Volvía del Enclave de Tethir, pasé por las inmediaciones del campamento Verdelinde hacia la salida del mismo, cuando Gunna llegaba y tras los saludos pertinentes, se interesó por la situación de la región. Antes de que yo pudiera explicarme lo poco que sabía al respecto, se nos unió el druida Douma Douglas, guardián del Enclave Esmeralda.
Mientras conversábamos, el Campamento de la Alianza Verdelinde se mantiene como un incesante foco de resistencia y las actividades incesantes de sanación a cargo de guardianes, druidas y sanadores aliados trabajaban sin tregua desde el alba hasta el anochecer, era otro tipo de luchar a vida o muerte, diferente a los combatientes de primera línea, pero no por ello menos importante.
Por allí seguían buscando refugio campesinos con las manos heridas por la tierra enferma, niños debilitados, exploradores marcados por la corrupción y familias enteras desamparadas.
Tras las recientes investigaciones y la destrucción de nodos de corrupción en los alrededores, el bosque parece tener un tiempo de respiro, y la vida comienza a retornar tímidamente, aunque por lo general se sabe que la calma es temporal y que el verdadero corazón de la corrupción sigue aguardando en el Páramo de la Muerte.
Me mantuve al margen, apoyado contra la empalizada y observando el flujo cotidiano del enclave con frialdad, aguardando en silencio por si querían que interviniese para aportar lo poco que sabía.
La charla continuó profundizando en los viejos vínculos con el Enclave Esmeralda, los temas personales de mis dos compañeros y las nuevas generaciones de brotes naturales que pueblan el bosque.
Finalmente, tras despedirnos, nos retiramos cada uno por su lado.