Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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El estruendo se escuchó en millas a la redonda. La tierra se abríó, dando paso a maravillas que se ocultaban en sus entrañas. Vetas translúcidas, brillantes, doradas y plateadas. El oro se derramó sobre las playas de la Costa Norte, entremezclándose con la arena y las aguas de las calas como si fuese una herida abierta, supurante. Los temblores posteriores, irregulares e impredecibles, pusieron a la Oráculo sobre alerta.
Había decidido acudir a investigar, junto con Maeve, Teris, Sariel, Madeleine y Zentakord. Los rumores decían que el propio mar se había convertido en oro, de las enormes cantidades que fueron escupidas del subsuelo. No era una exageración. La tranquilidad de la cala pronto se vio reemplazada por un llegar de gente desesperada, que su afán por ser los primeros en poner sus manos sobre el vil metal, se empujaron y se precipitaron desde lo alto del desfiladero. Primero unas decenas; eventualmente, una turba.
Cientos de personas se adentraron en la apertura, inconscientes del peligro que corrían. Pues de las grietas del subsuelo, no sólo se escondían maravillas.
Sino también horrores.
El grupo se aprestó.
Había decidido acudir a investigar, junto con Maeve, Teris, Sariel, Madeleine y Zentakord. Los rumores decían que el propio mar se había convertido en oro, de las enormes cantidades que fueron escupidas del subsuelo. No era una exageración. La tranquilidad de la cala pronto se vio reemplazada por un llegar de gente desesperada, que su afán por ser los primeros en poner sus manos sobre el vil metal, se empujaron y se precipitaron desde lo alto del desfiladero. Primero unas decenas; eventualmente, una turba.
Cientos de personas se adentraron en la apertura, inconscientes del peligro que corrían. Pues de las grietas del subsuelo, no sólo se escondían maravillas.
Sino también horrores.
El grupo se aprestó.
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Pasadas unas horas, un grupo de Áureos de Agujas de Oro y de caballeros de la Orden del Guantelete acudieron a la Costa Norte con un único fin: contener y apaciguar a la muchedumbre antes de que ocurriese una catástrofe. Mientras tanto, un pequeño grupo de Hijas de la Luna, una Eterna y ordenados se habían internado en las galerías subterráneas. Su fin no era enriquecerse, sino que la fiebre del oro no tomase vidas a costa de la ingenuidad de los pioneros.
Y menos mal que lo hicieron. Pronto se toparon con todo tipo de seres aberrantes. La Oráculo no estaba familiarizada con su biología, pero sabía lo justo y necesario para nombrarlos.
Aberraciones.
Oseogarfios. Mantos. Farfulleros; decenas de ellos. Moles sombrías. Una legión de depredadores, atraída por una promesa de saciar su hambre a costa de las buenas gentes de Amn, brotó de las profundidades de la oscuridad y trató de devorar a los mineros, a los saqueadores y a los ordenados que trataban de contener sus avances. Gwenaëlle también reparó en los murciélagos, tan grandes como personas.
- ¡Marchad de aquí, os lo suplico! No hay riqueza que podáis llevaros al otro mundo. Velad por vuestras vidas; aquí, estáis en peligro – recordó la semielfo a todos cuantos quisiesen escuchar.
Algunos lo hicieron.
Persuadidos ya sea por la presencia apaciguadora de los adalides del bien, por la reputación de cierta bardo aventurera, o simplemente tras haber sido confrontados por los horrores de la Infraoscuridad, lo cierto es que la mayoría de prospectores fue alejándose de las galerías inferiores.
Mientras tanto, un destacamento de Caballeros de la Luna, debidamente alertado por la Oráculo, se presentó en la Costa Norte y asistió en las tareas de aseguramiento del perímetro. Pronto nadie podía pasar sin autorización de los cleros; ya sea de la Luna, de la Aurísima, o de los ordenados del Guantelete. Los heridos comenzaron a ser evacuados, y los saqueadores, apresados.
Pero no era suficiente. El grupo siguió adentrándose más y más. Su objetivo no era otro que encontrar posibles pioneros descarriados y, una vez limpio el perímetro, causar una demolición controlada que impidiese el paso a más criaturas de la Infraoscuridad.
