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El Precio de una Vida

DreamCatcher

Elfo que no discute
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Parte I. Un Mal Sueño

Todo comenzó como un día más en Muranndin. El puerto seguía su ritmo habitual: el ir y venir de bestias y humanos por igual, el olor a sal mezclado con metal, la tensión constante en el aire. Aunque últimamente todo se hallaba más agitado; la fiebre del oro impregnaba el ambiente con un tono diferente, una nota que aún no lograba encajar del todo. Tenían teorías, sí, pero no suficientes piezas aún para ver todo el puzle. Su mente divagaba entre posibilidades e implicaciones cuando dos voces atravesaron el bullicio.

¡Adrasteia! ¡¿Se ha enterado de las nuevas?! ¡Tenemos noticias! Le gustará —exclamaron casi al unísono el duergar Gudrunn y la elfa Vaelith, llamando su atención. Y ella se detuvo, por mera curiosidad.

Han encerrado a Sariel —proclamaron, como quien anuncia una pequeña victoria.

Pero en ella no hubo alegría. No sonrió, no se burló. No era que le importase realmente el destino de la sacerdotisa; lo cierto es que le era indiferente. Lo que la incomodaba era otra cosa: si tenía que intervenir… intervenir significaba más tiempo perdido, y ya tenía demasiados asuntos pendientes. Sariel le suponía… una molestia. Un engranaje oxidado que nadie quiere tocar, pero que alguien debe arreglar para que la máquina no se detenga. La noticia comenzó a pesar.

Ya le adelanto, Adrasteia —dijo Nabil—, que todo esto será una pantomima. Espero que le guste el teatro.

Lo cierto es que sí, le gustaba. Y entendía bien las palabras pronunciadas por el calishita. Ambos eran artistas, aunque de modos distintos. Sabían que la humillación no sería suficiente para saciar a las bestias. No al menos para aquella que se proclamaba, una y otra vez, como la principal enemiga de Muranndin. Quien deseaba la caída del Imperio. Quien portaba el título de Luna Sangrienta con orgullo, como si fuese realmente la voluntad de Selûne encarnada. Y que, pese a sus gritos y llantos, no había conseguido nada más que un camino de sangre a cada paso que daba.

¿Y su muerte ahora?

Sabía que no les convenía. La frágil tregua entre los Rundeen y los Havarian era algo que muchos ya intentaban aprovechar. No duraría para siempre, pero ese manto de neutralidad beneficiaba al comercio y al libre tránsito. No era momento de avivar una nueva guerra, una que involucrara a más que los ejércitos de siempre, peleando por pedazos de tierra. No al menos por el valor de una única vida.

Intentó argumentarlo, porque aunque estuvieran enfrentados, encender un conflicto mayor era lo último que necesitaban.

La humillación… la marca en su piel, en su memoria… eso perdurará mientras viva —dijo ella.

Y aun así sabía que nada cambiaría a Sariel. Nada detendría sus impulsos de convertir cada acción en un martirio propio, cada herida en un estandarte para alzarse nuevamente contra el Imperio.

No era más que una fanática atrapada en guerras del pasado, que ella misma se empeñaba en revivir.

…..​


El origen de todo había sido el engaño del oni Sondakur, que capturó a Sariel en los yermos de Imnescar. Pero también la imprudencia de la propia sacerdotisa, al acudir a un territorio donde era buscada. Ahora estaba bajo dominio del Lord Brujo, en la Fortaleza del Fuego Infernal, hasta saldar su deuda con el Imperio.

Para ella, aquello era simple. Asunto del Ejército, problema del Ejército. No el suyo. Pero mantener “buenas” relaciones también formaba parte de su cargo. Como embajadora.

Por eso estáis aquí, Embajadora Imperial —sentenció Sondakur—. Haz que Gwen acepte hablar, y quizá Sariel tenga otro destino. Dos lunas podrían ser demasiado tarde.

