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El Mundo Carmesí de Leyna

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Primeros pasos​
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La noche se cernía sobre un viejo camposanto cercano al invadido cementerio de Imnescar con una neblina espesa que se enredaba en las lápidas y en las ramas retorcidas de los cipreses. El aire olía a tierra húmeda y a hierro, como si los muertos respiraran por debajo. Yo caminaba detrás de la Maestra Vraska, con la capa pegada al cuerpo, intentando no quedarme atrás. A mi lado avanzaban Dorian, siempre en silencio con la mirada gélida; Druulxakmilesh, cuya figura dracónida imponía incluso entre sus iguales, acompañado por el inquebrantable golém que pisaba con un ritmo pesado; y al frente, como un estandarte de voluntad férrea, la Khazark Obara Alghul.

Obara nos había conducido hasta la entrada de una cripta olvidada, cuyas puertas de hierro estaban medio oxidadas y cubiertas de líquenes. Cuando se detuvo, se volvió hacia nosotros con los ojos brillando en la penumbra.

—En aquel entonces —dijo con voz grave, como si el viento mismo lo repitiera entre las tumbas— apenas era un aprendiz del Enclave de Athkatla. Fui presentado por un campeón de las tinieblas… un conde, un viejo comandante de la necrópolis de Emnekhul.

Yo contuve la respiración. Cada palabra de Obara era como fuego en mi pecho; ansiaba absorberlo todo, comprender los secretos que solo los Magos Rojos podían conocer.

—Respondía al nombre de Dahavryel —continuó, apoyando la mano sobre la piedra fría de la cripta—. Servía a una cohorte de vampiros rebeldes al statu quo. Formaron una familia que deseaba levantarse, dejar atrás el secretismo de las sombras. Eran la Casa de Alabastro.

Un escalofrío me recorrió. El nombre parecía resonar en las paredes como un eco prohibido. Vraska asintió levemente, como quien confirma un recuerdo, mientras el golém de Druulxakmilesh golpeaba la tierra con puños ciclópeos, arrancando terrones que revelaban raíces secas.

—Allí conocí a Miruh, aunque no como la conocéis ahora —dijo Obara, sonriendo con nostalgia amarga—, sino como una niña, apenas iniciada en la Urdimbre.

Me incliné hacia adelante sin poder evitarlo. ¿Miruh… una niña? ¿Y él la había visto crecer? La Maestra Vraska mantuvo la compostura, pero pude notar en su mirada el brillo de un secreto compartido.

Obara siguió:

—La Casa de Alabastro quería elevar una necrópolis a plena vista, recordando la grandeza de la Estirpe de la Noche, cuando la Joya Negra, un castillo que dominaba el Camino del Lago entre Crimmor y Amnagua, reinaba incluso sobre el día.

Una “noche eterna”, así la llamó. Imaginé torres de obsidiana, coronadas por cielos oscuros, vampiros gobernando con fasto desde tronos de hueso. Y a él, joven, aprendiendo a su sombra.

Entonces, sin aviso, un chirrido brotó desde dentro de la cripta. Las puertas fueron derribadas por los golems de los mahgos. Al abrirse un olor rancio escapó como un aliento antiguo. De la penumbra surgieron siluetas tambaleantes: insepultos, cadáveres descompuestos con ojos vacíos que brillaban con hambre de carne.

El golém de Druulxakmilesh arremetió de inmediato, derribando a dos con un solo golpe, mientras Dorian alzaba las manos para desatar llamas verdosas que se pegaban a los cuerpos secos. Yo intenté concentrarme, recordar los gestos y palabras que me habían enseñado… pero mis dedos temblaban. Vraska posó una mano sobre mi hombro, firme, cortante, como recordándome que debía aprender en medio de la guerra, no fuera de ella.

Obara no dejó de hablar ni siquiera mientras los insepultos caían bajo fuego, acero y magia.

—Yo aprendí al abrigo de aquellos duques y príncipes vampiros —dijo, trazando runas en el aire que desataron un rayo escarlata sobre una horda de muertos—. Les aconsejaba, mientras trazaba mi propia senda. Ahora todos yacen en la nada, pues adoraban a la nada… y en nada se convirtieron.

El combate fue breve pero brutal. Mis ropas se mancharon de cenizas y mi garganta ardía de repetir conjuros menores. Cuando el último cadáver se desplomó, la cripta volvió al silencio.

Obara avanzó entre los restos humeantes, su sombra alargándose en la luz de las antorchas. Se volvió hacia nosotros, su voz baja pero firme.

—Querían alzar aquí su ciudadela soñada —dijo, tocando una losa del suelo donde los golémes habían estado excavando—. Este lugar está sobre un nodo. Un punto de poder.

Dorian alzó una ceja.
—¿Y qué tiene de especial?

Obara sonrió con esa calma inquietante que siempre le acompañaba.

—Amn sufre tantas catástrofes porque está plagado de ellos. Nodos de poder, antiguos como la propia Urdimbre. Lugares donde no existen límites… ni de novena esfera, ni de nada. La magia fluye como en los tiempos antiguos.

Un estremecimiento me recorrió. Un mundo sin límites para la magia… ¿era posible?

Mientras salíamos de la cripta, aún con el eco de la batalla en los oídos, yo no podía pensar en otra cosa. Si de verdad existían esos nodos… si algún día lograba sentirlos bajo mi piel, beber de ellos, moldearlos… entonces no solo sería aprendiz. Sería una verdadera Maga Roja.

Y en la penumbra del cementerio, mientras la niebla se cerraba a nuestro paso, juré en silencio que algún día lo descubriría.​
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Jugando con la muerte
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El aire de las cuevas era pesado, húmedo, impregnado de un hedor que me revolvía el estómago. Nunca había estado tan cerca de la podredumbre de la no-muerte, y aunque había ensayado mentalmente este momento decenas de veces, nada podía compararse con la crudeza de verlo con mis propios ojos.

Los insepultos se arrastraban en la penumbra, sus ojos vacíos fijos en nosotros como brasas apagadas, y yo podía sentir cómo algo frío me raspaba por dentro.

Vraska iba delante, su silueta recortada por la tenue luz de la antorcha de Obara. La maestra tieflin, con su porte inmutable, parecía no temer a nada. Su voz era firme, como si cada palabra estuviera ya escrita en el destino:

—Hoy aprenderás lo que significa devolver a la tumba lo que no es de utilidad fuera, Leyna.

Detrás de mí, Ashar avanzaba como una sombra inquieta. Sus espadas brillaban con cada giro de su muñeca, veloces, aunque a menudo sus cortes se perdían en la osamenta de los tumularios sin el efecto que él esperaba. Lo oía murmurar entre dientes, frases rotas, diálogos con voces que yo no escuchaba. Y, sin embargo, su presencia me tranquilizaba: era el muro que me separaba de esos horrores. Un muro quebrado, sí, pero firme.

Me obligué a fijar los ojos en Vraska. Ella levantó una mano y pronunció palabras que vibraron en el aire, cargadas de un poder que nunca había sentido tan cerca. La energía de la esfera sexta se materializó con un murmullo profundo, casi como un latido, y los insepultos retrocedieron, aunque sus cuerpos no conocieran el miedo.

—De la muerte viviente… a la muerte —entonó mi maestra, y una oleada oscura, ardiente, arrasó a tres de ellos de golpe, devolviendo sus cuerpos a un polvo reseco que cayó sobre la piedra.

Obara observaba en silencio, los ojos fijos en cada gesto de la maestra. No se movía, no interfería, pero sabía que cada detalle quedaba registrado en su memoria como un escriba invisible. Su sola mirada me hacía consciente de que no había lugar para el error.

Yo respiré hondo y tracé el gesto que había practicado en el enclave. Mis manos temblaban, pero aun así, la luz del conjuro salió disparada y dio en el pecho de un tumulario que se tambaleó, lo suficiente para que Ashar lo atravesara con un corte brutal. El guerrero rió, un sonido quebrado y breve, antes de volver a callar y a hundirse en su propio murmullo.

El combate fue un torbellino de sombras y energía. Yo me repetía cada palabra de Vraska, cada matiz, intentando absorber su conocimiento como agua en la arena. Y mientras el eco de su conjuro se repetía, aprendí la verdad más dura: la no-muerte no se combate con piedad, sino con resolución.

Cuando el último de los insepultos cayó, el silencio fue tan denso que casi dolía. Ashar limpió sus hojas en la túnica desgarrada de un cadáver. Obara asintió levemente, como si hubiera aprobado un examen invisible.

Vraska se volvió hacia mí, sus ojos rojos brillando con la tenue luz de la antorcha.

—Has dado tu primer paso, aprendiz. Recuerda lo que viste hoy: la muerte debe permanecer donde pertenece, siempre que no sea útil.

Yo bajé la mirada, aún con el corazón latiendo con fuerza, y me prometí no olvidar jamás ese instante.​
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Enseñanzas de una maga roja
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La mansión de Mordenkainen, oculta en los márgenes del plano material, era un derroche de fastuosidad. Sus paredes estaban adornadas con tapices élficos que brillaban como si hubieran sido tejidos con hilos de luna, y los suelos, pulidos hasta la perfección, reflejaban cada destello de los candelabros encantados que flotaban sobre la sala de estudio. En las vitrinas descansaban artefactos arcanos que parecían observar a quien se atreviese a mirarlos demasiado tiempo, y el aire olía a pergamino antiguo y especias orientales.
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Leyna, sentada con la espalda recta en una silla demasiado grande para su edad, observaba cada detalle con ojos negros y atentos. Su cuaderno, repleto de runas torcidas y apuntes frenéticos, descansaba abierto sobre la mesa de ébano bruñido.

Frente a ella, de pie con la seguridad de quien había doblegado más de una mente en combate, estaba Vraska, la maga roja del enclave thayino de Athkatla. Sus ojos amatistas brillaban como carbunclos en penumbra, observando a su pupila con la paciencia de un depredador que mide a su presa.

—Lo cierto es que cada arcano en el enclave tiene este poder y conocimiento… —dijo Vraska, su voz grave reverberando en la sala—. Con el tiempo podrás cargar con lo mismo… o no.

Leyna inclinó la cabeza, tragando saliva.

—Si lo alcanzo, maestra… y si aún deseo más, ¿me enseñará a usar esos conjuros contra mis enemigos?

