Orador
Copia de fichas de Kronos
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Primeros pasos

La noche se cernía sobre un viejo camposanto cercano al invadido cementerio de Imnescar con una neblina espesa que se enredaba en las lápidas y en las ramas retorcidas de los cipreses. El aire olía a tierra húmeda y a hierro, como si los muertos respiraran por debajo. Yo caminaba detrás de la Maestra Vraska, con la capa pegada al cuerpo, intentando no quedarme atrás. A mi lado avanzaban Dorian, siempre en silencio con la mirada gélida; Druulxakmilesh, cuya figura dracónida imponía incluso entre sus iguales, acompañado por el inquebrantable golém que pisaba con un ritmo pesado; y al frente, como un estandarte de voluntad férrea, la Khazark Obara Alghul.
Obara nos había conducido hasta la entrada de una cripta olvidada, cuyas puertas de hierro estaban medio oxidadas y cubiertas de líquenes. Cuando se detuvo, se volvió hacia nosotros con los ojos brillando en la penumbra.
—En aquel entonces —dijo con voz grave, como si el viento mismo lo repitiera entre las tumbas— apenas era un aprendiz del Enclave de Athkatla. Fui presentado por un campeón de las tinieblas… un conde, un viejo comandante de la necrópolis de Emnekhul.
Yo contuve la respiración. Cada palabra de Obara era como fuego en mi pecho; ansiaba absorberlo todo, comprender los secretos que solo los Magos Rojos podían conocer.
—Respondía al nombre de Dahavryel —continuó, apoyando la mano sobre la piedra fría de la cripta—. Servía a una cohorte de vampiros rebeldes al statu quo. Formaron una familia que deseaba levantarse, dejar atrás el secretismo de las sombras. Eran la Casa de Alabastro.
Un escalofrío me recorrió. El nombre parecía resonar en las paredes como un eco prohibido. Vraska asintió levemente, como quien confirma un recuerdo, mientras el golém de Druulxakmilesh golpeaba la tierra con puños ciclópeos, arrancando terrones que revelaban raíces secas.
—Allí conocí a Miruh, aunque no como la conocéis ahora —dijo Obara, sonriendo con nostalgia amarga—, sino como una niña, apenas iniciada en la Urdimbre.
Me incliné hacia adelante sin poder evitarlo. ¿Miruh… una niña? ¿Y él la había visto crecer? La Maestra Vraska mantuvo la compostura, pero pude notar en su mirada el brillo de un secreto compartido.
Obara siguió:
—La Casa de Alabastro quería elevar una necrópolis a plena vista, recordando la grandeza de la Estirpe de la Noche, cuando la Joya Negra, un castillo que dominaba el Camino del Lago entre Crimmor y Amnagua, reinaba incluso sobre el día.
Una “noche eterna”, así la llamó. Imaginé torres de obsidiana, coronadas por cielos oscuros, vampiros gobernando con fasto desde tronos de hueso. Y a él, joven, aprendiendo a su sombra.
Entonces, sin aviso, un chirrido brotó desde dentro de la cripta. Las puertas fueron derribadas por los golems de los mahgos. Al abrirse un olor rancio escapó como un aliento antiguo. De la penumbra surgieron siluetas tambaleantes: insepultos, cadáveres descompuestos con ojos vacíos que brillaban con hambre de carne.
El golém de Druulxakmilesh arremetió de inmediato, derribando a dos con un solo golpe, mientras Dorian alzaba las manos para desatar llamas verdosas que se pegaban a los cuerpos secos. Yo intenté concentrarme, recordar los gestos y palabras que me habían enseñado… pero mis dedos temblaban. Vraska posó una mano sobre mi hombro, firme, cortante, como recordándome que debía aprender en medio de la guerra, no fuera de ella.
Obara no dejó de hablar ni siquiera mientras los insepultos caían bajo fuego, acero y magia.
—Yo aprendí al abrigo de aquellos duques y príncipes vampiros —dijo, trazando runas en el aire que desataron un rayo escarlata sobre una horda de muertos—. Les aconsejaba, mientras trazaba mi propia senda. Ahora todos yacen en la nada, pues adoraban a la nada… y en nada se convirtieron.
El combate fue breve pero brutal. Mis ropas se mancharon de cenizas y mi garganta ardía de repetir conjuros menores. Cuando el último cadáver se desplomó, la cripta volvió al silencio.
Obara avanzó entre los restos humeantes, su sombra alargándose en la luz de las antorchas. Se volvió hacia nosotros, su voz baja pero firme.
—Querían alzar aquí su ciudadela soñada —dijo, tocando una losa del suelo donde los golémes habían estado excavando—. Este lugar está sobre un nodo. Un punto de poder.
Dorian alzó una ceja.
—¿Y qué tiene de especial?
Obara sonrió con esa calma inquietante que siempre le acompañaba.
—Amn sufre tantas catástrofes porque está plagado de ellos. Nodos de poder, antiguos como la propia Urdimbre. Lugares donde no existen límites… ni de novena esfera, ni de nada. La magia fluye como en los tiempos antiguos.
Un estremecimiento me recorrió. Un mundo sin límites para la magia… ¿era posible?
