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[El Retorno de los Dragones] La Batalla por Imnescar.

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DM Ofnir

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Aquella que había sido tributo a la legendaria victoria de Imnel Tolrath hacia más de un milenio, volvía a contemplar más allá de sus muros a la sombra y la amenaza de la guerra.

Muchos años habían pasado desde que los muros de la ciudad de Imnescar habían tenido que rechazar a una ofensiva tal del Imperio de las Bestias. Aunque con el paso de las décadas la ciudad había visto sus muros caer en más de una ocasión, los eruditos y aquellos que registran en viejos tomos los eventos de la historia titubeaban, pues intuían que esta tal vez fuese la última gran batalla que ocurriese a los muros de esta ciudad fortificada.

Estandartes de todos los colores se alzaban, tanto en sus muros como en las huestes que marchaban sobre Imnescar. Cuales, terminado el conflicto, se alzarían gloriosos, y qué otros serian arrojados al barro, embadurnados en la sangre de sus antiguos portadores, no era algo que ni el más sabio de los adivinos se atreviese a aventurar.


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LA ALIANZA AMNIANA
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En los muros de Imnescar se alzan banderolas y pendones de más de una docena de distintos colores. Llamados a la batalla por alianzas e intereses, el valor y la sed de gloria pesan a partes iguales en aquellos que han decidido dar la espalda a un conflicto que desgarra el Reino de Amn, para hacer frente a una batalla más acuciante: La de las huestes imperiales de Murann, a cuyo paso solo queda muerte y destrucción.

Cruzados de la Luna junto a siniestros paladines del Dios de la Mentira y la Señora del Dolor. Adalides del Amor, junto a mercenarios, desde los de noble corazón que luchan para las más nobles causas hasta aquellos que ven en el oro y la sangre dos bienes intercambiables. Valientes milicianos, que luchan por su gente y su hogar. Todos ellos están unidos por un solo propósito. Y no cederán un adoquín de suelo amniano sin hacer sangrar a las bestias por ello.




COMANDANTES
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La Primera Iniciada
Suma Pontífice de Selûne
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Nacida y criada en Imnescar, la Primera Iniciada ha sido siempre una mujer piadosa, guiada por la compasión. En su juventud recorrió las Tierras de la Intriga, llevando el mensaje de la Dama Plateada a todos sus rincones, con palabras de sanación y sosiego.

Alzada al mando de toda la Iglesia de Selûne en una ascensión auspiciada por la guia de la Diosa, desde su sede de poder en Hydcont ha sido siempre ardua opositora al Imperio del Muranheim. Sin embargo, donde otros miembros de su clero y altos sacerdotes abogaron siempre por un papel más activo contra las bestias, ella buscó priorizar el bienestar del pueblo de Amn, buscando en la guía de las estrellas una resolución al conflicto que llevaba desangrando su tierra desde hacia más de un siglo.

Con la crisis del Retorno de los Dragones, la Iglesia de Selûne se vio en una situación delicada forzada por algunos de sus capítulos más radicales. Mientras de Norte a Sur, Faerûn se desangra y arde bajo la furia de las Grandes Sierpes, Amn se encontró en una encrucijada. Sometida a la caprichosa voluntad de un gran dragona azul, lo que inicialmente se contempló como un mal temporal pronto empezó a enraizarse con el alzamiento en poder de los elementos más oscuros de la sociedad amniana.

Buscando, en una tierra que se desgarraba entre hermanos, proteger a sus gentes, la Suma Pontífice decretó el Decreto del Velo Crepuscular: Un santuario sagrado ofrecido en todos sus templos a todos aquellos que buscasen evadir los males de la guerra, sin importar su credo o ideologia, o si incluso antaño habían sido enemigos del clero.

Esa promesa de neutralidad y protección fue arrasada como represalia frente al desafio del Norte por Colmillos Afilados: En Athkatla, los Salones de la Luna fueron destruidos, muriendo centenares de inocentes y otros tantos siendo capturados para ser torturados y ejecutados como tantos otros que ya habian sido víctimas de la dictadura de la Tormenta en las ya sucesivas persecuciones que llevaban decanas acosando a la capital.

Ahora, en Imnescar, la Suma Pontífice dirige a las fuerzas que ha convocado a su alrededor, consciente de que sus enemigos no se limitan a las bestias del sur, si no también a la Gran Sierpe Azul y a todos aquellos que han acudido a su tiránico estandarte, desde los oscuros y siniestros nigromantes de Thay, enemigos de la libertad y la bondad en todo Faerûn, a las siluetas que acechan en la política amniana, los Ladrones de las Sombras, siempre rápidas en sacar provecho y beneficio de la miseria y desgracia del reino, pasando por todos aquellos de pocos escrúpulos, y con odios personales hacia el Clero de Selûne.

Desde Hydcont, sin embargo, su compromiso con Imnescar es total, así como el de las fuerzas que comanda. Y aunque muchos entre sus propios "aliados" disfrutarían de su desgracia, las buenas gentes de Imnescar, que siempre han sido protegidas por el Clero de Selûne, se reúnen bajo su estandarte para buscar consuelo ante la sombra en ciernes.



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Fery Kryll

Comandante de la Defensa de Imnescar
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La Semiorco conocida como Fery Kryll se habia vuelto una figura reconocida en los senderos y círculos más sibaritas amnianos tanto por su arrojo a la hora de batallar el mal y defender las vidas de los inocentes como por la peculiaridad de su linaje y la causa que sirve.

Una esbelta figura de piel esmeralda y cabello ardiente, la paladin de Cabellos de Fuego no tardó en rechazar las promesas de protección de la Dragona Azur, consciente de que más allá de las ambiciones de aquellos que buscaban servirla u oponerse a ella, aquellos que más sufrirían bajo su mandato eran, como siempre, los más desprotegidos.

En un peculiar giro de los acontecimientos, pese a haberse negado nunca a hincar la rodilla a la Voluntad del Trueno, fue designada por su Consejo como Comandante de la Defensa de Imnescar en un movimiento que algunos observaron confusos.

Todo margen de duda, sin embargo, fue despejado cuando la mujer llegó a Imnescar acompañada de los Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí, y comenzó a dirigir y coordinar las labores de preparación y defensa de la ciudad, todo ello bajo esa sonrisa optimista que la caracterizaba para insuflar valor y fe en aquellos que la necesitaran.


«El valor de un paladín se mide por las vidas que salva, no por los enemigos que abate.»



OFICIALES
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Aitana, Capitana de la Casa Gáldrim
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Oriunda de Crimmor y vecina de Púrskul desde hace años, Aitana —llamada por algunos «de Torrealta»— es una veterana guerrera que ha luchado por el Pueblo de Amn en multitud de ocasiones. Alcanzando casi los nueve palmos de estatura, Aitana es una mujer fuerte e imponente, de indudable buena salud; su rostro es amable, de un encanto muy amniano, con nariz grande y labios carnosos, enmarcado por cabellos color azabache y ojos del color de la miel.

Valiente, de buen talante y disposición para ayudar a los amnianos que no pueden hacerlo por si mismo, ha sido veterana del Ejército de la Cicatriz y es socia de la Casa Gáldrim, compañeros quienes le han concedido la confianza de capitanear a la Hermandad del Botijo y la Parra, la compañía mercenaria principal de la alianza conocida como La Liga del Cereal. Y por Tempus que hará cuanto esté en su mano para conseguir una victoria para Amn.




FUERZAS MILITARES
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Ejército de Amn

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El Ejército Amniano es uno de los ejércitos más modernos de todo Faerûn. Sus mercenarios se han profesionalizado a lo largo de los siglos, y el Consejo de los Seis dispone con grandes legiones de tropas leales al oro y emblema del Águila Amniana.

Donde otros reinos recurren a levas arrancadas de la tierra, y ciudades estado pagan de sus arcas a compañías mercenarias sin lealtad alguna a su causa, Amn ha tenido la visión de conformar una fuerza siempre dispuesta para la guerra, bien armada, y compuesta por los habitantes de la propia nación que han jurado defender.

Aunque las guerras políticas internas y la pesada burocracia de Amn haga que en muchas ocasiones la ineficiencia del Ejército Amniano se vea superada por amenazas más audaces y comandadas por caudillos competentes , lo cierto es que una vez las huestes de Amn marchan a la guerra, pocas cosas pueden detenerlas.




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Ejército Mercenario de las Casas Mercantes de Imnescar

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Mientras que el ejército regular de Amn es el brazo armado del Consejo de los Seis, a lo largo y ancho del reino, las casas mercantes y las distintas ciudades del reino tienen en nómina a millares de mercenarios que lucen con más o menos orgullo los blasones de sus patronos.

En el caso de Imnescar, sus hombres y mujeres han sido la primera linea de defensa contra el imperio de Murann durante más de un siglo. A diferencia de otros mercenarios y milicias de ciudades interiores, hasta el último de estos soldados es un veterano endurecido acostumbrado a la lucha contra las bestias del sur.

Sus lineas apretadas y sus pesadas alabardas y lanzas han estado siempre preparadas para detener las cargas de trasgos, ogros y gigantes. Y esta vez no será distinto.


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Cruzados de Selûne

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Hay quienes dicen, que si Amn no sucumbió al caos durante la guerra Sothilliana , fue gracias a la Iglesia de Selûne.

Mientras que en otras partes del reino la presencia del clero de la Señora de la Luna fluctúa en relevancia, en pocos lados tiene tanto peso militar y político como en Imnescar.

Desde su abadia en Hydcont, se han asegurado de entablar relaciones con todas las casas mercantiles de la ciudad, y siempre han estado en la vanguardia cuando sus muros se han visto amenazados por el Imperio de los Ogros Hechiceros.

Llamados por su Suma Pontífice, durante decanas las fuerzas de la Iglesia se han reforzado con docenas de pequeñas ordenes, abadías, y templos de Amn, Tethyr, las tierras centrales e incluso más allá, con cruzados venidos desde las distantes tierras de Cormyr y Calisham.

Ahora, unidos en propósito claro, se alzan como un muro inquebrantable de poder sacro y escudos altos ante la marea de oscuridad que se cierne sobre Imnescar. Sus clerigos y paladines forman filas apretadas de acero bendito mientras que sus exploradores y monjes luchan contra los escaramuzadores bestiales para ralentizar su avance.

Conscientes de su precaria situación política actual, ninguno de los hermanos y hermanas de la Iglesia de Selûne se plantearía abandonar a Imnescar a su suerte frente a la amenaza del Muranheim.

Así suponga esto su aniquilación.



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Cruzados de Cyric y Loviatar
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El conocido como ejército de las Tres Estrellas fue una de las alianzas militares más peculiares de los últimos siglos. Siervos de Selûne, el Dios de la Mentira (Que también lo era del asesinato y la muerte en esa época), y Loviatar, se unieron para hacer frente a la amenaza de las hordas invasoras ogras.

Aunque los tratados y pactos firmados hace más de un siglo están más que borrados por los conflictos que lo siguieron, la alianza de estos tres cleros se ha mantenido firme en un lugar: Imnescar.

Aclamados como héroes
, donde en otros lados son vilipendiados, las fuerzas militares de Loviatar y Cyric causan entre las filas Imperiales el terror que las bestias ocasionan en los inocentes de Amn. Con sus hojas serradas y sus mazas pesadas, quiebran los huesos de las bestias y aplastan las líneas de goblinoides con cargas de pesada caballería, satisfaciendo la sed de sangre de sus crueles dioses con el terror y la muerte de las bestias.



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La Liga del Cereal

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Con estandartes humildes y armaduras de acero desgastado por el uso, las fuerzas mercenarias de la Liga del Cereal ha descendido desde Púrskul en auxilio de Imnescar, gesto agradecido por las gentes de la ciudad con ofrendas de comida y refugio.

Pese a su apariencia poco ostentosa, el grueso de sus fuerzas, compuestas por la reforzada Hermandad del Botijo y la Parra, es una compañía veterana de mercenarios, todos ellos oriundos de Púrskul y villas y aldeas cercanas, compuestas sus filas por hombres, mujeres , semiorcos, e incluso algún corpulento orco que ha buscado en la lanza y la espada lo que no le ha ofrecido la azada.

Motivados por nada más que proteger a los inocentes de la predación de aquellos que por fuertes, se creen en derecho de tomar lo que deseen, y pagadas con oro de la Casa Gáldrim y la Compañía Amniano-Karaturense, forman filas entre los muros de Imnescar, preparados.

Al fin y al cabo, ya han enfrentado hordas mayores.


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Hermanos y Hermanas de la Orden de la Rosa Rubí
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Mientras Amn se desgarraba en luchas civiles, por el poder, la gloria y la libertad, una compañía de adustos caballeros descendió por el Camino del Comercio en auxilio y apoyo de aquellas villas y ciudades que dejadas a su suerte afrontaban la amenaza de la crisis que azota todo Faerûn.

Siguiendo la estela de su capitana, Fery Krill, los cariñosamente apodados "Caballeros del Amor" (Un nombre que ya empieza a extenderse por Amn), conforman un núcleo de élite que aprieta filas alrededor de la figura de la ahora Comandante de Imnescar.

Sus armaduras impolutas de acero pulido y decorado con filigranas de pan de oro, y sus estandartes carmesíes brillan como una promesa de arrojo al batallar, que inspira y ensalza los corazones de todos aquellos que combaten a su lado, o reclaman protección tras sus escudos.



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El Ejército del Fuego Celeste
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Hay pocas cosas que el dinero no pueda comprar en Caravassar. Aparentemente, elefantes armados de guerra (Sin dones de telepatia que se sepa) no es una de ellas.

Capitaneados por una mujer de piel bronceada de más de dos metros de altura, destacando en sus holgados ropajes su linaje elemental, el Ejército del Fuego Celeste es una compañía de élite de hombres, mujeres y genasies a sueldo del Consejo de la Tormenta.

Embutidos en bruñidas armaduras, y contando con bestias de guerra que empequeñecen a un gigante de las colinas, son una fuerza letal que ha ascendido por el camino del Comercio con un solo objetivo: Aplastar a las fuerzas enemigas que les ordenen aquellos que han pagado por sus servicios.

Si esto son elfos, rebeldes, enanos, ogros o trasgos, poco importa. Para el acero comprado con oro, toda la sangre es roja.
 
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LA HUESTE DE GUERRA DEL SEÑOR DE LA GUERRA MORKRUK​
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El Imperio del Muranheim es una anomalía. Un error histórico. Una conjunción de bestias y seres de pesadilla que bajo el carismatico liderazgo de dos tiránicos señores de la guerra se ha prolongado en el tiempo donde otros tantos reinos bestiales han sucumbido.

En Murann, solo existen dos virtudes: La fuerza y el arrojo. La fuerza para reclamar lo que uno desea y aspira a poseer, sin excusas inventadas por aquellos que solo buscan limitar a aquellos con la visión necesaria para extender la mano y arrancar de los dedos del destino sus deseos.

Y el arrojo, propio de los que valoran más lo que pueden conseguir que aquello que ya poseen. No hay lugar para la complacencia entre los habitantes del Imperio.

Y ahora, dirigidos en una campaña gloriosa hacia Amn, Imnescar se alza como un escoyo entre sus objetivos, y aquellos con la visión necesaria para lograrlos.





COMANDANTES
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Lord Brujo Morkruk
Señor de la Guerra de Murann

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Poco se sabe del pasado de este noble Ogro Hechicero. Entre las tabernas imperiales, se dice que fue un antiguo Guardián Imperial durante las guerras de los Aguijoneadores. Allí, abandonado en la oscuridad, recibió el susurro de la llama. Un sacrificio y una promesa sellados en lo profundo fueron suficientes para que el ogro que emergiese de las entrañas de la tierra nunca fuese el mismo.