Torturas, latigazos, oro por su libertad. Y un castigo aún peor si no acudía. Una farsa, tal como muchos ya murmuraban. Aun así, no tardo en enviar una misiva al Salón de la Luna, dirigida a Gwenaelle. No le importaba el gesto si significaba cerrar el asunto cuanto antes.

Es curioso el mensaje que enviará al Imperio. ¿No lo ha pensado? Es una invitación para sus enemigos. Un grito que dice: “Matad y liberad a sus esclavos, pues el precio aun cuando os capturen, serán solo unos latigazos”. —intervino Nabil, imitando voces disidentes antes de continuar—: ¿No tiene ella manchadas sus manos, con la sangre de sus soldados? ¿Tan escaso es el valor de sus vidas? Hubiese preferido no haberla capturado, si la condena fuese tan pésima. Es una humillación.

La voz del calishita no sería la única de descontento. Pronto otros compartirían su opinión, su frustración, su indignación ante lo que consideraban una burla. Pero no era momento de pensar en ello. Si se apresuraba, quizá todo se desvanecería antes de que pudiera notarse.

Quizá.

El pasar del tiempo empezó a sonar distinto. Como un instrumento marcando un ritmo impropio, una cuerda tensándose más allá de lo que debería. Una nota disonante. Cada minuto era una pulsación fuera de compás, anticipando la melodía de una historia aún no escrita. No lo sabía, pero lo presentía. Nada de aquello sería tan simple como parecía.

…..​


El manto de la noche cubría el puerto de Muranndin. Nuevos navíos atracaban en los muelles y, con ellos, nuevas mercancías. Se encontraba sumida en sus quehaceres, gestionando otra faceta de sus labores como Rundeen. Como comerciante.

Sondakur ha sido capturado —irrumpió una voz masculina, una sombra más entre las luces del puerto—. Por las fuerzas de Amn. Está siendo transportado al interior de Athkatla. Gwen guía la comitiva.

Un silencio. Incredulidad. Después, el agotamiento.

¿Debería sentir ira? ¿Impotencia? Tiempo atrás se habría dejado llevar más por sus emociones. Ahora tenía cierto control. No porque no las tuviera, sino porque mostrarlas era un arma que siempre sería utilizada en su contra. Había aprendido a portar las máscaras necesarias, a revelar solo aquello que eligiera revelar.

Entonces recordó las palabras del oni, su proclama de victoria antes de partir hacia Amn. La absurda apuesta que había lanzado ante la inmortal. Un descuido, un tropiezo. Su advertencia, ignorada. Otra vez.

¿Era frustración lo que sentía? Ya era costumbre. Aun cuando intentaba ser la voz de la razón, el caos de ciertas bestias era difícil de contener. Difícil de moldear.

Habían conseguido cuanto el Destructor necesitaba para honrar al antiguo caballero de la Luna, aquel que había caído aceptando su sangre real por honra del Imperio. Tenía tres manos dispuestas a sellar el trámite, a enviarlo con el Rey de los Gigantes. Podían, por fin, continuar con asuntos de verdadera importancia para el Imperio.

Pero para el oni, no fue suficiente. Su vanidad, su orgullo… necesitaban probarse. Necesitaban quedar por encima. Y eso fue su perdición.

La caída de un gigante.

Por un instante, pensó que aquello era lo justo. El oni, Destructor del Ejército de Muranndin, en manos amnianas. Que fueran ellos quienes decidieran su destino. Que aprendiera, al fin, a dónde lleva el no escucharla.

Pero también sabía que tenía más utilidad si seguía con vida.

Pensó en las repercusiones. Muranndin ya se hallaba en descontento aun sin haber dictado sentencia sobre la sacerdotisa lunar. Y, sin embargo, la captura de Sondakur cambiaba ahora las tornas. Muchos creerían que Amn obtenía la ventaja.

¿Pero para ella? Para ella era la oportunidad perfecta. Un intercambio equivalente. Sin sentencia. Sin humillación.

