Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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I.
En las aguas que devoran la luz, aquí reposa la mirada de las Profundidades. Que los audaces que rompan su calma sean tragados, y que solo los dignos respiren donde otros se ahogan. Pues el reflejo que devuelve el cristal puro dependerá del corazón de quien mire.
Gwenaëlle aún recordaba el significado extraído de aquellas runas desgastadas. Aquel monolito dedicado al dios Sashelas, hallado en un lugar tan imposible como extraordinario.
Aún recordaba lo que vió aquel día como si fuese un mal sueño.
Un viento gélido soplaba en el campamento, arrastrando retazos de la bruma neblinosa. Los soldados iban de aquí para allá, preparándose. Sariel, en el interior de la tienda, aún dormía. Pero ella no podía hacerlo. No cuando el peso de tantas vivencias recientes la atenazaban y hundían sus hombros bajo el peso de una responsabilidad aplastante.
Siguiendo la pista del monolito, se adentraron en la profundidad de las grutas acuáticas, empleando conjuros y voluntad. Respiraron bajo el agua, atravesaron campos de coral rojo y corrientes gélidas. Y eventualmente, llegaron al punto más profundo, donde hallaron un enorme cristal hecho de puro líquido, como si fuese un estanque vertical; uno que reveló en sus inscripciones la promesa de revelar atisbos del futuro, ante una ofrenda en forma de canción.
Aún recordaba lo que vió aquel día como si fuese un mal sueño.
Un viento gélido soplaba en el campamento, arrastrando retazos de la bruma neblinosa. Los soldados iban de aquí para allá, preparándose. Sariel, en el interior de la tienda, aún dormía. Pero ella no podía hacerlo. No cuando el peso de tantas vivencias recientes la atenazaban y hundían sus hombros bajo el peso de una responsabilidad aplastante.
Siguiendo la pista del monolito, se adentraron en la profundidad de las grutas acuáticas, empleando conjuros y voluntad. Respiraron bajo el agua, atravesaron campos de coral rojo y corrientes gélidas. Y eventualmente, llegaron al punto más profundo, donde hallaron un enorme cristal hecho de puro líquido, como si fuese un estanque vertical; uno que reveló en sus inscripciones la promesa de revelar atisbos del futuro, ante una ofrenda en forma de canción.
Aquel día, encontraron algo que les serviría para el conflicto. Pero cada ventaja, cada aliento arrebatado al enemigo, conllevaba un precio atroz.
Y aquel día, paradójicamente, sintió rabia por no haber sido ella quien pagase el precio. Por sentirse, una vez más, una espectadora en todo aquello, incapaz de cambiar nada con los actos propios.
Recordó la visión que recibieron; quizás la menos útil, la peor de todas. Pero fue, paradójicamente, la que motivó sus actos posteriores. Quizás el destino quiso que todo discurriese así.
Katia habló al espejo de las profundidades, adelantándose a todos, mientras el grupo discutía sobre qué sería pertinente preguntar. Su pregunta fue sencilla, clara, movida por el miedo a cesar de existir:
- Quiero ver qué sucederá si gana el enemigo.
Y así fue.
El espejo se iluminó con intensidad. Las ondas que proyectaba fueron cambiando de intensidad y de color, del carbón al carmesí.
Una mujer de pelo corto con un ojo sustraído por un cristal, montando en una enorme sierpe roja.
Otra figura embutida en armadura, ya conocida, montando una monstrosidad dracónica. Lord Soth dirigiendo a Karavarix, el Dragón de Ultratumba.
Kansaldi Ojos de Fuego se dirigió hacia el Norte, a las tierras de los Reghed, a los enclaves de los elfos y de los druidas Esmeralda. Lord Soth se dirigió hacia la capital, a la Ciudad de la Moneda, y más allá de eso, al Imperio de Muranndin.
Ambos rompieron los sellos. Lord Soth inclinó su cabeza ante Kansaldi, la cual recompensó su servicio. Sin embargo, súbitamente, cayeron estelas desde el cielo. Ambas figuras observaron, ambas sentadas en tronos distintos.
