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El precio del conocimiento

akharwaen

Lican gato mamadísimo
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13/8/26
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Han pasado dekhanas desde que Khaib llegó a Athkatla. Sus pasos le llevaron primero al templo de Oghma. Cansado y con ojeras, las botas llenas de polvo y la ropa, otrora lustrosa y elegante, se veía desgastada por el viaje. No pensó en adecentarse al llegar a Athkatla.

En la puerta del templo, apostado, un acólito le corta el paso. Tras mirarle de arriba abajo, empezando por sus botas desgastadas, continuando por las manos con tinta, los libros asomando por la bolsa, el bastón y terminando en los ojos cansados y la barba descuidada, dice:
- ¿Qué te trae al templo de Oghma, viajero?
- Conocimiento. Me dijeron que acudiera aquí.
- ¿Y cuál es tu pago? La entrada al conocimiento de Oghma no es gratuita. Conocimiento a cambio de conocimiento, mago.

Sin nada que ofrecer, Khaib permanece callado.
- Ve a la Arcanum Schola, calishita.

Khaib desanda sus pasos. Al llegar a la Arcanum Schola un mago le prohíbe pasar. Mirando con desdén las ropas harapientas de Khaib añade:
- ¿Adónde crees que vas, sedimento?
- Venía a inscribirme como alumno -dice Khaib con cierta dignidad.
- Ya...¿estás al corriente de tus pagos?
- ¿Pagos?
- La matrícula, muchacho. No pretenderás aprender gratis.

Un leve suspiro fue la respuesta de Khaib. Se da la vuelta y deja que sus pies le lleven hasta el bullicio del Paseo de Waukeen. Los vendedores desde sus puestos anuncian sus mercancías e intentan atraer compradores. La gente regatea sin ningún pudor y las bolsas de oro van de mano en mano a un ritmo frenético. Las monedas fluyen en cascada y se amontonan en los mostradores.
Khaib se acerca a un sastre y vacía su bolsa sobre el mostrador.
- Necesito un ropaje a la altura de mis conocimientos - dice Khaib orgulloso.
-Tinta roja, amigo. Tendrás un ropaje a la altura de tu oro. Bien - dice el mercader contando monedas - con esto te puedo hacer...unas botas nuevas.
Khaib asiente y el mercader sonríe diciendo
- Amigo, te daré un consejo gratis: esto no es Calimshan. No seas estúpido y negocia.
Sorprendido, Khaib enarca las cejas.
-¿Negociar? ¿Como que negocie? Te estoy diciendo que acepto el precio. ¿Por qué quieres que regatee? ¿Como que regatee?
- De lo contrario, la gente pensará que eres maleducado además de idiota. Y por tu báculo intuyo que no es algo que te guste que digan de ti, ¿no? Mira te enseñaré a hacerlo. Yo te ofrezco botas a cambio de tu oro. Y tú tienes que mostrarte indignado. Algo como '¡como que solamente unas botas con todo el oro que hay? Al menos, incluye una capa'. Venga, inténtalo.
- Está bien - Khaib adopta un rictus serio, indignado y repite las palabras del mercader: - ¡como que solamente unas botas con todo el oro que hay? Al menos, incluye una capa.
El mercader, indignado espeta:
- ¡Una capa? Solo el cuero de las botas cuesta el oro que me ofreces. No, no, no, no. Como mucho, te puedo añadir unos guantes.
Con la boca semiabierta y las cejas levantadas Khaib asiente.
- Que no, hombre, que no. ¿No has oído lo que te he dicho? Tienes que negociar.
- Pero si he repetido lo que tú me has dicho y me has rechazado la oferta. ¿Qué quieres que haga?
- Obvio; seguir negociando. Indígnate y di que unos guantes no, que al menos una camisa. Y así, entiendes, ¿amigo? Venga, a cambio de esta lección...tus botas vendrán sin cordones.
- Pero si dijiste que...vale. Te dejo los cordones a deber. Ya te los pagaré.
- Genial - dice el mercader frotándose las manos - ya te cobraré la deuda.