Pero nada es tan sencillo para aquellos que siguen la senda de la justicia y de lo que es bueno.
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El desprendimiento los tomó desprevenidos.
De pronto, una gran columna de roca se precipitó sobre ellos, engullendo a Maeve y a un aventurero. Gwenaëlle chilló, abrumada.
- ¡No! ¡Maeve! ¡Apártate!
Pero era demasiado tarde. La novicia de Aguas Profundas desapareció, y tras ella, las paredes comenzaron a llenarse con hileras de dientes cerrados. La cueva se movió, encogiéndose y empujando al grupo contra una pared.
Gwenaëlle contempló la situación, completamente atónita.
No…
No era la pared.
Era un gusano colosal, un horror gargantuesco que hacía de la Infraoscuridad su morada.
Un poco más allá, al otro lado de la galería, un grupo de saqueadores de Murann ladraba órdenes. El grupo se había cruzado en una de las grutas más profundas, tras horas y horas de caminata. Lo que era la antesala a un encuentro descarnado dio lugar a una atribulada carrera por la supervivencia.
No hubo mucho tiempo. El gusano se abalanzó sobre ellos, y de las paredes, brotaron criaturas más pequeñas, viscosas y cilíndricas, pero igualmente hambrientas. Crías, más pequeñas, aunque como mínimo del tamaño de un caballo.
El grupo echó a correr.
Gwenaëlle intentó centrarse, buscando a la novicia con la mirada. Se temió lo peor: en el peor de los casos, había sido devorada por un gusano. Pero no fue así; estaba convaleciente, en un rincón, tras un cascote.
No se perdió tiempo alguno en socorrerla. La tomaron y emprendieron la huida, tras la estela de los muranníes que ya se retiraban.
Empleando sendos conjuros y hechizos, el grupo recorrió decenas de cavernas más. Pero no eran los únicos que huían, muranníes y siervos del bien. También las propias criaturas que moraban en la Infraoscuridad, conscientes de que podrían ser devoradas por depredadores, se unieron a esta carrera por la supervivencia. Murciélgos y xorn. Farfulleros. Incluso moles: todos eran comida para los gusanos.
Los dos grupos se abrieron paso entre las criaturas, a espadazo limpio. Mediante hechizos y encantamientos. No había tiempo para florituras. La vida de todos estaba en juego.
Y lo lograron.
Eventualmente, el aire opresivo de las grutas dio paso a una inusitada frescura. El cielo abierto y despejado, el viento cálido del sur.
Pero… ya no estaban en la Costa Norte.
Sino en pleno territorio muranní.
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La comitiva muranní, encabezada por gigantes de las colinas y otras figuras ya conocidas para Gwenaëlle, cortó el paso al grupo de ordenados y selunitas. Uno de ellos en particular, especialmente salvaje, pareció deleitarse con un juego macabro, tratando de golpear con su mazo a todo aquel que pasase a su vera. La Oráculo esquivó un golpe que, sin embargo, la atingió de manera superficial.
Si le hubiese dado de pleno, por seguro que la hubiese aplastado.
- Ah, os lo dije, “amigos”… No mentíamos. Estáis en nuestras tierras – la voz grosera y cargada de suficiencia del oni Sondakur acompañaba una expresión cruel.
- Pero no soy un completo desalmado. Oh, no. En mi infinita generosidad, pues con nuestra intervención salvasteis la vida, os permitiré marcharos si os desprendéis del oro que portáis.
Los caballeros se miraron entre sí, sorprendidos.
- Acabamos de escapar de una muerte segura… ¿Y ahora nos asaltáis como vulgares bandidos?
- Tomadlo como tributo y una señal de agradecimiento. Podría mataros aquí mismo.
Hubo un intercambio de miradas tensas y desafiantes. Los paladines más jóvenes, así como Gwenaëlle, no parecían tener voluntad alguna de transigir. Otros llamaban a la calma, como Maeve y Baldrak.