La sonrisa de Vraska fue apenas un suspiro en sus labios, mientras asentía con levedad.

—Puedo enseñarte a matar con ellos.

Leyna bajó la mirada, pero sus dedos apretaron la pluma con fuerza.

La lección continuó como un río de saber arcano. Vraska explicaba los misterios de los conjuros que desgarraban la mente y petrificaban la carne, y Leyna tomaba notas con rapidez, apenas pudiendo seguir el torrente de conocimiento.

—La carne a la piedra… —Vraska caminó lentamente alrededor de la mesa, sus dedos rozando un globo terráqueo encantado que giraba sobre sí mismo—. Es un conjuro efectivo, pero depende de la resistencia de la criatura. Los magos, incluso, pueden salvarse si conocen el hechizo. No por fuerza física… —se señaló la sien—, sino aquí.

Leyna asintió, sus ojos brillando de curiosidad. Conocimiento es poder, pensó, y aquella certeza se grabó en su mente como una runa ardiente.

Vraska continuó, su tono tan seguro como el de un general en el campo de batalla.

—Pero existen hechizos que no dejan escapatoria. La tormenta de hielo, por ejemplo… caerá inexorable sobre tus enemigos, como si Beshaba misma lanzara su maldición helada.

Leyna imaginó la escena: casquetes de hielo triturando huesos, un campo de batalla teñido de blanco y sangre. Su pluma casi rasgó el pergamino al anotarlo.

—Entiendo… —dijo con voz baja—. Aquellos que se protejan contra el frío, recibirán menos daño, ¿cierto?

—Así es. Y para reducirlo, existen defensas elementales: escudo de fuego, protección contra elementos, barrera de energía… —
enumeró la maestra con calma, como quien recita una plegaria conocida—. Pero todo escudo puede romperse. Conjuros como ruptura menor o ruptura mayor desgarrarán esas defensas y dejarán vulnerable al rival.

Leyna trataba de escribirlo todo, sus dedos manchados de tinta luchando por no perder detalle.

Entonces, Vraska buscó entre su bolso de cuero teñido de rojo sangre y extrajo un pergamino enrollado. Lo extendió hacia su alumna con un gesto solemne.

—Creo que ya manejas la cuarta esfera a la perfección.

Con manos temblorosas, Leyna lo tomó. El pergamino estaba sellado con un símbolo arcano que pulsaba como un corazón vivo.

—Ese conjuro… —continuó Vraska—. No solo romperá las defensas de tu oponente, sino que también reducirá su resistencia a la magia. Imagina la magia como un líquido que se filtra en un estanque con una grieta…

Leyna levantó los ojos del pergamino, sus labios formando una tenue sonrisa.

—Tendré que estudiar bien en qué momento usarlo.

Vraska la observó en silencio durante unos segundos, como evaluando algo más que sus palabras.

—Básicamente es eso. Y si alguna vez te enfrentas a una criatura resistente a la magia… ese conjuro abrirá la puerta. Y tras la puerta, Leyna… siempre hay una oportunidad para la muerte.

El silencio llenó la sala, roto solo por el crepitar de las velas encantadas. Afuera, la mansión flotaba en su propio bolsillo de realidad, mientras el universo contenía la respiración.

Leyna, con su cuaderno lleno de runas y el pergamino ardiente entre sus dedos, supo que ese día había cruzado un umbral del que jamás podría regresar.​
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El Ojo de Kossut
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El Caravasar quedaba atrás, perdido en la bruma de polvo y piedra. Leyna avanzaba con paso firme, aunque su corazón latía con el vértigo del aprendiz que aún no se ha probado en el fragor de la batalla. A su lado, los colosos de poder y conocimiento que eran Obara Alghul y Vraska caminaban como si todo el sendero les perteneciera. Detrás, Dorian observaba con la prudencia del estudioso, y Ashar, siempre desquiciado, acariciaba con ansias las empuñaduras de sus dos espadas cortas, como si la sangre de los enemigos fuese su única brújula.

El grupo atravesaba los Dientecillos, un paso traicionero de montículos negros y afilados, como las fauces petrificadas de un titán. Allí, los emboscadores aguardaban: bandidos, kobolds esclavistas, criaturas menores convocadas por hechicería. No importaba. Con cada enfrentamiento, los enemigos caían uno tras otro, deshechos en fuego helado o acero.

Y entonces, Obara levantó su báculo carmesí, entonando un cántico prohibido que helaba la sangre. Desde los abismos de Baator, un rugido metálico respondió: un baatezu, un coloso infernal de piel acerada, alas de cuchilla y ojos como carbones encendidos, emergió entre llamas negras. Su sola presencia doblegó a los enemigos más osados.

No menos terrible fue Vraska, quien alzó las manos con un gesto convulso, desatando el caos primordial. El aire se desgarró como un paño rasgado y, de él, surgió un slaad gris, corpulento, deforme, su boca rebosante de colmillos que chasqueaban con hambre por la entropía. Allí donde el baatezu representaba el orden cruel del Infierno, el slaad era el caos absoluto de la disonancia planares. Entre ambos, los enemigos no tuvieron más que rendirse o ser aniquilados.

Leyna contemplaba atónita. Aquellas criaturas eran pesadillas que la mayoría de aprendices solo conocían por los grimorios prohibidos. Y, sin embargo, Obara y Vraska las manejaban como instrumentos, piezas de una orquesta de destrucción.

Finalmente, tras días de avance, se alzó ante ellos el Ojo de Kossut, el volcán cuyo nombre temía pronunciar incluso un mago rojo de Thay. La montaña ardía con respiración propia; ríos de magma cruzaban sus laderas como venas palpitantes. Los gigantes de fuego patrullaban sus bordes, y los elementales de magma se alzaban del suelo como brazos incandescentes que buscaban arrastrarlos al abismo.

Allí, Obara y Vraska dieron su lección más memorable.

—Los fuegos solo temen al frío —tronó Obara, y con un gesto abrió en el aire una lanza de hielo puro que atravesó el pecho de un elemental.

—Y el frío es el filo que corta la arrogancia de Kossut —añadió Vraska, liberando una lluvia de escarcha que cayó como cuchillas sobre los gigantes.

Leyna, repitió sus gestos, apenas logrando invocar un tenue chorro de escarcha que chisporroteó en la piel ardiente de un enemigo. Y sin embargo, aquella pequeña chispa fue su primera victoria real.

Más adentro, entre los vapores tóxicos y las cavernas iluminadas por lava, Obara alzó la voz para instruirlos:

—En estas rocas crece un hongo único, el lumicae obturia. Potencia conjuros de fuego, y en rituales de convocación es insustituible.

Leyna escuchaba con fascinación, hasta que no pudo contenerse:

—¿Y se recolecta de forma normal?

—Así es —
respondió Obara, solemne—. Pero cuidado. El Señor de las Llamas vigila incluso las más pequeñas de sus semillas.

Vraska añadió con su tono cortante:

—En lo profundo encontraréis criaturas con cuerpo de serpiente y rostro humanoide. Custodian los senderos. No subestiméis su fervor.

Leyna observaba el hongo señalado por Obara: una mancha luminosa que palpitaba sobre la roca ardiente.

—¿Es posible cultivarlos? —preguntó Dorian, curioso.

—Si replicas el calor y la atmósfera, sí —respondió Vraska.

—Pero ingerirlos… —continuó Obara, posando su mirada en Ashar— provocaría una fiebre catártica que os destruiría desde dentro.

Ashar rió como si aquello fuese una invitación.

Más adelante, entre ecos de magma, hablaron de los Azers, los enanos de fuego que custodiaban los corredores del volcán. Y de algo aún más oscuro:

—El Guardián —dijo Obara, grave—. Su esencia está entrelazada con el Ojo mismo.

En ese instante, mientras la lava se agitaba con un rugido como de dragón dormido, Leyna comprendió. Todo lo aprendido, cada mirada de sus maestros, cada palabra sembrada en la roca ardiente de aquel volcán, era el preludio de algo mayor.

Porque, cuando Obara declaró:

—Con el tiempo, este volcán será nuestro—

Leyna sintió que esa ambición también le pertenecía.

El futuro de los magos rojos se escribiría con fuego, caos y hierro infernal. Y ella sería una de las plumas que lo trazara.

El Ojo de Kossut ardía ante ellos. Y por primera vez, Leyna no tuvo miedo.​
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Camino carmesí ​
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Nunca pensé que mis días en el enclave de Athkatla transcurrirían tan deprisa. Cada jornada comienza con el mismo repicar de pasos y voces en los pasillos, el olor metálico del incienso que impregna las cámaras de estudio y la sensación de que estoy, poco a poco, siendo moldeada en algo distinto a lo que fui cuando llegué: una aprendiz, que aunque muy segura de sí misma, con más entusiasmo que talento.
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Ahora… ahora me siento distinta.

Obara, el Khazark del enclave, siempre encuentra un momento para detenerse a hablar conmigo. Sus palabras son como acero envuelto en terciopelo: firmes, a veces duras, pero siempre claras. No desperdicia aliento en halagos vacíos; cada consejo suyo me obliga a ver mis debilidades y, al mismo tiempo, a descubrir fortalezas que no sabía que poseía. Él dice que un aprendiz que no es útil a Thay es como un tomo vacío en una biblioteca ardiendo: prescindible. Su severidad me asusta, pero también me inspira. Me pregunta con frecuencia por mis estudios de transmutación, como si viera en esa senda un eco de mi futuro.

Dorian, en cambio, es un hombre sombrío. Su mirada parece clavarse en mi carne, como si ya calculara cuántos huesos y músculos sostienen mi cuerpo. Pero no me trata con desprecio; al contrario, se toma la molestia de explicarme matices de la nigromancia que los textos callan. “La muerte es obediente, Leyna”, me dijo una vez, mientras me mostraba cómo un cadáver podía convertirse en un sirviente dócil con las palabras adecuadas. “Lo difícil es que la obedezcan los vivos.” No estoy segura de querer adentrarme demasiado en ese arte, pero lo que aprendo de él me enseña respeto, disciplina y un entendimiento más amplio de la magia.

