscriminado de salmos sobre un fenómeno desconocido podía…

Se detuvo.

Sariel respiraba con algo más de soltura. El rictus de tensión en la mandíbula se había suavizado ligeramente. No era una mejoría milagrosa, pero sí un alivio visible.

No siempre tienes que tener tú la razón, se obligó a admitir.

Inspiró hondo.

- Gracias, Padre - dijo al fin, con un leve asentimiento - Pero a partir de ahora, cualquier rito sobre Sariel deberá ser consensuado. No sabemos qué hilos está tirando ese ser.

Cuando se quedaron solos, Gwenaëlle se sentó al borde del lecho. Observó el rostro de la sacerdotisa, más relajado. El vendaje sobre las cuencas seguía en su sitio, limpio.

Se levantó, tomó de su cinturón un colgante de plata con forma de mirada argéntea, coronado por siete estrellas de plata de ley y empezó a entonar un salmo distinto: más largo, más denso. Uno que reclamaba que la Urdimbre restaurase lo perdido, fijando su energía en las cuencas vendadas de la iluskana.

La luz respondió.

Surgió primero como un resplandor suave en la punta de sus dedos, extendiéndose luego por sus manos, sus brazos, hasta envolver el cuerpo de Sariel en un halo lechoso. Bajo los vendajes, algo se agitó.

Gwenaëlle sintió, durante un latido, que alguien - o algo - miraba por encima de su hombro. No Shar. No el Crupier. Algo antiguo, familiar, pálido como el reflejo de la luna en el agua. No se atrevió a girarse.

Cuando el salmo terminó, sus rodillas temblaban.

Retiró el vendaje con torpeza, esperanzada.

Donde antes sólo había cavernas enrojecidas, ahora se abrían dos ojos gris pálido, enturbiados por la ausencia pero… completos. Parpadearon una vez, reflejando la luz de la sala.

Gwenaëlle sintió que se le encogía el pecho.

- Sariel… - susurró - ¿Me ves?

Los ojos enfocaron… pero no hacia ella. Miraron a ninguna parte. Al vacío.

Los labios de la sacerdotisa se movieron.

- Nhyssarion - susurró, con voz ahogada, como si le faltase el aire - Nhyssarion…

Repitió el nombre, una y otra vez, hasta que la voz se le quebró y cayó de nuevo en aquel estado de vigilia vacía.

La Oráculo apretó los dientes. Miró al Padre Dick, el cual también se mostraba desconcertado.

- ¿Nhyssarion? ¿Sabes a qué se refiere, hija mía?

Gwenaëlle negó. Ese misterio, aún estaban lejos de desentrañarlo.​
 
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