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[El Retorno de los Dragones] El Último Sello

DM Ofnir

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Faerún se ha sumido en el caos. Llegados desde otro mundo, las hordas del ejército de los dragones han asolado los reinos centrales del continente. Aunque algunos de sus lugartenientes hayan sucumbido ante las fuerzas defensoras del plano, y sus fuerzas hayan sido rechazadas en múltiples campos de batalla, poco importa: Las piezas ya han sido dispuestas donde debían serlo y el tablero está preparado para la consecución de su gran plan.

La llegada de la Reina de la Oscuridad a Toril, y con ello, el nacimiento de un nuevo poder oscuro que amenaza con consumir a los mismos dioses.

Pero no todo está perdido. Pues la guerra, aún próxima a su climax, no ha terminado. Atrás quedan las rencillas y las divisiones, pues la amenaza que muchos infravaloraron en sus compases iniciales se ha demostrado fatal para el orden del mundo.

Será con fe. Será con valor. Y será luchando hasta las últimas consecuencias, como se evitará esta catástrofe. O se sucumbirá a la perdición y la desesperación, afrontada sin embargo de pie, y no arrodillados o subyugados.
 

DM Ofnir

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I
EN EL PRINCIPIO FUE LA OSCURIDAD
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La guerra arrasa Amn. Sus ciudades caen una tras otra mientras sus soldados, diezmados, intentan combatir a un enemigo en múltiples frentes que parece siempre ir un paso por delante de ellos.

Pero no más. Durante semanas, enormes galeones han atracado en los muelles de Athkatla, desembarcando en la Ciudad de la Moneda regimientos de espadas mercenarias pagadas con las arcas de las familias mercantes más pudientes del reino. En los grandes templos, las campanas no han parado de sonar, y fieles y órdenes han acudido al llamado de los sumos sacerdotes. Y en los salones de piedra y los gremios, los mensajes se han extendido y el boca a boca ha llegado a lo más profundo de las sombras, y al son más claro del harpa.


Mientras las fuerzas aliadas combaten a la sombra y la muerte en las cordilleras de los Picos de las Nubes, y los ejércitos de Murann amenazan con devorarse a si mismos en su imperio malherido, pregones abandonan los muros de Athkatla sobre raudos caballos, llevando con ellos clarines adornados con las banderolas del consejo de los seis.

Llevan nuevas de esperanza, una promesa, y un llamado a las armas:


¡A todo aquel, valiente, que escuche este pregón!

Durante meses, Faerûn se ha visto en jaque por un enemigo desconocido que ha consumido todo a su paso. Sus legiones no tienen final y sus generales comandan dragones como si fuesen meras bestias de monta. Sus victorias se cuentan por docenas, en nuestra amada Amn y más allá.

Su poder se muestra imparable y su convicción absoluta, y por eso han ganado hasta ahora. Porque donde nosotros estamos fragmentados, ellos son uno. Donde nuestros intereses son opuestos, su propósito es claro. Pero donde sus enemigos son muchos, el nuestro es solo uno.

Es por ello que el Consejo de los Seis, con su autoridad y sin embargo, pidiendo y no ordenando, llama a las ARMAS a todo aquel capaz de empuñarla y que oiga estas palabras.

Con esta declaración, dejamos de estar a la defensiva para llevar la guerra al ENEMIGO.

Desde el norte, la Alianza de Lores ha escuchado nuestro llamado. El Puño Llameante
, recuperado tras la invasión de azotamentes sufrida hace apenas unos años, marcha a la cabeza de las fuerzas de Puerta de Baldur. Desde el Norte, descienden los ejércitos de Neverwinter, acompañados de la magia y maestría de Luna Plateada, e incluso nuestra vieja rival, Aguasprofundas con sus jinetes de grifo, marchan al unísono al socorro de Cormyr, que ha resistido el envite de las fuerzas de la oscuridad durante meses, con nada más que el valor de aquellos que aman su tierra y la fiereza de su acero.

Esta no es la época para la división y las rencillas. Para los viejos odios y las deudas pendientes. Esta es la época de los héroes: Todos y cada uno de los que llamamos a Fearûn nuestro hogar. Desde el niño más inocente, al anciano que ha visto su futuro peligrar incontables veces.
Nuestras fuerzas marchan a la guerra, y llamamos a todo aquel que aun crea que tendrá posibilidad de quedarse al margen a abandonar su desidia, su temor y sus dúbitas. Acudid al puestro de reclutamiento más cercano, pues toda ciudad Amniana responderá al llamado.

Por Eshpurta. Por Kezculla. Y por todos los inocentes muertos por la tirania de los Dragones y el mal que representan.

Empuñad el acero, y armaros con fe y valor.
Esta es nuestra tierra, y la defenderemos hasta el final.

De los portones de Athkatla, y bajo el clarin y la trompeta, marchan fuerzas en números pocas veces vistos en Amn. Pendones de un centenar de orígenes y lealtades, de humildes campesinos, cruzados divinos, mercenarios despiadados y figuras más siniestras y heroicas.

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Su marcha es hacia el Este. Directamente hacia el enemigo. Varios dias tardan en llegar hacia Crimmor, de donde varios regimientos se dividen dirección norte, marchando en refuerzo a la lucha contra las hordas de la no-muerte que sirven a la Reina de la Oscuridad. Otras continúan hacia el este, hacia Amnagua, pero el grueso de las fuerzas marcha dirección sur.

Su destino es Esmeraltan, siendo su próxima parada la ciudad del grano, Púrskul, donde el ejército combinado planea descansar y reaprovisionarse, así como celebrar y prepararse para la guerra, en un evento que conmemore las pérdidas de Imnescar, a sus defensores, pero sobre todo, a aquellos que combatirán para salvar Amn.

A su paso, más y más voluntarios se unen a la larga marcha. Aldeas, villas y haciendas ven a campesinos, a milicianos, aventureros retirados, mercenarios, a sacerdotes de pequeños templos y capillas, a guardianes naturales que emergen del bosque y a criaturas que desde la distancia contemplan con curiosidad y ojos inhumanos el avanzar de la serpenteante sierpe de cien y un colores.

Algunos, cínicos, los ven marchar a su muerte. Buscan navíos o caravanas que les lleven lejos de estas tierras que dan por perdidas, malditas, creyendo ilusos que habrá lugar donde no llegue la sombra que se cierne sobre el mundo.

Pero aquellos que de verdad entienden lo que está en juego, lo dejan todo, y se arman con lo que tienen y pueden. Pues no hay vergüenza para el guerrero que afronta su destino de frente.



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Los mortales marchan a la guerra. Sus clarines y trompetas anuncian, buscando restaurar una moral que pende de un hilo. Y muchos dicen, o maldicen, el silencio de los dioses.

Pero los designios divinos no son hechos para que sean interpretados por el mundano:

Desde los profundos túneles bajo la tierra, mensajeros de Kazad Gromdal corren a avisar a su rey, pues una armada caravana, llegada desde lejanos reinos enanos del sur, solicita audiencia urgente. En el bosque del Alandor, aislado de un pueblo que le solicita guía , aquel que habla con los árboles, el Rothomir, se encuentra en profunda meditación bajo las raíces del gran roble.

En las catacumbas de una fortaleza profanada, las llamas ardientes danzan ante los ojos de brujos infernales que ofrecen sacrificios en respuesta, y en una ciudad bestial que amenaza con sucumbir al caos, un osgo ciego se retuerce y grita visiones que son apuntadas con prontitud por sus ayudantes.

En la ciudad de la moneda, mientras muchos de sus siervos luchan frente a la no-muerte, los reconstruidos salones plateados contemplan los cielos nocturnos, rebuscando en viejos tomos el significado de unas estrellas que no están donde corresponde.



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Y entre columnas nacaradas y candelabros dorados, en el lugar más sacrosanto de su fe, la Moneda Sagrada escucha la voluntad divina de su señora.


Offtopic :


Con esto da comienzo la parte final de la Megatrama.

El primer rol, que será algo corto, ocurrirá en Púrskul este Martes 30 a las 20:00 donde se aprovecharán para entregar los premios correspondientes al bando de Imnescar de la primera mitad de la mega trama.

Los siguientes jugadores tendrán derecho a una recompensa personal:
- Fery Krill
- Calistia Thorne
- Sulion Suravar
- Talivia Ha'valen
- Madeleine Sweeny
- James Kerloch

Los siguientes jugadores podrán elegir 1 objeto de entre unos personalizados predefinidos. Estos objetos predefinidos son:
- Objeto 1 uso/dia de Arma Mágica Mayor
- Capa con +6 Constitución, Conocimiento de Conjuros 7, Concentración 7
- Anillo: +3 Universal +7 Diplomacia +7 Escuchar

Los jugadores que podrán elegir entre estos objetos personalizados serán:
- Brizaelinth Do'ett
- Aitana
- Calendil
- Zahal
- Astrid
- Ewan
- Rainde Fryar
- Arianne Brillalba
- Rakgbar
- Gelvalm Williams
- Lufram

Si alguien no puede acudir ese dia, puede pedirme el objeto personalizado cualquier otro día a partir del rol.
Un saludo.

 
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DM Ofnir

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II
MAESTROS DE NUESTRO PROPIO DESTINO
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El mundo observó con expectación. Todo había sido dispuesto en la Forja de las Maravillas, una de las salas más exclusivas de todo Caravassar, allá donde los maestros Efreeti forjaban obras maestras de artesanía del metal con su magia elemental.

Sin embargo, ni todas las armas forjadas por los genios y sus artesanos se comparaban a lo que allí estaba sucediendo.

No había protagonista: Pues lo que estaba experimentando su génesis entre esos muros había sido la labor de docenas si no centenares , que habían sacrificado sus vidas, su sangre y sus alientos para lograrlo.

Pero sí había alguien que dirigía, al menos en ese momento, su parte de la obra. Cromwell era un viejo artesano. El enano había trabajado en su humilde taller de Athkatla desde hacia más de siglo y medio. De sus manos habían surgido toda clase de obras de artesanía: Desde las herraduras y herramientas más humildes, a las armas que usarían grandes heroes y villanos de Faerûn, algunos incluso de sangre divina, al comienzo de sus andanzas por los Reinos Olvidados.

Todo empequeñecía ante aquello que estaba a punto de forjar.

Hacia meses, el enano, enfrascado en su ultimo encargo, había recibido una visita inesperada. A su taller entró una figura enjuta, de cabello canoso y larga barba gris. Con un sombrero de pico retorcido, y acompañado de lo que parecía un pequeño enjambre de canarios amarillos, la figura misteriosa tomó asiento tras excusarse, pero no presentarse, frente al enano.

Esa misma noche, Cromwell puso el cartel de cierre en su taller, y abandonó Athkatla para no regresar.

Ahora, con las reliquias recuperadas, el viejo herrero se disponía a hacer aquello para lo que se había embarcado en la mayor aventura de toda su vida.

Ante el público de aquellos que habían auxiliado en tal colosal empresa al envejecido enano, empuñó el Brazo de Ergoth: Su superficie de plata pulida mostraba la maestría magistral con la cual había sido creado.

El artefacto divino envolvió el brazo derecho del enano con la naturalidad de una segunda piel, y cuando el destello ocasionado hubo de permitir de nuevo la visión, es como si el mismo brazo del enano fuese de metal puro, sin distinción entre carne y mineral.

Embutido en la protección mágica, empuñó el Martillo de Kharas: Al contacto, ambas reliquias mostraron su verdadero poder. La herrumbre y restos de suciedad que cubrían la herramienta de herrería por su estancia en posesión de la reina gigante de los Dientecillos se calcinaron por el poder abrumador de las runas relampageantes que se iluminaron en su superficie.

Un poder capaz de fulminar a cualquier indigno de usar una herramienta tal para su noble y original propósito. Pero armado con el brazo divino, el herrero enano se dispuso a forjar una leyenda.

Sobre la enorme forja de los genios, el Acerodragón se fundía, su poder latente avivando las llamas de la enorme forja , llevándola al limite de su resistencia, y convirtiendo el fuego carmesí en una llamarada plateada y cegadora.