Vraska… oh, Vraska. A veces me pregunto si ella me ve como discípula, como protegida, o quizás como algo más profundo. Siempre está pendiente de mí, incluso cuando intento disimular mis errores. Su fe me sostiene. Su ascendencia tiefling la ha hecho fuerte, desconfiada del mundo, y quizá por eso cree en mí con tanta convicción: porque sabe lo que significa que nadie crea en uno. Es ella quien celebra mis progresos en evocación, quien me anima a no temer al fuego ni a la tormenta. Cuando mis manos tiemblan al canalizar energía, ella está allí para sujetarlas. Cuando fallo, sonríe y me recuerda que el verdadero fracaso sería no intentarlo de nuevo.

Shazzar y Khamul… ellos me observan, sí, pero rara vez intervienen. No me desprecian, lo sé; simplemente no creen que merezca aún su tiempo. Me cruzo con ellos en los salones del enclave, sus túnicas rojas ondeando como llamas vivas, y me pregunto si algún día me verán como una igual. A veces imagino que sonríen con cierto orgullo cuando me ven progresar, aunque nunca lo digan.

Entre todos ellos, siento que avanzo a pasos firmes. He logrado dominar con más soltura los conjuros de transmutación; me maravilla alterar la esencia de las cosas, sentir cómo la realidad cede bajo mi voluntad. Y la evocación… esa escuela despierta en mí algo visceral, casi salvaje. El poder del rayo, el rugido del fuego, el latido de la magia en el aire… No hay nada comparable.

Y, sin embargo, cada noche, antes de dormir, me asalta la misma pregunta: ¿cuándo llegará el día en que me llamen “maga roja”? ¿Cuándo dejaré de ser aprendiz y me envolveré yo también en la túnica carmesí con el orgullo de quien ha demostrado su valía?

Sé que aún falta camino. Pero cada palabra de Obara, cada lección oscura de Dorian, cada gesto protector de Vraska, cada mirada distante de Shazzar y Khamul… todo ello me acerca un poco más.

Y aunque todavía no vista el rojo de Thay, mi fuego arde con la promesa de que un día lo haré.​
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Aprendizaje​
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Entre las murallas sombrías del enclave thayino en Athkatla, donde el olor a pergamino viejo se mezclaba con el incienso de laboratorios ocultos, Leyna pasaba horas frente a los grimorios encuadernados en piel. Las letras arcanas danzaban en su mente, como si la urdimbre respondiera al susurro de su voluntad.

Su especial atención recaía en los tratados de transmutación y evocación, artes en las que ya despuntaba con brillo propio. Bajo la mirada inquisitiva de Vraska, la tiefling de ojos como carbones encendidos, Leyna aprendía a convertir el mero estudio en armas letales. Vraska no le permitía descanso:

—No basta con saber cómo alterar la materia, niña. Debes aprender a usarla para doblegar al enemigo antes de que piense en alzar su mano contra ti.

Los ejercicios eran extenuantes, pero poco a poco el aire respondía a sus gestos, las piedras se volvían flexibles como arcilla y las llamas surgían a un chasquido de dedos.

Por otro lado, Dorian, con su voz grave y calma casi paternal, le mostraba un camino más oscuro. Era nigromante, y aunque Leyna no buscaba especializarse en esa senda, escuchaba con atención sus lecciones. Dorian sabía que la comprensión de la muerte daba poder sobre la vida, y quería que la joven viese más allá de los prejuicios. Incluso Shazzar, más distante y frío, se acercaba a veces, observando con ojos de sombra, juzgando su talento como quien evalúa un arma que podría ser peligrosa en las manos equivocadas.

Khamul, en cambio, rara vez se interesaba. Su voz era seca, sus consejos escasos, como si su atención estuviese siempre en otro plano. Pero incluso su indiferencia enseñaba a Leyna a ser paciente, a no depender del entusiasmo ajeno para seguir avanzando.

El más severo y, a la vez, más influyente era Obara, khazark del enclave. No solo le enseñaba conjuros ni fórmulas arcanas: le mostraba cómo moverse en los pasillos de mármol negro, cómo inclinar la cabeza en presencia de un superior, qué palabras usar para que cada silencio pesara como una sentencia. Le hablaba de la grandeza de Thay, de las intrigas del enclave en Athkatla y de la delgada línea entre respeto y temor.

Fue él quien, una noche en la sala de audiencias iluminada por antorchas verdes, le dio la noticia:

—Druulxakmilesh ha muerto. —Su voz era firme, sin rastro de emoción—. Recuerda, Leyna, que en Thay incluso la muerte es un maestro. Aprende de ella.

Aquella revelación la sacudió. Comprendió entonces que su sendero en la urdimbre no era solo un asunto de poder, sino de destino. Y mientras volvía a sus libros, rodeada de sombras y maestros exigentes, sintió que las hebras invisibles de la magia se volvían cada vez más dóciles en sus manos. Como si la urdimbre misma, reticente al principio, hubiese decidido reconocerla.

Y así, en el enclave thayino de Athkatla, Leyna no solo estudiaba. Estaba forjando la maga roja que un día sería temida y respetada.​
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Archanum​
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El día de Leyna comenzó temprano, con el aire frío de Athkatla enrareciéndose a medida que se acercaba a la Archanum Schola. La aprendiz cruzó los patios silenciosos y los pasillos decorados con símbolos arcanos, consciente de que lo que iba a escuchar ese día no era una mera lección, sino una aproximación a un conocimiento que rozaba lo prohibido.
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La sala de estudio era amplia, de muros recubiertos con piedra oscura y apenas iluminada por lámparas mágicas que nunca parpadeaban. En el centro, ante un semicírculo de estudiantes, aguardaba Katia Naxxremis, erguida y severa, con la voz medida de quien no necesita imponerse más que con la certeza de sus palabras.

La lección versó sobre el Plano Sombrío, conocido también como el Shadowfell. Katia lo describía como un reflejo marchito del mundo material, una réplica despojada de vitalidad, donde la luz apenas existe y la esperanza se consume. Habló de los paisajes desolados, de las ciudades sin alma y de las ruinas perpetuas que lo pueblan, atrapadas en una penumbra interminable. Leyna escuchaba con atención reverente, anotando mentalmente cada matiz, cada advertencia.

Se describieron también las criaturas que lo habitan: espectros que parecen prolongaciones de la propia oscuridad, muertos inquietos atraídos por la desesperanza, y seres extraños nacidos de la ausencia de vida. No era una exposición destinada a inspirar miedo, sino a transmitir respeto por la magnitud de aquello que se estudia. Katia no levantó la voz ni mostró gesto alguno, y sin embargo, el peso de sus palabras se grababa con fuerza en quienes las escuchaban.

Cuando la lección concluyó, Leyna fue conducida a una estancia aparte, donde aguardaba la entrevista. La sala estaba envuelta en un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el leve crujido de los libros encuadernados en cuero y hierro que llenaban las estanterías. Allí, Katia se limitó a observarla con detenimiento, y Leyna entendió que había llegado el momento de mostrar quién era y qué deseaba.
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Con serenidad, dejó que su pensamiento se desplegara como respuesta a las preguntas implícitas. Su ingreso en la Archanum no era un capricho, sino el siguiente peldaño en su búsqueda de poder. Aspiraba a comprender la urdimbre más allá de las enseñanzas rígidas de su enclave. En su interior, el estudio de la transmutación y la evocación brillaba con un interés especial. Fruto de la disciplina a la que se había sometido como aprendiz roja, aunque no deseaba limitarse a ese único sendero.

La entrevista fue breve, Katia se mostró gentil, agradable y sonriente. Tras ello le mostró la estancias de la universidad y le hizo entrega de unos enseres básicos que se le conceden a todos los alumnos.​
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Aprender o morir
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La cadena, el anillo y mi varita, un recordatorio de lo que podría llegar a ser si demostraba mi valía… o de lo que jamás alcanzaría si fracasaba. Me pesaba sobre los hombros como un juramento.

Dorian, mi maestro, caminaba delante de mí con la seguridad del que no teme a nada. Su sombra parecía más grande que él mismo, y yo me sentía diminuta a su lado. Arizima, con su poder palpable y su séquito de no-muertos, marchaba tras nosotros con una sonrisa oscura, disfrutando del hedor a podredumbre que la acompañaba. Khamul, en cambio, era silencio puro; sus ojos parecían evaluar cada respiración mía, cada paso, como si pudiera descubrir en ellos mis debilidades.

Esa noche íbamos a la cabaña donde Arizima había alzado a unos bandidos caídos. Sus cadáveres reanimados aguardaban, inmóviles y obedientes, junto a su siervo habitual: una aberración tan poderosa que rivalizaba con Paco, el esqueleto favorito de Dorian.

No tardamos en encontrar resistencia. La puerta de la cabaña se abrió de golpe y un hombre gigantesco emergió. Era un bandido, pero nada común: sus brazos parecían troncos, y su mirada era la de un depredador acorralado. Empuñaba su mandoble como si fuera una extensión de su cuerpo.

Los no-muertos se abalanzaron, y yo… me quedé paralizada. No había visto antes la crudeza real de un combate: huesos rotos, cuerpos desgarrados, el sonido de carne contra acero. Cada latido me retumbaba en los oídos.

—Muévete —susurró Dorian, sin mirarme, como si supiera lo que pasaba dentro de mí.

Tragué saliva y recordé las lecciones, las noches interminables sobre grimorios que olían a polvo y sangre seca. Alcé las manos, pronuncié las sílabas prohibidas y liberé la energía. El conjuro se me escapó con un rugido que no parecía mío: Polimorfar Funesto.

Vi cómo el bandido, todavía rugiendo de furia, se encogía entre chillidos grotescos hasta transformarse en un cerdito rosado y tembloroso. Fue tan ridículo que por un instante casi reí… hasta que los no-muertos lo destrozaron de dos golpes secos, dejándolo inmóvil en el suelo manchado de barro y sangre.

Me quedé complacida. Mi primer enemigo real, reducido a nada gracias a mí y mi habilidad con esa escuela de magia. Los secuaces no dudaron en acabar lo que yo había empezado. Sentí orgullo.

Dorian sonrió sorprendido.

Arizima sonrió, divertida, mientras acariciaba la calavera de su monstruo alzado. Khamul apenas asintió, pero sus ojos brillaban con un destello calculador. Dorian, en cambio, me miró un instante y dijo:

—No lo hiciste mal… para una aspirante.