Con sus botas nuevas Khaib recorre Athkatla en busca de algún trabajo. Todo lo que encuentra es indigno para alguien de su valía. Matar unas ratas. Recuperar un elixir en una cripta abandonada. Encontrar unas monedas de un borracho en un tugurio de un barrio de mala muerte. Matar unas cucarachas en el sótano de una taberna...Khaib no ha estudiado la Urdimbre durante años para hacer esto.
Con el poco oro que ha juntado compra algo de material para dedicarse a fabricar varitas y ganar oro de forma digna.
Disponiéndose a vender su mercancía en los Llanos le dicen: "amigo, ¿tienes licencia de comercio? ¿Tienes ciudadanía? ¿Eres graduado en la Universidad? ¿Qué haces vendiendo varitas?"
Khaib descubre que el oro llama al oro. La licencia de comercio y la ciudadanía están a la venta. Pero no a un módico precio.

De camino a los barrios pobres de la ciudad, donde no le recuerden su pobreza y pérdida de estatus se encuentra con un viejo que busca algo. Un tomo de magia que se encuentra en una cripta. Dice que paga bien. Tras sopesar los riesgos decide aceptar. Apenas sale vivo de esa cripta. Una cripta llena de momias con el libro enterrado bajo un montón de papelajos y polvo. Rápidamente se invisibiliza y se prepara con un hechizo de celeridad para sortear las momias tan rápido como sea posible. Su hechizo de invisibilidad quizá funcione, Khaib nunca lo sabrá con certeza: el hedor y la mera imagen de las momias fue suficiente como para aterrorizar a Khaib, que consigue escapar de la cripta aferrado al tomo sin dedicarse a estudiar a las momias aprovechando la ventaja de la invisibilidad.
Con el tomo entre sus manos decide estudiarlo por su cuenta. Conjuros de nigromancia que le pueden resultar útiles. Incluso algún diagrama que desconoce. Hace una copia y añade los conjuros útiles a su grimorio, omitiendo aquellos por los que podrían detenerle por desviacionista. Sopesando si intercambiar el libro por el oro que le ofrecen o usar el libro para otros menesteres, Khaib se dirige de vuelta al templo de Oghma.
- Botas nuevas -dice el acólito.
- Traigo un pago. - dice Khaib mostrando el libro - Conocimiento por conocimiento.
- Adelante.

Horas después, Khaib abandona el templo con una leve sonrisa. Con el dinero que ha juntado con los trabajos indignos que ha estado haciendo se dirige a la Arcanum Schola con la bolsa llena. "Aquí hay suficiente para mi matrícula, espero". Asintiendo, le abren el paso a la Arcanum Schola.
Khaib camina decidido hasta la biblioteca y durante dekhanas solo se le ve salir para comer, dormir y asistir a clases acompañando de los maestros Jadzia y Alaric.​
 
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akharwaen

Lican gato mamadísimo
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El conocimiento secreto

Han pasado meses desde que Khaib llegara a Athkatla.

Los meses en la Arcanum Schola se parecen tanto entre sí que quienes comparten pasillo con Khaib ben Khalel son incapaces de distinguir un martes de un jueves en su rutina. Llega a la biblioteca antes de que los bedeles abran las contraventanas, y los bedeles, que le han tomado cierto cariño, han dejado de cerrarle la puerta con llave. Se sienta siempre en la misma mesa, junto al ventanal que da al patio de los tilos, con el tintero a la derecha y los pergaminos ordenados por tamaño y no por materia. Los condiscípulos comentan, medio en broma, que aquel orden tranquiliza hasta a quien solo pasa a pedirle la hora.

Sus apuntes son ejemplares. Los más jóvenes los piden prestados en época de exámenes y los devuelven con una reverencia torpe, y él los entrega sin reparo, con una mansedumbre algo cansada que hace pensar en un hombre cuya única ambición es que lo dejen leer.

Sus apuntes experimentalistas sobre el uso de la Urdimbre revelan a un mago tan observador y perspicaz como torpe en combate.

La tesis, dicen los maestros, es de lo más oportuno. Transmisión oral y escrita de la magia calishita: pérdidas y deformaciones en la tradición de Calimport. Un tema inofensivo, erudito, con el polvo justo de la nostalgia, el tipo de investigación que los comités aprueban entre bostezos y que nadie lee después de la defensa.

