archedchristian
Bug oculto de Darth
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En su despertar, el oni se encontró perdido entre las grandes colinas de Dientecillos y acompañado por el cantar de la naturaleza, algo que le provocaba arcadas en un pasado. Aún sin comprender por qué seguía respirando, llegó a preguntarse si la dragona había tenido clemencia o si fue su propio instinto de supervivencia lo que hizo que se negara a morir.
El miedo que creía haber perdido durante aquella larga guerra contra los dragones volvió a inundar su ser, haciéndole temblar todo el cuerpo y sentirse avergonzado de ello. Incapaz de encabezar nuevamente a las tropas, tomó la decisión de ocultarse por un tiempo, escondiéndose de la vista de quien podría ser su verdugo, oculto entre acero y hierro junto a los suyos, haciendo su presencia desapercibida entre los combatientes.
Como un soldado polimorfado más, marchó y observó con curiosidad el actuar de quienes fueron su círculo más cercano en la batalla, sorprendiéndose al ver que compartían el frente con aquellos que antaño habían sido sus rivales en Imnescar. Sin embargo, tras meditarlo durante unos segundos y contener la ira al ver lo que ocurría, llegó a comprenderlo, al fin se había forjado una alianza verdadera, un acto de supervivencia, un asalto total que todos habían decidido mirar hacia adelante y olvidar las viejas rencillas del pasado, al menos… por aquel día.
Con firmeza, tomó su espada que para muchos sería un espadón y marchó al combate, procurando disimular la fuerza de cada embate. Así fue al principio. Pero, a medida que más y más caían, se vio obligado a dejar de ocultarla. Los números ya no acompañaban y la derrota se vislumbraba posible.
Pronto escuchó los cuernos que anunciaban que el frente aliado había mermado. Aunque se jactó de su derrota con bravuconería, en el fondo conocía el peligro, podían ser los siguientes. Sabía bien a quiénes enfrentaban, pues había combatido junto a las fuerzas de Waukeen y Selune en el pasado, tanto como aliado como enemigo. Era su fe ciega lo que les daba fuerza, ese maldito propósito mundano tan temible y en ocasiones estupido.
La esperanza del oni comenzó a apagarse, mató dracónido tras dracónido, sintiendo que cada paso atrás era un insulto a Vaprak. Por más que empujara, era inútil, nuevas heridas surcaban su cuerpo, y lo que antes fue una armadura se convirtió en mero acero colgante sobre un cuerpo exhausto. Y cuando todo parecía perdido, los clérigos alcanzaron la apoteosis.
Bane, Selûne, Moradin, Rifilane y Asmodeus se manifestaron en un haz de luz que arremetió contra Takhisis. Pero no fue suficiente.
Entonces, en el firmamento, apareció Nicodemus, junto a la dragona que tanto odiaba y temía, para poner fin a lo que muchos habían jurado destruir, darle el golpe definitivo.
El oni se quedó perplejo. Soltó su espada rota y permaneció inmóvil durante varios segundos, contemplando el epílogo de todo.
Donde un día se había reído de la debilidad humana y extranjera, en especial de la amniana, ahora había respeto, algo que incluso a el mismo le sorprendia y repudiaria mucho tiempo despues. Sus cuerpos podían ser frágiles, su orgullo mayor que el de los propios dragones, y su dependencia de los dioses una forma de debilidad… pero, aun con todo eso, seguían adelante. No se rendían. No se traicionaban, al menos hoy, incluso cuando el mundo enfrentaba a su final.
El caso de Aryan no le sorprendió, pero sí lo hizo el sacrificio de una de las arcanas que tanto había odiado tras el robo del Orbe, Katia. Entregó su vida para acabar con Soth. El mediano Nicodemus, por su parte, se alzó contra el fin de los tiempos. Tanto sacrificio lo llenó de envidia, envidia de no haber sido uno de los que se entregaron para poner fin a todo. Y el mero hecho de querer dar su vida por otros hizo que sintiera asco de sí mismo una vez mas, la debilidad "no ogroide" lo había corrompido.
Fue entonces cuando consideró el retirarse temporalmente a las altas montañas de los Dientecillos, donde la barbarie gobierna y la clemencia es sinónimo de muerte, para su segundo bautizo en la batalla y recuperar por lo que una vez fue temido.
El oni se acercó al cuerpo del mediano y, al confirmar a quien más temía había muerto, mostró al fin su forma original. Con paso firme pidió acceso mediante la palabra y no la fuerza. Al concedérsele, se aproximó a Fery, quien sostenía al mediano entre sus brazos, y con un gesto solemne hizo un corte en su mano. De ella brotó sangre, con la cual marcó el rostro del mediano, otorgándole la bendición de los gigantes.
