Lancelot
Cuenta secreta evidente
- Registrado
- 9/10/26
- Mensajes
- 2
- Edad
- 21
La historia de Falkuar comenzó mucho antes de su nacimiento, entre cenizas, sangre y el sacrificio de un hombre cuyo nombre acabaría heredando.
Todo comenzó en una humilde aldea, perdida entre las verdes praderas y los caminos olvidados del reino, donde sus habitantes vivían ajenos a las guerras y las intrigas de los poderosos. Sus días transcurrían entre el cuidado del ganado, el cultivo de la tierra y las pequeñas alegrías de una vida sencilla. Sin embargo, aquella paz se quebró cuando una horda de orcos descendió sobre la aldea, sembrando el caos y la destrucción.
Los aldeanos trataron de defender sus hogares con las pocas armas que poseían, pero nada pudieron hacer ante la fuerza arrolladora de sus atacantes. Las empalizadas cedieron, las casas ardieron y los gritos de los inocentes se confundieron con el rugido de los invasores. Entre los cautivos se encontraba Sofía, esposa de Falkuar II, quien, incapaz de aceptar su pérdida, emprendió una desesperada misión de rescate. Aquel fue su último acto de amor: mientras su esposa lograba escapar junto a su suegro, él quedó atrás, sacrificándose para darles tiempo y permitirles huir de aquella pesadilla.
Tras días de penurias, Sofía y su suegro, Falkuar I, encontraron refugio en una población cercana, algo mayor y mejor protegida que la aldea que habían perdido. Allí trataron de reconstruir sus vidas, aunque las heridas de lo ocurrido nunca llegaron a cerrar del todo. Sofía descubrió, tiempo después, que había quedado encinta durante su cautiverio. Aquel embarazo, fruto de la violencia de los orcos, se convirtió en un doloroso recordatorio de lo sucedido. Pese a todo, cuando llegó el momento de dar a luz, encontró fuerzas para traer al mundo a su hijo.
La criatura nació débil, pero viva. Sofía, agotada por el parto y consumida por las secuelas de sus sufrimientos, apenas tuvo tiempo de sostenerlo entre sus brazos. Antes de cerrar los ojos para siempre, le dio un nombre: Falkuar, en memoria del hombre que había entregado su vida para salvarla. Y así, entre el duelo y la esperanza, nació Falkuar Pastor III.
Desde entonces, su abuelo, Falkuar Pastor I, se convirtió en su único familiar y en el responsable de criarlo. Ambos continuaron con el oficio que había sustentado a su familia durante generaciones: el pastoreo. Falkuar I enseñó a su nieto a cuidar del ganado, conocer los caminos, interpretar los cambios del tiempo y respetar la vida que les daba de comer. Pero también se aseguró de instruirlo en el manejo de las armas y las artes básicas de la defensa, tal como había hecho en su día con su propio hijo.
Falkuar III, sin embargo, nunca destacó por su destreza con la espada ni por su habilidad en el combate. Sus movimientos eran torpes, su coordinación dejaba mucho que desear y su falta de sutileza solía meterlo en más de un apuro. Aun así, compensaba sus carencias con una resistencia extraordinaria, una constitución robusta y una perseverancia difícil de doblegar. Si caía, volvía a levantarse; si fracasaba, lo intentaba de nuevo. Su abuelo solía decir que quizá no llegaría a ser el espadachín más hábil del reino, pero que pocos podrían igualarlo en voluntad.
Los años transcurrieron, y Falkuar III creció hasta convertirse en un joven de imponente presencia, con rasgos que delataban su ascendencia orca. Aquello no pasó desapercibido entre los habitantes de la población. Muchos lo observaban con recelo, otros preferían mantener las distancias y algunos nunca llegaron a ocultar su desconfianza. Solo quienes procedían de la antigua aldea, conocedores de la tragedia que había marcado su nacimiento, lo trataban con mayor naturalidad.
Pese a ello, Falkuar III heredó de su madre una bondad sincera y una disposición amable que contrastaban con su aspecto. Era generoso con quien necesitaba ayuda, paciente con los animales y protector con los más débiles. Eso no impedía que su torpeza, su escaso tacto al hablar y su incapacidad para comprender ciertos convencionalismos sociales le ocasionaran situaciones incómodas. A menudo decía lo que no debía, rompía aquello que intentaba arreglar o conseguía empeorar una situación con las mejores intenciones. Pero nunca obraba con malicia, y quienes lograban conocerlo más allá de las apariencias descubrían en él un corazón noble.
Con el paso del tiempo, Falkuar I envejeció hasta quedar postrado en cama, incapaz de seguir cuidando de los rebaños o de continuar instruyendo a su nieto. Consciente de que sus días llegaban a su fin, pidió a Falkuar III que se acercara a su lecho. Allí, con la voz quebrada por la edad, le hizo prometer que jamás emplearía su fuerza para causar sufrimiento a un inocente y que, con todo lo aprendido, trataría siempre de demostrar que el valor de una persona no se mide por su apariencia, sino por sus actos.
—Jamás uses tu fuerza para hacer el mal a los demás. Y nunca olvides que, aunque el mundo te juzgue por tu sangre y tu aspecto, serán tus acciones las que hablen por ti. Demuestra que puedes ser mejor que muchos de esos soldados de brillante armadura que tanto presumen de honor. Pues de nada sirve portar un escudo si no se tiene a nadie a quien proteger.
Falkuar III escuchó aquellas palabras entre lágrimas y sollozos. Con la voz temblorosa, juró cumplir su voluntad. Su abuelo, satisfecho, esbozó una última sonrisa antes de cerrar los ojos para siempre.
Una vez enterrado su abuelo y despedido del único hogar que había conocido, Falkuar comprendió que ya no le quedaba nada que lo retuviera en aquel lugar. No podía pasarse la vida escondiéndose de las miradas ajenas, ni demostrar la valía de su nombre permaneciendo entre los mismos muros que lo habían visto crecer. Si quería honrar a su familia, debía poner a prueba las enseñanzas marciales recibidas y descubrir qué clase de hombre deseaba ser.
Así fue como decidió emprender el camino hacia Amn, una tierra de ciudades prósperas, rutas comerciales y gentes venidas de todos los rincones del mundo. Había oído hablar de sus mercaderes, sus aventureros y sus compañías de mercenarios, pero, sobre todo, sabía que allí siempre había trabajo para quienes estuvieran dispuestos a ofrecer su fuerza a cambio de unas monedas.
Su propósito era sencillo: encontrar empleo como guardia de caravanas, escolta o cualquier otra labor honrada que le permitiera ganarse el sustento sin renunciar a sus principios. Tal vez, lejos de los prejuicios de su pueblo, tendría la oportunidad de demostrar que su sangre no dictaba su destino. Y quizá, entre caminos peligrosos y tierras desconocidas, encontraría a alguien que necesitase la protección que él podía ofrecer.
Falkuar no partió en busca de gloria, riquezas ni canciones que inmortalizaran su nombre. Partió con una promesa en el corazón, el recuerdo de dos hombres llamados Falkuar y su madre Sofia y la esperanza de que, algún día, sus actos pudieran hablar más alto que su apariencia.
Porque, aunque el mundo viera en él la sangre de un orco, Falkuar Pastor III había jurado vivir como un hombre digno de su nombre.