Cada tarde, cuando la luz del patio se vuelve naranja, repasa sus fuentes con una atención que conmovería a cualquiera. Cuando topa con Netheril, con sus ciudades flotantes y con el loross que alimentó su gloria, lo despacha en un par de párrafos limpios. Las notas al pie son siempre irreprochables.

El maestro Alaric Thorne, que lo ha visto crecer en sus clases, lo llama a veces "mi alumno más aburrido", y lo dice con auténtico afecto. Khaib siempre sonríe al oírlo.

Alaric desconoce lo que hace Khaib fuera de los muros de la Arcanum.

Una noche, dekhanas atrás, Khaib se dirigía a la Corona de Cobre en busca de trabajo, después de estudiar, cuando un grupo de encapuchados negros como la noche y silenciosos como las sombras le cortó el paso.

- Amigo, nos envía la Rata Coronada. Le debes tres secretos por aquel papeleo que te hizo.

Quienes pasaron por allí vieron la duda y el miedo en los ojos de Khaib. Quien lo hubiera observado con cuidado habría visto cómo agarraba con firmeza su báculo con la diestra mientras la siniestra empezaba a moverse.

De repente, cesó en su conjuración y, con miedo en los ojos, se inclinó y susurró algo que solo las sombras oyeron.

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Desde entonces, las dekhanas pasan y Khaib sigue haciendo trabajos menores y encerrado en la biblioteca. Una noche, con el cielo ya tiñéndose de violeta, hace un leve gesto con la mano que apaga la vela que ilumina la estancia y sale de la biblioteca. No sabe cómo, ni cuándo, ni quién, pero en su bolsa han colocado, entre los pergaminos, una nota: El regalo del mar. Esta noche.

Khaib dirige sus pasos al muelle. El olor a pescado rancio, brea, sudor y loto negro le llena las fosas nasales y la garganta. Un vagabundo con los ojos enrojecidos y casi entornados le pide unas monedas. Khaib lo aparta de un golpe con el báculo, con displicencia.

Llega a la taberna. El humo y el olor a diversas sustancias inundan la estancia. Mira alrededor. Marineros borrachos desmayados sobre la barra, un guardia a medio uniformar ofreciéndole monedas a una camarera mientras su mano desaparece entre su ropa. Un par de obreros bebidos jugando a las cartas con puñales sobre la mesa. Khaib avanza dignamente buscando una cara conocida que no aparece. Una voz femenina, de repente, le susurra al oído: "sígueme". Khaib no puede evitar ponerse en tensión por la sorpresa, con el vello de la nuca de punta. Sigue a la mujer encapuchada y enmascarada. Contonea su figura sutil pero visiblemente gracias a sus gráciles movimientos y tacones de aguja que, de alguna forma, no hacen ningún ruido.

Los escalofríos le duran hasta que llegan a una estancia tras una puerta oculta. Dentro espera Mercer, la Rata Coronada.

- Erudito, han llegado a mis oídos los secretos que me debías. Dime, ¿qué es lo que más deseas?
- Conocimiento. Como todo mago.
- Pero tú no eres un simple mago, ¿verdad que no? Bien, te ofrezco un trato. Únete a mi organización y te brindaré acceso al conocimiento arcano más elevado de todo Amn. No posees, ni poseerás sin mí, un dominio de la magia como el que te ofrezco. ¿Aceptas?

Una duda, sincera, se refleja en los ojos de Khaib. Pero ya ha llegado hasta aquí. Un leve asentimiento es su única respuesta.

- Te moverás en el subterfugio. Tendrás otro nombre. Solamente yo sabré quién se esconde detrás de tu máscara. Aguja, sal y cierra la puerta.

La enmascarada, que ha permanecido silenciosa durante todo el intercambio, asiente.

- Dime, erudito, ¿qué nombre eliges?
- Seré...

En ese momento, la puerta se cierra sin hacer apenas ruido. Están solos, y nadie más oye el nuevo nombre de Khaib.
 
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