Durante décadas, el Lord Brujo Morkruk ha sido una figura polémica en el Imperio. Firme opositor de la indolencia de caudillos y nobles por igual que satisfechos con saquear caravanas y atacar aldeas abandonadas, engordaban y hacían crecer sus arcas tanto como sus buches, su disciplina férrea y educación ha contrastado siempre con la explosividad habitual entre los suyos. Y le han granjeado no pocos enemigos, que ahora, en su momento cúspide, desearían verle caer.

Sus poderes sobre el Fuego Infernal le han ganado su apelativo, así como los pactos que ha sellado a lo largo de los años con toda clase de entidades de los Nueve Infiernos. Su poder, fruto de su ciega devoción al Dios del Mal, Asmodeo, ha doblegado a todos cuantos han intentado desafiarle, y a aquellos que ahora, con fe ciega le siguen a la batalla.

La llegada de los Dragones supuso un golpe a la moral para el Imperio Sothilliano: Los ogros, gigantes si no en sangre si en ínfulas, siempre han sido sus enemigos ancestrales. Pero carentes del poder de los verdaderos jotunn, muchos temerosos prefirieron evitar llamar la atención de las Grandes Sierpes, temerosos de la ruina que traeria a Murann el provocarlas.

Por su contra, atosigado por visiones de destrucción y de poder sin igual, el Lord Brujo declaró la guerra a las Grandes Sierpes, empezando por aquella que habia hecho suyo el reino rival del Imperio, Colmillos Afilados.

Recurriendo a todas las alianzas, riquezas e influencia obtenidas durante más de medio siglo, ha convocado una hueste de guerra que ahora marcha hacia Amn con un solo objetivo. No la destrucción, siquiera la conquista o el saqueo.

En la mente del Ogro Hechicero solo hay un objetivo. Y ese poder que anhela , el de dominar y subyugar, oculto tras el poder de los dragones y la Canción que estos escuchan, será su gran gloria.

O su mayor y último fracaso.




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Aryan Cremmond

El Guardián de la Sangre
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La siniestra y sádica silueta del Guardián Aryan ha recorrido las callejuelas de Murann y los cementerios amnianos durante años.

Muchos son los humanos que sirven al Imperio de Murann sin ser esclavos. Pero no hay muchos que posean el recorrido del que ha sido elegido como segundo al mando por el Lord Brujo Morkruk.

Habiendo traicionado, o sido traicionado, por todos cuantos ha conocido y apreciado, Aryan Cremmond es un asesino que oculta bajo una fría y comedida apariencia una voluntad por infringir daño y vengarse de todos aquellos que le han ofendido.

Entre las tropas se menciona que antiguamente fue un cruzado que peleó contra Murann y la No muerte, pero poco se sabe sobre los motivos que le llevaron a donde está ahora.

Sin embargo, solo una figura de voluntad firme y capacidad para la guerra habría llegado a ganarse el respeto y obediencia de las bestias de Murann. Ahora, acaudillando las huestes del Lord Brujo, se ha dispuesto bajo el ala del Ogro Hechicero en su campaña sobre Amn.

Y sin embargo hay rumores que hablan de que en privado, el archivillano ha compartido su visión con el humano, y solo con él.






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Sondakur

Caudillo de Vaprak
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La corpulenta figura del Ogro Hechicero Sondakur empequeñece a no pocos de sus semejantes.

Embutido en pesadas armaduras, la piel verdácea y musgosa del gran ogro está salpicada de escarificaciones y tatuajes gravados a fuego y ácido en honor al progenitor de su profana estirpe,
Vaprak.

Uno de los caudillos imperiales en la fallida campaña de Kalathyr hace casi una década; el tiempo, lejos de haber calmado al ogro hechicero , solo ha servido para que la vieja herida fermente putrefacta en un rencor y odio hacia los Amnianos , tan propio entre los suyos.

Ahora, elegido como uno de sus dos comandantes por el Lord Brujo, este gigante ha visto una oportunidad de resarcir viejas rencillas y alzarse en la jerarquía Imperial, dejar de ser un miembro menor de la Casta de los Ogros Hechiceros y alzarse como un verdadero líder del Muranheim.

Marchando sobre Imnescar , las huestes de guerra obedecen un plan del que ha sido principal mente pensante. Su crueldad y táctica se estrellará contra los muros amnianos, y se mostrará tan letal como su hoja.

O se repetirá el mal de hace una década.




OFICIALES

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Barón Mortuus el Sempiterno
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Una figura tan siniestra como poderosa, el Liche conocido como el Barón Mortuus ha recorrido las calles de Murann desde que emergiese de las entrañas de la Torre Negra, erigida hace unos años en el imperio de las bestias.

Su figura destaca por la corona que descansa sobre su cráneo: Una alahaja de oro ennegrecida de cuatro puntas. La joya central de la corona es un hexágono meticulosamente tallado y en su centro una calavera coronada de liche sonriente. Su voz es un susurro constante sin tonalidad ni armonía, como una persona afónica. Pero basta un solo suspiro de sus fauces esqueléticas para traer la muerte a sus enemigos.

Como uno de los Maestros de la Torre Negra y de la élite de conjuradores no-muertos de la misma, comanda las fuerzas de nigromantes y no-muertos del Cónclave Negro en la campaña de conquista de Amn.





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Dientes el Tumulario
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Poca información hay en el Imperio y más allá del no-muerto que se hace llamar Dientes.

Hace una década conoció la derrota en Kalathyr, y el odio que le alimenta contra todo lo vivo no ha hecho más que acrecentarse desde entonces. Donde otros de los suyos son serviciales, él se ha alzado como una criatura irreverente e independiente, desafiando incluso la voluntad de grandes Liches y Emperadores Oscuros.

Bajo una apariencia de simpleza mental, se esconde una mente retorcida, tan letal como paciente en la venganza. Ahora, al mando de las huestes de los Tumulos, marcha en su corcel no-muerto, y aquellos que lo ven observan un fuego bajo su capucha que arde como nunca lo ha hecho la visión del tumulario.


Un fuego que dicen, proviene de los mismos infiernos.



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La Maestra Miruh
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Procedente de Damara, , Miruh comenzó sus andanzas en Amn siendo una aventurera arcana seguidora de la diosa de plata Selûne, aunque este camino fue quebrantado por los inmortales una vez la interceptaron y poco después fue aceptada como aliada de la antigua necrópolis, Emnekhûl, abandonando su propia fe.

Tras años y años, esta arcana ostentó títulos y cargos que pocos mortales podrían alcanzar, llegando a tener total acceso como erudita de la Torre Oscura, Escriba personal de la reina Layla e incluso perteneciendo a la misma Corte Inmortal como Oyente.

Su recompensa última llegaría en el Beso Sangriento, la bendición del vampirismo que le concedió una eterna y retorcida inmortalidad.

La guerra civil entre los suyos, sin embargo, la alejaría de las cortes vampíricas, mostrandose leal a la Torre Negra y a su Inmortal Emperador. Desde entonces, la depredadora de la noche ha proseguido su búsqueda de poder arcano, y como otros tantos miembros de su Cábala, ha seguido la estela del Lord Brujo, bajo promesas de poder y sed de venganza que solo su retorcido corazón conoce.






FUERZAS MILITARES
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La Legión de la Espada de Ébano

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Las legiones de hobgoblins, pese a su disciplina y organización habitual, rara vez se conforman en el Ejército Imperial del Muranheim. Su orgullo es demasiado fuerte. Para cada hobgoblin, el estandarte de su compañía es más importante que su propia vida.

Las compañías se juntan en regimientos, y estos se congregan en legiones dirigidas por generales de la guerra eterna de Maglubiyet. Nacen, crecen, viven y mueren por su Legión.

Y este espíritu inquebrantable ha sido doblegado y reforjado por el Lord Brujo Morkruk. Obteniendo la lealtad de la legión tras derrotar a sus generales hace más de dos décadas, desde entonces ha reformado a la legión de trasgoides en una fuerza de guerra a imagen y semejanza de la disciplina inmisericorde de los Infiernos, buscando replicar su forma de hacer la Guerra Sangrienta en los planos terrenales.

El efecto de su instrucción ha culminado en el estado actual de la Legión: El desgaste bajo el látigo y el castigo sin piedad de los instructores ha reducido a un tercio de su tamaño original al ejército goblinoide. Y sin embargo, cada uno de sus soldados es un engranaje perfeccionado para un solo propósito.

Conquistar.





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Aberraciones Dracónidas del Nigromante de la Túnica Negra

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Nunca en Faerûn se habian visto criaturas semejantes a las que marchan separadas a la hueste principal de guerra de Murann.

Si bien hace aproximadamente un siglo, en las viejas tierras de Unther, se manifestó un reino de criaturas similares a los dragones, el noble linaje de Abeir poco o nada tiene que ver con estas criaturas que han comenzado a emerger de los bosques más oscuros y recónditos desde el Retorno de los Dragones.

Nadie , salvo ellos, conoce qué pactos ha sellado el Lord Brujo y sus comandantes con el nigromante conocido como Loezhet. Lo que es cierto es que con sus poderes de otros mundos ha congregado una hueste de bestias tan letales como obcecadas en su lealtad.

Desde los ejemplares de menor tamaño (Pese a ello, todos más grandes y fuertes que cualquier hombre u orco) con escamas de oropel, bronce y cobre, a figuras corpulentas como un ogro y escamas plateadas, avanzan en silencio de manera paralela, pero nunca unidos, al ejército de Murann. Susurran y mascullan en una lengua que solo entienden ellos, y obedecen sin rechistar las órdenes de los comandantes de la Hueste de Guerra, con un afán y ansia de matar que no posee el más cruel de los trasgos u ogros.





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Tribus de Ogros y Ettins

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Pese a su reducido número , las tribus de ogros y gigantes bicéfalos avanzan torpemente junto al ejército de Murann bajo la promesa de comida, oro y tanto alcohol como puedan consumir antes de caer inconscientes. Y eso es MUCHO alcohol.

Normalmente, pese a su gran tamaño y brutalidad, los ogros , y sobre todo los Ettins (Cuyas dos cabezas no congregan ni la mitad del intelecto del ogro promedio) son una fuerza manejable por los grupos armados más coordinados, bien pertrechados, con tácticas para combatirlos.

Estas criaturas, sin embargo, no actúan de manera desbocada y sin rumbo. Bajo el látigo de los capataces trasgos son dirigidos, armados y pertrechados para desatar todo su brutal poder destructivo contra las filas amnianas. Embutidos en toscas armaduras de enormes planchas metálicas vapuleadas, su capacidad de absorber daño y sobre todo de infringirlo jamás debe ser subestimada.



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El Cónclave Negro

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De las catacumbas de la siniestra Torre Negra han emergido docenas de sombríos cabalistas con no otro propósito que desatar sobre Amn los experimentos y rituales que han desarrollado en los sanctasanctórums de su sagrario arcano.

Rodeados y protegidos por una horda de necrófagos, han desatado sus profanos siervos contra el pueblo Amniano con no otro objetivo que sembrar el terror entre sus aldeanos e inocentes y desmoralizar las fuerzas.

Protegidos por las huestes de guerra, los nigromantes del Cónclave poseen un papel fundamental en la táctica de guerra Imperial. Uno que ejecutarán con la mayor de las eficiencias.

Y la más altas de las insidias, dispuestos a no perder la oportunidad de demostrar su supremacia arcana sobre los magos amnianos, tan patéticos en sus hechizos como el desprecio del verdadero poder que tiene apresada a la población de la que provienen.




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Hueste de los Tumulos
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Emergidos de las profundidades de la tierra con un solo propósito, los tumularios del Imperio son una fuerza letal de criaturas no-muertas que , liberadas del yugo de sus antiguos amos, han buscado un lugar en la jerarquia de Murann haciendo para lo que fueron creados.

La aniquilación de todo lo vivo.

Sus ojos incandescentes marchan bajo el amparo de la noche. Embutidos en armaduras oscuras y afiladas y recubiertos por capuchas y telas roídas, sus jinetes galopan en los flancos y vanguardia de la hueste de guerra, dirigiendo los enjambres de necrófagos del Cónclave Negro como si fuesen letales perros de presa.

A su cabalgata le sigue el terror y la agonía en las filas enemigas, y un sendero de aldeas calcinadas y poblaciones masacradas, sus habitantes alzados como siervos descerebrados de la hueste de los Tumulos, marca ahora el avance de la Hueste de Guerra hacia Imnescar.




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El Enjambre del Bosque Sombrío
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Como un rio de patas peludas y fauces venenosas, de los bosques que rodean los límites norte de la cordillera de los Dientecillos y los separan de los humedales, ha emergido un enjambre de bestias de mentes alienígenas e instintos letales.

Aunque originalmente las fuerzas amnianas no relacionaron su aparición en senderos y caminos con la amenaza imperial, la unión de esta marabunta de monstruos con la hueste de guerra ha despejado todo margen de duda.

Entre temblores y gemidos, los pocos supervivientes al avance del Enjambre han hablado bajo el amparo y cuidados de los sanadores y defensores de Imnescar como entre los millones de pequeñas arañas, y miles de bestias grandes como mastines de presa, avanza un ser grande como una casa, cuyos ojos inyectos de odio brillan con inteligencia.




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Tribus Osgas de los Dientecillos​

Es dificil movilizar a las tribus de los Dientecillos. Las hordas de las Cordilleras solo responden ante el mismo Murkul y más de un conquistador pretendiente ha visto sus aspiraciones destruidas tras ser masacrado por las tribus que combaten tanto entre ellas como saquean las fronteras amnianas.

Sin embargo, bajo el puño férreo del tumulario y los argumentos del Guardián de la Sangre, varias tribus de osgos han accedido a marchar junto a la Hueste de Guerra con no otro fin que saquear y arrasar a su paso. Los osgos, trasgoides corpulentos, son expertos en el sigilo y las emboscadas, cualidades que la Hueste de Guerra ha empleado notablemente bien, usando a estos goblinoides como oteadores y avanzadillas para arrasar las guarniciones y exploradores amnianos.




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Mercenarios Imperiales​

Independientemente de donde provenga el oro, las monedas valen lo mismo a lo largo y ancho de todo Faerûn. Y muchos no tienen reparos en aceptarlo, venga de las manos de quien venga. El Imperio de Muranheim paga y soborna a miles de piratas y mercenarios con oro amniano saqueado, y aunque algunos de estas despiadadas espadas a sueldo puedan argumentar que lo hacen por mero trabajo, lo cierto es que la inmensa mayoría son tan despiadados y sanguinarios como sus contratistas.

Es habitual que numerosas bandas de bandidos que atormentan reinos vecinos terminen como mercenarios en el Imperio, si no lo eran ya. Recurriendo a sus arcas, el Lord Brujo ha reclutado un contingente de indisciplinados, brutales y crueles mercenarios y piratas: Humanos, trasgos, gnolls y orcos, se pelean tanto entre ellos como contra el enemigo.

Pero cualquiera que se haya enfrentado en batalla a estos malnacidos sabe, gane quién gane, nadie saldrá de ese conflicto con el honor intacto.
 
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Y CON LA TEMPESTAD, LLEGÓ LA GUERRA
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Cuando las nubes negras se congregaron alrededor de los altos picos de los Dientecillos y se extendieron por el camino del comercio, muchos entendieron al fin el objetivo último de las fuerzas de Murann.

Pronto llegaron los oteadores, que a galope tendido, habían cabalgado durante horas para dar el aviso en la ciudad tras que los puestos dispuestos en las montañas para avisar de movimientos enemigos hubiesen sido arrasados.

