Ultralodeo
Elfo que no discute
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El libro negro
Cuando terminé la homilía, el patio de la torre estaba en silencio. Ninguno de ellos habló, eso era bueno. El silencio es la primera señal de que las palabras han encontrado su lugar en la mente de quienes escuchan. Los observé un instante, algunos parecían fascinados, otros inquietos. Había uno o dos que intentaban aparentar serenidad, pero sus manos no dejaban de moverse dentro de las mangas. El miedo es natural. Siempre lo ha sido. Incluso entre los que buscan comprender la muerte.
Avancé hacia el centro del círculo, la piedra estaba fría bajo mis pies, pero eso ya no me molestaba como antes. Hacía mucho tiempo que el frío había dejado de tener importancia.Ante mí reposaban los tres símbolos del tiempo.
Cogí el primero, el puñal. La hoja era simple, sin adornos. No necesitaba ser hermosa para cumplir su propósito. La levanté para que todos pudieran verla reflejar la luz de las antorchas.
-El Pasado.
No necesitaban más explicación. El Pasado siempre empieza con una ruptura y sin dudarlo, clavé la hoja en mi vientre.
El dolor debería haber llegado de inmediato, brillante, agudo, algo que había conocido muchas veces antes. Pero no llegó, cosas de vivir en el futuro de la vida.
Retiré la hoja y una amalgama parecida a la sangre comenzó a empapar la tela. Volví a hundir el puñal.
Una vez.
Dos.
Tres.
Podía sentir cómo algunos de ellos contenían la respiración. El miedo siempre se hace más fuerte cuando la sangre es real.
Cuatro.
Cinco.
El cuerpo es una máquina frágil, pero también resistente. Aún podía mantenerme en pie como no podía ser de otra manera.
Seis.
La sangre ya caía al suelo en pequeñas gotas oscuras. Aquellos con buenos ojos y buenos conocimientos habría identificado eso no como sangre, sino como otra cosa.
Siete.
La séptima estocada fue la última. No porque el cuerpo no pudiera soportar más, sino porque el símbolo estaba completo. Dejé caer el puñal sobre el altar, mi "respiración" era pesada ahora, pero eso también formaba parte del ritual. Extendí la mano hacia el segundo objeto, el cáliz de plata. Estaba lleno hasta el borde. El olor metálico de la sangre siempre despierta recuerdos en quienes aún están atados a la carne. Lo levanté.
-El Presente.
El Presente es el instante en que la vida se detiene y el silencio comienza. Bebí, la sangre estaba tibia, espesa. Bajó por mi garganta lentamente. Sentí cómo algunos de los presentes apartaban la mirada, incapaces de sostenerla. Bebí hasta vaciar el cáliz y luego lo dejé de nuevo en el altar. Quedaba el último símbolo. Para entonces, hice verme como alguien débil, frágil. En eso consiste la vida ¿No? Simple debilidad y fragilidad, cubierta de una máscara de músculo y carne que hacen sentir fuertes a los que aún viven en la falsedad de la existencia.
Tomé la calavera con ambas manos. Era ligera, más ligera de lo que muchos imaginan. La muerte aligera muchas cosas. La observé un instante antes de colocarla en el centro exacto del círculo.
-El Futuro.
La dejé sobre la piedra y entonces comencé el conjuro. Las palabras eran antiguas, más antiguas que muchos de los imperios que habían existido en estas tierras. No necesitaban ser comprendidas, pues muchos de los que me veían no eran arcanos, sino simples cotillas. Sentí cómo la energía respondía.
Primero llegó como un susurro alrededor de mis pies, una bruma negra comenzó a levantarse de la piedra, girando lentamente a mi alrededor. Era densa, pesada, cargada de la quietud. Continué recitando y la bruma subió por mis piernas, por mi torso, envolviendo mis vestiduras. Sentí cómo la magia se adhería a la tela, cómo el color se oscurecía hasta volverse algo más profundo que la sombra.
El cuerpo comenzó a cambiar. La piel de mis manos se agrietó primero, la sentí separarse, como una vieja máscara que ya no tenía motivo para permanecer en su lugar. Pedazos marchitos cayeron sobre la piedra del patio. Debajo no había carne, solo hueso.
Seguí pronunciando las palabras del conjuro mientras la transformación continuaba. La piel de mi rostro se tensó, se abrió, se desprendió lentamente.
No sentí dolor. El dolor pertenece a los vivos. La carne cayó finalmente al suelo, y el aire frío tocó el hueso desnudo de mi cráneo. La bruma giraba ahora con más fuerza, respondiendo al final del ritual y cuando terminé las últimas palabras, levanté la cabeza.
Sentí las miradas de todos ellos clavadas sobre mí, miedo y asombro y en algunos, comprensión, en unos pocos que si optaron por enteder lo que intentaba enseñar.
Los observé desde las cuencas vacías y ardientes, habían venido esperando un sermón pero esta noche habían presenciado algo más importante.
Habían visto el Pasado, el Presente y el Futuro. Habían visto mi vuelta.
Y ahora sabían que no era una promesa sino que era una realidad. El Barón Mortuus, volvía para segar a los vivos.