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Orco del Desolado
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Capitulo 1: La elección
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-¿Dónde…? – Dijo para si el minotauro. No sabía donde estaba. Todo lo que alcanzaba a ver era la rocosa pared de la caverna.
Se miró las zarpas, no eran como siempre. Parecían difusas, cambiantes, como si él mismo estuviera hecho de humo, pero al mismo tiempo fuese sólido. Su vista se nublaba por momentos, no lo veía todo con la claridad que acostumbraba. El lugar le parecía extraño... pero al mismo tiempo sabía que no estaba perdido, era como si supiese ya que ese lugar tenia una salida, aunque no supiera cual...
No reconocía aquellos túneles, y era extraño, normalmente su instinto le permitía guiarse en situaciones como esa. Intentó usar su olfato, pero fue inútil… salvo por un pequeño detalle… un olor extraño… y a la vez tan familiar…
Sangre.
Su sangre.
Reconocería ese olor donde fuera, después de haberla derramado tantas veces, por unos motivos u otros. No tardó en reconocer la procedencia de esta. El aire comenzó a tornarse rojizo, de un color carmesí profundo, y por los ollares del Tauro se colaba aquel toque metálico que dejaba siempre en paso de la sangre por sus fauces.
La niebla hizo su aparición en ese momento, una niebla espesa… rojiza… no… Carmesí.
Aquella niebla a penas le permitía ver. Sus brillantes ojos violetas refulgían furiosos, irritados por el picor que le producía aquella niebla, y así, aun con los ojos húmedos por el fuerte picor fue que Ibiraug decidió que tenía que salir de ahí como fuese.
En su cabeza retumbaba un sonido, que se extendía por toda la laberíntica caverna, como el tocar de un tambor de guerra, un gran tambor…. Pero solo uno. Intentó seguir su instinto, algo le dijo que fuese hacia la izquierda, no lo dudó, su instinto no solía fallarle en momentos así. Apretó el paso, aquellos sonidos dentro de la caverna, la extraña neblina, su mismo cuerpo tan extraño... Todo ello minaba la confianza del Minotauro en sus propias posibilidades. ¿Qué clase de criatura habitada aquellas cuevas? ¿Que era esa niebla, porque el aire se teñía de sangre, y de donde procedía aquel retumbante sonido? Tantas preguntas, y las respuestas no llegaban conforme atravesaba los rocosos pasillos.
Intentó acelerar su marcha, pero no sabía hacia donde tenia que dirigirse, llegó un momento de su caminar que ya no podía seguir avanzando en una sola dirección, debía elegir una de las dos que se le presentaban...
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De pronto, se detuvo. No porque hubiese olido algo, o porque lo hubiese visto… era algo mas profundo, distinto, ibiraug no sabía porqué, pero veía algo, en la lejanía, pero tampoco lo veía, no al menos con los ojos… Al poco en aquella visión, la niebla se disipaba, como si una ligera brisa corriese el velo que traía la sanguinolenta niebla. Y entonces lo vio… dos imágenes, superpuestas, pero separadas, como si cada parte de su conciencia prestase atención a una de ellas. La primera era un poblado de minotauros… Casas de madera y piedra, calles arenosas en medio de un bosque al pie de una montaña, un pozo en medio del pueblo. Los viejos chamanes contaban historias a los cachorros sentados tranquilos al lado del fuego del hogar. Las hembras alimentaban a los cachorros mas pequeños, curtían el cuero y preparaban las pieles para pasar el invierno. Preparaban la comida en grandes marmitas para toda la tribu. Los guerreros volvían de la cacería, traían un gran jabalí, reían contentos por el éxito y por no haber perdido a ningún camarada, pues era una gran pieza. De pronto, Ibiraug vio que junto con algunos minotauros había pequeños humanoides, hombres pequeños, y con frondosas barbas.
Enanos.
No les atacaban, no les insultaban o portaban sus armas, sonreían… se divertían, algunos jugaban con los cachorros, otros estaban en la fragua del pueblo. Algunos enanos jóvenes disfrutaban de las historias que contaban los chamanes minotauros. Incluso había una taberna donde algún valiente enano competía en un pulso contra los minotauros, todo entre sonrisas, maldiciones amistosas e incluso bromas…
La imagen le transmitía una calidez inusitada, una luz en la oscuridad, veía que en el futuro aquel poblado crecía, se hacía más próspero. Comenzaban a crearse calzadas de piedra, se construía un templo, en el que el símbolo era una rueda de maquinaria azul y bajo esta un sol naciente ambarino…
Había también hembras enanas que cuidaban de sus hijos, y les permitían ir a jugar con los cachorros minotauros. Otras se ocupaban de ayudar en las grandes cocinas, o en la taberna del poblado, y la mayoría estaban en el porche de su casa disfrutando de la brisa primaveral, viendo como la hermandad entre las dos razas era posible, además de eficaz.