La visión se arremolinó.
El cielo se ensombreció por lluvias de meteoritos, mostrando la colosal figura de un dragón con las alas extendidas. Bajo la sombra de cada una, Kansaldi y Lord Soth se enfrentaron con violencia.
La maza de Lord Soth aplastó el cráneo de Kansaldi. Su lealtad nunca fue hacia ella. La mano siniestra se alza enguantada. Se cierra una vez, y cae una sierpe verde. Se cierra otra vez, y cae una azulada. Se cierra una vez más, y cae una blanca.
Tras cerrarse una cuarta vez para imbuir el alma de la sierpe negra en una herida del cielo que sangra más profundamente que las que ya conociesen, como si todas se hubiesen unido en una sola, la mano se cierra una última, bañando escamas rojas de sangre.
Y a través del cielo destrozado se cuela la sombra de un dragón inmenso, más que cinco Iryklathagras, más que tres Bálagos.
Y después, ya no quedó nada.
No porque la visión acabase, sino porque el mundo sí lo hizo.
Una mujer de pelo corto con un ojo sustraído por un cristal, montando en una enorme sierpe roja.
Otra figura embutida en armadura, ya conocida, montando una monstrosidad dracónica. Lord Soth dirigiendo a Karavarix, el Dragón de Ultratumba.
Kansaldi Ojos de Fuego se dirigió hacia el Norte, a las tierras de los Reghed, a los enclaves de los elfos y de los druidas Esmeralda. Lord Soth se dirigió hacia la capital, a la Ciudad de la Moneda, y más allá de eso, al Imperio de Muranndin.
Ambos rompieron los sellos. Lord Soth inclinó su cabeza ante Kansaldi, la cual recompensó su servicio. Sin embargo, súbitamente, cayeron estelas desde el cielo. Ambas figuras observaron, ambas sentadas en tronos distintos.
La visión se arremolinó.
El cielo se ensombreció por lluvias de meteoritos, mostrando la colosal figura de un dragón con las alas extendidas. Bajo la sombra de cada una, Kansaldi y Lord Soth se enfrentaron con violencia.
La maza de Lord Soth aplastó el cráneo de Kansaldi. Su lealtad nunca fue hacia ella. La mano siniestra se alza enguantada. Se cierra una vez, y cae una sierpe verde. Se cierra otra vez, y cae una azulada. Se cierra una vez más, y cae una blanca.
Tras cerrarse una cuarta vez para imbuir el alma de la sierpe negra en una herida del cielo que sangra más profundamente que las que ya conociesen, como si todas se hubiesen unido en una sola, la mano se cierra una última, bañando escamas rojas de sangre.
Y a través del cielo destrozado se cuela la sombra de un dragón inmenso, más que cinco Iryklathagras, más que tres Bálagos.
Y después, ya no quedó nada.
No porque la visión acabase, sino porque el mundo sí lo hizo.
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Pese a esta visión tan atroz, no marcharon con las manos vacías. La magia del espejo, acto seguido, se manifestó en un haz de luz que se instaló en la mano derecha de Katia. Y entonces, ella dijo, con una mirada asustada.
- Me ha dado el poder para destruir a Lord Soth.
En ese momento, Gwenaëlle se sintió furiosa con Katia. Por haberles arrebatado la posibilidad de haber atisbado algo más útil; no lo que ya sabían con toda seguridad. Por haberse puesto en peligro de aquella manera, pues conocía su carácter. Seguramente no querría utilizar ese poder. Pues como otros que habrían encontrado, era un poder que exigiría con toda posibilidad que el portador se sacrificase. Y así se lo hizo saber.
- Ahora que has elegido tomar este camino por todos nosotros, deberás hacer lo necesario para que ese don sea aprovechado.
Y sin esperárselo, la severidad empleada por sus palabras le resultó dolorosa. Se sintió cruel, manifestándose así con la maestra de la Schola; pero no eran menos ciertas. Los sacrificios eran necesarios para que tuviesen alguna oportunidad de sobrevivir.
Pero decirlo era una cosa.
Hacerlo, otra harto distinta.
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