El mineral mágico, fundido, fue depositado en un molde de gran tamaño: Era solo la punta de lo que debía ser un arma capaz de matar a un dios, y sin embargo su longitud era mayor que la de una espada larga, incluso empuñada como tal sería difícil de blandir para cualquier humano.

Pues no estaba hecha para ser empuñada por mano mortal. Al menos, no en solitario.

El herrero enano quebró el molde, cuando el metal, a un ritmo acelerado, comenzó a endurecerse.

Sobre el Yunque de Thorbadin, recuperado de allá donde no fluye el tiempo mediante su amplia red mercantil por los genios de Caravassar, Cromwell se dispuso, empuñando el Martillo de Kharas, sostenido gracias a la poderosa magia del Brazo de Ergoth

El veterano enano alzó su brazo.

Un dios lo descendió.

- ¡CON ESTE GOLPE MARCO EL INICIO DEL FIN DE ESTA ERA DE OSCURIDAD!

El mundo guardó silencio. Como el tañir de una campana, por las tierras y los mares, los cielos y los infiernos, retumbó el golpe del martillo. Era una declaración, que hizo alzar la vista a aquellos que moran en los abismos, y descenderla, a los dioses que se sientan en tronos de oro y perlas.

Aquellos que reconocieron el ruido gritaron al cielo y corrieron aterrados bajo los gritos y latigazos de sus amos y capataces. Los que no, sintieron una chispa encenderse en su corazón. Un hálito insuflado a un espíritu llevado a su límite. Agotado.

Y en un Huevo de pura oscuridad, una criatura insondable y más antigua que el mundo se retorció, recordando una vieja herida, que nunca había logrado sanar.



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Kansaldi Ojos de Fuego
contempló la enorme grieta, oculta entre las bajas laderas de la montaña y tras un laberinto de piedra desnuda de vegetación y vida. Su mueca se contrajo. Un reposo indigno. Por eso era el escondrijo perfecto.

Dio varias indicaciones rápidas Zha'Kurion y Vareth Drakhaal. Las criaturas humanoides, de escamas doradas, eran draconianos Aurak. Su poder mágico era incomparable entre sus parientes menores. Dos de los cinco que le ayudaban a comandar sus ejércitos.

Los draconianos pronto repitieron las órdenes al regimiento de tropas que les seguían, antes de adentrarse en la gruta. La apertura era engañosa: Mucho más grande de lo que parecía a primera vista. Su altura al menos alcanzaría los treinta pies.

El regimiento se adentró en su interior. Armas listas, conscientes de aquello que estaban buscando. Pese a todo, Kansaldi avanzaba al frente de sus fuerzas. En su expresión retorcida por las cicatrices de batalla, la mujer de corto cabello rubio no mostraba rastro de dúbita.

El túnel se estrechó antes de ampliarse: La iluminación tenue filtrada de las brechas en el techo abrió paso a una caverna, extremadamente amplia. Su suelo estaba recubierto de formaciones rocosas. Sus tropas comenzaron a disperarse en un semi circulo, conscientes de lo que , agazapado, aguardaba al fondo de la gran sala.

- Un palacio poco digno de alguien que se considera rey. - La voz de la humana resonó con un eco por la gruta.

Fue respondida con un bufido grave que hizo encogerse a los draconianos y soldados que la seguían. Algo se movía, y no eran las rocas. En el fondo de la estancia, una enorme masa serpenteante se arrastraba. Su envergadura volvía pequeña una estancia donde podría haberse alzado un castillo.

Pero sus movimientos eran lentos. Su superficie, de gruesas escamas carmesíes, estaba salpicada de enormes cortes y brechas que exponían músculo y a veces hueso. Heridas que no se habían sanado, profundas, que habrían matado a una criatura menor.

- Veo que aun portas las heridas de tu enfrentamiento. Eso explica porqué hemos tardado tanto en dar contigo, incluso con nuestros mayores adivinadores buscando cualquier rastro mágico durante meses. - Kansaldi era consciente de que había riesgo en cada una de sus palabras. Pero necesitaba algo de tiempo para que sus fuerzas se posicionasen. - Pero no necesitabas pasar por todas esas molestias. Nuestros sanadores podrían haberte atendido con la mayor prontitud.


Cuando Bálagos habló, las paredes rocosas temblaron y se retorcieron.

- ¿Pretendes convencerte de que soy alguien que busca que le salven? - La enorme testa de la Gran Sierpe Carmesí se alzó, y con ella sus ojos incandescentes contemplaron directamente a la insignificante humana que se alzaba cerca de la entrada de la enorme caverna, sobre una protuberancia rocosa que usaba a modo de estrado. - Esto no era una huida en busca de refugio. Es un cebo, para algo que clama por que le maten.


La expresión de la mujer, pese a todo, no varió. - Imagino que no piensas acudir al llamado. Todo seria más fácil si cumplieses el papel que para ti ha sido dispuesto, Ulla Bahor.

- No te atrevas siquiera a imaginar lo que pienso, abominación. - Los movimientos del dragón rojo eran lentos, pero no torpes. Kansaldi contemplaba cada uno de los sutiles movimientos de sus garras, hundidas sobre una roca que sucumbía bajo su peso, de las tensiones de los músculos de su espalda, sujetos y atados a unas alas que podían crear huracanes.


- Te ves terrible, Bálagos. Una desgracia, incluso. Es indigno de nuestra Señora. - Kansaldi se movió sutilmente en su posición. Su ojo llameante, un poderoso artefacto mágico, contemplaba a través de roca la posición de sus fuerzas, que lentamente rodeaban a la Gran Sierpe Roja. Ellos eran varios centenares. Él solo uno. Y malherido. Sus heridas sufridas en los cielos de Crimmor no habían sanado aún, demasiado graves y demasiado profundas, y él habia evitado usar magia curativa para regenerarlas, consciente de que tal acto solo delataría su posición. - Has tenido meses para pensar qué decirme. Por ello, tienes mi atención.

- No necesito la gloria de tu señora. - La voz del enorme Dragón Rojo hizo sucumbir varias estalactitas, que se quebraron sobre la estancia, con un estruendo que resonó con eco por toda ella. Kansaldi tensó la espalda. Y su ojo mágico, ardiente, se fijó con más detalle en Bálagos. Entonces, tensó la mandíbula. - Tampoco tengo nada que decirte... - La mujer abrió la boca para gritar. Las heridas de Bálagos, graves y casi mortales, se habían cerrado a una velocidad vertiginosa desde los pocos minutos que llevaban en la caverna. Frente a sus ojos, la magia curativa cerraba el músculo y restauraba las escamas arrancadas. No llegó a proferir orden alguna. - ... ¡Cuando poseo vuestro FINAL!

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La enorme cola de Bálagos se apartó para mostrar, quebrada la poderosa magia que lo ocultaba, un artefacto de poder sin igual: Grande como una casa, un Mythallar palpitaba, una obra de arte Netheresa capaz de contener cantidades ingentes de magia.

Con una descarga de su aliento mágico, el dragón rojo destrozó el artefacto. Kansaldi se cubrió en un auto reflejo, tan veloz como inútil. La deflagración de poder mágico comenzó a engullir la caverna.

Esta fue contenida por una barrera mágica de enorme poder y precaria estructura: A los lados de su señora, Zha'Kurion y Vareth Drakhaal canalizaban todo el poder mágico que poseían para contener, bajo una esfera arcana, la deflagración de poder mágico descontrolado.

Kansaldi alzó la mirada para contemplar unas enormes fauces, abiertas de par en par a apenas unos metros de si misma. Por primera vez desde que llegó a este mundo, la Altamaestre sintió un arrebato de pánico.

Bálagos recibió el brutal impacto de Bruja Roja antes de llegar a devorar a la que era su jinete. La Dragona Carmesí se llevó consigo a la Gran Sierpe, enzarzándose ambos en una danza que pronto llenó de sangre y escamas la enorme gruta. Ambos dragones luchaban con intención letal, mientras a docenas, los draconianos alados se arrojaban para clavar sus armas en los flancos desprotegidos del Devoradragones, la mayoría aplastados en el proceso.

Y desde su vista periférica, Kansaldi ya no podía ver al frágil caparazón desprovisto de su poder que les había recibido en la caverna, si no a una criatura de puro poder y desafío, con la voluntad de luchar hasta el final. Contempló como Bálagos arrancaba las escamas de Barkranoth, su fiel compañera, con zarpazos cargados de la furia de un rey desafiado, y la precisión de un asesino de dragones, que llenaban las paredes de la gruta de la sangre de la bestia.

Por su parte, Bruja Roja, su montura, más joven y pequeña y por ello más ágil se retorció usando las paredes para saltar sobre la enorme bestia que era su rival, cayendo sobre su espalda, antes de morder su cuello con dientes afilados como lanzas, penetrando escamas y desafío por igual. En sus ojos ardientes Kansaldi reconoció una mezcla de desprecio y regocijo; La mirada de aquella que se alimenta de miseria.

La general de los Ejércitos de la Reina de la Oscuridad observaba el combate, mientras desataba todo su poder mágico para ayudar a sus oficiales a contener la deflagración del Mythallar destruido.


- ¡No puede haber piedad para las transgresiones que habéis cometido! ¡Que recaiga pues sobre mi el deber de acabar con vosotros! - Los rugidos de Bálagos retumbaban como truenos por la gruta, entremezclados con los gritos de la batalla y el ruido de la danza mortal.

-
¡Siquiera puedes llegar a imaginar los dones que te aguardan junto a Nuestra Señora! - Con un sudor frío, Kansaldi gritó, notandose al límite junto a los comandantes Aurak. - ¡Tu potencial brilla a través de tus heridas! ¡Imagina las glorias no consumadas que realizaríamos!


- ¡Que creas que buscaría compartir mi gloria con vuestra Ama delata la ceguera que te consume! - Bálagos no gritaba con furia , dolor y temor. La voz de la Gran Sierpe, rodeada, superada y malherida, incluso en mitad de la batalla retumbaba con la autoridad de las eras. - ¡No me será negada mi venganza! ¡Soy Bálagos y soy el Matadragones! ¡Te rechazo a ti, y a la pretendiente que llamas tu Señora, hoy, y por siempre! ¡Así deba aguardar un milenio para acabar con ambas!

El desafío de la Sierpe Roja hizo temblar el techo de la enorme gruta, retumbando en millas a la redonda. Kansaldi gritó para dar una órden. Pero fue demasiado lenta. Cuando se percató de lo que Bálagos estaba haciendo, ya era demasiado tarde.

En el caos de la batalla, el anciano dragón había llevado a su rival, más joven e inexperta hacia la posición que él quería: Al lado opuesto de su ama y jinete. Con un giro veloz de sus enormes garras, Bálagos barrió la posición de la Altamaestre.

Zha'Kurion y Vareth Drakhaal
apenas se percataron, enfrascados en contener la magia del Mythallar destruido. Sus cuerpos fueron destrozados por el golpe del enorme dragón. Kansaldi contempló como todo a su alrededor era invadido por el fuego cegador de la magia descontrolada.


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Cuando Kansaldi Ojos de Fuego recuperó la consciencia miró a su alrededor. La destrucción había arrasado la gruta: Donde antes se alzaban centenares de formaciones rocosas ahora solo quedaba roca fundida e incandescente. Los restos calcinados de su ejército salpicaban la estancia a docenas.

A un lado yacía Bruja Roja. Estaba inconsciente y respiraba con dificultad. Las heridas de la batalla sangraban profusamente, y la magia desatada habia calcinado su cuerpo en numerosas partes. Su ala izquierda había desaparecido hasta prácticamente su torso. Había protegido a su jinete con su cuerpo.

En el lado opuesto de la estancia, Bálagos yacía enroscado sobre si mismo. Los resguardos mágicos que había entretejido durante el combate con tal fin le habían protegido del daño que había casi matado a su rival, pero la Gran Sierpe también se encontraba malograda e inconsciente.