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La otra imagen… Era radicalmente distinta, y la vio perfectamente al mismo tiempo que veía la primera. Era un campo de batalla… El humo y la ceniza impregnaban el aire, el silencio reinante se vio desgarrado por un terrible rugido de cólera milenaria. Un minotauro de torso desnudo, con no más que su taparrabos y un cinturón adornado con calaveras humanas caminaba pisando sin cuidado los cadáveres de los cientos que eran ya sus enemigos caídos. Una poderosa hacha de guerra en llamas era volteada con facilidad en su mano derecha. Nada mas llevaba, Su rostro era el de la misma furia, mostraba sus colmillos en todo momento, su resuello era solo lo que precedía a sus rugidos. En apenas unos instantes, un humano saltó hacia el Tauro para darle muerte. Éste no tardó en reaccionar, su gran hacha rebanó el cuello del humano de un solo golpe. Miró al último de sus enemigos, y sin miramientos cogió la cabeza con su zarpa izquierda y cerró la mano, al principio mas débilmente, y después con las fuerza, poco a poco, sintiendo el crujido del cráneo en la palma. Otro crujido mas, y otro… hasta que la cabeza de aquel pobre desgraciado reventó dentro de la garra del minotauro. Los ojos de la bestia se regocijaron en aquel macabro espectáculo. Se relamió la zarpa y lanzó una risa al viento, que bien hubiera parecido un rugido para cualquier otra criatura, pero no para un minotauro, Ibiraug sabía que se estaba riendo…
De pronto, el minotauro se puso tenso, fue como si supiese que alguien le observaba. Olfateó el aire. No habló, simplemente gruño, como si solo fuera un animal, y finalmente dirigió su vista hacia Ibiraug… Lo veía… pero él no estaba ahí… como podía… Y de pronto, A Ibiraug eso no le importó, pues pudo por fin ver los ojos de aquella bestia.
Reconocería esos ojos donde en cualquier lugar… los había visto muchas veces… los había admirado…. Y temido. Eran inconfundibles… aquellos ojos de fuego… cuencas vacías… pero aunque no tenía ojos veía… pues dos espirales rojas y brillantes, como carbones encendidos, le permitían ver de forma normal… y no tan normal… Aquellos ojos trascendieron la imagen del minotauro… La oscuridad lo inundó todo. Pero no aquellos ojos, aquellas espirales que persiguieron a Ibiraug, que se hicieron mas grandes… y conforme se acercaban, Ibiraug iba sintiendo el miedo que había sentido antaño. Solo un ser en el mundo había tenido unos ojos así, y fue la criatura mas terrorífica que jamás había visto… Su maestro…
Belphegor…
Ibiraug cerró los ojos como pudo, rugió, incluso se golpeó la cabeza contra la pared para quitarse esos ojos persecutorios de la cabeza que le acosaban. Entre gritos de desesperación y furia, sabía de qué lo acusaban esos ojos, sabía que es lo que buscaban…
-¡No! ¡Estas muerto! ¡No soy como tu! ¡Y nunca lo seré! – Ibiraug supo que tenía que escoger… Ir hacia la mirada de su maestro… o hacia el poblado… La sangre le hervía. Su mente dictaba un lugar, y su corazón otro. El era un minotauro… Baphomet había sido su creador y reclamaba su alma… pero Se le ofrecía otro camino, otra salida… una oportunidad de ser libre. La oportunidad de elegir no ser una bestia de sangre, no ser un esclavo al ansia de muerte de Baphomet. La oportunidad de vivir en una civilización…
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Ya desde el principio sabía que iba a escoger… La sangre le llamaba a un lugar… pero el corazón y su mente a otro… la puerta hacia los ojos de espiral se cerró… y se abandonó a la visión del poblado, donde su pueblo vivía feliz, tranquilo y en paz.
El dolor era leve al principio, pero se fue acrecentando, como una daga que hurgaba en su cerebro. Sabía que era… sabía que era un castigo… su parte mas bestial reclamaba su vuelta, Baphomet reclamaba su vuelta… Y si no lo hacía sufriría las consecuencias.
