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El Laberinto del Minotauro

asimil

Orco del Desolado
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Capitulo 1: La elección

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-¿Dónde…? – Dijo para si el minotauro. No sabía donde estaba. Todo lo que alcanzaba a ver era la rocosa pared de la caverna.

Se miró las zarpas, no eran como siempre. Parecían difusas, cambiantes, como si él mismo estuviera hecho de humo, pero al mismo tiempo fuese sólido. Su vista se nublaba por momentos, no lo veía todo con la claridad que acostumbraba. El lugar le parecía extraño... pero al mismo tiempo sabía que no estaba perdido, era como si supiese ya que ese lugar tenia una salida, aunque no supiera cual...

No reconocía aquellos túneles, y era extraño, normalmente su instinto le permitía guiarse en situaciones como esa. Intentó usar su olfato, pero fue inútil… salvo por un pequeño detalle… un olor extraño… y a la vez tan familiar…

Sangre.

Su sangre.

Reconocería ese olor donde fuera, después de haberla derramado tantas veces, por unos motivos u otros. No tardó en reconocer la procedencia de esta. El aire comenzó a tornarse rojizo, de un color carmesí profundo, y por los ollares del Tauro se colaba aquel toque metálico que dejaba siempre en paso de la sangre por sus fauces.
La niebla hizo su aparición en ese momento, una niebla espesa… rojiza… no… Carmesí.

Aquella niebla a penas le permitía ver. Sus brillantes ojos violetas refulgían furiosos, irritados por el picor que le producía aquella niebla, y así, aun con los ojos húmedos por el fuerte picor fue que Ibiraug decidió que tenía que salir de ahí como fuese.

En su cabeza retumbaba un sonido, que se extendía por toda la laberíntica caverna, como el tocar de un tambor de guerra, un gran tambor…. Pero solo uno. Intentó seguir su instinto, algo le dijo que fuese hacia la izquierda, no lo dudó, su instinto no solía fallarle en momentos así. Apretó el paso, aquellos sonidos dentro de la caverna, la extraña neblina, su mismo cuerpo tan extraño... Todo ello minaba la confianza del Minotauro en sus propias posibilidades. ¿Qué clase de criatura habitada aquellas cuevas? ¿Que era esa niebla, porque el aire se teñía de sangre, y de donde procedía aquel retumbante sonido? Tantas preguntas, y las respuestas no llegaban conforme atravesaba los rocosos pasillos.

Intentó acelerar su marcha, pero no sabía hacia donde tenia que dirigirse, llegó un momento de su caminar que ya no podía seguir avanzando en una sola dirección, debía elegir una de las dos que se le presentaban...

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De pronto, se detuvo. No porque hubiese olido algo, o porque lo hubiese visto… era algo mas profundo, distinto, ibiraug no sabía porqué, pero veía algo, en la lejanía, pero tampoco lo veía, no al menos con los ojos… Al poco en aquella visión, la niebla se disipaba, como si una ligera brisa corriese el velo que traía la sanguinolenta niebla. Y entonces lo vio… dos imágenes, superpuestas, pero separadas, como si cada parte de su conciencia prestase atención a una de ellas. La primera era un poblado de minotauros… Casas de madera y piedra, calles arenosas en medio de un bosque al pie de una montaña, un pozo en medio del pueblo. Los viejos chamanes contaban historias a los cachorros sentados tranquilos al lado del fuego del hogar. Las hembras alimentaban a los cachorros mas pequeños, curtían el cuero y preparaban las pieles para pasar el invierno. Preparaban la comida en grandes marmitas para toda la tribu. Los guerreros volvían de la cacería, traían un gran jabalí, reían contentos por el éxito y por no haber perdido a ningún camarada, pues era una gran pieza. De pronto, Ibiraug vio que junto con algunos minotauros había pequeños humanoides, hombres pequeños, y con frondosas barbas.

Enanos.

No les atacaban, no les insultaban o portaban sus armas, sonreían… se divertían, algunos jugaban con los cachorros, otros estaban en la fragua del pueblo. Algunos enanos jóvenes disfrutaban de las historias que contaban los chamanes minotauros. Incluso había una taberna donde algún valiente enano competía en un pulso contra los minotauros, todo entre sonrisas, maldiciones amistosas e incluso bromas…

La imagen le transmitía una calidez inusitada, una luz en la oscuridad, veía que en el futuro aquel poblado crecía, se hacía más próspero. Comenzaban a crearse calzadas de piedra, se construía un templo, en el que el símbolo era una rueda de maquinaria azul y bajo esta un sol naciente ambarino…

Había también hembras enanas que cuidaban de sus hijos, y les permitían ir a jugar con los cachorros minotauros. Otras se ocupaban de ayudar en las grandes cocinas, o en la taberna del poblado, y la mayoría estaban en el porche de su casa disfrutando de la brisa primaveral, viendo como la hermandad entre las dos razas era posible, además de eficaz.