Como una marea de destrucción, el ejército invasor descendio desde los bajos bosques de los Dientecillos hasta el camino del comercio. Durante horas, marchó por el paso de las cordilleras, siendo su llegada anunciada por los enjambres de necrófagos, los oteadores osgos, y los jinetes de los tumulos, que prendian fuego a granjas, aldeas, aserraderos, y posadas de mercaderes que o bien por falta de aviso o terquedad de sus ocupantes habían evitado evacuar en las decanas previas pese a la amenaza de invasión y los avisos de las autoridades de Imnescar.

"Esta granja ha sido de mi familia desde que naci, y desde que nació mi padre, y el padre de su padre. No voy a abandonarla ahora."

Fueron las palabras que un anciano otorgó a un sargento amniano, enviado desde Imnescar con su compañía para evacuar las aldeas del Camino del Comercio en previsión del avance de Murann.

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Ahora, sus ojos blanquecinos y apagados, observaban innertes como un necrófago devoraba a los restos de su familia con la naturalidad de un perro royendo el hueso de un guiso.

Al avance imparable de la Hueste de Guerra se le respondió con fuego y guerra. Las guarniciones amnianas preparadas combatieron con sus oteadores , replegándose paulatinamente hacia los muros de la ciudad, demasiado pocos para hacer mella en una fuerza que les superaba con creces, pero suficiente para obtener valiosa información sobre la composición de sus enemigos.

Esto no era una mera distracción. Tampoco un grupo de saqueadores. Era un ejército unido con un solo propósito, y que había congregado horrores extraídos de las grutas más retorcidas con no otro fin que desatarlos sobre Amn.


Las atalayas, construidas bajo iniciativa de los defensores de Imnescar para vigilar el avance de Murann, ardían bajo las antorchas arrojadas por los saqueadores osgos, cuyos luengos brazos les permitían correr cuasi a cuatro patas en un sprint momentáneo con el cual tendían a atrapar por sorpresa, emergiendo de árboles y arbustos, a los exploradores amnianos.


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Replegándose a las lineas de defensa provistas y los fosos preparados, las guarniciones Amnianas combatieron entre el barro y la hierba a no-muertos y trasgoides por igual, manteniendo la posición ,con la llegada del grueso principal invasor aún a varias horas de camino.

Demasiado pocos para atreverse a ralentizar el avance del ejército enemigo sin refuerzos, los hombres y mujeres de Imnescar contemplaron con horror como las nubes negras ascendian desde los campos y las granjas que a millas a la redonda se extendían. Vacias la mayoría. Pero no todas ellas.

En todas direcciones, los jinetes de los Tumulos, cubiertos de la dolosa luz solar por las espesas nubes negras que lentamente se extendían hacia Imnescar, cabalgaban a pares y docenas, prendiendo fuego a campos, graneros, granjas y persiguiendo a los campesinos y ciudadanos que huian despavoridos a última hora al refugio de las murallas de la ciudad.

No muchos consiguieron llegar. Y los que lo hicieron, rara vez no portaban heridas, ocasionadas por las zarzas y las ramas y tropiezos en su frenética huida hacia la salvación, así como por las bestias no-muertas que eran usadas por Murann para extender el terror frente a su avance.

Los oficiales de Imnescar, sin embargo, de mirada afilada, notaron las marcas de mordiscos y zarpazos que numerosos supervivientes portaban semicultas bajo sus ropas, no por intención insidiosa si no por desconocimiento y puro instinto de supervivencia. Pronto, todos aquellos que entraron en la ciudad en estas primeras horas de la invasión fueron apartados a hospitales de campaña, vigilados , donde serían atendidos por los poderes divinos de los cleros de la ciudad.

Mientras , a apenas unas horas de marcha sobre Imnescar, la Hueste de Guerra de Murann se detenía. Bajo el látigo de los capataces duergar, los obreros esclavos humanos y trasgos alzaban pesada maquinaria de hierro negro y madera oscura, tan resistente como destructora.

Las máquinas de asedio Duergar no eran particularmente buenas para conquistar una ciudad. Pero eran las mejores si lo que uno quería era reducirla hasta sus cimientos.

Aguardando al montaje de sus máquinas de asedio, y contemplando como lentamente las nubes de tormenta que habian cubierto una mañana primaveral en una noche crepuscular, de cielos rojos y rayos en la lejanía, las fuerzas emergidas de los mismos infiernos aguardaban su momento.

Y en Imnescar, alzando sus estandartes, los defensores se preparaban para luchar por sus vidas.
 
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LOBO A LAS PUERTAS
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Se había alzado una mañana fría de primavera. Las calles de la ciudad estaban vacías, carentes del ajetreo habitual en un día como este. Las puertas selladas y las ventanas tapiadas, sus habitantes resguardándose bajo indicaciones de las fuerzas defensoras en cualquier sótano o bajo piso que tuviesen accesible.

Agolpados, los que no habían huido con precaución rezaban a dos docenas de dioses entre la penumbra iluminada por velas y faroles de aceite. Habían bajado con alimentos y suministros. Pero no era un asedio prolongado lo que temían. Madres consolaban a sus hijos. Abuelos compartían historias de batallas pasadas a las cuales , fruto de su larga vida, habían sobrevivido. Jóvenes, demasiado cobardes o demasiado débiles para empuñar arma y acudir a las murallas, eran arropados por el grupo, o avergonzados en aquellos refugios donde el ambiente estaba más cargado y la tensión era más intensa.

Y por todos ellos, contemplando sobre ellos una mortaja de oscuras nubes de tormenta que ascendía desde los Dientecillos, marcharon.

Con estandartes de bermellón marcharon. Con escudos del Ocaso, marcharon. Con el paso pesado de las enormes patas de los paquidermos, marcharon.

La fuerza principal de batalla de Imnescar descendió desde los muros de la ciudad hacia sus posiciones fortificadas y preparadas en el sur. Mercenarios de la ciudad, tropas amnianas, caballeros de Sune, Cyric y Loviatar, la Liga del Cereal y elefantes de guerra mercenarios se encaminaron capitaneados por la Comandante Fery Krill hacia las millas que separaban la ciudad fortificada de las lineas de Murann.

La Hueste de Guerra Imperial ya había comenzado su marcha. Era solo cuestión de tiempo que alcanzasen las posiciones dispuestas para ralentizarlos.

Desde su descenso de los dientecillos , y pese a su pausa para el montaje y preparación de las máquinas de asedio, la batalla no habia hecho si no rugir y acosar las tierras del sur de Amn.

En todas direcciones las llanuras ardian. Las granjas y haciendas eran pasto de las llamas de saqueadores y batidores osgos, y los campos de cultivo, apenas comenzando a crecer germinados en primavera, se habían convertido en lodazales de barro pisoteado mezclado con las frías aguas que la tormenta convocada había traído.

La fuerza principal se dispersó por la extensión de los campos que se extendian al sur de Imnescar: Su plan era tan simple como arrojo exigía de aquellos que buscaban llevarlo a cabo. Su labor era reforzar a los batidores y guarniciones amnianas que llevaban horas intentando evitar que las fuerzas de avanzadilla murannitas campasen a sus anchas , expulsar a estas bestias, y reunirse en el extremo de sus lineas defensivas para detener el avance de la hueste de Murann cuanto fuese posible.

La vanguardia de los valerosos defensores, compuesta por mercenarios de la Liga del Cereal y Caballeros de la Rosa Rubí se abrió paso por aldeas abandonadas, sus habitantes ya a salvo en Imnescar desde hacia horas, o incluso más allá, si previsores, habian abandonado todo para huir hacia el interior de Amn.

Estas pequeñas agrupaciones de casas mostraban un paraje desolador, frías. Y no estaban abandonadas. Entre campos, arbustos y graneros, los retazos de los enjambres de necrófagos aun buscaban nuevas víctimas. Estas aberraciones no-muertas fueron rápidamente despachadas. Al parecer el grueso de los no-muertos ya se había retirado tras su ofensiva inicial.

Mientras la vanguardia recuperaba la compostura tras su emboscada, y Talivia Hávalen inspeccionaba junto a sus mercenarios las haciendas en busca de algún superviviente o refugiado, una figura solitaria de capucha carmesí se detuvo ante el avance de la tormenta conjurada.

La Gondiana alzó su vara de canalización y clamó sus poderes arcanos y divinos para detener el avance de la tormenta. Su poder retumbó con el ruido de la forja y del martillo, y sobre Imnescar brilló el sol. El avance de las nubes negras pareció detenerse. Pero un ojo atento pronto se dio cuenta de que solo se había ralentizado. Como zarcillos retorcidos, dedos negros afilados que buscaban arrancar el espíritu valeroso de los defensores, continuaban extendiéndose hacia la ciudad.

A este ritmo, las nubes de tormenta llegarían a la muralla para el inicio del atardecer.

Malheridos y atrincherados, los batidores amnianos recibieron con ánimos tibios la llegada de la vanguardia. Los oficiales de Imnescar pudieron contemplar en sus ojos apagados y en sus cuerpos maltrechos no solo el peso de las horas de lucha que ya habían llevado a cabo si no el yugo que la visión de las hordas imperiales habían arrojado sobre sus espaldas.

Pero los defensores no solo trajeron promesas de guerra y defensa. También trajeron esperanza. Las palabras de la Comandante Kryll y el Senescal de la Tormenta alejaron la sombra de la duda de los agotados defensores, pero no fue si no la crudeza de Talivia la que llegó a los corazones de los que, en el fondo, eran gentes humildes que no hacian si no defender sus hogares y seres queridos.

Mientras Rainde desataba su poder mágico sobre los malheridos, y el trotador semielfo, Sulion Suravar, apoyaba a los médicos de campaña y sanadores con remedios más mundanos que sin embargo supusieron la diferencia entre la vida y el olvido, el alquimista Ertai Crowley preparaba un pequeño taller portátil, quedándose junto a las fuerzas de avanzadilla para realizar bebedicos restauradores con los que ayudar a aquellos más malheridos.

Las escaramuzas se sucedieron en su descenso al sur. Aldeas arrasadas por saqueadores osgos, donde valerosos amnianos resistian fueron socorridas por la vanguardia, mientras en bosques cercanos, una brutal carga de caballería pesada y elefantes de guerra masacraba a una comitiva de mercenarios que con insidia buscaban aproximarse a los muros de la ciudad.

Seria entre trincheras y empalizadas, que la fuerza de defensa volvió a unir filas. Hombros contra hombros embutidos en fino metal. Lanzas y alabardas, dispuestas para contener la carga de la sombra.

Pero, incluso los más veteranos, no estaban preparados para aquello que emergió de la oscuridad.

Una larga linea de batalla avanzaba desde el paso de los Dientecillos. Fila tras fila tras fila de armaduras trasgas de ónice pulido. No habia cánticos. No habia gritos. Marchaban con el silencio del verdugo en el cadalso. En su vanguardia, enormes ogros y Ettins de guerra, embutidos en armaduras reforzadas, dirigidos en formación por capataces de cruentos látigos serrados.

Pero resistirían. Como Imnescar había resistido en otras tantas ocasiones.


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Pero entonces, la tormenta rugió. Y no fue este el grito de su Qysara.

Alzando el vuelo desde las huestes de Murann, y adelantando con su rápido serpentear volador al ejército Imperial, un enorme dragón verde emergió de entre la tormenta y las sombras, y su promesa era muerte.

Los defensores de Imnescar contemplaron el descenso de la bestia con una mezcla de desazón y terror.

Cuando las líneas chocaron, la carnicería fue atroz.

La Caballeria Cyrita cargó contra el flanco de Murann. Las pesadas bardas de sus jinetes, embistiendo a la avanzadilla de osgos que marchaba frente al ejército. Sus hojas serradas, desgarrando la carne de los trasgoides y los obligaron a replegarse a su linea.

En el frente, las lineas prietas de mercenarios y cruzados de Sune recibieron el grueso de la vanguardia bestial: Con lanzas y alabardas enfrentaron a Ogros y Ettis, que con golpe de maza y martillo arrojaban hombres valerosos por los aires. Los gigantes cayeron, empalados, pero no lo suficiente. No lo suficientemente rápido.

Al choque de los gigantes, les siguieron las filas disciplinadas de hobgoblins. Sus armaduras de obsidiana pronto se embadurnaron en rojo carmesí. Sus devastadores desataron torrentes de fuego mágico sobre las líneas de Imnescar, que sin apoyo mágico, poco pudieron hacer salvo observar a sus compañeros ser calcinados vivos.

Los trasgoides avanzaban, sajaban, se replegaban, y recomponían la linea bajo los gritos de sus oficiales. Sus pesadas botas hundían en el barro los cuerpos de los defensores que yacían frente a su avance.

Y mientras, los Elefantes de Guerra del Fuego Celeste arrollaban con su carga regimientos enteros de hobgoblins que pronto abrian lineas para enfrentar a las bestias con fuego, arco y jabalina, rodeando a los paquidermos.

Pero todo esfuerzo, por valeroso que fuese, empequeñeció ante la presencia de la Bestia Forestal. Donde la Soberana del Bosque Sombrio descendía en vuelo arrasador, solo quedaba un rastro de muerte. Sus espolones , embadurnados en sangre, destrozaban las howdahs de los elefantes de guerra. Sus mercenarios, cercenados, y los grandes animales de guerra, caian muertos con sus columnas perforadas. Su aliento era tóxico, y las nubes de veneno pronto invadieron las trincheras y posiciones fortificadas amnianas. Sus defensores, con ojos que lloraban sangre y pulmones ardientes, huían desesperados buscando aire fresco, para enfrentarse a las fuerzas de Murann, que hojas en mano, les aguardaban para darles muerte.

Los defensores de Imnescar miraban los cielos, aterrados, muchos preguntándose donde estaba la protección prometida por la Reina del Pantano.

No hubo prisioneros. La vanguardia de Imnescar logró replegarse gracias a las acciones del Senescal de la Tormenta: Sus torrentes mágicos abriendo brecha el suficiente tiempo como para que las lineas más adelantadas ganasen el espacio necesario para una retirada ordenada por la Comandante Kryll nada más ver el vuelo arrasador del dragón.

La huida hacia Imnescar fue mortal. Perseguidos de cerca por las fuerzas de Murann, mercenarios, caballeros y cruzados intentaron retroceder apretando filas bajo las órdenes de sus oficiales. Pero no había orden posible cuando las líneas se veian fragmentadas por los miasmas nocivos que habían infestado el campo de batalla.

Pronto, la retirada escalonada, planificada antes de la batalla, se deformó en una huida para salvar la vida. Uno a uno los enormes elefantes fueron cazados por el Dragón Verde, que parecía tener la prioridad de sus objetivos clara. Sus enormes cuerpos de piel gruesa y grisácea salpicaban los campos del sur de Imnescar, como montículos fúnebres alzados para honrar a aquellos que murieron por una causa noble.

Pero no hubo nobleza aquí.

Las disciplinadas lineas de Murann evitaron lanzarse a una persecución salvaje que podría haber sido aprovechada por sus enemigos. Con látigo de capataz, gigantes y ogros regresaron a la formación, reformando líneas para continuar en su avance hacia Imnescar.

En las murallas de Imnescar, los defensores de la ciudad observaron con desasosiego el regreso apresurado de la hueste de batalla, contemplando desde la distancia y falsa seguridad de los muros el vuelo del Dragón Esmeralda, que como un buitre carroñero, contemplaba desde lo alto el destrozo causado por su aliento y garras en las líneas amnianas durante su huida.

Algo más de la mitad de las fuerzas de Imnescar consiguieron regresar a los muros, con la hueste de Murann pisándoles los talones. Y ahora, desde las almenas, la extensión de la amenaza era ya no solo una promesa. Era una realidad.

Y cuando los portones Sur se cerraron tras los defensores, muchos alzaron su mirada al cielo en expectativa. Otros, al oeste y la promesa de refuerzos.