El aire se tensó en mis pulmones, pero me obligué a caminar con ellos. Aquello no había terminado. La verdadera prueba nos aguardaba en el cubil de los gnolls, donde su líder, un bruto sarnoso y enorme, ya estaba esperando, ansioso por desgarrar carne fresca.

Y allí, lo supe, no bastaría con un simple cerdito.

El camino hacia el cubil de los gnolls fue un descenso hacia la oscuridad. Cada paso nos alejaba de la relativa seguridad de Athkatla, y con él crecía la sensación de que estaba a punto de enfrentar algo mucho más grande que el bandido de la cabaña. Los aullidos se escuchaban incluso antes de llegar, largos, graves, cargados de furia y hambre.

El hedor de las bestias era insoportable cuando nos internamos en la cueva. Las paredes estaban manchadas de sangre seca y huesos roídos. Los ojos amarillos de los gnolls nos acechaban desde la penumbra como brasas encendidas.

—Hoy serás tú quien lidere el ataque, —dijo Dorian en voz baja, sin apartar la vista del interior.

Asentí en un gesto “frío”. No sabía si era una lección o una sentencia, pero asentí.

Los gnolls surgieron como una ola. Eran altos, musculosos, con hocicos babeantes y armas improvisadas en las manos. Los no-muertos de Arizima y Dorian se adelantaron como un muro de huesos y carne podrida, resistiendo los primeros embates. Yo apenas podía respirar.

Y entonces apareció él: el líder. Un monstruo aún más alto que los suyos, con cicatrices en el hocico y una lanza enorme en la mano. Su rugido hizo temblar la caverna, y yo sentí que mis rodillas cedían un instante. Sus ojos se fijaron en mí, como si me hubiera escogido a mí entre todos.

Corría el riesgo de paralizarme, de fracasar. Pero entonces recordé al cerdo, el poder que había fluido por mí en la cabaña. Respiré hondo, levanté mis manos y conjuré un “de la carne a la piedra”. El hechizo salió y aquella bestia quedó como una estatua.

El líder rugió con más fuerza, y se lanzó hacia mí. Vi cómo Dorian levantaba una mano ordenando a su secuaz destruir a esa bestia apestosa.

El gnoll estaba a pocos pasos cuando desaté un conjuro que había practicado hasta la extenuación: un muro de fuego carmesí que brotó del suelo y lo envolvió. Chilló como un perro quemado, retrocediendo, furioso.

—¡Ahora! —grité, y los no-muertos de Arizima y un aliado de Khamul se lanzaron sobre él como una tormenta de garras y huesos.

El combate fue brutal. El gnoll destrozaba esqueletos con cada golpe, arrancaba brazos y cráneos, pero la marea era inagotable. Yo sentía cómo la magia se drenaba de mis venas, como si me arrancaran la vida misma, pero no me detuve. Cada vez que el líder lograba liberarse, yo lo alcanzaba con otro hechizo: fuego, sombra, miedo.

Finalmente, con un rugido ahogado, el gnoll cayó bajo el peso de los no-muertos, que lo desgarraron hasta que no quedó nada más que carne destrozada y silencio.

Me quedé jadeando, temblando, con las manos aún alzadas. La cueva olía a muerte y humo.

Dorian se acercó, mirándome con esos ojos fríos que nunca dejaban entrever nada.

—No está mal… nada mal… —dijo.

Arizima rió suavemente, divertida por mi agotamiento, mientras su monstruo recogía lo que quedaba del líder gnoll como si fuera un trofeo. Khamul no dijo nada, pero me observaba con ese brillo inquisitivo, como si ya estuviera calculando mi futuro.

Yo me limité a respirar hondo y a apretar los puños. Porque entendí algo esa noche: la senda de los Magos Rojos no era solo poder… era sobrevivir donde otros caían. Y yo había sobrevivido.​
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Clase de defensa arcana II​
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El aula de prácticas de la Archanum Schola olía a yeso quemado y a pergamino recién copiado. Las ventanas altas dejaban entrar la luz gris de Athkatla, moteando las losas del suelo y el polvo de tiza que se alzaba en el aire con cada gesto de la maestra. Leyna ocupaba un pupitre al fondo, con la espalda recta y el mentón bajo, como acostumbraba: perfil discreto, palabra medida, atención implacable. Había aprendido pronto que en aquella universidad las miradas largas podían atraer preguntas, y las preguntas, revelaciones que ella no estaba dispuesta a conceder.
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La maestra Gwenaelle de Argluna se plantó frente al semicírculo de aprendices con la seguridad de quien sabe que sus frases pesan más que el aire. Su capa azul oscuro, marcada con los símbolos de la Schola, parecía extender su sombra sobre todos.

—Hoy —anunció, con voz clara— retomaremos el Módulo II de Defensa Arcana. Conjuraciones a la defensiva, y la importancia de contraconjurar.

Leyna escuchaba sin mover una pestaña. Sabía lo que era contraconjurar: interrumpir el flujo de un rival antes de que la magia se tornara fuego o hielo en el aire. En Thay lo habían elevado a un arte de supervivencia. Pero allí, en la Schola, lo explicaban con calma, con metáforas, como si uno pudiera practicar la teoría sin tener a un superior mirando con ojos de cuchilla.

Gwenaelle mostró como contaconjurar contra un oponente y dejó ver que contra varios la técnica del contraconjuro no era idónea. Tras ello planteó los supuestos.

Primer escenario.

—Un grupo de arcanistas enemigos invoca una lluvia de proyectiles mágicos sobre ustedes. ¿Cómo se defienden?

Leyna no dudó.

—Escudo.

El asentimiento de la maestra fue inmediato. Un eco de orgullo recorrió en silencio el pecho de la joven, aunque su rostro permaneció inmutable.

Segundo escenario.

—Un mausoleo infestado de muertos vivientes incorpóreos. ¿Qué cautela tomarían?


Krab, con su entusiasmo habitual, musitó algo de “Protección contra el mal”. Leyna repitió la respuesta, sabiendo que era incompleta pero incapaz de arriesgar una opción distinta. Gwenaelle ladeó la cabeza.


—Eso les servirá de forma tangencial —corrigió con severa paciencia—. Los incorpóreos se alimentan de la energía vital. La defensa adecuada es Protección contra Energía Negativa… o un Escudo Sombrío.

Tercer escenario.

—Un gólem en las bodegas de las Agujas de Oro.


Leyna fue rápida:

—Son inmunes a la magia.

La maestra asintió, aunque completó:

—Un gólem puede dañarse al golpear contra escudos elementales, como la Vaina Ácida de Mestil. Y si lo combinan con Piel Pétrea, prolongarán la contienda.

Cuarto escenario.

—Una turba de trasgos armados con hondas y arcos.

Leyna respondió con confianza:

—Muro de viento.

Un silencio breve. Gwenaelle sonrió, casi compasiva.

—Una opción vistosa, pero ineficaz aquí. El conjuro exacto es Protección contra Flechas.

Leyna se mordió el labio por dentro. Había errado.

Quinto escenario.

—Un mago enemigo se oculta tras la invisibilidad. ¿Qué hacen?

Leyna habló con cautela:

—Ver lo Invisible… Visión Verdadera.

Krab, jocoso, se encogió de hombros.

—Yo me haría invisible también.

La carcajada apagada arrancó incluso una sonrisa a Gwenaelle.

—Buen instinto, aunque lo superior sería una Excursión Etérea. Pero recuerden: incluso en el Étereo, un ojo con Visión Verdadera les verá.

Sexto escenario.

—Un gusano púrpura. ¿Qué conjuro prevendría la catástrofe?

Lorien, prudente, sugirió investigar primero. Los demás callaron. Gwenaelle dio la pista: “sus aullidos llevan a la confusión”.

Leyna respondió al fin, insegura:

—Claridad…

Gwenaelle negó suavemente.

—Mente en Blanco. Esa es la salvaguarda real.

Séptimo escenario.

—Si deciden tratar con un ente de los Planos Exteriores, ¿qué conjuro deben preparar antes que ninguno?

Krab mencionó protecciones elementales, Leyna lo secundó. Fue Mernalyn quien dio con la clave:

—Protección contra alineamiento.

Gwenaelle asintió solemnemente.

—Exacto.

Los escenarios se sucedieron con esa mezcla de academia y peligro práctico que la Schola convertía en rutina. Leyna se mantuvo al margen de risas y exclamaciones, recogiendo cada respuesta como piezas de un rompecabezas que algún día necesitaría de verdad, lejos de pizarras y aulas.

Cuando el repaso terminó, los alumnos comenzaron a recoger sus cosas. Los selunitas oyentes se marcharon entre murmullos. Krab aún bromeaba con Mernalyn sobre “puñetazos en los dientes incorpóreos”.

Gwenaelle se detuvo ante Leyna, que guardaba en silencio su pluma y sus notas.

—Espero que esto os haga ver que hay alternativas, —dijo, con tono suave, casi maternal.

Leyna levantó la mirada un instante. En los ojos de la maestra vio un destello de comprensión, o quizá de advertencia. Simplemente inclinó la cabeza en un gesto respetuoso. — Gracias por sus enseñanzas maestra Gwenaelle—

La clase había terminado, pero pronto se sucederá otra.​
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Principios generales de la magia​
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El mármol frío bajo sus sandalias acompañaba cada paso cuando Leyna entró al aula. Como discípula de los Magos Rojos, había crecido entre severidad y disciplina, pero aquí debía escuchar con humildad, como cualquier alumna. La Maestra Katia Naxxremis comenzó la lección sobre la esencia de la magia, y Leyna se inclinó sobre su cuaderno, dispuesta a atrapar cada palabra.

La magia, según la Maestra, no era un truco ni un don caprichoso, sino el tejido que enlazaba el mundo. Algunos lo conquistaban con estudio: los magos, a quienes Leyna se sentía destinada a pertenecer. Otros lo recibían en la sangre, innatos que respiraban poder. Estaban los bardos, que hilaban encantamientos a través de historias y música o aquellos que conseguían moldear la urdimbre por medio de pactos.Y, más allá, quienes no buscaban el tejido, sino que lo invocaban mediante fe o juramento: clérigos, paladines, druidas y exploradores, cada uno reflejo de la voluntad de fuerzas mayores.