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La otra imagen… Era radicalmente distinta, y la vio perfectamente al mismo tiempo que veía la primera. Era un campo de batalla… El humo y la ceniza impregnaban el aire, el silencio reinante se vio desgarrado por un terrible rugido de cólera milenaria. Un minotauro de torso desnudo, con no más que su taparrabos y un cinturón adornado con calaveras humanas caminaba pisando sin cuidado los cadáveres de los cientos que eran ya sus enemigos caídos. Una poderosa hacha de guerra en llamas era volteada con facilidad en su mano derecha. Nada mas llevaba, Su rostro era el de la misma furia, mostraba sus colmillos en todo momento, su resuello era solo lo que precedía a sus rugidos. En apenas unos instantes, un humano saltó hacia el Tauro para darle muerte. Éste no tardó en reaccionar, su gran hacha rebanó el cuello del humano de un solo golpe. Miró al último de sus enemigos, y sin miramientos cogió la cabeza con su zarpa izquierda y cerró la mano, al principio mas débilmente, y después con las fuerza, poco a poco, sintiendo el crujido del cráneo en la palma. Otro crujido mas, y otro… hasta que la cabeza de aquel pobre desgraciado reventó dentro de la garra del minotauro. Los ojos de la bestia se regocijaron en aquel macabro espectáculo. Se relamió la zarpa y lanzó una risa al viento, que bien hubiera parecido un rugido para cualquier otra criatura, pero no para un minotauro, Ibiraug sabía que se estaba riendo…

De pronto, el minotauro se puso tenso, fue como si supiese que alguien le observaba. Olfateó el aire. No habló, simplemente gruño, como si solo fuera un animal, y finalmente dirigió su vista hacia Ibiraug… Lo veía… pero él no estaba ahí… como podía… Y de pronto, A Ibiraug eso no le importó, pues pudo por fin ver los ojos de aquella bestia.

Reconocería esos ojos donde en cualquier lugar… los había visto muchas veces… los había admirado…. Y temido. Eran inconfundibles… aquellos ojos de fuego… cuencas vacías… pero aunque no tenía ojos veía… pues dos espirales rojas y brillantes, como carbones encendidos, le permitían ver de forma normal… y no tan normal… Aquellos ojos trascendieron la imagen del minotauro… La oscuridad lo inundó todo. Pero no aquellos ojos, aquellas espirales que persiguieron a Ibiraug, que se hicieron mas grandes… y conforme se acercaban, Ibiraug iba sintiendo el miedo que había sentido antaño. Solo un ser en el mundo había tenido unos ojos así, y fue la criatura mas terrorífica que jamás había visto… Su maestro…

Belphegor…

Ibiraug cerró los ojos como pudo, rugió, incluso se golpeó la cabeza contra la pared para quitarse esos ojos persecutorios de la cabeza que le acosaban. Entre gritos de desesperación y furia, sabía de qué lo acusaban esos ojos, sabía que es lo que buscaban…

-¡No! ¡Estas muerto! ¡No soy como tu! ¡Y nunca lo seré! – Ibiraug supo que tenía que escoger… Ir hacia la mirada de su maestro… o hacia el poblado… La sangre le hervía. Su mente dictaba un lugar, y su corazón otro. El era un minotauro… Baphomet había sido su creador y reclamaba su alma… pero Se le ofrecía otro camino, otra salida… una oportunidad de ser libre. La oportunidad de elegir no ser una bestia de sangre, no ser un esclavo al ansia de muerte de Baphomet. La oportunidad de vivir en una civilización…

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Ya desde el principio sabía que iba a escoger… La sangre le llamaba a un lugar… pero el corazón y su mente a otro… la puerta hacia los ojos de espiral se cerró… y se abandonó a la visión del poblado, donde su pueblo vivía feliz, tranquilo y en paz.

El dolor era leve al principio, pero se fue acrecentando, como una daga que hurgaba en su cerebro. Sabía que era… sabía que era un castigo… su parte mas bestial reclamaba su vuelta, Baphomet reclamaba su vuelta… Y si no lo hacía sufriría las consecuencias.

No le importó. Siguió caminando por aquel laberinto de roca, aquel lugar que no permitía ver el cielo. Solo debía avanzar, sabía a donde… sabía que debía llegar, pero el dolor no cesaba. Cojeaba y trastabillaba a cada paso, a punto de caer en varias ocasiones, tenía que apoyarse en la rocosa pared para poder llegar a su destino. Sabía que ese era su destino.