Pero muchos miraron hacia su interior, y en él, buscaron el consuelo de los dioses de aquellos que aceptan, poco a poco, el final de sus días.
 

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LA MUERTE QUE CABALGA

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Las nubes negras cubrieron los campos de Imnescar. Y su lúgubre presencia no era si no un heraldo de aquello que estaba por suceder. La mortaja negra se había alzado con la profana magia de la Torre Negra, dirigida por los rezos infernales del mismo Lord Brujo.

Era como si las legiones de Morkruk quisiesen evitar a los dioses el horror de las atrocidades que bajo las nubes de tormenta iban a realizar.

Cuando la hueste de guerra estuvo lista para marchar hacia el Norte, no lo hizo en su totalidad. Casi la mitad de sus fuerzas se desviaron hacia el este, en una profana compaña de poderes convocados de los lóbregos rincones del Imperio del Muranheim.

Tras su impacto inicial, las hordas de necrófagos fueron convocadas por los maestros oscuros que las habían alzado, y por millares los no-muertos recorrieron los campos quemados de Imnescar hacia el este.

Las pezuñas esqueléticas de la caballeria de los túmulos dejaba una impronta profana en los senderos y aldeas que ardian bajo el fuego de sus antorchas, la tierra antaño fresca y firme, ahora un lodazal de sangre, lluvia y restos semi enterrados de las luchas que habían sucedido. Defensores amnianos, necrófagos y batidores osgos muertos a partes iguales salpicaban millas alrededor de Imnescar tras horas de conflicto y guerra entre trincheras.

Pero eso se había terminado. Pues mientras las trompetas clamaban a las huestes de Imnescar, y estas abandonaban los portones de su ciudad para marchar y hacer frente a Murann, el ejército no-muerto contemplaba el enorme cementerio de Imnescar en la distancia.

El lugar sagrado estaba protegido por la cercanía de la Abadia de Hydcont: Orgullosa, sobre las ventajosas colinas, sus torres de granito pulido y plata brillaban en un mar de oscuridad y muerte. Bajo las lomas que se extendian a su alrededor, los cruzados de Selûne hacian frente a la horda de necrófagos, a las cargas de la caballeria tumularia, y a las aberraciones dracónidas, sus pieles escamadas demasiado fuertes para la mayoria de las armas.

Era una lucha desesperada, donde estaban superados en más de diez a uno. Y sin embargo, reunidos bajo el estandarte de su Suma Pontífice, resistían. Envueltos en fuego sagrado , destello lunar, y con escudos en alto recubiertos de resguardos divinos mantuvieron la posición, contemplando como en la distancia, una fina linea de figuras envueltas en túnicas negras se aproximaba al cementerio, protegidos los cabalistas de la Torre Negra por siniestras figuras embutidas en pesadas armaduras de hierro desgastado y la voluminosidad de las aberraciones mitad dragón, mitad monstruo.

El Cementerio había sido provisto de resguardos mágicos benditos, muchos de ellos antiguos como las tumbas más viejas y vetustas. Otros, renovados recientemente, en previsión ante el ataque de Murann. Pero ni estos resguardos divinos ni los rituales que las altas sacerdotisas de Selûne intentaban realizar para proteger y sacralizar la tierra de sepultura fueron suficientes.

Bajo la guia de sus maestros, la inmortal Miruh y el liche conocido como el Barón Mortuus, así como la experiencia del Clérigo de Bane, Talkorion, los cabalistas del Cónclave Negro desataron su poder profano para disipar y quebrar los resguardos mágicos del cementerio.

Mientras, comandados por el Guardián de la Sangre Aryan, y guiados por las veraces saetas de Dientes el Tumulario, la hueste que escoltaba a los nigromantes combatió y acabó con los defensores Selûnitas del cementerio antes de que estos pudiesen alzar barreras protectoras sacrosantas.

Ahora, los antiguos habitantes de Imnescar, que habían reposado durante décadas bajo el resguardo de sus buenas gentes, estaban listos para ser cosechados.

Pronto , no quedó fosa común sin abrir. Nicho sin exhumar, y mausoleo sin ver sus portones derribados por puño y bota de hierro de Tumulario, amontonando los cuerpos embalsamados y los restos óseos en los senderos del cementerio, donde los nigromantes del Cónclave, canalizando antiguas runas de poder, comenzaron el proceso de alzar como aberraciones no-muertas a los caídos.

Tal acto sin embargo no quedó sin respuesta: Los clarines de plata y perlas resonaron desde el oeste, y desde Hydcont, las fuerzas de la Cruzada de Selûne se agolparon tras los estandartes de sus capitanes y altos sacerdotes. Se sabian superados, pero su carga era un acto desesperado y valeroso por detener el ritual que había dado comienzo en los cementerios.

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Al estruendo de los cascos de sus corceles de guerra le siguió el de los cánticos sacros. Con flechas precisas los exploradores de la Dama Plateada aseteaban necrófagos y tumularios por igual, mientras como una hoja de fuego bendito, cruzados y sacerdotes abrían brecha hacia el cementerio. Las augures de Selûne, acostumbradas a leer las estrellas y canalizar los dones arcanos para el bien de los necesitados, ahora desataron poderosos sortilegios que rivalizaron con el poder mágico de los propios nigromantes profanadores.

Pronto, con el retumbar de su enorme corpulencia, las fuerzas en reserva de Imnescar se unieron a ellos, y embutidos en sus bardas doradas, los elefantes marcharon junto a los corceles y caballeros de Selûne, haciendo por primera vez que la enorme horda no-muerta se doblase y por unos segundos, titubease, al borde de verse superada.

Y sin embargo esto no fue suficiente. La valerosa carga perdió lentamente su ímpetu. Y entonces la mortaja de muerte cayó sobre ellos. Cruzados eran descabalgados de sus corceles por necrófagos, que una vez entre barro y suelo, los desgarraban arrancado con sus uñas afiladas como dagas las piezas de su armadura. Protegidas por sus hombres de armas y cruzados veteranos, las augures recibieron las cargas de la caballería tumularia, sus corceles esqueléticos sobreponiéndose al torrente mágico. Sin dolor. Sin miedo.

Los elefantes de guerra, dejando un rastro de destrucción a su paso, fueron lentamente separados unos de otros. Por sus gruesas pieles los necrófagos ascendían como hormigas sangrientas, recibiendo los flechazos de los mercenarios genasies desde sus palanquines, hasta que por su peso, mordiscos, y garras, los animales de guerra de Caravassar sucumbían al cansancio y a las heridas, mientras sus jinetes caían luchando contra las bestias no-muertas.

Y ni todos los rezos a la Diosa de la Luna fueron suficientes para que sus cruzados y clérigas pudiesen enfrentar a las criaturas de pesadilla y escamas de dragón. Estas aberraciones, surgidas de otro mundo, abrieron brecha entre las filas selûnitas sin ruido alguno, ni grito de guerra. Solo con una fría crueldad en unos ojos que rezumaban insidia, violencia e inteligencia.

Las fuerzas de Imnescar y la Cruzada de Selûne fueron rechazadas, y tras sufrir grandes bajas se replegaron hacia la abadía y los muros del este de la ciudad, convocadas bajo el estandarte de su Suma Pontífice.

Mientras los mensajeros acudían raudos a Imnescar, ciudad donde las fuerzas que habian marchado a luchar al sur ya regresaban tras que la Soberana del Bosque Sombrío hubiese desatado su furia venenosa sobre ellos, en el cementerio se llevaba a cabo un ritual que empequeñecía todos los demás.

El Cementerio de Imnescar estaba invadido. Centenares de esqueletos y zombies putrefactos observaban con ojos vacios de toda vida e inteligencia a los que les habían arrancado del descanso eterno y ahora eran sus amos y señores. Los mausoleos más importantes del camposanto permanecían impenetrables: Sus resguardos divinos habian evitado que la Torre Negra pudiese entrar y alzar a los campeones que en ellos descansaban.

Pero eso poco importaba. Centenares de cuerpos se amontonaron en la zona central del cementerio. Y unidos en un cántico al unisono, medio centenar de cabalistas del Cónclave Negro se unieron en un ritual prohibido. Sus voces, un córo a la insidia y la depravación, clamaron un nombre oscuro. "Orcus."

El fuego abisal envolvio la ofrenda. Centenares de cuerpos que comenzaron a retorcerse como lombrices. La carne muerta se unió al hueso roido, y los tendones resecos se estiraron como babosas buscando donde tomar agarre en su escalada hacia un cuerpo hinchado e infecto.

Pronto, en el centro del gran círculo nigromántico, se alzó una criatura compuesta de centenares de cuerpos que ahora, unidos en un solo ente, conformaban una figura terrible. Su tamaño era el de una casa solariega de dos pisos, y sus tripas abiertas mostraban unas costillas afiladas y pálidas, que rezumaban un icor putrefacto.

Con extremidades largas como semanas, y pequeños ojos negros, que brillaban con inteligencia de ultratumba, comenzó a caminar hacia Imnescar.

Y tras su estela, una interminable horda de no-muertos, pastoreada hacia las murallas de la ciudad por aquellos que la habían alzado.


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III.
UN CÁNTICO DE SANGRE, ACERO Y VOLUNTAD

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Bajo un cielo herido por nubes negras como la sombra del abismo, la ciudad de Imnescar resistía. Sus murallas temblaban no por los estruendos de catapultas enemigas, sino por el ulular de una sombra alada: una dragona verde, heraldo del Imperio de las Bestias de Murann, que envolvía los cielos en un miasma de podredumbre y odio.

Por callejones serpenteantes, entre muros teñidos de ceniza y sangre, corrían cinco figuras:
Lufram Dark, el titán de Amn, con escudo en alto y mirada de acero;
Calendil, la elfina de los vientos, cuyas piernas y puños cortaban el aire como cuchillas sagradas;
Druulxakmilesh, dracónido de escamas azules, genio de artificios imposibles;
Calistia Thorne, sacerdotisa de Sune, radiante incluso en medio del infierno;
y Brizaelinth, bardo de Cormanthor, cuyo canto tejía coraje, esperanza y, para el enemigo, muerte.

Llegaron a la plaza del oeste, donde las armas de asedio aún yacían en reposo, como bestias dormidas esperando ser desatadas. Mientras Druulxakmilesh rodeaba las catapultas menores con una jaula de fuerza bruñida por rayos arcanos, los demás se entregaban a la evacuación de los inocentes. Los rostros pálidos de los civiles solo respondían a la suave firmeza de Calistia, cuyos rezos eran bálsamo y escudo. Lufram se plantó como un baluarte viviente, cubriendo con su escudo a niños y ancianos, mientras las primeras esquirlas del asedio llovían como cuchillas ardientes.

Y entonces... vino el sonido.

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Un repiqueteo inhumano, cientos de patas golpeando tejas. No tuvieron más que un segundo. Brizaelinth entonó una letanía de guerra, un himno antiguo, eco de bardos caídos. Las arañas negras, grotescas y colosales, descendieron en una oleada de patas peludas y colmillos venenosos. El combate fue brutal. Lufram resistía el peso de dos alimañas sobre su escudo mientras Calendil, girando como un torbellino letal, arrancaba patas de cuerpos con cada golpe. Druulxakmilesh lanzaba explosiones concentradas que volaban criaturas enteras en una lluvia de exoesqueleto y vísceras.

Pero incluso en el fragor, Calistia cayó. Mordida, envenenada, desangrándose. Sus labios rezaban incluso al borde del silencio. Brizaelinth, con una canción de amor que trajo lágrimas a los ojos del mismo Lufram, la trajo de vuelta, curada, pero marcada en el alma.
La tregua fue breve. Un rugido ensordecedor partió las nubes.

La dragona verde descendió con la furia de un cataclismo. Sus escamas eran una fortaleza, sus zarpas, la guillotina. Los proyectiles rebotaban como guijarros. Una descarga de su aliento pútrido derritió una de las catapultas como si fuera cera al fuego. Druulxakmilesh alzó un muro de fuerza que salvó las armas menores por segundos preciosos antes de que fuese destruido por las garras de la bestia.

Y aún así, el dracónido no se rindió.

Mientras la dragona se preparaba para una nueva barrida, Druulxakmilesh activó una de las balistas a mano. Canalizó rayos eléctricos en el proyectil, dotándolo de un impulso sobrenatural. Disparó.El virote cruzó el cielo en un arco de relámpago, silbó como un trueno y perforó una de las alas de la dragona, haciéndola chillar con furia ancestral. La criatura viró, se alzó tambaleante y se retiró... Por el momento.

Pero no estaban solos.

Atraídos por la épica resistencia, algunos aldeanos que no habían descendido salieron de sus escondites. Se acercaron, con palabras de agradecimiento... Y luego, con dagas ocultas que los héroes no vieron venir. Mercenarios de Murann, infiltrados hacía semanas. El engaño fue cruel, pero breve. Los héroes, curtidos por la batalla, respondieron con precisión letal. Aunque su líder, antes de morir, alcanzó a dañar otra de las armas de asedio. Una herida, no una pérdida.

El grito que vino después fue peor que el de la dragona.
Un alarido metálico, como un millar de cuchillas rasgando el aire. La dragona regresó, pero no sola. A su lado volaba un draconiano plateado, guerrero de los antiguos y con él, dos hobgoblins de élite y una tercera oleada de arañas negras, más grandes, más hambrientas.

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La plaza se convirtió en una carnicería. Pero allí, en el centro, brillaban los héroes como espadas bajo la tormenta. Brizaelinth tejía acordes que cortaban la voluntad enemiga. Lufram interceptaba cada golpe con escudo y acero. Druulxakmilesh lanzaba artificios imposibles.
Y en el centro, Calendil, la elfina monje, era una tempestad. El draconiano la subestimó. Le arrojó su lanza como si ella fuera una sombra que el sol podía disipar. Pero ella la atrapó en el aire, giró y con un solo golpe le quebró la mandíbula. Fue una danza letal: puños, pies, gritos, polvo. El draconiano apenas la tocó antes de caer hecho pedazos, su armadura partida, su orgullo destrozado.

La dragona vio la caída de su campeón. Su chillido fue una sinfonía de odio. Pero comprendió, fue plenamente consciente: Imnescar no caería hoy. Tocó retirada, volando hacia otro barrio, su aliento ya preparando una nueva masacre.

Pero la plaza, las armas, los inocentes... habían sido salvados.
Calistia, aunque herida y ausente, habiéndose retirado por consejo y voluntad de sus comapañeros y amigos, vivía.
Imnescar, por obra de cinco titanes, resistía.

Un día más. Un día más de esperanza en medio de la oscuridad.
Y los bardos, como Brizaelinth, ya afinaban sus laúdes. Porque esta no sería una historia olvidada.
No mientras el fuego arda, no mientras los héroes sigan en pie.

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DIES IRAE

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Desde el este avanzaban como una marea imparable. Los rituales profanos conjurados en el cementerio habían incrementado en gran número lo que ya era una horda no-muerta, y ahora, envalentonados por los conjuros nigrománticos que les insuflaban de no-vida, marchaban.

Al mismo son, marchaban.

Mientras, otros , resistían. En la guerra, la mayoría de muertes suceden durante la derrota. En las huidas sin control, donde cada uno busca salvar la vida. Pero no ese día, pues todo hombre y mujer que luchaba bajo los riscos de Hydcont sabía que ocurriese lo que ocurriese tenía un lugar sagrado donde nada debía de temer.

Ella se alzaba sobre todos los demás. Desde las bestias no-muertas a los corpulentos elefantes. Y en su mano izquierda, siempre en alto, ondeando en un mástil de plata, tejido en seda engarzada en perlas y con un fulgor divino que traicionaba su naturaleza sacrosanta: El Estandarte de las Siete Estrellas, una de las mayores reliquias de la fe.

