II
LOBO A LAS PUERTAS
Se había alzado una mañana fría de primavera. Las calles de la ciudad estaban vacías, carentes del ajetreo habitual en un día como este. Las puertas selladas y las ventanas tapiadas, sus habitantes resguardándose bajo indicaciones de las fuerzas defensoras en cualquier sótano o bajo piso que tuviesen accesible.
Agolpados, los que no habían huido con precaución rezaban a dos docenas de dioses entre la penumbra iluminada por velas y faroles de aceite. Habían bajado con alimentos y suministros. Pero no era un asedio prolongado lo que temían. Madres consolaban a sus hijos. Abuelos compartían historias de batallas pasadas a las cuales , fruto de su larga vida, habían sobrevivido. Jóvenes, demasiado cobardes o demasiado débiles para empuñar arma y acudir a las murallas, eran arropados por el grupo, o avergonzados en aquellos refugios donde el ambiente estaba más cargado y la tensión era más intensa.
Y por todos ellos, contemplando sobre ellos una mortaja de oscuras nubes de tormenta que ascendía desde los Dientecillos, marcharon.
Con estandartes de bermellón marcharon. Con escudos del Ocaso, marcharon. Con el paso pesado de las enormes patas de los paquidermos, marcharon.
La fuerza principal de batalla de Imnescar descendió desde los muros de la ciudad hacia sus posiciones fortificadas y preparadas en el sur. Mercenarios de la ciudad, tropas amnianas, caballeros de Sune, Cyric y Loviatar, la Liga del Cereal y elefantes de guerra mercenarios se encaminaron capitaneados por la Comandante Fery Krill hacia las millas que separaban la ciudad fortificada de las lineas de Murann.
La Hueste de Guerra Imperial ya había comenzado su marcha. Era solo cuestión de tiempo que alcanzasen las posiciones dispuestas para ralentizarlos.
Desde su descenso de los dientecillos , y pese a su pausa para el montaje y preparación de las máquinas de asedio, la batalla no habia hecho si no rugir y acosar las tierras del sur de Amn.
En todas direcciones las llanuras ardian. Las granjas y haciendas eran pasto de las llamas de saqueadores y batidores osgos, y los campos de cultivo, apenas comenzando a crecer germinados en primavera, se habían convertido en lodazales de barro pisoteado mezclado con las frías aguas que la tormenta convocada había traído.
La fuerza principal se dispersó por la extensión de los campos que se extendian al sur de Imnescar: Su plan era tan simple como arrojo exigía de aquellos que buscaban llevarlo a cabo. Su labor era reforzar a los batidores y guarniciones amnianas que llevaban horas intentando evitar que las fuerzas de avanzadilla murannitas campasen a sus anchas , expulsar a estas bestias, y reunirse en el extremo de sus lineas defensivas para detener el avance de la hueste de Murann cuanto fuese posible.
La vanguardia de los valerosos defensores, compuesta por mercenarios de la
Liga del Cereal y
Caballeros de la Rosa Rubí se abrió paso por aldeas abandonadas, sus habitantes ya a salvo en Imnescar desde hacia horas, o incluso más allá, si previsores, habian abandonado todo para huir hacia el interior de Amn.
Estas pequeñas agrupaciones de casas mostraban un paraje desolador, frías. Y no estaban abandonadas. Entre campos, arbustos y graneros, los retazos de los enjambres de necrófagos aun buscaban nuevas víctimas. Estas aberraciones no-muertas fueron rápidamente despachadas. Al parecer el grueso de los no-muertos ya se había retirado tras su ofensiva inicial.
Mientras la vanguardia recuperaba la compostura tras su emboscada, y
Talivia Hávalen inspeccionaba junto a sus mercenarios las haciendas en busca de algún superviviente o refugiado, una figura solitaria de capucha carmesí se detuvo ante el avance de la tormenta conjurada.