Una voz le hablaba… grave, casi gutural, llena de infinita maldad y crueldad, una astucia milenaria y eterna… intentaba con palabras lo que no podía frenar con el dolor que provocaba, aunque este no cesó tampoco…

-- ¿Qué haces Ibiraug...? Tú no puedes ser así… Eres una bestia de Sangre… Detente… vuelve al lugar que perteneces… Vuelve conmigo… lleva la muerte a todo ser viviente… Que todos conozcan el sufrimiento… El mismo que has sentido tú. Lo sabes… no puedes luchar contra ti mismo…. Sería como arrancarte medio corazón…

-Debo… seguir… debo… llegar… Mi sueño no es dar sufrimiento… ¡Déjame!- tronó Ibiraug a la voz que le atormentaba.

Como única respuesta el dolor se agudizó, hasta que el minotauro solo pudo gritar y caer, impotente ante semejante dolor, sus músculos no respondían. No podía levantarse. Pero aún así sus ojos no se cerraron. Sus brillantes ojos ahora refulgían con cólera, una rabia inmortal fruto de la lucha interior…

La lucha contra la voluntad de un dios…

Extendió su zarpa derecha, con gran esfuerzo clavó las garras en el rocoso suelo, hizo fuerza e intentó avanzar, arrastrando su pesado cuerpo. El dolor palpitaba en su sien, ahora no era en un punto en concreto, le dolía todo, y poco a poco se extendía, como unas gotas de agua sobre el papel, así era el dolor por el cuerpo del astado.

--Mírate… No puedes más, ríndete, y el dolor acabará-- Ahora era como si algo le aplastara la cabeza, su cuerpo pesaba cada vez mas, pero Ibiraug no se rindió, Extendió su zarpa de nuevo y clavó las garras para tirar y avanzar, despacio, pero inexorable.

--No me obligues a destruirte Ibiraug… no tienes idea de lo que soy capaz, detente o muere…--

Al finalizar esas palabras Ibiraug no pudo avanzar mas, no tenia fuerzas, y el dolor atacó en una poderosa oleada. Con la boca abierta, lista para liberar un grito desgarrador, este no llegó, apenas un susurro implorante, un atisbo de fuerza, nada más.

Una lágrima se derramó, solo una, pues el dolor le impedía hacer nada, siquiera llorar, no podía mas que sentir el castigo que su propia sangre le imponía, renegado a su raza... a su sangre y a su dios... Solo pudo cerrar las fauces y apretar los dientes, no le daría la satisfacción de oírle gritar de dolor...

Los parpados pesaban ya demasiado, la lucha por mantenerse consciente era encarnizada, pero no podía vencer, sus parpados eran demasiado pesados… No podía con ellos… pero justo antes de caer… vio unas pequeñas figuras acercarse a él, pequeñas… con barba…

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Continuará…
 

Sam

Liche táctico
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Yo voto porque Ibiraug manda todo al carajo y se hace florista ^^

Buena historia, Ibi, y ánimo con ese final!

Sam,
 

Nimrra

Copia sin mente de un convocado
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woooooow, mola mucho^^ toy deacuerdo con sam, al final se hace florista :p

Termina la historia ke ta interesante!
 

Andra

El cansino de los Siervos de Hueso
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Genial el relato Ibi, en serio, a ver cómo sigue que tengo ganas^^
 

asimil

Orco del Desolado
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Capitulo 2: Deber

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Olía a humo, a sangre y a hierro.

Los sonidos reinantes eran de resuellos, algunos gruñidos y maldiciones.

En ese momento Ibiraug se dio cuenta de que estaba vivo, y despierto.

Intento abrir los ojos, al principio le costó, pero terminó por conseguirlo a los pocos segundos. Aquella niebla continuaba allí. Pero esta vez no veía las paredes de roca, estaba dentro de una cabaña, con un fuego encendido cera de él. A unos pocos metros de él, estaba sentado un minotauro mas pequeño de lo que estaba acostumbrado a ver, Aunque también era musculoso, su altura dejaba que desear. Sin embargo sus ojos brillaban con un toque de inteligencia inusitada. Cubría todo su cuerpo con una impresionante armadura de color ámbar y celeste. Miraba a Ibiraug fijamente. Como si lo viera por primera vez, pero al mismo tiempo, como si reconociera a un amigo de toda la vida.

-Has tardado en despertar- dijo el minotauro que miraba al convaleciente. Su voz denotaba que probablemente tenía un extenso léxico. Su pronunciación del común era perfecta, y acompañó su frase con una sonrisa cansada.

-¿Dónde estoy? – alcanzó a preguntar Ibiraug, lo que menos se esperaba era encontrar un minotauro que fuese a acogerle en su casa tan amablemente. Su cara denotaba su sorpresa.

-Estás donde has elegido estar. Ni más ni menos, Ibiraug…- dicho esto se levantó y se dirigió hacia la puerta de la entrada, dedicó una última mirada al minotauro tumbado, que aun no salía de su asombro y salió.