De los portones orientales de Imnescar salieron al galope un contingente numeroso: Refuerzos enviados desde el frente sur por la Comandante Fery Krill. Caballería del Ejército de las Tres Estrellas y hermanos de la Rosa Rubí por igual que se unieron, para alivio y gritos de júbilo de los agotados defensores de la Dama Plateada, a la batalla contra la hueste no-muerta.

Media decena de dioses respondieron a las plegarias de sus siervos en ese día: El fuego sagrado desatado fue aterrador. Cuando las líneas chocaron tras unos minutos de respiro, no-muertos y profanos por igual sucumbieron ante el celo vengador de aquellos que estaban dispuestos a darlo todo por defender lo justo y a los inocentes.

Y como corazón de la defensa Amniana, la Suma Pontífice de Selûne. Su Primera Iniciada era un avatar de furia lunar. Con cada arco de su hoja de fuego entretejido con acero, una docena de no-muertos estallaban en llamas. Con cada palabra de sus labios, los hombres y mujeres bajo el fulgor de su estandarte, veian sus espíritus renovados, sus heridas cerradas y sus fuerzas recuperadas.

En ese momento, la que no era más que una mera mortal, se había convertido en el avatar terrenal de la dualidad de Selûne: La Madre Blanca y la Guerrera de la Noche por igual. A unos, traía paz y esperanza. Y a la hueste de no-muertos y sus comandantes nigromantes y bestias dracónidas, muerte y terror.

Las líneas de Murann se quedaron bloqueadas. Su marcha gloriosa no fue capaz de quebrar la linea de la Cruzada unida de los cleros de Imnescar, y sus huestes oscuras se vieron temerosas de un final de fuego y fulgor sagrado.

Si la hueste de guerra debía abrirse paso hacia las murallas del este de Imnescar y penetrar en la ciudad, solo tenían una forma de quebrar las líneas sagradas de Selûne y aquellos que combatían a su lado. La Primera Iniciada debía morir.

La Vanguardia Imperial no dudó: Envalentonados por las victorias previas, cargaron abriéndose paso entre cruzados y paladines hasta observar la figura de la Suma Pontífice en la cercanía. La frágil humana estaba expuesta, combatiendo en primera fila junto a sus hermanos y hermanas. Su más que segura muerte quebraría las lineas amnianas y su espíritu de combate.

Moriría. Como tantas otras sacerdotisas lo habían hecho en las horas previas.

La primera en caer fue la asesina de la Bregan D'aerthe conocida como V. La drow no llegó a terminar de envenar sus armas cuando sus irises carmesíes se encontraron de frente con los ojos fulgurantes, en un rostro que solo proclamaba muerte, de la Suma Pontífice. Cargando a lomos de su Corcel Celestial, la elfa oscura era insignificante, y en su corazón supo que su muerte estaba cerca.

Su cuerpo cayó quebrado y calcinado por el arma sacrosanta antes de que sus aliados fuesen conscientes de lo que había pasado. La Primera Iniciada continuó en una carga que retumbaba con el estruendo de la furia de las Puertas de la Luna. No había piedad en su mirada, su rostro una sombra informe donde solo se veían dos ardientes centellas cerúleas.

El Ogro Hechicero Sondakur alzó su enorme escudo, de hierro oscuro y madera de roble del Weldath, que había aguantado la batalla hasta el momento. Su brazo sucumbió, y su hoja mordió la carne del corcel celestial antes de que la torre que usaba como escudo fuese partida en dos, abriendo la hoja sagrada de la humana su pecho de lado a lado.

El Ogro Hechicero había recibido el auxilio de una sombría figura embutida en una armadura con la simbologia del Tirano. Talkorion, Sacerdote del Señor de las Sombras, alzaba con un fuego esmeralda hordas de criaturas infernales para acabar con la clériga de Selûne. Su magia y sus siervos sin embargo, empequeñecieron ante la furia de la Señora de la Luna. Su fuego sagrado purgó a las bestias, y su hoja mordió la carne desgastada del anciano sacerdote, cuyo cuerpo cayó quebrado sobre barro y humedad.

Un no-muerto , abanderado de la hueste de los Túmulos, conocido como Malak Ra correteó bajo la estela del manto plateado que dejaba el Corcel Celestial a su paso. Antes de darse cuenta, se encontró pisoteado en el barro, su cuerpo destrozado yaciendo junto a otros tantos que decoraban el campo de batalla.

Desde su pesadilla, Azamuth, alquimista de la vieja Cofradia Imperial, siempre seguro y orgulloso, contempló la carga directa de la mujer: Aquel que montaba un corcel infernal cuya crin era fuego letal, no pudo si no sentir el encoger de su estómago. Tiró de sus riendas, y su montura, avatar del terror, sintió el miedo primitivo que toda criatura siente ante un predador que le supera.

Corriendo por el campo de batalla mientras arrojaba sus pócimas explosivas a la mujer, las huellas ardientes de la pesadilla fueron borradas por la carrera celestial del Corcel de Guerra de la Primera Iniciada, la hierba regenerándose purificada allá donde sus cascos la tocaban. Con una palabra de poder, la montura infernal del Semiorco abandonó con un rugido agónico el plano material. Derribado en el suelo, el alquimista buscó desesperado un vial que le salvase.

No llegó a encontrarlo, antes de que la hoja sagrada atravesase su pecho , incinerando la malignidad de su espíritu con un dolor que traspasaba los límites de la carne.

La sangre manaba de las rendijas de la armadura de la mujer: Yaciendo en el suelo, la élite Imperial había hecho mella en sus defensas y resguardos sacros. El fuego ardía en su pecho y en su mirada, contemplando el campo de batalla, pero notaba como la carcasa mortal de su espíritu inmortal ardía. Estaba en llamas. Y no podría hacerlo durante mucho más antes de extinguirse.

Solo necesitaba un momento... un poco más, le pidió a su señora, y las huestes no-muertas podrían ser repelidas. Imnescar, tal vez, salvado.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando de las sombras emergió una figura con ropas calishitas y una letal hoja doble que danzaba y hacia silbar el viento. Este se deslizaba ante su mirada con la sutileza de una pantera, su filo de acero manchado de la sangre plateada de su montura celestial.

Tras su emboscada, las sombras comenzaron a rodear de nuevo al asesino pagado con oro muranní. Pero el manto mágico no evitaría a alguien de tan cruel espíritu el castigo de los justos.

"No hay noche cuya oscuridad no huya del brillo de la dama de plata." Su voz fue un susurro que resonó con el juicio divino. Un fulgor zafiro emanó en ola arrasadora de su armadura, y el mercenario contempló como las sombras que le habían protegido y ocultado se dispersaron bajo la magia divina. Su agilidad no fue suficiente para apartarse cuando vio el fulgor celeste de la mirada de la Suma Pontífice. Aquel que se auto proclamaba Dueño de la Muerte, Mälik al-Mawt, yacía, con su propia sabia emanando de su costado, arrastrándose bajo la fría mirada de la pontífice.

Alzó su hoja, dispuesta a rematarlo, cuando notó el mordisco agudo en su hombro y brazo izquierdo. Contempló las puntas afiladas de dos virotes. Su mano perdió fuerza, pero no cedió el agarre del sagrado estandarte.

Sus ojos buscaron con celeridad en el campo de batalla, hasta encontrar a una esquiva figura que al galope sobre un corcel no-muerto, recargaba un artilugio de muerte de repetición y desataba otra andanada contra ella. Prevenida, cargó con la velocidad superior de su montura. El fuego celeste que la envolvia repeliendo proyectiles como si fuese mera agua de lluvia.

Le persiguió durante segundos que para el no-muerto se sintieron como horas: Necrófagos y cultistas por igual ardían al cabalgar centelleante de la mujer, estallando en llamas azures y retorciéndose por el suelo.

Con su presa a su alcance, la mujer espoleó a su Corcel Celestial y arrojándose , descargó un golpe descendente de su hoja sagrada. Pero donde uno instante antes se encontraba el jinete no-muerto ya no habia nada, solo los restos calcinados de la hierba húmeda bajo el golpe letal de la Clérigo de Selûne. ¿Cómo? ¡Un hechizo de parar el t-!

Sintió un frío repentino, y su mirada contempló el campo de batalla bajo un velo borroso. El fuego celeste de sus ojos se había apagado. Miró hacia abajo: De su pecho emergía un virote retorcido. Su punta ennegrecida goteaba sangre mezclada con un fulgente veneno. Serrada. Cruel.

Giró el rostro, y mientras caía derribada de su montura, lo último que vio fue a un jinete de capucha oscura, que la contemplaba desde su corcel esquelético. Cuando la oscuridad la envolvió, lo último que vio fue el fulgor infernal, carmesí, que ardía bajo esa capucha sombría.



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Centenares si no millares de siluetas sin forma caminaban a su alrededor. Eran recuerdos, ecos del pasado. Juraba que algunas le eran reconocidas, pues hacia apenas unos instantes, había compartido risas, lágrimas, palabras de ánimo y apoyo con ellas. Rostros que vinculaba a sentimientos. En la distancia, en el velo gris , un alto muro, y más allá, una alta espira. Era gris. Sin forma.

No inspiraba temor, pero tampoco invitaba a ser contemplada. Era, como todo cuanto la rodeaba, un mero estadio transitorio, que sin embargo, tiraba de ella por unos hilos invisibles. Avanzó sin caminar. Y empezó a sentir sin ver.

Una paz que en el seno de algo que ya no era suyo, comenzaba a tomar forma. Una musicalidad que la invitaba y prometía descanso.

Había luchado tanto. Había sacrificado tanto. Aceptó de buen grado las gentiles manos que la rodeaban, dejándose llevar hacia una bóveda celestial, donde la aguardaban tantas que como ella lo habían ofrecido todo en la causa del bien, que como puntos titilantes y plateados ardían en un firmamento nocturno.

Fue en ese momento cuando notó el primer tirón. La garra sombría del monstruo que de niños, todos imaginan acecha bajo su camastro para arrastrar a la inocente criatura a algo peor que la muerte: A la oscuridad.

Salvo que este monstruo era real.

Notó como descendía. Cayó. Y cayó. Y mientras caía, sentía el dolor atroz de la traición en su espíritu. ¿Este era su destino? ¿Iba acaso su descanso a ser negado?

Ella, que había dado hasta su nombre por su señora. Su sangre, por aquellos que la despreciaban. Su vida, por un reino que se consumía entre hermanos. Insuficiente para unos y para otros. Demasiado compasiva para los crueles. Demasiado valiente para los cobardes.

Su carne ardía y a su espíritu acudía todo cuanto era bueno y honrado en ella. Los rostros de todos cuantos había amado. Sus rasgos ya no eran como los recordaba: Por momentos las expresiones que antaño le invocaron paz y amor, se retorcían, eso no eran risas compartidas en cariño. Eran burlas.

Burlas. Burlas. Todos se burlaban de ella. Lo habían hecho desde que recibía golpizas por robar el pan para comer un día más en las calles de Imnescar.

Sus antiguos aliados, la gente a la que había protegido toda su vida, le habían dado la espalda. No había lugar para el recuerdo de sus hermanos y hermanas de armas, la nobleza compartida borrada por una ola ardiente que consumía todo cuanto era, todo cuanto había sido. Solo recordaba sus rostros, los de las familias nobles de la ciudad, que en su momento de más necesidad, miraron a otro lado. El de la alcaldesa, amiga personal, que rechazó con palabras tibias la llamada de auxilio trasladada por sus hermanos y hermanas.

Hasta el último alma de Imnescar que se había resguardado durante décadas tras su escudo, alzando con un brazo quebrado si era necesario, se burlaba de ella.

Esa no era ella. Que siempre había visto la nobleza en el cinismo. El potencial de hacer el bien, antes que la incapacidad de evitar el mal. Pero eso ya no importaba. Su alma se retorcía, era vaciada y pronto, todo cuanto había querido y había amado solo invocaba un sentimiento en ella.

Odio.



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Mientras las tropas de Imnescar huian hacia las murallas, o en el caso de los Selûnitas se refugiaban, aquellos que habían sobrevivido al colapso de su linea de batalla, en su fortaleza, uno de los mausoleos de Imnescar era el templo oscuro del ritual que estaba allí sucediendo.

Cuando la Suma Pontífice volvió a abrir los ojos, estos habían perdido el brillo azul tormenta de sus irises celestes. Eran rojos, incandescentes. La expresión de furia se había gravado en su rostro: Una mueca horrible, de mandíbula rigida, que había destrozado sus labios, que se retorcían ennegrecidos, mostrando una dentadura afilada, atroz.

Miró a su alrededor, en una oscuridad que ya no le resultaba molesta si no reconfortante, si tal sensación era posible para su cuerpo maltrecho. Una docena de figuras embutidas en armaduras de hierro ennegrecido la miraban. Sus rostros ocultos bajo yelmos cadavéricos, todos iluminados por las mismas llamas carmesíes que ahora ardían en su rostro.

- Ahora eres odio. - Fueron las palabras que resonaron a su espalda. La mujer se giró para contemplar a una figura encapuchada: A diferencia de los demás, en su rostro solo se veia el fulgor de un ojo, pero donde los demás brillaban con el resplandor profano de la no-muerte, el suyo era una antorcha. Una llamarada infernal, que palpitaba, terrible.

- Ahora eres muerte. - Descendió su mirada y contempló aquello que la figura que había sido su asesino le ofrecía. Era un yelmo, inexpresivo, como el que portaban todos aquellos cuantos la rodeaban.

No sintió rencor ni rechazo a los que habían sido sus asesinos. En sus ojos ardientes contempló el reflejo de su propia , y nueva, existencia.

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Daba igual qué hubiesen sido en vida. Qué alianzas les atasen a la tierra. Qué amores, qué lagrimas hubiesen sentido.

Ahora todos estaban unidos en algo más primario, que ardía en su pecho como nunca en vida nada lo había hecho.

El odio.

La Primera Iniciada, Suma Pontífice de Selûne, aceptó el yelmo que le ofrecieron.
Tras contemplarlo entre sus manos, lo descendió sobre un rostro retorcido, de piel consumida, ennegrecida y grisácea.

Doce tumularios entraron en el abandonado y profanado Mausoleo de Imnescar.

Trece lo abandonaron.

Cuando marcharon hacia Imnescar, ninguno alzó la mirada hacia la brillante luna cuyos haces plateados intentaban abrirse paso entre las nubes de tormenta del cielo nocturno.





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V
LA BATALLA ES PARA LOS FUERTES
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Desde el este llegaban los cuernos de la guerra y los ruidos de la batalla. Hydcont había caido. La Primera Iniciada había muerto. Y aunque los muros resistían gracias a los refuerzos enviados la desazón no tardó en extenderse en los defensores del portón sur.

Su comandante, Fery Krill, podía verlo claramente en sus rostros. Ninguno llegaba a alzar la voz, pues sería una vergüenza manifestar tales pensamientos justo antes de la batalla. Pero era claro. Su coraje pendía de un hilo; un cuerpo quebrado puede seguir luchando hasta su último aliento.

Pero si el espíritu no arde con la llama de la convicción, no hay margen de victoria posible.

En la distancia la linea de Murann llevaba varias horas preparandose. Como un muro de hierro ennegrecido, aguardaban a la llegada de sus máquinas de asedio. Y algo más, pues durante horas, sus esclavos habían estado trabajando en excavar trincheras y alzar muros y estacas en su flanco occidental.

Estaba claro que aguardaban la llegada de Kalathyr.

Un oficial del portón llamó a la comandante al exterior, donde los defensores preparaban las últimas defensas frente al mismo.


Cuando la semiorco, sierva leal de Sune salió por la pequeña compuerta del gran portón de Imnescar, se encontró a una figura embutida en una armadura de acero negro, su rostro oculto tras una máscara demoniaca, de color carmesí.