Pronto la gruta se infestó con el resto de las fuerzas de Kansaldi, que como un enjambre rodearon a la Gran Sierpe.

Contemplando como sus fuerzas encadenaban y preparaban al Recipiente para su transporte, mientras varios clérigos de su señora atendían sus heridas Kansaldi Ojos de Fuego parpadeó lentamente.

Y luego, estalló en carcajadas.



Offtopic :


Buenas noches.

Este miércoles 8 a las 21:00 se realizará un rol donde se presentará la escena y ambientación de la escena final de la MegaTrama.

También se decidirá onrol el portador de la Lanzadragón.

Cualquiera puede acudir.

 

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III
HOY, Y NUNCA MÁS
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Faerûn no había visto una fuerza tal desde la edad de los viejos imperios. Hacía poco más de un año que las legiones de la Reina de la Oscuridad habían desembarcado en las costas occidentales del Mar de las Estrellas Caídas.

Desde entonces habían llevado la guerra y la destrucción a los reinos del continente en una época donde el caos había estallado con el Regreso de los Dragones.

Las Grandes Sierpes se alzaron bajo el influjo de la Canción de su futura Señora, y con ello, habían arrastrado a la guerra los reinos. Desde Neverwinter hasta Tethyr, e incluso en las lejanas tierras de Thay, desde las grandes sierpes hasta dragones menores, la mayoría habían alzado el vuelo y traído la ruina a las razas mortales.

Se dice que en el lejano Kara-Tur solo la influencia del Emperador Celestial pudo contener el fuego ardiente y la influencia de la Canción en los dragones que le servían como su Millón de Funcionarios.

El ejército de la Reina de la Oscuridad se dividió bajo la maestría militar de su Alta Mariscal, Kansaldi Ojos de Fuego. Cinco legiones, unos cincuentamil efectivos, entre draconianos, caballeros, humanos, trasgos, minotauros y otras bestias, marcharían dirección norte. Llevaron la guerra a Cormyr, y sometieron a Suzail a un asedio que duraría nueve meses.

Una fuerza de tamaño similar marcharía hacia el este. Llevarían la guerra y la destrucción a Turmish y Chondath, arrastrando al conflicto y a la guerra a las ciudades estado de Chessenta, recurriendo al soborno y promesas de poder para arrastrar a su causa a aquellos de espíritu más corrupto y corazones más ambiciosos.

Pero sería el grueso de sus legiones lo que descendería sobre Amn, el más grande de los reinos de las Tierras de la Intriga.

Esta tierra menospreciada por sus vecinos de norte y sur contenía en ella un poder colosal: Un objetivo primordial, necesario para el regreso de su Señora.

Arrastrados a la guerra fratricida por las conspiraciones de las dos grandes sierpes, Bálagos el Matadragones y Iryklathagra "Colmillos Afilados", Amn no fue consciente de la amenaza del este hasta que el reino se había ya sumido en la guerra.

No sería si no tras meses de batalla y conflicto, que por fin Amn pasaría a la ofensiva.

El primero en caer fue Lord Soth: El Señor de la Rosa Negra y general de Takhisis había alzado su fortaleza de no-muerte en los cielos de los Picos de las Nubes. Con el poder del Orbe de los Dragones en sus manos, sus planes diferian de los de su supuesta superiora, Kansaldi.

Sería solo mediante la alianza de fuerzas tan dispares como opuestas que los muros de Nueva Dargaard serían asaltados, y su oscuro señor derrotado en un punto entre los mundos y planos.

Y sin embargo, esa batalla parecería una escaramuza comparado el conflicto que ocurriría en los valles al sur de la ciudad de Kezculla, cerca de las ruinas de la Fortaleza de Targorath.

Sobre el campo de batalla marcharía del El Ejército de la Alianza, compuesto por los ejércitos de Amn, docenas de compañías mercenarias, grupos de aventureros y regimientos de voluntarios, las fuerzas militares de más de veintiún cleros, el auxilio de los pueblos elfo, enano, guardianes del bosque y centinelas del arpa y la justicia, e incluso bárbaros de la montaña, y la letalidad de los refuerzos del Sur, que habían renegado del conflicto militar que amenazaba con sumar en el caos el Imperio de Murann y habían marchado contra el enemigo común del este: Desde legiones de hobgoblins a crueles mercenarios, nigromantes y no-muertos y cleros de señores del mal y tiranos eternos.

Sus números se contaban entre los veinte mil. Una fuerza considerable, pero mermada por los meses de conflicto previos. Y sin embargo, unida por fin en propósito. Suya era una batalla cuya derrota no podía contemplarse.

Lo que les aguardó fue un horror que no podían reflejar siquiera las acuarelas del maestro más avezado. Todo lo que había, donde antaño hubo campos y frescor, era barro y cenizas. El cielo nocturno se mostraba apagado de toda luz y estrella, oculto por un mando de oscuridad antinatural. Y extendidas alrededor de millares de hogueras alrededor del enorme zigurat de basalto alzado en el cascarón de las ruinas de la vieja fortaleza, las legiones de la Reina de la Oscuridad.

Para cuando llegó el Ejército de la Alianza, estas ya se encontraban formando en filas de batalla, bajo el grito de sus oficiales. Según los informes de los exploradores, la fuerza superaba generosamente los cien mil efectivos. Superados aproximadamente en cinco a uno, esa no era una batalla que pudiese ganarse mediante la fuerza de las armas. No en una posición ventajosa para el enemigo.

Pero el verdadero enemigo no eran sus ejércitos.

El enemigo era ella.


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Su presencia no era algo que pudiese percibirse. Era algo que debía sentirse. Sobre los cielos faltaba algo. Un vacío palpitante, de una maldad insondable y un poder abrumador. A centenares de metros sobre el zigurat de obsidiana donde la gran sierpe Bálagos yacía encadenada , la Reina de la Oscuridad aguardaba su momento.

Y este estaba próximo.

Todo dependía de una sola baza: El Ritual de Destierro, transmitido por los poderes divinos a sus sumos sacerdotes.

Desde los reinos dorados del sur llegaron altos clérigos de Moradin el Artesano, con la voluntad de auxiliar a su pueblo hermano de las montañas, que tanto había luchado.

Los bosques palpitaron, y Rifilane el Viejo Roble actuó de portavoz para con el pueblo élfico, en nombre de los dioses de la naturaleza, recordándoles que mientras la tierra respirase , el Pueblo nunca se encontraría solo.

Desde Agujas de Oro, Waukeen la Aurísima habló a sus fieles, y mandó a la guerra a su campeona en el mundo mortal, con un claro propósito, y en dorado marcharon sus legiones, la fuerza principal de los divinos en esta batalla.

En los cielos nocturnos, Selûne la Dama de Plata pidió un último sacrificio a sus fieles, que tanto habían sufrido desde el Regreso de los Dragones. Malheridos y de espíritus vapuleados, alzaron sus estandartes y marcharon a cumplir el propósito con convicción absoluta.

Desde el sur marcharon, en armaduras oscuras, los siervos del Tirano. Aquel que hacía poco había intentado someter a Faerûn mediante el engaño y la mentira, ahora blandia su puño de hierro en la forma de sus fieles, pues si alguien debía someter al mundo, era solo el Señor de las Sombras.

Y con estandartes del Cetro Rubí altos sobre sus ejércitos, Asmodeo el Dios del Mal sorprendió a todos, prestando su auxilio a una causa que muchos considerarían le resultaba ajena. Aquel que se vanagloriaba en proteger la creación de las hordas abisales, de nuevo, mostraba su compromiso ante una oleada de oscuridad que amenazaba con consumirlos a todos.

Los emisarios divinos se dispusieron para su ritual.

Y las líneas de batalla, para el choque de armas.

Pronto, los ejércitos chocaron. El poder desatado hizo temblar la tierra, y se dice que el Martillo de Enemigos tembló desde su trono, desatando sus poderes sobre aquellos que luchaban por Faerûn. Pues de otra manera no podría explicarse el fervor con el cual hicieron frente a las hordas de la Reina de la Oscuridad.

Pero aquellos que blandían el acero y sangraron ante las hordas de draconianos y horrores de otros mundos sabían que no eran los dioses los que lucharon esa batalla.

Fueron los mortales. Desde el más humilde goblin y kóbold, a las grandes sierpes que se habían unido a la causa y prendieron los cielos de relámpago y fuego, todos lucharon con un solo propósito y un solo deseo: La supervivencia de su mundo.

Pero la voluntad y el deseo no son suficientes para ganar las guerras. Las legiones de la Reina de la Oscuridad descendieron y se cerraron sobre las líneas de batalla que se cerraban alrededor de los altos sacerdotes. Los cielos se infestaron con sus dragones y sus dragonnels, y sus fuerzas pisotearon la tierra y los cadáveres caidos de aquellos que sucumbían a su cruel acero y oscura magia.


Entonces retumbaron los cuernos de guerra desde el noreste.

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La Alianza de los Lores había acudido. Sus ejércitos habían descendido apenas un mes antes, y marchado con la furia y la convicción de su causa sobre Cormyr. Con su auxilio, el asedio de Suzail había sido quebrado, y bajo coordinación con los altos mandos de Amn, habían marchado hasta la extenuación para llegar al momento de la batalla.

Los cielos se prendaron de las formaciones de jinetes de grifo de Aguas Profundas, mientras la caballería pesada de los Dragones Púrpuras hacia retumbar la tierra a la vanguardia de los regimientos de mercenarios del Puño Llameante, las curtidas tropas de la norteña Neverwinter, y los arcanistas y tiradores de Evereska y Luna Plateada. A esa fuerza se sumaban millares de voluntarios, mercenarios y aventureros, y siervos de los dioses, tanto aquellos del bien como del mal.

Con el poder de un puño temible, la fuerza de unos cuarenta mil efectivos descendió contra el flanco de los Ejércitos de la Diosa de la Oscuridad.

Entonces la oscuridad se retorció.



Soy la grieta en el alba.
Del silencio, respiro.
De la herida del tiempo, sangro eternidad.
El último suspiro del mundo es mi primer aliento.

Pues yo no nazco… regreso.


La victoria no era posible con el poder de las armas. Pues ya era demasiado tarde. Todos los Sellos habían caído. Y sobre los cielos, el Recipiente se alzaba por una magia insondable y antigua, preparado para aceptar la esencia de una Diosa.

El Vacío se abrió.

Y sobre un cielo sin estrellas, La Reina de la Oscuridad, Takhisis hizo acto de presencia.


Sus legiones enfervorecidas retomaron la ofensiva, perdida tras la llegada de los refuerzos del Norte. Su acero sajaba con más crueldad. Su magia retumbaba más poderosa.

Entonces, los cielos se vieron iluminados. Incluso tras la muerte de las fuerzas de la Señora del Comercio, el Ritual de Destierro se había completado.

El poder de los Cinco Divinos se abrió paso, y surcó la noche, para impactar en una Diosa nasciente que no pertenecía a este mundo.

No fue suficiente. Takhisis se alzó, victoriosa aunque malherida, su forma colosal se tambaleó, difuminada, sus cinco cabezas se volvieron tres, y cuatro, y luego cinco de nuevo, mientras se apresuraba para terminar la transfiguración a aquel que debía ser el portal para su llegada, Bálagos, tal vez temerosa de que aquellos que la combatían guardasen otra magia de poder semejante, o pudiesen repetir el hechizo.

Incluso a través de sus representantes mortales, aquello que enfrentaban era una abominación. Una criatura que rompía toda ley que ataba a los divinos de Faerûn y más allá. Una plaga. Una langosta. Era crueldad e invasión. Era la muerte de todo.

Pero esta batalla no sería ganada por los dioses. Tal cosa había sido dictaminada por aquellos que escribían el destino.

Como una centella plateada, una menuda mota de esperanza cruzó los cielos. A su paso, la oscuridad insondable se quebraba, y donde antes solo había sombra, volvían a brillar las estrellas.