El poblado en el que se encontraba era el que había visto, aquel minotauro tenía razón…
Miro alrededor suyo. Minotauros, enanos, mas o menos jóvenes, era cierto, convivían, pero no era todo exactamente como él lo había visto. Había algo distinto, no era un lugar donde hubiese felicidad, no veía a las hembras… tampoco a los chamanes de su visión. Mientras, el poblado entero se dirigía hacia un lugar en concreto. Los siguió intrigado. Algo importante debía de ocurrir. Los rostros de los habitantes de aquel poblado denotaban ira contenida, tristeza, o desesperación.

Tras caminar unos minutos vio hacia donde se dirigía todo el mundo. Era una especie de patíbulo en alto, en el, un minotauro de grandes dimensiones, que le resultaba familiar, hablaba a voces a todo el pueblo. Lo que escuchó le heló la sangre.

-¡Hermanos! ¡En esta aciaga hora, debemos volver a portar armas! Todos lo sabéis, esos demonios se han llevado a las hembras y a los chamanes, incluso a algunos de nuestros cachorros hacia su territorio. ¡Es hora de pagar la sangre con sangre! ¡Y aquel del que hablaban los chamanes está entre nosotros!

Ante aquellas últimas palabras, todos los presentes se giraron para posar la vista sobre Ibiraug. Este miró a todas partes desconcertado. ¿Los chamanes habían previsto su llegada?

-¡El chamán pintado está aquí! ¡El Tauro de los ojos brillantes! ¡El nos ayudará a destruir a los demonios! -volvió a decir el que parecía el líder del poblado. Acto seguido se bajó de su tarima y se acercó hasta donde estaba Ibiraug, el resto de los presentes se apartó.

-Es imposible… ¿Cómo podrían saberlo?- balbució Ibiraug. Incrédulo y confuso.

-Necesitamos tu ayuda Ibiraug –se limitó a responder el líder, no parecía que fuera a dar mas información de la que estimaba necesaria –Los demonios nos lo han quitado, y tu debes llevarnos a la victoria –Los profundos ojos ambarinos del Tauro atravesaron a Ibiraug con la mirada, tan profundos y serenos.

La palabra “demonios” volvió a hacer que un escalofrío recorriera su columna. Odiaba a esas criaturas, con todo su ser y su alma. No las olvidaría nunca, y ansiaba su destrucción casi por encima de cualquier cosa…

Tuvo un presentimiento en ese momento, por eso no se controló, abandonó toda cautela, y preguntó.

-¿Qué dios merece los rezos en este pueblo?

-Adoramos a la Dama de La Rueda y el Amanecer. La señora de las ciudades, Erathis.

Aquello fue como un soplo de aire fresco en un día de extremo calor, una bocanada de aire para respirar cuando se está debajo del agua y por fin puedes salir a la superficie, o un trago de agua fría en pleno desierto. Algo se calmó en su alma, y supo lo que tenía que hacer.

-Os ayudaré – Se giró hacia el resto de los presentes. Todo el pueblo le miraba, los mas jóvenes con ilusión, otros con confianza, otros con esperanza. No quiso decepcionar a aquellas gentes -¡La victoria será nuestra!

Todos corearon al unísono. Estaban listos, lo deseaban, obtener su venganza, recuperar lo que era suyo, defender su forma de vida.

El rugido de Ibiraug fue acompañado por el del resto de los minotauros y los gritos de guerra enanos, que llegaban a ser tan atronadores como el del propio Ibiraug.


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Las negras columnas de humo que salían de las chimeneas de las herrerías y armerías no cesaban. Día y noche, el martilleo del metal contra el metal. El sonido del acero candente al enfriarse siendo templado en agua. Las piezas de armaduras al ensamblarse, los eslabones de las cadenas de algunas armas tintineaban al mover estas para transportarlas. Los escudos al ser moldeados por los martillos. Desde varios kilómetros podría saberse que aquel poblado se preparaba para marchar a la guerra.

El contingente no tardó en estar preparado para la partida. Cerca de doscientos guerreros. Entre minotauros y enanos, la visión que daban de su fuerza era temible como poco. Minotauros con completas armaduras que apenas dejaban entrever partes de su cuerpo, armados con enromes espadas, mazas o martillos. Y los rudos enanos, casi todos con martillos de guerra, hachas o incluso manguales.

Sus miradas eran fieras, expresaban una gran determinación. Todos sabían a lo que se enfrentaban. La muerte les esperaba al final de aquellas cavernas interminables. Un enemigo eterno, un enemigo contra el que llevaban años luchando… Sin embargo, algo aliviaba a todos, la certeza de que esa noche acabaría todo, para bien o para mal, se decidiría el destino de todos. La sangre sería derramada, pero solo había dos opciones, vencer y ser libres, o morir… y ser libres. Para otros podría parecer un triste consuelo, pero no para aquellos guerreros, hastiados de guerra, muerte, pillaje, destrucción, odio y resentimiento. Por fin, todo acabaría.