Exigió la rendición de la ciudad. No se la concedieron.

Exigió entonces un duelo de honor: Una ancestral tradición para el pueblo hobgoblin, antes del choque de legiones.

Aunque desconfiando de sus verdaderas intenciones, la comandante de la defensa de Imnescar accedió, consciente de que un duelo de campeones, pese a ser meramente simbólico, podría suponer la diferencia en la moral de sus hombres y mujeres, amigos y aliados.

Montado en su huargo de guerra, el mensajero regreso hasta las líneas de Murann.

Frente a los muros de Imnescar, bajo la mirada de centenares de defensores apostados en sus murallas, ocurriría el combate.

Del portón de Imnescar emergieron cuatro figuras:

La primera en salir fue su comandante, Fery Krill. Paladín de Sune y Hermana Capitán de la Orden de la Rosa Rubí. Muchos infravaloran a los que luchan bajo el estandarte de la diosa del amor. Aquellos menos ignorantes saben que sus campeones son algunos de los combatientes más fieros de todos los reinos. Pues la Dama Cabellos de Fuego odia profundamente la guerra. Una máquina negra, que todo lo consume y solo deja a su paso cuerpos ennegrecidos y mentes rotas. Sus campeones son pacificadores, que protegen lo más hermoso que puede existir, la vida, de todo aquello cuanto buscaría profanarla.

Le siguió una figura de mucha menos corpulencia. Era una elfa , conocida en las tierras amnianas como Calendil. Su largo cabello pelirrojo mostraba restos de sangre y de hollín, y en su rostro, habitualmente jovial, había una expresión fría. Sus ojos brillaban con una convicción clara: La voluntad de matar con todo aquel que buscase traer la muerte y el sufrimiento a los inocentes que aun se refugiaban tras los muros.

Tras ellas marcharon dos sendos arcanos: Embutido en una armadura decorada con la simbología de la tormenta, marchaba el Senescal de Amn, James Kerloch. Su rostro arrugado y su barba blanca ya habían empezado a ser reconocidos y temidos entre las lineas de Murann, pues lo que aparentaba ser un mero burócrata envejecido había mostrado más que de sobras el enorme poder destructor arcano que era capaz de blandir contra sus enemigos.

Y tras él una figura controvertida: De cuerpo escamado y rostro reptiliano, Druulxakmilesh. Entre las filas se rumoreaba que este dragonborn había estado combatiendo del lado rebelde del Norte, pues era una figura reconocida entre los adoradores de la Dama de Plata más radicales y belicosos, pero o bien por pactos secretos o como penitencia por su captura había sido enviado al frente del sur para desatar sus poderes arcanos contra las bestias de Murann, o morir en el intento.

Avanzaron, aún a vista de los defensores de las murallas, hasta el paraje de campos y pequeñas casas de techos de madera y paja que no habían sido arrasadas por el avance Imperial.

Desde las lineas de Murann emergieron sus rivales. Figuras siniestras de miradas cruentas. Algunos fueron reconocidos, como su comandante y architraidor, Aryan, otras sin embargo, de rostros ocultos y miradas brillantes solo prometían fuego arcano y profano.

El intercambio de palabras afiladas y últimas súplicas duró poco. No habían acudido allí para negociar. El tiempo para la diplomacia se había extinguido hace mucho.

Con el retumbar lejano de un trueno , comenzó el combate ritual.

Lo primero en encender los cielos fue la magia del senescal: El que hasta hacia un instante se encontraba tranquilo y confiado en su mirada, de pronto brillaba con media docena de resguardos mágicos a su alrededor. Desde las lineas de Murann llegaron todo tipo de hechizos y magias profanas, así como de convocaciones infernales y abisales traídas para acabar con sus enemigos.

Esto tal vez era un duelo ritual: Pero no había herramienta demasiado cruel o indigna si acababa con el enemigo.

Fery Krill cargó contra los campeones imperiales, encontrándose cara a cara contra una figura mundana: Un humano de apariencia envejecida, que portaba una armadura oscura y un sendo martillo de guerra. Cuando la semiorco bloqueó el primer golpe con su escudo, el relámpago doloroso que recorrió su hombro le dejó claro que no se enfrentaba a un mero mortal, pues ningún hombre podía realizar golpes tan devastadores.

Sus ojos encajados en un duelo particular se endurecieron mientras los torrentes de magia brillaban a su alrededor, calcinando la tierra y profanando los campos, haciendo arder sus capas e impactando en sus armaduras, lo cual no cejó la violencia con la cual ambas siluetas intercambiaban golpes.

A la vez que eso sucedia, por los campos de maíz que pronto comenzaron a arder, la menuda figura de la elfa monje era un borrón difícil de seguir. Emergió de la vegetación como un torbellino de acero, sus abanicos de afilado metal sajando y desangrando a los campeones de Murann. Uno a uno sus profanos hechiceros y nigromantes acabaron con sus cuerpos quebrados entre el barro, la mayoría sin saber siquiera que había acabado con ellos.

Mientras tanto, el dragonborn estaba enzarzado en un duelo mágico con los brujos imperiales: Sus torrentes de proyectiles de fuerza quebraban los muros de las chozas de campesinos tras las cuales las bestias tomaban cobertura. Su pesada capa de piel ardía a su espalda fruto del fuego profano que le había impactado, pero tal acto no parecía reducir la velocidad con la cual sus afilados dedos se movían para conjurar y contraconjurar toda clase de letales sortilegios.

Y sobre el campo de batalla, sobrevolando en un vuelo bajo arrasador, el Senescal de la Tormenta buscaba víctimas de su supremacia arcana: Sus torrentes mágicos quebraban huesos y arrojaban cuerpos innertes sobre la hierba pisoteada. Pero su objetivo era otro. Buscaba al comandante de las fuerzas invasoras. Cuando lo localizó, descendió con el destello de un relámpago, y desenvainando su hoja mágica se enzarzó en un duelo cuerpo a cuerpo que era tanto una declaración de intenciones como una burla.

Enzarzados en duelo particular, pronto se unió a ellos Calendil: Pues el resto de campeones de ambos bandos yacían por la arena improvisada, que ardía salpicada de los crateres del poder mágico desatado.

El humano y architraidor Amniano resistió en inferioridad numerica mucho más de lo que otro lo habría hecho, pero su fuero interno sabía que esto era solo un ritual. Una humillación, pues a varios centenares de metros las lineas de murann observaban y rugian indignadas al ver a sus campeones caer.

Sus resguardos mágicos y su escudo detuvieron los ataques coordinados del veterano mago y de la elfa, hasta que su pesado cuerpo cayó sobre el barro.


Imnescar había ganado.

En los muros, los defensores vitorearon contemplando el regreso de James Kerloch y Calendil, sus espíritus inflamados por la victoria.

Pero un grito a sus espaldas hizo que ambos campeones se girasen: Ante ellos, ensangrentado pero de pie se encontraba la figura del Comandante Imperial. Aryan se había arrastrado sobre el barro, y preparando su escudo, estaba lejos de rendirse.

La expresión afable y tranquila del Senescal se retorció en una mueca de disgusto absoluto, ardiendo en su pecho la indignación ante tal afrenta a lo inmaculado de su victoria.

Elfa y veterano arcano corrieron hacia el humano. Acero chocó contra acero, y magia ardió contra resguardos mágicos reconvocados. El resultado era esperable, pero la convicción de aquel que había dado la espalda a la humanidad para confabular con las bestias era total.

Su victoria seria hoy, o lo sería su muerte.

Cuando su cuerpo cayó sobre el barro ennegrecido, no volvió a levantarse.

Con ayuda de los defensores de los muros, los campeones caídos fueron traídos de regreso a una ciudad que los recibió a los cuatro con vítores y gritos de júbilo. La victoria, que se había visto imposible desde hacia horas, ahora, así fuese por una pequeña rendija que con su victoria habían abierto, se contemplaba en el horizonte. Posible.

Los campeones de Murann fueron arrastrados de regreso a sus filas sin tanta ceremoniosidad. Entre las filas Imperiales pronto se extendieron gruñidos de desánimo y frustración.
Las bestias eran violentas y ritualisticas. Supersticiosas en todo lo que era referente a la guerra y a los dioses.

Si sus campeones habían caído... ¿Contaban realmente con el favor de lo divino? Los pensamientos de desánimo pronto fueron arrancados con el grito de los oficiales y el látigo de los capataces.

Una orden se dio, y la linea de batalla comenzó a avanzar hacia los muros. Un enorme mangonel duergar arrojó una pesada bola incandescente imbuida en runas explosivas.


La batalla final por Imnescar había comenzado.
 
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VII
TODO SUEÑO ACABA AL AMANECER

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Imnescar arde. Mientras en los muros del este, los defensores sacros combaten en sus muros contra una marea inabarcable de no-muertos, la hueste de guerra avanza hacia el portón sur bajo el fuego de la artillería, de manufactura duergar y humana a partes iguales.

La matanza final había llegado. Avanzando bajo los pesados parapetos arrastrados por ogros y ettins por igual las lineas de guerra de Murann se aproximaban a los muros desde los cuales defensores disparaban balistas y escorpiones que empalaban a los gigantes como si fuesen mero estafermo de paja, abriendo surcos de muerte entre la pesada infantería goblinoide que sin embargo continuaba un avance rápido cerrando líneas donde momentos antes habían estado sus compañeros de armas, ahora empalados y destrozados sobre el barro.

Los artilleros recargaban bajo los gritos de sus oficiales e ingenieros, mientras los muros de la ciudad recibían el fuego devuelto de la artillería duergar: Sus rocas cruentas y sus pesados proyectiles silbaban con poder mágico antes de estallar, arrancando pesados trozos de los gruesos muros del Escudo del Sur. Otros proyectiles, arrojados desde crueles máquinas de poleas mucho más largas dibujaban altos arcos antes de descender con el chirrido de la muerte y estallar sobre los tejados de la ciudad.

Los sectores sur de Imnescar no tardaron en estar consumidos por las llamas. Milicianos y civiles, salidos de sus refugios para apoyar en lo que pudiesen en la defensa de sus hogares corrian en todas direcciones, llevando cubos de agua, sofocando incendios, atendiendo a heridos y transportando munición, virotes y flechas a los tiradores de los muros.

Mientras, en los cielos, un combate titánico se decantaba hacia la Reina del Pantano: La sangre de los dragones salpicaba las calles y tejados de la ciudad, ácida y ponzoñosa a partes iguales. La dragona verde, su vuelo menos ágil fruto de las heridas sufridas por el fuego devuelto de los defensores de imnescar en las horas que atosigó la ciudad con su aliento venenoso, se mostraba esquiva, buscando constantemente recuperar una distancia que la dragona negra no le concedía.

Algunos defensores contemplaban embobados los momentos donde ambas criaturas chocaban. Como dos enormes felinos, esos segundos de violencia sin igual eran explosivos, letales y efímeros. Pero tras cada uno de ellos, tras recuperar la distancia entre ambas, los cuerpos de las dos dragonas estaban repletos de enormes heridas que instantes antes no estaban ahí, sangrando a borbotones donde antes había estado una coraza impenetrable de escamas, ahora rajada de lado a lado.

Frente al portón sur, un enorme ariete era arrastrado por medio centenar de esclavos y dos corpulentos ettins. El acero imbuido en runas anti mágicas recibió el incansable acoso de los defensores del portón, exterminando a los gigantes que cubrían el avance de la máquina de guerra con artillería y fuego mágico.

Mientras, las líneas de Murann se aproximaban a los muros a la carrera. Sus enormes escaleras, rematadas en afilados ganchos de acero eran transportadas por ogros y goblinoides bajo el fuego de cobertura de arbalesteros y el fuego mágico de sus destructores.

Los muros orientales del portón sur respondieron con fuego de escorpiones a las líneas del imperio bestial. Estas, dirigidas por su vanguardia, se abrieron paso respondiendo con poderes mágicos desatados sobre las almenas, proyectiles e incluso enormes rocas arrojadas por la fuerza y violencia de los ogros.

Cercanas a los muros, las líneas de goblinoides se vieron sorprendidas por una carga sorpresa de caballería del Dios de la Mentira: Entre sus pesadas monturas, guardias de Imnescar corrían gritando con furia, todos ellos protegidos bajo los mantos de invisibilidad de sus clérigos, benditos por su dios del engaño.

Si este ataque había emergido del interior de la ciudad mediante la magia o mediante compuertas secretas, tal vez túneles excavados para tal fin en años previos, no hubo tiempo de descubrirlo. La carga sorpresiva sobre las lineas de Murann fue quirúrgica y letal. El avance sobre los muros estuvo peligrosamente cerca de fracasar, pues la ingeniosa táctica había sorprendido por completo a los oficiales hobgoblin y estrategas del Imperio.

Solo la resistencia de la Vanguardia Imperial fue capaz de evitar una catástrofe, y no sin numerosas bajas entre las filas de Murann, consiguieron llegar a las bases de los muros de la ciudad de Imnescar, las fuerzas amnianas yaciendo en el suelo rodeadas de todas las bestias que habían matado con su más que exitosa táctica.

Mientras los defensores arrojaban aceite hirviendo sobre ogros y trasgos por igual, los muros recibieron de manera repentina un torrente de magia destructiva que despejó de defensores los puntos de subida de las escalas de asedio: Yaciendo sobre la roca desnuda, se consumieron por miasmas nocivos o ardieron bajo fuego alquímico por igual.

Con unos momentos de respiro ganados por la magia, las primeras tropas de Murann alcanzaron los muros, dispuestos a recibir el ataque de las fuerzas que defendían esas secciones de los muros, tras haberse reagrupado.

Los mercenarios de las casas mercantes de la ciudad recibían el apoyo mágico de los Magos Encapuchados de Imnescar, que si bien pocos en números no dudaron en desatar torrentes de fuego arcano sobre los asaltantes. Las bestias de Murann pagaron caro cada metro de roca ganado a los defensores de los muros. Su número, sin embargo, era cada vez más numeroso sobre las murallas.

Mercenarios de la Liga del Cereal y cruzados de Sune presentaban una linea inquebrantable: Meros humanos que resistían el avance de la vanguardia imperial y las tropas trasgoides. Sobre los muros, los Ogros de guerra imperiales habían comenzado a ser convocados por los destructores de la Espada de Ébano, intercambiando sus posiciones sobre los muros con las corpulentas bestias de guerra que aguardaban bajo este. Sus enormes armas barrían defensores en todas direcciones, arrojándolos fuera del muro u obligandoles a replegarse hacia las posiciones defensivas inferiores.

En el portón sur, las bestias rugieron de furia. El Gran Ariete habia sucumbido , sus runas anti mágicas calcinadas por el torrente desatado sobre su mantelete de hierro. Destrozado, los cuerpos de los gigantes que lo empujaban, los esclavos que lo arrastraban y los crueles capataces duergar yacían a su alrededor. Esto no redujo la intensidad del asalto, pues en los muros el combate era atroz, mientras corpulentas bestias se disponian a usar sus pesadas armas para rematar el ya dañado portón.

Fue entonces cuando los cuernos de guerra de Murann comenzaron a resonar en sus posiciones fortificadas. La artillería continuaba su bombardeo de la ciudad mientras las tropas de la retaguardia imperial corrían a las trincheras excavadas y parapetadas con afiladas estacas de su flanco occidental.

Desde los muros, defensores comenzaron a señalar y vitorear, pues en las colinas al oeste de Imnescar, una larga linea de batalla había comenzado a dibujarse. Eran las fuerzas de Kalathyr. Bajo unas nubes de tormenta, entre las cuales se deslizaban los haces de un amanecer temprano, la hueste de Amn había llegado.