La explicación giró luego hacia los componentes de todo conjuro. Leyna repasó mentalmente los ejercicios de su enclave mientras la Maestra hablaba. El componente verbal, vibración de palabra que perforaba la realidad. El somático, movimiento calculado que dibujaba símbolos invisibles en el aire. Y el material, la llave tangible: cenizas, gemas, hierbas, cada cosa con un precio y un propósito.

Al escuchar, Leyna comprendió que no solo memorizaba reglas. Se veía a sí misma tendiendo un puente entre lo aprendido en Thay y lo que aquí descubría. Al cerrar el cuaderno, supo que aquella lección era el cimiento de su destino.​
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La urdimbre
Clase con Katia​
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Había acudido con puntualidad, como dictaban tanto la disciplina thayina como mi propia costumbre. En el aula, Katia Naxxremis aguardaba con esa calma en apariencia imperturbable que ocultaba la severidad de una maestra atenta a cada gesto y cada palabra.

Me senté, desplegué mis papiros y afilé la pluma. La clase sería un repaso de lo fundamental, un recordatorio sobre la urdimbre, ese tejido invisible que los míos reverenciaban y temían por igual.

Katia inició con preguntas directas, buscando medir mis bases. Respondí lo que sabía: la urdimbre como parte de Mystra, canal y manifestación de la magia en bruto. Ella corrigió con precisión: no era la magia en sí, sino el telar que nos permitía manipularla. Tomé nota con cuidado, porque en Thay las medias verdades son tan peligrosas como los errores.

Cuando me pidió reflexionar sobre si acceder a la urdimbre era dominarla, mi respuesta fue inmediata: no. La llamé salvaje, un entorno hostil capaz de consumirnos si no mediaba el telar. Era más una intuición que doctrina, pero Katia no lo desechó. Matizó, advirtió: la urdimbre castigaba el abuso y el descontrol, aunque bien manipulada era inofensiva. Sus palabras me parecieron conciliadoras… demasiado conciliadoras. En Thay, rara vez la magia es indulgente.

El tema derivó a los parajes donde la urdimbre no fluye con normalidad: zonas de magia muerta y de magia salvaje. Repetí la teoría casi de memoria —la primera, árida y estéril, donde nada prospera; la segunda, caótica, donde un conjuro podía convertirse en cualquier cosa— y recibí la aprobación de Katia. No obstante, pronto expuso lo que había detrás: el origen en el abuso de la urdimbre, la volatilidad de la magia salvaje y su imprevisibilidad mortal.

Las notas se acumulaban en mis papiros: una zona que devora generaciones enteras, un deseo de novena esfera apenas capaz de restaurar unos pocos metros. Me sorprendió saber de las plantas que, al crecer en tierras de magia muerta, desarrollaban propiedades de anulación arcana. Imaginé el valor que tendrían en Athkatla, donde el comercio y la intriga valen tanto como la fuerza.
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La lección no quedó en teoría. Pasamos al aula de prácticas. Allí, frente a una estatua marcada con runas naranjas, Katia explicó que estaba imbuida de un campo de anulación mágica. Se me pidió predecir el resultado de lanzar un sortilegio sobre ella: deduje que la magia se disiparía al entrar en contacto con el campo, aunque lanzada desde fuera. La demostración lo confirmó; la rociada prismática de la maestra se apagó como ceniza al viento al rozar la estatua.

La práctica se volvió más osada: Katia habló de criaturas convocadas e invocadas. Yo razoné, con duda, sobre los límites del campo antimagia y si un ser traído desde otro plano podría mantenerse. Ella probó la teoría: un enorme dinosaurio se materializó, y con un simple gesto de mando lo hizo cruzar al área prohibida. Al instante, la criatura se deshizo, arrancada de vuelta a su origen.

Lo observé todo con atención. Mis apuntes crecían, pero lo importante era lo que se grababa en mi mente. La urdimbre, salvaje y hostil, no era un dominio, sino un préstamo frágil. La magia muerta y la salvaje no eran solo curiosidades académicas, sino advertencias.
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Podredumbre y sangre​
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Las criptas de Athkatla olían a polvo, podredumbre y miedo. Pero también a poder. Y a mí ese aroma siempre me ha gustado. Caminábamos entre lápidas y nichos con la seriedad propia de una procesión, salvo que, en lugar de incienso y cánticos, lo nuestro eran mandobles, conjuros y gritos de muertos que no querían volver a dormir.
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A cada paso, la espada de Keira brillaba roja con la sangre rancia de los esqueletos, mientras Emma y su león abrían camino entre huesos que crujían como ramitas secas. Ibrak, por supuesto, iba sermoneando a cada cadáver que “debía aceptar su destino y reposar”. Noble, tedioso y necesario. Alguien tenía que creerse el héroe de la historia, ¿no?

Yo me limité a disfrutar del espectáculo, lanzando fuego cuando era necesario, observando cómo los cuerpos volvían a reposar. Una coreografía macabra, casi poética.

Horas pasaron, y con ellas montones de cadáveres desperdigados. Fue entonces cuando noté algo… extraño. Nuestro “aliado”, el sacerdote de Bane, caminaba demasiado erguido, demasiado silencioso. Lo observé con detenimiento. Un detalle insignificante, pero revelador: no respiraba.

Sonreí. Oh, qué deliciosa revelación.

—Ese hombre no respira —dije con suavidad, como quien comenta que el vino está aguado.

Keira reaccionó de inmediato, colocándose delante de mí, protectora como siempre, mientras Ibrak avanzaba con la fe en su mirada y la furia de su dios en sus manos. Yo, como quien recuerda algo obvio a un niño, le susurré:

—¿No era tu sagrado deber, Ibrak, dar reposo a todo lo que camina tras la muerte?

Él no necesitó más. Se lanzó tras el falso sacerdote, persiguiéndolo hasta las criptas más profundas. Allí, bajo la penumbra y el silencio reverberante de las bóvedas, se mostró la verdad: no un simple servidor de Bane, sino un liche. Talkorion.

Qué momento más exquisito.

El cadáver parlante nos aseguró que no pensaba matarnos. Yo no pude evitar una sonrisilla ladeada. ¿Y si lo hacía? Bueno… algunos daños colaterales hacen que la vida tenga más sabor. Ibrak, claro, no compartía mi buen humor: lanzó improperios y desafíos, como un perro rabioso frente a un hueso imposible.

El combate fue corto, un duelo de obstinación más que de acero. Hasta que Talkorion decidió terminar con un conjuro, su nombre lo decía todo: rematar a los vivos. Ibrak cayó como un muñeco de trapo.

Entonces ocurrió algo aún más intrigante. El liche, con calma solemne, recogió el cuerpo caído de Ibrak. Keira, temblorosa pero decidida, lo siguió como una sombra. Lo observé con la fascinación de quien contempla una obra de arte: Talkorion depositó el cuerpo en el suelo, sin violencia, casi con cuidado.

Keira lo alzó, cargándolo hacia la salida, mientras yo me preguntaba qué juego tramaba el liche.

Y como si la función necesitara un último acto, apareció Alice Valdor, radiante en su luz divina, curando al pobre Ibrak con la gracia de su dios. La santa, cómo no, no tardó en prometer que iría tras Talkorion para expulsarlo de las criptas.

Yo, en cambio, sonreí aún más. ¿Expulsarlo? ¿A esa criatura de poder, ese muerto fascinante que juega con la vida como otros con los dados? Qué desperdicio.

El resto veía peligro, yo veía… oportunidad.
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Magia Sombría​
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La penumbra del aula era apenas interrumpida por la luz mortecina de unos braseros encantados que crepitaban sin emitir calor real. Leyna, discípula del enclave thayino de Athkatla y alumna aplicada de la Archanum Schola, dejó caer la capucha que cubría su rostro. Su melena roja —tan roja como la túnica de un mago rojo— cayó sobre sus hombros mientras sus ojos negros se fijaban en la figura de la profesora Katia Naxxremis.​
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La maestra hablaba con calma, como quien camina entre dos mundos a la vez. Su voz parecía tener ecos en la propia urdimbre arcana:

—Desde que aprendí a realizar sus primeros sortilegios, muchos se topan con una verdad incómoda… lo que llamamos realidad no es tan sólido como parece.

Leyna inclinó apenas la cabeza, tomando notas con la pluma de punta metálica que se movía casi sola, como arrastrada por el peso de cada palabra. Sentía en la voz de Katia una certeza peligrosa, un secreto que los magos comunes tal vez preferirían no escuchar.

A su lado, Caspion Telmar escribía a toda prisa, resoplando cada tanto, como si quisiera atrapar cada sílaba antes de que escapara. Vera Comstock, siempre con una sonrisa ligera, escuchaba con una serenidad que a Leyna le parecía fingida… hasta que discretamente compartió una magdalena con Nyvara Faerlaith, recién llegada. El gesto fue tan natural que hasta el tráfico de repostería se convirtió en parte del ambiente arcano de la lección.

Leyna no pudo evitar rodar los ojos ante el comentario de Caspion comparando la magia de sombras con unas magdalenas. Era un sacrilegio, pensó, banalizar la oscuridad con dulces, aunque reconoció que la analogía tenía un extraño poder para fijarse en la memoria.

La voz de Katia siguió fluyendo como un río oscuro:

—La magia de sombras no es simple ilusión. Toma materia del páramo sombrío y la reviste de formas que rozan lo tangible. No hablamos de imágenes fugaces, sino de falsedades encarnadas que, mientras sean aceptadas, pueden herir, retener o incluso proteger.

Leyna sintió un escalofrío en la nuca. Era eso lo que la fascinaba: la frontera en la que lo falso se volvía real por la pura voluntad. Esa delgada línea que permitía a un mago someter el mundo con un susurro.

La discusión derivó en ejemplos, comparaciones con conjuraciones y evocaciones, y hasta en el recuerdo de los talfir y los arcanos de Thultanthar. Leyna tomaba apuntes con rapidez, subrayando lo esencial: la ilusión engaña los sentidos, la sombra devora la certeza. Esa frase de Katia se le grabó como un hierro candente.
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Cuando pasaron a la sala de prácticas, Leyna permaneció en silencio, atenta. Prefería observar antes que mostrar su magia. Vera fue la primera en lanzarse, intentando simular un proyectil arcano… pero de sus manos emergió una criatura sombría. Leyna contuvo un jadeo, aunque sus ojos brillaron al contemplar la figura informe y amenazante que flotaba como una sombra viva. Fascinante y aterrador a la vez.