Lo que fue un haz de luz, se extendió y materializó en una lanza que partió la bóveda celeste. Y dicen aquellos que sobrevivieron a la contienda, que las mismas estrellas descendieron, y conformaron la forma de un inmenso guantelete de platino: Una constelación, dada forma y vida, que empuñó la luz plateada, y la blandió de lleno contra la Reina de la Oscuridad.

Takhisis fue derrotada, y la que nunca hubo de pertenecer ni ollar este mundo, desapareció como si nunca hubiese existido.


Pronto sus ejércitos fueron rodeados. Sus fuerzas en huida, masacradas y cazadas, con pocos supervivientes huyendo hacia las montañas, colinas y bosques. La que había sido su Alta Mariscal reagrupó a sus fuerzas, negandose a aceptar la derrota incluso tras el destierro de su señora, pero no fue suficiente, y por fin Kansaldi Ojos de Fuego y su montura, la dragona roja Bruja Roja, sucumbieron, poniendo fin a su campaña de conquista que se había saldado con decenas de miles de muertes.

Y sobre un manto de barro y nieve, una dragona plateada yacía enroscada y sin vida, sobre el cuerpo inerte pero incólume de una humilde figura: Nicodemus Buen Pan, el Héroe de la Lanza.

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Se tardarían semanas en contabilizar a todos los muertos, muchos simplemente dados por desaparecidos, sus cuerpos jamás identificados. Más de veintemil habían perdido su vida, entre las fuerzas del Ejército de la Alianza y la Alianza de Lores del norte, y otros tantos habían resultado heridos, desde los más graves a aquellos con daños moderados. Muy pocos habían salido indemnes de la batalla, por no decir ninguno.

Aquellos que no portaban consigo dolor físico, lo llevaban en el alma y en la mente.

Las fuerzas restantes del Ejército de la Oscuridad serían cazadas y perseguidas, aunque incluso años después habría rumores y avistamientos de bandas de draconianos salvajes que ofrecían sus servicios a tiranos, señores del crimen y hechiceros oscuros, o simplemente saqueaban caravanas y aldeas alejadas, tanto en las Costas del Dragón como en las regiones orientales de Amn, y hasta en Cormyr, Turmish y más allá.

Muchos de los que habían hecho el gran viaje para luchar, agotados, decidieron nunca regresar. Las ciudades de Kezculla y Eshpurta serían repobladas y reconstruidas, tanto con sus refugiados como por muchos que habían luchado y decidido permanecer allí, una tierra por la que lo habían arriesgado todo, en vez de volver a un hogar que ahora, se les hacía distante.

La Moneda Sagrada de Waukeen, así como sus Furias, convertidas en estatuas doradas por el poder desatado del Ritual de Destierro fallido, serían movidas a Kezculla, y situadas, en reverencia y respeto, en el reconstruido gran templo de Waukeen, beatificadas por su sacrificio, atrayendo a miles de peregrinos en los tiempos venideros.

Pese a la tenue alianza formada para enfrentar a las Fuerzas del Este, pronto la realidad del mundo de los supervivientes se hizo patente: Los campos se pudrirían, sin aquellos que los cultivasen, pues demasiados habían muerto en las guerras, tanto civiles inocentes como voluntarios que habían marchado a combatir, o sido reclutados bajo promesas o a la fuerza para las batallas que azotaron las tierras centrales de Faerûn durante el Regreso de los Dragones .

Bestias salvajes y bandidos recorrerían los caminos y las tierras desprovistas de sus soldados y guardianes, llevando el caos y la matanza, depredando a un pueblo vulnerable que lo había dado todo por salvarles.

Y con la amenaza de la Reina de la Oscuridad cada vez más lejos, pronto los intereses de aquellso que gobiernan los mundos mortales se girarían de nuevo hacia dentro: Al egoísmo y la codicia, y las viejas rivalidades y odios se alimentarían poco a poco, incendiándose de nuevo. Tethyr, Murann, Calisham, Amn, Aguas Profundas, no tardarían en volver a competir con aquellos que , salvo por un breve momento, nunca habían dejado de ser sus rivales. Al fin y al cabo, si habían luchado para salvar el mundo, era para tener un mundo del que apropiarse.

Pero no todo fue oscuridad ni miseria, pues incluso tras el paso de la más cruel de las tormentas, brillan pequeños pozos de esperanza. Alianzas forjadas bajo la amenaza de la sombra más profunda se forjarían, para nunca más ser quebradas, y muchos cuyos espíritus eran grises y oscuros, entendieron la futilidad de su causa, y abrazaron un futuro de unidad.

En una tierra lejana, allá donde vive el pueblo mediano, en Luiren, pronto llegaron las nuevas de Nicodemus Buenpan, Heroe de la Lanza. La villa de Gambitón, allá donde yacia enterrado su cuerpo y este había sido Sheriff, se volvería un lugar de peregrinaje visitado por cientos de medianos , tanto fortecor como piesligeros, durante décadas, así como por muchos que no pertenecían al pueblo Hin, para presentar sus respetos a una figura cuyo nombre resonaría por todo Faerûn, recitado en docenas de misas y ceremonias en su honor y memoria, que se repetirían durante años en el aniversario de la batalla de la Fortaleza de Targorath.

Incluso cuando el tiempo y las futuras amenazas hubiesen recubierto de musgo y de los rumores que dan forma a las leyendas su historia, algunos medianos dejarían ofrendas de miel, bollos y frutas, sobre la humilde tumba del paladin de Yondalla.



Offtopic :


Pues aqui está el post final de la mega trama por mi parte. Espero que todos lo hayan disfrutado viviendo tanto como yo llevandola. Mis más amplia gratitud a DM Faker y DM Kapillo, no solo por llevar la práctica totalidad de la segunda mitad de la mega trama, si no por ayudarme a codirigir la escena final, y a DM Caótica y DM Apofis por su inestimable ayuda a lo largo de toda la mega trama.

A partir de aquí pueden postear libremente relatos o vivencias de sus personajes.

Muchas gracias.
 
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ELLOESO

Perro de Dan
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La nieve cubre lentamente los cuerpos caídos, empapándose de sangre hasta que el paisaje blanco lo gobierne todo.

En las sombras de la fortaleza de Ónice, algo resplandece a la luz del nuevo día. Una fina hoja de aferra al suelo, inamovible, imperecedera; fija como una figura eterna clavada en el tejido de la propia existencia.

La reliquia, recuerdo de un lugar sacro bañado por la gracia de la dama de plata, permanecerá en el lugar donde cayó Nicodemus Buenpan, perdurando más allá de la existencia de los tiempos, como recordatorio eterno de la gesta que allí se dio, testigo de la grandeza de lo pequeño, de la importancia de los actos y la realidad de la sutil existencia de todos los que pueblan Toril; imperceptible pero vital, capaz de cambiar el destino aciago que nos pueda aguardar.

Quizás sea la magia de la propia reliquia o un tributo de la luz de la Luna que la hará brillar todas las noches. Una hoja del recuerdo para el recuerdo eterno.
 

JirenDeGeminis

Adorador reciente de Talona
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Pasaron unos días luego de la sangrienta batalla y la soldado Gernigan fue vista en varios sitios prestando sus condolencias y orando por el alma de quienes hayan caído en la guerra, así como también acude al templo de la Aurisima a pedir por la salud de ella y su futuro hijo o hija.
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Valiente Ibrak y camaradas del glorioso ejército de Amn, sus almas pueden descansar en paz ya que dieron todo por el futuro del país, sobre todo tu Ibrak quien ascendiste a soldado con bastante esfuerzo y tesón, tu sacrificio nunca será olvidado, no solo la guardia perdió a tremenda promesa, yo perdí a un gran amigo.
Descansa en paz, era como tu proclamabas siempre, ¡larga muerte compañero!

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Pequeño, pero con el alma y valentía de un gigante, el titan de Gambiton Nicodemus Buen Pan, sin duda tu sacrificio es el que más duele ya que teniendo una larga vida en servicio de una comunidad amiga como la Hin, decidiste darla para acabar con un peligro enorme que no solo iba a acabar con Amn si no con toda Faerun, donde quiera que te encuentres estoy segura de que vas a cuidar de todos quienes tuvimos la dicha de contarte entre sus amigos, mediano de gran corazón y Sheriff de Gambiton. Gracias por que tú nos diste la oportunidad de vivir un día más.
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Aurisima Waukeen, acudo a tu morada para agradecerte ya que oíste mi plegaria cuando creía que me arrebataban a mi retoño o retoña, razón tenía en saber de qué mi hijo o hija es un milagro que tú me diste, no solo mediante tu dogma, más si como la ayuda de tu representante en este mundo, la Syndar Arianne quien mi hija llevara el honor de llevar su nombre, cuando crezca la consagrare a tu fe, es lo mínimo que puedo hacer, seguramente va a tener el gran futuro que anhelo para ella y mi familia entera.
 

Manny_LoneWolf

Vestido de Valak
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Sentada junto a Nicodemus, del mismo modo que el resto contemplaba alrededor de a un amigo, aliado, compañero, y héroe caído, Fery levantó su mirada del inerte pequeño cuerpo pero de rostro feliz y en paz.

—Os ayudaré a llevarlo —dijo con calma en dirección a Numina para esperar su aprobación, pues ella había expresado que deseaban devolverlo a la mancomunidad.

Y con esta, la paladina tomó en brazos el cuerpo del hin, arropándolo con suavidad. Observó la expresión con la que él se había despedido y entonces comprendió. Fery llevó una de sus manos hasta la mejilla del mediano para acariciar ahí de manera cariñosa, pura e inmaculada, con el mismo tacto de un madre en su amor incondicional, incluso apartándole algunos mechones rebeldes de la sudada frente.

—Todos le debemos nuestro futuro a Nicodemus: que nadie lo olvide —se dirigió a todos la mestiza de orco en un tono perfectamente audible.

Asentimientos y murmullos, susurros y hasta palabras de valor se escucharon entre los presentes, algunos entre lágrimas, otros con gestos severos pero de igual modo respetuosos incluso entre las bestias más temibles.

Fery volvió a mirar el pequeño cuerpo que tenía entre sus brazos mientras aguardaba al resto para marchar, y entonces aproximó su rostro para que la frente quedara junto a la de Nicodemus.

—Gracias, Nicodemus —susurró—. Gracias por demostrarme lo que es un verdadero paladín. Gracias por darme la oportunidad de que sí pueda cumplir mi promesa. Gracias por todo: pues jamás os olvidaré.

Un beso casto de despedida fue depositado en la frente del hin, siendo luego cuando la mestiza acurrucó más a este como si quisiera darle todo el cobijo del mundo.



Offtopic :
Gracias, Nicodemus. :)
 

El_Reverendo

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El Jinete se maldice nuevamente... había vuelto a fallar... ¡Nicodemus ha muerto!

Lo observa medio descolgado de Jilguero casi sin poder mantenerse sobre la montura. Recuerda la batalla mientras intenta fijarse bien en las facciones del Hin para no olvidarlas, había sido brutal y descarnada. En el Frente Norte se enfrentaron a la despiadada Icehauptannarthanyx... logrando entre todos derribarla y dándole Radix la lanzada definitiva en su frio corazón...



Pero el veterano lancero medio muerto ronroneaba pesaroso, y un caudaloso rio de lágrimas empezó a brotar desde el único ojo que mantiene operativo...

- Fallé pequeño amigo... *gruñe severo* prometí acompañar tu vuelo hasta el último aliento... perdóname... Gwaeron Viendstrom te guiará por el sendero correcto, estoy seguro...-

Nico muerte-fotor-20251011104544.jpg

Todos los que rodeaban a Gran Sheriff Nicodemus, Héroe de la Lanza y SALVADOR DEL MUNDO, guardaron un largo y solemne silencio...


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¡¡NICOOOOOOOOO!!! ERES DIOS HECHO CARNE!!!
 