La Gondiana alzó su vara de canalización y clamó sus poderes arcanos y divinos para detener el avance de la tormenta. Su poder retumbó con el ruido de la forja y del martillo, y sobre Imnescar brilló el sol. El avance de las nubes negras pareció detenerse. Pero un ojo atento pronto se dio cuenta de que solo se había ralentizado. Como zarcillos retorcidos, dedos negros afilados que buscaban arrancar el espíritu valeroso de los defensores, continuaban extendiéndose hacia la ciudad.
A este ritmo, las nubes de tormenta llegarían a la muralla para el inicio del atardecer.
Malheridos y atrincherados, los batidores amnianos recibieron con ánimos tibios la llegada de la vanguardia. Los oficiales de Imnescar pudieron contemplar en sus ojos apagados y en sus cuerpos maltrechos no solo el peso de las horas de lucha que ya habían llevado a cabo si no el yugo que la visión de las hordas imperiales habían arrojado sobre sus espaldas.
Pero los defensores no solo trajeron promesas de guerra y defensa. También trajeron esperanza. Las palabras de la
Comandante Kryll y el
Senescal de la Tormenta alejaron la sombra de la duda de los agotados defensores, pero no fue si no la crudeza de
Talivia la que llegó a los corazones de los que, en el fondo, eran gentes humildes que no hacian si no defender sus hogares y seres queridos.
Mientras
Rainde desataba su poder mágico sobre los malheridos, y el trotador semielfo,
Sulion Suravar, apoyaba a los médicos de campaña y sanadores con remedios más mundanos que sin embargo supusieron la diferencia entre la vida y el olvido, el alquimista
Ertai Crowley preparaba un pequeño taller portátil, quedándose junto a las fuerzas de avanzadilla para realizar bebedicos restauradores con los que ayudar a aquellos más malheridos.
Las escaramuzas se sucedieron en su descenso al sur. Aldeas arrasadas por saqueadores osgos, donde valerosos amnianos resistian fueron socorridas por la vanguardia, mientras en bosques cercanos, una brutal carga de caballería pesada y elefantes de guerra masacraba a una comitiva de mercenarios que con insidia buscaban aproximarse a los muros de la ciudad.
Seria entre trincheras y empalizadas, que la fuerza de defensa volvió a unir filas. Hombros contra hombros embutidos en fino metal. Lanzas y alabardas, dispuestas para contener la carga de la sombra.
Pero, incluso los más veteranos, no estaban preparados para aquello que emergió de la oscuridad.
Una larga linea de batalla avanzaba desde el paso de los Dientecillos. Fila tras fila tras fila de armaduras trasgas de ónice pulido. No habia cánticos. No habia gritos. Marchaban con el silencio del verdugo en el cadalso. En su vanguardia, enormes ogros y Ettins de guerra, embutidos en armaduras reforzadas, dirigidos en formación por capataces de cruentos látigos serrados.
Pero resistirían. Como Imnescar había resistido en otras tantas ocasiones.
Pero entonces, la tormenta rugió. Y no fue este el grito de su
Qysara.
Alzando el vuelo desde las huestes de Murann, y adelantando con su rápido serpentear volador al ejército Imperial, un enorme dragón verde emergió de entre la tormenta y las sombras, y su promesa era muerte.
Los defensores de Imnescar contemplaron el descenso de la bestia con una mezcla de desazón y terror.
Cuando las líneas chocaron, la carnicería fue atroz.
La Caballeria Cyrita cargó contra el flanco de Murann. Las pesadas bardas de sus jinetes, embistiendo a la avanzadilla de osgos que marchaba frente al ejército. Sus hojas serradas, desgarrando la carne de los trasgoides y los obligaron a replegarse a su linea.
En el frente, las lineas prietas de mercenarios y cruzados de Sune recibieron el grueso de la vanguardia bestial: Con lanzas y alabardas enfrentaron a Ogros y Ettis, que con golpe de maza y martillo arrojaban hombres valerosos por los aires. Los gigantes cayeron, empalados, pero no lo suficiente. No lo suficientemente rápido.