Katia, envuelta en su propia penumbra arcana, les mostró entonces la utilidad de tales conjuros. La sombra protege contra la nigromancia y la energía negativa, explicó. Y cuando la maestra se cubrió con un manto de tinieblas que parecía devorar la luz misma, Leyna no pudo evitar inclinar la cabeza con respeto, tomando notas con renovado fervor.

Nyvara preguntó, Vera defendió sus intentos, y Caspion se asustó hasta dar un respingo cuando las telarañas sombrías aparecieron atrapando tanto a Vera como a la criatura. Leyna, por su parte, permaneció en calma, observando cada matiz, cada error y acierto, almacenando en su memoria la diferencia entre lo ilusorio y lo tangible.

Al final de la clase, Katia les sonrió con la misma serenidad con que había comenzado:

—La diferencia esencial puede resumirse así: la ilusión engaña los sentidos, la sombra devora la certeza.

Leyna asintió con respeto. Había tomado nota de cada palabra, pero más que eso, había sentido el poder latente en las sombras. Allí, en la ambigüedad entre lo real y lo falso, se abría un camino que no todos los magos estaban dispuestos a recorrer.
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Escuelas de magia​
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El aroma del té me envolvía incluso antes de tener la taza en mis manos. El Maestro James Kerloch sostenía una llama mágica sobre su palma, calentando el líquido con la naturalidad de quien respira. Cuando me ofreció asiento, lo acepté en silencio; mis ojos negros lo observaban todo, atentos, sin apartarse del detalle de cómo una fuerza invisible acercaba la porcelana flotante hacia mí.

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—Tome asiento si viene por la clase —me dijo, con voz calmada y grave.

Así lo hice. Y antes de dar el primer sorbo ya me había lanzado la primera pregunta:

—¿Qué escuelas de magia diría que acaban de interactuar con nosotros?

Me mordí el labio mientras pensaba. Miré alrededor. Respondí con cautela, enumerando: evocación, transmutación, nigromancia, adivinación, ilusión… Y más tarde, al no querer dejar ninguna de lado, mencioné la conjuración. Kerloch sonrió de lado, satisfecho con mi esfuerzo.
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—De hecho —me corrigió, con ese tono paciente que usaba para educar sin humillar—, lo que parecía levitar no era una transmutación, sino un sirviente invisible. Conjuración: los mejores mayordomos que encontrará.

Asentí. Y di un sorbo. El té tenía un sabor dulce, pero escondía un filo extraño, un matiz que agudizaba mis sentidos. El Maestro confesó su secreto: la mezcla con Jaunspeir, una droga de concentración. Tomé nota mental de no abusar de aquello.

La lección se desplegó entonces como un tapiz ante mí. Una a una, las escuelas.

Abjuración, la defensa contra lo imposible. Cuando me pidió ejemplos, pensé en los más comunes, pero él exigió originalidad. Recordé entonces los conjuros de ruptura y disipación. Kerloch sonrió con aprobación. Me habló de esferas más altas: trampas fantasmales, rayos antimagia, muros prismáticos… y hasta conjuros capaces de encerrar dragones por siglos. Tomé apuntes con cuidado; esas eran magias que no se aprendían todos los días.

Pasamos a Adivinación. El arte de ver sin mirar. Me guio a una estantería repleta de crónicas y tratados, y me desafió a encontrar lo falso entre tanta erudición. Lo intenté con dudas, pero entendí la lección: un adivinador no busca solo lo oculto, sino también lo erróneo.

Luego, Encantamiento. La magia del libre albedrío roto. Yo respondí con lo poco que sabía: el control de emociones y acciones. Y fue entonces cuando apareció ella.

Katia Naxxremis.

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Entró con una calma elegante, sonriendo apenas, y me incliné en respeto. Su sola presencia cambió la atmósfera de la sala. Kerloch la saludó, dándole paso a intervenir cuando lo creyera oportuno. Yo cité conjuros: Bruma mental, Debilidad mental. Ella asintió en silencio, como una sombra de autoridad que vigilaba sin juzgar.

Evocación llegó después, la escuela de fuego y rayos. Kerloch me habló del filo doble de esa magia y me lanzó un desafío: qué no usar contra un elemental de agua. Respondí correctamente: no su propio elemento. Katia parecía entretenida, leyendo mientras escuchaba, y yo anotaba cada palabra.

Conjuración vino acompañada de advertencias más serias. Sirvientes invisibles, traslaciones, creaciones… y la gran diferencia entre convocar e invocar. “La invocación es la que mata magos”, me dijo con dureza. Y yo asentí, como si ya hubiera visto de cerca aquel peligro. Quizá lo había hecho.

La Transmutación me resultó más familiar. De carne a piedra, polimorfismos, fuerza de toro. Respuestas seguras. Kerloch me prometió secretos más adelante, si avanzaba lo suficiente.

Con Ilusión, me mostró la belleza y el horror de engañar los sentidos. Hablar de fantasmas que matan sin tocar fue suficiente para que una sombra me recorriera la espalda.

Y entonces llegamos a la última. La que todos esperan con una mezcla de fascinación y miedo: Nigromancia.

Kerloch cedió la palabra a Katia. Ella habló con voz firme, sin elevarla, pero resonando con una autoridad difícil de describir. “El dominio sobre energías que rodean la vida, la energía negativa… maldiciones, enfermedades y, claro está, los alzamientos.” Me apresuré a escribir, consciente de que escucharla era un privilegio poco común. También habló de quienes la empleaban para exterminar no-muertos, de la confusión común entre energías vitales y negativas.

Yo asentí. No era mi escuela predilecta, pero reconocí la importancia de sus palabras. Y también el peso de la advertencia: en Amn, levantar muertos no es una travesura, sino un crimen.

—Por su bien, guarde esas prácticas para fuera de Athkatla —me advirtió Kerloch con tono burlón, pero con seriedad en la mirada.

La clase terminó allí. Él dijo que había sido demasiado teórica, que me correspondía ahora estudiar, practicar y sobrevivir a los retos que vendrían. Guardé mis apuntes con cuidado, incliné la cabeza hacia ambos maestros y me retiré en silencio.

Sabía que aquella lección no era solo un repaso. Era una advertencia. Y también, un recordatorio de por qué yo, Leyna, había elegido la senda del conocimiento: no para conjurar por instinto como los hechiceros, sino para entender el orden arcano y, con él, forjar mi propio destino.
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Crónica de la Rosa Negra
Caída de Lord Soth
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Nunca olvidaré el olor a ceniza y ozono que cubría aquel lugar. Aquel aire cargado de muerte y magia me recordaba que ningún hechizo, por poderoso que fuera, podía borrar el hedor del miedo humano. Allí empezó el fin de todo lo que conocíamos… y el principio de algo que aún no alcanzo a nombrar.

Fuimos muchos los que respondimos al llamado de Amn: caballeros de Selûne, hechiceros, no-muertos que fingían servir a la causa común, y hasta ladrones de sombras que caminaban entre la lealtad y la traición. Todos unidos por una sola meta: destruir a Lord Soth, el Señor de la Rosa Negra, y a su infame aliado, Aryan, cuya traición abrió las puertas del caos sobre nuestras tierras.

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En el cielo, sobre nuestras cabezas… todo se convirtió en un torbellino de fuego y trueno cuando Sarynthallys, el dragón dorado, alzó el vuelo junto a Agarauthos, la hija resucitada de Colmillos, cuyo renacer solo fue posible gracias a los rituales arcanos de Obara. Ambos se elevaron entre relámpagos y ceniza para enfrentar a Karavaryx, el dragón de huesos al servicio del Señor de la Rosa Negra. Los rugidos de las bestias hicieron temblar los cielos; el fulgor dorado y el fuego escarlata chocaron contra el hálito corrosivo de Karavaryx en una danza de muerte y gloria. Las llamas puras de Sarynthallys desgarraron las nubes, mientras Agarauthos descendía como un cometa envuelto en fuego de resurrección, hundiendo sus fauces en el cuello del enemigo. La tierra se estremeció con el impacto de sus cuerpos, y el rugido final de Karavaryx fue acallado por el resplandor conjunto de los dragones aliados, cuyo fuego, que parecía hasta sagrado, marcó el principio del fin para el poder de Soth.

Recuerdo con claridad a Katia, mi mentora en la Archanum Schola. Su voz serena, siempre cargada de una autoridad que no necesitaba imponerse, fue la que nos condujo hasta el corazón de la fortaleza de Soth. Para mí, ella era más que una maestra; era el espejo en el que veía la posibilidad de convertirme en algo más grande que una simple discípula del enclave thayino. Quizás por eso su sacrificio me resultó tan insoportable… y tan inspirador.

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Cuando el enfrentamiento con Soth era inevitable, Katia pronunció el conjuro final, un hechizo que parecía amenazar con desgarrar el tejido del plano. La vi arder en luz pura, sus manos extendidas mientras su cuerpo se disolvía entre los ecos de su poder. Su muerte rasgó el cielo y quebró el corazón de todos los presentes.

Todos menos el mío.

No porque no doliera, sino porque entendí —en ese instante— que el lugar que ella dejaba vacío debía ser ocupado. Por alguien digno. Por mí.

Después vino el combate.

Las huestes de Soth surgieron de la oscuridad: caballeros espectrales, sombras vivientes, diablos, demonios esclavizados por la voluntad del Señor de la Rosa Negra. Los Ladrones de las Sombras —Eclipse y Olvido— se movían entre los enemigos como cuchillas silenciosas. Sariel, la alta sacerdotisa de Selûne, canalizaba la luz plateada de su diosa junto a Gwenaelle, que canalizaba magia arcana con divina a partes iguales en un despliegue mágico sin precedentes, mientras los caballeros Lekin y Kastan mantenían la línea frente al avance de los espectros.