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Alliranthe

Panfleto tirado de Shack
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Las proclamas comenzaban a expandirse como un eco ensordecedor: la Reina de la Oscuridad ha caído, y Toril, victorioso, ha resistido lo inconcebible. Aunque en estos instantes mis sentidos perciben un silencio demasiado vasto, como si el mundo contuviera la respiración ante su propia herida abierta.

Aún escuchaba las dispares plegarias que los sacerdotes murmuraban a sus dioses, obrando milagros sobre los heridos y los caídos. La sangre fresca y el fuego agonizaban lentamente en el campo de batalla, mientras el humo, alzándose en el horizonte, actuaba como un sudario sobre nosotros. Bajo aquel manto incierto, me resultaba increíble que todos hubiésemos combatido bajo un mismo estandarte y esperanza, disipando la barrera que separaba a quienes antaño fueron declarados enemigos.

Desde esta distante inmortalidad que abrazo, he sido testigo de incontables contiendas; de la desaparición de imperios, incluso, y del temblor de este plano en sus horas más oscuras.

Pero jamás había presenciado algo tan improbable como esta unión.

Fue un gesto de insensata grandeza, un desafío al propio destino. Y tal vez por eso duele tanto recordarlo.

Las voces de los dioses se silenciaron, quizá observando con solemnidad. No pertenezco a ninguno de sus designios, pero debo conceder su intervención divina.

La tierra húmeda está empapada con la sangre de los valientes: aquellos que marcharon sin promesa de retorno, sin otro amparo que la fe o el deber, portando una chispa que se negó a extinguirse. Sus nombres me rehusaré a olvidar; los pronuncio en mi mente con el respeto que merecen, pues sé honrar a quienes tendieron su luz para sostener este frágil amanecer que apenas alcanzamos a vislumbrar.

Y aun así, entre todos los recuerdos, hay uno que no cesa de herirme.

Dicen que sentir pesar por un traidor es una forma de debilidad. Y, sin embargo, cuando pronuncian su nombre con desprecio, algo en mí se resiste.

Sonrío amargamente al recordar sus trazos, guardando silencio mientras mi mente, aún, le defiende en secreto. No puedo condenarle, pues mi persona habría hecho lo mismo si las tornas hubiesen cambiado. Comprendo vuestra verdad y sacrificio… pero, en parte, os odio por ello.

Pude alcanzar el olor que la brisa transportaba levemente: ese olor a hierro y a ceniza, mientras los cánticos comenzaban a extinguirse. La noche parecía inclinarse sobre los restos de la contienda, como si los velase.

Entre mis dedos aún reposaba un colgante, helado al tacto. El oro ennegrecido encerraba el dibujo de una Rosa de los Vientos, y sus líneas reflejaban la luz mortecina de la luna.

Lo contemplo un instante, inmóvil y sin palabras.

Sí, hemos obtenido la victoria; una que no siempre acude de la mano con el consuelo. Porque hay triunfos que pesan más que las derrotas, y heridas que ni la eternidad logra cerrar.

El mundo respira otra vez, con un aliento renovado.

Pero me descubro incapaz de hacerlo.


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Aquí va un pequeño relatillo jejeje ¡Gracias a todos por la Megatrama! ¡Ha estado genial! Vamos que me quito el sombrero. Estuvo muy intensito.
 
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Vinter

Elfo que no discute
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La batalla había sido probablemente una de las más crueles y brutales a las que Halgar había tenido que asistir en su vida. Y eso para el estándar de un bárbaro reghed, era mucho. Criados en terrenos hostiles al amparo de ataque de gigantes, orcos y peores, acosados por Icehaupthannaryx constantemente, y muchas veces en rencilla entre ellos mismos, Halgar había sangrado, luchado y desmembrado a toda clase de criaturas.

Había presenciado la Horda Negra.
Había visto morir gente durante la guerra civil.

Pero ninguna batalla había tenido la magnitud de esta. Fue sabiendo que quizás, podría morir. Que muchos morirían a su lado, que escucharía gritos de dolor y desesperación por todas partes. Pero era una batalla que todos debían librar, por el bien de Faêrun. En aquella batalla, no se jugaban solo un ideal, o un propósito, o una ambición. Era una batalla por la supervivencia absoluta. Una alianza con los aliados menos probables se había alzado contra todas las expectativas del reghed, y allí estaban Eir y él representando a su pueblo, en primera línea de batalla, protegiendo a los sacerdotes del Waukinar y de la cúpula de la Luna.

Pero el frente estaba conformado por muchos más que ellos.

Las oleadas eran brutales. Halgar se resarcía con cada baja enemiga, con cada golpe que le daban. La sangre que sacaban de él no era más que alimento para su furia ancestral. Su falcata se hundía en la carne de los dracónidos, la targa quebraba calaveras y desvencijaba alas. El reghed era la furia del norte encapsulada en un único hombre. Quien normalmente contenía esa ira, sus emociones, la furia de forma casi celosa, en aquella batalla lo dejó ir todo. Gritos, insultos, maldiciones, mientras hacía líneas de escudos con sus aliados y aquellos que, muy rara vez, Halgar pensaba como amigos. Y entonces, llegaron los refuerzos, de todos lugares de Faêrun, para maravilla del bárbaro.

Y entonces, cayó la comandante, tras el espectáculo de luces de la balista preparada por el gremio de artesanos. Un vítor general inundó el aire, pero lo que sobrevino a aquella efímera victoria fue la más cruel de las batallas. Acosados por dragonnells y la propia comandante, al final el frente acabó siendo sobrepasado. Y con el sacrificio del Waukinar, la vida de los defensores fue, afortunadamente, salvada.

Al final de la batalla, Halgar tuvo que retirarse junto a Eir. Su brazo derecho había estallado en varios puntos cuando un dracónido que le duplicaba en tamaño le agarró el brazo. Casi se lo arrancó de cuajo, pero el bárbaro tuvo suerte: El dolor le sobrepasó, y la aberrante criatura le dio por muerto. Lo arrastraron fuera de la batalla... Y en el hospital de campaña, pudo observar todo lo demás que había ocurrido.

Se habían pagado muchas vidas. Demasiadas. Incluso para él. Y al final, Halgar tuvo que reconocerle una cosa al guerrero más pequeño que había pisado aquel campo de batalla. Su sacrificio, salvó lo más grande.

-Paso seguro. Brazo firme. -Su habitual despedida a sus amigos y aliados fue dedicada una última vez a Nico, reconociendo con todo el respeto el sacrificio que había hecho. Había muerto como un guerrero, con un propósito.

Los Reghed no olvidan.
 

El Espino Blanco

Legionario del Hielo
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Era complicado saber si lo que caía del cielo era nieve o ceniza. Aquel lugar había visto la muerte recientemente, en la distancia podía oírse el júbilo de la victoria y los lamentos por la perdida, pero no aquí, no donde el waukinar había preparado el ritual del destierro, aquí solo existía un silencio solemne y respetuoso. Se retiraban cuerpos, no eran arrastrados por la nieve como meros fardos, si no que se los levantaba a pulso y eran conducidos llevados al campamento, sin ser amontonados en carros, sin tocar el suelo, una lenta procesión para marcar respeto y agradecimiento. No obstante, había “Cuerpos” que no iban a moverse, al menos por ahora.



Arianne Brillalba, Syndar de Waukin y comandante de sus ejércitos contemplaba el precio de su fracaso, las Furias de la moneda y la Sacerdotisa suprema de Waukin convertidas en estatuas de oro, las tres furias con sus armas en ristre, congeladas en medio de un combate y la Moneda Sagrada, de rodillas, con los brazos abiertos y los ojos cerrados en una súplica eterna. No había conseguido protegerlas, esa era su misión y ahora sencillamente, se habían ido. Aunque suplicara a lady Velastra por su ayuda, a pesar de los intentos de sacerdotes y magos, nada había cambiado, las sacerdotisas se mantenían como un inmóvil recuerdo áureo.



La obispo había enviado recados mágicos a las dos Furias restantes, pues solo tres habían acudido al campo de batalla, esperaba que ellas supieran que hacer en momentos así, aunque en su fuero interno, temía que sacaran las zarpas la una contra la otra en una lucha intestina por el poder. No podía hacer mucho más, había regresado lo antes posible de tratar a los heridos, para estar aquí, ante las estatuas, las cuales no sabía si atreverse a moverlas, por miedo a dañarlas. Pensaba en que quizás de dejarlas aquí, podrían erigir un santuario a su alrededor, que vieran como la civilización de una nueva ciudad prosperara a su alrededor…Pero tampoco estaba segura de poder o deber hacer eso, lo que sabía era que no iba a dejarlas ahí, a la intemperie, abandonadas por segunda vez.



- Vellamorte – Llamo a su capitana – Ordenad desmontar la carpa de su santidad y que se monte aquí. No dejaremos a su santidad y sus eminencias al amparo de los elementos.



Cerro los ojos esperando un mensaje de las Furias, quizás una señal de su diosa y mientras esperaba, recordó.



Todo había empezado hace meses, Lohezet ya se movía por los pantanos, los dragones se mostraban inquietos por los cielos, sabedores de que algo se aproximaba y aun antes, todo había empezado antes, pero por suerte para ella, no sabía la profundidad del asunto, ni ahora ni mucho menos entonces.



Para Arianne, todo esto empezó con los dragones, con una en particular que se había autoproclamado reina. La Syndar había sido nombrada consejera del Trueno, el consejo de gobierno al servicio de la dragona azul que ahora reinaba en Amn, no obstante, no duro demasiado en el cargo, pues cuando se le exigió luchar en la guerra civil que se había desatado en el norte, se negó y por ende fue desterrada. Aun así, lucho contra Murann en Imnescar, pero la ciudad fue arrasada, los muranies trabajaron a conciencia para no dejar ni el recuerdo. Después de eso, llego la comandancia del ejército dorado y no hubo descanso.



Acabar luchando junto a los muranies, aquellos que habían arrasado Imnescar y antes de eso asaltado la ciudad sagrada de Caravasar, fue algo insólito, pero inevitable. Ella no era un corazón bondadoso, pero le costaba odiar, había sido criada de forma muy particular, pudiendo comprender el por qué los demás hacían las cosas, veía la lógica desde los distintos puntos de vista y comprendía las acciones que esta desencadenaba. Junto a los muranies marcho, a pesar de que sus hombres fueran retenidos para comprometer su ayuda, ella se mantuvo firme, encabezo a sus tropas y se enfrentó a Lohezet en su torre para así poder entregar a los genios de Caravasar una de las piezas necesarias para forjar la Dragonlance, el martillo de Kharas.



Las tropas marcharon al este, ella a saltos entre la marcha y el campamento de la alianza al norte. Defender posiciones, heridos, atacar un dragón Blanco, derrotar a los caballeros de la Rosa Negra, Soth…No hubo tiempo para sentarse.



Al final todo conducía al este, a este momento. Plantada en la nieve, sin celebrar la victoria miraba en silencio al frente y mientras la ceniza se acumulaba sobre las estatuas de oro, avanzo lentamente hasta Sarguina, la Moneda sagrada. Se despojó de su capa de piel de león y se arrodillo ante la estatua a su misma altura, coloco la capa sobre los hombros de la sacerdotisa suprema de su fe y dijo.

- Estaréis pasando frio su santidad.


Entonces espero, espero por un mensaje de las Furias, por un mensaje divino o simplemente a congelarse en la nieve, como una estatua más, pero indigna del dorado.

 
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Zethan

</c> de Minikanyas
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Música de fondo

El druida humano de pelo morado volvía al Alandor envuelto en vendas y emitiendo el olor de varios ungüentos druídicos que aceleraban la sanación del propio cuerpo de forma más natural que mediante el uso de dones.

Usando aquel fiel bastón hecho con una rama del árbol que crecía cerna del templo de Áuril como muleta, llegó hasta su lugar favorito en el bosque del Alandor, donde estaba una gran piedra que usualmente usaba como altar para sus ofrendas y oraciones. Allí, oyendo el murmullo de la cascada y del fluir del riachuelo, se dedicó a limpiar de polvo y hojas la piedra con su mano libre, mientras pensaba en todo lo que había sucedido en estos últimos tiempos.