- Si es necesario, marcharé con vosotros y atenderé las heridas de los vuestros, pero no pongáis una mano sobre mis hermanas – insistió la novicia, en un ejercicio de inocencia temeraria.
De golpe, se oyó un crujir un grito de dolor. El juego macabro de Gob eventualmente tuvo sus consecuencias, aunque no las que el ogro hubiese deseado. Las vísceras del ogro se desparramaron en el suelo. Frente a él, una presencia menuda que vestía unas ropas completamente inadecuadas para el momento: un precioso vestido blanco.
Sariel.
La iluskana sacudió los restos de sangre de su cimitarra y suspiró.
- No permitiré que pongan una mano sobre las mías. Se lo advertí.
La expresión de Sondakur se desencajó, dando paso a una mezcla de furia, y quizás… ¿miedo?
- Así que esas tenemos… sangre por sangre sea, pues. Los selunitas se quedarán aquí, y nos entregaréis a “esa mujer” – bramó. Como siempre, intentando hacerla de menos.
- Increíble… pese a toda la generosidad mostrada, las ‘salvadoras’ se vuelven contra sus benefactores.
Gwenaëlle torció los labios. Quien dijo eso, esa voz.. distinguió una presencia de cabellos azuláceos. Con una expresión sardónica, sus palabras hirientes no pasaron desapercibidas ante la semielfo.
- Cómo no… vosotros.
- Basta, por favor. No nos enfrentemos…. – suplicó Maeve, mirando a unos y a otros.
- Oh, escuchad a esta muchacha. Esperemos que sus superiores no se dejen llevar por su sed de sangre.
Hubo risotadas despectivas. Los ordenados, presos de la rabia, agarraron sus espadas…
Pero no hubo más derramamiento de sangre.
Los cuernos de guerra de Muranndin sonaron. Y dieron paso al tintineo de las bolsas de oro, lanzadas a los pies del avaricioso oni.
No valía la pena arriesgar la vida por el orgullo herido. Aunque tampoco había que tirarla a la basura por un idealismo mal entendido.
Ambos grupos eventualmente dieron paso al otro. Las selunitas resucitaron a Gob, vaciaron sus bolsillos y los siervos del bien marcharon. Maeve miró a la comitiva de Murann con una expresión triste y piadosa, quizás creyendo aún en su posible redención.
- Maeve. No confundas la piedad con la indulgencia o con la infantilidad. Nuestra Señora de Plata es misericordiosa, pero ella nos enseña que existen fuerzas cuya maldad es completamente irredimible. Ofrecer tu otra mejilla no se convierte en un acto devoto, sino en una irresponsabilidad.
La muchacha apretó los labios en una mueca horrorizada.
- Aquellos con los que nos hemos encontrado, han tratado de asesinarnos varias veces - añadió Gwenaëlle. - Pero será una conversación que tendremos en otro momento.
- Creo en la bondad intrínseca en todo ser sintiente - dijo Maeve con pesar. - Selûne enseña que para todos existe un camino para la redención.
- Es cierto. Pero han de estar dispuestos a recorrerlo. Esa elección, no es tuya.
Un poco más allá, los paladines conversaban.
- Mi orgullo de poco sirve si otras vidas más allá de la mía están en juego – las palabras de Baldrak rezumaban la sabiduría de la veteranía.
Y tenía razón.
Gwenaëlle miró a Teris y a Maeve con una expresión tensa. Estaban a salvo. Era su obligación sacarlas de allí a toda costa. Tendría una charla con la novicia por todo cuanto dijo ante los muranníes. Era aún una mente inocente, completamente ajena a los horrores soportados a manos de las bestias en los últimos años.
Pero esa, sería una conversación que tendrían otro día.
Mientras la comitiva marchó rumbo al norte, en la lejanía, el color antes cristalino de las playas dio paso a un manto de oro que se reflejaba con el cielo. Pronto, el mundo se volvió dorado.
Y con la promesa de riquezas, sin duda los fuegos de la guerra volverían a avivarse.
Offtopic :
Intento de relato más condensado sobre una ambientación. Gracias a los participantes, estuvo entretenido el momento de tensión final. 
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