Una vida por una vida. Un mal sueño, para ambas partes.

Eso pensó.



Se equivocaba.​
 
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Parte II. El Peso de la Luna

No sé por qué sois embajadora, de cierto os digo —comentó Nabil, junto a la pequeña comitiva de los Rundeen, de camino hacia el encuentro.

Antes del tropiezo del oni, había enviado una misiva a la sacerdotisa. Le ofrecía su ayuda. Y aunque sabía que nunca lo verían como un gesto sincero, en gran parte, lo era. Quería acabar con el asunto cuanto antes. Por eso tendía la mano, fuese o no de su agrado.

Pero con las últimas nuevas, había asumido que Gwenaelle no tomaría el riesgo. Pensó que no acudiría; ni ante ella, ni ante el Lord Brujo. Que el intercambio sería obvio, automático, sin necesidad de negociación alguna. Por eso la sorprendió la respuesta. Y aun ante todo, debía presentarse. Ese era su cargo.

A decir verdad, ni siquiera sabía por qué había aceptado aquel puesto. Lo que suponía ser siempre la calma. Suponía, tal vez, que en parte era un intento de hallar nuevos caminos. Aunque fuesen contracorriente. Porque sin intentarlo, la idea jamás desaparecería.

Conocía la brutalidad de las bestias. Conocía la avaricia de los humanos. Creció entre ambos mundos, y lo cierto es que no le gustaba la guerra. Nunca le gustó usar sus filos; eso siempre decía. Prefería el oro y la palabra. Y para ambas cosas, necesitaba todas las sendas abiertas.

Y entonces cruzaron el umbral.

Lo primero que vio fue a la mujer vestida de blanco, portando su tristeza bajo el manto. Gwenaelle de Argluna, Alta Sacerdotisa de Selûne. A su lado, su guardia personal, empuñando un látigo como si aquel gesto fuese a intimidarles. Mernalyn.

Gwen asintió. Nabil saludó.

No es la mejor de las situaciones, pero agradezco vuestra presencia —tomó la palabra, inclinándose un tanto.

Ciertamente, son circunstancias… extraordinarias —correspondió Gwen, devolviendo el gesto.

Las armas no serán necesarias —añadió ella, desviando la mirada hacia la mujer del látigo—. No buscamos conflicto, sino evitarlo.

Ciertamente. No buscamos más que una solución diplomática que evite escaladas de tensión… y escarnio mutuo —añadió Gwen.

Sostuvo la mirada de la sacerdotisa. La examinó y aguardó. ¿Escarnio? La reputación era efímera. Si la vergüenza debía caer sobre el oni por su propia incompetencia, que así fuese. La vida tenía un valor único; la reputación podía reconstruirse. Aun así, asumió el juego que proponía. Y preguntó, directa:

¿Qué mensaje deseáis transmitir?

Quisiera conocer las condiciones de la convocatoria. Así como transmitiros una nueva que acaba de suceder, que entiendo… quizá cambie las expectativas mutuas.

Ahí estaba. Como si jugase con un paso por delante. Como si medir las palabras pudiese alterar el desenlace. Quería saber el castigo de Sariel antes de mostrar sus propias cartas. Pero esa danza no le era desconocida, y sabía el compás que debía marcar. Su objetivo era claro: que se presentase ante el Lord Brujo.

Habéis sido llamada, en calidad de invitada, a la Fortaleza del Fuego Infernal, por orden del Lord Brujo —anunció, con calma y expresión neutra—. Su intención es que estuvierais presente ante la sentencia y castigo de Sariel Shade. De no asistir, la posible muerte de la sacerdotisa.

Vio a la mujer tensarse. Cerrar sus ojos y tomar aliento. Había entendido. Había sentido, por un instante, el filo del peligro. La urgencia del asunto.

Comprendo. Aceptaré la convocatoria. Sin embargo… habréis de saber que Sondakur, en estos momentos, se halla apresado.