Al frente de todos ellos, con una gran armadura, azul y ámbar, cojeando de su pata izquierda, apoyándose en su gran escudo, dirigía la marcha el Tauro de los Ojos Brillantes.

-¡Hijos de Erathis! ¡Nuestra señora nos mira con orgullo, no caeremos sin antes derrotar a nuestros enemigos! ¡Los hijos del Caos caerán! ¡Solo el orden de Erathis tiene sentido en el mundo! ¡Por nuestra salvadora! –Ibiraug intentaba infundir valor a los aguerridos soldados, casi parecía que no era necesario, pero cuando coreaban sus palabras, demostraban que agradecían sus intentos, y que en realidad funcionaban.

La caminata duró un buen trecho. Doblando los recodos que hacía la sinuosa cueva hacia el interior. El retumbar de los pasos de los guerreros, todos al unísono, resonaba haciendo eco por toda la cueva, no era su intención un ataque sorpresa, era una forma de desafío. Era su reto. “Aquí estamos, no nos rendiremos sin luchar, venid si os atrevéis” Eso era lo que decían esas pisadas a lo que fuera que habitase el oscuro interior de esas cavernas.

Finalmente, llegaron a su destino, al girar siguiendo la ruta de la caverna, vieron un amplio espació en la cueva, mucho mayor que los pasillos por los que habían venido, parecido al lugar donde se asentaba el pueblo de Erathis.

Allí les esperaba otro ejercito, todos minotauros. Sus torsos desnudos estaban decorados con profundas espirales carmesíes. Sus ojos estaban inyectados en sangre, más grandes y brutales que el ejército que ahora comandaba Ibiraug, más salvajes.
El minotauro no se amedrentó, como tampoco lo hicieron los guerreros que le seguían. Contaban con el, y este no les defraudó. Justo en la entrada, donde acababa el pasillo, dio un sonoro golpe con su escudo clavándolo en el suelo. Y allí adoptó una posición defensiva, allí donde el superior numero del enemigo no serviría de nada, y donde la protección de los guerreros de la civilización demostraría su utilidad contra el salvajismo y la barbarie de los hijos del Caos.

-¡Clavad los escudos justo en la entrada! ¡Que no pasen de aquí! ¡Fila de escudos ya! – Los minotauros que estaban mas cerca suyo obedecieron al instante, a los pocos segundos de esa preparación el enemigo atacó, Como simples bestias que se abalanzan sobre su presa, pero para desgracia de estos cazadores, las presas estaban acorazadas, y tenían poderosos cuernos y colmillos con los que protegerse.

Aún con todo, la fuerza de los minotauros salvajes, era digna de llamarse demoníaca. Golpeaban con ciega furia y enloquecida fuerza. Uno derribó al minotauro que estaba a la zurda de Ibiraug, éste, sin dudar un instante, lanzó un poderoso golpe al hijo de Baphomet que había provocado la ruptura de la formación. El mangual partió el cráneo de la criatura justo entre los cuernos, que cayó muerta al instante, con una mirada de desconcierto en su bovino rostro. El minotauro que seguía en el suelo se levantó y volvió a ocupar su posición, esta vez afianzando bien las pezuñas en el suelo.

Los enanos se colaban entre los espacios que dejaban sus compañeros minotauros con sus escudos entre si, pues aunque ellos cabían, no era así para los minotauros de las espirales rojas. Con sus martillos rompieron varias rodillas de los enemigos. Algunos hasta contaban los muertos. Los que llevaban hachas atacaban con precisión a los tendones de las patas descubiertas. Los Tauros demonio debían estar atentos tanto a sus pezuñas como en frente suyo, pues les llovían ataques desde todas partes.

La batalla fue avanzando, cuando caía un minotauro de Erathis, otro ocupaba su lugar para que la formación no se rompiera, Los enanos cumplían con meridiana eficacia su cometido. Ibiraug comprendió entonces que Erathis era infinitamente sabia, pues ambas razas en una batalla se compenetraban bien, y podría poner en jaque a cualquier ejército por numeroso que fuera, si se elegía bien el lugar donde entablar combate.

El número de ambos bandos decrecía, ninguno parecía dispuesto a marcharse sin haber exterminado a los enemigos, pero por supuesto, nadie vendía barata su vida. La lucha era encarnizada, el Caos y el orden, el Bien y el Mal, las eternas luchas que llenan el repertorio de los bardos en las tabernas, eso estaba ocurriendo de nuevo. Y aquella niebla roja, perenne, siempre ahí, formando casi parte de ellos… parte de Ibiraug…

-¡No pasarán! ¡Aguantad hijos de Erathis! ¡Venceremos!