La tierra misma estaba agotada del gran enfrentamiento que hubo, donde la misma estuvo en peligro mortal de desaparecer por el capricho de conquista de una deidad de otro plano conocida como la Reina de la oscuridad, pero la alianza de todas las criaturas vivas de Toril logró expulsarla antes de que pusiera siquiera un pie en nuestro mundo. Por muy poco se logró, pero así se hizo.

Sin embargo, no se hizo sin sacrificio alguno este logro. Muchas vidas se perdieron, algunas incluso muy valoradas de forma personal por el propio druida humano. Todavía ahora podía sentir a lo lejos, al Este, el hedor de la ceniza y la sangre transportada por el viento, siendo un signo de la gran batalla entre mundos que hubo. Ese hedor de fondo incluso tapaba el olor de la hierba fresca del lugar en el que se encontraba, haciendo que pusiera una mueca de disgusto sin querer y un pensamiento pasara fugaz por su mente.

El humano se sentía como un mero peón más en el gran juego cósmico de las cosas y pese que dio todo lo que podía ofrecer, le quedó un regusto amargo en su fuero interior. Luchó convocando los poderes de la naturaleza, mediante el uso de ungüentos y pociones e incluso con la fuerza de sus propios brazos cuando ya no le quedaba ningún truco en la recámara.

Pero así eran las cosas. Sólo era un simple pastor de animales. Y había cumplido con su minúsculo papel en este gran teatro.

Otros no tuvieron esta suerte. Nicodemus fue el que dio el último golpe a lomos de un dragón, metiéndose meteóricamente en la oscuridad como una lanza de luz hecha con las voluntades de los seres vivos de Toril. Ese fue su papel y a ambos, dragón y hin, les costó la vida. Un gran papel en este cruel teatro y que a ojos del propio druida, un pequeño precio a pagar por la continuación de la vida de un mundo, pero un gran precio personal de una vida que siempre valoró mucho.

Notó como algo corría por su nariz y acababa en su poblado bigote. Pasó el pulgar de la mano libre, ya lleno de tierra y pudo ver que era agua. Una lágrima.

Sonrió para sí y frotó los dedos de la mano para secar la gota y miró para el cielo que esta vez, desde ya hacía muchos días, estaba despejado.

- Parece que lloverá... bueno para cosechas será.- dijo como si estuviese hablando a alguien en concreto sin especificarlo.

Y tras seguir acabando de limpiar la piedra, sacó del zurrón un platito de madera donde empezaría de nuevo uno de sus rituales diarios de ofrendas y rezos.

El mundo seguía y por consiguiente, sus labores de protección, ofrendas y rezos debían de seguir igualmente....

Rezo.png
 

Arrakis

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"Esto no estaba en las historias", murmuró Raistlin para sí mismo, mirando hacia abajo en dirección a los pequeños cuerpos, con el ceño fruncido. Sus ojos brillaron. "Tal vez", inspiró, "¿esto.. significa que la historia ya ha cambiado?" Durante largos momentos se quedó allí, meditando. Entonces, de repente, lo entendió. Nadie vio el rostro de Raistlin, oculto como estaba por su capucha, o habría notado un rápido y repentino espasmo de tristeza y furia en él. "No", se dijo a sí mismo con amargura, "el sacrificio de estas pobres criaturas fue omitido de las historias no porque no sucediera. Fue omitido simplemente porque-" Se detuvo, mirando con severidad hacia abajo, en dirección a los pequeños cuerpos rotos. "A nadie le importó..."

- Raistlin Majere



El cuerpo yacía en medio del campo de batalla, resguardado por el cuerpo calcinado de la dragona que lo había acompañado en el asalto final. Su rostro calmaba alegría, esbozando una suave sonrisa de satisfacción en dirección al firmamento. Su cuerpo, a pesar de la dura batalla que había presentado, se encontraba inmaculado, como si el pequeño monje y paladín no se hubiera enfrentado a la propia Takhisis cara a cara. Pero si lo habia hecho. Y habia vencido.

Las exclamaciones de sorpresa y las oraciones se entremezclaban con el llanto, los gritos de dolor y de victoria en el campo de batalla. La ceniza y la nieve caía lentamente entorno a ellos, conforme poco a poco todo se apaciguaba. Como si clamara que, simplemente, el mundo seguía adelante, sin mirar hacia todo lo que debaja atrás. No era así entre los presentes, quienes nunca olvidarían nada de lo que habían vivido en el campo de batalla. Naciones y facciones enfrentadas que unidas se habían enfrentado al mayor mal que había amenazado a Faerun. Y habían vencido, pero el mayor precio lo habían pagado aquellos quienes habian recibido el mayor don de los dioses.

Muchos conocidos o aliados habían caído en el campo de batalla. A la mayoría no los conocía en persona o su relación había sido , en la mejor de las ocasiones, cortés. Solo una punzaba de forma suave en su corazón; la del guerrero que, completamente hundido en su locura, había terminado por unirse a las huestes de Soth. Su destino había sido atravesar el propio portal con el resto de Caballeros de la Muerte, dejando tras de sí un reguero de memorias y de momentos que habían compartido, de risas y llantos que colmaron su humanidad ahora distante y bloqueada tras un muro que rara vez franqueaba o se quebraba.

La umbra alzó la mirada al cielo, observando en dirección al firmamento en busca de dos estelas cobalto que habían desaparecido durante el final de la batalla. Su pensamiento rondaba entorno a la noche que se había entregado al ritual de resurrección de Araughautos. Lo había hecho sin temor, casi convencida de que no sobreviviría al mismo. Las últimas palabras que había compartido con Alghul al respecto estaban tiznadas de resignación. Desde el mismo momento en que había bebido del caliz su destino había sido sellado. Solo le faltaba encomendarse a Shar, y esa noche la diosa la protegió, como la había protegido en el campo de batalla. También lo habíán hecho ellas dos, asegurándose de que ni ella ni su marido sufrían en la batalla, cumpliendo así también las palabras que, tanto tiempo atrás Iryklathagra había dedicado a Amn.

Presentó una última mirada en dirección a los caídos, estrechando un tanto la mirada al contemplar de nuevo la beatífica expresión del mediano. Y después, sin pronunciar palabra, su propia esencia se volatilizó del campo de batalla, materializándose de vuelta a su hogar.

Dió un par de pasos antes de cruzar el umbral, adentrándose en las habitaciones. Un abrazo fuerte la rodeó, manteniéndola cerca. Una mano se alzó para acariciar su cabeza, apara atraerla más hacia la oscuridad de la habitación. El dolor de sus heridas se calmó mientras el abrazo la colmaba de una vacuidad apacible. Estaban juntos.


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Las calles de Aguasprofundas se encontraban atiborradas de gente, sus mercados empezando a ponerse en funcionamiento mientras la luz empezaba a tiznar la calle de un color anaranjado que precedía al nuevo día.

Sus pasos la condujeron entre diferentes callejones, mientras poco a poco iba terminando de acercarse al punto que los Ladrones de las Sombras tenían apuntado como la última ubicación donde habían alojado a la familia del fugitivo.

Se detuvo ante la casa, observando en silencio la fachada. Un aire de familiaridad envolvía el ambiente, mientras desde el interior un perro ladraba al reconocer el olor de la mujer en el exterior. El aire agitaba su capa en el aire, mientras la capucha ocultaba su rostro del sol vespertino. Tironeó un tanto de esta cuando una figura emergió por la puerta, observandola con mirada curiosa. El semiorco ladeó la cabeza, alzando una mano con una sonrisa inocente y casi infantil en el semblante, dándole la bienvenida a la mujer.

Jadzia mantuvo la mirada fija en el semiorco, antes de acercarse a posar una mano en su hombro, con suavidad. Un tacto que auguraba las noticias que la mujer portaba para la familia del que había sido el azote de Amn , el Gran Guardían de Murann, soldado entregado de Garagos y paladín no consagrado de Kanchelsis. Un amigo al que jamás volvería a ver, el único que , durante mucho tiempo, pensó realmente en su seguridad y en su bienestar.

Posó una mano con suavidad en la espalda del semiorco, conduciéndolo de vuelta hacia el interior de la casa. Y con un movimiento lento, cerró la puerta tras de sí.​
 
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Meyares

Vampiro buceador de lagos
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*Mientras descorcha una botella de licor, sentado frente al fuego de la sede en Caravassar, recordaba todas las batallas en las que había participado…*
Ninguna batalla había sido tan cruenta como ésta, ni siquiera Imnsecar que había sido una dolorosa derrota, ni contra el enjambre que había sido una batalla sin cuartel…
*Seguía dándole vueltas en la cabeza, mientras daba los primeros tragos* El sacrificio que habían realizado muchos… era algo que no llegaba a entender… Naxxremis, Buenpan y tantos otros... no había venganza, ni odio… sólo buscaban defender a los demás sin importar quiénes fuera…
La aparición de Aryan junto a Lord Soth era otro misterio… la última vez que lo había visto fue durante el asalto al Prisma del Éter, perdiéndose en el espacio…
No quiso participar en su muerte.. era un personaje que lo desconcertaba ya desde antes de compartir el viaje…

*Sin darse cuenta se había acabado la botella, por lo que abrió una segunda* Al menos había podido desquitarse de su pérdida en Eshpurta al luchar contra la maldita Bruja Roja participando en su muerte… pero, ahora se encontraba vacío…
*Alzó la mirada del fuego y la dirigió a los aventureros que por allí transitaban* Sería buena idea ir a los baños pensó, siempre es buena idea… allí esperaría a que saliera un nuevo trabajo… si, tocaba descansar…
 

Hela

Calculador épico de fichas de PJ
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Las lagrimas se mezclaban con la sangre que tapizaba la nieve. Nicodemus, uno de sus hermanos hin yacía muerto, con su sacrificio había logrado salvar el mundo, un mundo que quizá seria algo menos hermoso sin el.

-No puede ser, otra vez no-. Sollozaba para si. Entonces vio como la semiorca Fery lo cogía entre sus brazos con el amor y la solemnidad que solo una paladín de Sune es capaz de hacer.

Calendil dio entonces, uno, dos y tres puñetazos en el duro suelo helado, la nieve se aparto con una protesta, barrido por el poder de su KI.

-Maldito mediano egoísta, nos has dejado huérfanos a todos-. No lo decía en serio, en el interior de su corazón, sabia que Nicodemus había sido de todo menos egoísta. Había hecho el sacrificio máximo que se puede hacer por una comunidad, por su familia.

Se froto la mejilla derecha para enjugar sus lagrimas y se dispuso a seguir a la corte funeraria.
 

Zio

Pornorroleador oldschool
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Momentos después de la batalla, se sentó en el frio suelo de la nieve a descansar después de tan cruenta y brutal experiencia.

Con el chute de adrenalina decayendo poco a poco, su visión se estaba nublando y el cansancio había decidido hacerse uno con él. Mientras que sus oídos recogen el sonido de la celebración y los vitores, estos se entremezclan con los sollozos de la perdida y los gritos de búsqueda de supervivientes. Mientras recupera el aliento, el olor de la sangre y la ceniza se abre paso en sus fosas nasales. Había participado en varias misiones de la guerra, algunas tratandose de enfrentamiento directo y otras en busqueda de supervivientes e información. Ninguna de tal tamaña proporción como la que acababa de presenciar. Incluso la búsqueda de los miembros de Bane y su desenlace en comparación, había sido 'un paseo' si se planteaba medirlo con lo que acababa de pasar.

Con manos doloridas y temblorosas, buscó en algún lugar de su cuerpo su pitillera... O lo que quedaba de ella. Irreconocible y descompuesta, lo único útil que ahora contenía era un cigarrillo maltrecho y humedo.

Con gesto de dolor se encogió de hombros y lo prendió con una llama que emergío de sus temblorosas garras.

