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El Noble Imprudente

Desmond Northgate

Cuenta secreta evidente
Registrado
18/10/26
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Nombre: Desmond

Edad: 23 años

Raza: Humano

Altura: 1,83 m

Alineamiento: NB

Clase: Guerrero

Religión: Tyr

Retrato:Desmond Northgate Neverwinter.jpg

I. La Marca de la Bastardía​

Nacido en una ciudad cerca de costera de Athkatla, Desmond fue el fruto de la unión entre Lord Rodrick Valeris (guardián de la fortaleza de Northgate y señor feudal del paso) y una humilde posadera de los clanes norteños. Como marca infame de su ilegitimidad, cargó con el apellido Northgate, el mismo nombre de la fortaleza que su padre gobernaba. Ignoraba el nombre de su madre y las verdaderas circunstancias de su origen.

Creció bajo el amparo de los altos muros de piedra de la fortaleza, contemplando a la guardia desde las almenas y siendo consciente de que, a ojos de su linaje, su existencia era una mera mancha.

Mientras sus hermanos de sangre legítima recibían lección tras lección sobre la corte, la política de las grandes ciudades y la diplomacia, Desmond debía conformarse con las migajas de aquel saber, al que nunca logró adaptarse completamente. Fue entre los veteranos de la guarnición donde templó su verdadero carácter: hombres endurecidos por la vigilancia constante contra las sombras y los horrores que acechan más allá de la muralla.

Bajo el mando del Comandante Lucian Hightower, aprendió a blandir una espada y montar a caballo. Estas lecciones militares se complementaban con los valores que su padre le transmitía en los breves momentos que compartían. Desmond profesaba por su padre una devoción profunda; creció entre historias de sus hazañas y heredó de él la convicción moral de proteger a los débiles y mantener la fidelidad a la palabra dada. Aunque su padre nunca lo reconoció oficialmente como heredero, el afecto que le profesaba despertó la rabia incesante de su madrastra, quien jamás le dio tregua.

II. La Sombra del Invierno y el Juicio​

Cuando el invierno más cruel azotó la región, la fortaleza cerró sus portones a los desdichados que buscaban refugio. Tras el hallazgo de ganado degollado dentro del recinto militar (un acto considerado traición en tiempos de raciones contadas), su hermano mayor aprovechó la oportunidad para señalar a Desmond como culpable, mientras, el hermano menor guardaba silencio entre sollozos.

Los consejeros y nobles clamaron por una destierro hacia el joven para limpiar la honra de la Casa Valeris. Sin embargo, su padre, negándose a segar la vida de su propio hijo, dictó un juicio divino: Desmond sería exiliado e internado en la intemperie helada. Si lograba sobrevivir al soplo mortal del invierno, sería declarado inocente ante las leyes y los dioses.

A punto de fenecer tras apenas medio día expuesto a la ventisca y no muy lejos del castillo, fue hallado por soldados de la guardia ajenos a las intrigas de la nobleza. El Comandante Hightower lo acogió bajo una condición estricta: el derecho a vivir debía pagarse con el sudor de su frente. Fue un invierno de dura penuria en el que Desmond sirvió como escudero, pagando cada bocado de pan con el cuidado de los caballos, el mantenimiento de las armaduras y las tareas cotidianas de la tropa. El hambre era su única compañía los días que no cumplía con su cometido.

Cuando el invierno declinó, Desmond regresó ante las puertas de la fortaleza. Al verle con vida, su padre lo abrazó con fervor, mientras Hightower mentía fríamente a la nobleza: "Lo hallé en la senda, solo, junto a los despojos de una presa". Sus soldados asintieron, sellando el engaño con silencio complaciente.

III. El Bautismo de Acero​

Al alcanzar la mayoría de edad, la deshonra social que causaba su presencia obligó a su padre a destinarlo formalmente a la guardia de fronteras. Allí profundizó en la caza y el manejo del acero a dos manos.

Durante su primer enfrentamiento real contra una banda de salteadores, la inexperiencia casi le cuesta la vida. Desmond cayó al suelo y, cuando un bandido se disponía a rematarlo, la carga a toda velocidad de un jinete de la guardia provocó el tropezón del agresor. En su caída, el bandido se empaló por accidente en la daga que Desmond sostenía con desesperación, muriendo al instante. Al ver cómo se apagaba la luz en los ojos de aquel hombre frente a él, Desmond sintió el más profundo alivio acompañado de un terrible horror por sus propios actos.

Con el tiempo, el Comandante Hightower le hizo comprender la verdadera naturaleza del mando:

"Chico, tú nunca serás feliz ni tendrás lo que deseas, pues el precio de liderar es renunciar a tu propia voluntad por el bien de todos."

En una prueba de mando posterior, Hightower le encomendó organizar el asalto a un campamento enemigo. Desmond ordenó una maniobra que resultó en éxito; sin embargo, al inspeccionar el terreno, el hallazgo de varios soldado de la guardia caído en el barro le reveló que la victoria siempre cobraba un precio. Aquellas muertes, que consideraba evitables, pasaron a pesar para siempre en su conciencia.

IV. Reclamo de rebeldía​

Tras un largo tiempo sirviendo como brazo derecho del Comandante, una creciente inquietud comenzó a carcomer la mente de Desmond. Durante semanas y meses, observó desde la sombra a sus hermanos mientras en su interior germinaba el deseo de valerse por sí mismo y reclamar el lugar que la sangre le otorgaba. Sabía, en lo más profundo de su ser, que las leyes de la nobleza jamás le permitirían ser reconocido formalmente por su padre, pero el peso del rechazo social terminó por sobrepasar su paciencia.

El punto de quiebre llegó tras una reunión de la guardia en la fortaleza. Al notar el distanciamiento de Desmond, su padre lo llamó aparte para hablar en privado y le preguntó qué le afligía. La contención de años saltó por los aires: Desmond explotó en reproches, exclamando que merecía la dignidad de un título noble y que portaba la misma sangre y los mismos derechos que sus hermanos.

Su padre lo escuchó en silencio. Con una mirada teñida de melancolía, le confesó que aquel ímpetu le recordaba amargamente a cuando conoció a su madre en Athkalta, pues él se parecía mucho a ella (igual de temperamental, orgullosa y cabezota), pero le dejó clara la amarga realidad: por más amor que le profesase como padre, jamás podría nombrarle noble legítimo, pues la corte y el resto de las casas jamás lo aceptarían.

Aquellas palabras no trajeron ira, sino certeza. Desmond entendió que su destino no se cumpliría bajo la sombra de los Valeris. Tras despedirse de su padre en un abrazo silencioso que selló el afecto entre ambos, tomó una decisión radical.

A la mañana siguiente, impulsado por un acto de pura arrogancia e imprudencia juvenil, lo dejó todo atrás. Sin armas familiares ni títulos otorgados, se autoproclamó señor de su propia estirpe: la Casa Northgate.

Con poco más que su espada, una armadura y un caballo, Desmond puso rumbo a la gran capital de Amn. Parte hacia lo desconocido careciendo de experiencia en las intrigas del mundo exterior, pero movido por el orgullo, la convicción de ser un líder natural para los descarriados y el deseo ardiente de demostrar que el valor de un hombre no lo dicta un apellido heredado, sino el peso de sus propios actos.
 
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