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Entre centenares de escudos de rojo y estandartes de la Tormenta y el Grifo amniano, destacaba una figura. Montaba un caballo de pelaje oscuro. En una mano portaba un arco, y en otra la muerte.

El Comandante Ewan había llegado. Trayendo con él al esperanza. Las fuerzas de Kalathyr, agotadas por una marcha maratoniana que les había permitido llegar a Imnescar con una prontitud que sería estudiada en los libros de tácticas bélicas del futuro, estaban sin embargo ansiosas por entrar en combate.

El flanco de Murann, si bien se había preparado para esta eventualidad, había estimado la llegada de Kalathyr para cuando la ciudad ya estuviese arrasada y bajo su control. No era el caso, pues la batalla estaba aún lejos de terminar.

La voz del Comandante de la Tormenta se extendió por el campo de batalla. Sus palabras insuflaron de ánimo a los defensores y de duda y terror a las huestes de Murann.

No hubo tiempo para más consignas. Como un puño temible, la multitudinaria hueste de Kalathyr marchó contra el flanco imperial. Desde los muros, oficiales y fuerzas murannitas se replegaron bajo las alertas de la llegada de los refuerzos amnianos. Mientras, con la brecha en las defensas abiertas, las fuerzas imperiales penetraron en la ciudad en aquellas partes del muro donde los defensores yacían derrotados.

La caballería amniana avanzó a un trote enérgico contra el flanco de Murann. A sus espaldas, linea sobre linea de infanteria, salpicados de rojo y azul, grifo y tormenta por igual. Entre ellas, cabezas de carmesies tatuajes que brillaban con poder arcano, y uniformes azules y dorados. El poder mágico de los Magos Rojos de Thay y los Magos de Batalla de la Arcanum Schola, combinados. Y en los flancos, con el estruendo de sus trompas, una docena de elefantes de guerra mercenarios cerraban una comitiva que amenazaba con arrasar las fuerzas de Murann antes de que lograsen abrir brecha y penetrar en la ciudad de Imnescar.

Mientras las lineas de murann se preparaban, alzando lanzas y escudos en las trincheras excavadas por mano esclava y tensando sus arcos, una solitaria figura se movía por el campo de batalla.

Era enjuta: Alargada y alta, consumida en sus extremidades, como si el hambre hubiese hecho de ella su compañera de cama. Portaba una siniestra capucha, y montaba un corcel esquelético.

Desde una posición apartada , contemplaba el portón de la ciudad. A su alrededor los cadáveres salpicaban el barro ensangrentado, y más allá, bajo el fuego mágico de los defensores y el aceite hirviendo, ogros, ettins y hobgoblins intentaban desesperadamente derribar el portón sin éxito.

Bajo su capucha, envuelta en tinieblas, ardía un fulgor carmesí. Estas llamas tenían una intensidad que no era propia del mundo mortal. En Faerûn el fuego trae calor, vida, y destrucción.

Pero este fuego no se alimentaba de aire y combustible. Las llamas que brillaban, a cada pulsación de su inexistente corazón más intensas, lo hacían con el fulgente escarlata del dolor puro. Un sufrimiento atroz, inconcebible por criaturas que sienten, aman y anhelan. Esa crueldad no puede existir en los reinos. Los dioses no lo permitirían.

Pero en este campo de batalla no había dios presente. Solo bestias. De corazones nobles y de corazones salvajes. Pero bestias que luchaban. Por sobrevivir.

Los dedos afilados del jinete no-muerto se clavaron profundamente en su pecho. Un acto de auto mutilación que resonó con el crujir del cuero ennegrecido, seguido del tirón elástico de los tendones y la carne correosa al ser desgarrada, y culminando con el chasquido grimoso de las costillas al partirse lentamente.

Hacía muchos años que el jinete no experimentaba dolor o sufrimiento. La magia nigromántica que le ataba al mundo de los vivos le había eximido de tal condena.

Pero no desde que había sellado con tinta ensangrentada ese pacto. Durante decanas, un fuego había ardido en su pecho. Una sensación desagradable cuya intensidad solo lo había hecho a la par que la matanza y la inmediatez de la guerra se volvía una realidad más inmediata.

Cuando Murann asaltó Imnescar, lo que ardía en su pecho era un dolor agónico. Un sufrimiento inexplicable. Una furia incontenible, que ahora clamaba por ser liberada.

Había llegado su momento.

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El pecho del no-muerto se abrió, y con él, un portal hacia los mismos infiernos. De los campos de batalla arrasados de Maladomini emergió una aberración temida en mil y un planos. Magmadroth del Corazón Infernal clavó las afiladas garras de sus pies en el campo embarrado y repleto de cadáveres.

El Diablo de la Sima contempló , por primera vez en dos siglos, el mundo material. Su brazo derecho parpadeó y gimió con dolor agónico. La hoja sagrada que hacia milenios se había fusionado con su extremidad en una amalgama de carne profanada reconocía el mundo mortal. Las docenas de ojos hinchados y amarillentos que recorrían la hoja lloraron sangre por aquello que estaba a punto de suceder.

Donde antes era excelencia, ahora era deforme.
Pero esa carcasa de carne retorcida bien serviría para sus intenciones homicidas.

La tierra ardió a su alrededor, y con un vuelo arrasador, calcinando a todo goblinoide y gigante que se cruzaba en su camino, voló directamente contra el portón que a duras penas, resistía.

Mientras, las líneas de Amn chocaban contra la guarnición de la retaguardia Imperial. Los refuerzos de Kalathyr se abrian paso en las lineas de trincheras y manteletes sustraidos de las defensas de los campos del sur de la ciudad, ganando con gran esfuerzo cada centimetro frente a las bestias.

Su carga había sido demoledora y aunque las lineas de Murann, ampliamente superadas en número, estuvieron a punto de colapsar, resistieron. Fuese por un valor insuflado por la presencia del gran diablo, por las preparaciones previas y lineas de defensa, o por la sed de sangre acorralada y desesperada por la victoria, resistieron.

La caballería de Kalathyr cabalgó bajo la estela de su Comandante buscando abrir brecha entre los asaltantes para llegar al portón y poner a salvo la ciudad, pero lo que se encontraron fueron regimientos de bestias que se arrojaban a su paso como si la muerte no fuese algo que temieran. Los disciplinados hobgoblins, embutidos en sus armaduras ónice, apretaron lineas, e incluso mientras eran pisoteados por la pesada caballería Amniana, apuñalaban con hojas rectas y lanzas afiladas patas y vientres expuestos de animales de guerra, no muriendo sin matar y mutilar.

La malicia y la inquina de las bestias sorprendió a las fuerzas de Amn, acostumbradas a que las líneas imperiales flaqueasen con mucha más facilidad al verse contra las cuerdas.

Pero tras las líneas defensivas, entre el crujido de las enormes máquinas de asedio duergar, una figura corpulenta avanzaba acompañado de su séquito personal. Embutido en ébano brillante, el Lord Brujo Morkurk comandaba los fuegos de los infiernos y en su presencia, ninguna bestia abandonaba su puesto de batalla. Sabían que el Señor de la Guerra era capaz de castigarles más allá de la muerte.

La Vanguardia Imperial resistia frente a la carga de Kalathyr. Los mercenarios Imperiales, dejados en retaguardia, huian en masa frente al avance de la infantería amniana y el fuego devastador de sus arcanos. Pero los goblinoides, acompañados de la élite del Muranheim resistieron.

Los torrentes y miasmas mágicos entorpecieron la carga directa de los elefantes, que se vieron derribados, o bien desviados para arrasar con su enorme corpulencia a los regimientos de mercenarios en huida.

Fue entonces que un enorme estallido alertó a todos en el campo de batalla: Abriendose paso bajo el fuego de los valerosos defensores, el Diablo de la Sima, Magmadroth, había clavado su enorme hoja sobre la roca y la madera. Incendiando y fundiendo la misma, una enorme explosión había desintegrado el arco del gran portón, haciendo volar las enormes láminas de la puerta en millares de astillas afiladas.

Con gritos de júbilo, las huestes de Murann entraron en la ciudad, donde enfrentaron a las fuerzas de Imnescar, dispuestas y preparadas para defender su plaza hasta las últimas consecuencias.

Mientras tanto en el campo de batalla que era el sur de la ciudad, la situación había degenerado en una lucha encarnizada por la victoria. Hombre y trasgo se apuñalaban entre el barro y la mugre de las trincheras, embadurnados en sangre y tierra mojada. Las bestias de guerra malheridas rugían y se lamentaban , yaciendo allá donde sus jinetes habían sido aseteados.

Sobre un enorme paquidermo de guerra, un capitán elemental combatía contra la vanguardia de Murann.


Desde su palanquín el genasi desataba magia sobre las fuerzas de Murann. Los colmillos embutidos en afilado acero de su montura salpicaban sangre en todas direcciones, destripando trasgos y ogros por igual.

En los muros del este, las hordas de no-muertos superaron por fin a sus defensores. Bajo la violencia de su Devorador, una enorme aberración no-muerta, el portón oriental cayó: Como una marea de muerte y capitaneados por la carga de caballeria de los tumulos, las hordas de necrófagos, draconianos y zombies entraron en Imnescar, mientras un contingente numeroso se desviaba hacia el sur, siguiendo el plan original de la batalla dispuesto por las mentes estrategicas del Muranheim.

En los cielos, tras arrasar el portón sur, la estela llameante del Diablo de la Sima iluminó la tormenta que aun pesaba sobre Imnescar.


Su vuelo culminó con un letal impacto contra la Reina del Pantano, atravesando el torso de la enorme bestia dracónida con su espadón. Las garras de la dragona y su aliento ácido se clavaron profundamente en la carne del Diablo de la sima, y ambas criaturas de vileza sin igual descendieron, cayendo en un abrazo letal sobre la propia ciudad.

Ambas siluetas cayeron en un torbellino de ácido, fuego y sangre profanada, hasta derrumbarse sobre el Palacio gubernamental de Imnescar. En su interior, docenas de burócratas y oficiales, entre ellos la propia alcaldesa Tara Dardragón, atendían a heridos arrastrados a su interior o coordinaban los esfuerzos de defensa de la ciudad bajo las nuevas traidas por los mensajeros que corrian de lado a lado de la ciudad y murallas.

Pocos llegaron a gritar cuando el techo cayó sobre ellos y el fuego les envolvió. A diferencia de otros, el suyo fue un final rápido.

Frente a los muros de Imnescar, las fuerzas de Kalathyr no solo habían visto su heroico rescate detenido en seco: Con la hueste de no-muertos que llegaba desde el este, pronto empezaron a comprender que este día no habría victoria posible.

Las lineas amnianas comenzaron a ser presa de la desazón. Los gritos de sus oficiales hicieron que la mayoría mantuviese sus posiciones, defendiendo la contracarga imperial hasta su último aliento. Otros sin embargo, sucumbiendo al pánico, o porque sus lealtades eran menos sólidas, huyeron. Muchos corrieron hacia los pantanos occidentales, sobre todo mercenarios.

Los magos rojos de Thay, al ver la batalla perdida, no dudaron en usar sus sortilegios para desaparecer del campo de batalla, dando por cumplida su labor, y pronto fueron seguidos por muchos de los Magos de Batalla de la Arcanum Schola supervivientes, aunque estos a diferencia de los magos rojos, utilizaron su magia para salvar a cuantos soldados amnianos pudiesen.

Mientras, en la propia Imnescar, las calles se habían convertido en un campo de batalla. La ciudad estaba infestada de las fuerzas de Murann, que por Sur y Este penetraban y quemaban todo a su paso. Los defensores sin embargo, con sus últimas fuerzas, recurrieron a sus últimas lineas de defensa.

Parapetos construidos en las calles, empalizadas hechas con carros volcados en las plazoletas, preparadas los días previos. Con arco, flecha, espada y lanza, hombres y mujeres de Imnescar, de corazones firmes y espíritus ardientes hicieron sangrar al Imperio por cada adoquin avanzado. Pronto la guerra urbana, aunque un último grito de desafío contra el olvido y la oscuridad, lleno la ciudad de Imnescar de cadáveres, tanto de bestias como de hombres, mujeres y niños.

Pero eran demasiados.

Desde las ruinas del Palacio Gubernamental, una enorme silueta se alzó. Entre el fuego y el polvo, sus alas correosas envolvieron su figura con el poder regio de los conquistadores: En su mano, la cabeza decapitada de mandibula desencajada de la Reina del Pantano. La sangre ácida de la dragona negra hacia humear los adoquines y rocas de granito quebrantadas, antes de que Magmadroth del Corazón Infernal la arrojase de manera poco ceremoniosa sobre los techos de la ciudad.

Cuando el Diablo de la Sima se unió a la matanza entre las calles, toda esperanza , por pequeña que fuese, desapareció.

Poco a poco los defensores supervivientes fueron rodeados y arrinconados en calles y plazas. Y para sorpresa de muchos, sobre todo para los que en vez de rendirse presentaron batalla hasta el final, las bestias no les dieron muerte en las calles del que era su hogar.

Con los estandartes imperiales alzándose sobre los muros de Imnescar, trasgo y no-muerto recorriendo los campos embarrados que rodeaban la ciudad en busca de supervivientes amnianos, y el humo de la ciudad en llamas mezclandose con las nubes de tormenta del cielo profanado, la batalla llegó a su fin.

Imnescar había caído.
 

DM Ofnir

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VII
EPÍLOGO

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Los fuegos de Imnescar se habían convertido en humaredas bajo la fina y fria lluvia de las nubes de tormenta convocadas cuando los defensores supervivientes terminaron de ser arrastrados, agotados y malheridos a las plazas centrales de la ciudad.

En ellas les aguardaban las fuerzas imperiales, que pronto se abrieron paso para vitorear la llegada de su caudillo, el Lord Brujo Morkruk. Costosa y ganada con sangre, la victoria había sido aplastante. La hueste de guerra de Murann no solo había conquistado Imnescar , con Hydcont bajo asedio, si no que las fuerzas de Kalathyr yacían fragmentadas y masacradas en los campos al sur de la ciudad.

Pero no habría más matanza entre los muros de Imnescar. En un acto que confundió incluso a muchos de sus oficiales, el Ogro Hechicero infernalista entregó una misiva sellada al Comandante derrotado de Imnescar, el elfo conocido como Ewan. El cilindro de ébano, imbuido en runas incandescentes, debía ser entregado al consejo que gobernase Amn, fuese cual fuese al regreso de las fuerzas defensoras.

Dos horas fue el margen que le dieron a sus defensores antes de abandonar la ciudad, dirección Norte. El destino de los habitantes de Imnescar que aún no se habían marchado de la ciudad, era mucho más cruento. Aproximadamente seis mil almas, más de la mitad de la población de la ciudad, fueron engrilletadas y dispuestas para un penoso viaje hacia el sur, donde pasarían a engrosar el musculo esclavo del imperio de Muranheim, donde los débiles morirían, y los fuertes serían forzados a trabajar hasta la extenuación, momento en el cual se quebrantarían o superarían sus límites, ganándose una cruel y merecida libertad bajo el puño de hierro del Murkul.

Esa era la ley de Murann. Esa era la ley del más fuerte.

Mientras, las fuerzas imperiales se giraron, para rematar a un odiado enemigo que durante más de un siglo había sido una dolorosa espina clavada en el costado y el orgullo del Muranheim. Sobre las lomas de Hydcont, los últimos defensores de la fé de Selûne resistian al asalto de las fuerzas no-muertas que los habían mantenido encerrados desde la derrota de su cruzada en las laderas orientales de Imnescar.

No hubo piedad para los siervos de la Dama Plateada. Sus muros, de granito pulido decorado con nácar y plata ardieron y fueron cubiertos de sangre y hollín. Sus estandartes fueron arrancados, y todas sus reliquias sagradas, robadas y profanadas, enviadas en sendos carromatos como botín de guerra en ofrenda al Murkul. La crueldad mostrada en sus pasillos un sádico contraste con la deferencia mostrada apenas unas horas antes a los defensores de Imnescar.