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Continuará…
 

Bastthot

Niño sin padres ni hospicio
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Genial, Ibi... Genial. :D
 

Pakote

Pornorroleador en sequía
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He de admitirlo, el relato mola ^^
 

risma3

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*hipnotizado por la pc* mas mas mas mas mas mas mas mas ams ams mas ams mas ams.....

que paso!!!!!??¡?¡?¡? ganaron perdieron???? haaaaaaaaaaaa*se arranca los pelos*
 

pazuzu_

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Eh, que bueno, se me había pasado desapercibido :)
 

Sam

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Poderoso, muy poderoso. Felicidades Ibi! A seguir con ello :D

Sam,
 

Haladring

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*Con los ojos clavados en el pc y un bote de nata montada en la diestra, espectante*
 

asimil

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Capitulo 3: Salida

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El olor a sangre impregnaba cada bocanada de aire inspirado, difícil era ya distinguir a un enemigo de un amigo, en el fragor de la batalla, en medio de toda la confusión, solo podías regir tus actos por lo poco que los sentidos advertían. Envueltos todos los guerreros en aquella niebla carmesí, era casi imposible hacer un balance de cómo iba la batalla.
Las tropas de Erathis habían resistido bien al principio, aprovechando su posición y su disciplina, frenaron a las hordas de Baphomet como las rocas de un acantilado a las atronadoras olas del océano. La muralla de escudos que mantenían los minotauros de la Civilización no cedió, y los enanos aprovechaban los espacios para lanzar sus poderosos y destructores ataques.

Aún a pesar de que al principio el vencedor parecía claro, los hijos del Caos se recompusieron, supliendo la falta de disciplina con ciega furia, abrieron una brecha en las defensas de los de Erathis, una vez ocurrió esto, la batalla inevitablemente se dirigió a la caverna ancha que había más adelante. El suelo estaba sembrado de cadáveres, así pues, era imposible pisar algo que no fuera carne muerta o con suerte un charco de sangre. Ibiraug no pudo hacer otra cosa que acabar separándose de la formación, pues con el enemigo dentro, ya todo se había convertido en una batalla campal, todos contra todos, no se distinguían ya dos bandos, solo por los colores y algunos detalles se podían adivinar si quien estaba delante era un aliado o un enemigo al que abatir. Los minotauros de Erathis llevaban armaduras, azules y ambarinas, mientras que los siervos del Príncipe de las Bestias mostraban su desnudo torso decorado con tatuajes en forma de espirales escarlatas.

Ibiraug poco podía dirigir desde ahí, solo gritar alguna orden puntual a aquellos de los suyos que estaban cerca. Abatió a cuantos enemigos pudo, pero estos vendían caro su pellejo. Uno de los salvajes Bersekers intentó atacarle por la espalda enarbolando su gran hacha con ambas manos, un hacha gargantuesca a decir verdad, un humano no hubiera podido blandirla seguramente. El ruido de sus pasos y por supuesto, su grito de guerra, delataron la posición de la bestia, Ibiraug se giró sobre si mismo, interponiendo su gran escudo en la trayectoria del hacha, el escudo casi se partió, pero aprovechando el movimiento del giro, más que detener por completo el golpe, lo desvió. Con la inercia que llevaba no fue difícil asestar un potente golpe con su gran mangual de dos cabezas. Este hizo reventar la cabeza del Tauro de Baphomet casi al instante de establecer el contacto.

-¡Por la Civilización! ¡Estos salvajes morirán!- rugió Ibiraug. Sus tropas no contestaron, la batalla era demasiado cruenta y lo más probable es que no le hubieran podido oír. Pero hubo alguien que si le oyó…

-¡No! ¡Tú morirás, Traidor!- la voz que gritó aquello se encontraba delante de ibiraug a unos cuantos metros, apenas visible por la densa y rojiza niebla. Esta ocultaba una forma imponente hasta para los Astados. Cerca de los tres metros y medio, pelaje marroncíneo, ojos carmesíes que brillaban como espirales en llamas. En cuanto Ibiraug vio sus ojos temió lo peor, pero al acercarse aquella terrible criatura se sobresaltó aún mas, no era Belphegor…

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Era él.

Ibiraug.

Pero no era él, era algo distinto… pero seguía siendo él, o lo que hubiera sido si su adoración fuese únicamente para Baphomet.