Es en ese momento que se había fijado en ellas, que había empezado a ser consciente de su propio estado mientras el dolor se habría paso mientras el amanecer iluminaba el campo de batalla y su desenlace. Sus garras estaban quebradas, sus manos en carne viva al haber combatido con todo lo que su cuerpo había podido dar. Sus botas... Habían dado paso a un par de piezas de cuero que tendría que reponer en los siguientes dias.

Cuando aspiró el humo del cigarrillo, pudo reconocer que además tenía varias costillas rotas.

Y eso era lo que él notaba.

Pero lejos de quejarse, se recostó en una roca a su espalda y cerró los ojos mientras dejaba escapar el humo la comisura de sus labios. Sentía dolor... Estaba vivo. La oscuridad había sido devorada por un milagro. Una estrella diminuta que surcó el firmamento cuando ellos habían fallado al contener las oleadas de enemigos, pasando estos por encima de ellos. El Waukenar se había sacrificado para derrotar a las huestes que habían conseguido sobrepasarlos, con ese sacrificio el ritual de destierro no había sido lo suficiente para hacer retroceder a la oscuridad por completo.

Las emociones habían bailado desde desesperación a esperanza como una danza sin fin, hasta que todos los alientos se habían contenido con la ultima acción de un pequeño gran hombre.

Abrió los ojos de nuevo, alzando el cigarro hacía el cielo.

-
A tu salud, Nicodemus.- Seguía vivo gracias a él.

No habría acción que pudiera hacer para pagarle el sacrificio que había echo por todos ellos, salvo... levantarse con la cabeza bien alta y continuar con su vida.
 

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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Gwenback.pngHabían perdido casi todo.

Y, aun así, aquel día, Gwenaëlle sentía que no había hecho lo suficiente.

Luchó hasta la extenuación. Agotó cada recurso del que dispuso: hechizo tras hechizo, curación tras curación, plegaria tras plegaria. Conjuró hasta que la voz se le quebró; hasta que los pulmones se le llenaron de polvo, ceniza y sangre.

Las huestes de Selûne resistieron, firmes, ante embate tras embate de las legiones de Takhisis. Incluso cuando la Ruina Roja lanzó su asalto final y, por un momento, hendió las filas de cruzados áureos y argénteos. El precio fue pagado con el sacrificio de las Furias y de la Moneda Sagrada. Pero ni entonces, empapada en nieve y barro, cubierta con la sangre de aliados y enemigos, la Oráculo perdió la esperanza.

Contaban con el favor de los dioses; con ayudas improbables de seres de toda procedencia y naturaleza, que lucharon codo con codo, palmo a palmo, para salvaguardar lo que quedaba del mundo.

Y, sin embargo…

¿Por qué, cuando todo terminó, el peso de la culpa se hizo insoportable?

¿Por qué, al ver el cuerpo menudo de Nicodemus tendido sobre la nieve, sintió que había fallado a su deber? ¿Por qué la dragón no la juzgó lo bastante resuelta para portar la Lanzadragón?

Las palabras de las Alas de la Esperanza aún le resonaban como una sentencia, un juicio severo que se abatía sobre su pensamiento:

“¿Obras el bien porque es lo que crees que se espera de Gwenaëlle de Argluna, o porque es lo que tú, Gwenaëlle de Argluna, deseas?”

¿Fue por eso por lo que vaciló ante el espejo de las Profundidades? ¿Y por eso fue Katia, y no ella, quien finalmente pagó el precio inevitable que conlleva jugar con los avatares divinos?

La visión que recibió de la diosa jamás se hizo realidad. Sariel se lo había advertido: no siempre los augurios se cumplen, y no debemos dejarnos arrastrar por ellos. Pero pensar así, le resultó un pobre consuelo.

Quizás Selûne cambió de parecer y prefirió reservar a su servidora para otros cometidos, otros más sencillos, abarcables para alguien como ella. Los designios de los dioses, y más los una deidad como la Señora de Plata, eran a menudo inescrutables.

Se sentía miserable, mezquina. Y sin embargo, extrañamente eufórica.

Por seguir viva.

Por saber que vería el amanecer una vez más.

Pero la memoria de quienes ya no estaban le pesaba. Y una parte de sí misma habría deseado no cargar con esa responsabilidad.

El shériff sería llorado, pero habría partido de este mundo sabiendo que había hecho todo lo posible por desterrar la presencia de la Reina de este mundo.

Sin embargo, la carga que debían soportar los que permanecían era otra. Y lo cierto es que lo que ella desease no importaba.

Importaba el deber hacia la comunidad: hacia los suyos y hacia quienes habían confiado en su guía. Eso debía regir su ánimo a partir de ahora.

Y aunque hoy no se creyese digna de seguir el camino que ahora se presentaba ante ella, se ganaría ese derecho. Con hechos, no con lamentos. Con cada herida cerrada, con cada vida salvada, con cada paso que la acercase a ser la mujer que quería ser bajo la luz de la Luna.
 

Sariel

Enano sin acento ruso
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Había llegado la hora. Los ejércitos estaban divididos, los soldados listos: magos, clérigos, bestias, nigromantes, alzadores y demonios. Aquellos que alguna vez habían segado la vida de su propia gente ahora se alzaban como aliados. Sariel no pudo más que sentir pena… y asco. Tener que combatir junto a ellos era una herida al alma, pero no había otro remedio.

La bifurcación de las tropas hacia cada frente fue temprana; cada cual sabía dónde debía acudir. Entre cientos de soldados en el frente central, allí estaban ellos, luchando junto a los embozados, los bárbaros, sus aliados del Waukenar, la paladina de su deidad hermanada, Sune, y sobre todo, sus propios hermanos.

Sariel vislumbró cómo los clérigos se situaban para comenzar el ritual. Las Furias de la Moneda se dispusieron en círculo, siendo las primeras en tenerlo todo listsarielsoldier.pngo. Antes de que comenzase, Sariel bajó de Chandra, su grifo, y palmeó con suavidad una de sus patas delanteras antes de echar a andar hacia el grupo de sus hermanos, donde los altos sacerdotes y la Suma Sacerdotisa aguardaban en el centro.

Primero se acercó al mediano Merindool, aquel con quien tantas veces había diferido. Nunca congeniaron del todo, pero para ella era un hermano más. Apoyó la mano sobre su hombro y le dedicó una sonrisa cansada.

- Pase lo que pase, estoy orgullosa de haberte conocido -dijo-, y me alegra haber recibido tus reprimendas. Siento si en alguna ocasión fui terca; es algo que no puedo evitar. Dentro de mí, la plata de Selûne enfría siempre el fuego… pero no siempre logro controlarme.

El mediano la miró fijamente y simplemente sonrió, dedicándole un leve cabeceo, como tantas veces antes. Quizá no compartían pensamientos, pero el propósito de ambos era el mismo.

Tras ello, la iluskana se adelantó hacia Selise. Tuvo que alzar la vista, pues la aasimar siempre había ostentado una altura muy superior, incluso ahora que Sariel había madurado y crecido cuanto debía.

- Maestra -se inclinó ligeramente, con el rostro serio-. Siento si alguna vez he sido una decepción, pero esta vez no se repetirá lo ocurrido en Imnescar. No dejaré que más de nuestros hermanos mueran, aunque para ello deba dar mi propia vida.

La aasimar contempló a la humana con aquellos ojos plateados que relucían como dos lunas llenas. Finalmente, apoyó ambas manos en los hombros de la sacerdotisa.

- Sariel, siempre tan entregada... -dijo con ternura-, nunca has sido la más convencional de los nuestros. Aún recuerdo cuando llegaste a Hydcont: vi en ti la impetuosidad del fuego, la determinación y la fe. ¿Recuerdas tu prueba de fe? Aun con toda esa furia en tu interior, quisiste dar una oportunidad a los seguidores de la Señora de la Pérdida… pero bien sabes que no siempre es posible la redención de la sombra. Desde entonces, siempre has hecho lo que debías, lo que creías correcto. Haz oídos sordos a quienes pretendan mermar tu fe. Y cuando todo esto termine, retomemos las charlas que tantos años hemos compartido. Has crecido tanto, hija mía...

Una caricia de la aasimar en el rostro de Sariel bastó para calmarla. Selise era la única a quien Sariel profesaba respeto y devoción absolutos; había sido como una segunda madre, quien la cuidó en sus peores momentos.

Sariel se inclinó una vez más y suspiró.

- Lo haremos, maes… Selise. Lo prometo por la Dama de Plata. Hoy seré la tormenta que arrase con todo, para que mañana podamos sembrar un futuro mejor. Centraos en vuestro cometido; no habrá enemigo que se os acerque mientras nos quede un hálito de aliento.

Tras pronunciar aquellas palabras, se colocó el yelmo. Antes de darse la vuelta, vio cómo la aasimar le dedicaba una última sonrisa. Subió a Chandra, apoyando el pie diestro en el estribo, y montó a su leal compañera. Entonces resonaron los cuernos y tambores de guerra. Muerte.



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Las huestes del enemigo se acercaban: eran legión. Ellos, muy pocos en comparación. Pero nada los movería de aquel lugar, ni siquiera la visión de la muerte, la sombra o el miedo.

La primera oleada llegó. Sariel contempló a cada uno de los presentes: el arte y el poder refulgían en todos ellos. No se contuvieron. Ella tampoco lo haría. Alzó la mano al cielo y comenzó a recitar una letanía, aquella que solo Selûne le había conferido tiempo atrás.

- Dama de Plata -clamó-, sabes que nunca te he pedido nada egoísta; mis actos y rezos siempre te han sido dedicados. Jamás te pedí más que el permiso de cuidar de los míos. Ahora están aquí, sanos y salvos, pero afrontan el fin de nuestra era. Permíteme ser, aunque sea por última vez, un avatar de tu luz, tu ira y tu bondad. Déjame salvar a cuantos pueda. Déjame ser tu tormenta, tu luna de sangre.

Y comenzó a llover. No era agua… era ácido. Ácido que no dañaba sino a sus enemigos. El olor a carne quemada llenó el aire, y pronto los rayos comenzaron a caer. Aquellos alcanzados por ellos caían ipso facto, abatidos; los que quedaban en pie, aturdidos, eran presas fáciles para sus aliados. Sariel no entró en combate directo, centrada en mantener su salmo: era su forma de proteger a los suyos.

Y así cayeron a decenas, cientos… quizá miles bajo tormenta y acero de sus aliados. Los cuerpos de los dracónidos se amontonaban en montañas de carne y muerte. Pero no solo ellos; también caían seguidores de la Moneda, selunitas, aventureros, magos de la universidad. Todos se amontonaban con indiferencia bajo la nieve teñida.

Sariel había estado en muchas guerras, pero nunca en algo semejante. Incluso ella, que se tenía por firme y fría, se encogió por dentro.

Más pronto que tarde, los ingenieros de la Iglesia llegaron, trayendo consigo a Kananthil: aquella creación forjada por Vys, Lekin, Gwenaelle y Kriell, unidos con un solo propósito: dar muerte a un dragón. La balista estuvo lista, y el objetivo era claro: derribar a la que capitaneaba las tropas. Lekin apuntó con dudas, pero el disparo fue limpio. La enorme saeta surcó el cielo como un heraldo de muerte, y en un parpadeo impactó. La montura -un inmenso dragón rojo- rugió de dolor, su cuerpo deshaciéndose desde dentro hasta explotar. La bestia cayó, y con ella, su jinete, que se alzó entre los restos junto a dos sierpes más.

Sin miedo, la jinete acudió al encuentro de los defensores. Lo que allí ocurrió solo podría describirse como sudor, sangre y ruina. Hicieron cuanto pudieron; los defensores caían por decenas, y aun con el poder de los dioses, no lograron contenerla del todo… pero sí dejarla profundamente herida.

Entonces, el ritual del Waukenaar se detuvo. La Moneda y sus hermanas recitaron una plegaria que pocos creían posible. El cielo se abrió, y una luz dorada bañó el campo. Todos quedaron cegados. Cuando pudieron abrir los ojos, las Furias de la Moneda estaban allí… convertidas en oro. No solo ellas: también los dragones y la jinete habían sido petrificados. Un sacrificio noble, que no solo salvó vidas, sino que detuvo a un enemigo implacable a costa de perder un ritual.

