El cuerpo yacía en medio del campo de batalla, resguardado por el cuerpo calcinado de la dragona que lo había acompañado en el asalto final. Su rostro calmaba alegría, esbozando una suave sonrisa de satisfacción en dirección al firmamento. Su cuerpo, a pesar de la dura batalla que había presentado, se encontraba inmaculado, como si el pequeño monje y paladín no se hubiera enfrentado a la propia Takhisis cara a cara. Pero si lo habia hecho.
Y habia vencido.
Las exclamaciones de sorpresa y las oraciones se entremezclaban con el llanto, los gritos de dolor y de victoria en el campo de batalla. La ceniza y la nieve caía lentamente entorno a ellos, conforme poco a poco todo se apaciguaba. Como si clamara que, simplemente, el mundo seguía adelante, sin mirar hacia todo lo que debaja atrás. No era así entre los presentes, quienes nunca olvidarían nada de lo que habían vivido en el campo de batalla. Naciones y facciones enfrentadas que unidas se habían enfrentado al mayor mal que había amenazado a Faerun. Y habían vencido, pero el mayor precio lo habían pagado aquellos quienes habian recibido el mayor don de los dioses.
Muchos conocidos o aliados habían caído en el campo de batalla. A la mayoría no los conocía en persona o su relación había sido , en la mejor de las ocasiones, cortés. Solo una punzaba de forma suave en su corazón; la del guerrero que, completamente hundido en su locura, había terminado por unirse a las huestes de Soth. Su destino había sido atravesar el propio portal con el resto de Caballeros de la Muerte, dejando tras de sí un reguero de memorias y de momentos que habían compartido, de risas y llantos que colmaron su humanidad ahora distante y bloqueada tras un muro que rara vez franqueaba o se quebraba.
La umbra alzó la mirada al cielo, observando en dirección al firmamento en busca de dos estelas cobalto que habían desaparecido durante el final de la batalla. Su pensamiento rondaba entorno a la noche que se había entregado al ritual de resurrección de Araughautos. Lo había hecho sin temor, casi convencida de que no sobreviviría al mismo. Las últimas palabras que había compartido con Alghul al respecto estaban tiznadas de resignación. Desde el mismo momento en que había bebido del caliz su destino había sido sellado. Solo le faltaba encomendarse a Shar, y esa noche la diosa la protegió, como la había protegido en el campo de batalla. También lo habíán hecho ellas dos, asegurándose de que ni ella ni su marido sufrían en la batalla, cumpliendo así también las palabras que, tanto tiempo atrás Iryklathagra había dedicado a Amn.
Presentó una última mirada en dirección a los caídos, estrechando un tanto la mirada al contemplar de nuevo la beatífica expresión del mediano. Y después, sin pronunciar palabra, su propia esencia se volatilizó del campo de batalla, materializándose de vuelta a su hogar.
Dió un par de pasos antes de cruzar el umbral, adentrándose en las habitaciones. Un abrazo fuerte la rodeó, manteniéndola cerca. Una mano se alzó para acariciar su cabeza, apara atraerla más hacia la oscuridad de la habitación. El dolor de sus heridas se calmó mientras el abrazo la colmaba de una vacuidad apacible. Estaban juntos.
Las calles de Aguasprofundas se encontraban atiborradas de gente, sus mercados empezando a ponerse en funcionamiento mientras la luz empezaba a tiznar la calle de un color anaranjado que precedía al nuevo día.
Sus pasos la condujeron entre diferentes callejones, mientras poco a poco iba terminando de acercarse al punto que los Ladrones de las Sombras tenían apuntado como la última ubicación donde habían alojado a la familia del fugitivo.
Se detuvo ante la casa, observando en silencio la fachada. Un aire de familiaridad envolvía el ambiente, mientras desde el interior un perro ladraba al reconocer el olor de la mujer en el exterior. El aire agitaba su capa en el aire, mientras la capucha ocultaba su rostro del sol vespertino. Tironeó un tanto de esta cuando una figura emergió por la puerta, observandola con mirada curiosa. El semiorco ladeó la cabeza, alzando una mano con una sonrisa inocente y casi infantil en el semblante, dándole la bienvenida a la mujer.
Jadzia mantuvo la mirada fija en el semiorco, antes de acercarse a posar una mano en su hombro, con suavidad. Un tacto que auguraba las noticias que la mujer portaba para la familia del que había sido el azote de Amn , el Gran Guardían de Murann, soldado entregado de Garagos y paladín no consagrado de Kanchelsis. Un amigo al que jamás volvería a ver, el único que , durante mucho tiempo, pensó realmente en su seguridad y en su bienestar.
Posó una mano con suavidad en la espalda del semiorco, conduciéndolo de vuelta hacia el interior de la casa. Y con un movimiento lento, cerró la puerta tras de sí.