Ewan, Alice Valdor y Rakgbar comandaban a las fuerzas de Amn, reforzadas por los guerreros de Murann, un grotesco aliado, el ogro hechicero Sondakur. Fue él quien perdió la vida en favor de sus aliados, con quienes había heredado tantas y tantas veces. Su sacrificio no fue en vano: permitió que Obara, mi señor y maestro, desatara todo el poder que los magos rojos guardamos en lo más profundo de nuestras almas.

Yo permanecí a su lado, asistiendo cada gesto, cada palabra de poder, cada arcanum que quebraba los cielos. Talkarion, el liche sacerdote de Bane, lanzaba sus maldiciones y golpeaba con la fiereza de un no-muerto. Todo servía para que los arcanos más poderosos como Obara lanzasen sus conjuros más poderosos sobre Soth y sus huestes de los mismo infiernos y planos abisales. Junto a nosotros, Jadzia, umbra arcana de la Schola, y la vampiresa Miruh, sellaron con sangre y sombra la prisión que atrapó a Aryan y a Soth.

Cuando todo terminó, el campo quedó cubierto de cuerpos, tanto de enemigos como de aliados. Nashkel había sido vengada, y devuelta a su lugar pero el precio fue atroz.

Vi la toga vacía de Katia, aún humeante, y comprendí que su destino había sido inevitable. Ella era el sacrificio necesario.

Y aunque muchos lloraron, yo no. Porque en el silencio que siguió, sentí el eco de su voz en mi mente: “El poder no se hereda, Leyna. Se reclama.”

Así lo hice.

Entre las ruinas y las cenizas, juré que su legado —y su lugar— no quedarían perdidos. El mundo había cambiado, y yo con él. Las pérdidas, después de todo, no son más que la alquimia del ascenso.​
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El Ascenso de los Hijos de la Lengua Carmesí​
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El aire en el enclave estaba cargado de poder y de muerte.

El incienso ardía en los braseros con un aroma pesado de azufre y sangre seca, como si el mismo Thay hubiese respirado a través de los muros de piedra negra. Las antorchas ardían con un fuego que no era del todo natural; una danza roja y violeta que lanzaba sombras en espiral sobre las paredes grabadas con glifos antiguos.

Obara Alghul, el Khazark, estaba de pie en el centro de la sala. Su figura parecía tallada de obsidiana y autoridad.

Su voz, cuando habló, no fue un sonido, sino una marea.

—La guerra ha terminado, —dijo—. El Enclave ha sobrevivido.

Leyna lo escuchó con el corazón ardiendo bajo su túnica escarlata. Su mirada se posó en él con la devoción de quien contempla un fuego sagrado. El fin de la guerra era solo el principio. Sabía que cada palabra del Khazark era una promesa y una advertencia.

A su lado, Ashar Zhaum divagaba con la locura que lo caracterizaba. Hablaba de gigantes sin botas, de ogros y de carne desconocida, pero Leyna no reía. Había aprendido que incluso en la demencia de los servidores de Thay se escondían verdades que la razón no podía tocar.

El Khazark los escuchó a ambos y alzó la mano, silenciando toda distracción con un solo gesto.

Su mirada se detuvo primero en Ashar.

—Es vuestro turno de haceros partícipes de algo… —anunció, y la magia en el aire pareció tensarse como una cuerda a punto de romperse.

Leyna dio un paso atrás, cediendo el centro de la sala. Observó mientras el demente, con respiración contenida, se arrodillaba ante su señor.

El toque de Obara fue leve, pero el poder que emanó de su dedo índice transformó la atmósfera. Un zumbido resonó en los huesos.
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Una lengua de fuego recorrió el aire hasta posarse sobre la frente de Ashar. El olor a carne quemada y ozono llenó la estancia.

El Khazark pronunció las palabras:

—Gobierna tu locura y hazla tu mayor fuerza, Caballero de la Lenguavespertina, mirada de Thay, hoja en las tinieblas… y vengador.

Un destello mágico selló el ritual. Cuando la luz se disipó, Leyna vio el tatuaje grabarse sobre la piel del demente: una lengua viperina enroscada en una espada corta, el emblema de los Magos Rojos.

Ashar reía entre jadeos, extasiado por el dolor y la gloria.

—Huele a gloria de Thay… —murmuró, y su voz era la de un devoto al borde de la locura.

Leyna inclinó la cabeza hacia él, reconociendo el ascenso, y cuando el silencio regresó, la mirada del Khazark se volvió hacia ella.

La joven sintió cómo el pulso le golpeaba las sienes.

Era su turno.

Obara la observó largamente, y en su mirada había un destello de algo antiguo y terrible.

—Discipula Leyna… —dijo, y su voz resonó con el peso de un juramento ancestral—. A tu abnegación y servicio no pasaron desapercibidos. Un Mago Rojo no ve el final: ve más allá del mismo.

Leyna asintió, conteniendo el temblor que quería recorrerle el cuerpo.

El Khazark alzó la mano, y en cada una de sus yemas surgieron glifos thayinos, resplandecientes con una luz ardiente.

—De la sangre nace la vida, y de la sangre se nutre el poder. No hay lección que no se aprenda con sacrificio…

Las palabras del ritual envolvieron la sala como un conjuro de mil ecos. Leyna sintió la temperatura subir, el aire hacerse denso.

Entonces el Khazark desapareció ante sus ojos… y su voz emergió a su espalda.

Antes de que pudiera volverse, la mano del archimago cayó con fuerza sobre su cabeza.

El fuego mágico la envolvió, abrasando su cabello hasta hacerlo ceniza. El dolor fue absoluto, purificador.

Sus labios se abrieron en un grito que no emitió, porque comprendió que era el precio de ser forjada de nuevo.
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La carne ardía, y bajo ella los tatuajes comenzaron a dibujarse con trazos de fuego líquido: espirales, runas, maldiciones antiguas.

Eran los signos de la Casa Alghul.

Cuando la luz cesó, Leyna estaba arrodillada.

El aire olía a poder, a metal y a magia viva.

Alzó la vista. Su piel ardía aún con el resplandor de los glifos, sus ojos, ennegrecidos por el ritual, miraban al Khazark con orgullo y devoción.

Obara habló una última vez:

—Ya no más discípula… sino Leyna, Maga Roja de Thay, de la noble Casa Alghul.

El silencio se hizo profundo, casi reverente.

Leyna respiró el aire cargado de humo y destino, y solo entonces comprendió que ya no pertenecía a sí misma.

Era de Thay.

Era de Obara.

Y su alma, grabada por fuego, ardía al ritmo del poder thayino.
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Polko​
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No era mi patrulla.

No era siquiera mi deber.

Pero cuando escuché a Ewan, Gunna y Kath discutir sobre los rumores en los humedales, sobre campesinos desaparecidos y cuerpos hallados entre el fango, supe que algo en ello olía peor que el pantano mismo. Y cuando algo huele a magia —o a estupidez—, suelo estar cerca.

—Les acompañaré, quizás requieran de soporte arcano, Dorian seguro que vendrá también —les dije, antes de que Kath terminara de hablar.

Gunna, siempre amable pese a su carácter de sargento, sonrió con una mezcla de sorpresa y alivio.

— Nos vendrá bien la ayuda, sin duda.

Y así, sin orden ni convocatoria, me uní a la patrulla.

Ewan, el capitán elfo, me lanzó una mirada de esas que pesan más que un sermón. No dijo nada, pero sus ojos hablaban en nombre del protocolo y la disciplina.

Nos reunimos en la salida de Athkatla. Dorian, otro mago rojo del enclave, insistió en venir conmigo; decía que un pantano era un lugar peligroso y que el enclave debía hacer un buen papel allí. Tark Miler, un ex soldado que cargaba el peso de demasiadas batallas, y Vesper, ágil y callado, completaban el grupo junto a las tres figuras de las Fuerzas Armadas: Ewan, Kath y Gunna, quien, pese a su embarazo, se negaba a quedarse atrás.

El camino hacia los humedales fue silencioso. El aire se volvió espeso y turbio, las sombras se alargaban y los insectos nos seguían como si esperaran el banquete. En la entrada, un campesino nos salió al paso, con el rostro sucio y los ojos hundidos por el miedo o la desesperación.

—Las buenas gentes de Amn desaparecen o mueren —gruñó—. Y nadie hace nada.

Sus palabras resonaron como un lamento, pero también como una acusación. Lo observé con atención: había algo en su tono que no era solo dolor… era advertencia.

Vesper, siempre práctico, rompió el candado del portón con una herramienta. El chirrido del metal me recorrió la espalda como un mal presagio. Detrás, el campesino nos miró marchar, pero no cerró tras nosotros.

Y eso, pensé, nunca es buena señal.

Adentrándonos en el pantano, seguimos rastros que pronto nos llevaron a un espectáculo macabro: un montón de cuerpos apilados, mutilados, algunos ya irreconocibles. Campesinos, cazadores… incluso un niño. Gunna se llevó la mano al vientre instintivamente, y Ewan apretó la empuñadura de su arco hasta que crujió.

Las marcas de dientes, el tipo de heridas, la disposición de los cadáveres… todo hablaba de criaturas organizadas. Inteligentes, en su modo primitivo.

—Trasgos —confirmó Dorian con el ceño fruncido.

Avanzamos con cautela, y la niebla empezó a espesarse hasta que el aire se volvió casi sólido. Fue entonces cuando vimos el campamento.

Entre los restos de una hoguera y trapos húmedos, un trasgo estaba sentado sobre un tronco, mirándonos. No se movía. No atacaba. Solo sonreía.

—Esto es una trampa —susurré, aunque ya era tarde.

De los juncos y del fango surgieron decenas de ellos.

Flechas, gritos, el choque de acero y magia. Mis dedos ardieron al conjurar un muro de fuego para contener a los trasgos. Dorian congeló a otros tres con un gesto, y Gunna disparó su arco con la precisión de una veterana.

Y entonces, la risa.

Grave. Burlona.

Una sombra emergió de entre la niebla, más alta, más firme, con una mirada que me heló la sangre.

—Soy Polko, y estos pantanos son míos.

Su voz era una mezcla de orgullo y amenaza. No era un trasgo común; su tono tenía la cadencia de alguien que sabía lo que hacía… o lo que esperaba conseguir.

Gunna, sin dudar, disparó. La flecha le alcanzó en el pecho con un sonido seco… pero Polk no cayó.

Su sonrisa se ensanchó, y con un destello verdoso desapareció.