Pero la batalla no había terminado. La Dama Velastra demostró su inmenso poder: con un solo gesto segaba la vida de incontables enemigos. La dragona azul, hija de Colmillos, junto con Adalon, Sarynthalis y la bronceada, arrasaban oleadas de enemigos con su aliento de rayos y hielo.

En un momento de respiro, Sariel sintió una mano sobre su hombro. Al girarse, sus aliados de la sombra habían llegado: la oráculo shadar-kai, de ojos vendados y mirada vacía, se inclinó levemente.

- Como prometimos -dijo-, aquí estamos. Lucharemos a vuestro lado, hijos de la luna.

Sariel la contempló un momento, agotada y dolorida, pero sonrió.

- Nunca lo dudé, amiga. Que esta sea la demostración de nuestra hermandad… un último baile.

Y así fue. El combate continuó durante horas, hasta que los rituales culminaron. Rayos de luz de cinco deidades se alzaron al cielo, cada uno mostrando el símbolo de su dios. Sariel alzó la mirada: la luna plateada brillaba como un arma divina.

Las luces se precipitaron sobre la Reina de la Oscuridad, una sobre cada una de sus cinco cabezas. Aun herida, la deidad resistía. Entonces se le vio: un rayo plateado, un mediano sobre una dragona del mismo brillo, lanzándose sin miedo hacia su destino. Nicodemus.

Lanza en ristre, luz contra sombra, vida contra muerte.
Un destello… y todo acabó.



La oscuridad se disipó y la autombrada Reina de la Oscuridad, parecia haber sido abatida. Las pocas tropas enemigas fueron diezmadas con relativa facilidad.

Sariel observó el campo de batalla. Exhausta, por fin pudo respirar tranquila. Tranquila al ver que los suyos habían sobrevivido. Su diosa la había bendecido con ello, pues de no haber sido así, la pena la habría consumido.

Pero pronto vio caer a la dragona plateada que montaba Nicodemus. Abatida. Muerta. Entre sus alas yacía el cuerpo del mediano, ahora inmóvil, pero con una expresión de calma y serenidad. Sariel sintió envidia. Él había cumplido su cometido y estaba con su diosa. Un paladín, un héroe, un salvador… todo lo que ella había querido ser. Nicodemus había muerto para que todos viviesen, había desterrado las sombras y traído un nuevo amanecer.

Ella siempre lo recordaría así.

Y entonces, su cuerpo comenzó a ceder. El cansancio la envolvió. Casi no podía moverse, y sus ojos se cerraban. Había llegado a su límite.

Sariel se dejó caer de rodillas sobre la nieve ennegrecida, sintiendo cómo el calor de su cuerpo se mezclaba con el frío de la tierra. El silencio era abrumador; después de tanto grito, tanto acero, tanto rezo, aquel vacío parecía irreal.

Chandra se posó a su lado, plegando las alas con un suave batir. La grifo emitió un leve gemido, y Sariel apoyó su frente contra su cuello.

- Lo hicimos… -susurró, su voz quebrada-. Por fin…

Alzó la vista hacia el cielo. La luna seguía allí, inmensa y serena. Juraría ver entre las nubes un pequeño resplandor alejándose, cálido y dorado. Quizá era Nicodemus, despidiéndose.

Sonrio.

- Adios, amigo mio, prometo proteger tu legado-. Dijo al aire musitando, viendo aquella luz desaparecer entre las nubes, si fue real o no, solo los dioses lo sabrían. Y así se retiró junto a Gwenaelle para buscar su apoyo y su consuelo, ahora, la necesitaría más que nunca.


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Tuliosoyyo

Barril de Khaof
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Barro, sangre y cenizas

Cuando llegué a lugar seguro apenas podía tenerme en pie. Tenía golpes por todas partes, tenía heridas por doquier, las manos hinchadas con varias uñas arrancadas a cuenta de los lances propios de la batalla, una mezcla de cenizas y sangre manchaba mi rostro, el cabello mantenía una suerte de restos de vísceras de dracónidos , minotauros, y criaturas varias . El olor a quemado, azufre, ozono y ácido permanecía vivo dentro de mi nariz y cada respiración era un suplicio . Podía revivir una y otra vez la batalla en el frente Sur , la peor pesadilla hasta el momento, la peor porque combatíamos no por una ciudad, sino por Faerum, por nuestra propia existencia.

Ordené llenar la bañera de metal con agua caliente , tomé plantas medicinales que calmasen el dolor físico ,infusionaron en el agua cumpliendo su cometido . Al salir de la bañera y apoyar la pierna derecha me sobrecogí por el dolor, vi un corte abierto en el muslo que iba a necesitar coser, tomé mi viejo botiquín, una caja de madera con varias agujas e hilo de seda trenzado. Yo misma cosía los cortes que debían permanecer , cada cicatriz que quise que mi cuerpo acumulase era un recuerdo que no quería borrar, (aunque con el tiempo adornaría con algún tatuaje) porque significaba una lección de supervivencia aprendida. Cuando estuvo suturada la cubrí con unas vendas y me dirigí cojeando y maldiciendo hacia la cama para poder dormir.


Llegó el instante de revivir todo para poder llorar, tiritar de miedo , gritar de rabia , y soltar la carga mental de aquel horror.
Miedo
Al llegar al frente del sur todo estaba cubierto de barro , había llovido, las tropas, monturas y armas pesadas habían hecho del suelo un amasijo en el que apenas podíamos caminar pero a eso ya estábamos hechos . Atisbé los estandartes del Regimiento de las Endechas de Imnescar al frente con una mezcla rara de orgullo y pesar, a mi lado uno de los muranies que nos vencieron en el Sur. ¡Qué ironía! pensé. Íbamos a luchar codo con codo por Faerum, porque ni ellos podrían haber vencido sin nosotros ni nosotros sin ellos . Por fortuna, los combatientes que acudimos al frente Sur éramos templados y experimentados , dificilmente caeríamos en ninguna provocación si se daba. Los Muranies lucharon con valor, con sensatez , con fiereza y coordinados con nosotros, fuimos uno en mor de un bien mayor. Los Amnianos luchamos con el mismo valor, con la misma sensatez, y con la misma coordinación porque de ello dependía que el ritual se llevase a cabo y la esperanza se mantuviese.

La primera oleada se contuvo, sin demasiado problema, el enemigo era más numeroso , por cada uno de nosotros había cinco... seis enemigos , si cualquiera acababa con su ración enemiga corría a auxiliar a un compañero, daba igual si era un soldado de Amn o una tropa de Muran si uno estaba a punto de caer , alguien conjuraba una sanación sobre su cuerpo, varias veces, al que llaman Regnier, me salvó de una muerte segura. Nunca antes ha sido posible tal hazaña dejando los rencores apartados.

Agonía
Tras cada respiro buscaba con angustia entre los caídos más cercanos a Made, porque sabía que ella estaría haciendo lo mismo, es inexplicable la sensación que tuve al verla tendida sobre el barrizal, con partes desmembradas de cuerpos enemigos o aliados encima, habíamos luchado innumerables ocasiones pero esta vez era tan distinto que sentí que podría ser la última, nadie debería conocer el dolor de un luto que no ha llegado, nadie. Afortunadamente pudo recuperarse en manos de los sanadores . Oleada tras oleada era más difícil, me preguntaba porque estaba allí si mi vida estaba resuelta, me interrogaba a mi misma mientras las fuerzas menguaban y mi voz comenzaba a agotarse. Mi magia pronto estaría exigua y en mi cabeza veía un teatro con el telón apunto de caer . Nunca antes la agonía fue tan real y palpable. Las sierpes hicieron acto de presencia entablando batalla en los cielos, una lluvia de ceniza, acido y fuego cayó sobre el barrizal que teníamos bajo los pies y , en el horizonte, el infame Barón Castigo cabalgaba hacia nosotros con sus huestes .

Esperanza
Un rayo de sol que entraba por la ventana de mi habitación me sacó de ese instante para recordarme la luz que cruzó la oscuridad . El ritual había salido bien y Nicodemus... Nicodemus hizo el resto porque con su propia vida nos trajo la nuestra. Tomé un sorbo de una infusión analgésica que me provocó un golpe de tos descubriendo un hematoma más en las costillas , que ironía, a pesar de todo no perdí el sombrero y me sonreí pensando que moriría con él puesto. Entorné los ojos de nuevo y nuevas imágenes acudieron a mi .
La oleada final llegó con la Bruja Roja y su jinete Kansaldi Ojos de fuego, las bajas y heridos se pudieron contar con cientos, miles de combatientes pero toda la rabia contenida se descargó sobre ella rodeándola una marea de hombres, mujeres , Razas antiguas e incluso no muertos como Nilum, ahora conocida como Miruh . La Bruja fue abatida como merecía , igualmente su jinete. Las huestes enemigas que no cayeron huyeron en el caos absoluto disolviéndose y siendo cazadas.


Victoria y llanto

Habíamos vencido sí, pero al más alto precio y desde luego, muchas eran las incógnitas. El campo de batalla se transformó en gritos buscando a los amigos, a los aliados... a veces tornaban lágrimas de alegría , otras lágrimas de dolor por la pérdida.

¡Por Faerum, luchamos!
¡Por faerum, vencemos!
¡Con el mentón erguido
Y la espada, retando al cielo!

Caí profundamente dormida ,rendida tras entonar el estribillo del Himno imaginándome acompañada por los soldados del regimiento de las Endechas de Imnescar. Tiempo habrá para conocer todo lo que esta guerra nos ha robado.

Offtopic :
Magnífica escena, felicidades a los dms por ella .

Ha sido un placer compartir roles con Muran, Zentharines, los compis no muertos etc ,etc sin que sea un rol de escupirnos unos a otros jaja, me divertí muchísimo, muchas gracias a todos
 
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Verenestra

Sexta identidad de ladrón cofrade
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El olor a hierro penetraba profundamente en su nariz, fruto de la sangre derramada que encharcaba el campo de batalla, como si un río hubiera desbordado. Incluso el olor a ozono permanecía aún, primero traído por los relámpagos invocados por otros guardianes de la naturaleza y ella misma, luego intensificado cuando apareció la enorme dragona azul rodeada de ellos.


Cuando abrió los ojos tras inspirar, el paraje era aún más desolador, pues hasta donde alcanzaba la vista todo era un campo sembrado de cadáveres, armas rotas y gritos de dolor. Más tenuemente se escuchaban los sollozos de amigos, compañeros y amantes, cuyas heridas tardarían más en sanar que las que pudieran tener en sus cuerpos, pero que todos habían aceptado. Se jugaban la supervivencia del Mundo.


La batalla había sido atroz, brutal. No podía contar las veces que los dones de los que era portadora habían soldado hueso y sellado una herida apenas instantes después de ser infligida. Cuanto había cantado al aire para invocar relámpagos sobre los enemigos, dejando caer sobre ellos la furia del propio Faerûn.


En algún momento, a la batalla llegaron refuerzos del resto del continente. y poco después, el dragón que montaba la comandante era asesinado con un disparo de la balista de los Artesanos. Sin embargo, la fría furia de la comandante se dirigió a su grupo, desde donde se había disparado el virote de dragonbane. La batalla fue cruenta, pues la propia comandante y varios dragonnells vinieron a clamar venganza. Fue uno de ellos, de un golpe de cola que no vió venir, la mandó volando a retaguardia. Por fortuna, alguien la arrastró al hospital de campaña, donde despertó cuando todo había terminado.


Alcancé a Halgar y a Kaeril cuando todos los supervivientes se arremolinaban alrededor del cuerpo de la dragona platada, Alas de Esperanza y del portador de la Lanzadragón, Nicodemus. El más pequeño de todos había dado lo más grande que tenía: su vida, y con ella, la salvación de muchos.


No dije nada. No hacía falta. Los espíritus ya habían escuchado su nombre. En su sacrificio había fuerza, propósito y honor.
 

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