Al choque de los gigantes, les siguieron las filas disciplinadas de hobgoblins. Sus armaduras de obsidiana pronto se embadurnaron en rojo carmesí. Sus devastadores desataron torrentes de fuego mágico sobre las líneas de
Imnescar, que sin apoyo mágico, poco pudieron hacer salvo observar a sus compañeros ser calcinados vivos.
Los trasgoides avanzaban, sajaban, se replegaban, y recomponían la linea bajo los gritos de sus oficiales. Sus pesadas botas hundían en el barro los cuerpos de los defensores que yacían frente a su avance.
Y mientras, los Elefantes de Guerra del Fuego Celeste arrollaban con su carga regimientos enteros de hobgoblins que pronto abrian lineas para enfrentar a las bestias con fuego, arco y jabalina, rodeando a los paquidermos.
Pero todo esfuerzo, por valeroso que fuese, empequeñeció ante la presencia de la
Bestia Forestal. Donde la
Soberana del Bosque Sombrio descendía en vuelo arrasador, solo quedaba un rastro de muerte. Sus espolones , embadurnados en sangre, destrozaban las
howdahs de los elefantes de guerra. Sus mercenarios, cercenados, y los grandes animales de guerra, caian muertos con sus columnas perforadas. Su aliento era tóxico, y las nubes de veneno pronto invadieron las trincheras y posiciones fortificadas amnianas. Sus defensores, con ojos que lloraban sangre y pulmones ardientes, huían desesperados buscando aire fresco, para enfrentarse a las fuerzas de
Murann, que hojas en mano, les aguardaban para darles muerte.
Los defensores de Imnescar miraban los cielos, aterrados, muchos preguntándose donde estaba la protección prometida por la
Reina del Pantano.
No hubo prisioneros. La vanguardia de Imnescar logró replegarse gracias a las acciones del Senescal de la Tormenta: Sus torrentes mágicos abriendo brecha el suficiente tiempo como para que las lineas más adelantadas ganasen el espacio necesario para una
retirada ordenada por la
Comandante Kryll nada más ver el vuelo arrasador del dragón.
La huida hacia Imnescar fue mortal. Perseguidos de cerca por las fuerzas de
Murann, mercenarios, caballeros y cruzados intentaron retroceder apretando filas bajo las órdenes de sus oficiales. Pero no había orden posible cuando las líneas se veian fragmentadas por los miasmas nocivos que habían infestado el campo de batalla.
Pronto, la retirada escalonada,
planificada antes de la batalla, se deformó en una huida para salvar la vida. Uno a uno los enormes elefantes fueron cazados por el
Dragón Verde, que parecía tener la prioridad de sus objetivos clara. Sus enormes cuerpos de piel gruesa y grisácea salpicaban los campos del sur de Imnescar, como montículos fúnebres alzados para honrar a aquellos que murieron por una causa noble.
Pero no hubo nobleza aquí.
Las disciplinadas lineas de Murann evitaron lanzarse a una persecución salvaje que podría haber sido aprovechada por sus enemigos. Con látigo de capataz, gigantes y ogros regresaron a la formación, reformando líneas para continuar en su avance hacia Imnescar.
En las murallas de Imnescar, los defensores de la ciudad observaron con desasosiego el regreso apresurado de la hueste de batalla, contemplando desde la distancia y falsa seguridad de los muros el vuelo del
Dragón Esmeralda, que como un buitre carroñero, contemplaba desde lo alto el destrozo causado por su aliento y garras en las líneas amnianas durante su huida.
Algo más de la mitad de las fuerzas de
Imnescar consiguieron regresar a los muros, con la hueste de Murann pisándoles los talones. Y ahora, desde las almenas, la extensión de la amenaza era ya no solo una promesa. Era una realidad.
Y cuando los portones Sur se cerraron tras los defensores, muchos alzaron su mirada al cielo en expectativa. Otros, al oeste y la promesa de refuerzos.
Pero muchos miraron hacia su interior, y en él, buscaron el consuelo de los dioses de aquellos que aceptan, poco a poco, el final de sus días.