Un Ibiraug mas grande que el original, mas fuerte, mas brutal, tatuajes rituales de espirales que brillaban por si mismos del color del carbón ardiente. Su pelaje era más oscuro. Sus colmillos eran más largos y su rugido era más potente, pero abandonado al salvajismo, no se veía rastro de civilización en él. Era lo que los ancianos solían llamar una Bestia de Sangre…

El Ibiraug de Baphomet no dudo un instante en lanzarse al ataque. Portaba una gran alabarda en llamas, oscura y verdosa, parecía como si su solo roce pudiera provocar el mayor de los sufrimientos. En su mirada no había piedad, ni siquiera podría decirse que pudiese estar pensando en algo más que no fuera matar a cuanto tuviera delante.

El combate singular comenzó sin mas señal que el inició del ataque del Tauro de Baphomet. Una lanzada recta, precisa, veloz, perfecta. Directa a la cabeza de su contrincante, este la esquivó por poco, recibiendo un corte en el hombro. Retrocedió un paso, clavó sus pezuñas en el suelo y afianzó la posición. Estaba claro que al ataque no superaría aquella bestia que era él mismo en cierto modo. Esperó con el escudo por delante, esperando una apertura en las defensas del Ibiraug maligno. Este no se hizo de rogar con su segundo intento. Un arco vertical fue el siguiente movimiento, que Ibiraug paró interponiendo el escudo sobre su cabeza. Pero esto no detuvo el ataque, pues el hijo de Baphomet embistió con su poderosa cornamenta. Acertó a Ibi de lleno. Levantándolo varios metros en el aire y lanzándolo a una corta pero muy respetable distancia. El siervo de Erathis rodó sobre si mismo al caer entre varios de los cadáveres que había allí. Eso amortiguó la caída, pero las heridas que los cuernos de su homologo le habían infligido no cejaban en su sangrado.

Con una rodilla hincada en el suelo, rezó una corta oración para recuperarse de sus heridas. No hubo tiempo, Su enemigo ya estaba casi encima de él antes de ir siquiera por la mitad del rezo. Una fuerte patada de su pezuña en el hocico de Ibiraug le hizo caer de nuevo. Por suerte tuvo los arrestos necesarios para pensar fríamente e interponer el escudo de nuevo en la trayectoria de la gran alabarda que, sin duda, le habría arrancado el corazón en su perforante y mortal trayectoria.

La alabarda quedó clavada en el escudo, más de cuarenta centímetros de afilada hoja habían atravesado el escudo, un poco más y hubiera atravesado el pecho de Ibiraug. Por suerte solo le hirió levemente. Su derecha buscó su mangual por el suelo, entró en pánico al no encontrarlo sin poder mirar allí, pues su atención debía estar fija en el enorme Tauro que se erguía ante él. Pero la mano de Erathis debió guiar la de su siervo, pues encontró un mango que aferrar, solo que no era el de su mangual, sino el de un espadón que llevaría alguno de los guerreros a los que había guiado hasta ese campo de muerte. Y así con el arma atrapada en el escudo de su enemigo, fue cuando el Ibiraug de Baphomet firmó su sentencia de muerte, su falta de juicio en medio del combate fue la causa de que no pensara que era una mala idea intentar arrancar el escudo de las manos de su enemigo. Pues al hacerlo, igual que aquel que corre una cortina rápidamente, no tuvo tiempo para reaccionar ante lo que había detrás de eso.

-¡UGH!-Fue el único sonido que emitió la portentosa bestia cuando sintió que algo le abrasaba el estómago. Miró casi ausente hacia abajo. Un enorme espadón le atravesaba todo el vientre. Era su fin, nada podría ayudarle, pero se llevaría a aquel traidor a la raza al laberinto con él antes de morir, alzó la garra para lanzar un mortal zarpazo al cuello de su enemigo.

Viendo la amenaza que se cernía sobre él, el mismo Ibiraug no hubiera sabido explicar como, pero una frialdad inusitada en el, una capacidad de razón ajena a la batalla se apoderó de él, y así actuó.

-Fuego Oscuro…- Fueron sus únicas palabras, mirando a los ojos de su alter ego. La espada que estaba en su diestra aun brilló un instante, y desde la guarda hasta la punta de la hoja, como un riachuelo que se abre camino en tierra seca, así se expandió el fuego por toda la hoja, abrasando, en cuanto llegó a la piel del Tauro de Baphomet no se detuvo, pues por su espalda sobresalía la punta de a hoja… la cual acabó tiñéndose en llamas también.

Un rugido de dolor fue al final la única reacción ante el último ataque de ibiraug. El Tauro de Baphomet se llevó las garras a la hoja e intentó arrancarla, alejándose de Ibiraug. Esté se ayudó para levantarse con su escudo que estaba cerca, aun con la alabarda clavada en él.

Vio como su enemigo se retorcía tanto de pie, como al final en el suelo, incapaz de levantarse, tras unos violentos últimos estertores, finalmente murió. Su rostro de agonía lo decía todo.