No le importó. Siguió caminando por aquel laberinto de roca, aquel lugar que no permitía ver el cielo. Solo debía avanzar, sabía a donde… sabía que debía llegar, pero el dolor no cesaba. Cojeaba y trastabillaba a cada paso, a punto de caer en varias ocasiones, tenía que apoyarse en la rocosa pared para poder llegar a su destino. Sabía que ese era su destino.
Una voz le hablaba… grave, casi gutural, llena de infinita maldad y crueldad, una astucia milenaria y eterna… intentaba con palabras lo que no podía frenar con el dolor que provocaba, aunque este no cesó tampoco…
-- ¿Qué haces Ibiraug...? Tú no puedes ser así… Eres una bestia de Sangre… Detente… vuelve al lugar que perteneces… Vuelve conmigo… lleva la muerte a todo ser viviente… Que todos conozcan el sufrimiento… El mismo que has sentido tú. Lo sabes… no puedes luchar contra ti mismo…. Sería como arrancarte medio corazón…
-Debo… seguir… debo… llegar… Mi sueño no es dar sufrimiento… ¡Déjame!- tronó Ibiraug a la voz que le atormentaba.
Como única respuesta el dolor se agudizó, hasta que el minotauro solo pudo gritar y caer, impotente ante semejante dolor, sus músculos no respondían. No podía levantarse. Pero aún así sus ojos no se cerraron. Sus brillantes ojos ahora refulgían con cólera, una rabia inmortal fruto de la lucha interior…
La lucha contra la voluntad de un dios…
Extendió su zarpa derecha, con gran esfuerzo clavó las garras en el rocoso suelo, hizo fuerza e intentó avanzar, arrastrando su pesado cuerpo. El dolor palpitaba en su sien, ahora no era en un punto en concreto, le dolía todo, y poco a poco se extendía, como unas gotas de agua sobre el papel, así era el dolor por el cuerpo del astado.
--Mírate… No puedes más, ríndete, y el dolor acabará-- Ahora era como si algo le aplastara la cabeza, su cuerpo pesaba cada vez mas, pero Ibiraug no se rindió, Extendió su zarpa de nuevo y clavó las garras para tirar y avanzar, despacio, pero inexorable.
--No me obligues a destruirte Ibiraug… no tienes idea de lo que soy capaz, detente o muere…--
Al finalizar esas palabras Ibiraug no pudo avanzar mas, no tenia fuerzas, y el dolor atacó en una poderosa oleada. Con la boca abierta, lista para liberar un grito desgarrador, este no llegó, apenas un susurro implorante, un atisbo de fuerza, nada más.
Una lágrima se derramó, solo una, pues el dolor le impedía hacer nada, siquiera llorar, no podía mas que sentir el castigo que su propia sangre le imponía, renegado a su raza... a su sangre y a su dios... Solo pudo cerrar las fauces y apretar los dientes, no le daría la satisfacción de oírle gritar de dolor...
Los parpados pesaban ya demasiado, la lucha por mantenerse consciente era encarnizada, pero no podía vencer, sus parpados eran demasiado pesados… No podía con ellos… pero justo antes de caer… vio unas pequeñas figuras acercarse a él, pequeñas… con barba…
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Continuará…
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-¿Dónde…? – Dijo para si el minotauro. No sabía donde estaba. Todo lo que alcanzaba a ver era la rocosa pared de la caverna.
Se miró las zarpas, no eran como siempre. Parecían difusas, cambiantes, como si él mismo estuviera hecho de humo, pero al mismo tiempo fuese sólido. Su vista se nublaba por momentos, no lo veía todo con la claridad que acostumbraba. El lugar le parecía extraño... pero al mismo tiempo sabía que no estaba perdido, era como si supiese ya que ese lugar tenia una salida, aunque no supiera cual...
No reconocía aquellos túneles, y era extraño, normalmente su instinto le permitía guiarse en situaciones como esa. Intentó usar su olfato, pero fue inútil… salvo por un pequeño detalle… un olor extraño… y a la vez tan familiar…
Sangre.
Su sangre.
Reconocería ese olor donde fuera, después de haberla derramado tantas veces, por unos motivos u otros. No tardó en reconocer la procedencia de esta. El aire comenzó a tornarse rojizo, de un color carmesí profundo, y por los ollares del Tauro se colaba aquel toque metálico que dejaba siempre en paso de la sangre por sus fauces.
La niebla hizo su aparición en ese momento, una niebla espesa… rojiza… no… Carmesí.
Aquella niebla a penas le permitía ver. Sus brillantes ojos violetas refulgían furiosos, irritados por el picor que le producía aquella niebla, y así, aun con los ojos húmedos por el fuerte picor fue que Ibiraug decidió que tenía que salir de ahí como fuese.
