DM Faith
Llanero del brasero
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EL REY DE LA TORMENTA

Pocos pueden negar que aquel día, el Norte descubrió el verdadero significado del miedo.
Pues pocas criaturas vivientes pueden evocar tamaña sensación de terror que la mismísima furia de la tormenta.
Los aspirantes habían superado dos juicios, candidatos a ser el próximo Rey de la Montaña.
La sangre de los pretendientes aún manchaba la nieve, exhaustos;
la bruma de los espíritus apenas se había levantado.
Todo parecía según lo dictaban los ancestros…
Hasta que llegó él.
Los cuernos no sonaron. No hubo advertencia.
No hubo tiempo.
El cielo simplemente se agrietó con un bramido blanco,
un silencio seco, hueco, como la caída de mil truenos,
y descendió como una tormenta viva, con alas de cuchilla y mirada de hambre:
Icehauptannarthanyx, el Dragón Blanco, la Tormenta de la Montaña.
No vino a parlamentar.
No; sabía lo que quería.
Sabía exactamente lo que pretendía.
Pues pocas criaturas vivientes pueden evocar tamaña sensación de terror que la mismísima furia de la tormenta.
Los aspirantes habían superado dos juicios, candidatos a ser el próximo Rey de la Montaña.
La sangre de los pretendientes aún manchaba la nieve, exhaustos;
la bruma de los espíritus apenas se había levantado.
Todo parecía según lo dictaban los ancestros…
Hasta que llegó él.
Los cuernos no sonaron. No hubo advertencia.
No hubo tiempo.
El cielo simplemente se agrietó con un bramido blanco,
un silencio seco, hueco, como la caída de mil truenos,
y descendió como una tormenta viva, con alas de cuchilla y mirada de hambre:
Icehauptannarthanyx, el Dragón Blanco, la Tormenta de la Montaña.No vino a parlamentar.
No; sabía lo que quería.
Sabía exactamente lo que pretendía.
"Vosotros, insectos con dos patas:
¿Acaso os creéis os olvidais de quién es vuestro verdadero rey?
Si tanto deseáis servir;
mi trono os reclama.
Saciad mi deseo."
El dragón fue conocedor del torneo. De la pretensión de los Reghed.
Conoció su sufrimiento a manos de los no-muertos. La resistencia armada contra Xulgroth.
Cuantos cayeron blandiendo sus hachas ante la Alianza del Norte.
Ahora, famélicos, no tendrían más remedio que plegarse a la tormenta.
Era su oportunidad.
Y lo sabía.
Por ello, vino a reclamar su trofeo.
La princesa de la tribu.
Sif de las Nieves Eternas.
Como símbolo de su conquista.
En medio del caos, con jinetes cayendo de sus monturas y la escarcha devorando tiendas enteras, unos pocos se alzaron.
Forasteros, aventureros, pretendientes sin reino…
los que no debían intervenir, intervinieron.
Cubiertos por el rugido y la ventisca, protegieron la huida de Sif.
Engañaron al dragón.
Lo detuvieron… por un instante.
Y eso fue suficiente.
Pero Icehauptannarthanyx no lo olvidará jamás.
La humillación.
El escarnio.
La furia que lo consume.
Ahora, el dragón jura venganza.
No alzará su vuelo por mera codicia, sino por su orgullo herido.
Y cada aldea, cada hoguera encendida en la ladera,
será arrasada una por una,
por cada día que Sif no le sea entregada.
"Cada aurora traerá una tumba nueva.
Hasta que me traigan a la hija del Oso…
o hasta que no quede tribu que recuerde su nombre."
Desde entonces, el viento trae murmullos del Este.
Montañas calcinadas.
Pueblos vacíos.
Huesos bajo la nieve.
Y los que estuvieron allí —los que vieron el cielo desgarrarse—
saben que el torneo terminó.
Pero la verdadera prueba acaba de comenzar.
Pues el juicio de Icehauptannarthanyx caerá sobre ellos con la furia de la tormenta.