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Miró a su alrededor…

Todos habían muerto. Rota la formación, solo había quedado el fragor de la batalla, y con la ventaja de la posición y la disciplina perdida, ya no se podía hacer nada. Así que esa fue su victoria… pírrica… vacía…

-Dama Erathis… ¿Para esto me enviaste aquí?... ¡¿PARA ESTO?!- la ira se apoderó de Ibiraug, una ira cargada de un sentimiento de impotencia, de debilidad, sobre todo por no haber podido salvar a nadie. Habían vencido a sus enemigos… ¿pero a qué precio…?- ¡¡¡¡RAAARRGGGHH!!!!

Cálmate Ibiraug, hijo mío, la batalla terminó, y tuya es la victoria, aunque aún no lo entiendas…

La debilidad hizo de Ibiraug su presa, y al final de su rugido, al tiempo que oía aquella voz femenina de gran poder, cayó desmayado. No pudo ver como la luz se extendía por todas partes, como los cadáveres eran arrastrados por la niebla roja, como ahora la luz lo envolvía, como lo levantaba como si no pesara mas que el polvo de arena, y como todo desaparecía a su alrededor en un gran destello cegador… no pudo ver nada de aquello.


¿Quién podría saber cuanto había pasado desde eso? ¿Unos segundos? ¿Una semana? No lo sabría jamás. Sin embargo algo le dio otras respuestas que llevaba tiempo buscando.

Se había despertado en un lugar donde reinaba el silencio, solo interrumpido por el entrechoque de las olas del mar contra la roca. En el suelo suave hierba vestía toda una llanura cercana al mar. Un nuevo sonido llegó a sus oídos, el agudo grito de las gaviotas le llegaba desde cierta distancia, pero era claro y no debían de andar lejos.

Tras unos instantes dedicados a despertarse completamente, pudo verlo. Dirigió su vista hacia sus garras, y luego siguió el recorrido por sus brazos hasta que llegó al resto de su cuerpo, su pelaje se había oscurecido, y ahora era mas corto. Los tatuajes rituales habían desaparecido de su cuerpo como por arte de magia. Se sentía más débil, mas pequeño, se levantó con cierta dificultad, y descubrió que en verdad lo era. Había disminuido su tamaño, pero ahora sentía un poder aún mayor que antes, su mente bullía con cientos de ideas arremolinándose a la vez, sentía un nuevo poder, casi como si pudiera verlo, había obtenido la respuesta que llevaba tiempo buscando.

Nunca supo hasta ese momento si al empezar a adorar a Erathis, sus rezos eran en verdad tomados en serio por su señora, si en verdad era un digno siervo, si acaso ella lo había elegido de verdad, o solo lo había malinterpretado todo, esas dudas corroían su mente día y noche, pensando que podría no estar haciendo lo correcto.

Ahí estaba la respuesta a sus preguntas. La batalla, los guerreros, el Ibiraug salvaje había sido testigo de la lucha de dos dioses dentro del cuerpo de un mortal… y su señora había vencido, gracias a ella lo había conseguido. Ahora era libre de esa sed de sangre, ese instinto por destruir que consumía el alma de los que adoraban al Príncipe de las Bestias. En miles de años, Ibiraug estaba seguro de que era el primer minotauro libre de sus instintos asesinos…

Y se sentía tan bien…

Miró al horizonte, el mar parecía no tener fin…

-Ahora lo entiendo Dama Erathis… ahora lo entiendo…

Ibiraug había encontrado la salida de su propio laberinto… Por fin era libre.
 

m-bc

Piedra calcinada de la Espiral
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OH DIOS MIO genial . enserio tio mu curraa

FELICIDADES


*sigue diciendo para si dios mio , yo quiero una asi para mi enana , que mierda*

:p
 

mochilosc

Orco del Desolado
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Grande Ibi muy grande...*le palmea el hombro* tu molas aunque comas carne, verduras y humanos ;-) y incites a la gente a casarse etc...
 

xemaimp

Orco del Desolado
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Tio... puede ser k ibiraug sea un minotauro trolaso... pero joder...

QUE PEDAZO DE HISTORIA!!!!!!
 

Andra

El cansino de los Siervos de Hueso
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¡Qué grande eres Ibi!^^

Peacho de historia, me ha encantado...ains...asi es el torete, da ostiazas como panes...pero ya les gustaría a muchos ser tan civilizado y honorable como él, leche...
 

lordanto

Lágrima de mago nerfeado
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Que gran prosa, joder. Que gran historia.
 

Pakote

Pornorroleador en sequía
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Muy buena Ibi ^^ gran historia si señor :p
 

El_Reverendo

Pornorroleador oldschool
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JOER TIO!! me la he leido toda del tirón!! desde el primer capítulo!!!
Sencillamente genial!! Enhorabuena!!

Ahora solo falta tenerte más tiempo en el server para disfrutarte!!

Un saludazo maestro!!
 

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