En su cabeza retumbaba un sonido, que se extendía por toda la laberíntica caverna, como el tocar de un tambor de guerra, un gran tambor…. Pero solo uno. Intentó seguir su instinto, algo le dijo que fuese hacia la izquierda, no lo dudó, su instinto no solía fallarle en momentos así. Apretó el paso, aquellos sonidos dentro de la caverna, la extraña neblina, su mismo cuerpo tan extraño... Todo ello minaba la confianza del Minotauro en sus propias posibilidades. ¿Qué clase de criatura habitada aquellas cuevas? ¿Que era esa niebla, porque el aire se teñía de sangre, y de donde procedía aquel retumbante sonido? Tantas preguntas, y las respuestas no llegaban conforme atravesaba los rocosos pasillos.
Intentó acelerar su marcha, pero no sabía hacia donde tenia que dirigirse, llegó un momento de su caminar que ya no podía seguir avanzando en una sola dirección, debía elegir una de las dos que se le presentaban...
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De pronto, se detuvo. No porque hubiese olido algo, o porque lo hubiese visto… era algo mas profundo, distinto, ibiraug no sabía porqué, pero veía algo, en la lejanía, pero tampoco lo veía, no al menos con los ojos… Al poco en aquella visión, la niebla se disipaba, como si una ligera brisa corriese el velo que traía la sanguinolenta niebla. Y entonces lo vio… dos imágenes, superpuestas, pero separadas, como si cada parte de su conciencia prestase atención a una de ellas. La primera era un poblado de minotauros… Casas de madera y piedra, calles arenosas en medio de un bosque al pie de una montaña, un pozo en medio del pueblo. Los viejos chamanes contaban historias a los cachorros sentados tranquilos al lado del fuego del hogar. Las hembras alimentaban a los cachorros mas pequeños, curtían el cuero y preparaban las pieles para pasar el invierno. Preparaban la comida en grandes marmitas para toda la tribu. Los guerreros volvían de la cacería, traían un gran jabalí, reían contentos por el éxito y por no haber perdido a ningún camarada, pues era una gran pieza. De pronto, Ibiraug vio que junto con algunos minotauros había pequeños humanoides, hombres pequeños, y con frondosas barbas.
Enanos.
No les atacaban, no les insultaban o portaban sus armas, sonreían… se divertían, algunos jugaban con los cachorros, otros estaban en la fragua del pueblo. Algunos enanos jóvenes disfrutaban de las historias que contaban los chamanes minotauros. Incluso había una taberna donde algún valiente enano competía en un pulso contra los minotauros, todo entre sonrisas, maldiciones amistosas e incluso bromas…
La imagen le transmitía una calidez inusitada, una luz en la oscuridad, veía que en el futuro aquel poblado crecía, se hacía más próspero. Comenzaban a crearse calzadas de piedra, se construía un templo, en el que el símbolo era una rueda de maquinaria azul y bajo esta un sol naciente ambarino…
Había también hembras enanas que cuidaban de sus hijos, y les permitían ir a jugar con los cachorros minotauros. Otras se ocupaban de ayudar en las grandes cocinas, o en la taberna del poblado, y la mayoría estaban en el porche de su casa disfrutando de la brisa primaveral, viendo como la hermandad entre las dos razas era posible, además de eficaz.
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De pronto, el minotauro se puso tenso, fue como si supiese que alguien le observaba. Olfateó el aire. No habló, simplemente gruño, como si solo fuera un animal, y finalmente dirigió su vista hacia Ibiraug… Lo veía… pero él no estaba ahí… como podía… Y de pronto, A Ibiraug eso no le importó, pues pudo por fin ver los ojos de aquella bestia.