Mientras salíamos de la cripta, aún con el eco de la batalla en los oídos, yo no podía pensar en otra cosa. Si de verdad existían esos nodos… si algún día lograba sentirlos bajo mi piel, beber de ellos, moldearlos… entonces no solo sería aprendiz. Sería una verdadera Maga Roja.
Y en la penumbra del cementerio, mientras la niebla se cerraba a nuestro paso, juré en silencio que algún día lo descubriría.
Obara nos había conducido hasta la entrada de una cripta olvidada, cuyas puertas de hierro estaban medio oxidadas y cubiertas de líquenes. Cuando se detuvo, se volvió hacia nosotros con los ojos brillando en la penumbra.
—En aquel entonces —dijo con voz grave, como si el viento mismo lo repitiera entre las tumbas— apenas era un aprendiz del Enclave de Athkatla. Fui presentado por un campeón de las tinieblas… un conde, un viejo comandante de la necrópolis de Emnekhul.
Yo contuve la respiración. Cada palabra de Obara era como fuego en mi pecho; ansiaba absorberlo todo, comprender los secretos que solo los Magos Rojos podían conocer.
—Respondía al nombre de Dahavryel —continuó, apoyando la mano sobre la piedra fría de la cripta—. Servía a una cohorte de vampiros rebeldes al statu quo. Formaron una familia que deseaba levantarse, dejar atrás el secretismo de las sombras. Eran la Casa de Alabastro.
Un escalofrío me recorrió. El nombre parecía resonar en las paredes como un eco prohibido. Vraska asintió levemente, como quien confirma un recuerdo, mientras el golém de Druulxakmilesh golpeaba la tierra con puños ciclópeos, arrancando terrones que revelaban raíces secas.
—Allí conocí a Miruh, aunque no como la conocéis ahora —dijo Obara, sonriendo con nostalgia amarga—, sino como una niña, apenas iniciada en la Urdimbre.
Me incliné hacia adelante sin poder evitarlo. ¿Miruh… una niña? ¿Y él la había visto crecer? La Maestra Vraska mantuvo la compostura, pero pude notar en su mirada el brillo de un secreto compartido.
Obara siguió:
—La Casa de Alabastro quería elevar una necrópolis a plena vista, recordando la grandeza de la Estirpe de la Noche, cuando la Joya Negra, un castillo que dominaba el Camino del Lago entre Crimmor y Amnagua, reinaba incluso sobre el día.
Una “noche eterna”, así la llamó. Imaginé torres de obsidiana, coronadas por cielos oscuros, vampiros gobernando con fasto desde tronos de hueso. Y a él, joven, aprendiendo a su sombra.
Entonces, sin aviso, un chirrido brotó desde dentro de la cripta. Las puertas fueron derribadas por los golems de los mahgos. Al abrirse un olor rancio escapó como un aliento antiguo. De la penumbra surgieron siluetas tambaleantes: insepultos, cadáveres descompuestos con ojos vacíos que brillaban con hambre de carne.
El golém de Druulxakmilesh arremetió de inmediato, derribando a dos con un solo golpe, mientras Dorian alzaba las manos para desatar llamas verdosas que se pegaban a los cuerpos secos. Yo intenté concentrarme, recordar los gestos y palabras que me habían enseñado… pero mis dedos temblaban. Vraska posó una mano sobre mi hombro, firme, cortante, como recordándome que debía aprender en medio de la guerra, no fuera de ella.
Obara no dejó de hablar ni siquiera mientras los insepultos caían bajo fuego, acero y magia.
—Yo aprendí al abrigo de aquellos duques y príncipes vampiros —dijo, trazando runas en el aire que desataron un rayo escarlata sobre una horda de muertos—. Les aconsejaba, mientras trazaba mi propia senda. Ahora todos yacen en la nada, pues adoraban a la nada… y en nada se convirtieron.
El combate fue breve pero brutal. Mis ropas se mancharon de cenizas y mi garganta ardía de repetir conjuros menores. Cuando el último cadáver se desplomó, la cripta volvió al silencio.
Obara avanzó entre los restos humeantes, su sombra alargándose en la luz de las antorchas. Se volvió hacia nosotros, su voz baja pero firme.
—Querían alzar aquí su ciudadela soñada —dijo, tocando una losa del suelo donde los golémes habían estado excavando—. Este lugar está sobre un nodo. Un punto de poder.
Dorian alzó una ceja.
—¿Y qué tiene de especial?
Obara sonrió con esa calma inquietante que siempre le acompañaba.
—Amn sufre tantas catástrofes porque está plagado de ellos. Nodos de poder, antiguos como la propia Urdimbre. Lugares donde no existen límites… ni de novena esfera, ni de nada. La magia fluye como en los tiempos antiguos.
Un estremecimiento me recorrió. Un mundo sin límites para la magia… ¿era posible?
Mientras salíamos de la cripta, aún con el eco de la batalla en los oídos, yo no podía pensar en otra cosa. Si de verdad existían esos nodos… si algún día lograba sentirlos bajo mi piel, beber de ellos, moldearlos… entonces no solo sería aprendiz. Sería una verdadera Maga Roja.
Y en la penumbra del cementerio, mientras la niebla se cerraba a nuestro paso, juré en silencio que algún día lo descubriría.
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