Solo quedó el eco de su risa, flotando entre la bruma.

Miré a mi alrededor: los cuerpos de los trasgos aún humeaban, Vesper recogía su arma, y Ewan me miraba con el ceño fruncido.

—¿Qué era eso? —preguntó.

—Una advertencia —respondí.

Y lo supe, en lo más profundo de mi alma thayina: lo que había ocurrido esa noche no era el final.

Era solo el primer movimiento de algo mucho más oscuro.

Continuará…
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La maldición Gnoll​
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En Thay me enseñaron que la paz es solo una pausa entre dos conquistas, y que la quietud adormece incluso a los fuertes. Por eso no descanso. Cada amanecer dedico mis horas a lo único que tiene verdadero sentido: perfeccionar el dominio de la voluntad. El fuego me obedece porque yo no dudo. Quien duda, arde.

En el enclave thayino de Athkatla, los aprendices creen que basta con repetir fórmulas y gestos para controlar la magia. Pobres ingenuos. El poder no surge del estudio, sino del sacrificio. Mis discípulos lo aprenden pronto: los débiles fallan una vez, los dignos no fallan jamás. No imparto lecciones con ternura. La compasión es un lujo de los mediocres, y yo no sirvo a los dioses de la mediocridad.

A veces camino por las calles de la ciudad, observando a la multitud que se arrastra entre sus propias mentiras. Venden su trabajo, su cuerpo o su fe por unas monedas, creyendo que el destino les debe algo. Me miran con recelo, como si mi túnica roja fuera una amenaza. Tal vez lo sea. Yo represento lo que ellos más temen: la certeza de que la fuerza y el conocimiento no necesitan piedad.

Fue durante una de esas excursiones fuera del enclave que Maelkor —mi camarada, mi igual solo en la disciplina— me acompañó a los Llanos. Allí nos unimos a un grupo heterogéneo: Vraask, un mago de mente dispersa; Kharmin, un druida que olía a tierra y a cerveza agria; los guerreros Lufram y Tarkin; la bardo Mernalyn, cuyo encanto suplía la falta de prudencia; Arenel, pelirroja y temeraria; y Tobin, un hin más rápido con la lengua que con la daga.

No los habría elegido, pero la utilidad no siempre viste de seda.

Cruzamos el bosque hacia el sur. Maelkor, en su empeño por probar a los demás, quiso que el hin entrara en unas criptas. Rehusó. Yo no intercedí; el miedo es un excelente maestro.

Seguimos hasta los acantilados, donde el aire olía a hierro y podredumbre. Los cuerpos mutilados nos aguardaban como una ofrenda al horror. Reconocí el símbolo de Yeenoghu y sentí cómo la magia se arremolinaba en mis venas, ansiosa por responder.

Maelkor tomó el mando, como siempre. Yo conjuré primero. Mis llamas volaron por el aire, reduciendo la carroña a cenizas. Los demás blandieron sus armas, pero fue mi fuego quien habló con más claridad: no hay salvación para esos apestosos Gnolls.

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Las huellas nos guiaron hasta una cueva, donde los cadáveres se alzaron bajo una magia vil. Aquello me provocó interés. ¿Quién manipula la muerte así?. Cada uno de mis conjuros cayó como sentencia, y los gnolls ardieron hasta que solo quedaron brasas. Pero su líder apareció —un monstruo de furia y colmillos, acompañado por dos chamanes—.

Mernalyn, imprudente, se lanzó al frente y recibió el castigo que la osadía suele traer. Maelkor respondió con una flecha precisa; yo desaté unas bolas de fuego y unos muros del mismo elemento que consumieron al otro chamán. El aire se llenó de gritos, humo y relámpagos de magia. Un golpe nubló mi visión. Cuando la calma regresó, solo Vraask y Maelkor seguían de pie.

Los gnolls huyeron llevándose a los heridos. Mientras Maelkor partía en busca de ayuda, yo me quedé entre los cuerpos, restaurando conjuros, preservando la vida de los que aún podían levantarse.

Él volvió acompañado de tres aliados —Dick, Sasha y Lana—, eficaces, sin preguntas. Juntos irrumpimos de nuevo en la cueva. Fue una danza de muerte.

Mis hechizos iluminaron la oscuridad con tonos de azufre y fuego líquido; cada gnoll que se me acercó ardió antes de tocarme. Maelkor cortó la cabeza del cabecilla, sellando la victoria con el lenguaje que él domina mejor: el acero.

Al final, Kharmin levantó sus manos y la tierra respondió. Un rugido profundo sacudió el suelo; las rocas se derrumbaron y la cueva se selló. Ninguno de los enemigos salió con vida.

Me quedé mirando el polvo levantarse y, por un instante, sentí algo parecido a satisfacción. No por la justicia —esa palabra vacía—, sino por la perfección del acto. La destrucción, cuando es precisa, tiene una belleza que pocos entienden.
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Búsqueda​
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El aire del enclave seguía oliendo a ceniza, pero también a promesa. Maelkor había pronunciado su llamado, y yo lo escuché como quien reconoce el tono de un destino inevitable. Dorian, siempre inclinado sobre sus pergaminos, buscaba respuestas en la teoría; yo, en cambio, las sentía latiendo bajo la piel del mundo, esperando ser arrancadas a la fuerza.

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Entre los sellos y los secretos, hallé el vestigio de una invocación perdida: un rito que no suplica, que no negocia. Una orden que otros planos entienden porque está escrita con la certeza de quien no teme a su propio poder. Comprendí entonces que la sumisión no se pide; se impone.

Maelkor, con su mirada de hierro, entendió lo que yo no dije. Dorian, con sus dudas bien templadas, supo que no había retorno. Juntos trazamos el sendero que habría de abrirse en fuego y sombra, sin saber qué rostro nos aguardaba al final.

La búsqueda nos consumiría, sí, pero también nos transformaría. Sería una cacería intensa, marcada por los signos de lo imposible; una senda donde cada paso costaría parte del alma… y cada hallazgo valdría el precio.

Porque en el silencio entre los conjuros, escuché una promesa que no venía de ningún dios:

que aquello que buscamos no sólo será nuestro… sino que también nos reclamará.​
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Liselotte​
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Nunca olvidaré el olor ácido que dejó aquel cubo gelatinoso al disolverse.
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El aire de aquel sótano de Caravasar ya era pesado, pero cuando el último fragmento del monstruo se derritió bajo los golpes de Maelkor y las descargas ígneas de Dorian y mías, el ambiente se volvió casi irrespirable. El silencio que siguió fue más inquietante que el propio combate. Siempre lo es, cuando la magia se calma y sólo queda el latido acelerado en los oídos.

Fue entonces cuando apareció él. Un hombrecillo de aspecto cansado, ropas deshilachadas y una mirada que destilaba una mezcla de locura y esperanza. Se hacía llamar el gran Hastían. Su presencia me resultó inmediatamente disonante, como una nota desafinada en un acorde perfecto. Dijo haber hecho un trato con un genio. Dijo que buscaba a su amada, Liselotte. Pero la magia que emanaba de su alrededor era inestable, torcida.

Cuando la gema azul apareció a sus pies, supe que nada bueno podía salir de aquello. La reconocí casi al instante: un contenedor de almas. Una prisión arcana tan refinada que sólo los más osados o desesperados se atreverían a tocar. Maelkor le apuntó con la espada, sus amenazas eran tan precisas como sus estocadas. Dorian observaba, preparado para intervenir. El hombre prometió riquezas, oro, poder… como si eso pudiera comprar la sensatez de un thayino.

No le creí.

Cuando se deslizó hacia la gema mediante un salto dimensional, lancé un Polimorfar Funesto, pero la suerte o su locura lo protegieron. Maelkor cargó de inmediato, su armadura rugiendo contra el suelo húmedo. Ambos cayeron, y en su caída, sus manos tocaron la gema al unísono. La luz los devoró.

El silencio volvió.

Me arrodillé junto al cristal. Sentí las vibraciones mágicas, como un corazón latiendo desde otro mundo. Supe que Maelkor estaba dentro. Y que sólo podría alcanzarlo si me adentraba yo también. No lo pensé dos veces.

El mundo se quebró cuando mis pies tocaron la superficie.

El interior de la gema era un laberinto de irrealidad. Pasillos suspendidos en la nada, objetos que flotaban sin razón: relojes que giraban al revés, libros que susurraban con voces propias, fragmentos de paisajes imposibles. Criaturas amorfas se arrastraban entre las sombras líquidas. No había tiempo, sólo movimiento. Me moví con determinación, con fuego en las manos y hechizos en la garganta.

Encontré a Maelkor en medio de una batalla, su espada atravesando una masa de sombras que se deshacía con un alarido que no parecía de este plano. Seguimos avanzando, juntos, hasta llegar a la torre central del semiplano. Allí, celdas apiladas flotaban en espiral, conteniendo formas humanas. En la más alta, una joven gritaba: Liselotte.

La energía que la retenía era un tejido complejo de desviación y compulsión. Sólo alguien con una mente profundamente torcida en la magia del viaje planar podría haberlo tejido. Entonces lo comprendí: Hastían no era un simple insensato. Era un arcano desviacionista, uno de los perseguidos por el Capaconjuro. Un traidor de los planos.

El conjuro de Disipar Mayor me drenó más de lo que esperaba, pero las rejas se disolvieron como humo. Cuando nuestras manos tocaron a la joven, la gema entera pareció deshacerse bajo nuestros pies.

Desperté —o eso quise creer— en el enclave Thayino de Athkatla. Todo parecía normal: los muros, las antorchas, el aire frío de la madrugada. Pero algo en mi interior temblaba. Dorian estaba allí, aturdido. Maelkor también. Liselotte había desaparecido.

Pensé por un momento que todo había sido una ilusión. Hasta que revisé mi bolsa de componentes.

Entre los pliegues de seda encontré una pequeña piedra azul, sin poder alguno, pero junto a ella, unas monedas antiguas de oro thayino que hacía siglos no se acuñaban… y un susurro, apenas audible, recorrió mi mente como una brisa: Gracias.

Aún no sé si fue real. Pero cuando cierro los ojos, sigo oyendo el eco de los pasillos dentro de la gema, y siento que algo de mí… aún sigue allí dentro.
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