Reconocería esos ojos donde en cualquier lugar… los había visto muchas veces… los había admirado…. Y temido. Eran inconfundibles… aquellos ojos de fuego… cuencas vacías… pero aunque no tenía ojos veía… pues dos espirales rojas y brillantes, como carbones encendidos, le permitían ver de forma normal… y no tan normal… Aquellos ojos trascendieron la imagen del minotauro… La oscuridad lo inundó todo. Pero no aquellos ojos, aquellas espirales que persiguieron a Ibiraug, que se hicieron mas grandes… y conforme se acercaban, Ibiraug iba sintiendo el miedo que había sentido antaño. Solo un ser en el mundo había tenido unos ojos así, y fue la criatura mas terrorífica que jamás había visto… Su maestro…
Belphegor…
Ibiraug cerró los ojos como pudo, rugió, incluso se golpeó la cabeza contra la pared para quitarse esos ojos persecutorios de la cabeza que le acosaban. Entre gritos de desesperación y furia, sabía de qué lo acusaban esos ojos, sabía que es lo que buscaban…
-¡No! ¡Estas muerto! ¡No soy como tu! ¡Y nunca lo seré! – Ibiraug supo que tenía que escoger… Ir hacia la mirada de su maestro… o hacia el poblado… La sangre le hervía. Su mente dictaba un lugar, y su corazón otro. El era un minotauro… Baphomet había sido su creador y reclamaba su alma… pero Se le ofrecía otro camino, otra salida… una oportunidad de ser libre. La oportunidad de elegir no ser una bestia de sangre, no ser un esclavo al ansia de muerte de Baphomet. La oportunidad de vivir en una civilización…
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Ya desde el principio sabía que iba a escoger… La sangre le llamaba a un lugar… pero el corazón y su mente a otro… la puerta hacia los ojos de espiral se cerró… y se abandonó a la visión del poblado, donde su pueblo vivía feliz, tranquilo y en paz.
El dolor era leve al principio, pero se fue acrecentando, como una daga que hurgaba en su cerebro. Sabía que era… sabía que era un castigo… su parte mas bestial reclamaba su vuelta, Baphomet reclamaba su vuelta… Y si no lo hacía sufriría las consecuencias.
No le importó. Siguió caminando por aquel laberinto de roca, aquel lugar que no permitía ver el cielo. Solo debía avanzar, sabía a donde… sabía que debía llegar, pero el dolor no cesaba. Cojeaba y trastabillaba a cada paso, a punto de caer en varias ocasiones, tenía que apoyarse en la rocosa pared para poder llegar a su destino. Sabía que ese era su destino.
Una voz le hablaba… grave, casi gutural, llena de infinita maldad y crueldad, una astucia milenaria y eterna… intentaba con palabras lo que no podía frenar con el dolor que provocaba, aunque este no cesó tampoco…
-- ¿Qué haces Ibiraug...? Tú no puedes ser así… Eres una bestia de Sangre… Detente… vuelve al lugar que perteneces… Vuelve conmigo… lleva la muerte a todo ser viviente… Que todos conozcan el sufrimiento… El mismo que has sentido tú. Lo sabes… no puedes luchar contra ti mismo…. Sería como arrancarte medio corazón…
-Debo… seguir… debo… llegar… Mi sueño no es dar sufrimiento… ¡Déjame!- tronó Ibiraug a la voz que le atormentaba.
Como única respuesta el dolor se agudizó, hasta que el minotauro solo pudo gritar y caer, impotente ante semejante dolor, sus músculos no respondían. No podía levantarse. Pero aún así sus ojos no se cerraron. Sus brillantes ojos ahora refulgían con cólera, una rabia inmortal fruto de la lucha interior…
La lucha contra la voluntad de un dios…
Extendió su zarpa derecha, con gran esfuerzo clavó las garras en el rocoso suelo, hizo fuerza e intentó avanzar, arrastrando su pesado cuerpo. El dolor palpitaba en su sien, ahora no era en un punto en concreto, le dolía todo, y poco a poco se extendía, como unas gotas de agua sobre el papel, así era el dolor por el cuerpo del astado.
--Mírate… No puedes más, ríndete, y el dolor acabará-- Ahora era como si algo le aplastara la cabeza, su cuerpo pesaba cada vez mas, pero Ibiraug no se rindió, Extendió su zarpa de nuevo y clavó las garras para tirar y avanzar, despacio, pero inexorable.
--No me obligues a destruirte Ibiraug… no tienes idea de lo que soy capaz, detente o muere…--
Al finalizar esas palabras Ibiraug no pudo avanzar mas, no tenia fuerzas, y el dolor atacó en una poderosa oleada. Con la boca abierta, lista para liberar un grito desgarrador, este no llegó, apenas un susurro implorante, un atisbo de fuerza, nada más.
Una lágrima se derramó, solo una, pues el dolor le impedía hacer nada, siquiera llorar, no podía mas que sentir el castigo que su propia sangre le imponía, renegado a su raza... a su sangre y a su dios... Solo pudo cerrar las fauces y apretar los dientes, no le daría la satisfacción de oírle gritar de dolor...
Los parpados pesaban ya demasiado, la lucha por mantenerse consciente era encarnizada, pero no podía vencer, sus parpados eran demasiado pesados… No podía con ellos… pero justo antes de caer… vio unas pequeñas figuras acercarse a él, pequeñas… con barba…
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Continuará…