El elfo escribiría un último tratado sobre la historia de los elfos antes de partir lejos de Faerûn para no volver, rumbo al Feywild, donde esperaba encontrar fundiéndose junto a sus originales aquello que no había logrado hallar en el Plano Material: la paz.
El tratado sería entregado de manera solemne a algunos de sus seguidores y estudiantes. Después circularía por los bosques tanto en forma escrita como a través de la tradición oral, que caracteriza al mundo de los árboles y las estrellas ancestrales. Una despedida final para un erudito.
LOS ELFOS, LOS VERDADEROS HIJOS DE LA PÉRDIDA
Esta es la verdadera historia de un pueblo que sufre. Hubo un tiempo en que los elfos gobernaban Faerûn.
Nuestros reinos se extendían bajo las estrellas cuando los imperios de los dragones aún disputaban el dominio del mundo. Los bosques florecían bajo nuestro cuidado, la Alta Magia moldeaba el curso de la historia y la belleza de nuestras ciudades rivalizaba con la de Arvandor. Allí donde otros levantaban fortalezas, nosotros creábamos maravillas. Allí donde otros conquistaban, nosotros hacíamos florecer.
Pero las grandezas más elevadas son también aquellas cuya caída resulta más terrible.
Perdimos reinos. Perdimos ciudades. Perdimos bosques cuyos árboles ya eran antiguos cuando las primeras naciones humanas aún no existían. Cada siglo se llevó algo. Cada generación recibió un legado más pequeño que la anterior. Lo que una vez fue un mundo élfico se convirtió lentamente en un mundo ajeno.
Ahora las antiguas canciones callan allí donde antaño resonaban. Los caminos atraviesan los bosques como cicatrices. Las ciudades humanas avanzan allí donde una vez reinó la armonía. Y al contemplar las ruinas de todo cuanto fue nuestro, no veo el nacimiento de una nueva era. Veo el largo crepúsculo de una civilización que camina hacia su ocaso.
Sin embargo, incluso las estrellas moribundas conservan luz suficiente para contemplar el final.
Llegará un día en que los últimos bosques comprendan que ya no queda espacio para retroceder. Un día en que los árboles ancestrales se alcen contra las hachas, las murallas y los fuegos de la civilización. Un día en que la vieja ira de la naturaleza despierte una vez más.
Y entonces marcharemos con ella.
No para preservar el futuro. No creo que exista ya tal futuro para nuestro pueblo. Tampoco para recuperar aquello que se ha perdido, pues algunas pérdidas son demasiado profundas para ser reparadas.
Marcharemos porque recordamos.
Porque todavía somos capaces de ver, entre las sombras del presente, los reflejos de aquello que fuimos. Porque aún escuchamos los ecos de reinos desaparecidos y de bosques cuyos nombres ya solo sobreviven en la memoria de los inmortales.
Y cuando llegue la última batalla, cuando el bosque arda y las ciudades ardan con él, cuando las raíces y las llamas disputen el destino del mundo bajo una lluvia de cenizas, no lucharemos por la victoria.
Lucharemos por el recuerdo.
Al contemplar nuestra historia, desde los primeros senderos del Feywild hasta estos oscuros días humanos, no encuentro una palabra que la describa mejor que la pérdida.
Pérdida de reinos. Pérdida de bosques. Pérdida de belleza. Pérdida de un mundo que jamás volverá a existir.
Es por eso por lo que los elfos somos, y siempre seremos, los verdaderos hijos de la pérdida.
Fdo.: Arthal, el Archimago.