Algo que jamás había ocurrido con otra raza.
Y aunque temía insultar a Vaprak, el oni aceptó las posibles consecuencias de su acto.
Que los gigantes guíen al más grande de todos al paraíso de Yondalla.
El miedo que creía haber perdido durante aquella larga guerra contra los dragones volvió a inundar su ser, haciéndole temblar todo el cuerpo y sentirse avergonzado de ello. Incapaz de encabezar nuevamente a las tropas, tomó la decisión de ocultarse por un tiempo, escondiéndose de la vista de quien podría ser su verdugo, oculto entre acero y hierro junto a los suyos, haciendo su presencia desapercibida entre los combatientes.
Como un soldado polimorfado más, marchó y observó con curiosidad el actuar de quienes fueron su círculo más cercano en la batalla, sorprendiéndose al ver que compartían el frente con aquellos que antaño habían sido sus rivales en Imnescar. Sin embargo, tras meditarlo durante unos segundos y contener la ira al ver lo que ocurría, llegó a comprenderlo, al fin se había forjado una alianza verdadera, un acto de supervivencia, un asalto total que todos habían decidido mirar hacia adelante y olvidar las viejas rencillas del pasado, al menos… por aquel día.
Con firmeza, tomó su espada que para muchos sería un espadón y marchó al combate, procurando disimular la fuerza de cada embate. Así fue al principio. Pero, a medida que más y más caían, se vio obligado a dejar de ocultarla. Los números ya no acompañaban y la derrota se vislumbraba posible.
Pronto escuchó los cuernos que anunciaban que el frente aliado había mermado. Aunque se jactó de su derrota con bravuconería, en el fondo conocía el peligro, podían ser los siguientes. Sabía bien a quiénes enfrentaban, pues había combatido junto a las fuerzas de Waukeen y Selune en el pasado, tanto como aliado como enemigo. Era su fe ciega lo que les daba fuerza, ese maldito propósito mundano tan temible y en ocasiones estupido.
La esperanza del oni comenzó a apagarse, mató dracónido tras dracónido, sintiendo que cada paso atrás era un insulto a Vaprak. Por más que empujara, era inútil, nuevas heridas surcaban su cuerpo, y lo que antes fue una armadura se convirtió en mero acero colgante sobre un cuerpo exhausto. Y cuando todo parecía perdido, los clérigos alcanzaron la apoteosis.
Bane, Selûne, Moradin, Rifilane y Asmodeus se manifestaron en un haz de luz que arremetió contra Takhisis. Pero no fue suficiente.
Entonces, en el firmamento, apareció Nicodemus, junto a la dragona que tanto odiaba y temía, para poner fin a lo que muchos habían jurado destruir, darle el golpe definitivo.
El oni se quedó perplejo. Soltó su espada rota y permaneció inmóvil durante varios segundos, contemplando el epílogo de todo.
Donde un día se había reído de la debilidad humana y extranjera, en especial de la amniana, ahora había respeto, algo que incluso a el mismo le sorprendia y repudiaria mucho tiempo despues. Sus cuerpos podían ser frágiles, su orgullo mayor que el de los propios dragones, y su dependencia de los dioses una forma de debilidad… pero, aun con todo eso, seguían adelante. No se rendían. No se traicionaban, al menos hoy, incluso cuando el mundo enfrentaba a su final.
El caso de Aryan no le sorprendió, pero sí lo hizo el sacrificio de una de las arcanas que tanto había odiado tras el robo del Orbe, Katia. Entregó su vida para acabar con Soth. El mediano Nicodemus, por su parte, se alzó contra el fin de los tiempos. Tanto sacrificio lo llenó de envidia, envidia de no haber sido uno de los que se entregaron para poner fin a todo. Y el mero hecho de querer dar su vida por otros hizo que sintiera asco de sí mismo una vez mas, la debilidad "no ogroide" lo había corrompido.
Fue entonces cuando consideró el retirarse temporalmente a las altas montañas de los Dientecillos, donde la barbarie gobierna y la clemencia es sinónimo de muerte, para su segundo bautizo en la batalla y recuperar por lo que una vez fue temido.
El oni se acercó al cuerpo del mediano y, al confirmar a quien más temía había muerto, mostró al fin su forma original. Con paso firme pidió acceso mediante la palabra y no la fuerza. Al concedérsele, se aproximó a Fery, quien sostenía al mediano entre sus brazos, y con un gesto solemne hizo un corte en su mano. De ella brotó sangre, con la cual marcó el rostro del mediano, otorgándole la bendición de los gigantes.
Algo que jamás había ocurrido con otra raza.
Y aunque temía insultar a Vaprak, el oni aceptó las posibles consecuencias de su acto.
Que los gigantes guíen al más grande de todos al paraíso de Yondalla.