Con el último defensor de la abadía muerto, fue que el Lord Brujo comenzó un profano y olvidado ritual acompañado de medio centenar de destructores de su legión. Pronto la misma tierra y roca sobre la que se alzaba la ciudadela de Selûne se abrió, y de sus brechas emergió un ardiente magma en explosiones que arrasaron todo a su paso. Los minaretes se desplomaron, y donde antes se alzaban orgullosos y puros, espiras de magma incandescente fueron dadas formas mediante la magia infernal, antes de endurecerse en sendos muros de obsidiana que aun palpitaba con el calor de los mismos infiernos.

Cuando terminaron su ritual, en apenas una hora, la Abadia de Hydcont había dejado de existir. En su lugar se alzaba su carcasa, calcinada y reformada, en un monumento y fortaleza a imagen y semejanza de los dominios de Asmodeo y en honor a la gloria de Murann.



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Con la caida de Imnescar, las tierras del paso de los Dientecillos y las regiones del sur de Amn pronto se vieron invadidas por hordas migratorias de Murann. No solo el Imperio movilizo centenares de soldados al nuevo territorio conquistado en las decanas subsiguientes, en una expansión de territorio imperial que había prácticamente doblado la extensión de Murann.

Las tribus y Hordas de los Dientecillos (Especialmente aquellas desplazadas por la competencia atroz en las cordilleras) cuya lealtad hacia Murann no es más que un respeto nominal a la figura del Murkul, libres del escudo que Imnescar representaba, pronto migraron hacia el norte: No solo invadieron los Humedales, combatiendo con bandidos, hombres lagarto y bestias, arrasando numerosas aldeas en su ascenso, como Tuerceraíz, si no que pronto se extendieron más allá de las propias fronteras delimitadas por los estrategas Imperiales.

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Pronto, las comarcas del sur de Pûrskul se vieron sumidas en el saqueo y el conflicto, hasta apenas unas diez millas de distancia del rio Esmel. Los refugiados, tanto los que habían huido de Imnescar en las semanas previas como los desplazados por el movimiento de los saqueadores murannies, pronto llegaron hacia la Ciudad del Grano. Aunque muchos continuaron rumbo norte, más de la mitad buscaron cobijo en la urbe agrícola y la protección de sus centinelas agrestes.

Las fronteras entre Amn y Murann fueron redibujadas, y donde antaño se alzó Imnescar ahora solo había un Yermo del mismo nombre, pues tras varias semanas de deliberado esfuerzo, los ejércitos Imperiales destruyeron la ciudad piedra a piedra, borrando una afrenta histórica contra el linaje de los Ogros, bajo órdenes especificas del Murkul de Murann.

Desde la nueva Fortaleza del Fuego Infernal, ubicada en las colinas donde antaño se alzó la Abadia de Hydcont, Murann supervisó la colonización de las comarcas conquistadas.

Terrenos fértiles fueron entregados tanto a oficiales y legionarios leales como a capataces crueles que pronto alzarían barracas donde los esclavos hacinados cultivarían los campos que antaño trabajaron los campesinos amnianos. Muchos de estos esclavos, de hecho, provendrían de la misma Imnescar.

Los terrenos menos deseables, pronto fueron ocupados por tribus salvajes y grupos de saqueadores, que se peleaban tanto entre ellos como asaltaban las nuevas y más septentrionales fronteras de Amn.

Todo este caos y conflicto sumergió la región del Camino del Comercio que pasaba por esas tierras en el caos y la peligrosidad. Murann , bajo tratados con el Sultanato de Caravassar, permitió el libre paso de toda caravana y carromato previo peaje en sus puestos fronterizos, prohibiendo a sus fuerzas imperiales el bandidaje en esta sección del Camino del Comercio bajo control directo de Murann.

Sin embargo, el bandidaje y saqueo de las tribus de los Dientecillos pronto atrajo la atención de docenas de compañías mercenarias que vieron en los tiempos de peligro la oportunidad de obtener beneficio.

Púrskul recibió con escepticismo la llegada de centenares de mercenarios desde Norte y Oeste. Las nobles gentes de la ciudad agradecieron las espadas ofrecidas para la protección de sus terrenos, sospechosos sin embargo, del hierro comprado con oro, cuya lealtad es siempre poco fiable.

Mientras tanto, la Iglesia de Selûne ha sufrido un golpe temible. Se agita, como una bestia malherida, con la práctica totalidad de su alta cúpula asesinada en la Batalla de Imnescar. Sin Suma Pontífice, el clero de la Dama Plateada se beneficia de su laxa estructura de mando, y si bien en todos los templos de Faerûn se encienden velas y recitan oraciones por los muertos, la mayoría prosiguen con la labor divina de ayudar al inocente y paliar el mal en el mundo. Sin embargo, en las semanas venideras, pronto las palomas blancas vuelan de norte a sur en los Reinos, buscando a la siguiente Primera Iniciada, la lider religiosa de la fé en el mundo terrenal, mientras que en Amn distintos altos sacerdotes buscan mantener el legado de su anterior Suma Pontífice, o bien buscan estrechar lazos con el Consejo de los Seis y sanar rencillas abiertas por el conflicto.

Y en Athkatla, el Consejo de los Seis recibe una misiva del Señor de la Guerra que ha conquistado Imnescar, el Lord Brujo Morkruk. En ella se ofrece una tregua de dos años antes de retomar los conflictos bélicos entre ambos reinos, e incluso se ofrece apoyo militar contra las huestes de los Dragones que descienden sobre Amn desde el este.

El Consejo de los Seis, que busca el reunificar a un Amn expuesto y dividido como pocas veces lo ha estado, sin manifestarse ante esa última y envenenada oferta, acepta la tregua con el Imperio de las Bestias. Si bien ambas potencias saben que la tregua es poco más que una formalidad que las dos aprovecharán para reforzarse antes de retomar el conflicto, los tratados son firmados.

Incluso bajo esta tregua, los conflictos y escaramuzas se suceden entre las fuerzas amnianas y las tribus de las hordas de Murann, así como grupos de saqueadores imperiales bajo estandartes privados, en una amplia extensión de terreno al sur del rio Esmel que con las sucesivas batallas y conflictos futuros, redibujará la nueva frontera entre el Reino de Amn y el Imperio Murann.



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CONSECUENCIAS
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  • Amn:​
    • Imnescar es arrasada: Con una población de 11.000 personas, el Escudo del Sur es borrado del mapa por las fuerzas imperiales de Murann, siendo más de 7.000 habitantes esclavizados y enviados a Murann. Cuando pasan las decanas, el único recuerdo de la ciudad son piedras salpicando una enorme extensión de terreno donde yacen entre hierba y barro centenares de esqueletos y restos de máquinas de asedio en un territorio conocido ahora como el Yermo de Imnescar.​
    • La Abadia de Hydcont cae: Como venganza por su papel durante más de siglo y medio en la guerra contra el Imperio de los Ogros, la abadia y todos cuantos la defendía son erradicados. Los muros de la abadia, ennegrecidos por el fuego infernal, se alzan como una nueva fortaleza que contempla las enormes llanuras conquistadas.​
    • Amn ve reducida su extensión en un 15%: Desde el norte de Caravassar hasta unas veinte millas al sur del rio Esmel, y unas treinta de Kalathyr y las costas hacia los humedales, aldeas, villas y haciendas sucumben al avance de las hordas de Murann. Mientras, hacia el Este, el avance Imperial se detiene, probablemente aguardando al final del conflicto contra los Dragones para retomar su avance y conquistar todas las regiones al norte de los dientecillos orientales.​
    • Púrskul ve aumentada su población en un 25%: Tanto refugiados como mercenarios llenan sus calles otorgando de nueva vida a la ciudad. Las tensiones no tardan en emerger entre las compañías mercenarias extranjeras y los refugiados y los lugareños, pero la amenaza incipiente de Murann en la frontera evita que cualquier tipo de tensión se manifieste en algo tangible.​
    • La Liga del Cereal recibe noticias del Consejo de los Seis: La unión de casas mercantiles que auxilió a Imnescar recibe órdenes, subvención y autoridad del Consejo de los Seis para ser el cuerpo aglutinador que diseñe y coordine las defensas de la nueva frontera del sur de Amn. Media docena casas mercantiles de Pûrskul, algunas competidoras directas de la casa Gáldrim, solicitan unirse a la Liga del Cereal con el fin de aportar recursos, tanto monetarios como bélicos, a vistas de proteger sus fronteras.​
    • Las fuertes perdidas sufridas en Imnescar exponen la frontera de Kalathyr: Las fuerzas amnianas del sur de Amn, si bien seguras tras los muros de Kalathyr, encuentran numerosos desafios a la hora de controlar las bandas de saqueadores que desde los Dientecillos emergen multitudinariamente hacia los Humedales, frontera que desde hacia años la fortificada villa costera había mantenido segura. No pocas aldeas de los humedales arden, entre ellas Tuerceraíz, punto clave en el suministro logístico de Kalathyr. Con la pérdida de esa ruta, la más corta pero peligrosa ruta de la Costa Sur ha de ser retomada de nuevo como flujo principal terrestre hacia el fortín del sur de Amn.​
  • Murann:​
    • Murann dobla su extensión: El imperio de las bestias ha visto su extensión prácticamente duplicada en una conquista gloriosa que casi iguala en magnitud a la Gran Guerra que fundó el imperio hace más de siglo y medio. Esto funciona como efecto llamada, atrayendo a numerosas tribus de todos los rincones de Faerûn a una supuesta tierra prometida. Sin embargo la inestabilidad ocasionada por una figura debilitada en un Murkul pasivo y el alzamiento de envalentonados señores de la guerra hace tambalearse los cimientos del Imperio. Una oportunidad que no pocos carroñeros aprovecharán para clavar sus afiladas garras en las jugosas y rentables entrañas del Murannheim.​
    • Se alza la Fortaleza del Fuego Infernal: Reformada por fuego mágico, la Abadia de Hydcont se alza como una fortaleza retorcida de muros ennegrecidos, que desde una posición privilegiada supervisa el paso de los Dientecillos, ahora bajo el control de Murann. El feudo personal del Lord Brujo Morkruk, donde antaño se alzó el gran templo de Selûne pronto comienzan las desacralizaciones para alzar, por fin, una gran catedral en honor al Dios del Mal, Asmodeo.​
    • El Murkul nombra Kyzhorn como el Mes de la Conquista: En honor a la caida de Imnescar, el Murkul anuncia un mes completo de festividades en Murann capital. Las calles y avenidas de la ciudad de las bestias se convierten en orgias de comida, alcohol y sangre, mientras el exterminio de la odiada ciudad amniana y el clero de Selûne son celebrados por todo lo alto. Desfiles a los conquistadores y sus heroes son organizados, preparándose para culminar con unos enormes juegos en el gran coliseo de Murann, presididos por Sothillis en persona, donde serán honrados los Conquistadores de Imnescar.​
  • Consecuencias personales:​
    • Amn:​
      • La Casa Gáldrim: La casa Gáldrim es elegida por el Consejo de los Seis para presidir la Liga del Cereal desde Púrskul. Como primeros presidentes de la Liga, su labor pasa a ser el coordinar los recursos de las casas mercantiles de la Ciudad del Grano y alrededores para organizar la nueva frontera del sur de Amn. Entre sus integrantes, destaca la figura de Fery Krill, paladin de Sune, que dirigió la heroica defensa de Imnescar, incluso en su derrota.​
      • La derrota en Imnescar pesa sobre el Comandante de la Tormenta y el Senescal de la Tormenta: Dos de las figuras más relevantes del Consejo de la Tormenta, el Capitán Ewan y el Senescal James Kerloch han de afrontar el desafio de regresar a una Athkatla que dejaron ante el avance de los rebeldes del Norte tras una derrota aplastante en el sur. Lo que les aguarda entre los muros de la capital de la moneda, solo es conocido por el mismo Consejo de los Seis.​
      • Los defensores de Imnescar, derrotados y llenos de remordimiento, son sin embargo recibidos con cestas de comida y el candor del pueblo de Pûrskul: No hay medallas ni recompensas. Solo el sentimiento de saber que lo hicieron lo mejor que pudieron.​
    • Murann:​
      • El saqueo de Imnescar, cuantioso tanto en materiales como en vidas humanas esclavizadas. La parte más suculenta es repartida entre el Ejército de Murann y el Cónclave Negro, principales combatientes en el conflicto.​
      • Reconocidos comandantes y Conquistadores de Imnescar, el Guardián Aryan y el Guardián Sondakur son ambos ascendidos al puesto de Gran Guardián dentro del Ejército de Murann.​
      • Los Conquistadores de Imnescar son considerados campeones del imperio: Toda la vanguardia de Muranndin en la destrucción de Imnescar es considerada como mínimo, como rango social Fuego (Equivalente a Electro) durante tres años (Hasta 01/07/2026)​
      • El Tumulario Dientes es elegido para ser honrado personalmente por el Murkul por su papel como Destructor Infernal en los futuros juegos que cierren el Mes de la Conquista. Por sus sacrificios para la victoria, es considerado un heroe imperial. Será considerado rango social Nube (Equivalente a Oro) durante tres año años (Hasta 01/07/2026)​
    • Otras recompensas:​
      • Se repartirán objetos personalizados a distintos jugadores destacados, así como recompensas individuales a la mayoria de participantes a elegir entre una lista durante la semana que viene, tras que sean preparadas , para entregarlas onrol en distintas ceremonias o escenas personales.​


Offtopic :
Y con esto llega el fin de la batalla de Imnescar. Espero que os lo hayais pasado bien participando y espero que os lleveis un bonito recuerdo de todo esto.

Aun quedan cosas por determinar y premios por repartir, pero eso lo iremos viendo con la calma.

Agradezco a todos su participación y sobre todo su implicación en todo el conflicto. Me ha encantado ver todo el rol y todos los relatos, que he leido por supuesto, mostrando el compromiso narrativo.

Cualquier duda son libres de hablarme por discord u foro para aclarar posibles dudas o comentarios. O si se me ha olvidado algo o alguien, que todo puede ser.


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DM Ofnir

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Offtopic :
Buenas noches camaradas.
Añado esta respuesta para explicar, tras comentarlo con el staff, un poco la equivalencia de territorio onrol al mapeado a vistas de que puedan rolear de manera más acorde el entorno de la nueva situación del Camino del Comercio para que tengan una referencia fija y clara que no suscite dudas.

Tomando Púrskul como el limite arriba, e Imnescar (o su futuro yermo arrasado) abajo, la distribución sería la siguiente:
  • Púrskul [Territorio Amniano]
  • Norte de Purskul (afueras. No se porque se llama Norte si está al sur) [Territorio Amniano]
  • Camino del Comercio (1 transición) [Territorio afín Amniano pero de conflicto]
  • Posada el Bardo de Battlescar [Territorio de Conflicto. La posada se mantiene como una "frontera" ahora poblada por mercenarios bestiales y humanoides, cuasi santuario neutral por la presencia de su gigante posadero]
  • Norte de Imnescar (1 transición) [Territorio afín Murann pero de conflicto]
  • Imnescar o sus futuras ruinas [Territorio de Murann]

Sobre la frontera de los humedales, importa menos, ya que son una enorme extensión que nadie puede reclamar realmente como suya. Son zona de conflicto abierta entre ambos bandos.

Recordar también que todas las zonas de los Dientecillos (Salvo las que pertenecen a fortalezas o puestos de Murann) son regiones de Conflicto pero con afinidad hacia Murann.

Un saludo e invito a comentarme cualquier posible duda por MP o discord.
 
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