No necesitaba el recordatorio de la incompetencia del oni. Su fallo era suyo propio. Y el pago también lo sería, no de ellos. Y todo porque nunca escuchaba sus advertencias. Por confiar más en su orgullo, que en el sentido.

Contuvo su frustración. Otra vez.

Era cuestión de tiempo —respondió sin gesto alguno. Ninguna satisfacción ante lo que consideraban un arma contra los suyos.

La muerte de la sacerdotisa resultaría en retribución equivalente por parte del capítulo, como podéis comprender… —añadió Mernalyn, con una sonrisa ladina ante su propia ocurrencia. Como si fuese una amenaza que debiera importarle.

Si ese era el destino del oni, así sería. No habría lágrimas por sus errores. Otra bestia ocuparía su lugar. Pero… ¿podrían decir ellas lo mismo de su Alta Sacerdotisa?

Prefiero no pensar en las consecuencias de la sangre derramada —fue su respuesta—. Sino en prevenirla.

No porque fuese sincera, sino porque deseaba recordarles cuál era su propio deber. La Iglesia de Selûne tenía al oni bajo custodia, por alguna razón. No moriría fue lo único que dijeron al respecto. Como si no fuesen capaz de admitir a lo que le sometían. Como si el hecho de no pronunciarlo, no mancharía sus manos. Y una parte de ella, esperó que la tortura bajo la luz de la luna ofreciera una nueva perspectiva al oni. Que dejara la marca de la humillación en su piel, como recordatorio de hasta donde podría llegar a caer.

Que tan diferente hubiese sido esta conversación sin el tropiezo del oni —añadió Nabil con una leve risa, manteniendo aún las formas.

Con dichas nuevas… Gwenaelle de Argluna, ¿deseáis acudir al llamado del Lord Brujo, o enviar un mensaje? —continuó ella.

Gwen aceptó la invitación.

Pidió discreción. Dijo que muchos deseaban convertir la captura del oni en un espectáculo contra Muranndin. Que no podía evitar que la noticia corriera. Como si la opinión de Amn pudiese afectar al Imperio. Para ella, aquello no tenía demasiada importancia. Esa petición era para las hijas de la Luna, no para los suyos. Aun así, concedió.

¿Os acordáis de mis palabras? Os dije que esto sería toda una gran pantomima —murmuró Nabil. Ambos sabían que lo seria, pero debía continuar su papel.

Todo podría quedar en un intercambio. En un mal sueño, para ambos… que no trascienda más de lo ya sucedido —respondió ella.

Ambas se mostraron de acuerdo. Parecía que, al fin, la farsa llegaría a su fin. Avisaría al Lord Brujo y al Consejo. Todo podría cerrarse pronto.

Y entonces, volvió a sonar la nota disonante.

Aunque… intercambiar una sacerdotisa por un consejero es, a mis ojos, algo desequilibrado. —irrumpió Mernalyn, queriendo tener la última palabra.

Desequilibrado. ¿Había escuchado bien?

Mantuvo la calma. Como quien escucha una cuerda tensarse más allá de lo prudente. Guardó sus formas. Sabía cómo gestionar sus emociones. Aunque la partitura comenzara a romperse.

¿Y cómo valoráis la vida? —preguntó, aguardando las respuestas.

¿Cuánto vale una vida? —secundó Nabil—. Os dije que iba a ser una humillación. Es lo que anhelan —murmuró hacía ella.

Conocéis la obsesión de ciertos estamentos de Murann con nuestra fe. Y aunque… desee tener alturas de miras, quien se ha apresado no es un oficial cualquiera —comenzó Gwen a justificarse—. La de Sariel, no tiene precio. Pero imagino que hasta que hemos intercambiado palabra, lo tendría.

¿No presumen tanto vuestro Imperio, de la superioridad de aquellos que poseen la sangre de Sondakur? —añadió Mernalyn, saboreando cada sílaba—. Lo importante es cuánto estáis dispuestos a entregar.

Sabemos que una reliquia del Salón de la Luna está en posesión de algún estamento de Murann. Creemos que la entrega discreta de la Alta Sacerdotisa, y la devolución de la reliquia, serían suficientes para solucionar amistosamente este conflicto —sentenció Gwen—. Nosotras honraremos dicha entrega con la del propio oni.

Nabil rió. Como quien disfruta de una obra desde primera línea. Pero para ella, la cuerda se rompió. Tenían la vida del oni en bandeja. La moneda de cambio perfecta. Equivalente. Y aun así… pedían más. Más que una vida.

Fue solo un instante. No lo admitiría jamás. Pero sintió el peso de la luna caer sobre ella. Robarle el aire. Romperle el ritmo. Conocía la brutalidad de las bestias. Conocía la avaricia de los humanos. Había crecido entre dos mundos. Pero no esperaba escuchar aquello.

Y como quién aún luchaba por no ahogarse, sin dejar entrever el esfuerzo que suponía, preguntó:

¿Estáis… negociando a cambio de la vida… de Sariel Shade? ¿Vuestra aliada, compañera, alta sacerdotisa, maestre… amada? —intentó comprender que no había errado en su escuchar. Que era consciente de lo que estaba pronunciando.

…Me temo que las apelaciones a la honra mutua y a la decencia quedan fuera de los confines de esta conversación, Embajadora. Pues la captura de mi prometida se produjo bajo engaños —pronunció Gwen sin temblar, incapaz de comprender siquiera a dónde sus palabras la llevarían—. Y ahora... confió en que el pragmatismo impere.

Intentó hacerle ver que pedir más significaba alargar la condena. Que cada día tras los barrotes era una nueva tortura. Que Sariel sufriría más que el oni. ¿Acaso no era evidente?

Pero la Iglesia la había autorizado a negociar cuanto creyera oportuno. Y Gwenaelle, como quién se sentía con derecho divino a poner las vidas sobre una balanza, no cedió.

Quería la reliquia. Quería todo.

No era que le importase realmente el destino de la sacerdotisa; lo cierto es que le era indiferente. Sariel era… una molestia. Pero ante aquellas palabras, algo se quebró en su interior. La música perdió su ritmo. Y sintió un cansancio distinto. No de agotamiento. Uno de asfixia.

Había sido juzgada muchas veces por otros. Vista como una molestia por igual. Pero no esperaba ver ese reflejo en la sacerdotisa.

Sabed, pues —dijo con calma—, que la vida de Sariel Shade está en vuestras manos. Intentad no olvidarlo. Ni permitir que os ciegue ahora vuestro orgullo. Si consideráis que su vida puede ponerse en riesgo por este acuerdo, así lo transmitiré.

No es eso lo que he dicho —negó Gwen—. Me habéis pedido las expectativas de la Iglesia: son esas. Los términos finales podrán discutirse. No entendáis en mis palabras un ultimátum ni una amenaza.

…Pero sí una balanza sobre el valor de una vida —respondió ella—. Sea, pues. ¿La vida de Sariel Shade, y la reliquia de Selûne, por el oni Sondakur? ¿Son estos los términos que proclamáis?

…Así es
—sentenció Gwen.

Y entonces comenzó a atribuir al oni títulos que jamás le habían dado. Inflando su importancia. Decorando su valor. Como si así pudiesen justificar pedir más que un mero intercambio.

La observó en silencio. Intentando ver más allá. La máscara, la intención, la verdad. Y solo vio hipocresía, vestida de humildad. Y sintió, muy en lo hondo, un atisbo de lástima.

Por Sariel Shade.

Porque la realidad era simple: para su prometida, su vida no valía nada. No era suficiente.

Y Gwenaelle de Argluna, Alta Sacerdotisa de Selûne… no era más que una farsa.​
 
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